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Cebrián, la sombra eterna de PRISA

Juan Luis Cebrián. FOTO: ÁLVARO MINGUITO.

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Cuando, en 1988, el entonces presidente del Grupo PRISA, Jesús de Polanco, apostó por Juan Luis Cebrián (Madrid, 1944) como consejero delegado de la compañía, el empresario cántabro justificó este nombramiento por la necesidad de dotar al conglomerado de medios de comunicación de una organización adecuada a la estrategia de crecimiento. “El País y la SER son un éxito profesional y económico; ahora se necesita dar respuesta eficaz a las oportunidades nacionales e internacionales que se presentan de desarrollar un grupo de comunicación”, explicó Polanco. Cebrián, que hasta aquel momento dirigía el diario El País, se convertía así en el número dos de PRISA.

Casi tres décadas después, el veterano periodista se mantiene, a sus 73 años, al timón de un grupo mediático devorado por las deudas, acuciado por los acreedores y en causa de disolución financiera, tal y como advertía la consultora Deloitte en su última auditoría. El último episodio de su polémica y cuestionada presidencia se vivió a mediados de octubre, cuando el que iba a ser su sustituto al frente de PRISA, Javier Monzón, declinó el puesto ante la falta de consenso de los principales accionistas.

El expresidente de Indra, un alto ejecutivo de extensa trayectoria en el Ibex 35, muy próximo al rey Juan Carlos I y a la presidenta de Banco Santander, Ana Botín, era el recambio elegido por los bancos acreedores de PRISA (Santander, La Caixa y HSBC), con el apoyo de Telefónica, que posee el 13% de la compañía. El propio Cebrián dio el visto bueno a su sucesor, pero algo falló a última hora. “Los bancos cometieron el error de no comunicar a Moncloa su acuerdo […]. La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría conoció la noticia por la prensa mostrando su enfado a sus más cercanos. […] Quienes conocen a la vicepresidenta indican que no tiene demasiado apego a Juan Luis Cebrián, pero con él se asegura el control del grupo PRISA, su ‘coto privado de caza’, según ella misma ha comentado a sus más cercanos”, recogía El Español sobre la espantada de Javier Monzón. Tras enterarse del acuerdo para aupar al expresidente de Indra, Sáenz de Santamaría frenó la operación y logró su objetivo. Otro match ball salvador que mantiene a Cebrián en el cargo, por lo menos, hasta finales de 2018.

“Por un lado, está el Cebrián periodista, todo un mito en la profesión: el hombre que fundó y dirigió El País en la Transición, un periódico que fue durante años una referencia en la prensa mundial. Y luego está el Cebrián empresario, y ahí la cuenta de resultados es peor. Más allá de la crisis del papel y de los medios de comunicación, su gestión en PRISA es más que cuestionable”, explica un exveterano periodista de El País, hoy en otra cabecera, que prefiere no dar su nombre. Las desastrosas cifras de PRISA avalan esta afirmación. La actual deuda del grupo asciende a casi 1.500 millones de euros y en 2018 afronta un vencimiento de 956,5 millones. Ante tal panorama, la compañía se ha visto obligada a llevar a cabo una nueva ampliación de capital de 450 millones.

Una empresa vulnerable

Precisamente la deuda mastodóntica del grupo, que alcanzó los 5.000 millones de euros en 2008, explica en parte por qué Cebrián aún conserva el sillón más codiciado de la compañía. “Esta deuda tan enorme hace que PRISA sea muy vulnerable, y para mantenerse a flote necesita del poder político. Ahí está la clave de Cebrián: no solo ha conseguido pactar con las altas esferas de la política, sino que ha logrado su aval”, prosigue este redactor.

