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‘Puedo hacer tus sueños realidad’, por Isaac Rosa

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Te gustaría protagonizar este cuento? Sí, tú, hablo contigo que estás ahí leyendo estas primeras líneas de un cuento que nunca imaginaste que podrías protagonizar. ¿Te gustaría que tu nombre apareciese aquí, ya en el primer párrafo? Necesito varios personajes para este relato que estoy escribiendo, y me he fijado en ti: eres la persona ideal. De verdad. Lo he notado nada más verte. Lo que se dice un flechazo. No me pasa habitualmente, créeme, que me tope con alguien leyendo y a primera vista ya sepa que ahí está: justo a quien andaba buscando.

Como te decía, necesito varios personajes: un par de protagonistas y media docena de secundarios, dos de ellos con frase. Si me he fijado en ti es porque estoy pensando en el papel principal, claro, pero no vayamos tan rápido. Aún no sé nada de ti. Y no te creas que esto es llegar, gustar al autor, y ya está todo hecho: tienes que valer para personaje, no todo el mundo puede. Mucha gente querría una oportunidad así, pero hay que tener cualidades, talento. Haber nacido para esto.

Es una oportunidad, sí. Una gran oportunidad. Pensarás que es solo un cuento, pero ten en cuenta que se va a publicar en La Marea. Miles de personas leerán tu cuento, que después sacaremos en un libro, y eso ya significa que estarás en librerías, bibliotecas, mesillas de noche, en las manos de alguien que viaja en el metro. Y espera, hay más: mi primer libro de cuentos se tradujo al francés, y tenemos ofertas en alemán e inglés. Imagínate, lectores norteamericanos pronunciando tu nombre, emocionándose contigo.

Qué bueno que nos hemos encontrado, cielo. No te importa que te llame “cielo”, ¿verdad? Así llamo a la gente que aprecio. Ya sé que nos acabamos de encontrar, pero es que siento una cercanía enorme entre tú y yo. Como si nos conociésemos de toda la vida, no sé si también te pasa. Ha sido una coincidencia mágica: un autor necesita personaje, y de pronto está ahí, al otro lado de la página.

Si no te importa, cierra la puerta, que nadie te moleste mientras me lees. Así mejor, a solas tú y yo. Acércate un poco la página. Ajá. Me gustas mucho. No te importa que te lo diga, ¿verdad? Me gustas como personaje, no pienses cosas raras. Tienes un atractivo especial, cielo. Un magnetismo. Me encantan tus ojos, esa forma de fijar la mirada al leer. Tus facciones son… preciosas. Ya te lo habrán dicho más veces. Tus labios, así de cerca, entran ganas… de besarlos.

Oye, espera, no quería incomodarte. Sigue leyendo, por favor, no pases la página. Estaba pensando en voz alta, en el personaje, en la historia. Habrá un momento, hacia el final del cuento, en que los dos protagonistas se besen. Y tus labios son perfectos, me recuerdan a los de… Por cierto, ¿te he dicho ya que varias de mis novelas se han adaptado al cine? También un cuento, del que acaban de hacer un cortometraje. Eso sí que no te lo esperabas: verte en la gran pantalla. Bueno, tú no, sino alguien que te interprete, quizás cierta estrella de cine que tiene tus mismos labios.

Hace calor aquí, ¿verdad? Puedes quitarte el jersey, preciosidad, yo ya lo he hecho. Bueno, no solo el jersey: me lo he quitado todo. No puedes verme, pero mientras escribo estas líneas estoy desnudo. No te rías, es verdad: me encanta escribir desnudo. Cada escritor tiene sus manías, los hay que escriben de pie, descalzos, en pijama, con mono de obrero, vestidos de la época en que transcurre su historia. A mí me gusta escribir desnudo. Completamente desnudo. Subo la calefacción, caldeo la habitación hasta que se empañan los cristales, y entonces me quito toda la ropa. Te parecerá una manía, o una superstición, pero escribo mejor así, sintiendo que mi cuerpo responde a los estímulos de la historia: la piel se me eriza en las escenas escalofriantes, sudo cuando escribo algo intenso, me empalmo en las páginas excitantes…

No, no, espera, no dejes de leer. No pienses mal. Retiro la última frase del párrafo anterior. No quería molestarte. Es solo que… Si vas a ser mi personaje, necesitamos mucha confianza, conocernos a fondo, a ciegas. Ya sé, solo es un cuento, pero quién sabe: a veces empiezo un cuento y acabo escribiendo una novela. Tú mereces algo más que un par de páginas de periódico: una novela entera. Trescientas páginas sobre ti. Cuanto más te veo, más claro lo tengo: eres la persona que buscaba. Y yo, reconócelo, soy el autor que esperabas. Puedo hacer tus sueños realidad. Solo tienes que confiar en mí.

Te he revelado un secreto. Nunca le había contado a nadie que escribo desnudo, solo a ti. Si lo difundieras, pasaría mucha vergüenza, sería objeto de burla entre los colegas. Pero confío en ti. Ahora te toca a ti darme algo, para que la confianza sea mutua. No sé. Puedes enviarme una foto. Una foto especial.

