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Trabajadores del futuro, uníos

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Este artículo está incluido en el especial sindicatos de #LaMarea49

Los especuladores financieros e inmobiliarios apuestan por un modelo de negocio en el que no participe el ingrediente más desestabilizador de la economía capitalista: el elemento humano. El obrero es un indeseable porque trabaja para vivir y, para colmo, aspira a vivir con comodidad. Minimizar su participación es el gran objetivo de la alquimia industrial. Los avances en robótica permitirán pronto que el capital consiga por fin su piedra filosofal: la sustitución del trabajador humano por la máquina. Un robot no necesita comer, no se ausenta para llevar a sus hijos al médico y no pide que se le paguen las horas extras.

El cine de ciencia ficción ha tratado profusamente el tema, explotando los conflictos dramáticos que pueden surgir entre robots y humanos. Curiosamente, los puntos de giro de estas historias surgen cuando la máquina no cumple al pie de la letra con su función. Las máquinas, en estas películas, fallan precisamente porque tienen comportamientos humanos. Hay robots rebeldes y sentimentales (Blade RunnerRobocop), robots homicidas (Yo, robotTerminator), máquinas traidoras (el HAL 9000 de 2001: Una odisea del espacio) y hasta robots que aman eternamente (A.I. Inteligencia Artificial).

En Blade Runner (Ridley Scott, 1982) se narran los esfuerzos de la Tyrell Corporation por eliminar a sus androides renegados. Los creó para trabajar como esclavos en las colonias exteriores de la Tierra, pero estos se rebelan contra su fecha de caducidad. No quieren ser retirados. Se resisten a morir. Para la patronal, esta reacción humana es un fallo en la máquina, algo así como el intermitente estropeado de un coche, algo reparable o sustituible para mantener un estado óptimo en la producción.

Ash, el oficial científico de Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), oculta su naturaleza androide al resto de la tripulación del Nostromo. Él tiene órdenes de la Weyland-Yutani Corporation (cuyo lema comercial es “Construyendo mundos mejores”) de capturar vivo al alien aunque eso ponga en peligro las vidas de sus compañeros. Y así lo hace, naturalmente, como robot sin taras que es. Un empleado modélico acata las órdenes del jefe sin cuestionarse nada. Y para reclutar empleados modélicos se inventaron los departamentos de recursos humanos. No basta con trabajar bien, hay que sonreír. Gattaca (Andrew Niccol, 1997) es, en el fondo, una metáfora sobre los recursos humanos. En el futuro, cuenta la película, la sociedad estará dividida genéticamente entre individuos superiores e inferiores. Sólo quien esté entre los superiores podrá acceder a los puestos destacados.

Una secuencia de Metrópolis.

Arriba y abajo

Otro de los escenarios frecuentemente dibujados por la ciencia ficción ha sido la separación de las clases sociales en compartimentos estancos. Uno de los primeros ejemplos lo encontramos en Metrópolis (Fritz Lang, 1927). En esta parábola futurista, la megaurbe está dividida entre las alturas, donde viven los ricos, y la parte subterránea, donde vive y trabaja la clase obrera, una partición que también ha sido utilizada por los hermanos Pastor en la serie Incorporated (2016). Esta representación de la desigualdad ha sido llevada más lejos aún en filmes como Elysium (Neill Blomkamp, 2013), donde toda la Tierra es una gigantesca favela y las élites viven en un lujoso satélite, o Rompenieves (Bong Joon Ho, 2013), donde, tras una catástrofe climática, la humanidad se refugia de la glaciación en un arca-tren. En ese tren, los favorecidos viven en los vagones delanteros y comen jugosos bistecs mientras los pobres viven atrás y se alimentan de una gelatina hecha con insectos triturados. Especialmente brillante es la parodia de Margaret Thatcher que ejecuta Tilda Swinton, con monólogos delirantes que resumen todo el pensamiento conservador:

“En este convoy que llamamos hogar hay una cosa que separa nuestros cálidos corazones del intenso frío. ¿Abrigos? ¿Escudos? No. ¡El orden! Todos debemos, en este tren de la vida, permanecer en nuestros puestos. El Orden Eterno viene determinado por la Máquina Sagrada. ¡Aceptad vuestro sitio!”.

La mujer mercancía

Las mujeres siguen saliendo mal paradas en razón de su género en los relatos de ciencia ficción. Como señala agudamente la antropóloga Laura Tejado, en la novela de Margaret Atwood El cuento de la doncella, adaptada al cine por Volker Schlöndorff (1990) y a la televisión por Netflix (2017), las mujeres fértiles viven encerradas y su cuerpo es explotado, casi copiando el modelo ganadero, para concebir a los futuros ciudadanos tras una hecatombe nuclear que ha afectado a la capacidad reproductiva de la humanidad. El mercado llamaría a eso, eufemísticamente, “gestión eficiente de los recursos”. La mujer es vasija unas veces o simplemente vagina (real o artificial), otras. Es reducida, de forma preferente, al papel de trabajadora sexual, y podemos verlo en los robots eróticos del animejaponés, en las bellas esclavas/chachas fabricadas de Ex Machina (Alex Garland, 2014) y en la androide Pris, el “modelo básico de placer” de Blade Runner. En el mercado laboral del futuro, como ya hemos visto, la sumisión es un valor que cotiza al alza.

Una secuencia de Her.

La tecnología es buena

Totalmente integrada en la vida cotidiana, la tecnología forma parte de nuestro relato. Incluso de nuestro relato emocional y amoroso. En Her (Spinke Jonze, 2013), Theodore (Joaquin Phoenix) se enamora de Samantha (un sistema operativo con la voz de Scarlett Johansson) y ese amor… ¡es correspondido! Mucha gente no entendió la belleza que escondía esta reciprocidad (tachada de artificial) que sí estamos dispuestos a aceptar cuando se habla de libros, discos, perros, coches, todas esas cosas, en fin, que pueden ser tan importantes en nuestra vida. Esto es lo que le ocurre también al anciano protagonista de Un amigo para Frank (Jake Schreier, 2012), quien encuentra un apoyo incondicional en su robot-enfermero, otra previsible profesión del futuro anunciada por el cine. El robot lo cuida, lo protege, lo escucha y lo ayuda, creando con él un vínculo afectivo que no es humano pero sí real, que no es simulado sino genuino.

Así pues, no todos los futuros son de pesadilla.


El proletario clon

El obrero, como pieza esencial del engranaje capitalista, debe ser fácilmente intercambiable. Ese es el drama al que se enfrenta Sam Rockwell en Moon (Duncan Jones, 2009). Es un minero que lleva tres años solo, trabajando en la Luna, y que descubre su condición de clon cuando está a punto de terminar su contrato. Entonces se cuestiona su identidad e incluso su humanidad, porque para su empresa él no es nadie, sólo una pieza más de la maquinaria que será sustituida por otra exactamente igual a él.

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La lucha de Angélica Urquiza contra la impunidad del “gatillo fácil”

Angélica Urquiza, con una foto de su hijo I La Marea

BUENOS AIRES // Aparecen en cualquiera de las callejuelas de Villa 20, en Lugano, uno de los arrabales del sur de Buenos Aires. Son murales con un rostro joven y una frase de recuerdo. “Kiki, presente”. “Papu, presente”. “Joni, presente”. Así recuerdan los chavales del barrio a las víctimas del “gatillo fácil”, aquellos que cayeron por las balas de la policía y cuyos crímenes quedaron impunes. Los uniformados sacan partido a la estigmatización de los “villeros”. Saben que, para la opinión pública, no vale lo mismo la vida de un hijo de estas barriadas que la de un bonaerense “de bien”.

Apenas hay juicios por casos de ejecuciones extrajudiciales. Y si algún agente termina por ser acusado, las autoridades terminan convirtiendo el proceso en una acusación contra las víctimas, a quienes acusan de ser delincuentes o estar enganchados a las drogas. Vamos, que terminan responsabilizándoles de su propia muerte.

Angélica Urquiza es una de las pocas personas que, a fuerza de tesón, ha logrado sentar en el banquillo al policía que mató a su hijo, Kiki Lezcano. Se trata de Daniel Santiago Veyga, un agente que se ha librado en tres ocasiones de ser juzgado pero ahora se enfrenta a la acusación de doble homicidio. El juicio comenzó esta semana, el 6 de junio. Él fue quien torturó y ejecutó a Lezcano (17 años) y a su amigo Ezequiel Blanco (25), el 8 de julio de 2009, hace ahora ocho años.

Su participación en el crimen es conocida porque llegaron a grabar un vídeo en el que los chavales aparecían con vida. “Nunca volvió a casa”, dice su madre, sentada en el salón de su vivienda, donde el rostro de su hijo en forma de mural ocupa toda la pared. A pesar de que está probado que el asesinato se cometió esa misma noche, las familias tuvieron que pasar por el calvario de la búsqueda durante dos meses. El cuerpo de Lezcano apareció en el cementerio de Chacarita, otro barrio de Buenos Aires. Le habían colocado el cartel de “no identificado”. El de Blanco, por su parte, seguía en la morgue. Como si nadie lo reclamase. Y eso que las familias de ambos llevaban desde el 9 de julio denunciando su desaparición.

Urquiza, que se ha convertido en un símbolo de la lucha popular contra el “gatillo fácil”, recuerda cómo le trataron las autoridades durante aquella búsqueda. “Los policías nos decían que estaba mal con las drogas, que se había juntado con una prostituta, que estaba en Puerta del Hierro [donde suelen reunirse jóvenes enganchados]. Todo era mentira. Lo habían matado el primer día“, explica.

La búsqueda de su hijo convirtió a Angélica Urquiza en una activista. Por eso asegura: “No fui yo la que consiguió que Veyga fuese imputado por doble homicidio, sino la gente, organizándose y saliendo a la calle a difundir”. En honor a su hijo levantó La casita de Kiki, un centro juvenil ubicado cerca de su vivienda en el que se trabaja con los chavales en diversos ámbitos. Uno de ellos, evitar más víctimas. Según sus cálculos, 3.000 personas han caído víctimas del “gatillo fácil”. La mayor parte, “villeros”. También reivindica el trabajo social como fórmula para transformar su entorno. “Una no hace política, pero todo es política. Hacer que un caso salga a la luz es política. Que no haya impunidad, es política”, asegura.

El 6 de junio fue un día importante para la vida de Angélica Urquiza. Una oportunidad contra la impunidad. Por desgracia, existen cientos de madres esperando su turno mientras la Administración mira para otro lado.

* Este artículo está publicado en el número 49 de la revista La Marea.

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Manuel Gómez, un ingenerio-camarero sin perspectivas de afiliarse a un sindicato

La entrevista a Manuel Gómez forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

Manuel Gómez Díaz es ingeniero industrial. Actualmente estudia un máster y trabaja como camarero en un bar de Sevilla. “Lo hago porque quiero, puedo permitirme no hacerlo, pero hay gente que lo hace por necesidad y eso me da mucha pena. Es una burrada que se trabaje sin descansos por una miseria”, denuncia. Ahora mismo está leyendo Maquiavelo. “Es muy interesante para saber cómo son las relaciones de poder”, dice mientras pone un café detrás de la barra. “¿Cómo se dice cordero en inglés?”, le pregunta un compañero que atiende a un hombre extranjero. “Lamb”, responde diligente. Manuel, experto en automatismos, es uno de esos jóvenes preparados que sirven copas cuando podrían estar creando. “Tengo un pensamiento muy pragmático, me baso en las experiencias. Cada que vez que tengo que diseñar algo lo primero que me planteo es: ¿y cuando falle a dónde vamos? Creo que nuestro sistema sindical no cuenta con esas prevenciones. En otros Estados sí que existe, hay organismos de inspección que funcionan de verdad”, expone con su camisa azul, aún de uniforme, en la terraza de otro bar, donde trabaja su madre. 

