You are here

En lugar de suprimir la religión en los colegios, ahora se enseñará también islam y evangelismo

Se impartirán clases de religión islámica en centros donde existe una parte significativa del alumnado que así lo demanda, concretamente en más de una decena de centros educativos de la Comunidad Valenciana. En estos colegios públicos habrá clases de religión islámica así como de religión cristiana evangélica, y ya se cuenta con la programación preparada, […]

La entrada En lugar de suprimir la religión en los colegios, ahora se enseñará también islam y evangelismo aparece primero en laRepublica.es.

Read More

Juana y Las Ramblas, neomachismo supremacista blanco en el Estado español y el papel de las izquierdas

Vista de Barcelona desde la Sagrada Familia. Foto: Selbymay.

Rocío Medina Martín* // Cuando el caso de Juana saltó a la arena mediática muchas personas apuntaban en redes sociales su sorpresa ante las imágenes y comentarios machistas que llegaban a incitar al odio contra ella, señalada como una mujer “llorona” y “mentirosa” (manipuladora) y, según su ex pareja, a quien “le gustaba mucho la fiesta” (de dudosa reputación moral). Él es el maltratador sentenciado, pero Juana es convertida en “mala madre”: la perfecta inversión del discurso. A estas alturas ya es un caso político donde nos jugamos el imaginario futuro sobre los feminismos y las violencias machistas, pero no sólo eso.

Tras lo ocurrido en Barcelona, de nuevo, nuestra sociedad democrática se asombra por la gran cantidad de comentarios islamófobos y racistas. Al igual que en el caso de Juana se invierte el discurso: la comunidad musulmana pasa de ser la más atropellada por el terrorismo yihadista a nivel planetario, a convertirse en el terrorismo yihadista en sí mismo. Las personas refugiadas que huyen de esta violencia indiscriminada­ son los propios terroristas. A estas alturas, no cabe duda del riesgo real que corren hoy en nuestro país las personas musulmanas. Además, hay que considerar que esta amenaza sea el preludio de lo que esté por venir contra otros grupos sociales. El mundo al revés, que diría el “Sub” Marcos.

El neofascismo asoma la cabeza en el Estado español ocupando parte del espacio público, mediático e institucional, y se articula en discursos neomachistas e islamófobos, conjuntamente. Una sobredosis en vena de “neolengua” y “posverdad” que impone a las izquierdas antiguos –pero renovados- retos históricos.

A nadie se le escapa lo que tenemos delante, pero me parece importante hacer un zoom sobre las articulaciones ideológicas, políticas y fácticas que existen entre la reacción neomachista al caso de Juana, incluidas la judicial e institucional, y la reacción racista e islamófoba ante la masacre de Barcelona. Contextualizar y abordar estos temas conjuntamente puede ayudarnos a diagnosticar mejor lo que ocurre.

En el contexto político hegemónico hemos pasado de una etapa en la cual ser feminista o antirracista tenía “buena prensa”, a un momento actual donde se persigue a la “ideología de género” y a la comunidad musulmana. Trump es el icono de este salto sobre el que se rearticula la matriz del poder global, pero no lo explica en su totalidad. Varias décadas de ofensivas neoliberales, con el apoyo socialdemócrata, tienen una importante responsabilidad en que Trump esté donde está.

En la primera década del siglo XXI, Bush ya justificaba las intervenciones militares para salvar a las mujeres musulmanas de la barbarie de “sus salvajes hombres religiosos”. Desde entonces, la “islamofobia de género” se ha convertido en una pieza discursiva indispensable para las nuevas formas de colonialidad global, armadas o no. A finales de la misma década, Sexo en Nueva York se convertía en el símbolo cultural del empoderamiento femenino blanco y neoliberal. En esta línea, en los últimos años, Hillary y Obama se declaraban abiertamente feministas. Zillah Eisenstein y Nancy Fraser analizan magistralmente este juego de alianzas perversas para explicar “la democracia imperial” de Bush una, y “el neoliberalismo progresista” de Clinton y Obama la otra, bajo la contundente crítica al feminismo eurocéntrico de las feministas negras, chicanas, autónomas y latinoamericanas.

A día de hoy, la inversión del discurso ha transformado los feminismos en una denostada “ideología de género”, eje clave en la rearticulación de la matriz global de poder. Entre muchos otros ejemplos, tras el impeachment a Rousseff, los diputados conservadores prometieron su cargo en nombre de la familia (en contra de la perniciosa ideología de género). Cuando se pedía el “NO” para los Acuerdos de Paz en Colombia, se alegaba que el acuerdo contenía ideología de género porque otorgaba supuestos privilegios a los colectivos LGTBI. Cuando Putin ha despenalizado las violencias contra las mujeres, o cuando en Polonia o España intentaron prohibir el aborto, el argumento también fue combatir la ideología de género. Texas acaba de obligar a las mujeres a pagar un seguro médico para los casos de aborto, incluso si hay violación.

