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‘Llave maestra’, por Isaac Rosa

isaac rosa llave maestra Ilustración de Diego Quijano.

Este relato publicado originalmente en ‘La Marea’ forma parte del libro de relatos de Isaac Rosa Welcome. Por 3,90 euros en PDF y 9,90 en papel

En los años que llevo en esta cadena de hoteles he visto de todo, ya imaginarán. Desde que entré como vigilante nocturno de uno de ellos, hasta ser hoy jefe de seguridad en la sede central, tengo historias como para amenizar varias cenas. Empezando por robos, por supuesto: joyas que desaparecen de una habitación, incluso de la pequeña caja fuerte del armario; una banda que una noche consiguió asaltar todas las habitaciones de una planta entera; y, por supuesto, los que cometen los propios clientes. La mayoría se conforma con un cenicero o un albornoz, pero otros se llevaron el televisor, el espejo de cuerpo entero, la grifería y hasta una cama completa. Como lo oyen. Otro día se lo cuento.

Aparte de robos, unos cuantos cadáveres. Amantes infartados, suicidas que prefieren un hotel a su casa, ancianos que no se despiertan por la mañana, y hasta un asesinato, un marido que estranguló a su mujer y luego llamó a recepción para contarlo. Lo encontramos sentado al borde de la cama, cabizbajo, su mujer cubierta por la sábana.

Y todo tipo de situaciones chuscas, no se hacen una idea lo que da de sí un hotel. Adúlteros pillados, gente en busca y captura, pederastas que simulan viajar con una sobrina, borrachos que se lían a patadas con el mobiliario o se caen por el balcón, exhibicionistas que van de habitación en habitación, y un interminable listado de clientes alterados que pierden los nervios. Y en todos los casos, es mi teléfono el primero que suena.

Sí, y problemas con los trabajadores también. Los directores de cada hotel marcan también mi número cuando hay un aviso de huelga, un piquete a la puerta, un sindicalista al que hay que poner seguimiento, una asamblea a la que enviar un informador discreto. Normalmente reparto juego, pero cuando es un tema gordo me ocupo personalmente.

El que hoy me ocupa lo es. Un tema gordo. Mucho.

****

Al primer aviso pensé que estábamos ante un caso rutinario: el típico extrabajador resentido que se dedica a esparcir mierda sobre la empresa. Ocurre a menudo, aunque en este caso no era el habitual comentario en redes sociales. Esta vez era diferente:

No ha sido en Facebook, ni tampoco se lo ha enviado a un periodista–, me explicó el director del establecimiento afectado.

¿Entonces? ¿Ha repartido octavillas en la acera de enfrente?

Ojalá fuera eso. Las ha dejado en las habitaciones.

¿En qué habitaciones?

Una planta entera. Nos enteramos porque varios clientes, al hacer el check-out, preguntaron en recepción si aquella historia era cierta. Y luego hemos visto que otros lo han comentado en Tripadvisor.

Una octavilla que tampoco era la típica acusación gruesa y victimista contra la malvada empresa. Era más refinada: una copia íntegra de la sentencia que una extrabajadora le había ganado al hotel por acoso laboral. A disposición de los clientes en su propia habitación, para que la leyesen antes de apagar la luz.

¿Han revisado las cámaras del pasillo? Si la metieron por debajo de la puerta, no será difícil…–, dije tras encestar la octavilla en la papelera.

Ahí está el problema. No la metieron bajo la puerta.

¿Entonces?

La dejaron en la almohada. Junto al bombón de cortesía. “El hotel le desea felices sueños”, y esta sugerencia de lectura para que vea lo mal que tratamos al personal.

Es más grave de lo que pensaba. Y quien haya sido, se ha metido en un buen lío. Entrar en una habitación por la fuerza… Mal asunto.

No han forzado ninguna cerradura.

¿Las ventanas entonces?

Tampoco. Han debido de hacerse con una llave maestra. Hemos revisado las existentes, no falta ninguna. Pero si es alguien que conoce el hotel desde dentro, pudo coger una en recepción en algún descuido. O contar con un cómplice dentro.

Así que teníamos a un revoltoso colándose en las habitaciones y dejando la mierda directamente sobre las almohadas. No era ya un problema de reputación, sino de seguridad: si se corría la voz de que cualquiera podía entrar en las habitaciones, perderíamos clientes. Hoy dejan una octavilla, mañana se llevan un ordenador portátil o violan a una mujer mientras duerme.

La primera sospechosa era, claro, la propia extrabajadora que denunció a la empresa y ganó en el juzgado. Pero era demasiado evidente, podíamos descartarla. Aun así, envié a uno de mis hombres a seguirla unos días, por si se relacionaba con algún otro trabajador del hotel.

