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Febrero, por Dios Tuitero

Pablo Iglesias, junto a los miembros del Consejo Ciudadano elegido en Vistalegre II. Foto: PODEMOS

Febrero es mi mes favorito porque es el más corto del año, así tengo que aguantaros menos días. Estas semanas hemos descubierto que, según un amigo de Donald Trump, “París ya no es más París”, que a saber lo que era antes para estos tipos. Desde luego, para el Barça, después del 4-0, ya es otra cosa. Nosotros podríamos decirle al Señor Naranja que, tras su elección, “América ya no es más América”. ¿Y sus declaraciones hablando del inexistente atentado en Suecia? Ya veréis cuando se entere de que, en Ecuador, Lenin ha ganado las elecciones.

En España, todo en orden. Ha sido un mes de convenciones políticas, ya sabéis, Vistalegre y Pepelandia, mientras en el PSOE a Susanita se le rebela el ratón. El estado de la cuestión es más o menos así, a ver si coincidís conmigo (y si no, me da igual, que para eso soy Dios):

– El PP. La organización criminal conocida como Partido Popular vive días de gloria. Con la izquierda más dividida y desorientada que nunca, no necesitan ni disimular. Tienen muy fácil batir su propio récord de permanencia en el poder, establecido en 36 años por su padre político y guía espiritual Francisco Franco, al que homenajean siempre que pueden.

Este mes han celebrado su Congreso de Adoración Mariana, con gran éxito de crítica y público. Es decir, crítica, ninguna, como siempre en el PP, y público, lo justo, los asistentes, que a ellos lo que les gusta es privatizar. Este febrero además nos han deleitado otorgándole a Santa Rita Barberá, patrona del pitufeo, la “Llave de Oro del Municipalismo”, y con la creación del hashtag #YoConPedroAntonio, el primer Trending Topic de apoyo a un imputado por corrupción en España, en relación al presidente de Murcia, qué hermosa eres. ¡Enhorabuena!

– Podemos. ¿Qué os voy a contar que no se haya dicho ya? Del ¡Sí se puede! al ¡Unidad, unidad! Pablo ha entendido lo de la unidad, como referido a uno, él. El partido “de la gente” ha pasado a ser el partido de Pablo Iglesias. Errejón, desterrado a la Comunidad de Madrid 2019, y la transversalidad, el eje del tablero y el núcleo irradiador al trastero. ¿Cómo se pretende llegar a gobernar algún día España sin atraer nuevos votantes y sin pactar con otras fuerzas políticas? Misterio. A lo mejor es que ya no se trata de gobernar, sino de otra cosa.

– PSOE. En el PSOE hay un chico nuevo en la oficina. Se llama Pdr Snchz y ha pegado un giro a su vida. El amigo de Ciudadanos y matarife del artículo 135 es ahora más rojo que nadie, y va por ahí diciendo que sus rivales en el partido no son de izquierdas. Si medio partido te detesta, todos los exsecretarios generales echan pestes de ti, tus antiguos colaboradores te repudian y prácticamente ni una sola figura del socialismo español te apoya, intenta engañar a la militancia diciendo que eres como ellos. Es la única opción que te queda antes de volver a tu puesto de dependiente de El Corte Inglés. ¡Ay, Pedro, si no hubieses mentido a todo el mundo y no hubieses tratado de saltarte a la torera las directrices del Comité Federal a lo mejor te querrían más! Las otras dos opciones no enamoran: un Patxi López que no molesta, pero que tampoco ilusiona, y la versión femenina de Felipe González, la baronesa por excelencia, la mandamás de Andalucía, algo conspiradora y partera de esa criatura que ahora se ha vuelto en su contra: el Lenin de Pozuelo, Pdr Snchz.

– Ciudadanos. La marca blanca del PP, la nada, el cuñadismo hecho política, se ha cubierto de gloria esta semana al no pedir la dimisión del imputado presidente de Murcia, incumpliendo así su famoso “Pacto por la regeneración y contra la corrupción”. Tampoco esperábamos otra cosa, la verdad. Y por si era poco, han votado junto al PP para impedir que se revisen los privilegios de mi Iglesia. Da gusto con estos chicos tan modernos. ¡Ah, y han tenido un congreso también, creo, porque no se ha enterado nadie! Ahora dicen que no son socialdemócratas, sino liberales. O algo así, qué más da.

Del resto de partidos hablaremos… la semana que viene. Sed buenos.

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Vistalegre, crónica desde la invisibilidad

Pablo Iglesias, reelegido secretario general de Podemos en Vistalegre II. Foto: PODEMOS

La situación no tiene mucho que estudiar, damos vueltas con el coche y no hay forma de encontrar aparcamiento. Carabanchel es un distrito del sur de Madrid que una vez fue pueblo, algunas alcantarillas, hasta no hace mucho, conservaban el nombre de su ayuntamiento. El plano no tiene lógica, las calles se cortan unas a otras sin motivo aparente, los sentidos de circulación nunca nos favorecen. Antonio, que es quien conduce -el coche es suyo y yo no sé- encuentra un hueco mínimo y aunque a unos diez metros hay unos camiones de bomberos nos da igual. Salimos hacia el objetivo bajo un día de invierno sin contemplaciones.