Cuando se inauguró la Expo, aún no había nacido. Tiene 23 años, nunca ha estado afiliado a ningún sindicato ni tiene perspectivas de hacerlo. Considera que los sindicatos se han transformado en empresas: “Donde hay un director, un jefe de publicidad o de márketing… No son cooperativas ni organizaciones de gente que esté remando hacia el mismo sitio. Dentro del mismo sindicato hay gente que tiene intereses por un lado e intereses por otro. No puedes entrar en un sindicato que esté vendiendo, comercializando productos… Un sindicato no está para ganar dinero, sino para ayudar”, afirma. Tampoco ve sensata la actual organización: “Tiene que ser más directa, no tan jerárquica, con cierto orden, pero que yo tenga potestad para poder decir que eso está mal, que no que venga el representante sindical y me diga que no hable”, prosigue. En su discurso muestra una madurez impropia a los 23 años pero comprensible con su filosofía de vida: siempre busca el por qué de las cosas. 

Desde muy pequeño quiso estudiar Telecomunicaciones: “Me ha gustado mucho montar, inventar, me gustaba mucho la dinámica de las cosas, el por qué de las cosas. Me gusta mucho la metáfora que usaba Descartes del árbol de la filosofía: el pie de la metafísica y la física como tronco. Soy mucho de tronco, de la física, de por qué vamos a llegar aquí”. Luego se dio cuenta de que Telecomunicaciones estaba muy centrado en la informática y optó por la ingeniería industrial: “Necesitaba un poco más de física. Es muy apasionante. Y muchas herramientas y metodologías de la Universidad las he usado para intentar solucionar problemas en la vida”, asegura. 

Para él, la sociedad necesita un cambio de perspectiva, una “reconversión del pensamiento”. Desde la lucha por el medio ambiente hasta la adaptación a las nuevas formas de trabajo con nuevas tecnologías y robots. “Los robots no tienen conciencia humana. No hay problema. Incluso evitarían que mujeres y niños sigan cosiendo zapatos en condiciones infrahumanas”, dice. El problema está en saber defender de una forma efectiva los derechos de los trabajadores: “No creo, de todas formas, que sea un problema solo de los sindicatos, que estén adormilados, que también. Es un problema de instituciones. En otros países, tú echas media hora y media hora que te pagan. Mira Suiza. ¿Por qué no me lo van a pagar, por qué te voy a regalar mi tiempo si es lo más valioso que tengo hoy en día? Me da igual que me pagues una hora más o menos, estoy aquí para ahorrar, pero una hora de tiempo libre me soluciona mucho. Es tiempo para estar con mi familia, para leer, para aprender…”. Su objetivo es mejorar un poquito el mundo, porque dice que es muy cruel. 

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David G. Aristegui: “No hay que exigirnos factura, sino darnos de alta en el Régimen Especial de Artistas”

La entrevista a David G. Aristegui forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

David García Aristegui es miembro de la Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras. Entre sus múltiples consideraciones, destaca un aspecto que generalmente pasa desapercibido: un acompañamiento a las personas que quieran afiliarse y no tengan familiares o amigos que hayan militado en organizaciones de este tipo.

¿Por qué se ha creado el sindicato?

Las y los músicos llevamos 30 años de retraso respecto a la Unión de Actores y Actrices. Era necesario un sindicato que defendiera los derechos de las personas que trabajan como intérpretes en la industria musical. Lo raro es lo que pasa aquí, en todos los países de nuestro entorno como Reino Unido o Francia, o en el resto del mundo, hay sindicatos de músicos con una larga tradición asociativa.

¿Por qué los sindicatos mayoritarios no han defendido a determinados sectores como el vuestro?

La responsabilidad hay que repartirla. Es cierto que en los sindicatos, y esto es muy grave, no saben lo que es el Régimen Especial de Artistas o el Convenio colectivo estatal del personal de salas de fiesta, baile y discotecas, de acuerdo. Pero las y los trabajadores del sector musical no se han caracterizado precisamente por su capacidad para afiliarse y trabajar desde sindicatos, y mira que hay para elegir: mayoritarios, anarcosindicalistas, independentistas etc. Así las cosas, la vía que hemos visto para movilizar ha sido crear un sindicato de sector, aunque hay gente organizándose desde CNT y CGT, otros compañeros tienen doble militancia con sindicatos como CCOO, COBAS o COS.

¿Por qué existe la percepción de que determinados trabajos, sobre todo los relacionados con el arte, son gratis?

Que la creación deba ser sostenida únicamente por rentistas y amateurs es una postura legítima, ojo, y que por supuesto NO comparto. Pero me gustaría que quien piense eso lo expusiera claramente y no hiciera argumentaciones extrañas hablando de cultura libre o pidiendo la Renta Básica. Para mucha gente parece ser que solo hay un trabajo ‘de verdad’ con un mono azul y una llave inglesa fálica en la mano. No es así. Siempre insistimos en nuestros textos con el lema “música es trabajo”.

¿Cuáles son las principales quejas y reivindicaciones que planteáis?

Que se trate a los trabajadores del sector musical como lo que son, trabajadores. Nos han convertido por obra y gracia de las cooperativas para facturar como Musicat, Mus21 o Articat en un sector de falsos autónomos. Cuando se nos contrate no hay que exigirnos factura, hay que darnos de alta en el Régimen Especial de Artistas, que para eso está, y que se cumpla el Convenio colectivo estatal del personal de salas de fiesta, baile y discotecas. También queremos mejorar en temas como salud laboral, el accidente de Supersubmarina dio un aviso serio al respecto. Además de como intérpretes, desde el sindicato contemplamos reivindicaciones de los músicos como autores/as: se piden reformas en la LPI para que la SGAE no sea una entidad al servicio de los intereses de las editoriales musicales.

¿Por qué ha aumentado la precariedad en los últimos tiempos en el sector?

Por las reformas laborales, por la llamada crisis y, sobre todo, por la falta de organización de la clase trabajadora en sindicatos.

¿Crees que cada sector necesita su sindicato? ¿O podría funcionar mejor con sindicatos grandes potentes a la hora de las negociaciones?

Eso es algo que no se puede saber de antemano. Hay conflictos que se han llevado de manera excepcional desde sindicatos de clase como el de las subcontratas de Movistar (donde tuvo un papel fundamental COBAS) o el de las falsas cooperativas cárnicas de Osona (donde está la COS). Pero las Kellys, el Sindicato de Manteros o los nuevos sindicatos de músicos han preferido organizarse por fuera de los sindicatos clásicos. Lo importante es el apoyo mutuo en todas las luchas y en todos los sectores. El mismo apoyo y cariño que han recibido los estibadores tienen que tenerlo el resto de luchas.

En líneas generales, ¿cómo tendría que ser un sindicato del siglo XXI y qué no deberían hacer?

Los sindicatos no son conscientes de que tienen un funcionamiento, formal e informal, muy complejo para alguien que se afilia y que no tiene familiares o amigos que hayan militado en organizaciones de este tipo. El acompañamiento a la nueva militancia es algo que no se hace y sería fundamental. También hay que facilitar que la gente se sume y trabaje en estas organizaciones: locales en los barrios, abiertos a los movimientos sociales de la zona, accesibles para personas con diversidad funcional y con espacios específicos para niñas y niños. Sin todo esto seguirá la misma situación: sindicatos con presencia solo en ciertos sectores, con una afiliación muy envejecida y con una abrumadora mayoría de hombres.

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Nuria López (CCOO): “La verdadera reforma que necesitamos en España es la empresarial”

La entrevista a Nuria López forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

No le gustan las magdalenas de tantas como se comió cuando era niña. “¿Te acuerdas de las del Zángano que tenías que acumular envoltorios para que te regalasen un chándal? Pues de esos tuve unos pocos”, cuenta Nuria López. “Y me acuerdo de las zapatillas Kelme que me regalaron en unos reyes, que no quería que se me ensuciaran”, continúa. Es de Écija (Sevilla). Hija de albañil y trabajadora del hogar. Hoy tiene 38 años, es abogada y se emociona cuando recuerda el esfuerzo que hicieron sus padres para que fuera la primera universitaria de la familia. El próximo 2 de junio será la primera mujer en dirigir CCOO de Andalucía, como previsiblemente votará el congreso. A partir de entonces, con Carmen Castilla al frente de UGT, los dos sindicatos mayoritarios estarán capitaneados por mujeres (y jóvenes).

¿Cómo tiene que ser un sindicato para dar respuesta a la nueva realidad del mercado laboral?

El capital está optando por volver a concentrarse y está utilizando la fragmentación de los procesos productivos a través de las distintas externalizaciones, las contrataciones en cadena, contratas, subcontratas… y eso hace que haya trabajadores y trabajadoras más diversos, con condiciones laborales desiguales y donde las empresas hacen ver que tenemos cada vez con menos puntos en común porque, cuando se va desmembrando la producción, parece que estás trabajando para otra empresa, aunque en realidad lo estás haciendo para el mismo proceso. Estás trabajando para una empresa principal-matriz que, aunque fabrique en otro país, con la producción final obtiene beneficios. Y en ese proceso de cambio de modelo de país, de las relaciones económicas, de la globalización, nosotros empezamos, a principios del año pasado, a abordar un debate interno. Es decir, cómo abordar sindicalmente no solo las situaciones que ya teníamos, sino las realidades que estaban surgiendo. Fue un proceso abierto entre el conjunto de la afiliación. Y fruto de ese debate recogimos propuestas, las trabajamos colectivamente, las intentamos homogeneizar y de ahí surgió el documento que se está debatiendo en el proceso congresual. La organización sabe que tiene que afrontar estos cambios y está dispuesta a ello. Sabemos que el cambio tiene que darse en las formas de trabajo para acercar el sindicato a determinados colectivos de los que ahora, por esa transformación del mundo de la producción, ha estado algo más alejado. 

¿Y cómo puede acercarse el sindicato?

Partimos desde el movimiento sindical de clase y, en particular en CCOO, de que son los trabajadores y trabajadoras, esos nuevos trabajadores diversos, esa nueva realidad, la que tiene que decir en primera persona cómo es esa nueva organización a la que tenemos que ir. Podemos hablar de plataformas, pasarelas, etcétera, de integración dentro del convenio colectivo, por ejemplo. Pero queremos contar con esos nuevos trabajadores para que nos digan cómo pueden tener ellos un hilo conductor en esa vertebración. Ya no son solo los falsos autónomos, ahora se habla también de trabajos por proyectos, colaboraciones, asociados, contratos mercantiles y, dentro de esas colaboraciones, se encubre un mundo laboral que basta cambiarle el nombre al inglés para que no parezca un mundo laboral… Queremos intentar que todas esas personas trabajadoras vean que a través del sindicato se puede encontrar ese punto en común con el resto, para que puedan mejorar sus condiciones laborales. Estamos volviendo a tener que reivindicar las ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas de ocio y eso, en pleno siglo XXI, es injusto. Las nuevas tecnologías, en vez de ser un elemento de liberación, están oprimiendo al trabajador, más horas, menos salarios y más inestabilidad. Tenemos que abordar las coberturas en caso de que eventualmente te quedes sin proyecto, por la casuística actual. En resumen, tenemos que seguir reforzando que los trabajadores y trabajadoras, independientemente del contrato que tengan, del sector en el que se encuadren, o de la actividad que desempeñen, se unan y organicen para reivindicar sus condiciones mejor que de forma individual, porque eso vemos que empobrece.

