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Harto de historia(s)

Yo estuve allí. Estuve en Knin el día que Martic dijo que nunca en “tvrdava” de Knin ondearía la šahovnica (bandera croata). Estuve en Belgrado cuando Milosevic dijo que nunca daría Kosovo. También estuve allí cuando los serbios dejaron sus hogares centenarios, tanto en Croacia como en Kosovo y detrás de todo estaban la tozudez y la miopía de un régimen centralizado que no entendía que el mundo había cambiado y con ello el país que querían gobernar.

Fue un ejemplo de manual del por qué la suma de dos monólogos nunca como suma da un diálogo. Fue una lección práctica de la ley sistémica que demuestra que el sistema es siempre más que la mera suma de las partes.

Los que tenían el poder en aquellos últimos años de Yugoslavia no entendieron que la relación entre las partes también suma. Y que el elemento fundamental sobre el cual reposa la relación es la comunicación.     

En mi antiguo país chocaron nacionalismos inacabados. Unos proyectos frustrados por siglos de violencia, debida a la suma de los intereses de las grandes potencias y la ignorancia de la población local. Fueron unos contextos volátiles que hicieron que los nacionalismos serbio y croata nunca consiguieran diferenciarse. Es justamente en la frustrada diferenciación donde falló el proceso de la construcción de su identidad nacional.    

Incluso hoy en día, dos décadas después de la última carnicería, el nacionalismo croata es incapaz de definirse a sí mismo sin el nacionalismo serbio. Y viceversa.

Es por ello que la violencia, tanto en su forma dialéctica como en su manifestación física, siempre es tan presente allí. Es porque hace falta tan poco para saltar de una a otra. Un partido de fútbol. Un incidente menor. Cualquier cosa puede ser detonante de una escalada de violencia fuera de control.

Para ello basta con tener una mayoría entrenada en pensar en términos nosotros vs. ellos. Una mayoría llena de seguidores que se atribuyen como logro personal el formar parte de una nación. El mecanismo es el mismo que hay en sentirse del Madrid o del Barça y sin sudar una gota volverse eufórico tras “meterles cinco”. Todos estos ganadores, que se creen que el uniforme les queda como el guante, son la materia prima para la carne de cañón.    

Yo también estuve allí cuando el Estatut fue rechazado. Estuve allí cuando el 11-S y el 9-N. Luego me cansé. 

Escucho unos monólogos conocidos de dos nacionalismos cuyas narrativas se construyen de la misma forma y por índole buscan su realización mediante la aniquilación del otro. Dos monólogos que se atrincheran en la “historia” para lanzar mensajes sectarios.   

Es una prueba más del momento que viven y el punto en su evolución donde se encuentran estos dos nacionalismos.

Para comparar, hoy vivo en una ciudad sueca que todavía lleva el nombre del último rey danés que la ocupaba hace más de 300 años y debo ser el único aquí a quien este hecho le parezca sorprendente. En mi tierra algo así sería impensable, hoy en día. Me entristece mucho ver que España y Catalunya están cada día más cerca de que esto allí también fuera impensable. El caso de la iniciativa de quitar el nombre de Machado de una plaza o el boicot del cava son algunos de los ejemplos que evidencian aquello que dice que hacen falta al menos seis generaciones para comprender una guerra, con objetividad y responsabilidad.

Nosotros no aprobamos. Caímos después de tan solo dos generaciones y nos tocó a repetir el curso. Empezamos de cero con la generación uno. Espero que vosotros seáis más listos. Espero que España y Catalunya se den al menos otras tres o cuatro generaciones para estudiar.   

Coincido con el artículo Cataluña, un paso antes del abismo cuando dice que “Ningún conflicto es extrapolable, y menos aún el de los Balcanes”. Pero hay elementos en la construcción de la narrativa de este sinsentido-circo político que me resuenan. Uno muy importante, los que se sentían llamados a salvar a Yugoslavia también se agarraron ciegamente a la Constitución. Su mayor debilidad fue que tenían el poder de su lado y la arrogancia y torpeza para usarlo.

Todos sabemos cómo acabo aquello.    

Si los que están elegidos a gobernar no son capaces de sentarse y hablar hasta encontrar soluciones, el ambiente se irá caldeando hasta el punto en que bastará una sola chispa para incendiarlo. Allí los libros ya no sirven. 

La historia más importante es la que se hace hoy. Es la única donde todavía estamos a tiempo de hacer las cosas bien. Espero que España y Catalunya lo hagan bien antes de que esta historia entre en los libros.