No te agobies, hablo estrictamente como autor. Necesitaré unas cuantas fotos tuyas, para retratar bien a tu personaje. Soy un escritor realista, me gusta cuidar los detalles. Una foto de cuerpo entero, otra de medio cuerpo, varias del rostro desde distintos ángulos y con diferentes expresiones. Sonriendo, con enfado, triste, feliz. Me vendría bien alguna foto… con poca ropa. Es un cuento de amor, ya te dije que al final hay beso. Si lo acabo convirtiendo en novela, habrá más que un beso. No sabes lo difícil que es escribir una escena de sexo. Espero que no te importe que tu personaje se acueste con otros personajes. Es solo ficción, y no tendrás que hacer nada, yo lo imaginaré y escribiré. Pero me vendría bien algo de… información. Ver tu cuerpo, para describirlo bien. Cómo arqueas la espalda, cómo de firmes son tus pechos, qué marca dejan unas manos apretando tus nalgas en pleno polvo.

Te has ruborizado. De verdad que no es mi intención molestarte. Entiéndeme: la relación autor-personaje es muy especial. Intensa. Extremadamente intensa. Debemos estar compenetrados. Tengo que meterme dentro de tu cabeza, de tu alma, de tu cuerpo. Sentir lo que tú sientes, desear lo que tú deseas. Esto no es un trabajo. Es arte. Hay que dejar fuera de la página miedos, prejuicios, barreras. Ser libres. Dejarnos llevar. Te podría contar historias de otros escritores, mucho menos delicados. Escritores que directamente se acuestan con sus personajes, o que exigen una mamada si tienen que describir una mamada. Yo me conformo con un beso.

Era broma, no te vayas. Hablando de escritores: tengo varios colegas que seguro has leído. Autores importantes. Best sellers, gente que no hace cuentos en una revista: novelistas que venden cien mil, quinientos mil, un millón de ejemplares. Podría hablarles bien de ti. Quién sabe. Ya me pasó una vez, un personaje mío acabó teniendo un papel en la novela superventas de un colega. Podría ser tu caso. ¿Te gustaría?

Estoy pensando que, si te parece bien, podríamos quedar. Vernos de verdad, sin página por medio. Para hablar más tranquilos. Para conocernos. Porque así, tú leyendo y yo escribiendo, ni siquiera podemos tocarnos. A ver, no es que pretenda tocarte, más allá de cogerte la mano para luego poder escribir qué se siente al apretarla, o rozar tu piel para reflejar fielmente cómo es acariciarte. Y olerte. Detalles importantes en una novela. El tacto, el olor. Sí, ya estoy hablando directamente de novela, olvida el cuento. Te mereces una novela. Quiero que protagonices mi próxima novela. Y que el personaje se llame como tú. Tienes un nombre precioso. Podría quedar bien hasta como título. ¿Qué te parece? Dar título a una novela. Estar en boca de miles de lectores. Pasar a la historia de la literatura.

¿Te parece si quedamos esta noche? Yo soy escritor nocturno, me inspiro mejor al final del día. Podemos cenar juntos, te invito. Conozco un restaurante que… O aún mejor: en mi casa. Prepararé mi plato especial. La ocasión lo merece. Así podremos hablar sin prisa, tengo mucho que contarte. Tengo grandes planes para tu personaje. Desde que te he visto no paro de imaginar escenas, situaciones, diálogos, páginas enteras que ya tengo en la cabeza. Estoy muy excitado. Soy un escritor apasionado, cuando me meto en una historia, me meto de cabeza, hasta el fondo, sin respirar. Todo mi organismo se altera, es algo brutal. Ahora mismo, por ejemplo, estoy empalmado. Solo de pensar en ti, en tu personaje, en las páginas de nuestra novela. Me he empalmado, date cuenta de lo que me has hecho. No es nada sexual, no temas. Es pura energía. Fuego creativo.

¿Te importa si me toco mientras sigues leyendo? Ni siquiera me verás, porque yo estoy en mi casa escribiendo (escribiendo desnudo, recuerda), y tú estás ahí, sosteniendo la revista mientras yo me acaricio sin dejar de escribir, con una mano tecleo y con la otra me aprieto los huevos, me paso los dedos por el glande pensando que es tu mano la que me toca, la que me agarra con fuerza la polla y la menea, así, así, despacio, cuidado, no tan rápido, vas a conseguir que me corra, ah, ah, sigue, no te pares, sigue, ahora más deprisa, ah, ah, un poco más, ya me voy, ya me voy, ya…

Gracias. Ha sido maravilloso. Y no has tenido ni que tocarme. Me ha bastado con saber que estabas ahí, que seguías leyendo. Viva la literatura. ¿Te ha gustado? Reconócelo. Mientras me masturbaba con tu mano imaginaria, pensaba que tú también te estabas tocando, que al leerme te excitabas y te acariciabas. ¿Ha sido así? ¿Nos hemos corrido a la vez?

Espera, ¿dónde vas? ¿Por qué te pones así? Yo no te he hecho nada, ni te he tocado, ni siquiera nos hemos visto todavía. No hemos pasado de esta página. No tienes motivos para enfadarte, y mucho menos para acusarme de nada. ¿Acoso? ¿Que te he acosado? No me hagas reír. Dónde se ha visto que un autor acose a un personaje, que un cuento acose a quien lo está leyendo.

