You are here

Europa y los salarios

En el futuro los trabajos más peligrosos los desempañarán robots. FERNANDO SÁNCHEZ

Hace unos días vio la luz el informe de la Comisión Europea (CE) Labour market and wage developments in Europe. El estudio confirma una realidad de sobra conocida y sufrida por muchos trabajadores: los salarios en Europa apenas están creciendo, están estancados o incluso retroceden. Y esto sucede en un contexto de recuperación de la actividad económica, que los gobiernos presentan –es el mantra más repetido por el del Partido Popular– como la prueba de que hemos dejado atrás la crisis.

Entre las razones que explican esta “paradoja” el texto señala la permanencia de altos niveles de desempleo, la débil productividad y la proliferación de los contratos a tiempo parcial. Llama la atención que los autores del documento dejen en el tintero de las explicaciones las reformas laborales, promovidas por la Comisión Europea, junto al Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, y que han sido la piedra angular de las denominadas “políticas estructurales”. Ni una palabra al respecto en el informe. Sin embargo, los documentos de referencia de las instituciones comunitarias y las propuestas que llegan desde Bruselas insisten en la necesidad de seguir o intensificar el mismo rumbo de las reformas laborales llevadas a cabo en los últimos años.

Esas reformas, han sido al mismo tiempo, un fracaso y un éxito. Un fracaso porque, a pesar de que la desregulación de las relaciones laborales (flexibilización, en el relato oficial) se han llevado muy lejos, los resultados obtenidos en materia ocupacional han sido a todas luces decepcionantes, demostrando que bajar los salarios no es el camino para crear empleo. Sí, es cierto, en los últimos años las estadísticas ponen de manifiesto la generación de empleo neto, pero gran parte de los nuevos puestos de trabajo son de pésima calidad. Es importante destacar en este sentido el aumento del número y del porcentaje de trabajadores que perciben bajos salarios o que se encuentran en situación de pobreza.

Las reformas laborales también han sido un éxito. Han abierto las puertas, han creado las condiciones para que se produzca un drástico “ajuste” salarial, haciendo posible que los costes de la crisis económica los soporten los trabajadores; en lugar de los responsables de la misma, el entramado financiero y corporativo que alimentó y se benefició de la economía del endeudamiento. Reformas dirigidas, en teoría, a dotar de mayor flexibilidad al mercado de trabajo, en realidad han supuesto un vuelco en la negociación colectiva, debilitando la capacidad negociadora de los trabajadores y la negociación colectiva, desnivelando de esta manera las reglas del juego a favor del capital.

Tampoco es de recibo omitir que la “moderación” salarial a la que alude el informe se ha dado en paralelo a una preocupante y creciente apertura del abanico retributivo. Mientras que la mayor parte de los trabajadores han experimentado un estancamiento o pérdida de su capacidad adquisitiva, los directivos y altos ejecutivos han conservado o fortalecido sus posiciones de privilegio. Así lo reflejan, por ejemplo, los últimos trabajos de la Organización Internacional del Trabajo (Global Wage Report), donde se da cuenta de que las retribuciones de la minoría que gobierna las grandes corporaciones son escandalosamente superiores (200, 300, 400 veces o más) al salario promedio de sus empresas.

Así pues, los salarios se estacan y la desigualdad avanza. Las consecuencias que esto tiene para el funcionamiento de las economías son demoledoras. En primer lugar, se penaliza el consumo y la inversión, en un contexto todavía dominado por la debilidad de la demanda y el elevado apalancamiento de hogares y empresas. En segundo lugar, ponen en el centro de la estrategia de crecimiento el sector exportador, ignorando que esa estrategia, al alcance de los países más competitivos, no puede convertirse en una fórmula válida para todas las economías, pues, como ha quedado claro en Europa, los superávits de unos son los déficits de otros. Y en tercer lugar, colocan a las economías en un bucle deflacionista, al presionar los precios a la baja.

A este paquete de explicaciones, hay que añadir otras de mayor recorrido estructural. La primera de ellas es la que plantea que la represión salarial alimenta una cultura empresarial conservadora. La posibilidad de reducir los salarios, incluso en términos nominales, junto a la intensificación de la explotación y los ajustes de plantilla, permite que, al menos a corto plazo, mejoren los márgenes de beneficio, actuando como un factor de bloqueo de la necesaria modernización del tejido empresarial. La segunda es que el aumento de la inequidad va de la mano de la concentración de poder económico y político en manos de una minoría de privilegiados, creando así las condiciones para la captura de las instituciones y para el sesgo de las políticas públicas. En tercer lugar, la presión sobre los salarios –en un contexto de moderado, insuficiente e inestable crecimiento- es una pieza decisiva del capitalismo esencialmente patrimonial y extractivo que emerge de la crisis.

