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“El orgullo nacional se ha convertido en piedra angular de la campaña holandesa”

wilders campaña holandesa

El miércoles, cuando los holandeses vayan a las urnas, tendrán que desplegar un boleto electoral que tiene más de sábana que de otra cosa: mide un metro por 70 centímetros para dar cabida a las listas de candidatos de los 28 partidos que compiten en los comicios nacionales. Desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido elecciones en que hayan participado más formaciones. Las encuestas indican que unos 15 partidos ganarán al menos un escaño de los 150 que tiene la Segunda Cámara holandesa. También se prevé que hasta entre un 16% y 20% de los votantes usará su tradicional lápiz rojo para marcar su preferencia por Geert Wilders, el líder del Partido por la Libertad (PVV), formación xenófoba y antiislámica que puede resultar la más votada.

La perspectiva de una victoria electoral de la extrema derecha ha sumido al país en un estado de confusión. También ha suscitado el interés de los medios globales, para quienes el ascenso del partido de Wilders —menos de un año después del referéndum del Brexit en Reino Unido y la victoria de Donald Trump en Estados Unidos— es sintomático de una tendencia global. Las elecciones holandesas se leen como un augurio preocupante para los comicios inminentes en Francia y Alemania. 

campaña holandesa

Pocos en Holanda conocen al PVV mejor que Koen Vossen. Politólogo de la Universidad de Nimega y especializado en la historia de los partidos menores, Vossen ha seguido al partido de Wilders desde sus inicios. Su libro sobre el PVV, El poder del populismo, acaba de ser traducido al inglés. Como máximo experto en la materia, en los últimos meses no ha parado de atender a periodistas. “Me han llamado desde China, Rusia, Argentina…”, dice. “Y el otro día hasta hablé ¡con La Razón! Muchos periodistas tienen la impresión de que Wilders está a punto de hacerse con el poder. Intento poner las cosas un poco más en perspectiva”. Porque en Holanda ganar las elecciones no significa, ni mucho menos, poder gobernar. Desde la Segunda Guerra Mundial, ningún partido se ha hecho con la mayoría absoluta, por lo que el país siempre es gobernado por coaliciones entre varios partidos. A pesar del posible éxito electoral de Wilders, la mayoría de los partidos ha dicho que nunca entrarán en coalición con él. El actual primer ministro, Mark Rutte, cuyo partido liberal (VVD) gobierna con el partido obrero (PvdA), ha dicho que la posibilidad de que acabe gobernando con Wilders es “cero coma cero”.

Dado este cordón sanitario preestablecido, ¿cuánto importa que, el miércoles, el PVV de Wilders salga o no como el partido más votado?

Importa simbólicamente más que nada. Si el PVV sale el más grande pero los otros partidos se niegan, desde el comienzo, a dejarle gobernar, Wilders se podrá quejar de que sus votantes quedan excluidos del proceso.

¿La posibilidad de que el PVV llegue a gobernar es realmente cero?

Si la demoscopia actual se mantiene, sí. Hace algunos meses los sondeos vaticinaban hasta 40 escaños para Wilders. En ese caso, mantenerlo fuera del gobierno habría sido muy difícil. Sin embargo, ahora parece que Wilders puede hacerse con unos 22 escaños y el VVD de Rutte con unos 25. Lo más probable es que el PVV no entre. Incluso si Wilders acabara ganando las elecciones con un margen más pequeño, creará un problema simbólico, pero superable: no sería la primera vez que la formación más votada acabara en la oposición.

¿Wilders de verdad aspira a gobernar?

Todo indica que no. El propio Wilders se ha hecho cada vez más imposible.

Ni Wilders ni su partido, del que él es el único afiliado oficial, parecen muy preparados para gobernar el país.

En efecto. Su partido casi no existe como tal. Y no ha sido capaz, o no ha querido, reunir a un equipo de gobierno. Su programa electoral se limita a una sola página. Y se empeña en ofender a sus rivales de tal forma que parece difícil que después colabore con ellos. En fin, son todo señales de que no pretende gobernar de verdad.

¿Sus votantes se dan cuenta de ello?

Una parte de ellos, sin duda.

De las muchas entrevistas e investigaciones que han salido, queda claro que muchos que dicen que le van a votar no están de acuerdo con todo lo que proclama Wilders.

Es verdad; muchos le votan no porque crean en todo lo que dice, sino porque lo ven como palanca que pueda sacudir el mundo político. En realidad, es un deseo bastante primario. Un deseo de cambio, nacido de una sensación de profundo hartazgo con las élites. Muchos de sus simpatizantes, por ejemplo, no creen de verdad que el Islam esté a punto de “conquistar” a Holanda, como mantiene Wilders.

Aun así, parece que la mera presencia de Wilders ha derechizado a los demás partidos, para empezar el VVD, el tradicional partido liberal de centroderecha.

Estilísticamente, eso ha ocurrido sin duda. Antes, el VVD representaba una derecha digamos patricia. Ahora se ha decantado por un derechismo directamente populista. Pero la tendencia también ha afectado al CDA, el partido democristiano. Su líder, Sybrand Buma, ahora se perfila como defensor a ultranza de la identidad nacional, definida por lo que llama “los valores judeocristianos”. Es curioso: el orgullo nacional se ha convertido en piedra angular de esta campaña. También entre los partidos de izquierda. En Holanda, eso sorprende. Tocar el tambor nacionalista de esa forma —ese apelar constante a las emociones— habría sido impensable hace veinte años. Pero a los políticos les está funcionando, como le funcionó a Obama en Estados Unidos también, por cierto.

Entre las emociones, además del orgullo, también se apela al miedo.