Después sacamos un listado de empleados con acceso a las llaves maestras de esa planta. Pocos: personal de dirección y recepción, gobernanta, dos limpiadoras y el de mantenimiento. Pensaba poner a alguien a averiguar sobre ellos, y a otro a investigar a los del comité de empresa, cuando llegó el segundo incidente.

****

En un hotel diferente, en otra ciudad, lo que liberaba de sospecha a los empleados del primer hotel. Esta vez no habían dejado la mierda sobre la almohada, sino tras la puerta. En el pomo interior habían sustituido el habitual colgador que por un lado dice “No molestar” y en el reverso “Por favor, limpien mi habitación”, y en su lugar habían enganchado un colgador idéntico en forma y tamaño, pero con la leyenda “Este hotel explota a sus trabajadores” por una cara, y por la otra unas breves informaciones sobre el uso de empresas externas y no sé qué violación de derechos laborales y persecución antisindical.

Algunos clientes los pusieron en las puertas, y ya han circulado fotos en redes sociales–, me explicó el director del segundo hotel, girando entre los dedos uno de los colgadores.

Hay que reconocer que son ingeniosos.

Mucho. Encuéntrelos, que tengo ganas de felicitarlos.

En la sala de seguridad, revisamos dos días completos de videograbación. A cámara rápida se veía el movimiento de clientes entrando y saliendo de sus habitaciones, pero ningún sospechoso, y menos alguien que hubiese abierto todas las puertas de la planta.

Había que encontrar la conexión entre los dos hoteles, así que puse a dos empleados a cruzar datos de personal, incluyendo trabajadores que hubiesen sido despedidos en el último año.

Pero son demasiados–, protestó un administrativo. Con la rotación que tenemos, más los servicios externalizados y los de ETT, hablamos de muchos trabajadores.

No habíamos encontrado nada aún, cuando llegó la tercera acción.

****

No puede ser un individuo solo, ni dos, sino un grupo organizado. Capaz de desplazarse de un hotel a otro, en distintas ciudades. Es demasiado sofisticado para ser un resentido–, expliqué al desconcertado director de operaciones del grupo.

Ahora no era una planta, sino un hotel entero. Ciento veinte habitaciones. Solo había una llave maestra que abriese todas, y se guardaba en una caja de seguridad para casos de emergencia. Así que había dos posibilidades, a cual peor: o habían conseguido todas las llaves de planta, o eran capaces de hackear el sistema de cerradura electrónica. En cualquiera de los casos era una pésima noticia para la cadena, a poco que los clientes difundiesen lo sucedido.

Esta vez no había sido una octavilla, ni un colgador. Habían sustituido la carta de precios del minibar, esa que todo cliente ojea por curiosidad aunque no tome nada. En su lugar, una hoja plastificada detallaba los beneficios del grupo empresarial en los últimos cinco años, las retribuciones y bonus de los ejecutivos, y los sueldos del personal, desde el gerente hasta el último botones, incluidos los trabajadores de empresas externas.

Imaginen el efecto: llegas a tu habitación después de un largo día de reuniones, comida de trabajo y llamadas; o tras haber paseado las calles turísticas y visitado un par de museos. Te descalzas, enciendes la tele, te tumbas en la cama y coges de la mesilla la carta del minibar, que a todos nos gusta pensar que abriríamos la neverita y nos serviríamos una copa si no fuese por los precios escandalosos. Y entonces te enteras de que la empresa lleva cinco años aumentando beneficios, mientras los sueldos, ya de por sí bajos, permanecen congelados o no dejan de menguar en el caso del personal externo. Y comparas lo que se lleva al año el consejero delegado, con lo que cobra un ayudante de cocina o una camarera de piso. Yo mismo me cabreé cuando el director de operaciones del grupo puso en mi mano el papel y vi lo que gana él, comparado con mi propio sueldo.

De nuevo, revisamos vídeos de seguridad durante horas sin ver a nadie sospechoso, a nadie que además entrase en todas y cada una de las habitaciones de las seis plantas del hotel. Cómo era posible. El registro electrónico de las cerraduras tampoco mostraba ninguna apertura anómala en los últimos días. No habían dejado rastro.

No sé. Puede que hayan manipulado las grabaciones de videovigilancia–, propuse al director de operaciones.

¿Usted cree? ¿Hackean las cerraduras y también manipulan las cintas de vídeo? ¿Solo para dejar una reivindicación laboral?

No, no era creíble. Pero no teníamos otra explicación, salvo que fuese un enemigo invisible. Salí del cuarto de monitores y decidí dar una vuelta por el hotel. Es lo que hacen los detectives en las películas, ¿no? Se pasean por el lugar del crimen y acaban encontrando una huella, un resto de polvo extraño, una baldosa que al pisarla se mueve y al levantarla aparece el arma del delito. Además, el asesino siempre vuelve al lugar del crimen, eso dicen. Es una tontería, lo sé, pero yo estaba desesperado.