_____________________

Boris Matijas es escritor y consultor. Autor de Cuenta siempre contigo (Premio Feel Good 2016)Nacido en Croacia, crecido y formado en Serbia, España, México y Suecia, entre otros países, Matijas también es periodista especializado en comunicación humana, storytelling y gestión de relaciones familiares.

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Harto de historia(s)

Yo estuve allí. Estuve en Knin el día que Martic dijo que nunca en “tvrdava” de Knin ondearía la šahovnica (bandera croata). Estuve en Belgrado cuando Milosevic dijo que nunca entregaría Kosovo. También estuve allí cuando los serbios dejaron sus hogares centenarios, tanto en Croacia como en Kosovo y detrás de todo estaban la tozudez y la miopía de un régimen centralizado que no entendía que el mundo había cambiado y con ello el país que querían gobernar.

Fue un ejemplo de manual de por qué la suma de dos monólogos nunca da un diálogo. Fue una lección práctica de la ley sistémica que demuestra que el sistema es siempre más que la mera suma de las partes.

Los que tenían el poder en aquellos últimos años de Yugoslavia no entendieron que la relación entre las partes también suma. Y que el elemento fundamental sobre el cual reposa la relación es la comunicación.     

En mi antiguo país chocaron nacionalismos inacabados. Unos proyectos frustrados por siglos de violencia, debida a la suma de los intereses de las grandes potencias y la ignorancia de la población local. Fueron unos contextos volátiles que hicieron que los nacionalismos serbio y croata nunca consiguieran diferenciarse. Es justamente en la frustrada diferenciación donde falló el proceso de construcción de su identidad nacional.    

Incluso hoy en día, dos décadas después de la última carnicería, el nacionalismo croata es incapaz de definirse a sí mismo sin el nacionalismo serbio. Y viceversa.

Es por ello que la violencia, tanto en su forma dialéctica como en su manifestación física, siempre está tan presente allí. Es por lo que hace falta tan poco para saltar de una a otra. Un partido de fútbol. Un incidente menor. Cualquier cosa puede ser el detonante de una escalada de violencia fuera de control. Para ello basta con tener una mayoría entrenada en pensar en términos nosotros vs. ellos. Una mayoría llena de seguidores que se atribuyen como logro personal el formar parte de una nación. El mecanismo es el mismo que hay en sentirse del Madrid o del Barça y, sin sudar una gota, volverse eufórico tras “meterles cinco”. Todos estos ganadores, que se creen que el uniforme les queda como el guante, son la materia prima de la carne de cañón.    

Yo también estuve allí cuando el Estatut fue rechazado. Estuve allí cuando el 11-S y el 9-N. Luego me cansé. 

Escucho unos monólogos conocidos de dos nacionalismos cuyas narrativas se construyen de la misma forma y por índole buscan su realización mediante la aniquilación del otro. Dos monólogos que se atrincheran en la “historia” para lanzar mensajes sectarios.   

Es una prueba más del momento que viven y el punto de su evolución en el que se encuentran estos dos nacionalismos.

Hoy vivo en una ciudad sueca que todavía lleva el nombre del último rey danés que la ocupó hace más de 300 años y debo de ser el único aquí a quien este hecho le parece sorprendente. En mi tierra algo así sería impensable hoy en día. Me entristece mucho ver que España y Catalunya están cada día más cerca de que allí también pueda llegar a ser impensable. La iniciativa que planteó quitar el nombre de Antonio Machado a una plaza o el boicot al cava son algunos de los ejemplos que evidencian aquello que dice que hacen falta al menos seis generaciones para comprender una guerra con objetividad y responsabilidad.

Nosotros no aprobamos. Caímos después de tan solo dos generaciones y nos tocó repetir el curso. Empezamos de cero con la generación uno. Espero que vosotros seáis más listos. Espero que España y Catalunya se den al menos otras tres o cuatro generaciones para estudiar el problema.   

Coincido con el artículo Cataluña, un paso antes del abismo cuando dice que “ningún conflicto es extrapolable, y menos aún el de los Balcanes”. Pero hay elementos en la construcción de la narrativa de este sinsentido-circo político que me resuenan. Uno muy importante: los que se sentían llamados a salvar a Yugoslavia también se agarraron ciegamente a la Constitución. Su mayor debilidad fue que tenían el poder de su lado y la arrogancia y torpeza para usarlo.

Todos sabemos cómo acabó aquello.    

