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Recuerdo

Ha pasado un año, y no parece que fue ayer. En este año ha pasado una eternidad y ya nadie es el mismo que fue en su opinión sobre el procés. Hace un año, los que ayer y hoy deseaban y desean la unión estaban estupefactos, y los que ayer y hoy deseaban…

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La patria de Banco Sabadell: ni Cataluña ni España

Sucursal del Banco Sabadell. Foto: Álvaro Minguito.

ASIER ANDRÉS Y JOSÉ BAUTISTA // Dinero, patria y las paradojas del procés. En mayo de este año, Banco Sabadell puso su sede en Miami a disposición del vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras, para su tour por EEUU en busca de aliados empresariales. Pero la tradicional cercanía de este banco con algunos líderes y partidos que hoy conforman Junts pel Sí no pudo evitar que el pasado 5 de octubre Banco Sabadell, uno de los grandes estandartes del poder financiero catalán, se convirtiera en la primera empresa del Ibex 35 en anunciar la salida de su sede social de Cataluña ante el anuncio de una posible declaración de independencia por parte del Govern.

El emblemático banco, con 136 años de historia y un rol clave en el auge de la industria textil catalana, tiene ahora su sede en Alicante, en el mismo edificio que albergaba el centro operativo de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM), adquirida en 2011 al precio simbólico de un euro, aunque sus servicios centrales siguen en Barcelona. El 18 de octubre, la entidad informó de que pensaba mover su presidencia a Madrid.

Hay un dicho popular que dice que “un buen banquero debe bailar en todas las bodas”. El Banco Sabadell lo ha hecho. Durante años mantuvo una estrecha relación con el catalanismo conservador y, aunque pueda parecer una historia lejana, solo hay que remontarse algunos años para hallar ejemplos claros.

Lee el reportaje complejo haciendo clic aquí o entrando en lapágina web de #YoIBEXtigo.

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Vente pa la trena, Dastis

Alfonso Dastis, ministro de Asuntos Exteriores. Foto: Gobierno de Lituania.

“Las cárceles en España, y en particular a la que se va a enviar al señor Puigdemont cuando venga, reúne todas las comodidades que, no ya solo los presos, sino que muchas personas quisieran disfrutar” — Alfonso Dastis, ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, dixit.

Análisis de texto en tres puntos y un mensaje.

Uno: El ministro considera que una cárcel es un lugar en el que a una podría apetecerle vivir. Y no sólo eso, la considera un lugar por el que una suspira. Del tipo “ay, si yo pudiera pasar contigo las navidades en Nanclares, tigre mío”. Incluir en dicha frase el verbo “disfrutar”, es más, unir las ideas de disfrute y cárcel en la misma oración, provoca una siniestra sospecha, retrata a un siniestro individuo y traza siniestros futuros. Tener como ministro a un hombre capaz de considerar “disfrutable” una estancia en la cárcel podría despertar todas nuestras alarmas, y con razón.

Dos: El ministro afirma que los presos se mueren por estar allí. Pero no solo ellos, que los presos, ya se sabe, son seres de caprichos exquisitos. En opinión del bueno de Dastis, es mucha la población no reclusa, “muchas personas”, o sea ciudadanos, con una vida tan perra que mejor estarían presos. Más o menos aquella frase tabernaria de “al menos allí comen caliente tres veces al día”, con la diferencia de que este señor no es Manolico el del anís sino el ministro de Asuntos Exteriores. Sin duda, la España en la que Mariano Rajoy, su jefe, ve el fin de la crisis es aquella en la que se vive mejor en la cárcel que en tu casa.

Tres: Dastis tiene tan claro el guión de la opereta que llevan tiempo interpretando, que ya conoce el nombre de la cárcel “a la que se va a enviar al señor Puigdemont”, y seguramente el número de celda y el compañero, así como el texto de las diversas sentencias que acompañarán al caso en el transcurso de la obra.

Mensaje: Dastis, colega, vente pa la trena, que lo de la libertad es una mierda, ya lo puedes jurar, que pa qué quiere una la libertad si no tiene un mendrugo que echarse a la tripa, vente, hombre, que sí, que la libertad está sobrevalorada, tigre, que aquí no es como en esos CIES tuyos, donde ni dios sabe lo que pasa, y lo que pasa aquí… Que te lo cuenten los tuyos.

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Los faroles de Rajoy y Puigdemont

Juego de naipes. Foto: Nacho Gonmi.

