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Misa de 12 en la mezquita

La mezquita de Córdoba, tras la celebración de la misa de 12.

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Los domingos a las doce, en medio de un estruendo de campanas, la mezquita-catedral de Córdoba se cierra al uso recreativo, turístico y cultural y se abre en exclusiva como templo. Como templo católico. Guardias de seguridad bloquean la entrada a los turistas y solo dejan paso a quienes manifiestan su intención de asistir a la misa. “Fotos no, fotos no, por favor”, imponen. Suenan unas notas de órgano. La puesta en escena es espectacular, solemne, antigua, ritual. Unas 300 personas esperan en silencio. En primera fila, una monja. Atrás, el coro, compuesto por diez mujeres y cinco hombres. Entran siete clérigos a paso lento. La luz cae sólida, como mantequilla, por cuatro ventanales. Rodean una vidriera que representa a la, así llamada, virgen María. El incienso dibuja humo a contraluz. Cierra la comitiva un hombre maduro, con gafas, lleva una mitra blanca con una franja verde, una casulla a juego. Son espléndidos sus ropajes, solemnes, antiguos, rituales. Se acerca a un trono blanco. De pie, rodeado de su séquito, dice:

“En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. (…) La paz esté con vosotros. (…) Hasta setenta veces siete, nos dice Jesús en el Evangelio, tenemos que estar dispuestos a perdonar a nuestros hermanos porque dios nos perdona siempre. Setenta veces siete. Mil veces, por eso le pedimos perdón, que él es rico en misericordia”.

Es el Obispo de Córdoba, Demetrio Fernández González, quien así habla. Se sienta, al terminar, en el trono blanco. Hay poder aquí.

Hay un poder que permite a la Iglesia Católica hacer uso de la Mezquita-Catedral, su denominación oficial, como le parece oportuno. “Es un lugar sagrado. Durante su visita, guarde el debido respeto, observe las instrucciones del personal al cuidado del mismo y cumpla con las (…) normas y recomendaciones. Le recordamos que el recinto tiene como objeto principal ser un templo católico (…). Por tanto, su uso queda restringido al culto religioso católico, así como a la visita turística y cultural. Le agradecemos su colaboración”. Así lo exponen en la web mezquita-catedraldecordoba.es.

En el año 2006, la Iglesia registró por 30 euros la mezquita-catedral como su propiedad. En el año 1946, por una reforma franquista de la ley hipotecaria, se le reconoció a la Iglesia la misma autoridad para inmatricular (inscribir un bien por primera vez en el registro de la propiedad) que a cualquier administración pública. Hasta 1998 estaban excluidos los lugares de culto, pero una reforma del gobierno Aznar en aquel año abrió la puerta para su inscripción. Durante años, hasta 2015, cuando el gabinete del PP modificó al fin la ley hipotecaria para impedir esta práctica, la Iglesia puso a su nombre miles y miles de bienes inmuebles simplemente enviando a un representante del arzobispado a comparecer en el registro con un papel que decía que eso era suyo.

La Iglesia ha inmatriculado, según se estima, unos 40.000 bienes en este tiempo. También bienes no religiosos: plazas, calles, locales comerciales, cocheras, pisos, cementerios, murallas. Nadie, fuera de la jerarquía católica, sabe aún cuáles ni cuántos son exactamente.

Pagar en metálico y sin factura

No se trata solo de un asunto nominal, de piel, de creencias, de relaciones entre un Estado aconfesional y una religión, sino que tiene también consecuencias económicas. “La Iglesia es un paraíso fiscal dentro del Estado porque no declara ni tributa. Puede y debe haber exenciones, pero lo grave es que ni siquiera declaran”, afirma Antonio Manuel Rodríguez Ramos, profesor de Derecho Civil en la Universidad de Córdoba.

“En la mezquita-catedral de Córdoba no puedes pagar con tarjeta ni te dan recibo. Deme factura que la voy a desgravar. No te la doy. Tienes que pagar en metálico y sin factura”, denuncia Rodríguez Ramos. “En consecuencia, ¿no es eso dinero negro? ¿A dónde van los millones y millones de euros que no declaran?”, se pregunta el profesor. “Nadie lo sabe. Si tiene 1,5 millones de visitantes al año, a diez euros la entrada, son 15 millones de euros que no tributan ni declaran. Si lo multiplicamos por todos los templos católicos del país, ¿de cuánto dinero estamos hablando?”, remacha.