Por todo ello, es necesario reivindicar con fuerza y convicción un viraje sustancial en la política salarial. Y Europa tiene mucho que ver en ese viraje: garantizando la negociación colectiva –derecho situado en las antípodas de las reformas laborales implementadas en los últimos años-, promoviendo el aumento del salario mínimo, regulando una subsidio europeo de desempleo –complementario de las prestaciones nacionales-, fijando como objetivo de la política macroeconómica que, como criterio general, los salarios avancen en línea de la productividad, y condicionando el acceso por parte de las empresas a los recursos comunitarios a que respeten los derechos laborales y limiten las retribuciones de los equipos directivos.

Lucía Vicent es investigadora del ICEI-UCM y miembro de Fuhem Ecosocial
María Eugenia Ruíz-Gálvez Juzgado es investigadora del ICEI UCM
Fernando Luengo es economista y miembro del círculo de Chamberí de Podemos

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Ser sirviente no es ser servil

“No sé qué haría sin ti”. Esa sentencia en la boca de un aristócrata a su mayordomo en la película El sirviente (1963),  dirigida por Joseph Losey, es la plasmación fílmica de la relevancia del trabajador frente a su empleador. La escena en la que jefe y sirviente juegan a la pelota en una escalera es una alegoría de clase. Una representación artística de la estratificación social en la que el burgués parte con ventaja frente al obrero: le lanza la bola desde arriba gracias a su posición social. Pero sus trampas y abusos en el juego provocan el hartazgo del empleado, que después de amenazar con abandonar al patrón consigue que su jefe verbalice la dependencia que tiene de él.

La película de Losey, director estadounidense huido al Reino Unido por el mccarthismo, es una obra maestra que enseña que el trabajador, cuando es consciente de su importancia en la jerarquía social y utiliza sus armas, es capaz de cambiar su situación y mejorar la posición desde la que lanza la pelota al patrón. Ese proceso de comprensión íntima de su poder es el primer paso para conformarlo en conciencia y, después, en organización. Desde El sirviente y otras obras similares es más fácil entender los procesos que llevaron a la asociación de las muy precarias limpiadoras de hoteles en España, conocidas como las Kellys, con precedentes en toda la Europa azotada por la crisis y que son narrados en otras obras literarias.

Victoria y Fanfan son unas limpiadoras de Caen (Francia) que montaron una sección sindical de precarios en una importante agrupación obrera del norte del país. Su historia, contada en un capítulo del libro El muelle de Ouistreham, de la periodista Florence Aubenas, ayuda a dar respuesta a uno de los mayores problemas del sindicalismo europeo y a la aparición de nuevas formas de organización laboral como las Kellys. La crisis de 2007 comenzó a incrementar la masa de personas trabajadoras precarias y subcontratadas. Fanfan y Victoria se preocuparon de organizarse en un mundo copado por los hombres del sector fabril, metalúrgico e industrial: “En las reuniones, los responsables utilizaban un lenguaje especial, armado de cultura política y términos técnicos, que se suponía que los precarios comprendían, pero que no entendían en absoluto”, escribe Aubenas en el libro sobre la experiencia de esta sección sindical sobre trabajadores poco politizados y muy precarizados.

La carrera de los prejuicios

La soberbia y el clasismo del viejo sindicalismo con ciertos sectores productivos, y más si son mujeres, es lo que define la relación de las limpiadoras con quienes tienen que defender sus derechos. En algunos casos, el servoproletariado se siente abandonado, sin posibilidad de adherirse a un colectivo que defienda sus intereses. En el documental Brumaire, de Joseph Gordillo, se muestra la realidad de una limpiadora del norte de Francia en contraposición con la de su padre, minero de Lorena. En el filme queda en evidencia el abandono por parte de los sindicatos tradicionales de toda una clase de trabajadores con los que no conecta y que le proporcionan escasos réditos para el mucho esfuerzo que cuesta llegar a ellos por su atomización. Mujeres, limpiadoras, dispersas, precarias. Poco negocio para todos.