Desde hace algunos años, los bancos, Telefónica y fondos buitre como Amber Capital son los máximos accionistas de PRISA. Cuando la compañía comenzó a cotizar en bolsa, en el año 2000, las acciones rozaron los 30 euros. Al cierre de esta edición, el precio apenas superaba los 3 euros. La compra de Sogecable, en 2007, fue el inicio de la debacle del grupo que fundó Polanco. Esta decisión personal de Cebrián, muy cuestionada en su día, supuso el desembolso de 3.000 millones de euros para hacerse con el control total de Digital + y del canal de televisión Cuatro. Un precio inasumible para las finanzas de la compañía, que se asomaba de cabeza al abismo y sin paracaídas para amortiguar el golpe. Con PRISA abocada a la bancarrota, la entrada en el accionariado de los hedge funds era cuestión de tiempo. Hoy, el 70% del pasivo del grupo está en manos de estos desguazadores profesionales de empresas en apuros.

En su libro Papel Mojado. La crisis de la prensa y el fracaso de los periódicos en España (Debate, 2013), el periodista Pere Rusiñol, exredactor jefe de El País y buen conocedor de los entresijos de PRISA, dedica un extenso capítulo a los avatares del presidente ejecutivo del grupo. “La evolución de Cebrián tras la muerte de Polanco [falleció en 2007] es comparada entre redactores de El País con Nerón y Calígula. Las víctimas abundan: la vieja guardia empezó a ser purgada de forma inmediata tras la muerte del empresario cántabro y el hombre fuerte de la empresa –que ha ido apartando de puestos ejecutivos a los directivos con apellido Polanco– se ha atrevido a reescribir la propia historia minimizando el papel del empresario clave ahora que ya no puede responder”, escribe Rusiñol.

Numerosos trabajadores de PRISA coinciden en que el revanchismo es una de las señas de identidad de Cebrián. Todos ellos quieren mantener el anonimato. “El Países su cortijo, y ¡ay de aquel que le lleve la contraria! Monta en cólera y amenaza con medidas de todo tipo”, explica una periodista con larga trayectoria en el diario. Varios trabajadores de PRISA también recuerdan el enorme malestar que se vivió el año pasado, cuando Cebrián prohibió a sus trabajadores colaborar con El Confidencial o La Sexta a raíz de varias informaciones sobre sus presuntos vínculos con la petrolera Star Petroleum, perteneciente al empresario iraní Massoud Zandi, y que aparecía en los papeles de Panamá. No solo eso: PRISA denunció a El Confidencial por competencia desleal, y le exigió una indemnización de 8,2 millones de euros.

“Un quiero y no puedo”

Algunos, en cambio, no se muerden la lengua y denuncian en público lo que otros callan por miedo. “La historia de El País es la de Saturno devorando a sus hijos. Cebrián nunca asumió no ser el hijo carnal de Polanco. Es rencoroso y pijo, pero un pijo sin conciencia. Decía que estaba salvando el periodismo, que había un cambio de paradigma. Mentira. Perdió 5.000 millones de euros jugando al capitalismo de casino, comprando radios en Miami y teles latinoamericanas que no valían nada. Quería ser un tiburón de Wall Street pero era una sardinita que todo lo hizo mal. Se pulió las ganancias del trabajo de todos nosotros en la aventura del mejor diario de la democracia española. Cebrián era un quiero y no puedo, un cateto”, denunció en una conferencia Maruja Torres durante el ERE que, en 2012, culminó con 129 despidos. Poco después, el periódico prescindió de la escritora.

Rusiñol ahonda en esta idea: “Su comportamiento sigue el patrón clásico de la tecnoestructura que tan bien definió Galbraith: altos cargos directivos que se hacen con los resortes del poder y lo utilizan en función de sus intereses, por encima de los accionistas, los trabajadores y los objetivos de la empresa. Creo que Cebrián es en este sentido un gran leninista: domina los mecanismos para conseguir y conservar el poder”.