La islamofobia es otro eje clave en esta situación política. La justicia europea ha avalado que las empresas prohíban el uso del velo a las trabajadoras musulmanas. En la década de los noventa Samuel P. Huntington presentó su “Choque de Civilizaciones”. Desde entonces, la criminalización de la diferencia cultural (a menudo avalada por el feminismo eurocéntrico) y el racismo culturalista, no han parado de aumentar. El 11-S dio el espaldarazo definitivo a la cacería global de “terroristas” que justificaba una nueva era de expolio de tierras, cuerpos y vidas, con sus consecuentes flujos de población. La foto de la playa de Niza en agosto de 2016 donde una mujer con burkini es apuntada por varios policías para que se lo quite, evidencia esta nueva era política global.

En resumen, esta rearticulación reaccionaria del modelo de poder está basada en una revolución regresiva del sistema sexo-género y del imaginario antirracista que resitúa al hombre blanco en la cúspide. En este contexto capitalista, este hombre blanco es identificado con el obrero medio o precario que conforma la mayoría electoral. La revolución neoconservadora consigue así su objetivo, compensa la pérdida de derechos del obrero blanco con neomachismo e islamofobia, si aplicamos a este ámbito “los procesos de emasculación” de la antropóloga feminista Rita Laura Segato. Así, esta nueva masculinidad blanca y hegemónica ejerce dominio simbólico, legal e institucional sobre las mujeres y sobre las personas racializadas; lo que hace de las mujeres musulmanas, como en el ejemplo de la portadora del burkini, una diana simbólica perfecta.

En el caso español, no es casual que la extrema derecha haya salido a la calle enarbolando el neomachismo contra las leyes LGTBI y los menores trans; el bus del odio, ahora avioneta, y los colectivos pro custodia compartida impuesta contra Juana son muestra de ello. Ya desde antes comenzaron a criminalizar a las feministas en casos como el del Coño Insumiso, el de los carteles contra las “feminazis” a las puertas de los juzgados de violencia o alentando la negación del feminicidio. No hace mucho que neonazis atacaban a palos el Orgullo en Murcia ante la indiferencia policial, y justo este fin de semana Hogar Social atacaba la mezquita del Albaicín en Granada, en el derroche de islamofobia de estos días. En los avances alcanzados sobre el sistema sexo-género, los menores trans son el eslabón más débil en la concienciación social, y las derechas lo saben. También saben que la “mala madre” en la que han convertido a Juana, compacta su discurso contra la “ideología de género”.

Los think tanks neoconservadores y sus manadas reaccionarias, más o menos intelectualizadas, están organizados en redes globales neomachistas y de supremacismo blanco. El dilema está servido para las izquierdas en el Estado español: ¿visibilizar, reconocer y combatir la existencia de estas redes neomachistas e islamófobas es otorgarles un sitio en el tablero político y, por tanto, poder de enunciación?

Aunque esta pregunta es lógica y necesaria, en realidad no me parece muy bien formulada. En mi opinión, la cuestión de fondo no es si las izquierdas deben confrontar o no a las extremas derechas, ya no hay elección posible. El meollo de la cuestión es desde dónde, bajo qué relatos, discursos y argumentos se va a hacer esto. Aún más, si los hay o no en las izquierdas, más allá de la retórica antifascista del siglo XX. La probable detención de Juana -en tanto que violencia machista institucional-, y la oleada de racismo violento que se ha despertado tras los atentados en Cataluña van a necesitar un bisturí político lo bastante fino que atine a politizar con profundidad estas situaciones, a la vez que se hace pedagogía política en una sociedad donde se sigue demonizando al feminismo y al Islam.

En este punto tenemos que valorar si las izquierdas españolas siguen siendo aún demasiado rígidas en sus epistemologías, teorías y prácticas políticas. O demasiado conservadoras como para reconocer que el eje de clase en el análisis y la práctica política, por sí solo, no integra el mínimo necesario para, por un lado, confrontar por separado las matrices ideológicas del neomachismo y de la islamofobia, y, por otro, actuar ante fenómenos que imbrican capitalismo, neomachismo y racismo islamófobo.

Mientras sigamos considerando que las estructuras de dominación como el racismo y el patriarcado son fruto del capitalismo, y no sus elementos co-constitutivos, como explican Quijano o Lugones­, la extrema derecha nos llevará ventaja y meterá su cabeza por los flancos que las izquierdas están subalternizando y descuidando (salvo excepciones como el caso, precisamente, del gobierno local en Barcelona).