¿Sería como convencerlos para que se afilien? Una de las críticas que suelen hacer algunos colectivos es que los sindicatos mayoritarios dependen mucho de las subvenciones y, por tanto, del poder. Y proponen una financiación basada en la afiliación.

Es un bulo. En Andalucía, CCOO se financia en un 98% de las cotizaciones de sus afiliados y afiliadas y el poco dinero público que se recibe va destinado a una finalidad muy concreta que se realiza con mucho rigor y seriedad por parte de la organización. Con eso vivimos. En estos tiempos de crisis, las grandes multinacionales -hay también buenos empresarios-, tratan al trabajador como la mercancía que se compra y se vende igual que un tornillo o un alambre. Y ante eso, el capital sabía que el movimiento sindical de clase es el único capaz de ensamblar y organizar una contestación social. Por eso lo ha intentado abatir con todo el armamento que tiene, incluso poniendo trampas a las propias organizaciones. CCOO es la primera fuerza sindical en España y en Andalucía y eso significa que los trabajadores y trabajadoras siguen confiando en la organización. Lo que ocurre también es que en este país la democracia no se ha desarrollado con la plenitud que tenía que haberlo hecho, porque no hay una apuesta por fortalecer la vertebración de las organizaciones sociales, no solo sindicales. Muchas de las organizaciones con las que tenemos relación trabajan por proyectos, con subvenciones, cuando se necesitaría un instrumento público que permita realizar la función social. Por eso creo necesaria una Ley de Participación Institucional, para que nadie tenga esas dudas y despejar de una vez por todas esos bulos, porque es lo que son. Y además, cuando muchos de nuestros afiliados y afiliadas, en muchos casos, están sufriendo una precariedad absoluta. 

¿Cuál es tu mayor prioridad?

Combatir el paro y que el empleo sea de calidad y con unas condiciones laborales dignas. Lo que más me preocupa es hacer compatibles esas nuevas realidades que han surgido con las realidades que estaban en el mundo del trabajo. Porque nos intentan enfrentar y esto no es una guerra entre trabajadores. Lo que tenemos que ver es cómo repartimos mejor la riqueza que se crea, porque hay riqueza para todo el mundo, el problema es que se reparte mal. Hay que hacer un esfuerzo intergeneracional y decir que los trabajadores y trabajadoras, con independencia de la diversidad, somos trabajadores y queremos que los padres, madres, hijos e hijas tengan buenas condiciones laborales, que hablemos de convenios, de quién se queda con el conocimiento… Porque los proyectos son una elaboración intelectual… ¿Del copyright y de los derechos de autor no se habla? Y en esa utilidad es en la que queremos estar, que vean que individualmente las condiciones no se pueden negociar porque siempre pierde el que tiene menos posibilidades. Ahora es todo mucho más diverso, el que está con el portátil, con el pinganillo, con la bata, con la probeta, los multimedias, el diseño… Esa amalgama de realidades debe darse cuenta de que tiene que contar con un hilo conductor para combatir la presión del capital. Nos va a costar hacer pedagogía porque esa la ideología ha calado, pero el movimiento obrero y CCOO van a pelear por construir una alternativa social.

¿Qué supone que seas la primera mujer en dirigir el sindicato?

Ahora que estamos terminando los congresos, podrás ver muchos rostros de mujeres liderando en las provincias, en las federaciones… CCOO lleva 12 años con una política de renovación de cuadros aunque ya antes muchas compañeras pelearon por incorporar con plenitud la igualdad en la vida política, sindical, laboral y social de este país, Sabiendo además que tras la ideología neoliberal se esconde el intento de que la mujer retorne al ámbito doméstico, las mujeres hemos dado la cara y lo seguiremos haciendo; en esta tarea nos han acompañado nuestros compañeros de la organización, conscientes de que la igualdad real es necesaria. Desde siempre y con más ahínco de nuevo en estos tiempos de crisis, las mujeres han peleado por defender sus derechos, han sido solidarias con el conjunto de los trabajadores pagando la cuota sindical y han emprendido una lucha contra las pequeñas y grandes discriminaciones que las reformas han ido poniendo encima, dirigidas a que la incorporación de la mujer no se diera con plenitud, a evitar la Ley de Igualdad… Los pasos que habíamos dado en la igualdad formal y real nos los han intentado quitar ahora, por eso en CCOO vamos a seguir dando la batalla.

¿Y la batalla de la robotización?

En CCOO queremos gobernar los cambios y que nadie se quede atrás, porque habrá trabajadores y trabajadoras que no puedan adaptarse por los tiempos, por la educación, porque hay nativos digitales que la usan bien, pero otras personas no tienen esa formación o posibilidad, y queremos que haya transiciones justas, que se pongan los instrumentos de protección para que la gente que no pueda reciclarse en ello no tenga que caer en la exclusión social. Para ello, tenemos que crear nuevos derechos de protección y España va muy tarde, y Andalucía más. Pero sobre todo hay que hablar de cómo lo hacemos. Porque esa digitalización también llevará mantenimiento, I+D+i, conocimiento… ¿Está preparado para eso el sistema educativo? ¿Están preparadas las políticas activas de empleo para que el reciclaje laboral se produzca? No, y eso va a afectar a los mismos trabajadores y trabajadoras.

¿Habría que crear nuevos impuestos a las máquinas?

Los robots no pagan, pero sí dan beneficios a las empresas en detrimento de los trabajadores. Tenemos que ver cómo el beneficio que van a reportar, la reducción de costes y la mayor producción, se revierte en la sociedad. Puede ser en forma de impuesto, en forma de ley o en forma de pacto social. Siempre vemos la cara del robot, pero no vemos la cara de los del Ibex 35, que son los que se llevan los beneficios. Nosotros vamos a forzar una transición porque va a haber muchos trabajadores y trabajadoras afectados.

¿Están los sindicatos preparados para hacer frente a amenazas como el cambio climático?

Estamos ante un cambio de modelo. Tiene que ser más social, solidario y sostenible, pero no solo económicamente, sino sostenible con las personas y el medio ambiente. Por eso es importante no solo qué hacemos sino cómo lo hacemos. A lo mejor hace 60 años no había una innovación que te permitiera hacerlo de manera compatible, pero hoy sí. Las empresas tienen que ser responsables con los entornos, ahora que se habla mucho de las ciudades sostenibles y amables. Y están haciendo mucha caja registradora a base de destrozar los recursos naturales y el medio ambiente. La verdadera reforma que necesitamos en España es la empresarial. Las empresas tienen que tener una responsabilidad social.

¿Tenemos que dar por perdidos algunos derechos?

La resignación no es la opción de CCOO. No los tenemos que dar por perdidos porque no están perdidos. La reforma laboral está ahí para que la mercantilización venga, para que el miedo se instale… Y eso ata de pies y manos a las personas para reivindicar. Pero también hemos roto muchas costuras a esa reforma con sentencias y con la lucha en las empresas. No creemos en los dioses, creemos en la organización de los trabajadores y las trabajadoras. Y queremos también que la izquierda haga una reflexión y que vea que hay uno, dos elementos clave que tenemos que revertir antes de que se asienten más en la sociedad. Creemos que este periodo es clave para que la reforma laboral no se arraigue en las raíces del sistema, para que los recortes en sanidad y educación no se arraiguen en la sociedad española, que no se asuma que es algo normal. Nos gustaría encontrarnos una izquierda más pensando en lo estratégico que en lo táctico y en el escaparate y nos gustaría encontrarnos unos aliados de izquierda que vieran qué es lo sustancial y nuclear y no lo accesorio. Queremos crear una nueva hegemonía social y cultural que combata las políticas neoliberales y estamos en ese momento, en cortar la línea de especulación y avaricia que existe en las grandes empresas. En ese contexto, nos toca jugar nuevamente el papel que jugamos en la transición de luchas por las libertades, e intentar vertebrar esas respuestas. Aquí todos sabemos emprender, más emprendedores que los trabajadores y trabajadoras sindicalistas, que buscan la solución en un conflicto, no hay. El problema es cuando capitalizas el paro y a los siete meses o al año te has quedado con una mano delante y otra detrás. Eso no es tejido empresarial, es atomización y empobrecer a la gente.

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Patrocinio Sánchez (UGT): “Vamos a empezar a recuperar derechos. No van a poder con nosotros”

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Es la primera mujer en dirigir un sindicato mayoritario en Extremadura. Es psicóloga de formación. Es una firme defensora del diálogo para alcanzar acuerdos. Y más que lo mal que lo hayan podido hacer los sindicatos en los últimos tiempos, lo que cree es que existe una campaña de desprestigio mediática y de los poderes fácticos contra ellos. Patrocinio Sánchez es, desde el año pasado, la nueva secretaria general de UGT en la comunidad extremeña. Milita desde los 21 años en el sindicato. Hoy tiene 56. “Me afilié cuando terminé mi carrera y empecé a trabajar”, explica. No concibe la defensa de los derechos laborales sin poner en el centro la defensa de los derechos de las mujeres: “Cuando a una mujer se le dan las mismas oportunidades que a un hombre, lo puede hacer igual que un hombre. Se van rompiendo techos y aquí en Extremadura se ha roto uno. No podemos hablar de oportunidades sin hablar de conciliación, de brecha salarial y de todas esas cosas que relegan todavía el papel de las mujeres a los cuidados”. En su trayectoria, ha sido directora de una residencia de mayores, ha trabajado en un centro de menores, en un instituto y ha sido secretaria general técnica de la Consejería de Bienestar Social de la Junta de Extremadura con un gobierno del PSOE.

¿Qué tiene que cambiar un sindicato para adaptarse a los nuevos tiempos?

En primer lugar, hay que tener en cuenta el valor histórico de los sindicatos no solo en la lucha por los derechos laborales sino en la lucha por la mejora de los derechos civiles y por la democracia. Se implicaron muchísimo en la lucha contra la dictadura y desempeñaron un papel muy relevante en su desaparición. ¿El sindicato se tiene que adaptar a los tiempos? Claro, pero tenemos un problema importante. La reforma laboral nos ha hecho muchísimo daño y ha mermado nuestra capacidad de actuación. La crisis se lo ha llevado absolutamente todo y, ahora, lo que interesa a esos poderes fácticos es debilitarnos porque si nos anulan dejamos de hacer el trabajo que veníamos haciendo en la defensa de los trabajadores y las trabajadoras. Aun así nuestras cifras de afiliación no han disminuido prácticamente. La gente sigue confiando en nosotros.

Hay sectores que se han tenido que organizar porque se han sentido desprotegidos. ¿De verdad que los sindicatos no han hecho nada mal?