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El hundimiento del PSOE de Suresnes

La victoria de Pedro Sánchez contra Susana Díaz tiene más valor por lo que entierra que por lo que aflora. El nuevo secretario general no es más que una creación involuntaria de todos sus adversarios, que en su empeño por masacrar su figura la han engrandecido desarrollando una especie de héroe de la militancia. Con cada embestida furibunda del aparato, el político y el mediático, ha construido su relato contra las oligarquías del extremo centro socialista que tan bien representaba él antes de ser laminado por La Brunete de pana en el golpe palaciego del pasado mes de octubre. El hombre que pactó con Ciudadanos, llamaba populista a Podemos de la mano de Cebrián, Felipe y Susana, y defendía de forma entusiasta la reforma del artículo 135 de la Constitución, ha acabado erigido en un referente de la izquierda y las bases por el descrédito de sus detractores y en comparación con los que combatía.

Sánchez es lo que fue, no lo que ahora aparenta ser por un interés sobrevenido, ni siquiera calculado, que le ha servido en bandeja el aparato socialista. El relato del “no es no” era tremendamente poderoso entre la militancia del PSOE y todos parecían empeñados en dotar a Pedro Sánchez de un arma de construcción masiva de apoyos, que él supo instrumentalizar de manera efectiva. Todos los movimientos que realizó tras su salida como secretario general pudieron haberle hecho explotar entre las manos la carga del arma dada, pero supo convertirla en la clave de bóveda del edificio de su renacimiento.

A Pedro Sánchez le ofrecieron un relato, una historia, un argumento de movilización y de unión efectiva, racional y emocional. Lo aprovechó y arrasó a quien solo tenía como herramienta discursiva la responsabilidad institucional de darle el gobierno a su enemigo histórico, a un partido imputado por una corrupción que alcanza hasta su médula, y a cambio de nada. ¿Qué podía salir mal?

El PSOE histórico ha sido vapuleado por todos los militantes que antes habían tenido como referentes políticos, vitales, y emocionales a Felipe González, Alfonso Guerra, o Jóse Luis Rodríguez Zapatero. La victoria de  Sánchez ha sido el hundimiento del PSOE hasta ahora conocido. La derrota de Susana Díaz es la del PSOE de siempre -como ella remarcaba en sus mítines-, significa el derrumbe de un imaginario construido con los mimbres del relato de la cultura de la transición. Suresnes ha colapsado y ha sepultado a Isidoro. El mito del PSOE de 1982 se ha esfumado, Felipe González ha dejado de ser el obrerista de chaqueta de pana para convertirse en el lobista de las eléctricas y defensor de las oligarquías latinoamericanas. Se acabó la posverdad prisaica.

El otro gran derrotado, el cebrianismo. El País fue el gran arquitecto del armazón ideológico y propagandístico del PSOE que servía como garante institucional del modelo que preservaba los privilegios del sistema surgido de la transición. De las manos de Polanco, el diario de Prisa construyó todo un imaginario que ha cincelado el armazón de la hegemonía cultural en España. Su poder de influencia a la hora de establecer el discurso aceptado como referente del progresismo ha marcado la historia de estos 40 años de democracia. Eso se terminó.

El diario, antaño referente, ha perdido la capacidad de influir incluso entre la militancia del PSOE. Su último editorial es el epílogo de una deriva incalificable trufada de insultos y descalificaciones a todo aquel que ose no seguir los designios marcados desde sus páginas. Las letras cebrianas califican la victoria de Pedro Sánchez como la rendición al populismo de los más de 70.000 militantes que han optado por su opción frente a la racional, moderada y constructiva candidatura de Susana Díaz:

“La propuesta programática y organizativa de Sánchez ha recogido con suma eficacia otras experiencias de nuestro entorno, desde el Brexit hasta el referéndum colombiano o la victoria de Trump, donde la emoción y la indignación ciega se han contrapuesto exitosamente a la razón, los argumentos y el contraste de los hechos. En este sentido, la victoria de Sánchez no es ajena al contexto político de crisis de la democracia representativa, en el que se imponen con suma facilidad la demagogia, las medias o falsas verdades y las promesas de imposible cumplimiento”.