La construcción del voto neomachista, en las narices de las izquierdas, se está sustentando en los discursos racistas y de denuncias falsas, de custodia compartida impuesta, de negación del feminicidio o de criminalización del movimiento feminista y LGTBI, todos temas claves del pensamiento político feminista crítico que siguen sin ser incorporados con rigor a las teorías y prácticas por las izquierdas. La evolución neoconservadora en su manifestación fascista también está cuajando en el Estado español transversalizando discursos neomachistas e islamófobos, especialmente entre hombres jóvenes blancos precarizados a quienes no llega ni llegará el discurso del emprendimiento, pero que sí reciben poder social real sobre mujeres y sujetos racializados.

Debemos prestar una especial atención al preocupante resurgimiento de lo que Silvia Federici denomina el arquetipo femenino de la bruja/puta/mala madre. En sus tesis, la autora explica cómo la Caza de Brujas, fenómeno político que quemó vivas a millones de mujeres durante varios siglos, se sustentó en este arquetipo y fue parte necesaria de la construcción de la masculinidad hegemónica y del nacimiento del capitalismo, ya que la obligada domesticación de las mujeres liberó al obrero de las tareas domésticas y de cuidados.

Hace un tiempo que colectivos neomachistas salen a la calle con el siguiente lema: “Basta ya de golfas, ladronas y sinvergüenzas”, pero hoy es Forocoches uno de los espacios virtuales fundamentales para comprender la gramática de la violencia neomachista bajo dicho arquetipo. Los vínculos entre el resurgimiento del neofascismo, el feminicidio y el reforzamiento de nuevas masculinidades hegemónicas han sido estudiados en profundidad por el pensamiento político feminista, y tienen mucho que aportar al análisis político actual.

Del mismo modo, toda la tradición de pensamiento anticolonial y descolonial feminista y antirracista que aglutina análisis semióticos y de la economía política, también es una herramienta útil para repensar de manera compleja lo que se avecina.

Sin embargo, quizás porque las izquierdas tradicionales nunca lo hicieron, la nueva política tampoco está incorporando con seriedad cuadros políticos y técnicos feministas, antirracistas o descoloniales, a pesar del panorama. Cuando digo “seriedad” me refiero a mantener una apuesta política rigurosa por construir equipos de análisis y técnicas multidisciplinares que, provenientes de diversos ámbitos activistas y científicos, elaboren discursos y programas políticos a la altura del riesgo histórico que vivimos. Me refiero también, como hicieran los sindicatos en plena Transición en el ámbito laboral, a construir redes de autodefensa legal en el marco de las violencias machistas y los delitos de odio que consigan desbordar a unas instituciones en manos nada limpias. Que sea Susana Díaz quien ofrezca apoyo legal a Juana Rivas dice mucho del desahucio político y legal en el que se están dejando estos temas.

Las derechas hace tiempo que descubrieron el talón de Aquiles de las izquierdas: no reconocer sus dificultades con los análisis de género y con la diversidad cultural, su propio eurocentrismo patriarcal y racista. Como evidenció G. Lakoff, hemos sido derrotados y derrotadas en el orden del discurso, y no es muy difícil encontrar hombres y mujeres tradicionalmente identificados con las izquierdas, que a día de hoy son neomachistas e islamófobos. Y este problema no es del pueblo, es el límite de las propias izquierdas.

En última instancia, este texto propone una redistribución del poder político y epistémico en el mismo seno de las izquierdas, moverse del sitio para poder ver a las extremas derechas desde otros ángulos, trascender los esquemas binarios del poder y, por supuesto, generar una economía política en el seno de los partidos coherente con todo esto. No podemos permitirnos volver a repetir la historia del desprecio epistémico de las izquierdas tradicionales a otras tradiciones y prácticas de emancipación, como ya ocurriese con los feminismos o el antirracismo. Enriquezcamos ya la nueva política con los imaginarios y personas activistas, técnicas e intelectuales críticas musulmanas, feministas, afros, LGTBI, gitanas y/o antirracistas, entre otros muchos perfiles diversos. O parte de lo que pase, también será responsabilidad nuestra.

*Rocío Medina Martín es profesora de Filosofía del Derecho de la Universidad Pablo Olavide (Sevilla) y Secretaria de Feminismos, Igualdad y LGTBI de Podemos Andalucía.