Oye, baja un poco esos humos, cielo. No te consiento… Te estoy haciendo un favor, no tienes derecho a ponerte así. No te he hecho ni dicho nada que se salga de la estricta relación autor-personaje. Si esa es tu respuesta, olvida lo de protagonizar nada. Te quedas ahí leyendo, y se acabó. No sabes cuánta gente querría estar en tu lugar, tener una oportunidad así, hacer realidad su sueño.

Mira, me estás hinchando las pelotas más de la cuenta. Si no me quieres leer más, pues muy bien, tú te lo pierdes, pero no me vengas con amenazas. ¿Denunciarme? ¿A mí? ¡Debería denunciarte yo a ti, por la trampa que me has tendido! Vas de mosquita muerta, mendigando un papelito en un cuento, y así te ganas mi confianza y me haces hablar de más. Mírame, desnudo, masturbándome. Me has humillado. ¿Eso es lo que buscabas?

Oye, cariño, no perdamos los nervios. Todavía estamos a tiempo de arreglarnos. Entiendo tus dudas, tu miedo, tu reacción. De hecho, me gustas más así, con ese genio, le va muy bien al personaje. Que sí, que todavía pienso que este personaje es para ti. No te vayas. Espera. Hablemos como personas civilizadas. No lo tires todo por la borda.

¡Como quieras, tú te lo pierdes! ¡Vete a la mierda! Pero ya te digo que no llegarás muy lejos así. No vas a conseguir ni un secundario en tu puta vida, ni en un cuento inédito. Como no te lo escribas tú, no encontrarás ningún autor con la paciencia que yo he tenido, porque además voy a avisar a todos los colegas escritores, que tengan cuidado si los lees. Te has aprovechado de mi confianza. Soy gilipollas por pensar que eras otro tipo de persona. En realidad eres como la mayoría. Lárgate de mi cuento, puta.


‘Welcome’ reúne los últimos relatos de Isaac Rosa publicados en ‘La Marea’. Puedes encontrar el libro aquí (Versiones en papel y digital).

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‘Llave maestra’, por Isaac Rosa

isaac rosa llave maestra Ilustración de Diego Quijano.

Este relato publicado originalmente en ‘La Marea’ forma parte del libro de relatos de Isaac Rosa Welcome. Por 3,90 euros en PDF y 9,90 en papel

En los años que llevo en esta cadena de hoteles he visto de todo, ya imaginarán. Desde que entré como vigilante nocturno de uno de ellos, hasta ser hoy jefe de seguridad en la sede central, tengo historias como para amenizar varias cenas. Empezando por robos, por supuesto: joyas que desaparecen de una habitación, incluso de la pequeña caja fuerte del armario; una banda que una noche consiguió asaltar todas las habitaciones de una planta entera; y, por supuesto, los que cometen los propios clientes. La mayoría se conforma con un cenicero o un albornoz, pero otros se llevaron el televisor, el espejo de cuerpo entero, la grifería y hasta una cama completa. Como lo oyen. Otro día se lo cuento.

Aparte de robos, unos cuantos cadáveres. Amantes infartados, suicidas que prefieren un hotel a su casa, ancianos que no se despiertan por la mañana, y hasta un asesinato, un marido que estranguló a su mujer y luego llamó a recepción para contarlo. Lo encontramos sentado al borde de la cama, cabizbajo, su mujer cubierta por la sábana.

Y todo tipo de situaciones chuscas, no se hacen una idea lo que da de sí un hotel. Adúlteros pillados, gente en busca y captura, pederastas que simulan viajar con una sobrina, borrachos que se lían a patadas con el mobiliario o se caen por el balcón, exhibicionistas que van de habitación en habitación, y un interminable listado de clientes alterados que pierden los nervios. Y en todos los casos, es mi teléfono el primero que suena.

Sí, y problemas con los trabajadores también. Los directores de cada hotel marcan también mi número cuando hay un aviso de huelga, un piquete a la puerta, un sindicalista al que hay que poner seguimiento, una asamblea a la que enviar un informador discreto. Normalmente reparto juego, pero cuando es un tema gordo me ocupo personalmente.

El que hoy me ocupa lo es. Un tema gordo. Mucho.

****

Al primer aviso pensé que estábamos ante un caso rutinario: el típico extrabajador resentido que se dedica a esparcir mierda sobre la empresa. Ocurre a menudo, aunque en este caso no era el habitual comentario en redes sociales. Esta vez era diferente:

No ha sido en Facebook, ni tampoco se lo ha enviado a un periodista–, me explicó el director del establecimiento afectado.

¿Entonces? ¿Ha repartido octavillas en la acera de enfrente?

Ojalá fuera eso. Las ha dejado en las habitaciones.

¿En qué habitaciones?

Una planta entera. Nos enteramos porque varios clientes, al hacer el check-out, preguntaron en recepción si aquella historia era cierta. Y luego hemos visto que otros lo han comentado en Tripadvisor.

Una octavilla que tampoco era la típica acusación gruesa y victimista contra la malvada empresa. Era más refinada: una copia íntegra de la sentencia que una extrabajadora le había ganado al hotel por acoso laboral. A disposición de los clientes en su propia habitación, para que la leyesen antes de apagar la luz.

¿Han revisado las cámaras del pasillo? Si la metieron por debajo de la puerta, no será difícil…–, dije tras encestar la octavilla en la papelera.

Ahí está el problema. No la metieron bajo la puerta.

