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Caballos muertos en la romería del Rocío, ¿a costa del contribuyente?

Una romera con su caballo en la romería del Rocío. Foto: A. Vicente Gil.

Aproximadamente 20.000 caballos, mulos, burros y bueyes recorren cada año la romería del Rocío. Se trata de animales domésticos registrados a nombre de su propietario, es decir, disponen de un responsable legal. Entre 2007 y 2016 murieron al menos 120 equinos en esta romería, según un informe de PACMA, 13 de ellos en 2016. Ese año la Junta de Andalucía gastó 6.249 euros en la “retirada y destrucción de animales equinos muertos en la romería del Rocío 2016”, 533 euros más que el año anterior, tal y como reflejan los contratos que publica el proyecto de investigación Los Papeles del Cortijo.

Desde la Consejería de Agricultura, Pesca y Desarrollo Rural explican que “los servicios veterinarios de la Junta tienen una presencia especial en El Rocío” y aseguran que después de la recogida y destrucción del cadáver de un equino, “es su dueño quien corre con los gastos” y “se realizan las comprobaciones necesarias para determinar las responsabilidades”. No da detalles de cómo procede al respecto ni del número de sanciones por maltrato animal durante la romería, un delito recogido en la Ley de Sanidad Animal y la Ley de Protección de los Animales de Andalucía.

En conversación con La Marea, la compañía de recogida de animales muertos Francisco Barreco SL, adjudicataria del gobierno andaluz para esta labor durante el Rocío, explica que los equinos son desplazados hasta un centro de incineración después de ser revisados e identificados por un veterinario de la Consejería.

Javier Sanabria, coordinador provincial de PACMA en Sevilla, asegura que cuando el animal muerto está identificado (es obligatorio poner chip a los equinos), la Junta adelanta el dinero y actúa por diligencia de salud para después requerir la suma al propietario. Sin embargo, un elevado número de animales no consta en ningún registro o no lleva chip, por lo que cree que las autoridades deberían hacer más controles. “El 80% de los caballos maltratados son alquilados, a veces no tienen ni papeles ni entrenamiento”, lo que, sumado al desconocimiento de quienes los arriendan, da lugar a problemas e incluso la muerte de esos animales, destaca.

Asociaciones como PACMA o El Refugio del Burrito acuden cada año a la romería para supervisar que los animales están en buenas condiciones y prestar asistencia veterinaria a los que lo necesitan. Entre las causas de muerte más frecuentes están el agotamiento, la inanición, la avanzada edad de muchos animales, el desconocimiento y falta de empatía de quienes los dirigen e incluso la falta de alimento. Sanabria detalla que la veintena de agentes del Servicio de Protección a la Naturaleza de la Guardia Civil (Seprona) que moviliza el gobierno andaluz son insuficientes debido al número de animales que participa en la peregrinación -además de dejar con pocos efectivos al resto de las provincias de Huelva y Sevilla- y pide que la Junta tome un papel más activo.

Durante la romería del Rocío de 2016 El Refugio del Burrito atendió a más de 200 equinos heridos en el recorrido y recibió siete animales por parte del Seprona, de los cuales cuatro siguen en sus dependencias en Málaga, pues no pudieron localizar a sus dueños. Rosa Chaparro forma parte esta asociación, que cada año monta un hospital móvil para prestar servicios veterinarios en la romería y prevenir el maltrato de animales. “Parece que este año la gente está más concienciada”, explica a este medio, “aunque los días fuertes están por llegar”, dice en referencia a este fin de semana, en el que se espera la mayor afluencia. Tanto Chaparro como Sanabria subrayan que la mayoría de los peregrinos muestran respeto por sus animales.

La muerte de caballos y otros equinos en la romería sigue siendo un problema de considerable magnitud. Tanto es así que la compañía de seguros Montepío de Conductores lanzó a finales de mayo una oferta especial para retirar cadáveres de caballos por 26 euros al año. “Disfruta el Rocío con tu caballo y deja que nosotros te aseguremos tu tranquilidad”, rezaba el eslogan de esta campaña antes de ser retirada tras el revuelo que despertó en las redes sociales.

“Aninamos a todos los romeros a unirse al carro del respeto a los animales, como cada vez hace más gente”, concluye Chaparro, un llamado de sensibilización que también cuenta con el respaldo, al menos retórico, de la Junta de Andalucía.

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Andalucía, 1977-2017

Un joven, con la bandera de Andalucía. I La Marea

Escrito así, parece una esquela. Y demasiadas veces, las cosas son lo que parecen. Quizá no sea el final de un régimen, pero parece el final de un ciclo. El tránsito de la esperanza al hastío. De la intuición al desconcierto. De la dignidad a la indignación. De la indignación al desengaño.