En la fila para recoger las acreditaciones los periodistas se saludan. Nos dan una identificación para colgar del cuello y una pulsera como las de los festivales. No será la última vez que nos acordemos de la comparación. El palacio de Vistalegre es uno de esos inventos de cuando parecía sobrar la financiación y vale un poco para todo: de centro comercial, plaza de toros y desde que Zapatero lo adoptó como talismán, al presentarse allí candidato, también para actos políticos. Parece que fue hace un siglo, pero tan solo han pasado 15 años, lo cual nos demuestra que en determinados periodos todo se concentra de manera prodigiosa. Hoy hay círculos y morado, no banderolas con el puño y la rosa. Entre el público quizá haya gente que repita.

Mientras que todo aquello se pone en marcha yo intento encontrar un sitio en la barrera. No bajo a la pista porque no puedo. Al parecer hay dos tipos de prensa, con dos colores en sus tarjetas, una que puede estar abajo y otra que no. Me sirvo un café en la gentil sala del catering, esta sin distinciones, y tuiteo algunas fotos. Veo a la reportera de La 1 diciendo unas palabras a cámara para probar sonido, también a una organizadora que habla por el móvil como si estuviera ordenando un despliegue táctico, ambas a lo suyo con la soltura de lo hecho muchas veces. En las gradas, que se llenan poco a poco, se escuchan los primeros cánticos de unidad. Una forma de calentar el cuerpo y el ánimo.

El público de esta reunión parece venir de lejos, de lugares donde la política es más periférica pero menos asfixiante que en las grandes ciudades. Me parece un detalle entrañable que muchos de ellos traigan prendas del color de su partido, bien una bufanda, bien un jersey, algunos una camiseta extra-grande sobre el abrigo. Es una colaboración estética no consensuada, una especie de voluntarismo por contribuir a que todo salga bien. Son espectadores, la mayoría entregados, pero de una u otra forma se sienten responsables de lo que aquí ocurra. Y eso me causa una ternura aún mayor que lo de la ropa.

Cañamero aparece sobre la pista, con aire de desorientación astuta y justo la parte de la grada que tengo sobre mí lo advierte. Le llaman y una mujer le pide que los una, a ver si se arreglan de una vez. El sindicalista andaluz se encoge de hombros, en una respuesta silenciosa pero elocuente. Para el Podemos más popular y de una cierta edad no caben las pugnas teóricas ni los arreglos cortesanos, tan solo son sus chicos, esos que les ilusionaron y que ahora les crean preocupación, esos a los que han venido a ver y que ya parece que van a salir. El día después también habrá que gestionar lo emocional.

La nube de cámaras anticipa el gran momento. De una de las bocas que dan al tendido aparece, entre la música y los aplausos desmedidos, la dirección de Podemos. Encabeza la columna Errejón y la cierra Iglesias, aunque allí nadie les llama por su apellido. Ya en el escenario, con grandes letras que forman el nombre del partido y donde la “E” sirve de atril, el Secretario General, que ha envidado su puesto consciente de su autoridad y por tanto de que él es la máxima garantía para su victoria, habla por primera vez. Y este, el primero, es el momento más efervescente de toda la primera mañana, algo que explica el clima extraño que, sin ser patente, flota en todo el recinto.

No merece la pena detenerse en los contenidos porque apenas los hay, el acto es más mitin que asamblea. Vistalegre es una representación que vale como colofón estético al proceso congresual y para movilizar voto de última hora, en el que telemáticamente unas 150.000 personas han participado, cifra indiscutiblemente exitosa. Errejón, en su intervención para defender su lista al consejo ciudadano, se muestra mucho menos hostil en lo interno de lo que ha sido su campaña. Aunque el ambiente es más frío al final se le aplaude lo mismo -se aplaude todo y a todos- y la gente vuelve a recordar lo de la unidad, a modo catártico. Como su discurso es más largo del tiempo estipulado le ponen una musiquilla para que cierre, como en los Oscars. Más tarde Urbán y Teresa Rodríguez, él ciclónico y ella arrebatadora, hacen levantarse a la grada, que desea un poquito de calor en un pabellón gélido. Aunque se dejan las manos en el reconocimiento muy pocos les habrán votado.

Con la cuarta lista aprovecho para irme a dar una vuelta y fumar un cigarro. Han traído justo en ese momento comida a la sala del catering. Intento coger un bocadillo pero los periodistas, siempre corporativos, rodean la mesa muy profesionalmente. Ya en la calle, en el espacio habilitado para fumar, me encuentro a Fernández Liria, que está con un par de personas, algo lívido y con la espalda contra la pared. El día sigue desapacible aunque ya no llueve. Viendo la selección al azar de los fumadores se diría que ellos son el músculo de Podemos, la parte militante, esa que pega carteles y que se parece un poco más a la gente que conozco que da gritos en las manis. Los que aplauden, los que fuman, la aristocracia del escenario y los que faltan, que no están, claro. Curioso.