Si los que están elegidos a gobernar no son capaces de sentarse y hablar hasta encontrar soluciones, el ambiente se irá caldeando hasta el punto en que bastará una sola chispa para incendiarlo. Allí los libros ya no sirven. 

La historia más importante es la que se hace hoy. Es la única donde todavía estamos a tiempo de hacer bien las cosas. Espero que España y Catalunya lo hagan antes de que esta historia entre en los libros.

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Boris Matijas es escritor y consultor. Autor de Cuenta siempre contigo (Premio Feel Good 2016)Nacido en Croacia, crecido y formado en Serbia, España, México y Suecia, entre otros países, Matijas también es periodista especializado en comunicación humana, storytelling y gestión de relaciones familiares.

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Cataluña, un paso antes del abismo

“L’estratègia de voler enfrontar la societat catalana amb els Mossos és un colossal error”, decía Enric Juliana el pasado 31 de agosto poniendo un poco de sensatez en estos días, semanas y meses de desproporción. El comentario de Juliana sobre la inclusión de la labor de los Mossos en la ecuación política catalana me hizo recordar un momento histórico que muestra el peligro de añadir a un proceso enconado en el que solo tienen cabida discursos polarizados el factor de la seguridad e incorporar al cóctel a unas fuerzas armadas. Los conflictos y la violencia no empiezan en su cénit de intolerancia y barbarie, existe un sinfín de procesos intermedios que se van dando con la irresponsabilidad de muchos y la alerta de muy pocos.

La ciudad de Knin se convirtió en 1990 en precursora y trágica protagonista del conflicto entre serbios y croatas cuando el enfrentamiento se encontraba en plena escalada. La elección del ultranacionalista de extrema derecha Franco Tujdman como presidente de Croacia no fue bien acogida en la ciudad ferroviaria al sur del país por la población de origen serbio que la habitaba.

La policía serbia en la población croata, liderada por el inspector de policía Milan Martic, no aceptó la legitimidad de un gobierno que como primera medida tomó la bandera a cuadros y los símbolos que durante la II Guerra Mundial habían usado los Ustacha contra los serbios. Su líder, Ante Pavelic, Poglavnik de Croacia, con la colaboración de los nazis había realizado una limpieza étnica de serbios con el campo de concentración de Jasenovac como baluarte principal de sus acciones.

Milan Babic, alcalde de Knin, y Milan Martic, inspector de policía, se convirtieron en las cabezas visibles de la rebelión policial contra el gobierno de Croacia. La protesta fraguó porque existía una mayoría serbia en la ciudad que apoyaba sus reivindicaciones, pero solo pudo convertirse en la chispa de un conflicto terrible porque tenía la fuerza de las armas.

Despreciar el clamor popular que existe detrás de una acción como la de la policía serbia de Knin es tan irresponsable como alentar los más bajos instintos y apelar a la emoción como único argumento de unas reivindicaciones políticas legítimas. Solo hay un paso para llegar a una rebelión como la que se sucedió en la región de la Krajina, y antes de ese fatídico punto hay mucho que hacer. Ningún conflicto es extrapolable, y menos aún el de los Balcanes. Pero analizar los procesos permite encontrar pautas que ayuden a las soluciones. Es sobre el resto del camino andado hasta ese momento de ignición sobre el que hay que incidir para no llegar a un punto de conflicto irremediable.

Emocional y socialmente algo se ha roto de forma definitiva entre una inmensa mayoría de la población que se encuentra imbuida por los relatos de dos percepciones antagónicas de Cataluña y de España que lo han enturbiado todo. No es posible desde una población de la periferia de Madrid o desde una población rural castellana recibir de forma pasiva información mesurada sobre el conflicto que se vive en Cataluña. La futbolización del conflicto es total, la razón ha pasado a un plano secundario para que predomine un hooliganismo que borra cualquier atisbo de búsqueda del matiz o de intento de empatizar con las reivindicaciones del otro. En España la catalanofobia es una dramática realidad.

El ambiente se ha tornado irrespirable, no hay tema que enturbie más las relaciones personales en Cataluña que el proceso independentista. Es comprensible empatizar con el hartazgo que viven muchos ciudadanos independentistas que se han sentido insultados, ninguneados y despreciados incluso sin compartir su visión nacionalista y patriótica. Y no hay marcha atrás, solo queda apelar a la responsabilidad de todos los actores implicados para restaurar un hábitat mínimo de convivencia antes de que el abismo ya sea inexcusable.
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