Las elecciones a secretario general del PSOE han supuesto el desplome de la edificación mediática que permitía desde las columnas del diario independiente de la mañana influir de manera determinante en la opinión pública. Se ha construido un nuevo discurso que funciona como contrahegemonía y en el que El País ahora opera como referente a combatir. Sus páginas funcionan como elemento de contraste que permite vislumbrar lo que piensan y quieren los enemigos de quienes combaten el statu quo.

El derrumbe del PSOE histórico ha arrastrado consigo el poder de influencia que las élites han manejado desde los editoriales de su propio diario desde que nació en 1975. La guerra por sostener el sistema conocido continúa, pero la próxima batalla no se dará en ningunas elecciones, sino en una junta general de accionistas; y el general cuestionado se llama Cebrián.
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La paradoja de la posverdad es que la posverdad es una posverdad

“-Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono
de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que
diga…, ni más ni menos.
-La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras
signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión –zanjó Humpty Dumpty–es saber quién es el que
manda…, eso es todo” Lewis Carroll.

La nueva palabra que permite saber quienes son los que mandan es la posverdad. La última construcción literal de las élites que es utilizada con profusión para marcar a un adversario y echarle del tablero político consensuado y aceptado. La perversión de los términos es muy habitual, sólo hay que ver en lo que ha degenerado populismo, pero en el caso de la posverdad la rapidez con la que ha perdido toda validez ha sido de una celeridad lumínica.

La posverdad es un término que define cómo los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que la mentira, la manipulación o la apelación a la emoción. De tanto manosearla mediática y políticamente la mención a la posverdad ha pasado a convertirse en lo mismo que decía combatir. Esta construcción terminológica no es más que una creación interesada del discurso hegemónico para aislar cualquier alternativa o versión que se aleje de la interpretación erigida por los que crean la opinión mayoritaria. Pretender enarbolar la posesión de la verdad es negar un debate que se ha dado en la historia de la humanidad desde Aristóteles, pero no seré yo el que niegue a los editorialistas tenerse en tanta estima. Los hechos son incontestables, la interpretación que se haga de ellos no. Y en eso han intentado convertir la posverdad desde las oligarquías mediáticas, en una muestra más de la instauración del pensamiento único.

En una entrevista en la Cadena SER dos miembros de los equipos de Pedro Sánchez y Susana Díaz utilizaron el término posverdad para culpar al adversario del relato que usaban. Era posverdad lo que ambos interpretaban sobre un mismo hecho, ya que para acusar al rival eludían hechos que permitían comprender con mayor precisión lo que ocurrió en el convulso Comité Federal de octubre que acabó con la dimisión de Pedro Sánchez. Si nos ceñimos a los hechos era posverdad la interpretación que los dos hacían. La paradoja de la posverdad es que el uso del concepto posverdad se ha convertido en posverdad. Hemos alcanzado la metaposverdad.

La punta de lanza de la utilización de este concepto en España ha sido el diario El País, que ha visto como un término que ha sido acuñado en el mundo anglosajón y utilizado contra la victoria de Donald Trump y el Brexit le podría dar jugosos réditos contra Podemos primero y contra Pedro Sánchez después. La paradoja de la posverdad funciona de manera sublime en sus páginas. El pasado 12 de mayo la portada del diario de Cebrián recogió una unas declaraciones de Pablo Iglesias a raíz de la polémica con el senador de Compromís, Carles Mulet, que rompió la foto de Susana Díaz, para interpretarlas de manera capciosa. La respuesta del líder de Podemos a una pregunta sobre el hecho fue:

“Bueno, desde luego no es mi estilo, y en este caso me van a permitir que sobre lo que haga un senador en este caso de una formación que no es la mía mantenga una cierta distancia. Desde luego yo no lo haría así. Creo que se puede criticar a los rivales políticos sin necesidad de romper fotos. Pero tampoco me parece que eso sea grave. Grave es lo que está haciendo el señor Moix, o el Partido Popular con las instituciones. Que un senador rompa una foto me parece una anécdota. Supongo que algunos tratarán de decir que ‘hay que ver cómo está la política en España, que algunos roban a manos llenas y están acusados de malversación, de delitos fiscales o de organización criminal, y que otros rompen fotos tratando de poner las cosas al mismo nivel, y creo que eso en España ya no se lo cree nadie”