Vuelvo a entrar y subo al nivel más elevado, que por la altura es un lugar poco recomendado para personas con vértigo. Mientras que en el escenario se siguen defendiendo los documentos la pista es un ir y venir de gente. Hablar y hablar en grupitos y hablar en grupitos para dejarse ver es otra de las cosas para la que valen los congresos. Decido que eso de los lugares asignados y las tarjetitas de colores no tiene demasiado sentido y aprovechando el alboroto del final de la mañana me cuelo cerca del escenario. Estrecho algunas manos y saludo a gente que conozco solo de las redes. Hablo con Sofía Castañón, una diputada asturiana que acabará la legislatura con más importancia de la que la empezó, e intento que me diga algo, aunque luego caigo en la cuenta de que no hay demasiado que decir, no ya en este minuto del partido.

Como intuyo que la tarde va a ser más de lo mismo decido marcharme mientras que Iglesias acaba su última intervención, que aunque es la defensa de su cargo frente a otro candidato de pega, se centra en repasar la lista que va con él al Consejo Ciudadano. No toca, pero es lo que se juega. El sábado me ha dejado frío, porque ha sido un cierre en falso de la campaña, una teatralización de la cordialidad y una espera del día de los resultados. De camino a casa pienso en las opciones que se pueden dar y en cómo escribir una crónica difícil. También en un tío al que vi, a primera hora, haciendo pesas en el gimnasio acristalado de Vistalegre, a lo suyo, inmune al desaliento y a la ilusión.

El domingo vuelvo en cercanías, me bajo en Aluche, hace siglos que no paso por allí. Justo desde que acabé de estudiar en la misma facultad de la que salieron todos los profesores de la Complutense. Hoy todo resulta más conocido, paso los controles con soltura, saludo a los vigilantes como si fueran mis amigos. Incluso me atrevo a soltar un chiste en la sala de prensa que es recibido con escepticismo. Antes de empezar un hombre que se llama Luis se me acerca, es canario, barba de tres días, sesenta años. Le ha traído unos cartones de tabaco a un amigo pero este no ha aparecido, así que pregunta a ver si alguien quiere. Me enseña lo que fuma, una cajetilla roja llamada Patria. Le digo que seguro que ese le gusta a Errejón. Ríe y me dice que cree que “se ha pasado tres pueblos, que eso era ponerle la alfombra roja al PSOE”. A pesar de todo quiere que se arreglen los problemas internos. Ve que soy de La Marea y me dice que ve a mi compañero en la tele, que está bien que dé caña pero que le sacan tarde.

Vista la aglomeración de cámaras y fotógrafos cerca del escenario decido que es hora de volver a colarme en la pista. Saludo a tres periodistas y les pregunto si creen que habrá filtraciones. Uno de ellos me responde que sí, que sería raro que no las hubiera. Y me lo dice con cara de póker, porque ya sabe algo. Les deseo buen día y ellos, amables, me devuelven la cortesía. Creo que no saben quién soy. Me incorporo detrás de la barrera de informadores gráficos que esperan que aparezca la dirección del partido y veo cómo Espinar se abraza con alguien muy sonriente y efusivo. A los pocos minutos leo ya en los medios que Iglesias ha laminado a Errejón. Leo también en un guasap de alguien, visto por encima de su hombro, algo así como: “menuda paliza, en el fondo me da pena”. Llegan los líderes, juntos pero ya distanciados, en esa diferencia de expresión y cuerpo que tienen los ganadores y los derrotados. Estiro el brazo y hago algunas fotos, para que no se note, aún más, que no soy de la tele.

Y de ahí a cierto momento dulce, a la culminación de la gala, que es lo que el público llevaba esperando desde hace unas semanas. Echenique empieza a dar los nombres de los elegidos al consejo ciudadano y según se aproxima a los conocidos la grada le interrumpe con el “Sí se puede”, ese comodín de alegría que viajó del fútbol a la política. Incluso la pista, toda de pie, se ve hoy más popular y menos atenazada que ayer. Se han quitado todos el peso de encima, hasta a los que no les ha salido bien la jugada. A Errejón se le vuelve a gritar unidad, dándole la explicación de qué es lo que ha entendido el respetable. A Iglesias ya solo se le tributa devoción. Es raro estar en un lugar donde todo el mundo se muestra tan contento y verlo desde fuera, sin tomar partido emocional, sin turbarse lo más mínimo. Da una extraña y agradable sensación de invisibilidad.

Levanto los ojos y veo que ya estoy llegando a Fuenlabrada. He conseguido mantener la tablet y el teclado con gran maestría sobre mis rodillas todo el viaje, mientras que acababa de escribir esto. El resto del vagón va dormido o absorto, indiferente. Una mujer rubia, a mitad de sus cincuenta y con unos cascos azules baratos mira por la ventana. Las gotas corren en el cristal en el sentido inverso de la marcha. El tren se mueve como un paquidermo gigante sobre las vías. Aquí, todo lo que he visto estos dos días queda ya muy atrás.

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Pablo Iglesias triunfa de manera incontestable en Vistalegre II

MADRID// La asamblea de Vistalegre ha designado el futuro de Podemos de manera clara. Pablo Iglesias seguirá ostentando el liderazgo del partido reforzado por la elección de su estrategia y línea política y la mayoría de su equipo en la dirección del partido. Su candidatura a seguir siendo el secretario general de la formación ha obtenido 128.700 votos (89%). El otro candidato, el diputado del Parlamento andaluz Juan Moreno Yagüe, se ha hecho con el 10,9%.