Nota post-edición: Al día de elaborar este artículo, el exministro y antiguo diputado del PP, Jaime Mayor Oreja, realizaba una entrevista de El Español, relacionando la lucha contra el yihadismo con la recuperación de los valores cristianos sobre la familia y el matrimonio:

Los que dicen que quieren crear un nuevo orden mundial, lo que tratan es de destruir los valores cristianos que han constituido los cimientos de la civilización occidental. Ahí se abre una grieta, los terroristas ven esa falta de valores compartidos y deciden pasar al ataque para ahondar en nuestra crisis. Por eso lo urgente no es decidir qué medidas policiales hay que adoptar, que también hay que hacerlo, sino definir qué proyecto político y social puede cohesionar a los europeos”, asegura. A menos valores compartidos en la sociedad occidental habrá más terrorismo yihadista, añade más adelante. Preguntado por el entrevistador “¿Cómo se pueden extender o recuperar esos valores?”y “¿A quién responsabiliza de su destrucción?”, Mayor Oreja responde literalmente: “No tratando de reemplazar valores como la vida, la familia, el matrimonio… Eso lo que va produciendo, en mi opinión, es una distancia, un abismo. Y qué duda cabe que hay más responsabilidad entre aquellos que quieren destruir esos valores que entre quienes quieren mantenerlos. Hoy es una lucha, en términos democráticos, entre David y Goliat”.

Más en lamarea.com

Read More

‘Los caballos de Dios’: los monstruos no existen

Escena de 'Los caballos de Dios'' I La Marea

Los caballos de Dios no es una primicia editorial pero trata de un tema muy vigente en nuestro presente más inmediato. Se publicó originalmente en francés en 2010 con el título Les Étoiles de Sidi Moumen (Las estrellas de Sidi Moumen). Poco después, en 2012, el director marroquí Nabil Ayouch llevó esta novela al cine. Fue traducida en 2015 al castellano para Alfaguara por María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, y en mayo de 2016 alcanzó a su tercera edición.

Las caballos de Dios tiene como punto de partida los atentados de Casablanca (Marruecos) del 16 de mayo de 2003, en los que murieron 45 personas, entre ellos los 12 jóvenes que hicieron estallar las bombas que llevaban pegadas al cuerpo. Mientras acababa de leer esta novela, ocurrió el atentado de Manchester, en el que un muchacho de 22 años saltó por los aires matando a 22 personas, algunas mucho más jóvenes que él. Mi primera reacción al ver su fotografía fue preguntarme qué habría llevado a este chico, con aspecto de adolescente a medio hacer y la mirada triste, a cometer un acto así. Los caballos de Dios ofrece no tanto una respuesta —todavía me pregunto lo mismo—, sino una narrativa que ayuda a salir de esa imaginación enquistada que nos impide concebir al terrorista fuera del «arquetipo monstruo».

La novela está narrada por Yashin, un joven de 18 años que se acaba de inmolar en uno de los atentados suicidas de Casablanca. Nos cuenta su historia desde un más allá que nada tiene que ver con el prometido por el imán que le alistó en la yihad. No está en el paraíso rodeado de huríes, pero aun así no echa de menos «los puñeteros 18 años que me tocó vivir». Desde ahí, desde ese vacío en el que Yashin solo cuenta con su conciencia y su memoria, describe sus pocos años de vida en Sidi Moumen, un poblado de chabolas en torno a un vertedero en el que los jóvenes sobreviven escarbando en las basuras y en el que la violencia está normalizada.

Mahi Binebine ofrece un abanico de personajes de esta comunidad depauperada que, no por ser representativos, son planos. A través de la voz de Yashin, conocemos a los «muertos de hambre» que le acompañan en la vida y en la muerte: su hermano mayor Hamid, al que adora y al que sigue los pasos en el vertedero, en el equipo de fútbol «Las estrellas de Sidi Moumen» del que Yashin es portero, y después también en la yihad; Nabil, un joven hermoso y de rasgos femeninos, hijo de una prostituta y del que muchos abusan sexualmente, incluso sus amigos; Fuad, un chaval inestable enganchado al pegamento; Azzi, hijo de un padre abusivo que carga con un pasado traumático; Jalil, un recién llegado de la ciudad al que enseñan las normas de convivencia del vertedero a base de palizas.

En medio de la violencia y la miseria, Yashin y sus amigos encuentran en su equipo de fútbol un espacio donde demostrar el afecto. En este contexto en el que la brutalidad se salpica de vez en cuando con algo de amor y amistad aparece Abu Zubier, un hombre que comparte orígenes con los muchachos, también un pasado de vicios y violencia, pero que vuelve depurado para así ayudar a purificarlos a ellos, empezando por Hamid, el líder del grupo.

El proceso de conversión dura apenas dos años, pero dadas las condiciones en las que vive el grupo de amigos, resulta más que verosímil. Abu Zubier y los hombres barbudos que cada cierto tiempo les visitan consiguen trabajos para todos, envían alimentos y dinero a sus familias, les reconfortan cuando pasan momentos duros, les sacan de apuros con la ley. En pocas palabras, les ofrecen todo aquello que el Estado y la sociedad fuera del vertedero les ha negado y todo lo que los infieles occidentales (léase cristianos y judíos) les han arrebatado.