Subí a la primera planta. Ante mí, un largo pasillo que al final se prolongaba tras un ángulo recto. Vacío. Sucesión de puertas iguales. Silencio de moqueta. Lo recorrí a paso ligero, acariciando las puertas al pasar, tocando las cerraduras, mirando las bisagras, las manchas de la moqueta. Hasta me fijé en las rejillas del aire acondicionado, y yo mismo me dije imbécil por pensar que alguien pudiera colarse por los conductos del aire. Demasiadas películas.

Al girar la esquina, más de lo mismo: otro pasillo igual, con moqueta, puertas, algún extintor. Al fondo, un carro de limpieza cargado de toallas. Nada más.

Escuché a mi espalda una puerta abrirse y cerrarse, me sobresalté. Volví sobre mis pasos, miré el pasillo anterior, no había nadie, pero yo lo había oído. Como un patético sabueso de mala película, caminé de puntillas, acercando la oreja a las puertas, como si fuese a pillar al culpable en plena acción. Tras una puerta escuché ruido. Pegué la oreja a la madera, sin pensar en qué diría a un cliente que en ese momento apareciese por el pasillo y me viese. De pronto se abrió la puerta, casi me caigo hacia dentro al perder el equilibrio. Desde dentro de la habitación, una limpiadora se sobresaltó al verme. Balbuceé, para tranquilizarla:

Perdone, estaba… Soy de seguridad del hotel… ¿Ha visto algo sospechoso últimamente?

No, yo… Estaba cambiando las toallas…

La mujer salió, con un fardo de ropa sucia en las manos, y se alejó a paso rápido hasta desaparecer por la esquina. Y yo me quedé ahí, con mi cara de detective de comedia boba, mirando el pasillo y preguntándome quién estaba jugando con nosotros.

Este relato publicado originalmente en La Marea forma parte del libro de relatos de Isaac Rosa Welcome. Por 3,90 euros en PDF y 9,90 en papel

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Ángela Muñoz (Las Kellys): “Los sindicatos mayoritarios nos consideran intrusas”

Las Kellys, en una protesta.

La entrevista a la portavoz de Las Kellys forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

Cuando a veces se presenta a entrevistas de trabajo e intentan hacerle ver que una categoría es igual a la otra y que, por tanto, el sueldo que va a cobrar es el más bajo con las peores condiciones, Ángela Muñoz siempre dice lo mismo: eso no es así. Es una de las portavoces de Las Kellys, la asociación de camareras de piso de los hoteles. Entre sus múltiples aportaciones, sobresale la siguiente: no entiende cómo los sindicatos mayoritarios, con todos los recursos que tienen a su alcance, no se preocupan por ellas y otras mujeres trabajadoras. “Si nosotras estamos teniendo esta repercusión y visibilidad, no me quiero ni imaginar lo que podrían conseguir ellos”, denuncia.

¿Por qué nacen Las Kellys?

Hemos nacido por indefensión y por hartazgo. Este trabajo siempre ha sido muy duro. Las condiciones han ido empeorando a partir de la reforma laboral porque se priorizan los convenios de empresa sobre los sectoriales. Los sindicatos mayoritarios tienen el poder, pueden sentarse a la mesa con la patronal. Y nuestro gran problema es que se está externalizando el trabajo en los hoteles y eso es muy grave porque incluso los que tienen comités de empresa eluden responsabilidades. Un ejemplo: la ley de coordinación de actividades empresariales establece que las empresas tienen que trabajar juntos para que se respeten los puntos de la ley de prevención de riesgos laborales y a través  de los delegados de prevención se debería hacer. Y no se cumple. Y cuando yo he preguntado me han dicho que es muy complicado. Si por ser complicado no se puede solucionar, ¿cuál es la función entonces que tienen ellos? ¿Por ser complicada una cosa la vamos a dejar ahí y vamos a seguir mirando para otro sitio mientras las camareras se lesionan y enferman?

La última externalización que estamos esperando es la del tercer hotel más grande de Madrid. Un Novotel. Y hay un comité de empresa importante. No se ha publicado nada. En el País Vasco, sin embargo, el sindicato ELA ha conseguido echar para atrás la externalización en un NH y un Barceló. Pero UGT y CCOO, en comandita con la patronal, han denunciado el acuerdo marco. La unidad que ellos proclaman luego no la cumplen porque quieren mantener su monopolio. Se toman medidas de cara a la galería, pero sobre la situación real que tenemos en los hoteles no se está haciendo nada. Y eso es muy grave.

¿En qué medida os ha perjudicado ser mujeres? 