Un conflicto en los términos que el Estado español planteó el pasado 1 de octubre en Catalunya no va a ser tolerado en el seno de la Unión Europea. Ese día, a primera hora de la tarde, cuando las imágenes de la brutal represión policial ya ocupaban las portadas de toda la prensa digital de referencia internacional, alguien dio la orden de parar esa barbaridad que el gobierno y las fuerzas policiales habían previsto mantener hasta la noche. Aquel día, la Unión Europea (UE) estableció unas nuevas reglas de juego para la cuestión catalana: respeto a la constitución, sí; violencia contra ciudadanos pacíficos, no. Se trata de una presión de mínimos, puesto que la UE sigue en la línea de no intervención en un “problema interno”, pero supone un duro condicionante para un gobierno del Partido Popular que estaba dispuesto a justificar tanta violencia policial como fuera necesaria para acabar con el movimiento independentista amparándose en la legislación española. Al fin y al cabo, según la Constitución, España es indisoluble e indivisible y las fuerzas armadas tienen la misión de defender la unidad territorial.

El plan represivo de Mariano Rajoy, apoyado por amplios sectores del nacionalismo español y muy bien resumido por el ‘a por ellos, oé’, es inaplicable a día de hoy. Una reacción violenta por parte de algunos sectores del independentismo habría cambiado el relato por completo, abriendo así la vía de la impunidad para la policía española. Pero, a pesar de la campaña de manipulación posterior, liderada por el ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, las imágenes de la brutalidad de ese día merecen pocos matices en el ámbito mediático y político internacional. Rajoy jugó la carta de la represión sin tener en cuenta que la prensa internacional no iba a ser tan servicial como los periodistas de El País o La Razón, y se quedó sin juego.

Por su parte, Carles Puigdemont ya había previsto este escenario violento, consciente de la presencia de miles de policías antidisturbios en el puerto de Barcelona que habían llegado con la misión de evitar el referéndum. Obviamente, el día 1 de octubre no se iban a quedar en el barco, y la represión, según la planificación de los sectores independentistas, supondría el punto de inflexión para que la comunidad internacional intermediara finalmente en el conflicto catalán. Esta era la última buena carta con la que contaba el gobierno catalán: mostrarle al mundo hasta dónde estaba dispuesto a llegar el ejecutivo de Rajoy para evitar la expresión de una voluntad política legítima. Y, a pesar de las condenas, la jugada a Puigdemont también le salió mal. La Unión Europea no cambió ni una sola coma de su argumentario a la hora de justificar la no intervención en esta cuestión, más allá de hacer un llamamiento a la no violencia.

El día 2 de octubre, Rajoy y Puigdemont se quedaron sin juego y, desde entonces, han ido de farol, hasta que finalmente hemos descubierto sus cartas. Conocedores de que ni uno ni el otro podía ganar en esta ronda, el día 26 de octubre casi se llegó a un acuerdo de rendición mutua y temporal para que Puigdemont convocara elecciones a cambio de una aplicación suave, casi simbólica, del 155. Tanto Rajoy como Puigdemont se encontraron entonces entre la espada y la pared. Por una parte, las bases españolistas pedían a gritos arrasar con saña la autonomía catalana, no un 155 descafeinado. Por otra, con la mera difusión del rumor de la convocatoria de unas elecciones autonómicas por parte del presidente de la Generalitat, muchos independentistas ya señalaron a Puigdemont como el gran traidor de la causa. Ante tal presión interna, los dos gobernantes optaron por doblar la apuesta y seguir con el farol.

El día 27 de octubre Puigdemont permitió la votación en el Parlament de Catalunya para declarar la independencia e impulsar el proceso constituyente de la República Catalana, entre muestras de júbilo y celebración histórica en las calles de Barcelona. En Madrid, Rajoy realizó una soflama constitucionalista en un Senado enfervorecido que sirvió para satisfacer a aquellos sectores sociales y políticos que exigían mano dura. Pero todo era un gran farol. Mariano Rajoy sabía que, con periodistas de todo el mundo en Barcelona, con una oposición absolutamente pacífica y con la advertencia europea, su idea de un 155 duro era inviable, más allá de la destitución del gobierno y el control titular y provisional de las instituciones catalanas, que no es poco pero es una ínfima parte de lo que a priori se anunció.

Rajoy no ha entrado en Catalunya como advirtió porque sabe que es imposible sin un grado de violencia, represión e intervención inauditas en democracia. De ahí que convocara elecciones en Catalunya lo antes posible, como casi había acordado el día anterior con Puigdemont. El gobierno catalán, por su parte, después de la declaración de independencia, ha cedido de facto a las demandas del 155, ha abandonado sus despachos y parte de él se ha presentado ante la justicia, motivo por el cual ocho de sus miembros se encuentran encarcelados. Además, va a presentarse a las elecciones del 21 de diciembre, aunque las considera ilegítimas. El suflé, a pesar de los graves acontecimientos de estos días, se ha rebajado y lo que se preveía un escenario de violencia y resistencia en las calles de Barcelona es ahora una nueva ronda de la larga y tediosa partida de póquer llamada ‘procés’.