Evangelio según San Mateo 18, 21-35. El obispo, en su homilía, diserta sobre el perdón y las deudas. 70 veces 7. A su criado, “aquel dueño, compadecido de él, le perdonó esa gran deuda, pero él al salir de allí se encontró con el compañero que le debía como el sueldo de un mes más o menos. Y le dijo: ‘O me lo pagas o te llevo a la cárcel’. Cuando se enteró el dueño de que este criado, que había sido tratado con compasión y misericordia, trataba él de otra manera a su compañero, lo mandó llamar. ‘¿De manera que has sido perdonado abundantemente y no eres tú capaz de perdonar las minucias de cada día?’. Termina la parábola diciendo: lo mismo hará mi padre con vosotros si no perdonáis de corazón a mi hermano, a vuestro hermano. Tan importante es este mensaje que Jesús lo ha introducido en el padrenuestro: ‘Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’”.

Como en Portugal

La Alhambra es bien público, se fiscalizan sus cuentas, pero las cuentas de la jerarquía católica, no. Generan una enorme competencia desleal con nuestros servicios públicos, entran en competencia directa con lo público. En el resto de Europa, la Iglesia declara y tributa, los bienes pertenecen al Estado, no a la Iglesia. Las catedrales de Portugal pertenecen al Estado portugués, así lo reconoció el Vaticano en un pacto con el Estado, que se ocupa de su mantenimiento. Me cuesta entender por qué se reconoce eso para Portugal y no para España”, afirma Rodríguez Ramos.

¿Existe alguna solución? ¿Cómo se impugnan las inscripciones en el registro? ¿Una a una? “La Iglesia ha invertido la carga de la prueba. Pero se van ganando pleitos. Que se abra un comisión en el Congreso –propone el profesor– para buscar una solución, no uno a uno. Antes tenemos que conocer exactamente la magnitud del expolio. Siempre hemos buscado una vía jurídica, ¿por qué no el precedente portugués, reconocer que son bienes de extraordinario valor? Y que se respete el uso religioso, por supuesto. Aquí nadie cuestiona ese uso ni nadie cuestiona el uso de la catedral de Lisboa, de París. Esa podría ser una solución”. El cepillo, esa tradición tan católica, no falla en la misa de 12. Una mujer pasa el cesto. Hay varios billetes de diez, de cinco y monedas de dos, de un euro, de cincuenta, de veinte, de diez, de cinco céntimos.

El cierre es solemne, antiguo, ritual. Suena el órgano en el corazón de la mezquita, allí donde toda la arquitectura, la iconografía es católica. Dice el obispo: “Jesucristo nos manda perdonar hasta 70 veces 7. Siempre (…). Mirándole, nos damos cuenta de que dios nos perdona continuamente. Que tengáis todos un buen domingo. Podéis ir en paz”.

Se escucha un estruendo de campanas en el patio de los naranjos, bajo el sol. Es la una de la tarde.

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Las noticias climáticas de la semana

Escocia prohíbe el fracking

Tras una campaña de cuatro meses de consultas e investigación, el gobierno escocés ha decidido prohibir el fracking de forma definitiva. Las consultas, que estuvieron abiertas desde enero hasta mayo de 2017, han recibido alrededor de 60.000 respuestas, con un 99% de ellas en contra de aprobar esta técnica extractiva. El fracking, que ya se usa de manera masiva en Rusia, China y Estados Unidos, es un método de extracción de gas y petróleo que consiste en fracturar las rocas del subsuelo inyectando líquidos a alta presión. Sus consecuencias sobre el medio ambiente se relacionan con contaminación de acuíferos, fugas de metano e incluso terremotos. Además, los que se oponen al fracking plantean que, si debemos eliminar emisiones de CO2, extraer más combustibles fósiles no es el mejor camino.

Contaminar y ganar

Gas Natural Fenosa ha tumbado el concurso eléctrico de Madrid, al considerar que la cláusula que premiaba la energía libre de emisiones era contraria a la libre competencia. El apartado otorgaba de 0 a 5 puntos (sobre 100) a empresas cuya producción de energía estuviese completamente libre de emisiones de gases de efecto invernadero. La multinacional denunció duplicidad de criterios, al haber otra cláusula que exigía que la energía proporcionada al Ayuntamiento procediese de fuentes renovables. Según Gas Natural Fenosa, esto tenía como objetivo único favorecer a las comercializadoras más pequeñas. El consistorio madrileño debe ahora reelaborar los pliegos del concurso.