Parece que el trabajo precario va implícito al género. El perfil de las Kellys antes era más concreto. Pero desde que comenzaron las externalizaciones tenemos mucha mano de obra barata, mujeres con problemas de viviendas, monomarentales, mayores de 45, miembros en paro… La indefensión se traduce en aceptar eso y punto, “es lo que hay” nos dicen. Porque es eso o nada. Las mujeres estamos surtiendo al mercado laboral de mano de obra barata. Luego están los cursos de formación, que sirven para surtir las necesidades de trabajo precario. Hay muy poquitos hombres como camareros de piso, el rol de la limpieza está asociado a la mujer. A mí me ha llegado a decir un camarero de piso que se marchaba porque no servía para limpiar. Los pocos camareros de pisos que hay están trabajando porque la situación laboral es la que es y de manera alternativa están aquí. ¿Si hubieran sido hombres los trabajadores mayoritarios habrían externalizado los hoteles? No me cabe duda que no. 

¿Qué supone la externalización?

Primero, te infravaloran las condiciones, y eso ya es una discriminación, explotación y un 40% de salario inferior, desprofesionalizacion y falta de calidad.

¿Cómo tendría que ser un sindicato para responder a vuestras necesidades?

Que mirara por los derechos de los trabajadores, real y simplemente. El problema es que están burocratizados e institucionalizados. Lo primero que te piden cuando vas a ellos es un carne de afiliación. No se entiende que les den un tanto por ciento por cada ERE que un trabajador firma. Si vas y la respuesta que te dan es ‘eso es muy complicado’… ¿qué herramientas te quedan?  Organizarte a ti misma para visibilizar el problema, porque lo que hacemos es denunciar públicamente. Lo que no se ve no existe. Pero no nos vemos arropadas. Los mayoritarios nos consideran intrusas, se supone que esta lucha es suya.

¿No han perdido un poco el nivel de actuación por las reformas del Gobierno?

Sí. Las reformas y leyes han facilitado que los sindicatos estén más limitados, pero su trayectoria también habla de ellos: la corrupción, los fraudes, negociaciones y acuerdos  que pasan factura, la coherencia… Tenemos derechos y obligaciones y no hay que renunciar -ni evadir- a lo uno ni a lo otro. Los sindicatos han mirado para otro sitio en este tiempo. Si nosotras a nivel asociativo, como mujeres precarias, que no tenemos ni horas sindicales, ni subvenciones, ni acceso a la mesa patronal, estamos haciendo lo que estamos haciendo y estamos teniendo esta repercusión, lo que podrían hacer ellos con la cantidad de medios que tienen. La sociedad ha evolucionado pero ellos no. Otro ejemplo, el convenio que han aprobado en Telemarketing. Han estado haciendo huelga la CGT y la CNT para que luego en la mesa de negociación CCOO y UGT firmen un convenio que establece una puntos que son inadmisibles. 

¿Habría que cambiar la forma de representatividad?

Tendrían que abrir esa mesa de negociación porque los sindicatos son muy selectivos a la hora de reunirse. Hace poco veíamos que se habían reunido con las asociaciones de profesionales de hostelería y a Las Kellys nos habían dejado al margen. También somos una asociación y tenemos cosas que decir. Nos representan personas que no son del departamento de pisos, porque, además, las mayoría de los delegados que se sientan en las mesas de negociación no son mujeres.

Un cambio urgente que necesite vuestro sector.

Poner coto a las externalizaciones y priorizar los convenios colectivos pero “decentemente” no de empresa. La salud, inspecciones aleatorias. Hay que vincular la categoría de los hoteles al trabajo que se realiza en ellos. Es decir, hay que dar tres, cuatro o cinco estrellas en función también de ello, no solo de los metros de las habitaciones, etc. Hay hoteles de cinco estrellas que no tienen ni valet, el mozo de habitaciones, te despiden con la excusa de que no has pasado el periodo de pruebas o porque ha bajado la producción. Hablas con personas de la asociación de directores de hotel y te dicen que sus asociados cumplen porque son empresas de limpieza que cumplen con su convenio, pero es a su medida. Hay nóminas trucadas, vemos fraude tras fraude…

El año pasado hice en el Congreso una pregunta que nadie me respondió: ¿qué tara tiene la ley que para una empresa de externalización crezca y se desarrolle al nivel que lo están haciendo sin una regularización establecida? Cada una tiene el convenio de su padre y de su madre. Y tan pronto se llaman Lola, que, cuando les meten un paquete, se llaman Juan, pero siguen ejerciendo los mismos. Y estamos hablando de turismo, del motor de la economía, que aporta entre un 10% y un 11% al PIB. Hay compañeras que se van media hora antes a trabajar para conseguir fregona, porque si no, tienen que fregar de rodillas. Estamos ante un lobby arropado por el sistema. No solo es que estés luchando cotra Goliat, es que lo protege el sistema.

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