UGT inició un proceso en el 42 congreso en el que decidimos que había que cambiar cosas hace un año, cuando fue elegido secretario general Pepe Álvarez. A partir de entonces, entendimos, por ejemplo, que había que adelgazar la estructura por arriba. Aquí iniciamos un proceso de fusión de federaciones en todo el territorio. Y actualmente se han quedado en tres. Y nuestra ejecutiva, que tenía siete personas, pasó a cinco. Claro que habremos hecho cosas mal en momentos puntuales. Nadie es perfecto. Pero es injusto que nos digan que no hacemos nada cuando a lo mejor acabamos de firmar un convenio colectivo. Un convenio que no beneficia solo a nuestros afiliados sino a todo el mundo. Es muy fácil la crítica de alguien que no está aportando nada al sindicato cuando además hay muchísimos sindicalistas procesados, se está cuestionando el derecho a la huelga y nos están cerrando la boca con la ley mordaza. Hay una campaña de acoso y derribo.

Existen numerosas críticas sobre vuestra dependencia económica del Estado y los gobiernos. ¿Habría que cambiar el sistema de financiación?

Lo que ocurre es que parece que nos dan subvenciones -yo no las llamaría así- porque somos así de bonitos. No. La Constitución española ampara la labor del sindicato. Y las subvenciones que nos dan no son un regalo, son un pago al trabajo que realizamos conjuntamente con la Administración. No me da vergüenza, no te regalan nada, te están pagando el trabajo que haces como agente social.

¿Y cómo se consiguen más afiliados?

Evidentemente el sindicato tiene que abrirse a la sociedad, dar una imagen mucho más abierta sin renunciar a la negociación y si no, movilización. Y si alguien llega a pedirnos ayuda, pues explicarle qué hacemos, intentar ayudarle y lograr que se afilie.

¿Cuáles son sus estrategias principales?

Lo principal es potenciar mucho los sectores, y lógicamente estar día sí y también también en los centros de trabajo.

¿Cómo debe afrontar el sindicato amenazas como el cambio climático o la robotización del trabajo?

Nosotros acabamos de firmar un acuerdo de economía verde en el que apostamos por ello. Entendemos que el cambio climático afecta y defendemos las energías renovables. Tenemos que generar empleo con economía verde. Sobre el asunto de los robots, opino que habría que poner un canon para que redunde en el beneficio de todos.

¿Debemos dar por perdidos algunos derechos?

En estos años de gobierno del PP hemos perdido muchísimos derechos, hemos perdido calidad de vida, hemos perdido todo. Pero para nada hay que darlos por perdidos. Estamos en el momento de empezar a recuperarlos. Tenemos un Parlamento con el PP en minoría y nosotros debemos aprovechar como sindicato que nuestras propuestas salgan adelante a través de los grupos parlamentarios más progresistas. Tenemos una oportunidad de hacer todos los cambios que podamos y recuperar derechos. La lucha nunca ha sido fácil y nos costará, pero no van a poder con nosotros.

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Ángela Muñoz (Las Kellys): “Los sindicatos mayoritarios nos consideran intrusas”

Las Kellys, en una protesta.

La entrevista a la portavoz de Las Kellys forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

Cuando a veces se presenta a entrevistas de trabajo e intentan hacerle ver que una categoría es igual a la otra y que, por tanto, el sueldo que va a cobrar es el más bajo con las peores condiciones, Ángela Muñoz siempre dice lo mismo: eso no es así. Es una de las portavoces de Las Kellys, la asociación de camareras de piso de los hoteles. Entre sus múltiples aportaciones, sobresale la siguiente: no entiende cómo los sindicatos mayoritarios, con todos los recursos que tienen a su alcance, no se preocupan por ellas y otras mujeres trabajadoras. “Si nosotras estamos teniendo esta repercusión y visibilidad, no me quiero ni imaginar lo que podrían conseguir ellos”, denuncia.

¿Por qué nacen Las Kellys?

Hemos nacido por indefensión y por hartazgo. Este trabajo siempre ha sido muy duro. Las condiciones han ido empeorando a partir de la reforma laboral porque se priorizan los convenios de empresa sobre los sectoriales. Los sindicatos mayoritarios tienen el poder, pueden sentarse a la mesa con la patronal. Y nuestro gran problema es que se está externalizando el trabajo en los hoteles y eso es muy grave porque incluso los que tienen comités de empresa eluden responsabilidades. Un ejemplo: la ley de coordinación de actividades empresariales establece que las empresas tienen que trabajar juntos para que se respeten los puntos de la ley de prevención de riesgos laborales y a través  de los delegados de prevención se debería hacer. Y no se cumple. Y cuando yo he preguntado me han dicho que es muy complicado. Si por ser complicado no se puede solucionar, ¿cuál es la función entonces que tienen ellos? ¿Por ser complicada una cosa la vamos a dejar ahí y vamos a seguir mirando para otro sitio mientras las camareras se lesionan y enferman?

La última externalización que estamos esperando es la del tercer hotel más grande de Madrid. Un Novotel. Y hay un comité de empresa importante. No se ha publicado nada. En el País Vasco, sin embargo, el sindicato ELA ha conseguido echar para atrás la externalización en un NH y un Barceló. Pero UGT y CCOO, en comandita con la patronal, han denunciado el acuerdo marco. La unidad que ellos proclaman luego no la cumplen porque quieren mantener su monopolio. Se toman medidas de cara a la galería, pero sobre la situación real que tenemos en los hoteles no se está haciendo nada. Y eso es muy grave.

¿En qué medida os ha perjudicado ser mujeres? 

Parece que el trabajo precario va implícito al género. El perfil de las Kellys antes era más concreto. Pero desde que comenzaron las externalizaciones tenemos mucha mano de obra barata, mujeres con problemas de viviendas, monomarentales, mayores de 45, miembros en paro… La indefensión se traduce en aceptar eso y punto, “es lo que hay” nos dicen. Porque es eso o nada. Las mujeres estamos surtiendo al mercado laboral de mano de obra barata. Luego están los cursos de formación, que sirven para surtir las necesidades de trabajo precario. Hay muy poquitos hombres como camareros de piso, el rol de la limpieza está asociado a la mujer. A mí me ha llegado a decir un camarero de piso que se marchaba porque no servía para limpiar. Los pocos camareros de pisos que hay están trabajando porque la situación laboral es la que es y de manera alternativa están aquí. ¿Si hubieran sido hombres los trabajadores mayoritarios habrían externalizado los hoteles? No me cabe duda que no. 

¿Qué supone la externalización?

Primero, te infravaloran las condiciones, y eso ya es una discriminación, explotación y un 40% de salario inferior, desprofesionalizacion y falta de calidad.

¿Cómo tendría que ser un sindicato para responder a vuestras necesidades?

Que mirara por los derechos de los trabajadores, real y simplemente. El problema es que están burocratizados e institucionalizados. Lo primero que te piden cuando vas a ellos es un carne de afiliación. No se entiende que les den un tanto por ciento por cada ERE que un trabajador firma. Si vas y la respuesta que te dan es ‘eso es muy complicado’… ¿qué herramientas te quedan?  Organizarte a ti misma para visibilizar el problema, porque lo que hacemos es denunciar públicamente. Lo que no se ve no existe. Pero no nos vemos arropadas. Los mayoritarios nos consideran intrusas, se supone que esta lucha es suya.

¿No han perdido un poco el nivel de actuación por las reformas del Gobierno?

Sí. Las reformas y leyes han facilitado que los sindicatos estén más limitados, pero su trayectoria también habla de ellos: la corrupción, los fraudes, negociaciones y acuerdos  que pasan factura, la coherencia… Tenemos derechos y obligaciones y no hay que renunciar -ni evadir- a lo uno ni a lo otro. Los sindicatos han mirado para otro sitio en este tiempo. Si nosotras a nivel asociativo, como mujeres precarias, que no tenemos ni horas sindicales, ni subvenciones, ni acceso a la mesa patronal, estamos haciendo lo que estamos haciendo y estamos teniendo esta repercusión, lo que podrían hacer ellos con la cantidad de medios que tienen. La sociedad ha evolucionado pero ellos no. Otro ejemplo, el convenio que han aprobado en Telemarketing. Han estado haciendo huelga la CGT y la CNT para que luego en la mesa de negociación CCOO y UGT firmen un convenio que establece una puntos que son inadmisibles. 

¿Habría que cambiar la forma de representatividad?

Tendrían que abrir esa mesa de negociación porque los sindicatos son muy selectivos a la hora de reunirse. Hace poco veíamos que se habían reunido con las asociaciones de profesionales de hostelería y a Las Kellys nos habían dejado al margen. También somos una asociación y tenemos cosas que decir. Nos representan personas que no son del departamento de pisos, porque, además, las mayoría de los delegados que se sientan en las mesas de negociación no son mujeres.

Un cambio urgente que necesite vuestro sector.

Poner coto a las externalizaciones y priorizar los convenios colectivos pero “decentemente” no de empresa. La salud, inspecciones aleatorias. Hay que vincular la categoría de los hoteles al trabajo que se realiza en ellos. Es decir, hay que dar tres, cuatro o cinco estrellas en función también de ello, no solo de los metros de las habitaciones, etc. Hay hoteles de cinco estrellas que no tienen ni valet, el mozo de habitaciones, te despiden con la excusa de que no has pasado el periodo de pruebas o porque ha bajado la producción. Hablas con personas de la asociación de directores de hotel y te dicen que sus asociados cumplen porque son empresas de limpieza que cumplen con su convenio, pero es a su medida. Hay nóminas trucadas, vemos fraude tras fraude…

El año pasado hice en el Congreso una pregunta que nadie me respondió: ¿qué tara tiene la ley que para una empresa de externalización crezca y se desarrolle al nivel que lo están haciendo sin una regularización establecida? Cada una tiene el convenio de su padre y de su madre. Y tan pronto se llaman Lola, que, cuando les meten un paquete, se llaman Juan, pero siguen ejerciendo los mismos. Y estamos hablando de turismo, del motor de la economía, que aporta entre un 10% y un 11% al PIB. Hay compañeras que se van media hora antes a trabajar para conseguir fregona, porque si no, tienen que fregar de rodillas. Estamos ante un lobby arropado por el sistema. No solo es que estés luchando cotra Goliat, es que lo protege el sistema.

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Carmen Botía (Sociología): “Los sindicatos tienen que dejar de mirarse el ombligo”

La entrevista a Carmen Botía forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

“En la medida en que cada sindicato tuviera una financiación propia tendría las manos libres para velar por las reivindicaciones de las trabajadoras y trabajadores a quienes deberían representar”. El cambio del modelo de financiación es una de las cuestiones clave que deben abordar los nuevos sindicatos según Carmen Botía, profesora de Sociología de la Universidad Pablo de Olavide, una de las impulsoras de la plataforma de denuncia abusospatronales.es.

¿Cuál debe ser el papel de los sindicatos del siglo XXI?

El sentido de los sindicatos sigue siendo importantísimo, sobre todo en un entorno laboral como el actual en el que hay una progresiva pérdida de derechos de los trabajadores. El problema es el modelo de sindicalismo en este país y la crisis de representatividad. Al principio de la industrialización, lo trabajadores empezaron a representarse a sí mismos a la hora de reivindicar mejoras laborales, pero cuando se desarrolló el Estado del Bienestar, el conflicto colectivo entre el capital y el trabajo se fue canalizando a través de estas instituciones que eran los sindicatos. Los trabajadores empezaron a dejar de representarse a sí mismos y eso hizo que se institucionalizara el conflicto y se canalizaran las demandas hacia formas menos combativas. Por otra parte, en este país el modelo de representación sindical ha sido el de delegación política. ¿Esto qué significa? Que los trabajadores, cuando participan de las elecciones sindicales, delegan. Cada trabajador y trabajadora tiene un tiempo de su jornada laboral para representarse a sí mismo, pero al delegar en los delegados sindicales estos se convierten en sus representantes. En muchos casos, estas personas, al no estar en el día a día del trabajo, se han alejado de la dureza del desempeño del trabajo cotidiano, ya que la rotación de representantes no sucede en todos los casos.