El diario El País tituló a tres columnas en portada: Iglesias justifica al senador que denigró a Susana Díaz. Podemos pidió una rectificación que el diario de Prisa ignoró para redundar en su editorial sobre esa supuesta justificación del acto que jamás se produjo. Pero esa manipulación de las hechos no impidió al periódico llevar en la misma portada una noticia sobre los premios Ortega y Gasset con un titular que decía: “El valor de los hechos como fórmula contra la posverdad”. Una entrega de premios que contó con la presencia de toda la plana mayor económica. Directivos implicados en la Operación Lezo incluidos, como Juan Miguel Villar Mir, que acudió a la gala sin que ese nimio detalle apareciera en la crónica. Es indudable que El País logró su propósito de mostrarnos de forma gráfica en una sola portada la paradoja de la posverdad.

La creación del término posverdad nació como un elemento de combate contra la mentira y las manipulaciones de todos aquellos que aspiran a dirigir los designios de los ciudadanos. Loable aunque nada novedoso, porque en los mismos parámetros se manejó John Arbuthnot con su libro “El arte de la mentira política” o Peter Berger y Thomas Luckmann al acuñar su concepto “construcción social de la realidad”. Una creación terminológica con buena intencionalidad que ha sido pervertida por los que siempre han manejado la opinión publica a través de la publicada y que no soportan que existan medios alternativos para crear relatos al margen de sus intereses. Se sienten atacados porque existan métodos de manipulación masivos al margen de sus maniobras y han convertido un término con un significado honesto en otra herramienta de control social que sirva a sus intereses. Cuando como Humpty Dumpty se tiene claro quién es el que manda se ve todo con más claridad. Lo llaman posverdad para diferenciarlo de sus mentiras.

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Telefónica y PRISA: un matrimonio leal

Telefóinca

Artículo publicado en el número 44 de la revista mensual de La Marea, a la venta aquí.

A finales de octubre, tres días después de su dimisión como secretario general del PSOE ante la rebelión interna instigada por los barones del partido, Pedro Sánchez desahogaba sus penas en el prime time del domingo en La Sexta sentado en una mesa junto a Jordi Évole. El exlíder socialista desgranaba en Salvados las razones que, a su juicio, habían servido para descabalgarle del sillón de mando en Ferraz. En líneas generales, señalaba a la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, a otros barones del PSOE y a un anónimo establishment económico-mediático como actores reaccionarios en respuesta a su empeño por defender el Partido Socialista como “alternativa” al PP e intentar armar un Gobierno con Podemos, basado en el apoyo de las fuerzas nacionalistas.

Una y otra vez Sánchez se esforzaba en dejar claro que no era “su estilo” dar nombres, pero al final hubo dos personalidades que irrumpieron en su relato para dejarlo todo patas arriba: el expresidente de Telefónica César Alierta, y el presidente de PRISA –editor entre otros medios del diario El País y propietario de la Cadena Ser–, Juan Luis Cebrián.

En la extensa entrevista, el exsecretario general de los socialistas lanzó de vuelta las tintas que el periódico de cabecera de PRISA había cargado contra él semanas antes. El País llegó a calificar a Sánchez de “insensato sin escrúpulos” en un editorial incendiario justo en el momento de mayor tensión previo a la revuelta de los barones del PSOE. Tras el artículo, el director del diario, Antonio Caño, pidió disculpas en una carta a los lectores que se habían quejado del tono y la dureza del escrito.