Asimismo, la lista de Iglesias se ha hecho con el 60% del Consejo Ciudadano Estatal, el órgano de dirección del partido, donde ha ganado 37 de los 62 miembros que lo componen. El sector errejonista se ha quedado con 23 miembros del consejo, y los anticapitalistas con 2.

En lo que respecta a los documentos políticos, otro de los caballos de batalla más importante de la asamblea, también han vencido claramente los postulados de Iglesias. Sus directrices estratégicas han vencido en todos los documentos en disputa, en el político, ético, organizativo y de igualdad.

(Seguirá ampliación)

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La gente regaña a Pablo Iglesias e Íñigo Errejón en Vistalegre

MADRID// La asamblea de Vistalegre se presentaba con sus dos máximos liderazgos enfrentados. Unas semanas previas de tremenda dureza en las que el debate llegó a circunscribirse a conspiraciones en Telegram, el modo de vestir o los vínculos personales de las “camarillas” de los líderes. El mandato que los asistentes a las asamblea han dado a ambas facciones ha quedado claro: unidad.

Los gritos pidiendo unidad en Vistalegre comenzaron antes de que el acto arrancara sin necesidad de que ninguno de los dirigentes los escucharan. De forma espontánea. El mensaje predominante de los asistentes parecía quedar claro. Algo que se escenificó de forma evidente cuando en plena presentación de la Asamblea por parte de Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, el público tomó la palabra para, con todos los miembros de Podemos en el escenario empezar a gritar al unísono “unidad”. El grito empujó a los dirigentes a corearlo junto a los asistentes.

Asimismo, la gente regañó la imprudencia y las luchas intestinas de sus dirigentes dejando claro que no quieren elegir entre calle o instituciones, entre transversalidad y radicalidad o entre Errejón e Iglesias. Quieren unidad y lo han expresado de forma vehemente.

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Con más de 144.000 votos antes de las intervenciones resulta imposible considerar que las intervenciones en Vistalegre cayan a tener alguna incidencia en el resultado del devenir de Podemos. La teatralización de las diferencias políticas entre ambos proyectos quedó en evidencia en las ponencias de los documentos políticos. Los discursos de Íñigo Errejón y Pablo Iglesias apenas se distinguen en algo más que el emisor. Ambos podrían haber firmado lo que su contrario afirmó en la asamblea.

Pablo Iglesias intentó transmitir en su intervención que había captado el mensaje de la militancia: “El ensimismamiento y la división trabajan para el enemigo”.

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Vistalegre2: vamos a tranquilizarnos y guardar los smartphones

Vistalegre2, Asamblea, Congreso, Podemos

Este artículo sobre Vistalegre2 está incluido en #LaMarea46

¿Está libre? Puedes sentarte, compañero. Prefiero que me llames Antonio, que es más transversal. Errejonista, ¿no? De todo el centro del núcleo, ¿y tú? Mira qué camisa de cuadros traigo. Por Laclau bendito. Me llamo José Miguel, pero puedes llamarme El Pera, que es como me llaman los compañeros de lucha. Los de abajo, quieres decir. No, quiero decir mis compañeros con conciencia de clase obrera. Está bien, Pera, ¿sabes a qué hora empieza esto? Pablo ha tuiteado que en 15 minutos y Echenique, que es el que organiza, le ha dado Fav, así que está confirmado que en 15 minutos. Pues en el grupo de Telegram “Vistalegre2, ganar el futuro con una sonrisa”, me dicen que Íñigo acaba de empezar un directo por Facebook y de momento no ha dicho nada sobre la hora a la que salen, puede que empiece con retraso. ¿Ya estáis con los boicots? Esperar a que entren los de afuera no es boicot, es no dejar atrás a nadie, nunca más una plaza de toros multiusos sin su gente. Me cago en la hostia puta… Con eso de hostia puta dejas fuera a un montón de creyentes y los necesitamos a todos para alcanzar la mayoría. Mira, no me cambio de sitio porque desde aquí hay buen ángulo. Sí que hay buen ángulo, sí.

(Antonio saca su teléfono móvil, hace una foto y teclea). ¿Ya estáis con los hashtags? ¿Qué hashtags? A ver el móvil (El Pera arrima su cabeza hacia el teléfono de Antonio, y este gira la pantalla). Lo sabía, ya estáis con las sonrisas y las mierdas reventando el congreso, os vais a cagar. (El Pera saca su móvil del bolsillo y empieza a escribir). ¿Qué haces? Avisar para que contraataquemos con un #HoyNoÍñigo y mandarle un DM a Rafa Mayoral, que me sigue en Twitter; a ver si os achanta un poco, que él tiene cara de mala hostia. Pera, no le escribas a Mayoral, vamos a tranquilizarnos y guardar los smartphones. Tú primero. Mira, tranquilo, guardo el mío muy despacio, ahora tú. Te vas a librar porque venía en el autobús escuchando al Nega y estoy con poca batería. Vamos a relajarnos. Sí, como dijo Pablo en su vídeo con el tronco y la chimenea, haya paz, al fin y al cabo, todos queremos lo mismo. Eso es, construir una patria más justa. ¿Patria? La patria es la gente. ¿Has dicho patria? Y los hospitales. ¿Estamos firmando la paz y tú me vienes con la patria? Los colegios públicos también son patria. Me cago en la hostia, mira, a ver si aprendes de aquel señor que entra por allí: don Juan Carlos primero de la clase obrera.