Algunos lectores igual encuentran esta trama predecible. Pero el interés de la novela no está tanto en ella —conocemos desde el principio el brutal desenlace— sino en la representación y elaboración que Binebine hace de la vida de este joven y su comunidad: el humus donde crecen muchos de esos jóvenes cuya fotografía observamos con una mezcla de pena, desconcierto y repulsión cada vez que se comete un atentado yihadista.

El autor intenta meterse en la cabeza de este muchacho de 18 años —sí, un terrorista, un asesino al fin y al cabo— una vez que el daño está hecho. Pero Binebine no se centra en el remordimiento, ni en el arrepentimiento ante el dolor causado —aunque haya momentos en el que se hable de él—, sino que a través del recuerdo de la vida del personaje indaga en todos aquellos aspectos que han podido llevarle a preferir su muerte y la de otros seres humanos a seguir viviendo. Y es en este intento de profundización tanto en la psique como en el contexto del que proviene el terrorista donde está la originalidad y el valor de esta novela.

Con un lenguaje a veces poético, a veces descarnado, el autor nos invita a abandonar interpretaciones simplistas del «terrorista islámico» (el «monstruo» o el «perdedor malvado» que diría Donald Trump), y a adentrarnos en la comprensión de este fenómeno teniendo en cuenta tanto la individualidad de la circunstancia como los contextos históricos, socioeconómicos y culturales en los que se fragua el radicalismo. Los caballos de Dios no justifica la acción del terrorista, sino que confronta, a través de la elaboración imaginativa y el conocimiento del contexto en el que surge esa acción, la pregunta que nos hacemos todos: ¿por qué?

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Terroristas franceses contra Francia, ¿por qué?

Un hombre se informa sobre los atentados terroristas de París en 2015. FOTO: TERESA SUÁREZ.

Este reportaje forma parte del dossier sobre Islam y convivencia de #LaMarea42, a la venta en nuestra tienda online.

Los dos hermanos que ejecutaron la masacre de Charlie Hebdo eran franceses. Cinco de los nueve yihadistas que sembraron el terror en París en noviembre de 2015 eran de esa misma nacionalidad. Por aquel entonces había 405 franceses haciendo la yihad en Siria y un año después eran 609, según el Ministerio del Interior galo, una cifra que el comisario europeo de Justicia eleva a 1.450. Los dos terroristas que entraron en una iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray y mataron a un sacerdote también habían nacido, crecido y estudiado en el Hexágono. Todos eran jóvenes. Los sondeos estiman que la población musulmana de Francia oscila entre cuatro y diez millones de personas –la legislación francesa prohíbe que las estadísticas oficiales clasifiquen religión y raza–, lo que deja a los protagonistas de los atentados en absoluta minoría. No obstante, la radiografía del Islam francés deja poco espacio para las dudas: los musulmanes galos tienen menos trabajo, menos estudios y menos recursos económicos.

La última encuesta del Instituto Ipsos para el diario Le Monde revela que cuatro de cada cinco musulmanes de Francia son extranjeros o hijos de inmigrantes procedentes de las antiguas colonias en el Magreb (70%) y África subsahariana (10%). El 67% tiene menos de 35 años y su tasa media de desempleo es del 23%, más del doble que la media nacional. Tres de cada cuatro viven en barrios de bajos ingresos y sólo la mitad tiene estudios de secundaria o superiores. Si abrimos el campo de visión, las cifras también son inquietantes: según la misma encuesta, el 63% de los franceses considera el Islam como «no compatible con los valores de la sociedad francesa«, mientras que el 74% opina que esta religión «pretende imponer su forma de funcionamiento a los demás». La división está servida. ¿Qué lleva a alguien a atentar contra su propio país? ¿Por qué el radicalismo y la islamofobia toman fuerza ahora y no antes? ¿Por qué Francia?

Rashida es una chica francesa de madre marroquí. Vive en el distrito 93, en la periferia de París, y es musulmana pero no lleva velo. Ella prefiere llamarlo fular. «Tengo miedo de poner mi foto en el currículum porque se ve que tengo rasgos árabes y eso complica las cosas». Mariam, limpiadora gala de padres malienses también se queja: «Por teléfono todo va bien, pero cuando te ven con velo todo cambia». Ahmed vive en Clichy-sous-Bois, localidad de mayoría musulmana cercana a la capital francesa que en 2005 fue epicentro de un estallido de violencia sin precedentes. «Con lo de Charlie Hebdo cambiaron las miradas . Tenemos miedo de que nos agredan y ellos tienen miedo de nosotros», opina. El radicalismo es un fenómeno complejo, pero la mayoría de expertos coincide en que la discriminación y la frustración están entre sus principales ingredientes. Francia acumula estos dos componentes desde hace casi tres generaciones. Durante muchos años la cuestión estuvo relegada a un segundo plano, pero ahora el tema vuelve al centro del debate y la palabra Islam aparece hasta la saciedad en periódicos, cafés y televisiones. Un ejemplo de esta obsesión es el burkini.