Esa línea “abusiva e insultante” contra él, en opinión de Sánchez, no fue fruto del posicionamiento puramente periodístico sino consecuencia del “problema” de que algunos medios estén en manos de “muy pocas empresas” y que en su accionariado se sienten bancos y compañías de telecomunicaciones. Sánchez subrayó que César Alierta “y otros” empresarios trabajaron “para que hubiera un Gobierno conservador“, y que esa posición se materializó primero en advertencias y más adelante en las propias páginas de un diario otrora referente de la izquierda española. Todo el relato acusador de un derrotado Pedro Sánchez se hubiese quedado en el universo de las teorías conspiranoicas si no fuera porque Telefónica posee un 13,05% de PRISA.

La historia dio un giro espectacular unos días después de la entrevista con Évole cuando el diario El Mundo reveló que el propio Sánchez había acudido a José María Álvarez-Pallete, quien en abril sucedió a Alierta en la presidencia de la compañía, para pedirle apoyo ante el acoso sufrido por los medios de PRISA. La noticia nunca fue desmentida y el propio diario El País se hizo eco de la información de su competidor, añadiendo que en aquella reunión Álvarez-Pallete dejó claro a Sánchez que Telefónica “nunca se entromete en los medios de comunicación y que el objetivo de la multinacional que dirige es estrictamente empresarial”.

La relación entre Telefónica y PRISA viene de lejos, cuando ambas se asociaron en la filial de televisión Sogecable. Finalmente, el año pasado la teleco se quedó con el 100% del negocio televisivo y convirtió al antiguo Canal Plus en Movistar +. Después de cerrar esta operación ya no está muy claro qué valor estratégico puede tener una participación del 13% en PRISA, más aún porque la empresa de Cebrián lleva tiempo sin ofrecer una retribución atractiva a sus accionistas y el valor de sus acciones no levanta cabeza. En los primeros nueve meses del año, PRISA obtuvo un beneficio neto de tan sólo 14 millones de euros frente a los 2.225 millones de una de las principales telecos del mundo.

El pasado febrero, en la que sería su última presentación de resultados de Telefónica como presidente, César Alierta fue preguntado por la razón de permanecer en el capital del grupo mediático. “La participación en PRISA se remonta a la magnífica relación que tenemos desde que estábamos juntos en Sogecable, una relación que se mantiene”. Para entender las implicaciones de esa “magnífica relación” hay que retroceder unos años en el tiempo.

Corría la segunda mitad de los años 90. El Gobierno de José María Aznar, que había asaltado el poder tras 14 años de felipismo, completaba la obra privatizadora que el socialismo había iniciado unos años antes y colocó a sus afines al frente de las enormes –y muy rentables– empresas estatales. Aznar puso al frente de Telefónica a su entonces amigo y compañero de pupitre Juan Villalonga. Comenzó la complicada y costosa tarea de crear un grupo de comunicación afín al Partido Popular que actuara como contrapeso del todopoderoso Grupo PRISA, en manos de la familia Polanco y muy cercano al PSOE.

Conglomerado de medios
Para ello, Aznar tiraría del músculo económico de Telefónica. En 1997, la teleco compraba Antena 3 al Grupo Zeta de Antonio Asensio; dos años más tarde se hacía con la cadena de radio de la ONCE, Onda Cero; y finalmente en 2000 se concretaba la adquisición de Endemol, la productora de Gran Hermano, por un precio abultado. A todo esto había que añadir la plataforma de televisión por satélite gubernamental, Vía Digital, que ya estaba controlada por Telefónica y que completaba un conglomerado mediático al que se asignó el nombre de Telefónica Media. Sin embargo, la relación de Aznar con Villalonga se fue al garete y éste último dejó Telefónica en el mismo año 2000 tras un escándalo bursátil en el que el empresario se benefició al utilizar información privilegiada. Se abría así el reinado de César Alierta, un mandato personalista que duró 16 años.