¿Por qué han acumulado tanto descrédito en los últimos tiempos?

Los sindicatos tuvieron un papel muy activo contra el franquismo y tenían bastante legitimidad, por ejemplo Comisiones Obreras. Hubo un momento de efervescencia, de muchísima afiliación. La gente estaba en la calle, reclamando mejoras. Se reivindicaba que los sindicatos de clase velasen por los derechos de los trabajadores de una manera real. Porque lo que había habido durante la dictadura franquista era un sindicato vertical que representaba los intereses de las empresas y todos los trabajadores tenían que estar afiliados de alguna manera. Después de esto, se fue institucionalizando el conflicto, sobre todo debido a los Pactos de la Moncloa. Los sindicatos se fueron alejando de su papel. Se cedió en muchas reivindicaciones con el objetivo de consolidar la democracia, para que se calmasen las revueltas en las calles. Entonces lo que se hizo fue modular las demandas de los trabajadores. Algo así como ‘Nos frenamos en las reivindicaciones, consolidamos la democracia y vosotros empresarios os comprometéis para que el capital que vais a acumular lo invirtáis en nuevos puestos de trabajo’. Cuando el empresariado no invierte el capital acumulado por la moderación,  ya dejan de firmarse macroacuerdos de negociación política que son como un gran paraguas para todos los sectores de actividad y se firman solo acuerdos parciales, para responder a conflictos laborales concretos de ámbito menor. Al firmar los grandes macroacuerdos fruto de la negociación política, se renuncia a parte de las reivindicaciones obreras, y cuando se renuncia a algo que se disfruta o que se podría conseguir, es muy difícil volver atrás.

¿Es solo responsabilidad de los sindicatos?

Es cierto que los sindicatos se han ido convirtiendo en organizaciones que han olvidado muchas veces su papel y se han retroalimentado a sí mismas. Han generado instituciones muy jerarquizadas, bastante controladas por sus cúpulas, y se han olvidado de la representación. Han estado más preocupadas por salvaguardar los intereses de la organización que de los propios trabajadores y trabajadoras. Pero también es cierto que el Estado ha ido legislando desde el Estatuto de los Trabajadores, con cada reforma, reduciendo los derechos laborales. En la relación capital-trabajo, el trabajo es la parte más débil y el Estado del Bienestar genera el derecho del trabajo para regular esa relación laboral y proteger a la parte débil. Pero en este país el derecho del trabajo se ha ido conformando, legislando hacia la desprotección con el objetivo de generar un mercado de trabajo dinámico, flexible –esa peligrosa palabra- y eso es responsabilidad también del Estado. Por tanto, tiene responsabilidad también el Estado, como lo tienen el empresariado y la estructura del mercado de trabajo. 

¿Cuál es la responsabilidad de las empresas?

Las grandes empresas, muchas grandes constructoras, aunque no solamente, se enriquecieron bastante en el franquismo y empezaron a perder ese nivel de beneficios con la Transición en la medida en que había organizaciones obreras que pedían mejoras salariales y mejoras laborales en general. Pero tenemos que partir de una cuestión: en este país hay una consideración general respecto a la mano de obra: se la considera un coste. Y si lo consideras un coste, tu estrategia va a ser siempre, reducir ese coste intentando rebajar los salarios, aumentando los ritmos de trabajos, aumentando la productividad, etc., para que haya una diferencia entre lo que inviertes en ese coste y el beneficio que obtienes. Eso es contradictorio con las llamadas políticas de recursos humanos, cuyo objetivo no es solo utilizar mano de obra y despedir, sino permitir un desarrollo profesional. Para ello tienes que considerar a la fuerza de trabajo como una inversión. Y por eso se ha promovido la desprotección de los trabajadores, con argumentos de ‘vamos a generar empleos’. El hecho es que no hay más empleos, sino empleos que se fragmentan, salarios que se rebajan… La economía española ha optado por un crecimiento en parte basado en un mercado de trabajo segmentado, habiendo un mercado de trabajo con mayor estabilidad, salarios dignos, reconocimiento de las cualificaciones puestas en juego, un segmento cada vez menor; y un mercado de trabajo en aumento con inestabilidad, salarios insuficientes, precariedad, entradas y salidas, poco o ningún reconocimiento de las cualificaciones puestas en juego, con muchísima diversidad dentro de este segmento… Y eso hace que la clase trabajadora no se conciban como trabajadores, con más o menos conciencia, ya que las condiciones de cada grupo son muy diferentes. 

¿Por ejemplo?

En la misma universidad donde trabajo, las trabajadoras de la limpieza lo hacen para una subcontrata y cada una tiene un tipo de contrato diferente, ni siquiera en ese trabajo hay una homogeneidad. Las administraciones públicas han descargado mucho del trabajo de servicios que antes desempeñaban como limpieza, mantenimiento, asistencia personal, cuidados a personas mayores, cuidados a personas en situación de dependencia,  ese trabajo en en empresas a las que subcontratan, muchas de ellas cuyo origen estaba en las grandes empresas constructoras que se enriquecieron y crecieron durante la dictadura franquista. En esas condiciones es muy difícil que un sindicato tenga credibilidad. 

¿Qué tienen que hacer entonces?

Se tienen que reconvertir, dejar de mirarse el ombligo y seguir estrategias que lleguen a la gente, que vuelvan a tener credibilidad y demostrarlo con los hechos. Tienen que volver a representar a los trabajadores y a las trabajadoras también, dejar de representarse a sí mismos y, algo que podría ayudar: que la cuota sindical fuera obligatoria por ley, que cada trabajador elija el sindicato al que se quiera afiliar, pero que se afilie. En la medida en que cada sindicato tuviera una financiación propia tendría las manos libres para velar por las reivindicaciones de las trabajadoras y trabajadores a quienes deberían representar. Los sindicatos mayoritarios están financiados por el Estado a través de las elecciones sindicales, de la formación continua… Y si alguien te está dando dinero es difícil que reivindiques muchas cosas. Un porcentaje del dinero de los ERE van a parar, legalmente, a los grandes sindicatos que lo gestionan. Eso es una barbaridad. Y estamos en un punto en el que los propios empresarios reconocen que el despido es improcedente y te dejan la indemnización en el juzgado. El mercado de trabajo español se ha caracterizado, no solo en el momento presente, frente al mercado de trabajo de otros países europeos, por la diferencia entre el segmento precario y el segmento no precario.

¿Funcionarían mejor como pequeñas estructuras?

Para la gente que está en una posición ‘privilegiada’ en el mercado laboral, los sectoriales defienden mejor su trabajo, por ejemplo, para pilotos, para los controladores aéreos, médicos… Tienen intereses muy específicos y esos sindicatos están consiguiendo cosas muchas veces porque el conflicto laboral se ha gestionado lateralmente, entre grupos de trabajadores. Los conflictos entre entre grupos de trabajadores le viene bien al capital porque así no reivindicas ni demandas a quien es responsable de la precarización. También existe un altísimo porcentaje de autónomos, que tienen la idea de que por una parte son empresarios. Y es mentira en su mayoría. Son trabajadores de hecho, que no tienen la protección de una empresa que al menos asuma ciertos riesgos por ellos.  Cada vez hay más trabajadores y trabajadoras autónomas, se buscan la vida, trabajando mucho, sin apenas generar más allá del salario mínimo. Es una precarización encubierta y hace que los sindicatos no les protejan en tanto que no son trabajadores por cuenta ajena. Hay que revisar todo eso. Y que se siga protegiendo tan poco a los autónomos dice mucho de los objetivos de este país: que cada vez haya menos porcentaje de trabajadores por cuenta ajena y que se neutralicen las reivindicaciones de condiciones de trabajo dignas. 

¿Cómo se puede afrontar el reto de la robotización?

No tendría que ser un problema que se incorporen nuevas tecnologías, o que se robotice el trabajo más penoso o repetitivo. Si eso lo puede hacer un robot es perfecto porque así no lo realiza un ser humano, que podría hacer cosas más creativas. El problema es el uso que se hace de esa nueva tecnología en relación con las condiciones que se generan en los trabajadores. Por un lado, se expulsa a trabajadores fuera del mercado de trabajo y la riqueza que se produce socialmente al incorporar la nueva tecnología no revierte en la sociedad. Los robots no pagan IRPF. El problema es que el propietario de las nuevas tecnologías está expulsando del mercado laboral y de los derechos de ciudadanía a grandes masas de antiguos trabajadores que, además, es muy improbable que en las condiciones actuales se reenganchen al trabajo. 

¿Recuperaremos los derechos perdidos?

Se podrían recuperar si hubiera una voluntad política. Estamos en una sociedad en la que si falleciera el 20% de la población mundial daría igual porque es gente pobre que no consume y que es prescindible. Y eso es tristísimo. El problema es cómo se construyen las relaciones sociales y dentro del mercado de trabajo. Los derechos de ciudadanía venían de la mano del desempeño de un empleo remunerado, para toda vida, que te ofrecía un salario familiar suficiente, lo desempeñaba el varón y había un pacto social que permitía que él trabajaba y ganaba el pan, y ella era la que cuidaba de los hijos y del hogar. Y los derechos venían de la mano de ese número de la Seguridad Social vinculado al contrato de trabajo del cabeza de familia. Si ahora no hay un empleo a tiempo completo que te permita protegerte, significa que cuando lleguemos a mayores no vamos a tener derecho a reivindicar una prestación. En este contexto, socialmente nos tenemos que organizar para que los derechos de ciudadanía no vengan de la mano de haber desempeñado un empleo digno. Si no, vamos a tener porcentajes de población cada vez mayores, que no van a tener derechos ni a comer, ni a un salario, ni a una educación, ni a una salud. Si ya no hay trabajo para todo el mundo hay que redistribuir la riqueza para que no haya personas que estén expulsadas de la sociedad, en situación de exclusión y en peligro de muerte real, no solo social. De muerte por frío, por mala alimentación, por una salud deteriorada. Eso supone asumir que no vamos volver a los tiempos del pleno empleo, y que no olvidemos era un pleno empleo que excluía a la población femenina. Una solución a todo esto es voluntad política firme y real para una redistribución de la riqueza socialmente producida vía impuestos a los capitales, sociedades de inversión, patrimonios excesivos.

¿Falta también esa perspectiva en las organizaciones actuales?

Antes se analizaba el mercado de trabajo formalizado y, por otra parte, el mercado de los cuidados, no reconocido, no remunerado, denostado, muy feminizado. Hacerlo por separado es un error porque forman parte de la misma realidad social, como en sociología comenzó a plantear Carlos Prieto. Son ambos productivos y reproductivos a la vez. No es posible uno sin el otro. Para que alguien llegue a un empleo y comience a producir desde el minuto uno, y vaya planchado, comido, vestido… ha habido tradicionalmente otra persona que lo ha hecho posible. La ciudadanía, la empresa y el Estado tienen que asumir que es una responsabilidad propia, no darlo por hecho. Se siguen despidiendo a mujeres embarazadas. Ya es grave que no haya derechos, pero aun habiéndolos se vulneran. La precariedad y la flexibilidad heterónoma, o el tiempo de trabajo controlado de manera exclusiva por la empresa, ha hecho que, no solo controlen tu tiempo de trabajo, sino todo tu tiempo, ya que no se puede planificar ni contar con él, mientras se espera si te llaman o no te llaman para ir a trabajar, y eso es gravísimo.