Sí, y ese miedo existe: la gente teme un atentado terrorista, la pérdida de la identidad nacional… Y sin duda contribuyen a ese miedo incidentes como el conflicto diplomático con Turquía este fin de semana. Eso sí, donde hay menos temor que hace algunos años es en el ámbito económico. Allí las cosas han mejorado. Lo trágico, sin embargo, es que los dos partidos que conforman el gobierno actual, el partido obrero (PvdA) y los liberales de Rutte, no puedan casi ufanarse de sus éxitos en ese campo. Son otros temas los que se han convertido en las piedras de toque de la campaña. Y eso también es sintomático. Antes, era normal que los partidos gobernantes pudieran sacar cierto crédito por sus logros. Hoy, la tendencia es más bien al revés: los ciudadanos quieren ajustar cuentas: castigar a los políticos por sus errores.

¿No es también es un problema de legitimidad de la política parlamentaria? El electorado no solo da por sentado que los políticos mienten, sino que lo hacen por puro interés propio.

Es verdad. Claro que no es nuevo; esas ideas también las había en los años treinta. Pero sí parecen haberse reforzado, por varios factores. Los ciudadanos se han hecho mucho más asertivos, por ejemplo. Eso se ve en todos los ámbitos: también ha disminuido el poder institucional de otras figuras de autoridad, como médicos, periodistas y académicos. En segundo lugar, influye el hecho de que los medios han dejado de hacer pedagogía. Su papel principal ya no es tanto informar sino entretener. ¿Y qué es más entretenido que confrontar a un político con ciudadanos mosqueados? Un factor final es que la política nacional es cada vez menos importante. En un mundo globalizado, ¿qué poder tiene un país sobre su propio destino? Dado que a los políticos no les gusta admitir esa falta de importancia, fingen que siguen teniendo el poder de antes. Cuando resulta que no es el caso —y cuando además carecen de una clara narrativa ideológica para explicarlo— sus votantes se vuelven cínicos.

Wilders ha sido la figura más influyente de la política holandesa en lo que va de siglo. En el caso hipotético de que acabe ganando y entre a la oposición, ¿seguirá empujando la política holandesa hacia la derecha?

Es difícil predecirlo, pero yo no lo creo. De hecho, no me sorprendería que el país se cansara de Wilders. Por otro lado, conociendo a Wilders, hará lo posible por mantener el foco sobre él. Mucho dependerá también de la coyuntura. Si la inmigración —y conflictos como el de Turquía que acaba de estallar— se mantienen como problemas graves, la posición de Wilders se reforzará.

La izquierda holandesa se encuentra fragmentada entre cuatro partidos medianos que, según los sondeos, pueden sacar entre un 8% y un 12%: la Izquierda Verde (GroenLinks), que puede cuadruplicar su presencia en el parlamento gracias a su joven líder, Jesse Klaver; el Partido Socialista (SP), que se mantiene más o menos estable; el partido obrero (PvdA), antes uno de los tres grandes partidos del país, que va camino de una derrota histórica; y los liberales progresistas de D66, que parece que pueden sacar un 12%. Ahora, durante la campaña, la competencia mutua es feroz. Pero una vez pasadas las elecciones, ¿intentarán formar un amplio frente progresista? Al fin y al cabo, entre los cuatro tendrían más de un 40% del voto.

No lo creo. Para empezar, ese bloque necesitaría el apoyo de los democristianos, que están profundamente opuestos a la idea. Además, a los partidos de izquierda los divide una profunda desconfianza. Ya nadie se fía del partido obrero (PvdA), y razón no les falta. Lo más seguro es que haya una coalición de los liberales centroderechistas (VVD), los democristianos (CDA) y los liberales progresistas (D66). Necesitarán a otro partido, o quizás dos, para llegar a una mayoría parlamentaria. Allí veo entrar a la Izquierda Verde. Es lo que busca su líder, Jesse Klaver, en parte porque su partido nunca antes ha entrado a gobernar. Pero no me parece probable que haya un gobierno progresista.

Puedes leer nuestro dossier Antídotos de izquierdas contra el neofascismo.

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Lina Gálvez: “La izquierda se ha quedado sin un proyecto claro e ilusionador y hace falta construirlo”

Lina Gálvez, catedrática de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Pablo de Olavide, es profundamente crítica con las respuestas que la izquierda está dando actualmente a los problemas del día a día de la gente. En esta entrevista, realizada para el dossier sobre neofascismos de #LaMarea44, analiza la situación y desgrana los retos frente al avance de la ultraderecha en EEUU y en Europa.

¿Por qué ganó Trump y por qué perdió Clinton?

No creo que haya una única razón ni un solo tipo de votante de Trump o de Clinton. A Trump le ha votado una importante parte del tradicional voto republicano, entre quienes sin duda hay machistas, xenófobos, homófobos y nacionalistas, como el propio Trump. También es posible que le haya votado gente, especialmente hombres, que ansían su estilo de vida en la Quinta Avenida y rodeado de mujeres a las que cada vez saca más años. También parece que ha tenido más éxito entre los de menor nivel educativo, pero no solo. Y también le ha votado gente enfadada con el sistema y que se ha creído el discurso anti establishment que Trump ha explotado, y que ha visto en las medidas hacia adentro una posibilidad de recuperar el sueño americano perdido. Mucha gente a la que la hiperglobalización neoliberal había dejado en la cuneta o maltrecha, sin oportunidades, y a quienes el establishment, tanto republicano como demócrata, los medios de opinión y los creadores de opinión habían despreciado.