Cuando argelinos, marroquíes y otros inmigrantes de antiguas colonias llegaron a Francia, la floreciente economía del país les brindó un trabajo rápidamente. Entre otras medidas, el Estado construyó viviendas para acoger a los miles de obreros que llegaban a los puertos, sobre todo al de Marsella. Sin embargo, dejó una tarea pendiente que ningún Gobierno ha sabido abordar de forma definitiva: la renovación de la idea de identidad francesa. Pasaron los años y muchos de esos barrios se transformaron en los guetos de «franceses de segunda» que hoy se extienden por las periferias. Mamia vivió ese proceso en persona. Esta musulmana de pelo rubio –no usa velo– creció en La Deveze, un barrio sensible de Béziers, cerca de Montpellier, en el que la mayoría de la población es de origen magrebí y los indicadores sociales están a décadas de la media francesa.

Mamia llegó en 1977, con nueve años, y recuerda que entonces «había muchas comunidades, pero ahora se reagrupan muchos magrebíes que no tienen otra opción». Opina que la convivencia es más difícil después de los atentados. «Me siento como una mierda cuando los medios nos meten a todos en el mismo saco», dice Mamia. El mismo día que hablaba con La Marea, el diario Le Figaro publicaba: «El profeta Mahoma dijo a sus fieles ‘La tierra pertenece a Dios y a su enviado’. Por tanto la misión de los musulmanes es conquistar el mundo». «Del lado musulmán la gente se siente señalada con el dedo, estigmatizada, discriminada; del otro lado de la sociedad francesa, la gente se sorprende de que los musulmanes ‘no entiendan que son un problema’”, explica Abdennour Bidar, filósofo y miembro del Observatorio para la Laicidad.

La sensación de rechazo y abandono, la falta de perspectivas y la ignorancia propia de la edad convierten a muchos jóvenes en objetivos fáciles para los reclutadores del ISIS. «Se dirigen a jóvenes hipersensibles, es la única característica común; son chicas y chicos que se hacen preguntas sobre la sociedad y la justicia, y les dicen que la diferencia que sienten frente a sus padres, amigos, pareja, es la prueba de que Dios les ha elegido para una misión». Lo explica Dounia Bouzar, una de las cofundadoras del Centro de Prevención contra las Derivas Sectarias Vinculadas al Islam. Esta mujer lleva más de diez años arrebatando presas de las garras del ISIS.

El perfil de yihadista francés no corresponde con el cliché de barbudo obsesionado con el Corán sino más bien con el de jóvenes de barrios difíciles y con problemas de delincuencia que se radicalizan a través de Internet, aunque no todos los casos de radicalización están vinculados a la exclusión social y los problemas de identidad cultural. Es el caso de Cathy, que pertenece a una familia estable de clase media y de padres agnósticos. Tras dos meses flirteando con el submundo del integrismo a través de las redes sociales y por teléfono –uno que le mandaron sus recrutadores–, sus padres advirtieron sus cambios de actitud y la pusieron en manos de Bouzar. «Me hicieron creer que Dios me había escogido para unirme a ellos para cumplir la misión que nos había encomendado Alá», explica esta joven en referencia a los islamistas que trataron de engatusarla. Ni todos los padres son tan reactivos como los de Cathy, ni todas estas historias tienen final feliz.

Un musulmán pasea por una calle de París. FOTO: TERESA SUÁREZ.

 

Una máquina de hacer votos

La obsesión de Francia con su identidad va camino de convertirse en una tradición. La crisis y los atentados han avivado el nacionalismo y deformado los de por sí omnipresentes estereotipos, como la creencia de que el Islam es incompatible con los valores de libertad y laicidad que definen la República. Marine Le Pen, líder del partido de extrema derecha Frente Nacional, sería la segunda candidata más votada si las presidenciales previstas para abril de 2017 se celebraran hoy. Atacar al radicalismo desde la raíz no ha sido una prioridad para ninguno de los gobiernos franceses. Más allá de elevar la presión policial sobre los sospechosos y sus lugares de encuentro o aumentar la vigilancia en la calle y en Internet, los gobernantes pusieron y ponen más empeño en la creación de espacios institucionales dedicados al Islam que en la erradicación de los problemas materiales e identitarios que llevan a muchos jóvenes a inclinarse por una religiosidad tóxica.