¿Entonces?

La dejaron en la almohada. Junto al bombón de cortesía. “El hotel le desea felices sueños”, y esta sugerencia de lectura para que vea lo mal que tratamos al personal.

Es más grave de lo que pensaba. Y quien haya sido, se ha metido en un buen lío. Entrar en una habitación por la fuerza… Mal asunto.

No han forzado ninguna cerradura.

¿Las ventanas entonces?

Tampoco. Han debido de hacerse con una llave maestra. Hemos revisado las existentes, no falta ninguna. Pero si es alguien que conoce el hotel desde dentro, pudo coger una en recepción en algún descuido. O contar con un cómplice dentro.

Así que teníamos a un revoltoso colándose en las habitaciones y dejando la mierda directamente sobre las almohadas. No era ya un problema de reputación, sino de seguridad: si se corría la voz de que cualquiera podía entrar en las habitaciones, perderíamos clientes. Hoy dejan una octavilla, mañana se llevan un ordenador portátil o violan a una mujer mientras duerme.

La primera sospechosa era, claro, la propia extrabajadora que denunció a la empresa y ganó en el juzgado. Pero era demasiado evidente, podíamos descartarla. Aun así, envié a uno de mis hombres a seguirla unos días, por si se relacionaba con algún otro trabajador del hotel.

Después sacamos un listado de empleados con acceso a las llaves maestras de esa planta. Pocos: personal de dirección y recepción, gobernanta, dos limpiadoras y el de mantenimiento. Pensaba poner a alguien a averiguar sobre ellos, y a otro a investigar a los del comité de empresa, cuando llegó el segundo incidente.

****

En un hotel diferente, en otra ciudad, lo que liberaba de sospecha a los empleados del primer hotel. Esta vez no habían dejado la mierda sobre la almohada, sino tras la puerta. En el pomo interior habían sustituido el habitual colgador que por un lado dice “No molestar” y en el reverso “Por favor, limpien mi habitación”, y en su lugar habían enganchado un colgador idéntico en forma y tamaño, pero con la leyenda “Este hotel explota a sus trabajadores” por una cara, y por la otra unas breves informaciones sobre el uso de empresas externas y no sé qué violación de derechos laborales y persecución antisindical.

Algunos clientes los pusieron en las puertas, y ya han circulado fotos en redes sociales–, me explicó el director del segundo hotel, girando entre los dedos uno de los colgadores.

Hay que reconocer que son ingeniosos.

Mucho. Encuéntrelos, que tengo ganas de felicitarlos.

En la sala de seguridad, revisamos dos días completos de videograbación. A cámara rápida se veía el movimiento de clientes entrando y saliendo de sus habitaciones, pero ningún sospechoso, y menos alguien que hubiese abierto todas las puertas de la planta.

Había que encontrar la conexión entre los dos hoteles, así que puse a dos empleados a cruzar datos de personal, incluyendo trabajadores que hubiesen sido despedidos en el último año.

Pero son demasiados–, protestó un administrativo. Con la rotación que tenemos, más los servicios externalizados y los de ETT, hablamos de muchos trabajadores.

No habíamos encontrado nada aún, cuando llegó la tercera acción.

****

No puede ser un individuo solo, ni dos, sino un grupo organizado. Capaz de desplazarse de un hotel a otro, en distintas ciudades. Es demasiado sofisticado para ser un resentido–, expliqué al desconcertado director de operaciones del grupo.

Ahora no era una planta, sino un hotel entero. Ciento veinte habitaciones. Solo había una llave maestra que abriese todas, y se guardaba en una caja de seguridad para casos de emergencia. Así que había dos posibilidades, a cual peor: o habían conseguido todas las llaves de planta, o eran capaces de hackear el sistema de cerradura electrónica. En cualquiera de los casos era una pésima noticia para la cadena, a poco que los clientes difundiesen lo sucedido.

Esta vez no había sido una octavilla, ni un colgador. Habían sustituido la carta de precios del minibar, esa que todo cliente ojea por curiosidad aunque no tome nada. En su lugar, una hoja plastificada detallaba los beneficios del grupo empresarial en los últimos cinco años, las retribuciones y bonus de los ejecutivos, y los sueldos del personal, desde el gerente hasta el último botones, incluidos los trabajadores de empresas externas.

Imaginen el efecto: llegas a tu habitación después de un largo día de reuniones, comida de trabajo y llamadas; o tras haber paseado las calles turísticas y visitado un par de museos. Te descalzas, enciendes la tele, te tumbas en la cama y coges de la mesilla la carta del minibar, que a todos nos gusta pensar que abriríamos la neverita y nos serviríamos una copa si no fuese por los precios escandalosos. Y entonces te enteras de que la empresa lleva cinco años aumentando beneficios, mientras los sueldos, ya de por sí bajos, permanecen congelados o no dejan de menguar en el caso del personal externo. Y comparas lo que se lleva al año el consejero delegado, con lo que cobra un ayudante de cocina o una camarera de piso. Yo mismo me cabreé cuando el director de operaciones del grupo puso en mi mano el papel y vi lo que gana él, comparado con mi propio sueldo.

De nuevo, revisamos vídeos de seguridad durante horas sin ver a nadie sospechoso, a nadie que además entrase en todas y cada una de las habitaciones de las seis plantas del hotel. Cómo era posible. El registro electrónico de las cerraduras tampoco mostraba ninguna apertura anómala en los últimos días. No habían dejado rastro.