Trump ha ganado también porque Clinton no ha sabido movilizar a una parte importante del voto demócrata o progresista a su favor. Incluso demócratas tan activas y feministas confesas como Susan Sarandon dijeron que no la apoyarían. Más reveladora es la falta de apoyo que tuvo en las primarias y caucuses presidenciales entre la gente joven, donde prácticamente obtuvo el mismo apoyo que Trump con unos 600.000 votos cada uno frente a más de un millón y medio recibido por Sanders. Eso demuestra que para los jóvenes, que son los grandes perdedores de la crisis y que según varios estudios tienen unas expectativas bastante deprimidas y deprimentes sobre su futuro, Clinton no era la candidata que querían y necesitaban. Y no lo era por su pasado de senadora, primera dama o, sobre todo, de secretaria de Estado metiendo a su país en múltiples guerras. O el amplio patrocinio de Wall Street y de los grandes medios de comunicación, que hacían que no se pudiera zafar de representar mejor que nadie ese establishment al que muchos votantes querían oponerse. Por último, Clinton es mujer, y su género no ha jugado a su favor porque aún hay muchos y muchas que piensan que los espacios públicos de poder no son el lugar de las mujeres, que estamos en ellos de prestado y sin concitar la autoridad que se le presupone a los varones. Y porque características de la propia Clinton que habrían sido positivas para un varón, como la ambición, en una mujer son valoradas negativamente, incidiendo en que el poder no es para nosotras.

¿Han sido un error las críticas desde el propio feminismo a Clinton?

Susan Sarandon, por ejemplo, decía que no iba a votar con su vagina. Sí y no. Hillary tampoco era mi candidata, y aunque yo no tengo derecho a voto en las elecciones norteamericanas, expuse públicamente mi apoyo a Sanders. Toda vez que Sanders ya no estaba en liza, habría apoyado a Hillary Clinton pero con muchas reservas porque ni compartía su programa económico ni tampoco su pasado y posiblemente presente belicista. Ahora bien, Trump no habría sido nunca mi candidato porque no me creo su fachada antisistema ya que él es fruto de ese mismo sistema al que critica, y porque creo que dar pábulo a proclamas sexistas, homófobas y claramente fascistas empodera a las y los individuos que hacen de la intolerancia y la violencia su razón de ser, con consecuencias nefastas en la vida y las oportunidades de muchas personas. Aunque mujeres aisladas cooptadas por el sistema como Hillary pueden incluso ser señales contraproducentes, me habría gustado ver a una mujer al frente de la Casa Blanca y la habría apoyado aun sin gustarme… Aunque subrayando todo lo que no me gustaba de ella. Desgraciadamente, no creo que feministas como Susan Sarandon o Nancy Fraser hayan sido tan determinantes a la hora de restar apoyos a Clinton, sobre todo teniendo en cuenta que ha tenido más votos que Trump pero peor repartidos.

¿Por qué están creciendo las opciones neofascistas en el mundo?

Pues porque la hiperglobalización financiera está generando y haciendo aumentar la desigualdad entre las personas, especialmente entre las más jóvenes, que además tenían expectativas de vivir una vida mejor que la de sus padres. Y además lo está haciendo promoviendo una democracia de baja intensidad que deja los procesos electorales como único momento de manifestación de las preferencias políticas de las personas. Aunque muchas veces, el incumplimiento de los programas electorales o la imposición de políticas contrarias como sucedió en Grecia transmitan la idea de que votar no vale para nada y se fomente de esa forma esa democracia de baja intensidad y la desafección política y de la gestión común de nuestras vidas.

¿Qué responsabilidad tiene la izquierda ante el ascenso de la extrema derecha y los neofascismos?

Menos que la derecha, pero no despreciable. La izquierda se ha separado de sus bases sociales o más bien de las necesidades y la defensa de esas personas. La socialdemocracia ha creído que era posible una tercera vía desarrollando una agenda política progresista en lo social pero completamente neoliberal en lo económico. Sin darse cuenta de que en un sistema generador de desigualdades como es el capitalismo, especialmente en su etapa neoliberal, no es posible avanzar hacia sociedades más justas e igualitarias. El modelo que han ayudado a construir, también institucionalmente con bancos centrales “independientes”, con movilidad totalmente libre del capital, o de acumulación de poder de los grandes grupos financieros y empresariales, ha constituido un modelo de crecimiento pro pobre que ha limitado el crecimiento y la creación de empleo potencial, y acumulado la riqueza en pocas manos, dejando a las y los asalariados cada vez una parte más pequeña de la tarta, de la riqueza generada. La izquierda se ha quedado sin un proyecto claro e ilusionador, y hace falta que alguien lo construya.

¿Qué está haciendo ahora mismo la izquierda para frenar ese ascenso?

Pues si miramos a EEUU, nada, más bien lo contrario. El establishment y el propio partido demócrata se movilizaron para que no saliera elegido Sanders y lo consiguieron. Y ahora tenemos a Trump. En Gran Bretaña, las bases han elegido a Corbyn pero su propio partido no deja de ponerle palos en las ruedas para que no se aleje de la tercera vía iniciada por Blair y Brown. En Francia, el socialismo camina a pasos agigantados hacia la tercera vía, como en Italia, o en general en el conjunto de la UE empujados por las estructuras comunitarias que desde Maastricht están entre las más neoliberales del mundo y con algunas de las instituciones menos democráticas de entre los países ricos. Y aquí en España se ha impedido una coalición de izquierdas porque en mi opinión nadie la ha querido, ni una parte importante del PSOE, que sin duda tiene demasiadas ataduras y deudas con el establishment, ni una parte importante de Podemos, que ha puesto por delante su consolidación como partido frente a lo que podríamos considerar bien común del país y sus gentes.

¿Por qué un obrero vota a Trump o al PP? ¿Qué puede pasar por sus cabezas desde el punto de vista económico, social, etc.?