François Miterrand fue el primer presidente en mostrar interés por los problemas de integración de los inmigrantes de las colonias y sus descendientes, lo que le llevó a crear el Alto Consejo de la Integración, una instancia de reflexión y consejo. Años más tarde, Nicolas Sarkozy cambió la estructura de este organismo para añadir un área que velase por la laicidad y que ha generado numerosas controversias, como cuando propuso la prohibición del velo en las universidades. Sarkozy ha vuelto al ruedo político y, si gana las primarias de su partido, volverá a ser candidato a la presidencia. En esta ocasión la identidad francesa es el «primer combate» de su programa, según sus palabras, así como del resto de candidatos de su partido, Les Républicains.

En 2003, Sarkozy creó el Consejo Francés del Culto Musulmán. Desde entonces la institución está paralizada por las querellas y choques con el influyente Ministerio del Interior y las delegaciones diplomáticas de países como Marruecos y Argelia. Con François Hollande al mando, Sarkozy propuso crear centros de «desradicalización» y la expulsión y retirada de nacionalidad de franceses con «expediente S», es decir, sospechosos de estar tramando un atentado. Pese a haber apoyado a grupos islamistas durante la guerra civil de Libia, de haber recibido presuntamente dinero procedente de Gadafi para su campaña y de no haber tomado ninguna medida significativa para combatir el radicalismo en Francia, Sarkozy acusó al Ejecutivo socialista de haber «dimitido» en la batalla contra el radicalismo después de suspender la prohibición del burkini.

La respuesta de Hollande tras los atentados para frenar el extremismo puede resumirse en tres acciones: situar a la Policía por encima de la ley, aumentar las acciones militares en Siria y otros países incluidos en la lista negra del terrorismo internacional y reforzar las medidas de seguridad en lugares sensibles como comercios, sinagogas o escuelas. Tras el ataque a la sala Bataclan y varios restaurantes de París, Hollande llegó a pedir la retirada de nacionalidad para los franceses con doble ciudadanía implicados en actos de terrorismo. Desde el atentado a Charlie Hebdo, el primer ministro, Manuel Valls, ha expulsado de Francia al menos a 80 imanes acusados de instigar al odio.

La última propuesta del presidente socialista está decorada con retórica cultural y consiste en crear un «Islam a la francesa» a través de la Fundación por el Islam de Francia, una institución creada para, entre otras cosas, formar imanes lejos de la influencia de países como Arabia Saudí y controlar la financiación para la construcción de nuevas mezquitas en territorio francés, una actividad relativamente opaca. La idea es similar a la que tuvo el exprimer ministro Dominique de Villepin en 2005.

Valls defendió recientemente la creación de un fondo de financiación pública para la religión musulmana, una idea que choca con la sagrada laicidad de la República francesa, regida por una ley de 1905. En principio, el Estado pondrá un millón de euros pero abrirá la puerta a donaciones privadas. La fundación ya cuenta con un millón donado por Serge Dassault, político conservador y presidente del imperio periodístico y armamentístico más grande del país. «Demasiados ciudadanos se dejan convencer por la idea peligrosa y falsa de que no podemos vivir juntos porque somos demasiado diferentes», opina el filósofo y alto funcionario Abdennour Bidar, quien añade que el problema de Francia y del Islam es el mismo: «Una crisis de identidad histórica que deberíamos afrontar juntos».

Más en lamarea.com

Read More

La Justicia europea dictamina que prohibir el velo en el trabajo no es discriminatorio

Dos mujeres con velo en una calle de Madrid. I La Marea

«La prohibición de llevar un pañuelo islámico dimanante de una norma interna de una empresa privada que prohíbe el uso visible de cualquier signo político, filosófico o religioso en el lugar de trabajo no constituye una discriminación directa por motivos de religión o convicciones». Así lo afirma una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea publicada este martes, que sí especifica que la prohibición puede constituir «una discriminación indirecta» si se acredita que la obligación aparentemente neutra que contiene ocasiona «una desventaja particular a aquellas personas que profesan una religión o tienen unas convicciones determinadas».

El fallo judicial se remonta al caso de Samira Achbita, cuando en 2003 fue contratada como recepcionista en la empresa belga G4S. En el momento de su contratación, regía en el seno de G4S una norma no escrita que prohibía a los trabajadores llevar signos visibles de sus convicciones políticas, filosóficas o religiosas en el lugar de trabajo. En abril de 2006, Achbita comunicó a su empleador que tenía la intención de llevar un pañuelo islámico durante las horas de trabajo. Como respuesta, la dirección de la empresa le informó de que no se toleraría el uso de tal pañuelo porque ostentar signos políticos, filosóficos o religiosos era contrario a la neutralidad que la empresa se había impuesto seguir en las relaciones con sus clientes.