Tirón de orejas de la ONU

No solo en violencia policial se gana España la decepción global. La secretaria para Cambio Climático de la ONU, Christiana Figueres, afirmó en una entrevista con EFE que el gobierno de Mariano Rajoy debe hacer de la lucha contra el calentamiento global una cuestión de Estado. La diplomática pidió al Ejecutivo que “no ponga un texto de ley encima de la mesa sin haber llevado a cabo antes una amplia consulta”. Asimismo, Figueres pidió dejar a un lado intereses partidistas y electorales en cuanto al suministro eléctrico. La entrevista llega la misma semana en que hemos sabido que los arbitrajes por los recortes en el sector de las renovables nos pueden llegar a costar a todos unos 7.000 millones de euros.

A Dios lo que es de Dios

Más de 40 instituciones ligadas a la Iglesia Católica han anunciado que retirarán sus inversiones de la industria de los combustibles fósiles. A pesar de que el monto total del movimiento no se ha hecho público, el tamaño de las instituciones involucradas (que incluyen a Cáritas y a la Conferencia Episcopal de Bélgica) hace pensar que esta pueda ser la mayor desinversión de grupos religiosos jamás registrada. El movimiento sigue la estrategia marcada en la encíclica Laudato Si, redactada en 2015 por el papa Francisco I.

El 25% de la energía global es renovable

La cuarta parte de la electricidad mundial ya procede de fuentes renovables, según un informe de la Agencia Internacional de la Energía. A pesar del rápido crecimiento de las energías limpias, que supusieron dos tercios del total de capacidad eléctrica instalada en 2016, aún están lejos del carbón, la principal fuente de electricidad en el planeta (y una de las más contaminantes). Además, el informe destaca el papel de China, que ya es el líder mundial indiscutible en energías renovables. El 40% del crecimiento mundial corresponde a instalaciones en el gigante asiático.

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La Justicia europea cree que algunas ayudas fiscales a la Iglesia pueden ser delito

La Iglesia hace campaña cada año para que los contribuyentes marquen su casilla.

Las exenciones fiscales de las que disfruta la Iglesia Católica en España “pueden constituir ayudas estatales prohibidas” si se otorgan en relación con actividades económicas como la enseñanza no subvencionada, según una sentencia publicada este martes por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE).

La corte comunitaria, con sede en Luxemburgo, precisa que las actividades de enseñanza no subvencionadas por el Estado español, como el Bachillerato, “parecen revestir carácter económico”, pues se financian mediante el pago de las matrículas y mensualidades de los alumnos o sus familias.

El TJUE responde así a un asunto presentado por la Congregación de Escuelas Pías Provincia Betania/Ayuntamiento de Getafe, que invoca al acuerdo entre España y la Santa Sede para solicitar la devolución de un impuesto municipal sobre construcciones, instalaciones y obras por importe de casi 24.000 euros que la referida congregación había abonado por obras realizadas en un edificio escolar en el que se ubica el salón de actos del colegio.

Los locales en cuestión se utilizan para impartir enseñanza primaria y secundaria reglada por el Estado, que equivale a la que se imparte en los colegios públicos y que se financia íntegramente con cargo a fondos públicos. También se utilizan para impartir enseñanza preescolar, extraescolar y postobligatoria, que no está subvencionada con fondos públicos y por la cual se cobran derechos de matrícula.

La solicitud de devolución fue desestimada por la autoridad tributaria. Según ésta, la exención no era aplicable, dado que se había solicitado respecto de una actividad de la Iglesia Católica que no tiene una finalidad estrictamente religiosa. El Juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 4 de Madrid, ante el que recurrió la congregación religiosa, pregunta al Tribunal de Justicia si debe considerarse que la exención fiscal controvertida, aplicada en este caso a un edificio escolar, es una ayuda estatal prohibida por el Derecho de la Unión.

Así, el asunto plantea al mismo tiempo la cuestión fundamental de si el hecho de que un Estado miembro exima a una comunidad religiosa de determinados impuestos, incluso respecto de actividades sin una finalidad estrictamente religiosa, puede constituir una ayuda estatal prohibida.

En la sentencia dictada este martes, el Tribunal de Justicia declara que la exención fiscal controvertida puede constituir una ayuda estatal prohibida si las actividades ejercidas en los locales en cuestión son actividades económicas y en la medida en que lo sean, extremo que corresponde comprobar al juez nacional.