La creación de opinión y la propaganda conservadora que controla los medios de comunicación, las universidades, los aparatos de muchos partidos, fundaciones, think tanks… Es muy poderosa y se han diseminado algunas mentiras como verdades, como que la derecha sabe gestionar mejor la economía. Da igual que los datos nos demuestren por ejemplo que muchos ayuntamientos gobernados durante muchos años por las derechas han quedado fuertemente endeudados, que han malversado el dinero público con amplias redes de corrupción para lucrarse personalmente y a su partido y, de esa manera, colocarse tramposamente en mejor posición de cara a las convocatorias electorales. La realidad es que la mayor parte de la gente sigue creyendo que la derecha gobierna mejor los asuntos económicos. O que la mejor política social o de lucha contra el paro es el crecimiento económico, como si las cifras que nos demuestran que en los últimos años y gracias a la puesta en marcha de políticas e instituciones jaleadas por las derechas, el crecimiento no ha sido garante de nada más que de aumento de las desigualdades económicas y de un modelo económico injusto y extractivo para con nuestros recursos naturales.

La mayor parte de la gente no tiene como aspiración ser muy cultos, tener mucho tiempo libre o comprender el mundo que les rodea, sino el aumentar su riqueza y acumular bienes y capital. Y creen que votando las políticas que abiertamente favorecen a los ricos ellos lo serán algún día. No obstante, todo esto es posible porque la derecha no tiene apenas competencia en la izquierda, que no tiene apuestas claras, y en los casos de Blair o los Clinton han apostado claramente por las clases urbanas educadas y no han luchado por la dignidad de los más desfavorecidos que se han visto abandonados y sus comunidades desmanteladas. Por no hablar de la indefinición de la izquierda entre los derechos y bienestar asociados al estado-nación y el universalismo que realmente debería promover una auténtica propuesta progresista llámese de izquierdas o no.

¿Qué responsabilidad tienen los sindicatos en todo ello?

Hasta que llegó la crisis se habían concentrado en la protección de los trabajadores que estaban ocupados, en los sectores públicos o más fordistas, en gestionar los intereses de esos trabajadores de manera corporativa alejándose de discursos políticos más transformadores. Entraron y se beneficiaron del reparto de tarjetas black y créditos baratos con los que se compraban las voluntades en las cajas de ahorro, y erraron en ver la transformación social que se venía encima, incluida la de género.

¿Se ha perdido la izquierda en las instituciones?

La izquierda debe estar sin duda en las instituciones y tiene que existir una movilización y contrapoder en la calle como medida de control y de construcción de ciudadanía activa. Pero sin duda las izquierdas tienen y deben estar en las instituciones.

¿Cree que la fractura de las izquierdas ha alimentado a la extrema derecha?

Sin duda. Y sus discursos poco claros.

¿Está en condiciones Unidos Podemos de afrontar esta ola de neofascismo que se nos viene encima? ¿Y el PSOE?

Creo que por separado no. Mientras exista ese enfrentamiento cainita seguirá gobernando la derecha y cambiando las reglas de juego para que cada vez sea más difícil arrebatarle el poder en todos los ámbitos que sería necesario recuperarlo para realizar una auténtica transformación social.

¿Por qué en España no ha surgido una opción neofascista con marca propia?

Porque la extrema derecha está dentro del PP. El día que no sea así, a la derecha le costará más ganar elecciones como le pasa a la izquierda, que parece que le tiene el gusto tomado a esto de estar siempre dividida. Sin embargo, tendremos un problema serio porque lo que siembran los fascismos es difícil de controlar incluso para sus propios promotores. El problema de Trump no es solo el propio Trump, sino el hecho de que un tipo que dice esas cosas haya salido presidente electo de los EEUU empodera a los xenófobos, los misóginos o los homófobos.

¿Cree que Trump va a hacer bueno a Rajoy?

No.

Para usted, ¿qué es la izquierda?

Para mí la izquierda es un proyecto transformador para conseguir una sociedad más justa e igualitaria, donde las personas sean fines en sí mismos y no medios para los fines de otros, y cada uno de nosotros y nosotras seamos capaces de vivir una vida que consideremos digna de ser vivida.

¿Debe haber una única izquierda, entonces?

En lo esencial creo que debería de haber solo una, con sus diferencias, pero resaltando las cosas comunes. De hecho, si nos dedicáramos a ver lo que nos une y no lo que nos separa, el mundo sería un lugar mucho más habitable y pacífico.

¿La izquierda tiene complejos?

Claro, pero también creo que los tiene la derecha…Afortunadamente para nosotros.

Decía Paco de Lucía que cuando ganó el segundo millón de pesetas dejó de ser de izquierdas. ¿Qué le sugiere esta reflexión? ¿Cree que la izquierda o parte de la izquierda se ha vuelto elitista?

Sí que hay una parte de la izquierda elitista, pero no creo que sea nada nuevo. Muchos sindicatos partieron de la aristocracia obrera, y muchos teóricos de la izquierda venían de clases muy acomodadas e incluso de la aristocracia. Dicho esto, yo no creo que sea incompatible si eres un artista como Paco de Lucía ganar millones de pesetas por tu genialidad y tu trabajo y seguir siendo de izquierdas. El problema está en cómo ganas ese dinero y qué haces con ese dinero. Si pagas tus impuestos y no los evades, si al montar una empresa pagas a tus trabajadores dignamente, incluidos los trabajadores domésticos, si además inviertes ese dinero también en proyectos transformadores, o en una ciencia inclusiva que mejore el bienestar de las personas, no veo por qué ha de ser incompatible, sobre todo dentro de un sistema en el que se pusieran límites a las ganancias dentro de una misma empresa. Las personas necesitamos justicia –también a través de la igualdad- y dignidad, pero la historia nos dice que también incentivos.

¿Tiene que ser la izquierda anticapitalista por sí misma?