Los clichés y tópicos a los que tienen que enfrentarse no se circunscriben al mundo de la organización sindical. Buscar trabajo lleva implícito soportar una batería de prejuicios que marcan el puesto determinado a ocupar dependiendo de tu origen social o género. En Por cuatro duros, cómo (no) apañárselas en EEUU, la periodista Barbara Ehrenreich explica cuáles son los patrones comunes para las limpiadoras en una charla formativa: “La administradora me había dicho que no le gustaba contratar a gente que hubiera hecho tareas de limpieza anteriormente. De modo que me preparé a despejar mi mente de toda experiencia de limpieza doméstica anterior. Hay cuatro cintas en el curso formativo —quitar el polvo, cuartos de baño, cocinas, y pasar la aspiradora—, todas con actuaciones estelares de una atractiva joven, posiblemente hispana, que se mueve de un lado a otro con serenidad, obedeciendo las órdenes de una voz masculina”.

Ser sirviente no es ser servil. Las obras que aquí apuntamos son una manera de acercarse a la realidad del trabajo precario en uno de los sectores más abandonados por parte de la mayoría de los actores sociales.



El sirviente

Joseph Losey

Reino Unido, 1963

Protagonizada por Dirk Bogarde, Sarah Miles, Wendy Craig y James Fox, es una obra magna del cine clásico que muestra la relación entre un burgués recién llegado de la África colonial y su mayordomo en una casa del barrio de Chelsea (Londres). El director traza un relato críptico sobre la lucha de clases que rodea con una tensión constante en los diálogos, la escenografía y la fotografía. El guion está firmado por el dramaturgo y Nobel de Literatura Harold Pinter.


Brumaire

Joseph Gordillo

Francia, 2015

Documental que narra la transformación social en la cuenca minera de Lorena a través de un padre y una hija. Tras el cierre del último yacimiento de carbón, él, minero, cuenta los recuerdos de su trabajo y la solidaridad que había entre compañeros en lo que era una región próspera. Su hija, limpiadora precaria en una residencia de ancianos, explica la soledad que le provoca el abandono de los sindicatos y el hartazgo que la aproxima a las posiciones del Frente Nacional.


Por cuatro duros

Barbara Ehrenreich

Capitán Swing

Este libro, editado por primera vez en 2003, es un proyecto de investigación en la misma línea de las obras de los periodistas Günter Wallraff y Florence Aubenas. Ehrenreich trabaja en distintos puestos mal pagados para describir la precariedad y desmontar el relato del “sueño americano”: aquel que sostiene que cualquier empleo es el pasaporte a un futuro mejor.


El muelle de Ouistreham

Florence Aubemas

Anagrama

Florence Aubenas se hace pasar por una empleada de limpieza en el año 2007 en la ciudad francesa de Caen. La periodista gala vive durante meses la experiencia en carne propia de una trabajadora precaria para contar desde dentro el mundo de humillaciones y desprecios al que se ven sometidas sus compañeras.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

‘Apuntes de clase’, un suplemento coordinado por Antonio Maestre

En La Marea lanzamos una nueva sección coordinada por Antonio Maestre llamada “Apuntes de clase”. Un suplemento que busca dotar a la clase trabajadora de herramientas intelectuales y espacios de reflexión para defenderse del discurso hegemónico que nunca les da voz. Noticias, recomendaciones culturales, análisis con perspectiva de clase y de género, informaciones orientadas al mundo laboral. En definitiva, periodismo que brinde voz a trabajadores y trabajadoras.

Este es un espacio para las madres trabajadoras y para las trabajadoras sin hijos, para las abuelas y limpiadoras, para camareros con contratos de 20 horas que trabajan 60 horas. Para universitarios que han tenido que emigrar y para quienes han tenido que emigrar sin estudio alguno. Migrantes que tienen que vender en la calle para ganarse el sustento. Todos somos de la misma clase. De la trabajadora. ‘Apuntes de clase’ es el suplemento que buscará dar voz a la parte más importante de la población.

Si quieres colaborar a hacer posible esta sección, tienes dos opciones:

  • Suscripción 35: Por 35 euros, recibirás la revista mensual La Marea en su versión digital durante un año + el libro Franquismo S.A., de Antonio Maestre (en preparación) + boletín semanal, a cargo de Antonio Maestre.
  • SimpatizantePor 10 euros, recibirás el libro Franquismo S.A., de Antonio Maestre (en preparación) + boletín semanal, a cargo de Antonio Maestre.

Más en lamarea.com

Read More