No sé. Puede que hayan manipulado las grabaciones de videovigilancia–, propuse al director de operaciones.

¿Usted cree? ¿Hackean las cerraduras y también manipulan las cintas de vídeo? ¿Solo para dejar una reivindicación laboral?

No, no era creíble. Pero no teníamos otra explicación, salvo que fuese un enemigo invisible. Salí del cuarto de monitores y decidí dar una vuelta por el hotel. Es lo que hacen los detectives en las películas, ¿no? Se pasean por el lugar del crimen y acaban encontrando una huella, un resto de polvo extraño, una baldosa que al pisarla se mueve y al levantarla aparece el arma del delito. Además, el asesino siempre vuelve al lugar del crimen, eso dicen. Es una tontería, lo sé, pero yo estaba desesperado.

Subí a la primera planta. Ante mí, un largo pasillo que al final se prolongaba tras un ángulo recto. Vacío. Sucesión de puertas iguales. Silencio de moqueta. Lo recorrí a paso ligero, acariciando las puertas al pasar, tocando las cerraduras, mirando las bisagras, las manchas de la moqueta. Hasta me fijé en las rejillas del aire acondicionado, y yo mismo me dije imbécil por pensar que alguien pudiera colarse por los conductos del aire. Demasiadas películas.

Al girar la esquina, más de lo mismo: otro pasillo igual, con moqueta, puertas, algún extintor. Al fondo, un carro de limpieza cargado de toallas. Nada más.

Escuché a mi espalda una puerta abrirse y cerrarse, me sobresalté. Volví sobre mis pasos, miré el pasillo anterior, no había nadie, pero yo lo había oído. Como un patético sabueso de mala película, caminé de puntillas, acercando la oreja a las puertas, como si fuese a pillar al culpable en plena acción. Tras una puerta escuché ruido. Pegué la oreja a la madera, sin pensar en qué diría a un cliente que en ese momento apareciese por el pasillo y me viese. De pronto se abrió la puerta, casi me caigo hacia dentro al perder el equilibrio. Desde dentro de la habitación, una limpiadora se sobresaltó al verme. Balbuceé, para tranquilizarla:

Perdone, estaba… Soy de seguridad del hotel… ¿Ha visto algo sospechoso últimamente?

No, yo… Estaba cambiando las toallas…

La mujer salió, con un fardo de ropa sucia en las manos, y se alejó a paso rápido hasta desaparecer por la esquina. Y yo me quedé ahí, con mi cara de detective de comedia boba, mirando el pasillo y preguntándome quién estaba jugando con nosotros.

Este relato publicado originalmente en La Marea forma parte del libro de relatos de Isaac Rosa Welcome. Por 3,90 euros en PDF y 9,90 en papel

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“Mal rato”, un relato de ficción política de Isaac Rosa

Desde el primer número, nuestra revista mensual incluye un relato de ficción. Se trata de otra más de nuestras apuestas atípicas. Isaac Rosa ha sido, durante casi todos los meses, el responsable de invitarnos a usar la ficción para ensanchar los límites de la realidad. Como él mismo afirma, “no es un ejercicio de fantasía, es solo un poco de imaginación. De imaginación política, sí, esa de la que andamos tan faltos”.

En diciembre hemos publicado sus últimos 16 relatos en un libro titulado Welcome, en el que el autor sevillano parte de una de las preguntas más fructíferas: ¿qué pasaría si…? Ahora liberamos el primero de estos cuentos, titulado “Mal rato“, que da respuesta a esta sugerente idea: ¿Qué pasaría si un ex presidente de Bankia (sí, ese que estás pensando) saliese a la calle solo, sin coche ni escolta?

Puedes leerlo completo a continuación. Además, y sólo hasta el domingo 12 de febrero a las 23:59 horas, te ofrecemos un 15% de descuento al comprar el libro Welcome, tanto en formato digital como en papel. Para disfrutarlo, simplemente tienes que aplicar el código MALRATO al iniciar la compra en nuestra tienda online.

Si tienes alguna duda, escríbenos a pedidos@lamarea.com o llámanos a los teléfonos 91 531 36 06 / 633 601 207.


Ilustración de Diego Quijano para "Mal rato", un relato de Isaac Rosa.

Ilustración de Diego Quijano.

Mal rato

Eres Rodrigo Rato. Sí, tú. Querrías no serlo, en este momento más que nunca. Pero eres Rodrigo Rato. Si te giras, ahí está tu reflejo en la puerta acristalada del restaurante. No es que necesites comprobar tu propia identidad, sólo quieres ver tú también lo que ven quienes ahora pasan por esta calle. Ahí estás, inconfundible, con cara de apertura de telediario, un rostro demasiado conocido y con ese aura magnética propia de todo famoso, que atrae las miradas incluso cuando no lo reconocen. No es tu caso: claro que te reconocen. Has olvidado las gafas de sol en la mesa, y no es buena idea volver a entrar. Mejor que en la puerta del restaurante, puedes verte reflejado en los ojos de quienes al pasar ralentizan la marcha, te miran sin disimulo, giran la cabeza, comentan con sus acompañantes, señalan, te señalan. “¡Es Rodrigo Rato!”