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1. Joaquín Pérez Rey: “Los sindicatos deben aprender de los movimientos sociales”

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Sonia Gatius: “O recuperamos la conciencia del ‘juntos sí se puede’ o el sindicalismo pasará a la historia”

La entrevista a Sonia Gatius forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

“Quienes hemos intentado hacer nuestro trabajo más allá de intereses políticos sabemos a la perfección que nos coartan el camino por temor. Hay que empoderar a la clase trabajadora”, afirma Sonia Gatius, exresponsable de Justicia de UGT Lleida. Ella se autodenomina sindicalista sin sindicato.

¿Cómo tiene que ser en líneas generales un sindicatos del siglo XXI?

Así como la economía se ha globalizado, debe existir un sindicalismo globalizado, presente y  fuerte en sociedades en las que ahora el mundo del trabajo es similar a la esclavitud, donde no existe regulación laboral alguna. La deslocalización empresarial tiene como eje fundamental de su existencia la mano de obra barata. Hay que conseguir que esos países donde ahora mueren cada día personas por su precariedad laboral, exista un sindicalismo fuerte. Puede parecer algo complejo de llevar a cabo, pero si los derechos de los trabajadores y trabajadoras se extienden, los grandes ricos que gobiernan este mundo puede que empiecen a perder un poco de su poder. Creo que desde aquí tenemos una enorme responsabilidad en conseguir eso.

Antes nos era a todos muy fácil denominarnos “trabajadores”, hoy parece que el concepto de clase trabajadora y las connotaciones que tenía en los años ochenta se haya desinflado y esa visión no es del todo errónea. El trabajo está tan fragmentado que tenemos personas pobres sin trabajo y personas pobres con trabajo y el modelo hacia el que apunta el mercado es generalizar la existencia del segundo grupo. Tener un sueldo de miseria, saber que puedes ser sustituido en cualquier momento y tener que seguir pagando tus deudas es ahora aprovechado por las empresas para intentar negociar a la baja, pero lo que los sindicatos no han entendido todavía es que no pueden participar, como lo están haciendo, en procesos de sustitución de unos trabajadores bien pagados por otros mal pagados y eso está sucediendo en la actualidad. Por tanto o se recupera una fuerte conciencia social del “juntos sí se puede” o bien el sindicalismo pasará a la historia en unas pocas décadas.

Existen críticas sobre la dependencia del poder.

Es necesario también desligarse de una vez de los partidos políticos “madre” y de los sindicalistas que están en la política y viceversa. Hoy en día hay demasiados matices que unen a los sindicatos de clase con los viejos partidos y al final si levantas la cabeza te das cuenta de que son el reflejo unos de los otros en un espejo roto. Estas relaciones están además fuertemente ancladas desde las ejecutivas sindicales y quienes hemos intentado hacer nuestro trabajo más allá de intereses políticos sabemos a la perfección que nos coartan el camino por temor. Ahí se produce un ciclo de recambio de determinados delegados descontentos sin que eso transcienda de lo interno. En mi caso no ha sido así pero la gente suele marcharse sin hablar porque otra cosa que no han aprendido los sindicatos de clase es que la libertad de expresión es un derecho constitucional, pero ellos están completamente cerrados a cualquier tipo de crítica. A mí se me ponían los pelos de punta cuando quienes tomaban la palabra siempre en los congresos eran políticos del PSC, de CiU o del PP. “Cortesía institucional” me decían, yo solía levantarme ante tanta hipocresía. Cuando hablo de sindicatos de clase quiero que se entienda que me refiero a lo que tienen la consideración de representativos en las mesas de negociación y en los comités de empresa y en este país esa dualidad está repartida entre UGT y Comisiones Obreras.

¿Qué necesitan para volver a conectar con la sociedad?

Los sindicatos son ahora simples gestorías de necesidades individuales de una persona trabajadora, la pérdida de masa industrial en este país ha sido un cataclismo para el sindicalismo de clase que ha visto como los sectores más fuertes, como la minería o la siderurgia se han difuminado y muchas veces han sido esos sindicatos de clase los que han acabado pactando sin contar con el trabajador. Actuando de ese modo no es fácil volver a tener credibilidad. Aunque la legislación española les dé la capacidad de negociar en nombre de todos y todas, ellos saben que no cuentan con consensos porque llevan tiempo firmando acuerdos que suponen una pérdida general de derechos para todos. Así que habría que empezar por cambiar la Ley Orgánica de Libertad Sindical para que los grandes acuerdos se firmen únicamente con el consenso de la clase trabajadora. Por otro lado, tras tres huelgas generales fallidas algunas mentes pensantes deberían empezar a darse cuenta de que la huelga de un día no es útil, tampoco está resultando útil darse un paseo por las calles con unas pancartas cada uno de mayo.

¿Cómo se llega a los pequeños autónomos, al camarero del bar de la esquina?

Resulta imprescindible por dichos motivos el cambio de legislación. Es curioso y paradójico pero ese papel de los sindicatos de asumir y monopolizar los derechos de la clase trabajadora ha convertido precisamente a los trabajadores y trabajadoras en elementos pasivos porque el conocimiento de sus derechos lo tienen otros en exclusiva. Sales a las calles y preguntas a la gente por su convenio y lo desconocen, preguntas por el Estatuto de los Trabajadores y apenas conocen su contenido porque en teoría ya hay “otros” que se ocupan de estas cuestiones. Por eso hay que devolver al trabajador lo que es suyo y eso debe hacerse extensible a todos los sectores. Se habla mucho hoy día de empoderamiento, pues bien, se debe empoderar a la clase trabajadora y hacerla partícipe de todo. El monopolio sindical debe finiquitarse precisamente para ser más fuertes todos.

Las pequeñas empresas no son todavía conscientes de que un trabajador bien pagado y contento de ir cada mañana a su puesto de trabajo es un trabajador que rinde más. Lo que ahora están haciendo con los contratos por horas es absolutamente indignante. Ahora resulta que hay trabajadores que no saben cuánto cobrarán a fin de mes porque un día les llamarán para hacer cinco horas, al día siguiente no les llamarán pero trabajarán doce horas el  sábado. Lo primero para poder actuar es concienciar y para poder hacerlo hay que forzar un cambio en la legislación pero parece ser que los sindicatos de clase no están dispuestos a buscar formas alternativas de lucha y es lamentable porque en este país cuando se ha luchado de verdad siempre ha tenido que ser por encima de leyes injustas, con un alto coste para muchos y muchas pero hoy día cuesta mucho ver en las caras de los dirigentes sindicalistas ni una mota de polvo de lo que sus antecesores fueron e hicieron.

¿Recetas para las nuevas situaciones de precariedad y el desempleo?

La precariedad y el desempleo no la han creado las personas trabajadoras de este país y habría que empezar teniendo eso muy presente. La precariedad la han creado las grandes empresas, la burbuja inmobiliaria y la vampirización que se ha hecho de la clase trabajadora junto con la imprescindible colaboración del Gobierno y la legislación. Los ricos siguen aumentando sus ingresos cada año, del bolsillo de cada uno de nosotros se ha rescatado a la banca y donde antes teníamos plantillas de cincuenta trabajadores ahora hacen el mismo trabajo la mitad. El problema no es la crisis, el problema es que algunos han creado precariedad y desempleo para enriquecerse. Un nivel alto de desempleo genera una competencia entre la clase trabajadora que es difícil combatir y eso los grandes del IBEX 35 lo saben perfectamente y por eso se están adueñando de parte del trabajo que existe en lo público. Solo hace falta ver las adjudicaciones que desde las distintas administraciones se están dando a empresas como ACS, Ferrovial, Revaloriza o FCC. Por tanto, ante la precariedad y el desempleo hace falta una oferta pública de ocupación de grandes dimensiones. Solo por poner un ejemplo, si por cada dependiente creáramos un puesto de trabajo tendríamos ya reducido un 30% del actual desempleo. Lo que no debemos aceptar es que el tercer sector ahora se esté convirtiendo en la nueva fuente de generación de riqueza para los de siempre. ¿Qué hace un tipo como Florentino Pérez a cargo de miles de puestos de trabajo en el sector de la dependencia? Es más que preocupante esta situación y no veo que nadie haga nada para impedir esas intromisiones. Los sindicatos están bien calladitos y los gobiernos  están vendiendo lo que es de todos a este tipo de empresas. Ahí radica uno de nuestros grandes problemas: la privatización de lo público.

¿Debería abordar un sindicato luchas como las de la PAH con los desahucios?

Yo misma como responsable de Justicia por UGT en Lleida estuve en movilizaciones de la PAH. Realmente era la única sindicalista de mi sector que participó en encierros en bancos y en algún desahucio. Sé que ahí ha habido miembros del sindicato que han estado presentes, al menos en Lleida, no sé lo que ha pasado en otros lugares pero el problema luego me lo encontraba al volver a toparme con algunas funcionarios afiliados que había o tenían que formar parte de estas lamentables comisiones de lanzamiento. Porque la prensa sigue llamándole desahucio pero el acto en sí se denomina brutalmente como he dicho, lanzamiento. Estos trabajadores a los que yo representaba no tenían ningún interés en mi presencia en esos actos así que resultaba complejo hacerles entender que lograr que la gente mantuviera una vivienda y que consiguiera la dación en pago era una realidad a la que incluso ellos podían enfrentarse y que yo no estaba solo defendiendo a la PAH sino a todo un futuro de personas que podían verse de un día para otro en una situación similar. Solo hace falta tener una hipoteca y que uno de los miembros de la pareja pierda su trabajo para verse en poco tiempo inmersos en un procedimiento hipotecario. Algunos lo entendían y otros no, la realidad es que sucedió así, algunos compañeros que trabajan precisamente en la Administración de Justicia se han visto en esta situación.

¿Tendrían que ser grandes o pequeños? ¿Generales o específicos?

Hoy día prolifera el sindicalismo específico o de sector en muchos lugares y para mí eso es un debilitamiento de la lucha colectiva. Un sindicato para médicos, otros para enfermeras, otro para auxiliares y así sucesivamente. Es cierto que son colectivos con distintas responsabilidades pero fragmentarse en pequeños sindicatos no les da más poder ni más fuerza para negociar sus condiciones laborales, en todo caso los trabajadores pueden tener la percepción de que es así pero a la hora de conseguir mejoras colectivas que nos conciernen a todos esos sindicatos no están teniendo la capacidad de unirse y trabajar juntos.

¿Cómo tendrían que organizarse y financiarse?

No se trata ya únicamente de financiarse, que creo que debería llevarse a cabo a través de las cuotas de cada afiliado, de ahí la necesidad de independencia respecto al gobierno de turno. Depender de subvenciones te debilita pero de esta cuestión ni UGT ni CCOO están por la labor puesto que perderían parte de sus ingresos. Hoy día estos sindicatos ofrecen seguros médicos, seguros de hogar, de coche, descuentos en grandes empresas, pisos y un sinfín de simplezas que desdibujan por completo su sentido.