Al mes siguiente, tras una baja por enfermedad, la mujer comunicó su inminente reincorporación y que a partir de entonces llevaría un pañuelo islámico. A los pocos días, el comité de empresa de G4S aprobó una modificación del reglamento interno, con el siguiente tenor: «Se prohíbe a los trabajadores llevar signos visibles de sus convicciones políticas, filosóficas o religiosas u observar cualquier rito derivado de éstas en el lugar de trabajo». En junio, tras las insistencias de Achbita de llevar el pañuelo, fue despedida. Inmediatamente, la afectada impugnó su despido ante los tribunales belgas, que ante las dudas sobre la interpretación de la Directiva de la Unión relativa a la igualdad de trato en el empleo y la ocupación, trasladaron el caso al Tribunal de Justicia de la UE para dilucidar el caso.

En su sentencia dictada este martes, el Tribunal de Justicia recuerda que la Directiva europea entiende por «principio de igualdad de trato» la ausencia de toda discriminación directa o indirecta basada, entre otros motivos, en la religión. Los jueces observan que la norma interna de G4S tiene por objeto el uso de signos visibles de convicciones políticas, filosóficas o religiosas y, por ende, atañe indistintamente a cualquier manifestación de tales convicciones. Por consiguiente, dicha norma trata por igual a todos los trabajadores de la empresa, ya que les impone en particular, de forma general e indiferenciada, una neutralidad indumentaria.

Tras todo el proceso, los jueces no encuentran ninguna evidencia de que la denunciante haya sido, en ese sentido, discriminada particularmente porque las normas eran las mismas para todos los trabajadores. «En consecuencia, tal norma interna no establece una diferencia de trato basada directamente en la religión o las convicciones en el sentido de la Directiva», prosigue la sentencia.

El Tribunal de Justicia señala que, sin embargo, no puede descartarse que el juez nacional llegue a la conclusión de que la norma interna establece una diferencia de trato basada indirectamente en la religión o las convicciones si se acredita que la obligación aparentemente neutra que contiene dicha norma ocasiona, de hecho, una desventaja particular a aquellas personas que profesan una religión o tienen unas convicciones determinadas. No obstante, tal diferencia de trato no constituirá una discriminación indirecta si puede justificarse objetivamente con una finalidad legítima y si los medios para la consecución de esta finalidad son adecuados y necesarios.

Tras subrayar que el juez nacional que conoce del litigio es el único competente para determinar si, y en qué medida, la norma interna es conforme con estos requisitos, el Tribunal de Justicia da indicaciones al respecto. Señala que el deseo de un empresario de ofrecer una imagen neutra ante sus clientes tanto del sector público como del sector privado tiene un carácter legítimo, en particular cuando sólo atañe a los trabajadores que están en contacto con los clientes, ya que dicho deseo está vinculado a la libertad de empresa, reconocida en la Carta. Además, la prohibición del uso visible de signos de convicciones políticas, filosóficas o religiosas es apta para garantizar la correcta aplicación de un régimen de neutralidad, siempre que dicho régimen se persiga realmente de forma congruente y sistemática.

A este respecto, corresponderá al juez nacional comprobar si G4S había establecido un régimen general e indiferenciado en la materia. En el caso de autos, procederá comprobar igualmente si la prohibición atañe únicamente a los trabajadores de G4S que están en contacto con los clientes. En tal caso, la prohibición deberá considerarse estrictamente necesaria para alcanzar la meta perseguida. También cabrá comprobar si, teniendo en cuenta las limitaciones propias de la empresa y sin que ello representara una carga adicional para ésta, G4S tenía «la posibilidad de ofrecer a la señora Achbita un puesto de trabajo que no conllevara un contacto visual con los clientes en lugar de proceder a su despido».

El tribunal belga deberá ahora decidir si la «prohibición puede constituir una discriminación indirecta si se acredita que la obligación aparentemente neutra que contiene ocasiona, de hecho, una desventaja particular a aquellas personas que profesan una religión o tienen unas convicciones determinadas».

Sin embargo, tal discriminación indirecta «puede justificarse objetivamente con una finalidad legítima, como el seguimiento por parte del empresario de un régimen de neutralidad política, filosófica y religiosa en las relaciones con sus clientes, siempre que los medios para la consecución de esta finalidad sean adecuados y necesarios, extremos éstos que corresponderá comprobar al Tribunal de Casación belga», concluye el documento.

Más en lamarea.com

Read More