¿Dónde está el coche? Y sobre todo, ¿dónde está tu escolta? Lo del chófer lo disculpas, es una calle con un solo carril y no hay aparcamiento a la vista, estará en una calle próxima, o en un parking, escuchando el fútbol o haciendo esos estúpidos sudokus. Pero el escolta, qué hace que no está en la puerta, o en la acera de enfrente, o como muy lejos en un bar próximo del que ya debería haber salido al verte ahí, detenido en la puerta del restaurante, con la gabardina en el brazo y esa expresión de urgencia. No es la primera vez que se despista, que da por hecho que una comida durará lo suficiente como para acercarse a un centro comercial próximo, a comprar cualquier mierda, y te obliga a llamarlo como ahora. Llamarlo. El teléfono. ¿Dónde…? ¿Quedó ahí dentro, sobre la mesa? Te giras para buscar tu mesa, la que acabas de dejar a la carrera y sin haber probado ni el primer plato, pero el cristal te devuelve tu mirada nerviosa.Volver adentro no es buena idea, ni siquiera estás seguro de que el teléfono esté ahí, que siga ahí, que no lo haya cogido al descuido algún camarero o uno de esos hijos de puta que te jodieron la comida antes de empezar. En cuanto aparezca el escolta llamarás a la compañía para que bloqueen el terminal, pero para eso primero debe regresar tu protector, y no lo distingues entre los muchos que circulan por esta calle comercial y te miran con incredulidad, incluso sacan el teléfono para fotografiarte. Tienes que moverte cuanto antes, pasmarote. Como no ves el interior del restaurante, imaginas a los clientes también fotografiándote desde sus mesas, tuiteando la imagen del gran hombre desvalido en la pecera, los camareros y hasta el maître uniéndose a la chanza.

Empezaron apenas entraste, confirmando la inquietud que sentiste cuando el coche te dejo hace unos minutos a la puerta y viste la fachada, la calle, el barrio. Un restaurante que no conoces, muy recomendado pero territorio inexplorado para ti, mal lugar para una cita, sobre todo cuando el maître te dijo que no disponían de reservado, que la mesa a tu nombre era esa, en un lateral de un comedor lleno. Te tranquilizó ver tanta corbata, gente de negocios, no tan proclive a la fácil demagogia y al linchamiento como aquellos cretinos que hace unas semanas te persiguieron por el aeropuerto al bajar de un avión. Unos graciosos, que se cobraron como trofeo varios vídeos pronto viralizados, en los que aparecía el gran hombre acelerando el paso como un cervatillo. Aquí no, en principio no te pareció un territorio hostil, pese al silencio que atronó a tu llegada: todas las cabezas se giraron hacia ti, con asombro, sonrisas de reconocimiento, codazos. Te sentaste a la mesa y, mientras esperabas a tu compañero de almuerzo, te refugiaste en el teclado del teléfono para no cruzar la mirada con quienes murmuraban el único tema de conversación posible. No sabes quién fue el primero, qué más da. De pronto un tipo levantó la voz y soltó, con entonación graciosa: “Alguien ha arruinado un banco… Y no me gusta señalar”. Todos se unieron en carcajada, y para confirmar que conocían el viejo chiste de Gila, en seguida hubo réplicas desde otras mesas: “Alguien ha defraudado a Hacienda… Y no me gusta señalar.” “Alguien viaja mucho a Suiza… Y no me gusta señalar”. Así siguieron otras ocurrencias, apenas audibles bajo las carcajadas, mientras tú fingías absurdamente estar pendiente del teléfono. “Camarero, ¿aquí se puede pagar con tarjeta Black?”, preguntó un chistoso, y ya no tenía sentido aguantar más, era el momento de retirarse, no sin antes dar un sorbo de dignidad al vaso de agua, para después levantarte despacio y caminar hacia la salida sin apariencia de fuga, con paso calmo entre los abucheos. Y ahí sigues, en la puerta.

Descartado buscar refugio en el restaurante, das unos pasos cortos hacia la derecha. No piensas alejarte, el conductor y el escolta te buscarán en el restaurante, es sólo moverte, dejar de ser el pez en la pecera para burla de los comensales e intentar que en movimiento tu rostro sea menos reconocible para quienes no sólo te señalan y comentan, sino que han empezado a seguirte. Mientas caminas despacio por la acera, de reojo un escaparate te descubre que ya hay una decena en espontáneo tropel tras tus pasos, con los teléfonos preparados para cuando te gires.

Ya no eres tú quien toma las decisiones, son tus piernas las que reciben la atávica descarga de adrenalina desde el sistema nervioso, la orden para preparar la huida, por ahora contenida en una aceleración del paso, espaciar la zancada, lo que sólo sirve para convencer a los indecisos, los que aun dudaban de si tú eres realmente quien pareces o es sólo un desdichado parecido físico, pero sí, es él, Rodrigo Rato, qué hace aquí, a dónde va, espera granuja, que no te hacemos nada, cuidado con las carteras que hay un ladrón cerca. Risas. Giras la primera esquina y esos dos segundos en que dejan de verte te anima a correr, pero correr hacia dónde, sólo empeoraría la situación, alimentaría más sus ganas de seguirte, no corres pero aprietas un poco más el paso, la nueva calle tiene más tráfico y buscas una luz verde de taxi. La calle tiene también más peatones, que al cruzarse contigo, ahora además alertados por el revuelo a tu espalda, se detienen pasmados, buscan deprisa la cámara del teléfono, algunos se unen a la comitiva mientras tú prosigues tu caminata ya al límite de la carrera. Sigue sin aparecer el taxi que te salve.