¿Ese es Monedero? Sí, es… No, espera, es Joaquín Reyes. Joder, es verdad. ¿Va disfrazado de Monedero? O eso o usa chalequillos por gusto. Qué grande, seguro que es errejonista. Y una mierda. (El Pera grita “Joaquín” mientras levanta el puño. Antonio levanta los dedos en forma de uve. Joaquín Reyes se gira y saluda agitando la mano). ¿Ves? Errejonista, ha saludado transversal. La palma de la mano no es transversal, es la puta palma de la mano. (El Pera y Antonio sacan los móviles a traición y sin previo aviso. #JoaquínConElPueblo y #LaSonrisaDeJoaquín son Trending Topic nacional durante todo el congreso).

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Podemos o Trump

Artículo de Íñigo Errejón, portavoz en el Congreso de Podemos y candidato de la lista Recuperar la Ilusión

MADRID// Con la investidura de Trump como presidente de los Estados Unidos se abre definitivamente una nueva época a escala global marcada por la disputa entre reductos más o menos estables de la hegemonía neoliberal y fuerzas populistas emergentes de distinto cuño. Poco antes del crash de 2008, y después de décadas de indisputada omnipotencia neoliberal, parecía que las élites acariciaban la fantasía tecnocrática de la política reducida a la mera administración de lo existente. La llamada “Tercera Vía”, primero teorizada por Anthony Giddens y Ulrich Beck y después aplicada vehemente por políticos como Tony Blair, dejó a las clases populares huérfanas de una alternativa a la hegemonía neoliberal antaño representada por la socialdemocracia clásica. Es conocida la anécdota de Margaret Thatcher que, en un alarde de teoría hegemónica, reconoció entre risas al New Labour de Blair como su mayor logro.

En el sueño húmedo de las élites -“el fin de la historia” de Fukuyama- la globalización habría borrado las identidades y pasiones colectivas de la política, así como cualquier necesidad de una cierta idea de comunidad o pertenencia. Tanto lo creyeron así que con la crisis económica vieron incluso una correlación de fuerzas favorable y la ventana de oportunidad para otra nueva ofensiva oligárquica de recorte de derechos. En la “modernidad líquida”, los gobernantes rozaban una democracia individualizada de consumidores y la utopía proto-totalitaria de una democracia sin pueblo. Pero como advertía Freud, lo reprimido siempre vuelve y, a partir de 2011 apareció el fantasma del populismo indisociablemente unido al retorno de lo político entendido como antagonismo y construcción del “pueblo” como sujeto colectivo. Las élites vieron en este fenómeno social una suerte de anomalía infantil, animal e irracional exaltada por las bajas pasiones de la plebe mas, en rigor, no era otra cosa que el síntoma del desmoronamiento de los regímenes y élites tradicionales, cobrándose la desintegración del campo socialdemócrata como primera víctima.

En general, existen tres grandes asideros identitarios: Dios, la clase y la nación. Descartando la primera opción en los Estados laicos, la segunda tampoco parecía más plausible teniendo en cuenta las profundas transformaciones en el mundo del empleo como la deslocalización de la industria y la clase obrera tradicional, la emergencia del precariado y el mantra de “we are all middle-class now”. Se abría así una carrera hacia lo nacional-popular, entendido como un lugar vacío aún por construir y en disputa entre fuerzas progresistas y reaccionarias, un momento constituyente en el que los distintos pueblos de Europa debían elegir sobre qué base refundar su país (el “We the People” con el que empieza la Constitución yankee). El populismo no es más que una “forma” o “lógica” política, pero lo que le da un contenido concreto depende de la elección del adversario: si es el penúltimo contra el último o “la gente” contra una minoría privilegiada y corrupta, “la casta”.

Debería ser un motivo de orgullo nacional que en España el 15M y sus secuelas –mareas, PAH, etc- no solo pusieran la primera vacuna a cualquier rearticulación de las identidades en sentido reaccionario (racista, por ejemplo), sino que además señalaran el camino y construyeran los mimbres simbólicos e imaginarios para una mayoría social nueva, transversal y alternativa a la del régimen. En este sentido, Podemos no nació para representar al 15M porque este es, en rigor, “irrepresentable”, pero sí para llevar esta voluntad colectiva nueva a derrotar las élites en su propio terreno. Como el arquero de Maquiavelo, Podemos apuntó alto para llegar lejos: si bien aún no ha conseguido el objetivo al que miraba, sí ha conseguido el objetivo al que apuntaba: enfrentarse a las grandes maquinarias en hasta seis contiendas electorales, consolidar un espacio político propio, evitar la restauración del Régimen del 78 y mantener la posibilidad de seguir abriendo brecha en el futuro desde posiciones conquistadas decisivas. La flecha sigue volando alta.

Después de una suerte de empate catastrófico que parece haber prorrogado la disputa indefinidamente, Rajoy busca ahora la derrota sobre todo moral del cambio, gobernar sin convencer, y por eso nosotros debemos hacer justo lo contrario mientras tanto: dirigir culturalmente antes de ganar. No es momento de replegarse o atrincherarse, sino de seguir a la ofensiva y tener la iniciativa. Las que faltan en este proceso tienen nombre propio: rostro de mujer, mayores y viven sobre todo en el mundo rural. Por eso es una tarea política fundamental feminizar la organización, así como democratizar, descentralizar y federalizarla para quizás dejar de ser una máquina de guerra electoral tan agresiva, pero ganando la capacidad de otorgar más certezas y generar más confianza entre los y las de abajo.