A este respecto, el TJUE precisa que únicamente las actividades de enseñanza no subvencionadas por el Estado español parecen revestir carácter económico, puesto que se financian fundamentalmente mediante contribuciones financieras privadas a los gastos escolares. Señala también que corresponde al juez nacional determinar si los locales en cuestión están destinados, al menos en parte, a tales actividades económicas y en qué medida.

El Tribunal de Justicia añade que la exención del impuesto municipal de que se trata parece cumplir, en todo caso, dos de los cuatro requisitos exigidos para poder ser calificada de ayuda estatal prohibida, en la medida en que conferiría a la congregación a cargo del colegio una ventaja económica selectiva y, por lo tanto, supone una disminución de los ingresos del Ayuntamiento y, por tanto, el empleo de fondos estatales.

Por lo que respecta a los otros dos requisitos (esto es, el de la incidencia de la ventaja económica en los intercambios comerciales entre los Estados miembros y el de la distorsión de la competencia), los magistrados sostienen que la exención controvertida podría hacer más atractiva la prestación de los servicios de enseñanza de la congregación religiosa en relación con la prestación de servicios de centros también activos en el mismo mercado.

En contrapartida, recuerda la sentencia que, según el Derecho de la UE, se considera que las ayudas que no superan el límite de 200.000 euros durante un período de tres años no afectan a los intercambios comerciales entre los Estados miembros ni falsean ni amenazan con falsear la competencia, de modo que tales medidas están excluidas del concepto de ayudas estatales.

Así, el juez nacional deberá comprobar si en el presente asunto se alcanza dicho umbral, tomando en consideración únicamente las ventajas de las que haya disfrutado la congregación religiosa en relación con sus eventuales actividades económicas.

Por último, el Tribunal de Justica considera que, aun cuando el acuerdo entre España y la Santa Sede sea anterior a la adhesión de dicho Estado miembro a la Unión, la exención fiscal controvertida no debería considerarse, en su caso, ayuda estatal existente, sino ayuda nueva. En efecto, el Impuesto sobre Construcciones, Instalaciones y Obras no se introdujo hasta después de la adhesión. Por consiguiente, si el juez nacional declarase la existencia de una ayuda estatal, ésta debería notificarse a la Comisión y no podría ejecutarse sin su consentimiento.

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Jóvenes Papas, viejos comunistas. Contra la política de la amabilidad

Jude Law, en la serie 'El joven Papa' I La Marea

Voy a empezar hablando de una serie y un documental. Curiosamente la primera es una ficción que parece anticipar un hecho plausible, mientras que el segundo, mostrándonos un suceso real, se contempla hoy como una ficción. La idea del desarrollo lineal de la historia, como una sucesión de acontecimientos que se superponen con el sosiego del calendario, nos vale para imaginar un concepto inalterable de orden pero rara vez para explicar los saltos adelante, en muy poco tiempo, o los retrocesos pintados como modernidad.

No sé si han visto la reciente El joven Papa, una de esas producciones con gusto cinematográfico de la HBO, dirigida por el italiano Sorrentino. Sin entrar a desvelar mayores tramas argumentales —y ganarme con ello sus iras— la serie gira en torno a la llegada al trono de Roma de un pontífice apenas rozando la cincuentena, norteamericano y apuesto, interpretado por Jude Law. Sin mayores datos cualquier persona pensaría que el hilo narrativo versará sobre un personaje heterodoxo y aperturista enfrentado a la curia católica, al fin y al cabo el apelativo de joven así nos lo debería indicar.

Sin embargo, la ficción dirigida por Sorrentino justo va en el sentido opuesto. Su Papa es un reaccionario que, alertado por el retroceso de la Iglesia, plantea unas medidas extremistas en la línea de expulsar a los homosexuales del ministerio, tachar a los fieles de superficiales o restaurar la liturgia en latín. El poder político vaticano le advierte de unas consecuencias que no tardan en llegar: los católicos, atemorizados, dan la espalda a la Iglesia. Lo interesante es la explicación que el joven Papa da para justificar su aparente maniobra suicida: la Iglesia católica no es una ONG, no está para repartir sonrisas ni consuelo, venderse amable como un producto más. La Iglesia Católica es misterio, infalibilidad y tradición, son los creyentes los que tienen que acercarse a ella con humildad, respeto y devoción total y desinteresada. Dios no es un coacher.