No tiene sentido prolongar la persecución, ni alejarte aún más del punto de recogida, así que al girar otra esquina te cuelas en el primer local. En un primer vistazo reconoces una de esas tiendas de conveniencia que llaman “chinos”. Al menos confías en que la nacionalidad del propietario lo tenga al margen de la actualidad española. Que no te conozca. Avanzas hacia el fondo, das los buenos días al chino, que no ha levantado la vista del televisor, y te detienes en un estante como quien busca algo que necesita. Son productos de limpieza, detergentes baratos, imaginas la foto resultante si alguno de los perseguidores entrase móvil en mano: el gran hombre, rodeado de chismes de plástico y juguetes made in China, mira con atención un friegasuelos de menos de un euro la botella.

Te tranquilizas al ver que nadie más entra en la tienda. Hay revuelo a la puerta, oyes voces, cuánto aguantarán, se darán por vencidos o pedirán refuerzos, avisarán a las televisiones, lo que daría un productor de informativos por estas imágenes: el exministro, el padre del milagro español, el jefazo del Fondo Monetario Internacional, el ex banquero, el juguete roto, el chivo expiatorio que todos necesitan, el enemigo público, el gran villano, mírenlo ahí, acorralado en un chino, como un animalito asustado.

“¿Puede dejarme usar su teléfono?”, preguntas al dueño, que se ha girado hacia ti con una bolsa de plástico en la mano, el gesto mecánico con que pensaba recibir la litrona o la bolsa de patatas. “Teléfono, por favor”, vocalizas con claridad, ayudando la comunicación con un gesto universal de mano haciendo auricular en la oreja. El chino te señala unas tarjetas de prepago colgadas de la pared, en el momento en que entra una mujer en la tienda. Es joven, no tiene aspecto de linchadora sino de madre que ha bajado a buscar el ingrediente que le falta para la comida. Sin embargo, tras un vistazo a la nevera, saca en gesto rápido el teléfono y apunta hacia ti, mientras desde la calle llegan gritos de aprobación. “¿Hay alguna puerta trasera?”, urges al chino, y qué tonterías se te ocurren, una puerta trasera peliculera que dé a un callejón con cubos de basura, desde el que trepar por una escalera de incendios y huir por los tejados. Claro que no, ni siquiera hace falta que te conteste el de la tienda, la chica ya ha salido y habrá compartido tu pregunta con los demás, esas risas lo confirman.
¿Y ahora qué? ¿Cómo sales de aquí? ¿Echas a correr hacia la calle y no paras hasta encontrar a tu chófer, a tu escolta, a un taxi, hasta alcanzar tu portal o caer antes infartado en la acera? ¿Te quedas aquí hasta que se aburran y se vayan? ¿Hasta que te saquen a rastras? ¿Llamas a la policía? ¿Y qué les dices, si nadie te ha puesto un dedo encima, nadie te ha empujado a entrar, nadie te ha amenazado? ¿Les dices que tienes miedo?

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“¿Qué pasaría si…?”. La pregunta que disparan los cuentos de Isaac Rosa

'Welcome', libro de relatos de Isaac Rosa, ya a la venta.

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Qué poca imaginación política tenemos, ¿verdad? Incluso en estos tiempos en los que el juego político se ha abierto, cuando nuevos actores se sientan a la mesa y el tablero se ha llevado más de una patada, nuestra imaginación política sigue siendo limitada. Una imaginación reformista, digamos. Una imaginación socialdemócrata. Nos alcanza para pensar medidas contra la precariedad, pero no para imaginar otra forma de producción que no pase por la oposición capital-trabajo. Nos llega para proponer una ciudad sin coches, una educación que no segregue, medidas contra la violencia machista; pero no nos atrevemos a imaginar una sociedad donde no hagan falta tantos parches.

Dicho con la conocida frase atribuida a Fredric Jameson, que a fuerza de repetirla (con una sonrisa cínica) parece ya un lema de taza de café: nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Es más: cuando imaginamos el fin del mundo, los pocos supervivientes (habitantes de un territorio post-apocalíptico o huidos a otro planeta) siguen viviendo en el capitalismo. Si soñamos el futuro, acabamos siempre cayendo en la pesadilla distópica, nada de un mundo mejor.

La falta de imaginación política se manifiesta también en lo más personal, en cada uno de nosotros. Renunciamos a dar batallas que asumimos como perdidas de antemano, nos confesamos débiles, aceptamos como natural todo aquello que creemos imposible de cambiar.

Contra esa falta de imaginación, ¿puede hacer algo la literatura, la ficción? ¿Puede servir para ensanchar el campo de lo posible, para hacer verosímiles otras realidades? En principio, parece que poco: los autores somos los primeros que renunciamos a explorar esa posibilidad, renunciamos a disputar el relato que cuenta y que nos cuenta, aceptamos que sean otros los “dueños de la verosimilitud”, en palabras de Belén Gopegui: “Sois los okupas de la verosimilitud, aunque os presentéis como sus legítimos propietarios”.