La jerarquía sindical hoy es una de las principales barreras para el cambio. Dígale usted a un señor o señora de la ejecutiva que lleva veinte años liberado que vuelva a su puesto de trabajo. La respuesta es que no vuelven, que se quedan anclados a los sillones y que impiden la renovación con la entrada de gente joven sin miedos ni favores a devolver al entorno político. Mi renuncia a continuar estando en UGT vino precisamente por esa jerarquía porque pasaba más tiempo teniendo luchas internas con ellos que dedicándome a mi labor sindical. ¿Alguien puede creerse que cuando los empleados públicos catalanes hemos recibido los mayores recortes en derechos laborales UGT te prohíba manifestarte ante la sede de CIU? Pues imagínate hasta qué punto hay que tener vínculos con CIU para que quien se autodenomina “sindicato” acabe prohibiéndote tu labor. No entiendo cómo algunos pueden dormir con la conciencia tranquila.

Mucha gente prefiere la lucha individual…

Te pondré un ejemplo que explica a la perfección cómo se consiguen ganar pequeñas batallas y eso responde a la pregunta y es vía es el futuro o debería serlo. Esto ocurrió ya en mi etapa final como sindicalista. Cayó en mis manos un escrito del TSJ de Catalunya en el que pretendían aniquilar los juzgados de Violencia sobre la Mujer de la mayor parte de Catalunya, proyecto que pretendía llevar a cabo también el propio Departament de Justicia. Cuando leí aquello empecé a pensar qué hacer. Contacté con una de las personas en Lleida que para mí es un ejemplo de lucha absolutamente envidiable, Victoria Pacheco, miembro de diferentes mareas. Junto con ella nos reunimos en un bar con Jaume Moya, actual portavoz de Justicia en el Congreso por las distintas confluencias de Podemos. Luego empecé a distribuir el escrito entre miembros de la marea lila, otros partidos que sabía que apoyarían la iniciativa, como la CUP, y llegó también a las manos de UGT en Catalunya. Entre todos llegamos a hacer una presión de tal calado que el conseller, Carles Mundó, tuvo que salir a rectificar y remitir un escrito en el que decía que no se iba a llevar a cabo el proyecto de reducción de juzgados de Violencia sobre la Mujer en Catalunya. Ahí tenemos partidos políticos comprometidos, asociaciones de mujeres, los movimientos de las mareas y sí, también tenemos el sindicato. Este es el camino, cada uno de nosotros dejó atrás nuestras banderas o nuestras siglas y nos pusimos todos y todas al servicio de una causa. Creo que no tardamos una semana en conseguir la rectificación.

¿Cómo se puede afrontar el cambio de modelo inevitable ante amenazas como el cambio climático?

Esta es la cuestión esencial y es que estamos hablando de trabajo y de futuro, sabiendo que o bien cambiamos de modelo productivo o bien en breve no quedará nada, ni trabajo, ni futuro. En eso la resistencia de la gente es enorme, cuando se plantea el cierre de una central nuclear las presiones son enormes por parte de la gente que vive de ella pero no son conscientes de que ni sus nietos ni sus bisnietos vayan a estar ahí cuando ellos hayan desaparecido, probablemente no exista ya nada más que desertificación y una enorme chimenea resultado de la arqueología industrial. Y ante esta cuestión no hay sindicato que se atreva a posicionarse pero deben hacerlo, aquí ya no estamos hablando de unos cuantos puestos de trabajo, estamos hablando de nuestra supervivencia, algo que ni las grandes potencias quieren afrontar. El cooperativismo y la ecología deben integrarse en nuestro futuro como clase trabajadora, si las grandes empresas están dispuestas a dejarnos sin nada, habrá que organizarse para volver a tener el poder que nos han sustraído. De ahí la importancia -que quiero recalcar de nuevo- de empoderar a la clase trabajadora y esa labor se debe llevar a cambio desde muy temprano y no debemos olvidarnos de la educación como trampolín para llegar a esa finalidad. 

¿Cuál es entonces el principal reto?

Su principal reto quizás no quieran asumirlo y es el de abandonar el mando y convertir las decisiones en colectivas. Y el reto está también ahí para la clase trabajadora. Me sentí muchas veces criticada por pertenecer a UGT pero luego me fijaba en los resultados electorales y UGT y CCOO son los sindicatos más votados, por tanto algo tendrá la propia clase trabajadora de responsabilidad en que sigan siendo ellos quienes decidan. De igual forma que esta sociedad tiene también responsabilidad en que un partido como el PP siga gobernando a pesar de los escándalos de corrupción y de llevarnos a situaciones extremas de pobreza y exclusión social.

¿Tenemos que asumir que hay derechos que no se van a recuperar?

Yo misma he asumido ese mantra que repetido una y otra vez, parece una gran verdad. No obstante y a pesar de mi enorme decepción con el sindicalismo de clase, no quiero dejar de creer que habrá un “estallido” de presión social en algún momento que revierta la actual situación que vivimos. No hay nada más triste que asumir como lo estamos haciendo, de una forma tan natural, que “nuestros hijos no vivirán mejor que nosotros”. Seguramente estamos errando en lo que significa “vivir mejor” porque, y eso es una opinión personal, vivir mejor no es trabajar más horas, ni ganar mucho dinero, ni comprar un coche cada cinco años; vivir mejor es ser el dueño de tu destino y en este sentido me niego a dejar de tener esperanza aunque viva momentos de flaqueza. Ese mantra nos ha sido inculcado de tal modo que en este punto creo que todos debemos asumir nuestra responsabilidad y nuestra indiferencia. Es fácil sentarse a esperar que alguien cambie las cosas, yo lo he vivido durante estos años cuando intentaba hablar con la gente “porque los sindicatos debéis…”. ¿Perdón? Yo soy una trabajadora como tú que ha asumido únicamente una responsabilidad distinta a la tuya pero tu barco y el mío son los mismos. El Estado del Bienestar entendido como un pacto de la socialdemocracia para evitar el comunismo nos ha acostumbrado a dar las cosas por hechas.

Así es lógico que la gente considere que las vacaciones, las horas extra, los descansos, un buen sueldo, una educación de calidad o una sanidad universal son cosas que han surgido de la nada pero eso no es así. Han costado sudores, han costado la sangre de muchas personas, la represión, la tortura y la cárcel y arreglar esas mentalidades burguesas de un simple trabajador pasa por un trabajo enorme e intenso de educación y conocimiento pero personalmente no acepto el victimismo como excusa para no hacer nada. Yo sueño con volver a recuperar el espíritu de la CNT y la FAI que tanto hicieron por los derechos sociales en este país. Hoy día puede que solo nos quede la esperanza de que la CGT vuelva a reforzarse y a ganar más afiliación porque desde mi perspectiva es el único sindicalismo de clase que podría agrupar el actual descontento social. 

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1. Joaquín Pérez Rey: “Los sindicatos deben aprender de los movimientos sociales”

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Joaquín Pérez Rey: “Los sindicatos deben aprender de los movimientos sociales”

La entrevista a Joaquín Pérez Rey forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

El profesor de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social en la Universidad de Castilla-La Mancha Joaquín Pérez Rey, experto en la comisión creada tras la sentencia europea que abre la puerta a equiparar la indemnización de indefinidos e interinos, es rotundo en su análisis sobre cómo deben actuar los sindicatos ante las nuevas realidades del mercado laboral. “Deben huir del fatalismo y el determinismo. La forma en que organizamos el trabajo es una decisión política y no técnica”. “Hay que acostumbrarse a ver en la precariedad -añade- una forma de discriminación inadmisible”.

¿Tienen sentido los sindicatos como los conocemos en el mundo en que vivimos?

Más que nunca. El sindicato ha sido históricamente, y lo sigue siendo, la fórmula que los trabajadores tienen para recuperar el poder de negociación del que carecen en su relación individual con el empresario. Cuando más débil es ese poder, más necesario es el sindicato. Y los tiempos que corren son tiempos de trabajadores débiles, precarios, autoritariamente disciplinados, atenazados por el desempleo. Trabajadores sin voz y con miedo que solo lograrán cierto equilibrio actuando en el plano colectivo, en las fórmulas de solidaridad que se articulan a partir del sindicato. La paradoja es que son precisamente los mismos ingredientes que hacen tan necesaria la actividad sindical los que la dificultan. Si alguien necesita del sindicato es el trabajador precario, si alguien tiene dificultades para acercarse al sindicato es el trabajador precario, siempre temeroso de las represalias. Seguramente es el principal reto al que se enfrentan las organizaciones sindicales en la actualidad. Y no siempre se puede resolver incorporando a este tipo de trabajadores a las organizaciones sindicales de forma estable, conjurando así las dificultades de la debilidad de las relaciones de trabajo de las que provienen, pues aparece así otro peligro, el de un exceso de burocratización y el alejamiento de la estructura sindical de los centros de trabajo.

¿Cómo tiene que ser en líneas generales un sindicato del siglo XXI?

Merece la pena advertir, antes de nada, que es el propio sindicato el que, en cuanto organización democrática, debe repensarse a sí mismo con la activa participación de sus afiliados. Hay algunos ejemplos bien significativos en nuestro país de este proceso de actualización de las ideas y las formas de expresión del sindicalismo. Sin por tanto pretender decir a los protagonistas qué deben hacer y sabedor de que ellos mismos protagonizan un proceso de renovación ideológico y estratégico de primer orden, sí se pueden señalar algunos elementos que necesariamente deben incorporarse a este debate. El ámbito de la acción sindical se sitúa más allá de las fronteras de los países, algo que el movimiento obrero sabe desde sus orígenes, pero que no siempre practica y que ahora es imposible eludir en un contexto de empresas multinacionales que separan los territorios de la decisión de los de la ejecución de sus medidas. La clase trabajadora no es ya predominantemente industrial, ni masculina, no se inserta por lo general de manera estable en la empresa y está azotada por el desempleo. Se trata de un profundo cambio de características, pero que no elimina la clase obrera, ni diluye a parte de sus integrantes en la noción higiénica de clase media en la que se empeña la política conservadora.

Naturalmente estos cambios exigen un adaptación de los modos sindicales y sus formas representativas, que deben acostumbrarse a trabajar con agrupaciones de trabajadores más pequeñas, a ser conscientes de la enorme diversidad que caracteriza a sus representados y a idear mecanismos de acción que lidien, lo que no es nada sencillo, con la debilidad contractual de algunos trabajadores y su temor a la pérdida del puesto de trabajo.

Otro cambio de enormes dimensiones, que no se puede postergar, es el que tiene que ver con el espacio de las mujeres en el sindicato y en el trabajo. Dar carpetazo a cualquier deriva patriarcal y mutar radicalmente los conceptos culturales que arrastran los prejuicios de género es una tarea imprescindible para el sindicato que debería transformase en un agente ejemplar en este terreno. No se trata, desde luego, de algo sencillo y requerirá seguramente de un relevo generacional y de la incorporación generalizada de las mujeres a la dirección del sindicato, algo, por lo demás, que es evidente que ya está sucediendo en los sindicatos españoles, al menos en los que se estructuran más allá de los intereses corporativos.

¿Habría que hacer cambios legislativos?