Definirse como anticapitalista es fácil porque se trata de un sistema depredador que fomenta las desigualdades, la acumulación frente al bienestar y la vida. El tema es por qué sistema lo sustituimos. En la historia ha habido otros sistemas económicos y sociales que han sido también depredadores y que han limitado enormemente las libertades de las personas, como el sistema esclavista, el feudal o el socialismo de estado, con amplias diferencias entre ellos, claro está. Nunca hemos tenido un sistema justo. ¿Que tenemos que caminar hacia uno que lo sea? Sin duda, pero el capitalismo no se acaba con un real decreto, las revoluciones económicas son lentas, mixtas y en muchos casos llevan a resultados inciertos o contradictorios. Yo creo que para empezar, si le ponemos bridas al capitalismo, a la hiperglobalización financiera, si comenzamos a socializar a las nuevas generaciones con otros valores, estaremos poniendo los cimientos para ir cambiando en la buena dirección, y de paso mejorando el bienestar y la dignidad de las personas.

¿Y feminista? 

Sin duda la izquierda, como la derecha, como el poder en general, es masculino, y las mujeres que se cuelan le son muy útiles al sistema para mostrar que quien quiere y “vale” llega. Las mujeres siguen sin liderar la izquierda porque vivimos en una sociedad patriarcal que atribuye la autoridad a los hombres, como ha vuelto a ocurrir con Trump y Clinton en las pasadas elecciones norteamericanas. Y más frente a una mujer como Clinton que se definía abiertamente feminista y que no presentaba un perfil más neutro, como por ejemplo ha sido el caso de Merkel, que hasta tiene una apariencia más asexual.

No obstante, cualquier propuesta y alternativa de transformación social hacia un mundo más justo e igualitario tiene que ser feminista ya que el feminismo es la apuesta teórica, social y personal que aboga claramente por una sociedad donde todas las personas, independientemente de su nacimiento, opciones vitales, tenga la oportunidad y las capacidades para vivir una vida que consideren digna de ser vivida. Porque el feminismo pone la vida en el centro y no la acumulación, porque el feminismo habla de respeto y tolerancia. Y porque desde el feminismo se tiene en cuenta no solo lo mercantil sino las actividades que son necesarias para el sostenimiento de la vida de las personas que deben ser abordadas de manera corresponsable y no tremendamente desigual como en la actualidad.

Lina Gálvez participó en el debate organizado por La Marea en Sevilla el pasado 19 de diciembre junto a Teresa Rodríguez, Antonio Maíllo, Antonio Hurtado y José Chamizo. Puedes ver sus intervenciones en este vídeo

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Chamizo: “Ni soy errejonista ni de Pablo Iglesias. Hay que estar en la calle y en las instituciones”

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Exdefensor del Pueblo andaluz, referente de la izquierda dentro y fuera de la comunidad. José Chamizo no se anda con paños calientes. Fue pretendido por Podemos y por Izquierda Unida para encarar el nuevo escenario político tras el 15-M. Habla claro. “Después de analizar el comportamiento de algunos gobiernos europeos con los refugiados, sólo una pregunta: ¿Estamos tan lejos del fascismo?”, reflexionaba a principios de este año. Entonces casi nadie se tomaba en serio a Donald Trump. Diez meses después ganó las elecciones de EEUU.

¿Qué es la izquierda para usted?

Yo pienso que ante todo una forma de pensamiento y vida que va orientada al servicio absoluto hacia la gente y especialmente a la gente más vulnerable, sin olvidar las clases medias. Es una actitud de servicio permanente a la sociedad, pero desde una perspectiva donde lo que importa es el bienestar de todos a la vez, no de unos cuantos.

¿Por qué ha ganado Trump y ha perdido Clinton?

Por el cansancio y el agotamiento que tienen los votantes. La gente está cansada del modelo economicista y, curiosamente, aunque parezca contradictorio, regresa alguien que les promete el volver a ser lo que fueron. A tener una vida sin esta angustia que da el sistema económico, a una sociedad auténtica del bienestar. No sé si la gente se lo ha creído o ha pensado que Clinton es más de lo mismo, a pesar del discurso tan tremendo que Trump tiene para mí. Lo que es fuerte es que lo hayan votado tantas mujeres e incluso tantos extranjeros inmigrantes. Esa es la explicación que tiene la locura en la que vive la gente.

¿Han sido un error las críticas que se han hecho desde el propio feminismo a Hillary Clinton?

Yo creo que no han favorecido. Igual que lo del FBI es de vergüenza también. Aunque en el fondo es posible que no lo explique todo. Son cuestiones que están ahí.

¿La fractura de la izquierda influye en el crecimiento de la ultraderecha?

Totalmente. La izquierda tiene que llegar a unos mínimos de acuerdo, porque si no el fascismo va a ser una realidad en Europa entera en menos de cinco años. Porque aquí todo el mundo piensa que tiene razón y a mí me parece muy bien, pero hay que pactar y llegar a acuerdos para que no venga lo que se ve venir, que es el fascismo. Y un fascismo complicado porque es mucho más sutil que el anterior. No tiene una cara tan próxima o no se le ve venir tanto como al otro. Sin una unidad no hacemos nada, no digo ideológica absoluta, pero en unos puntos básicos sí. Estamos asistiendo a una pelea permanente. Hay cinco de izquierdas y tres están contra dos. O uno contra cuatro, en fin. Eso no puede ser. Por supuesto que el debate siempre tiene que existir, pero un debate sensato y sereno, no esta barbaridad en la que estamos.

¿Qué responsabilidad tiene la izquierda en el ascenso de líderes como Trump?

Tiene mucha responsabilidad necesariamente. Los personalismos, los dogmatismos no han favorecido a una respuesta real a los problemas que tiene la gente. Muchas veces se lucha más por la discusión que por la gente.

¿En qué condiciones ve a Unidos Podemos para enfrentar a la ultraderecha?