Y esa renuncia a ampliar lo verosímil es una rendición total, especialmente triste en tiempos como estos, donde la verosimilitud ha saltado en pedazos tantas veces. Pensemos en todo aquello que hace solo diez, veinte años, era impensable, increíble, inverosímil, y que ha acabado sucediendo. Para bien y para mal. Que se pueda ser pobre teniendo trabajo. Que el fascismo regrese a Europa. Que el granítico bipartidismo español ceda tanto terreno. Que una activista antidesahucios gobierne la segunda ciudad de España. Todo eso era inverosímil en la Europa feliz (¿feliz?) de hace pocos años, y acabó ocurriendo. ¿Por qué entonces nos sigue dando tanto miedo imaginar nuevas realidades, proponer otros escenarios, anticipar un futuro y luchar para que se cumpla?

La pregunta más interesante en ficción es aquella que pocas veces formulamos: “¿Qué pasaría sí…?”. Esa construcción condicional es la que agrieta el cauce de esa verosimilitud cerrada. El momento en que empezamos a pensar que las cosas sucedieron así, pero podían haber sido de otra manera. Que el futuro no está fatalmente escrito, que cabe garabatear en su margen y generar inquietud en el lector, hasta que acabe haciendo suya la pregunta: “¿Qué pasaría si…?”. Y a partir de ese momento la lleve encima y la desenfunde cada vez que choque con lo que Marta Sanz llama “un deber ser que nos venden como ser sin más y que se impone sobre nuestra vida privada, nuestras acciones en la esfera de lo público, sobre la realidad y sobre la propia literatura”. Frente al “es así” disfrazado de “debe ser así”, levantar un “¿qué pasaría si no fuera así?”.

Llámenme ingenuo, pero creo con Sanz en “la capacidad de la literatura para romper la luna del escaparate de lo real”. Aunque su alcance sea limitado, aunque sea solo un arañazo en el cristal, ese pensar alternativas, ese imaginar qué pasaría si nos creyésemos que puede ser de otra manera y lo intentásemos, no es poca cosa.

Algo así pretenden algunos de los cuentos de esta última tanda que ahora publicamos, aparecidos todos en La Marea. Continuar la línea de los anteriores, en cuanto piezas de un discurso crítico, el periodístico, al que la ficción aporta sus pedradas al escaparate de lo real. Pero además, soltar aquí y allá esa pregunta incómoda: “¿Qué pasaría si…?”.

¿Qué pasaría si los ciudadanos europeos nos movilizásemos masivamente para hacer realidad el Refugees Welcome? ¿Qué pasaría si mañana las estatuas humanas que llenan las calles del centro dejasen de representar estampas pintorescas y se convirtieran en espejo insoportable de nuestras miserias? ¿Qué pasaría si de pronto los consumidores de Coca-Cola dejásemos de comprar sus productos en solidaridad con sus trabajadores? ¿Qué pasaría si un 15 de mayo apareciese una tienda de campaña en Sol y desatase el pánico en el despacho oficial más cercano? ¿Qué pasaría si el resultado electoral fuese otro? ¿Qué pasaría si “las kellys”, las que limpian las habitaciones de hotel, dejasen en la almohada algo más que un bombón de cortesía? ¿Qué pasaría si en la cena navideña tú y tus compañeros de trabajo perdieseis el miedo?

Son algunos de los “¿Qué pasaría si…?” que disparan estos cuentos. Intentos por ensanchar ese terreno de lo posible, por alimentar con ficciones nuestra imaginación, sobre todo nuestra imaginación política. Intentos modestos, por supuesto. Solo cuentos, que aquí además comparecen más canijos, más inofensivos al no estar rodeados del resto de páginas de la revista, sin estar alineados con ese ejercicio mensual de periodismo crítico, y sin el refuerzo brillante de las ilustraciones de Diego Quijano que siempre amplían el alcance de los relatos en la revista.

Algunos de los cuentos quizás necesiten explicación, nota al pie, contexto. Hace tiempo que en La Marea decidimos que los cuentos se pegarían al suelo, renunciarían a las sagradas intemporalidad y universalidad de lo literario, hablarían de aquí y ahora, intentarían ser parte de la conversación colectiva. Escribir de lo que nos preocupa este mes. Los refugiados, la corrupción, la lucha de un grupo de trabajadores, el avance de la islamofobia, la matanza de París una noche de noviembre, el 26J.

Puede parecer una estrategia condenada al fracaso, el literario al menos: lastrar los cuentos con una inmediatez, graparlos a la agenda, incluso a la agenda política y mediática, sabiendo la facilidad con que esas agendas amarillean, pierden páginas, se olvidan. Que dentro de unos años alguien se encuentre estos cuentos y no los entienda, que haya que explicarle quién era Rodrigo Rato, qué pasó en la sala Bataclán, quién era la mujer que se asomaba al balcón noble de la Puerta del Sol en aquel mes de mayo, cómo de miserable fue Europa con las personas refugiadas…

Ojalá algunos de estos cuentos sirvieran para que quien los lea, en adelante, vaya por la calle lanzando la pregunta: “¿Qué pasaría si…?”. No es un ejercicio de fantasía, es solo un poco de imaginación. De imaginación política, sí, esa de la que andamos tan faltos.

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