Lo otro de lo que les quería hablar es del documental Le fond de l’air est rouge, realizado en 1977 por Chris Marker. La película se pregunta, casi diez años después de la ola revolucionaria del 68, en qué ha quedado el proyecto emancipatorio. Su propio título, traducido por algo así como La esencia del aire es roja, es un juego de palabras en base a una expresión francesa que viene a decirnos que la revolución, aún presente, no ha acabado de sustanciarse, de tomar tierra. Y, atención, cuando hablamos de revolución no lo hacemos como una metáfora, como una idea abstracta para expresar cambio, lo hacemos —lo hacían en la época— con toda su connotación y dureza, con toda su realidad, lo hacían como se hacía en la Rusia de 1917.

En el documental hay una escena donde se escucha a un hombre, intuimos joven, hablar sobre la muerte de un compañero del Partido Comunista Francés, mientras que vemos las imágenes de la factoría donde estuvo empleado, ese día cerrada por decisión de los trabajadores para rendirle tributo. El narrador comenta, admirado, emocionado pero también pensativo, cómo el camarada muerto había dedicado su larga vida en exclusiva a su partido, a su clase, efectivamente, a la revolución. Cuenta que sufrió torturas en la ocupación nazi, cárcel en la república democrática, privaciones materiales por las reprimendas patronales, pese a ser un excelente y dedicado profesional. “Seguro que perdió muchas tardes de paseo, con sus hijos, su mujer, seguro que se perdió muchas puestas de sol”, cito de memoria.

Quizá, tras los dos pasajes, intuyan por dónde voy. Pero traigamos antes de la conclusión un nuevo cuadro a escena. Eso que se llamó la revolución neoconservadora (las apropiaciones utilizadas por historiadores también son reflejo de quién gana las batallas), es decir, la ofensiva que los ricos, sin más adjetivos, lanzaron a finales de los años 70 para destruir todos los avances de los acuerdos sociales de posguerra, siempre es analizada desde el punto de vista económico y político. Ya sabrán, el despiece del Estado del bienestar, el adelgazamiento del sector público, la desregulación del sector financiero, la pérdida de derechos laborales, la recuperación del individualismo egoísta, la política internacional basada en el militarismo y un clasismo atroz. En definitiva, una macedonia propuesta por extremistas del libre mercado para restaurar la idea victoriana de sociedad. Sin embargo, al analizar esta radicalidad en tirantes, rara vez se explica que el verdadero triunfo de estas ideas no vino de una lucha honrada frente a sus opositores keynesianos y marxistas, sino producto de una estrategia mucho más sibilina.

Si era imposible que la mayoría aceptara tal locura si la lucha se libraba en el campo político, tal y como era concebido en la época, la solución era destruir la política en sí misma. Condenarla a una suerte de, en el mejor de los casos, gestión de una única dirección y, en el peor, una actividad miserable de la que la ciudadanía debía abjurar. La política, hasta ese momento un hecho social transversal a todas las clases, practicada por el parlamentario en las instituciones, por el banquero mediante el susurro, también era propiedad del sindicalista, del estudiante, del activista de barrio, incluso de la escritora, la madre o la campesina. No era algo ajeno a sus vidas, ni algo puntual ni esotérico. El gran triunfo del neoliberalismo fue lograr, no sólo que la gente perdiera interés en la política, que la consideraran una actividad propia de profesionales decadentes, sino sobre todo transformar la política en algo envasable y vendible. La política dejó de ser una actividad social esencial para pasar a competir en el mismo nicho de cualquier entretenimiento. Y claro, perdió.

Desde luego si la política a desarrollar es la del continuismo de la demencia thatcheriana esta situación resulta de lo más conveniente. Si, por contra, la política quiere introducir cambios en este orden asentado no puede conformarse con su forma actual. ¿Debemos volver, como propone el joven Papa de Sorrentino, al latín ideológico? No, pero sí tener en cuenta que si la política quiere trascender de sus lugares habituales, aunque parezca contradictorio, debe volver a ser política dura, esto es, reafirmarse a sí misma en sus esencias como el ejercicio colectivo de conducción de la comunidad.

La política no puede quedar confinada en un edificio, de la misma forma que no puede ser un objeto amable y consumible que el votante, cada cierto tiempo, compra en un mercado electoral. La idea de que la política está para darnos cosas, como si fuera una máquina expendedora de refrescos en el que apretamos sin mayor criterio un botón, es abyecta. La política no puede ser un espectáculo del sábado noche en el que elegimos equipo con la esperanza de que nuestro tertuliano favorito tenga una intervención brillante. La política no tiene que ser amable, ni decir a la gente lo que quiere escuchar, que no es más que lo que otros interesadamente han sentenciado como lo razonable.

