La fotogenia de Kim Jong-un

Este artículo sobre Kim Jong-un está incluido en #LaMarea53. Puedes suscribirte aquí.

Cada ejercicio balístico de Corea del Norte —y últimamente ha habido tres muy singulares: la detonación de una bomba de hidrógeno de 100 kilotones y dos misiles de crucero que han sobrevolado territorio japonés— invita a una reubicación del reino eremita en el tablero internacional. El resultado nunca varía: Kim Jong-un suele comunicarse lanzando misiles (van 16 este año al cierre de este artículo) y no pierde una oportunidad de cultivar su papel de enfant terrible de la actualidad internacional. Hace unas semanas Kim III, cómodo en su rol de supervillano, se fotografía de espaldas sentado en un escritorio con unos prismáticos a mano, en medio de una pista inmaculada (todo en la Corea que él pisa es inmaculado), dispuesto a disfrutar del espectáculo del lanzamiento de un proyectil Hwasong-12 de rango intermedio y alcance de 3.700 km. “Que me vean así”, cavila, y ordena la difusión de ese retrato de espaldas a través de la sempiterna agencia de noticias nacional, la Korean Central News Agency (KCNA).

Su particular fotogenia está estudiada y le viene de su padre. De Kim Jong Il ha heredado la querencia por la denominada política Songun (“las armas, primero”) y, visto lo visto, su afición por los blockbusters (en la foto solo le falta acariciar un gato de angora para ser el perfecto archienemigo de James Bond). Es fácil imaginar el pánico del fotógrafo al que ha tocado inmortalizar al Querido Camarada si se tiene en cuenta que, en condiciones normales, fotografiarle por la espalda y sin mostrar el cuerpo entero conllevaría pena de cárcel vitalicia.

Pero, ¿qué hay detrás –o delante– de esa imagen tan preparada? Por un lado, esto es obvio, es una demostración de fiereza dirigida al gran enemigo histórico, Estados Unidos, y a su presidente de turno, posiblemente la persona menos conveniente para gestionar las relaciones con Corea desde Harry Truman, hombre que contribuyó de forma clave a la división del país en 1945 meses después de soltar las bombas de Hiroshima y Nagasaki. La fotografía también trata de subrayar la imprevisibilidad de su protagonista. El secreto norcoreano siempre es el mejor guardado: que no quede otra opción que la conjetura. Tanto sabe lo que va a pasar el mejor estudioso de Corea del Norte como el más serio estudioso de las Loterías y Apuestas del Estado: nada. Esto es así.

Pero cómo no preguntárnoslo. ¿Podría el hombre de la foto provocar una guerra –dando una orden a través de ese intercomunicador raro que vemos a su izquierda–, y qué alcance tendría esta? Pese a las bravatas cotidianas, cuesta pensar que tal cosa llegue a suceder. Estados Unidos puede descargar un ataque letal sobre Corea del Norte –Donald Trump acaba de amenazar con hacerlo apenas seis meses después de soltar en Afganistán la bomba GBU-43 sobre “túneles y personal” del Daesh– pero es previsible que a Pyongyang le diera tiempo de atacar Seúl (que está solo a 195 km) o Japón (unos 1.000 km). La amenaza nuclear es virtualmente nula en la península coreana dada la proximidad física de surcoreanos y norcoreanos (50 millones y 25 millones, respectivamente); a ambos los bañaría la misma lluvia ácida con un golpe de viento. Debe saberse que las relaciones con Corea del Sur son buenas dentro de la hostilidad; hace años que el régimen Juche no considera al vecino un adversario sino un pobre hermano equivocado y con quien algún día habrá que reunificarse (bajo bandera comunista, claro está). Lo mismo ocurre con Japón, algo olvidado como enemigo. Cuentan ciertos diplomáticos que Tokio está protegido, en realidad, por protocolos secretos con la mismísima Pyongyang. A nadie interesa matar y morir sin más. Aunque alguien puede decir que de eso se tratan las guerras. La guerra civil de Corea (1950-1953), sin ir más lejos, dejó tres millones de bajas y un inútil empate técnico que dura hasta hoy.

Una de las estrategias más recurrentes de Kim Jong-il fue desarrollar armamento pesado para llamar la atención y lograr bienes que el país, rico en minerales e industria pesada pero con poca superficie cultivable, necesitaba, a cambio de deponer (siempre de forma temporal) su actitud. Hay motivos para pensar que su joven sucesor opere bajo esa misma lógica y que esta sea su tradicional manera de requerir petróleo. Pocos saben que los dos principales donantes de energía y comida humanitarias a Corea del Norte son Estados Unidos y Corea del Sur. El plan solía funcionarle al hijo de Kim Il-sung y padre de Kim Jong-un.

Volvemos al primogénito: Kim Jong-un posa frente a un mapa y al ideal de belleza norcoreano: un misil. En el mapa seguramente aparecen los otros dos países que siempre observan con recelo el problema coreano: Rusia (poco preocupada en las últimas décadas por lo que haga su antiguo amigo comunista) y China (aliado tradicional que últimamente está más próximo a Corea del Sur y que trata de no meterse en demasiados líos con el Norte ante la amenaza de que un derrumbe de su régimen suponga la entrada de millones de refugiados en su país). Lo que ocurra en adelante –incluido, y perdón por la ingenuidad, una posible lentísima glasnost que vaya abriendo el camino a una reunificación a medio plazo– solo lo sabe el hombre de espaldas.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More