Yo espero que triunfe la sensatez. Yo creo que Pablo [Iglesias], Errejón, toda esta gente son gente sensata al final. Y además nos jugamos el futuro, ¿eh? Me consta también que Izquierda Unida va en esa dirección. Y gente del PSOE. En el PSOE hay gente de izquierdas que puede perfectamente entrar en esa recomposición de la izquierda.

¿Qué está ofreciendo la izquierda ahora mismo para frenar esa ola?

Ahora mismo no se está haciendo nada. Lamentar y poco más. Yo creo que hay que movilizar y que hay que poner objetivos concretos. Hay que hacer algo más de lo que se está haciendo. Hay que movilizar pero con resultados, no sólo salir por salir a la calle. Hay que dar un paso más desde las instituciones.

¿Pero las cosas no se consiguen en la calle?

Sí, pero también en las instituciones. Por eso ni soy errejonista ni de Pablo Iglesias. Hay que estar en la calle y en las instituciones.

¿La izquierda ha abandonado a la clase obrera?

No, yo creo que es al revés. La clase obrera es la que se ha distanciado de la izquierda porque no le da las respuestas que esperábamos. Yo creo que es al revés.

¿Qué papel han jugado los sindicatos?

Todo el mundo hace su papel, pero cada uno por su lado. Lo que se necesita es la unidad. Aquí cada uno va a echar balones fuera, a conseguir cosas como ahora, que contamos tres horas menos a los funcionarios. Pues mire usted, no sé hasta qué punto es el momento. Si fuera posible, incluso yo pondría jornadas más cortas.

¿Cómo han influido las políticas de la UE?

Esas han dado un retroceso increíble. A las políticas sociales de Europa no hay quien las conozca, cuando lo mejor que tenía Europa eran las políticas sociales. Y yo creo que todo es amparado en la inmigración, en los refugiados, pero a partir de ahí ellos son la excusa diabólica para cortar, cortar, cortar.

¿Por qué en España no hay un partido ultraderechista potente a pesar de lo presente que sigue todavía el franquismo?

Porque el espectro que abarca el PP es muy amplio. Ahí cabe gente de todo tipo. Hay gente muy normal y gente de extrema derecha.

¿Trump va a hacer bueno a Rajoy?

Sí, por supuesto. Rajoy todavía es un hombre con sensatez, a pesar de que nos guste más o menos.

José Chamizo participó en el debate organizado por La Marea en Sevilla el pasado 19 de diciembre junto a Teresa Rodríguez, Antonio Maíllo, Antonio Hurtado y Lina Gálvez. Puedes ver sus intervenciones en este vídeo

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Baldoví: “No se pueden destruir los puentes de entendimiento entre los partidos de izquierdas”

El diputado de Compromís Joan Baldoví analiza en esta entrevista realizada por correo electrónico las respuestas que puede ofrecer la izquierda ante el auge del neofascismo.

¿Cuál es el motivo principal del crecimiento de opciones neofascistas como las de Trump o Le Pen?

En un contexto de crisis generalizada, en la que la gente tiene la sensación de que los partidos clásicos no tienen nada más que ofrecer y que son el resultado de los problemas que acontecen, los partidos de extrema derecha están jugando mucho con el sentimiento identitario y tratan de dar respuestas sencillas a una ciudadanía desamparada y miedosa, que se siente social y económicamente vulnerable, que teme al futuro. Los discursos simplistas de Trump o de Le Pen convencen a mucha gente que antes no habían reparado demasiado en política.

¿Cuál es la responsabilidad de los partidos progresistas en este crecimiento?

La responsabilidad recae sobre todo en el cortoplacismo y en permitir que se polarice el panorama político. No se pueden destruir los puentes de entendimiento entre los partidos de izquierdas, es una alianza más que necesaria para frenar los neofascismos.

¿Qué está haciendo la izquierda para frenar ese ascenso y qué le falta por ofrecer?

La izquierda pretende frenar este ascenso combatiendo la desafección política a través de la participación ciudadana y en saber generar acuerdos. Con la irrupción y el ascenso de nuevos partidos, como es el caso de Compromís, se han roto esquemas y se ha creado otra manera de hacer política: la coalición es la vía para alcanzar acuerdos, lograr consensos y formar gobiernos.

¿Crees que la fractura de las izquierdas ha alimentado a la extrema derecha?

Creo que la izquierda está trabajando en los últimos tiempos para tratar de construir un frente común para desplazar a las fuerzas políticas que trabajan por mantener el establishment. En Compromís sabemos muy bien lo importante que es dialogar. Es gracias a la política de pactos que hemos logrado desalojar la política rancia y corrupta que gobernaba en el País Valenciano y en ciudades tan importantes como la ciudad de Valencia, que se esforzaban a diario en representar a la extrema derecha. Yo creo que Compromís, en cierta medida, ha sabido captar muy bien esa idea, y lo más importante es que ha sabido iniciar el camino que está sirviendo de inspiración a otros proyectos políticos.

¿Crees que la izquierda ha abandonado a la clase obrera?

No, creo que los partidos progresistas estamos en política para conseguir la igualdad de derechos de la ciudadanía. Sin embargo, gran parte de las formaciones de izquierdas hemos dejado de hablar de clases por dos motivos: la sociedad se identifica mucho menos con este concepto y tiende a considerarse clase media pese a sus ingresos y, por otro lado, pretendemos poner el foco en los individuos y en sus derechos. Una de las máximas en Compromís es rescatar personas.

¿Cómo influye el nacionalismo en el crecimiento de estas nuevas opciones de ultraderecha? 

La ultraderecha a veces utiliza ideas que pueden parecer nacionalistas porque la “supuesta grandeza de un territorio” es lo único que tienen en común con la gente más humilde. Por suerte el nacionalismo del siglo XXI es integrador, se centra en las personas y en la diversidad cultural y se preocupa, día a día, por el bienestar y la sostenibilidad de los territorios.