No hemos llegado hasta aquí enfadándonos con nuestro pueblo y esperando apocalipsis para ganar las elecciones y el país. Una fuerza realmente transformadora no choca contra el sentido común de su gente sino que lo ve como materia prima con la que trabajar para rearticularla en otro sentido. Nadie duda de que este país ya ha cambiado gracias a Podemos, ahora Podemos tiene que cambiar para ganar el país. Un ‘fenómeno Trump’ en España es hoy imposible, pero sólo lo seguirá siendo mientras seamos una fuerza democrática, transversal, popular y patriótica.

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La controversia favorable: una crítica al errejonismo

Menotti y Bilardo fueron algo más que dos entrenadores, que los seleccionadores que llevaron a Argentina a ganar sus únicas Copas del Mundo en 1978 y 1986. Durante décadas mantuvieron un antagonismo convertido en escuela, en filosofía de vida más allá del fútbol. Menotti, flaco, fumador, de simpatías izquierdistas, apostaba por un juego al ataque en el que debía participar todo el equipo, donde el balón había que tenerlo y mimarlo durante todo el encuentro. Por contra para Bilardo, el narigón, el doctor, la victoria era consecuencia de buscar la puerta del rival sin importar otras consideraciones, ni siquiera morales, según explican las estrafalarias leyendas asociadas a su persona. Lo interesante de esta historia es que el debate, al menos en los medios españoles, se planteó de una forma parcial cuando no falsa, una que venía a decir que mientras que los equipos de Bilardo jugaban feo pero ganaban, a los de Menotti les daba igual el resultado mientras que jugaran bien.

Recordando esta rivalidad me ha sido difícil no pensar en la campaña previa a Vistalegre 2, no tanto porque los candidatos pudieran representar el choque filosófico de los entrenadores, sino sobre todo porque la forma en que la facción errejonista ha planteado la contienda recuerda a esa falsa elección, que tanto daño hizo al fútbol, entre ganar y jugar bien. De las múltiples habilidades del secretario político de Podemos brilla por encima de todas la capacidad de construir escenarios de controversia favorables, o dicho de otra forma, no es tan importante la explicación de las ideas propuestas como la unión artificial de esas ideas a unas categorías positivas que además marcan negativamente al rival. Cuando Errejón dice que él quiere a un Podemos ganador, no sólo se apropia de algo que se supone obvio, sino que señala a sus adversarios con el estigma de la derrota.

¿Cómo no ser errejonista? Íñigo apuesta por la transversalidad frente al aislamiento, por lo nuevo frente a lo antiguo, por la credibilidad frente a la radicalidad. Es un poco como el anuncio de uno de esos coches último modelo, de los que desconocemos su velocidad, fiabilidad o precio, pero que nos prometen prestigio, aventura y felicidad. Da igual que ninguna de esas características sea mensurable, poco importa que asociar esos sentimientos a un vehículo sea un ejercicio de subjetivismo: la berlina reluce y la música suena muy bien. De ahí que Errejón sea hasta el momento más protagonista que los anticapitalistas, con sus propuestas ideológicas explícitas, o Iglesias, desdibujado, entre un frente interno donde se ve menos acompañado por los cargos medios y externo, donde está más expuesto por su posición.

La precampaña en torno a la asamblea ciudadana estatal, de momento, está siendo de corto recorrido, más allá de los encontronazos vía redes, llamativos pero de nula confrontación ideológica. De su resultado no dependerá tan sólo la línea política o la secretaría general, no disputada pero en juego de facto, sino también el futuro de la convergencia y la resolución de un desencuentro que supera al propio Podemos, ese que enfrenta a la izquierda con el populismo progresista. De hecho, Izquierda Unida se ha convertido para el errejonismo en un chivo expiatorio con el que ilustrar lo que no desean.

Es habitual la formulación de esa proposición cerrada que sitúa a la izquierda como una antítesis del Podemos buscado por el errejonismo, una izquierda que polariza por su radicalidad, sus presupuestos teóricos anticuados, su táctica rígida y sus principios inasumibles por la mayoría. Una conveniente caricatura que, a modo de espejo, el ala centrista de Podemos comparte con la oposición interna de IU, que antes veía todas esas atribuciones en su organización (radicalidad obrerista, ortodoxia ideológica, táctica firme y principios coherentes) mientras que hoy las considera barridas por el liquidador Garzón.

Normalmente, la creación de un antagonista vale para agrupar fuerzas en torno a un proyecto, casi tanto como para tapar las carencias, los debes y los patinazos del mismo. Lo interesante es que ese antagonista rara vez responde a la historia que le hemos adjudicado. Basta, como ejercicio, acudir a las campañas que Izquierda Unida realizó en las últimas dos décadas para darnos cuenta de que el relato propuesto no se ajusta a la realidad.

