Terroristas haciéndose ‘selfies’: de qué hablamos cuando hablamos de la ideología del terrorismo yihadista global

Driss Oukabir haciéndose un 'selfie'

VÍCTOR PUEYO* // Escucho las terribles noticias del atentado de Barcelona, en el que decenas de personas han sido atropelladas por una furgoneta en Las Ramblas y en el que, al parecer, han muerto 13 personas inocentes. Rápidamente inserto en un motor de búsqueda el nombre de uno de los presuntos involucrados en la masacre, Driss Oukabir. La primera imagen que me devuelve la red es un selfie del interfecto en el espejo de su baño, publicada, como si de un burdo juego borgiano se tratara, por The Mirror. Esta imagen adquiere en mi retina, de repente, una incómoda y singular familiaridad. Diría de hecho que la he visto antes. Hago una búsqueda general y, en efecto, aparecen múltiples ejemplos de eso a lo que ahora sólo nos podemos referir como el problema: terroristas haciéndose selfies, posando, seduciéndose a sí mismos en ese reflejo de un reflejo que es el espejo de su cuarto de baño. El caso más difundido, por su carácter reincidente, es el de Omar Mateen, el norteamericano que segó la vida de 49 personas en un club LGTBI de Orlando.

[caption id="attachment_99214" align="aligncenter" width="564"]omar mateen, el asesino de Orlando. Omar Mateen, el asesino de Orlando.[/caption]

Mateen cultivó selfies para todos los públicos. Selfie tierno, con ojos entornados y morritos de pato, versión islamizada del miembro romántico y ensoñado de una boy band; selfie de chico malo, con el ceño fruncido y una camiseta del Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York que revela cierto trabajo de gimnasio; selfie galán, ataviado para asistir a una boda occidental o a una convención de agentes de seguros, pero con un toque canalla-tontorrón que evoca el candor de Ryan Gosling y que acaso suma follipuntos (no canjeables) en la bolsa de valores de Tinder. Ni Oukabir ni Mateen son una excepción.

Sin abandonar la temática neoyorquina, Harlem Suárez, vocal apologeta del “califato mundial” y condenado a cadena perpetua por intentar detonar una bomba de clavos en las playas de Florida, también era un aficionado a esa modalidad posmoderna del autorretrato que es el selfie, del que dejó no pocos testimonios en las redes sociales. Hasta tal punto esta práctica se había convertido en un lugar común que no tardó en generar parodias y malintencionadas falsificaciones, como la que estuvo a punto de granjearle un linchamiento masivo al pobre Veerender Jubbal.

En plena resaca de los ataques terroristas de París, empezó a circular por internet la fotografía de un hombre con barba y chaleco bomba que mostraba frente al lavabo, orgulloso, lo que parecía un ejemplar del Corán. Diarios como La Razón, en otro avezado ejercicio de ética periodística, identificaban a este hombre con uno de los siete autores materiales del atentado. La fotografía resultó ser la imagen alterada por piratas informáticos de Jubbal, un canadiense de etnia Sikh que vestía un turbante y que exhibía ufano la copia de su recién comprado Ipad en el excusado de su casa.

Pero no había que buscar el selfie tan lejos. Hasna Ait Boulahcen, la mujer que fue abatida en su domicilio de Saint Denis por conspirar en los atentados de París, la mujer que, según su hermano, nunca leía el Corán, frecuentaba los bares de la zona y se pasaba la vida en Facebook y WhatsApp, se dio a conocer en los medios póstumamente con otro selfie en el baño. Ante la proliferación de este mórbido meme, no está de más señalar al elefante en la habitación – o en el retrete – para notar lo obvio: las fotografías que se difunden de estos terroristas no son fotografías de piadosos practicantes del Islam que rezan mirando a la Meca. Son, en su mayoría, fotografías de jóvenes europeos y americanos que se miran a sí mismos.

[caption id="attachment_99215" align="alignnone" width="949"]Omar Mateen, de nuevo. Omar Mateen, de nuevo.[/caption]

¿Qué significa esta deriva narcisista del terrorismo islámico? Los profesionales de los estudios culturales lo sabemos muy bien: un fenómeno cultural que se repite muchas veces bajo la misma forma significa lo que significa su forma, lo que equivale decir que este nuevo terrorismo islámico significa lo que significa el selfie. Y un selfie, seamos honestos, es una fotografía que uno se hace a sí mismo cuando no tiene a nadie que se la haga. Todavía más, se podría decir que un selfie es la fotografía que uno se hace a sí mismo cuando busca desesperadamente a alguien que potencialmente se la pueda hacer.

El problema no es, pues, el Islam. El Islam ya existía hace 30 años y el fantasma de este terrorismo islámico no recorría Europa. El problema es, por cursi que suene decirlo así, la soledad, que no es la misma que la de hace 30 años. La soledad que arraiga en los barrios obreros de las grandes capitales europeas o en los suburbios de la América post-capitalista, de donde salen estos “terroristas islámicos”, surge de la disolución de los espacios de socialización en que se forjaban las identidades colectivas sólidas que conocimos en los tiempos del capitalismo industrial: la camaradería de la fábrica durante los recesos, la solidaridad de clase motivada por la pertenencia a un mismo sindicato o los vínculos familiares que se perpetuaban en la guardería o en los viajes de empresa son sólo recuerdos de esa ausencia.

[caption id="attachment_99216" align="aligncenter" width="660"]Harlem Suárez. Harlem Suárez.[/caption]

El trabajo precario ha sustituido estas lógicas del empleo creando bolsas de marginalidad sin precedentes y altos índices de inestabilidad social y laboral, pero sobre todo produciendo una atomización de la vida comunitaria que desemboca, no por casualidad, en la erupción de lo que la jerga anti-terrorista suele denominar “lobos solitarios”. La creciente privatización de la esfera del consumo tampoco contribuye a mejorar la situación: la tienda de discos en la que entablabas relaciones basadas en el hábito, la sala de cine en la que compartías el visionado de una película con varias docenas de anónimos desconocidos, desaparecen poco a poco devoradas por las grandes plataformas de comercio online o enterradas por Netflix. Mientras tanto, el lobo solitario y perimetral, cautivo de círculos sociales estrechos y endogámicos e incapaz de tender otros lazos con el exterior, es extremadamente vulnerable a la radicalización. Por eso se arroja a los únicos lugares en que todavía vislumbra una promesa de comunidad: las redes sociales y la mezquita, el selfie y el Corán.

[caption id="attachment_99217" align="aligncenter" width="680"]Veerender Jubbal. Veerender Jubbal.[/caption]

Lo importante, lo verdaderamente crucial, es comprender que estas dos realidades (el selfie y una versión empobrecida y sesgada del Corán) no pueden ser entendidas por separado. ¿Existen condiciones económicas neofeudales que garantizan la reproducción social del fundamentalismo en algunos países árabes? Muy probablemente. ¿Incentiva y espolea Estados Unidos este fundamentalismo con sus intervenciones militares en Oriente Medio, apagando el fuego con más fuego? Con absoluta seguridad. Pero este terrorismo islámico no puede entenderse, ni mucho menos empezarse a remediar, apelando a la narrativa del integrismo islámico. Esta expresión es, como mínimo, semánticamente inexacta. El “integrista” islámico no es íntegramente islamista; su particular islamismo sólo puede sobrevivir, como si dijéramos, mezclado con el elemento que lo niega, empotrado en una subjetividad neoliberal que impera globalmente y que hace de su necesidad goce. ¿Cómo explicar, si no, el selfie?

*Víctor Pueyo es profesor en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Temple (Filadelfia)

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