¿Por qué en España no ha surgido una opción neofascista teniendo además tan presente todavía el franquismo?

Precisamente por ello. Al tener todavía, a día de hoy, heridas por sanar creadas por el franquismo, es intolerable la opción neofascista. Somos un país democráticamente joven, y en este caso, el Partido Popular, nacido de la dictadura franquista, contiene todavía el voto de aquellos votantes que pueden definirse como ultraderechistas.

¿Crees que Trump va a hacer bueno a Rajoy?

Es muy difícil hacer bueno a Mariano Rajoy pero puede que haga olvidar lo malo que ha sido. A mí los binomios no me gustan porque obligan a elegir con resignación a un mal menor y me niego a otorgarle el título de “bueno” a quien retiró la sanidad universal, firmó la Ley Mordaza, la reforma laboral y la LOMCE, elimina el acceso gratuito a la justicia y ha hecho los recortes más antisociales de la historia de este Estado.

¿Crees que el triunfo de Trump hará reaccionar a la izquierda en la medida en que la necesitamos? ¿O reviviremos de nuevo el capítulo Bush, ocho años completos?

En el imaginario colectivo no se suele asociar a los EEUU con la izquierda y apenas nos llegan noticias de reivindicaciones y fuertes movimientos sociales liderados por ella. Sin embargo, no podemos olvidar que los resultados de las primarias en el Partido Demócra estuvieron muy ajustadas y que situó a Bernie Sanders en muy buena posición. Ahora, son impresionantes las protestas que nos llegan tras el 8-N que demuestran la disconformidad de los estadounidenses. Creo que los medios de comunicación hacen un papel en todo esto. Si a ellos les gusta el rumbo que emprende Trump, entonces probablemente tendremos Trump para rato.

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Yolanda Díaz: “Europa es una soga para los pueblos”

La coordinadora de IU en Galicia desde 2005 y diputada en el Congreso de los Diputados en esta nueva legislatura, Yolanda Díaz (A Coruña, 1971) reclama estar en la calle y solucionar los problemas de la gente como el único camino para frenar los neofascismos.

¿Cuál es el motivo principal del crecimiento de las opciones neofascistas?

En Europa en particular, por ponerle un marco teórico, creo que lo define muy bien el profesor Boaventura de Souza Santos, cuando señala que las diferencias que tenemos en el fascismo actual con el de los años 30 se redefinen con el fascismo financiero. El profesor señala muy bien que no sólo el fascismo es el rostro y el imaginario que hay tras Hitler, Mussolini o Franco, sino que es algo más complejo. Pero lo más grave es la disputa de la democracia que no existe, que es lo que permite que hablemos de un fascismo financiero. La ciudadanía tiene la sensación de que da igual lo que hagamos porque hay unos señores que son una minoría social que se quedan absolutamente con todo. Lo que ha pasado en la Europa de esta época es que se ha convertido este proyecto europeo en una pesadilla para la ciudadanía. Porque han sentido en los procesos de toma de conciencia que Europa no sólo no ayuda sino que es una soga para los pueblos.

¿Ha habido una homogeneización del pensamiento económico en Europa en el que la socialdemocracia ha asimilado el pensamiento neoliberal?

El problema que tenemos es que la socialdemocracia está en crisis. Está muerta. Ocurre lo que en el libro de Hayek, El camino de la servidumbre. Lo que escribió sobre la existencia de una teoría superior que era la economía y que la toma democrática de decisiones se iba a expropiar a la ciudadanía. Aquello que era una locura, hoy es real. La izquierda a través de las terceras vías aceptó que daba igual quién gobernara porque las recetas eran las mismas. ¿Tiene la izquierda un proyecto claro ante la crisis civilizatoria que estamos viviendo? Tengo mis dudas. No sólo una alternativa programática, que sí creo que la tenemos. Debemos garantizar un modo de vida que enganche a la ciudadanía, y no desde la teoría. Tenemos que hacer pedagogía, sí, pero de la pedagogía no se vive. Tenemos que ser útiles. El fascismo se convirtió en los años 30 –esto es tremendo decirlo–, pero se convirtió en los barrios más golpeados en una red útil. Le solventaba sus problemas, de manera real. A nosotros nos falta avanzar mucho más en esa dirección: en todos los barrios, las distintas izquierdas tenemos que ser una alternativa de vida para la gente. Un alternativa real. Crear redes de solidaridad popular. Estamos muy lejos de esto.

¿Cuál es la principal dificultad que tiene Unidos Podemos para acercarse a esa mayoría social?

Somos muy jóvenes. Porque Unidos Podemos no es una confluencia al uso, es más compleja, le queda camino, debate y teorización. Si queremos aspirar a la mayoría social tenemos que hacer muchas cosas. Lo primero es trabajar trasversalmente en todos los sectores sociales. Desde el mundo jurídico a los sindicatos de clase. Donde algo se mueva, hay que estar ahí y con la gente. Y no hablo del Parlamento. En el Parlamento podemos dar voz a los conflictos sociales pero hay que gobernar para poder cambiar las cosas. ¿Por qué no empezamos a trabajar en el cooperativismo? Imprescindible como un modelo de vida no sólo en lo económico y social, sino en lo cultural. Como un modo de vida.

Hay diferentes visiones en Podemos. ¿Considera que es más necesaria la pedagogía o la propaganda?

Lo que creo es que debemos tener muy claro lo que queremos y dejar de tener discusiones académicas entre nosotros. Yo en mi casa leo cosas muy interesantes de filosofía que me apasionan, están muy bien, pero no nos van a servir para ayudar.

¿Cómo se llega a la praxis sin tener clara la línea teórica? Hay gente que cree que es más práctico para mejorar la vida de las personas haber pactado con el PSOE y otra gente que no.