Los recursos políticos son casi inexistentes en el bando gubernamental, que se ha jugado el éxito de su estrategia a la represión institucional, la persecución judicial y el despliegue de su diplomacia internacional. Por otra parte, Puigdemont juega a día de hoy una buena pero arriesgada carta, la de la internacionalización forzosa. Un cuestionamiento del ordenamiento jurídico español por parte de la Justicia belga en el contexto del proceso de su extradición y la de sus consellers incrementaría la presión sobre la Unión Europea, que asiste a este choque institucional en un silencio casi inquebrantable.

El fiscal general del Estado, José Manuel Maza, titulaba su querella contra el gobierno catalán y los miembros soberanistas de la mesa del Parlament con un jocoso ‘más dura será la caída’. Cabe que nos preguntemos: ¿la caída de quién? Con Rajoy y Puigdemont reforzados por sus formaciones y sus socios eventuales, quien de momento muestra más flaquezas es el régimen del 78, germen de una disputa política impropia de un estado moderno y democrático. El presente ordenamiento jurídico nos aboca a un tenebroso callejón sin salida. Como ya ha anunciado el triunvirato constitucionalista (PP, PSOE y Ciudadanos), si las fuerzas independentistas vuelven a ganar y a implementar sus programas electorales, se aplicará más 155 y se producirán más encarcelamientos. No hay democracia que pueda aguantar tal aberración por mucho tiempo, así que tan sólo hay dos salidas: la reforma progresista y el reconocimiento del soberanismo catalán como movimiento político legal y legítimo o la deriva hacia un autoritarismo selectivo, respaldado por una legislación que bien puede reformarse en este sentido, aplicable a determinados territorios o ideologías. El tiempo de los faroles está expirando.

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Hacernos mayores

Banderas independentistas independentismo en la Diada. | La Marea

MANUEL SOLER CASES* // El tránsito de la adolescencia a la etapa de madurez tiene un componente esencial que la singulariza: la aceptación de reglas. Es el camino al orden y a la legalidad, a través de un pacto social tácito, que organiza las necesidades y regula los conflictos que invaden el espacio de convivencia dentro de la vida colectiva. Desde la perspectiva del adulto, el adolescente es a menudo un reflejo de una etapa que ya habíamos dejado atrás, un recuerdo molesto, un elemento perturbador de la medida de la autoridad.

La adolescencia, pues, expulsa la vida adulta de su espacio de confort, porque nos obliga a enfrentarnos a una conducta disruptiva, a una actitud de rebeldía, a una situación de descontrol. Porque debemos dedicar tiempo y esfuerzos a compensar la energía liberada y perdida, la situación de frustración provocada por la falsa percepción de la autonomía propia que tiene el individuo en la etapa de la pubertad. Nuestras objeciones son, en definitiva, un modo de enviarle señales de alerta, de decirle cuán incómodos y extraños nos hace sentir. Que aún no es como nosotros querríamos que fuera.

El Estado español ha asumido la estrategia de tratar al independentista como si fuera un menor de edad. Es la traslación, al terreno de la política, de la imagen que el adulto tiene del adolescente. Desde hace un tiempo, nos llegan señales amenazantes, que consignan una sola idea: ni podemos emanciparnos ni estamos preparados para hacerlo. Lo asumen como un axioma, pero es su manera inconsciente de decirnos que están inseguros, que tienen miedo, que se les hiela la sangre al pensar que el pleno ejercicio de la soberanía pueda implicar un cambio de paradigma, que este cambio pueda intrigar su condición de sujeto de poder, dominante.

En su concepción del mundo no existe nada que el pueblo pueda hacer sin la tutela del Estado. No eres pueblo si no estás maquinizado o robotizado, no lo eres si no has sido atomizado. La demolición del sujeto, del individuo, refuerza la capacidad de control de las élites. Les horroriza saber que podemos escapar a su sistema de prevención y control. Les aterroriza que el súbito desarrollo de una conciencia popular y la conquista simbólica de la libertad puedan amenazar el estatus de clase, el estándar de convivencia, la prerrogativa de poder, los privilegios otorgados por el pacto constitucional a la clase política dirigente y al sistema de valores que la sustenta.

Pero el poder implica obediencia y la autoridad, respeto. Y el Estado ya ha perdido crucialmente esta segunda batalla. Su estrategia contiene diversos errores de cálculo, el primero de los cuales es haber trasmudado la causa independentista en una lucha por la defensa de los derechos humanos y las libertades fundamentales. De este modo, han internacionalizado su inseguridad, han perdido el relato, han rendido la imagen y han renunciado de antemano a la victoria moral sobre el soberanismo. Por nuestra parte, hemos tenido la habilidad y la fortaleza de deconstruir la falacia del Régimen del 78, de devastar el espejismo de democracia y de hacer emerger los valores caducos de la España axial. De la España quintacolumnista y franquista.

En la coyuntura actual, de ruptura, de legitimación cívica e institucional, de empoderamiento popular, España se ha hecho difusa y extranjera en Cataluña. Se ha pulverizado. Pase lo que pase, ya hemos ganado.

*Manuel Soler Cases es filólogo y profesor.

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