Sin embargo, me niego a caer en el desencanto y aceptar este discurso pesimista que comprime nuestros últimos 40 años de historia en un paréntesis, equivalente a dos nadas según la matemática cantada de Gardel. Durante 40 años se sucedieron dictaduras, monarquías, repúblicas, guerras civiles, mundiales… Es imposible que en Andalucía no haya ocurrido nada en 40 años. Y quien lo afirme, miente. Tanto como el que niega que seguimos padeciendo muchos de los males estructurales de entonces. ¿Qué nos ha pasado?

1977 fue el año de la esperanza y la pieza clave para entender la transición democrática: asesinaron a los abogados de Atocha, se legalizaron el PSOE y el Partido Comunista, se derogó la censura, se celebraron las primeras elecciones, se restauró la Generalitat, entró en vigor la ley de amnistía… y millones de andaluzas y andaluces salieron a la calle por todo el territorio del Estado para exigir su legítimo derecho al autogobierno. Ese mismo día, asesinaron a Caparrós. ¡Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía! ¡Ay qué bonica verla en el aire, quitando penas, quitando hambre! ¡Entrañas mías, cómo me duelen en el alma las cosas de Andalucía! Estos y otros alegatos populares radiografían a la perfección el pensar y el sentir andaluz en ese período de postulación política ante la mirada atónita del resto del Estado. Andalucía encontró en la reivindicación autonomista la senda política y social que necesitaba para solventar sus endémicos problemas de subdesarrollo. Teníamos la certeza de nuestros males y tuvimos la intuición histórica de liderar nuestro futuro: frente a la dictadura, democracia; frente al centralismo, autonomía.

2017 será el año del desencanto y el de la oportunidad perdida que pudo generar un nuevo debate constituyente: el proceso electoral terminó con la victoria de la misma derecha que había disparado a bocajarro contra nuestros derechos y libertades; el mundo vira hacia el fundamentalismo excluyente amparándose en el miedo; Europa se resquebraja y no se reconoce ante el espejo mientras EEUU o Rusia sólo se miran a sí mismos… Y Andalucía, que podría ser paradigma de justo lo contrario, protagoniza el bochornoso espectáculo que ha perpetuado a la derecha en España. Precisamente, a través del poder autónomo que se reivindicó en 1977. Sin duda, una traición.

40 años después de aquella hazaña democrática, las soluciones de entonces se han convertido para muchos en el problema. A pesar de los incuestionables avances producidos, Andalucía ocupa los últimos lugares en paro, educación, industrialización o PIB del Estado y Europa. La sociedad andaluza se siente hoy menos comunidad y menos autónoma que entonces: aplastada políticamente por el debate estatal y mundial; económicamente, desmantelada y dependiente… Una realidad muy parecida a la de hace 40 años pero con las sensaciones opuestas.

Volvemos a tener la certeza de nuestros males, pero nos falta aquella intuición histórica para encontrar la solución. Para colmo, se avecinan hechos determinantes en la polarización Cataluña-Centralismo, y Andalucía está representada por un ministro del Interior que no defiende más alternativa de Estado que el nacionalcatolicismo español, y por la presidenta de la Junta de Andalucía que fue clave para perpetuar a Rajoy en Moncloa, seguramente para que le devuelva el favor cuando toque.

Andalucía y la reivindicación social son hermanas siamesas. En consecuencia, la crisis de la izquierda afecta con especial crudeza la reivindicación andaluza. No hay nada más andaluz que defender a los débiles. Como decían los hermanos Caba, a los andaluces no se nos puede unir por la cabeza como a los bueyes, ni por los pies como a los esclavos, sino por los corazones. A los andaluces nos unen las causas que nos duelen y nos dividen los partidos que las parten al defenderla.

Después de los últimos procesos electorales, Andalucía no vislumbra a corto plazo una alternativa ganadora de izquierda ni de régimen. Por eso, la gente más humilde se siente desconcertada y está llegando a la perversión de asumir las certidumbres del modelo conservador más fundamentalista. Y eso es especialmente sangrante en un pueblo como el andaluz que ha hecho del mestizaje y de la resiliencia sus señas de identidad. De ahí que vuelva a ser urgente que la reivindicación social y la andaluza se fundan en una sola para postular una alternativa creíble a esta crisis ideológica y de régimen. Siempre que Andalucía toma la calle, termina ganando. Ahora toca que volvamos a creernos que la calle es nuestra. Se ha cerrado un ciclo. Gracias a quienes lo hicieron posible. A comenzar otro.

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