En las generales del año 2000, con Frutos coaligado con el PSOE de Almunia en el Senado, la coalición de izquierdas se presentó con el lema “Somos necesarios” y un spot de campaña donde el actor Paco Rabal ponía la voz mientras que se sucedían imágenes de gente en un bar de barrio poco favorecido por el “milagro económico”. En 2004, ya con Llamazares, el anuncio electoral recogía consignas como “somos la voz que quiere un mundo mejor”, “otro mundo es posible” o la apelación a los “ciudadanos”. En 2008 IU no quería “ni espectáculos ni parafernalias” y creía que “lo importante son las ideas y las personas. En 2011, ya con Cayo Lara, la consigna fue “los que viajamos en autobús somos más” o “los que creemos en la democracia somos más” acompañada de imágenes de personas que sufrían y denunciaban desahucios, paro, precariedad y recortes junto al apoyo de personalidades como Carlos Berzosa, Almudena Grandes o Alberto San Juan.

Para los más jóvenes o incluso para las personas con memoria escasa habrá sido toda una sorpresa comprobar que las consignas empleadas no se diferencian tanto de las que ha utilizado Podemos en los procesos electorales en los que ha concurrido. Tanto teóricos de la transversalidad como de la liquidación tienden a fetichizar el lenguaje, otorgándole unas propiedades casi mágicas, dejando volar la imaginación hacia el pasado, en una divergencia gemela, que recuerda una radicalidad que realmente nunca existió.

Respecto al conformismo con la derrota, ese al que también hacía referencia Iglesias por el año 2015, no se me ocurre más que calificarlo de tergiversación. Cualquier persona que en el periodo anterior a 2011 hablara de forma seria de la aspiración de victoria de IU hubiera sido tachado de inmediato de loco. El contexto económico, social e ideológico de esos años -no sólo en nuestro país sino a un nivel europeo- había puesto a la izquierda en posición de repliegue, tan sólo apoyada por unos cuantos votantes que la apoyaban casi por convicción moral. La situación no era mucho mejor en la calle, donde pese al latido de los últimos años del aznarato en torno al Prestige, la huelga general del 20J y la guerra de Irak, las manifestaciones habituales rara vez conseguían reunir a más de un par de miles de personas. Hablar de política, de cualquier tipo de política, era de hecho algo que poca gente hacía en público o con sus amistades, y menos si eran jóvenes, más allá de comentar los devaneos de Losantos o algún otro predicador. Plantear en este contexto la victoria como algo voluntarista puede funcionar desde la óptica actual para una generación cuyo despertar fue el 15M, pero no se mantiene para nadie más.

No se trata de exonerar a Izquierda Unida de su trayectoria, sino comprender, como sí ha hecho el propio Iglesias ya en 2017, que Podemos no explotó solo, sino como consecuencia de un bloque social y popular formado en esta última etapa pero con conexiones -sobre todo la de aquellos dirigentes tanto de Podemos como externos al mismo- que se formaron en otras luchas y otros tiempos. Que los profesores de la Complutense supieron aprovechar ese momento, que cabalgaron bien la ola de expectación de los medios y que disfrutaron de una perplejidad e inacción por parte de un régimen tambaleante tampoco debería dudarlo nadie. La cuestión es que esto casa mal con la aspiración del populismo progresista de que el exitoso surgimiento de Podemos fue consecuencia de la reapropiación léxica propuesta por su secretario político. Sin casta no hubiera habido paraíso, parecen decir.

Ser poco exigente con la caracterización de la historia reciente plantea dudas sobre cómo se va a afrontar el futuro inmediato. Mientras que la posición respecto a la convergencia con IU es clara: “no pareció funcionar”, sentenció Errejón en su documento dando por amortizados todos los estudios que se esforzaron por explicar el 26J desde múltiples causas, la futura relación con el PSOE se dibuja de una forma más ambigua, por un lado no descartando alianzas tácticas y por otro pensando en la moderación para no asustar a unos votantes socialistas desencantados, precisamente, con la moderación y desdibujamiento extremo del partido de Ferraz. Cabe preguntarse qué hacer con esa extendida idea de la equiparación del PSOE y el PP como partidos turnistas de un mismo régimen político, cómo encajar de forma razonable esta nueva enmienda en todos aquellos que habían cortado amarras con la alternancia.

La única forma de hacerlo es dando por cerrado el periodo anterior, pensando que el gobierno surgido tras el descabezamiento socialista tiene recorrido y legitimidad, mientras que las fuerzas del cambio, a todos los niveles, se han desfondado. Ningún periodo de protestas puede extenderse indefinidamente en el tiempo, por el mero desgaste, la presión de la vida cotidiana y un cierre abrupto desde lo electoral del que el propio Podemos formó parte, lo cual no significa que la lectura parezca precipitada y autosatisfactoria. Por un lado porque vuelve a situarse en la misma posición de esa izquierda parlamentaria de la que tanto dice distanciarse el errejonismo, que contemplaba calle e instituciones como entidades separadas, donde, en todo caso, lo decisorio eran las acciones de los profesionales de la política, postergando la protesta a un ámbito entre lo festivo e inocuo o la radicalidad marginal. Por otro porque las contradicciones sistémicas siguen ahí, no en un estado de latencia, sino de asunción resignada por parte de sus víctimas. Si Rajoy encuentra una legislatura tranquila no será tanto por los nuevos recortes o llevar con discreción la tácita gran coalición, sino por el enclaustramiento de la política a un edificio, a la frontera de lo parlamentario por todo horizonte. Porque la historia ya nos ha enseñado que no hay táctica lo suficientemente pensada o político lo suficientemente brillante para no acabar desactivado por el sopor de lo institucional.