No hace falta que diga mi opinión sobre el PSOE. Yo vengo de una cultura política en la que lo que importa realmente es lo que se escribe en los papeles y las medidas políticas que vamos a apoyar. Sinceramente creo, y formé parte del grupo de negociación del fallido acuerdo con el PSOE, que si nos hubiéramos abstenido [en la investidura de Pedro Sánchez], nuestras gentes nos estarían tirando tomates.

¿Es un problema para llegar al electorado rural ese clasismo con el que a veces la izquierda ve a los votantes?

Yo soy gallega y no comprender lo que hace el Partido Popular o caricaturizar es equivocarnos. El problema es nuestro. Tenemos que ser pueblo.

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David Fernàndez: “La extrema derecha cala porque azuza el malestar”

Esta entrevista a David Fernàndez está incluida en el dossier sobre neofascismos de #LaMarea44

Pese a que hace meses que se ha retirado de la primera línea política, David Fernàndez (Barcelona, 1974) es uno de los nombres de referencia de la CUP. Fernàndez enumera tres causas que explican el “inquietante” auge de personajes como Donald Trump, Marine Le Pen o Nigel Farage: “La gestión populista y securitaria del miedo, la ausencia y autoderrota de la izquierda y la voluntad sistémica de que nada cambie”. El paisaje devastado que deja la crisis, sumado a las tensiones inherentes al modelo (racismo, clasismo, sexismo) hace que los mensajes de odio se multipliquen. “La extrema derecha utiliza discursos salvadores, éticamente terribles, que calan hondo porque azuzan el núcleo del malestar: son como gasolina al fuego”, advierte el periodista de La Directa.

Fernàndez se muestra muy crítico con la actitud de buena parte de las fuerzas progresistas, especialmente de la socialdemocracia europea, por dar alas al crecimiento ultra. “[Los sociólogos] Offe y Wallerstein lo han abordado a fondo hace años: esa izquierda soberbia, arrogante y prepotente; negligente con los sectores desposeídos; institucionalizada y connivente con los poderes fácticos; vertical, clientelar y jerárquica, y con escasa sensibilidad ante cuestiones emergentes”, denuncia el exdiputado de la CUP. Y añade: “Los partidos progresistas no sólo han olvidado la defensa de los sectores más vulnerables y precarizados sino, y sobre todo, han gestionado una salida neoliberal a la crisis”.

La solución al problema pasa, en opinión de Fernàndez, por “reconstruir lo político cotidiana, recomponer lo comunitario y rehacer el vínculo social tan deteriorado por años de neoliberalismo”. Porque de toda crisis se sale por “vías democráticas” o por “vías regresivas”.  Y recuerda a Gramsci, al afirmar que todo modelo autoritario es el post de intentos democratizadores fallidos. “Antes Trump que Sanders. Antes reproducir el sistema que transformarlo. Como si no hubiéramos aprendido nada: el fascismo fue el modo de gestión del capitalismo en tiempos de crisis”, concluye.

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“Las concertinas estaban antes de Trump. ¿Las puso el populismo o la demagogia?”

trump

El neoliberalismo ha creado vencedores y vencidos. Y los vencidos han apostado por opciones neofascistas ante la insuficiente respuesta de la izquierda. No hay frontera para el capital, pero sí para las personas. Trump no es el inicio de ninguna ola. La ultraderecha lleva fermentando años en Europa. Estas son, básicamente, las ideas en las que han coincido todos los ponentes del debate Antídotos de izquierda contra el neofascismo, organizado por La Marea en Sevilla. En este vídeo puedes ver las principales intervenciones.

“No se están practicando políticas en clave antifascistas en los barrios”, denunció José Chamizo, exdefensor de Pueblo Andaluz, quien apeló a los políticos a llevar su discurso de izquierda a los rincones donde siguen votando al PP. La coordinadora de Podemos en Andalucía, Teresa Rodríguez, reivindicó el papel del 15-M y las protestas en la calle como arma para frenar las políticas de ultraderecha. “Si en Francia hubiera habido 15-M Le Pen no estaría donde está”, dijo. En respuesta a Antonio Hurtado, diputado del PSOE por Córdoba en el Congreso, que propuso más derechos, acabar con el miedo al otro, a los musulmanes, y hacer políticas que no sean ni “demagogia ni populismo”, Rodríguez afirmó que las concertinas en España estaban antes de Trump: “¿Y quiénes las han puesto, la demagogia o el populismo?”.

Tras realizar una autocrítica sobre la izquierda pero también denunciar “el degüello” a todo lo que va en contra del establishment -en referencia a Unidos Podemos-, el coordinador general de IU en Andalucía, Antonio Maíllo, denunció las políticas de la UE con los refugiados y abogó por construir la política desde el pueblo. “España está rota socialmente”, aseguró. Maíllo también recriminó al diputado del PSOE que hubiera votado a favor de la reforma del artículo 135 de la Constitución. Hurtado justificó que esa modificación no había afectado a la vida de las personas y reivindicó su posición como persona de izquierda por su defensa de la libertad, derechos y la justicia distributiva. “El Estado del Bienestar es posible”, aseguró. La defensa del 135 generó un sonoro revuelo en el espacio Tramallol, donde se celebró el acto. Numerosos asistentes desaprobaron sus palabras.

Lina Gálvez, catedrática de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Pablo de Olavide, argumentó la necesidad de construir la democracia “derribada por el neoliberalismo” con profundos cambios culturales y económicos: “Porque si no, no vamos a llegar a amplias capas de la población que pueden permitir precisamente esos cambios”. Y como Chamizo, insistió en la necesidad de estar en los barrios y “recuperar a esas clases desposeídas”.

Las intervenciones duraron más de dos horas y varias personas del público se quejaron de los escasos minutos que tuvieron para participar. La Marea se comprometió a organizar un debate en el que los protagonistas sean los asistentes.

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