Si no puedes con el enemigo, cómpralo. Alierta llegaba a la presidencia de Telefónica desde la también privatizada Tabacalera respaldado por Rodrigo Rato, el poderoso vicepresidente económico de Aznar. Se encontró entonces con el lastre de un grupo mediático que generaba pérdidas millonarias y cuyo propósito esencial era controlar la información en favor del gobierno del Partido Popular. Dicho conglomerado, que pasó a llamarse Admira, fue vendido al Grupo Planeta en 2003. Alierta también ordenó deshacerse de la productora Endemol, que fue traspasada a Mediaset, y fusionó Vía Digital con Canal Plus, propiedad del Grupo PRISA a través de Sogecable, para fundar Digital Plus. Aquel fue el primer paso en la “magnífica relación” entre ambos gigantes de la comunicación.

Alierta pensaba que se había quitado de encima el muerto con la venta de Admira. Sin embargo, años después el directivo se dio cuenta de la necesidad de ofrecer contenidos propios para su expansión digital. Muchas grandes telecos apuntalan su desarrollo tecnológico mediante la oferta de paquetes integrales de servicios que combina telefonía móvil, Internet y entretenimiento, como Movistar.

Aprovecharse del débil
En cuanto hubo ocasión, Alierta y su consejo de administración buscaron la oportunidad de hacerse con el control total de Sogecable aprovechando la debilidad económica de PRISA, ahogada por las deudas. Tras librar la consiguiente batalla con Competencia y una cruenta lucha por los derechos televisivos del fútbol con Mediapro, Movistar + vio la luz en 2015 y pasó a convertirse en la plataforma televisiva 100% al servicio de la teleco. Un gigante de la comunicación que esta vez sí parece que está basado en criterios de rentabilidad económica pura y dura.

Pero la relación de Telefónica con PRISA no acaba ahí, básicamente porque había empezado tiempo atrás. En mayo de 2008, Telefónica acudió por sorpresa a la ampliación de capital de PRISA y entró por vía directa en su accionariado. Tras ejecutar unas opciones de compra, la teleco elevó su participación en febrero pasado al actual 13,05%, y se convirtió así en el primer accionista del principal grupo de medios de comunicación del país.


Reducción de costes, subidas de tarifas y una demanda colectiva

Hace unos meses, Telefónica decidió subir unilateralmente las tarifas de sus clientes de Movistar Fusión, el producto estrella que combina servicios de telefonía fija y móvil, Internet y televisión en una única factura. Fue un aumento de tres euros por usuario que reportará al gigante de las telecomunicaciones unos 550 millones de euros más en su cuenta anual de resultados, según estimaciones del banco estadounidense Citi. La reacción de los clientes no se hizo esperar y la organización de consumidores Facua interpuso una demanda colectiva firmada por más de 4.000 usuarios contra una subida considerada abusiva. Sin embargo, a pesar de la importancia jurídica y de las altas probabilidades de éxito de la demanda, la noticia apenas tuvo relevancia informativa en los medios de comunicación, tal y como denuncian los representantes de Facua.

Para los críticos, detrás de episodios como la subida de tarifas de Movistar está el siempre polémico control de los medios a través de la inversión en publicidad y su dependencia económica de un grupo reducido de anunciantes (casi siempre los mismos). En el caso de Telefónica, la inversión publicitaria en los medios nacionales se ha reducido aproximadamente un 67% en los últimos cinco años. Según datos de Infoadex, Telefónica era el anunciante individual que más dinero inyectaba en los medios de comunicación de España en el año 2010, con una inversión de 130,9 millones de euros. La posición de Telefónica en el ranking se ha reducido de manera paulatina hasta ocupar un discreto décimo puesto en 2015, con 42,3 millones de euros invertidos.

En estos últimos años, la compañía del Ibex 35 ha acometido un fuerte recorte de gasto en sus operaciones en España con ajustes de plantilla incluidos. La Marea ha preguntado a representantes de Telefónica si la caída en gasto en publicidad tiene que ver con esta reducción de costes. Al cierre de esta edición, no hemos obtenido respuesta.

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