Por último queda el punto en el que el errejonismo más cree destacar o, al menos, en el que siempre hace hincapié con soltura, el que suelen denominar la recuperación de las nociones centrales, del sentido común, en la vida pública española. Lo cual no deja de resultar sorpresivo ya que, pese a la gran cantidad de material teórico desplegado en incansables documentos, conferencias y artículos, los resultados siguen sin apreciarse en el terreno práctico. De hecho se diría que Rajoy con su sensatez, Aguirre con su chabacanería, Rivera con su gestión neutra, Susana Díaz con su campechana insustancialidad o Andrea Levy con su conservadurismo pop, obtienen resultados más notables que Errejón con su agenda patriótica.

Bien es cierto que todo el arco derechista juega en casa, es decir, sus elaboraciones simbólicas forman parte de lo ya existente, con lo cual su labor se limita a elegir alguna conveniente y representarla con algo de soltura. Por contra, quien emprende una lucha cultural por la hegemonía desde posiciones de cambio tiene una doble tarea, por un lado el de no parecer demasiado alejado del punto medio, mantener una legitimidad necesaria para no aparecer como un iluminado, pero por otro, aunque resulte paradójico, minar la legitimidad existente al confrontarla con sus propias ideas. Es este difícil equilibrio, obsesión teórica de la izquierda a lo largo del siglo XX, el que el populismo progresista cree romper postergando todo aquello que resulte conflictivo y sustituyéndolo por reapropiaciones que les otorguen credibilidad. En términos prácticos, cuando Moruno, responsable de discurso, o una buena parte de Ahora Madrid, laminaron a los titiriteros no fue por un error o un desliz, sino porque siguiendo esta hoja de ruta es una irresponsabilidad radical denunciar montajes policiales ya que no es un tema considerado dentro de la agenda de lo posible o lo aceptable por la gran mayoría del electorado.

Resulta significativo que el resultado para quien dice dominar la lucha por los sentidos comunes haya sido la derrota en todas las batallas culturales en las que se ha visto inmerso hasta ahora, cuando no la indiferencia de la mayoría de ciudadanos a sus propuestas, al menos a un nivel de desatención tan notable como el que se presta al folclorismo identitario comunista. Es inédita, o al menos a mí no me consta, la intervención de las figuras intelectuales del errejonismo en los debates y conflictos donde se crean los sentidos comunes. No he visto a Jorge Lago polemizar con ningún escritor de extremo centro o a Germán Cano discutir con ningún columnista de esos que se dicen políticamente incorrectos, por citar a dos figuras notables. Se les espera en el barro, la legitimidad de los nuevos constructores de relatos de la derecha no para de crecer.

Por otro lado Pérez Reverte, Javier Cárdenas, Jorge Cremades, Ana Rosa Quintana, Pablo Motos, Iker Jiménez, Bertín Osborne, Risto Mejide o una parte sustancial de los youtubers, todos encarnaciones de esa reacción de sitcom de tanto éxito y tan perniciosa, no paran de hablar de política siempre desde una posición en la que parece, para la mayoría de sus seguidores -que se cuentan por millones-, que tan sólo están hablando desde el entretenimiento, la lógica más palmaria o la simple opinión imparcial y desinteresada. Se hace difícil pensar que Íñigo Errejón y sus seguidores sean capaces de disputar los consensos con artificialidades léxicas y juegos de laboratorio a tal colección de profesionales de la hegemonía. La narratividad política y la lucha cultural sólo pueden ser exitosas cuando se asientan en miedos, aspiraciones y desequilibrios reales, y cuando se cuenta con las mínimas herramientas de creación y difusión. Aunque esto, por desgracia, no es sólo una asignatura pendiente para la corriente centrista que nos ocupa, sino para todo Podemos y el resto de fuerzas de la izquierda, incluidas las no institucionales.

El interés que despierta Errejón o los debates que provoca su corriente, justo es reconocerlo, tienen sin duda que ver con una original concepción de la actividad política no vista en este país anteriormente, que ha arraigado con fuerza en gran parte de los cargos y simpatizantes de Podemos, de igual manera que una forma de plantear las discusiones que, más a menudo de lo deseado, se asemeja a un hábil juego retórico y publicitario que a la política con mayúsculas. La cuestión, en perspectiva, es que mientras que otros actores han ido adaptando sus presupuestos a la cambiante situación de estos últimos años, el errejonismo es el que, paradójicamente, más anquilosado en sus presupuestos se está mostrando, no sabiendo leer la necesidad de una convergencia más allá de lo electoral y dando un balón de oxígeno al sistema político del 78 con sus repliegues institucionales.

Salvo acuerdos por una asunción de debilidades entre las corrientes mayoritarias -si la política hace extraños compañeros de cama, la política orgánica puede desembocar en fastuosas orgías- los simpatizantes de Podemos serán los encargados de juzgar la potencia y conveniencia del proyecto de populismo progresista de Íñigo Errejón, en una votación que marcará no sólo el futuro de la organización morada sino que influirá decisivamente en los acontecimientos inmediatos de todo el país.

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