Naturalmente estos cambios exigen que el propio sindicato los realice, pero no solo. Es imprescindible un cambio normativo. El Derecho del Trabajo que desde 2010 y, sobre todo, desde 2012 se ha convertido en una fórmula al servicio de la empresa debe recuperar su función tradicional y equilibrar los poderes de las partes de la relación laboral, adaptando, entre otras cosas, el derecho sindical al cambio de panorama que estamos describiendo. No pueden ser exclusivamente los jueces o los convenios colectivos los que lleven a cabo esta tarea de actualización, una vez que hay límites insuperables (la forma en la que se diseña la representación de los trabajadores en la empresa, los ámbitos y la legitimación para negociar colectivamente, la propia huelga encerrada en una norma obsoleta y preconstitucional). La ley debe impulsar el cambio y debe expurgar de las instituciones laborales algunos modelos a los que no nos tenemos por qué resignar, el principal de ellos es la precariedad.

Además, continuando con las necesidades, tengo la impresión que el sindicato debe actuar de manera profunda en el terreno cultural, ganando hegemonía. Quizá una de las principales dificultades a las que se enfrentan las organizaciones sindicales de clase en la actualidad es el individualismo rampante que ha arrasado con una parte muy importante de los trabajadores, devastados y colonizados por maquinarias de persuasión que les llevan a desentenderse de la lucha colectiva, a considerarla innecesaria y a sospechar de los que la propician y sostienen. Es un escenario perfecto para quienes se benefician de este aislamiento, pero que debe ser removido no solo porque para los trabajadores, la pieza más débil del engranaje de las relaciones laborales, no hay alternativa a la organización colectiva, sino porque solo así se pueden remover los obstáculos que dificultan la plenitud y facilitar la participación en la vida política, económica, cultural y social, que es algo, por cierto, que dice nuestra Constitución y que parece olvidarse de manera interesada.

¿Y cómo pueden llegar a las pequeñas empresas, a los pequeños autónomos, al camarero del bar de la esquina?

Deben formularse nuevas formas de representación que, en lugar del centro de trabajo, se estructuren de forma más amplia (comarcas, polígonos, espacios productivos…) para lo que será imprescindible un cambio legal. Por otro lado, la negociación colectiva debe hacerse cargo de esta diversidad, piénsese que ya en la actualidad, y dejando los autónomos al margen porque existen fuertes inconvenientes jurídicos para alcanzarlos desde la norma colectiva, el convenio suele ser la fórmula que conecta a los trabajadores de las pequeñas empresas con el sindicato, pues la norma colectiva, en nuestro modelo legal, es de aplicación a todos los trabajadores y empresarios que conforman su ámbito, también los de las pequeñas empresas. Para que esto siga siendo así es necesario desterrar de nuestro régimen de relaciones laborales algunas incorporaciones de las últimas reformas laborales como la preferencia por los convenios de empresa que buscaban precisamente eso, impedir que convenios negociados de forma equilibrada garantizaran los derechos de aquellos que nunca hubieran, en el espacio minúsculo de su propia empresa, lograr ese resultado.

En no menor medida, se debe separar el grano de la paja, pues ese pequeño autónomo en muchas ocasiones no es más que la personificación de un fraude. Evitar que a los trabajadores se les prive de su propia condición es, claro está, un objetivo sindical, pero lo es también del Estado y su inspección.

¿Habría que cambiar el sistema de negociación y de representatividad?

Creo que no es posible mantener el sistema jurídico-laboral en el que han desembocado las últimas reformas laborales. La elaboración de un nuevo Estatuto de los Trabajadores que se compadezca con los tiempos actuales y destierre fenómenos como los del abuso de la temporalidad o la minusvaloración de la negociación colectiva debe ser una prioridad. También en materia de representación que, como venimos insistiendo, no puede ya articularse de forma sencilla sobre el centro de trabajo, sino que deben tener en cuenta la subcontratación, los grupos de empresa y las reducidas dimensiones de las plantillas en nuestro ecosistema empresarial.

La precariedad y el desempleo no hay que darlas por hechas. No son plagas divinas, sino opciones de un capitalismo desenfrenado que se garantiza con ello el beneficio y el disciplinamiento de los trabajadores. Es evidente que el acceso al empleo y la estabilidad en el mismo constituyen derechos sociales reiteradamente incumplidos y que deben garantizarse para, entre otras cosas, cumplir con la Constitución de la que tanto se presume por algunos. A partir de ahí hay que incorporar los trabajadores débiles al sindicato y no utilizarlos como moneda de cambio. No se trata solo de que participen activamente en el diseño de la acción sindical y que se tengan muy en cuenta sus dificultades para llevar a cabo actividades sindicales tradicionales, sino que respecto de ellos se haga valer en todos los órdenes (desde la negociación colectiva a la defensa judicial de los derechos) el principio de no discriminación que cuenta con fuertes referencias en el ordenamiento de la UE y que debe impedir a las empresas obtener beneficios salariales y de otro tipo de los trabajadores precarios frente a los que no lo son. Ni la duración del contrato, ni la edad, ni otros factores similares pueden servir para justificar peores condiciones laborales. Hay que acostumbrarse a ver en la precariedad una forma de discriminación inadmisible.

En lo que en ningún caso cabe caer es en el grosero enfrentamiento de precarios y no precarios. La culpa de la temporalidad, el trabajo a tiempo parcial no voluntario o las malas condiciones de trabajo no la tienen los (cada vez menos) trabajadores con derechos, sino un modelo económico, jurídico y empresarial acostumbrado a usar el desempleo como excusa para despojar a las personas de sus derechos laborales. El enfrentamiento no es intraclase y solo cabe una equiparación, la que se practica por arriba, justo en la dirección contraria a la que propugnan los defensores del contrato único.

¿En qué sectores olvidados hasta ahora deberían fijarse también?

No creo que haya sectores olvidados, sino más bien ámbitos en los que la acción sindical tiene muchas dificultades para penetrar por la dimensión de los centros de trabajo, la dispersión de los trabajadores o la actitud empresarial. El cambio del modelo representativo del que antes hablábamos debería intentar superar estas dificultades.

¿Cómo deben afrontar los cambios tecnológicos y la robotización del trabajo?

Tampoco es pequeña la adaptación que la acción sindical exige a los nuevos escenarios organizativos y tecnológicos en los que se estructura en la actualidad la producción. La empresa red con una amplia capacidad para automatizar su funcionamiento parece característica de los tiempos que corren y exige del sindicato organizarse más allá de la empresa, superar el fetichismo del centro de trabajo, para buscar nuevos espacios de actuación que prescindan de quién es el empresario formal y se centren, por ejemplo, en el colectivo de trabajadores que comparten espacio productivo aunque lo hagan para diversos empleadores. También en este terreno hay experiencias sumamente interesantes en el sindicalismo español. Además, se ha de gobernar el cambio tecnológico, no es posible que este funcione de forma determinista dejando al sindicato exclusivamente la obligación de adaptarse, el propio sindicato debe ser un protagonista de este cambio: determinando qué exigencias formativas requerirá de los trabajadores y, entre otras muchas cosas, impidiendo que la robotización funcione exclusivamente en una dirección, la del beneficio empresarial y el aumento de los poderes patronales. Al contrario, la ley y la negociación colectiva deben garantizar los derechos fundamentales de los trabajadores en las empresas que “todo lo ven” y la acción sindical en todos sus niveles, también en el que atañe a la huelga, debe revitalizarse y amoldarse a las nuevas posibilidades tecnológicas que, insisto, no puede usarse solo en un único sentido.

Pero tengo la impresión de que este discurso está rodeado de tópicos y que habría que ver con mucho mayor rigor su verdadera dimensión. En todo caso, el sindicato no puede ser un mero espectador. Un primer paso sería, por ejemplo, impedir el esquirolaje tecnológico, esto es, la sustitución de los huelguistas por máquinas preprogramadas, algo que algunos sectores como el audiovisual resta mucha eficacia a las acciones de protesta de los trabajadores. Justo lo contrario de lo que recientemente ha hecho nuestro TC, que, insistiendo una vez más en su deriva conservadora perjudicial para los derechos constitucionales de los trabajadores, ha dado alas a esta sustitución por medios técnicos dejando a la huelga en un lugar muy comprometido ante las nuevas realidades productivas.

¿Debería abordar un sindicato luchas como las que protagoniza la PAH con los desahucios?

Todos los que afecten a los intereses de los trabajadores que no son exclusivamente los relacionados con el trabajo en sentido estricto, sino que desbordan el ámbito del contrato de trabajo y penetran en otros territorios decisivos para los trabajadores: la educación, la sanidad, la protección social o la vivienda entre otros muchos. No es algo extraño ni a nuestro modelo constitucional, que habla de que los sindicatos defienden los derechos económicos y sociales de los trabajadores, ni a nuestro panorama sindical que ha teorizado largamente sobre la figura del sindicato “sociopolítico”. El sindicato no tiene por qué sustituir a los movimientos sociales, aunque puede perfectamente converger con ellos e incluso, como ha sucedido en muchas ocasiones, impulsarlos. Debe además aprender de ellos y de la capacidad que algunos han mostrado para agregar simpatizantes, muchos de ellos, por cierto, militantes sindicales.

¿Grandes o pequeños? ¿Generales o específicos?

No hay duda de que uno de los grandes males del movimiento obrero ha sido su división y este mal perdura, de modo que el sindicato debe aspirar a representar a los trabajadores como clase social. Y las respuestas corporativas, aunque gestionen en ocasiones bien la cotidianidad -lo que no es poco-, no son capaces de ofrecer respuestas globales y solidarias a problemas que no se puede resolver con los anteojos de la categoría profesional.

¿Se puede sincronizar la lucha individual y la colectiva?

Creo que en el mundo del trabajo no hay lucha individual posible y mucho menos en un mercado de trabajo tan azotado por el desempleo. No llega ni a la categoría de espejismo creer que el trabajador en un marco tan desequilibrado como el de la relación laboral puede obtener ventajas de forma aislada. La única acción posible es la colectiva que no por ello debe actuar a través de la uniformidad, sino que, al contrario, puede perfectamente hacerse cargo de la diversidad que en todos los órdenes tienen los trabajadores actuales. Diversidad cultural, familiar… que debe encontrar tratamientos que lejos de negarla la respeten y la permitan en el ámbito de las relaciones laborales.

¿Corre peligro la libertad sindical y el derecho de huelga en estos tiempos?

Siempre han sido derechos molestos y puestos en el disparadero de aquellos que por ellos se ven limitados en sus aspiraciones, pero sin ellos no hay democracia.  Si la libertad sindical y la huelga se desvanecen o se hacen ineficaces habremos entrado en una deriva que produce escalofríos, una deriva autoritaria que pone fin a un modelo de convivencia que tiene en el reconocimiento de la autonomía colectiva uno de sus puntales. Un horizonte distópico que no cabe augurar, pero que sirve para insistir en la necesidad de que la libertad sindical y la huelga sigan cumpliendo su función en la actualidad, dotándose de nuevos contenidos.

¿Hay que asumir que hay derechos que no se van a recuperar?  

No, es imprescindible que también desde el plano sindical se huya del fatalismo y el determinismo. La forma en que organizamos el trabajo es una decisión política y no técnica. No hay un modelo de trabajo o de empresa que nazca de una deidad y ante el que solo quepa capitular. Los derechos, aun con nuevos perfiles y contenidos, se recuperarán en la medida en que los trabajadores y los ciudadanos en general consigan equilibrar en su favor las reglas de juego, algo que está en sus manos y en las de las organizaciones en las que se integran.
class=”s3″>en tu tiempo de trabajo, sino todo tu tiempo, ya que no se puede planificar ni contar con él, mientras se espera si te llaman o no te llaman para ir a trabajar, y eso es gravísimo.

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