Los partidos de izquierdas no compiten hoy contra los partidos de derechas, compiten contra el ocio planificado, contra la amnesia de lo cotidiano y el sopor anestesiante de lo diario, contra un sistema de valores que nos recuerda cada día, cada hora, cada minuto que no hay opción posible, que todo ha sido así siempre y que es imposible de cambiar. Ser de izquierdas no puede estar en el mismo epígrafe que ser aficionado al triatlón, la gastronomía sofisticada o la ornitología. Si ser de izquierdas —luchar contra este desbarajuste que tiene visos de llevarnos de nuevo al precipicio, llámenlo como quieran— es percibido como una opción, ahí sí, estamos derrotados. Porque lo que comprendió el militante de la peli de Marker, y tantos millones más, fue que aquella lucha no era una opción sino algo consustancial a sus vidas, algo que no se elegía, de la misma forma que no podemos elegir otras muchas cosas en nuestra sociedad, todas, casi siempre, decididas por los de arriba. No era una cuestión de formación, ética o valentía, que también, sino de experimentar lo que ahora es ajeno como algo propio.

No se trata de exigir que la enorme brecha entre el entonces y el ahora desaparezca tan sólo enunciando el problema, ni exigir la totalidad de la aspiración a un presente y a unos protagonistas con los sentidos atrofiados y la confianza quebrada. De lo que se trata es de intuir que de entre los que se alejaron de la política o vuelven intermitentes y timoratos hay muchos que agradecerán asumir su papel esencial en reforestar el desierto antes que en volver a ser espectadores pasivos de una promesa de paraíso que saben imposible.

Repitamos juntos: que se joda el votante medio.

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Poliedros políticos y religiosos

Procesión LA MAREA

En los primeros días de abril, la Agencia Tributaria (AT) inicia la campaña de liquidación del impuesto de la Declaración de la Renta (IRPF) de 2016. Según el último informe de la AT (2015), la recaudación por el IRPF supuso unos ingresos del 6,86% del PIB. De esos ingresos, aproximadamente unos 250 millones de euros van a parar, año tras año, a las arcas de la Conferencia Episcopal Española (CEE), y alrededor de otros 150 millones (de la casilla de fines sociales) se destinan a diversas entidades de la Iglesia católica y, también, de otras religiones para programas de contenido religioso y social, aunque también para propaganda y proselitismo.

Las casilla de la Iglesia católica (Ic) la vienen señalando aproximadamente uno de cada tres contribuyentes, a pesar de la enorme y embustera campaña publicitaria que cuesta varios millones de euros y que la Conferencia Episcopal, con el apoyo del Gobierno (y de algunos medios de comunicación), montan cada año por estas fechas. Eso sí, la hacen con el dinero de todos, es decir público. Algo realmente aberrante.

Ya le gustaría a Europa Laica poder gastar una muy pequeñísima parte de ese costo para explicar sus razonamientos.

Hacienda (con la complicidad del Parlamento) sustrae aproximadamente unos 250m€/año del Impuesto de la Renta y los entrega (a plazos) a la Conferencia Episcopal. Es decir los quita del impuesto de la Renta que paga toda la ciudadanía (católicos o no, que quieran o no financiar a la Iglesia católica…) y que lo emplean en pagar los salarios de curas y obispos, los gastos corrientes de las Diócesis, sus eventos y liturgias, sus propios medios de comunicación, en sus empresas, en inversiones en bolsa, en el proselitismo católico, en sus campañas de propaganda (entre ellas algunas contra diversos derechos civiles)… y, si hay sobrante de caja, va a parar engordar las arcas vaticanas. Esa sustracción ilegítima del IRPF elimina la posibilidad de hacer inversión pública, como hospitales escuelas, carreteras, medio ambiente…

Y eso es sólo una pequeña parte. El Estado español pone a disposición de la Iglesia católica más de ONCE MIL MILLONES de euros/año (*) a través de subvenciones, donaciones, colaboraciones, ayudas, cesiones, restauraciones…  o a través de las enormes exenciones tributarias de las que disfruta. Con ese 1% del PIB, la corporación católica actúa como un potente lobby ante los partidos políticos, el Gobierno y el Parlamento. También ante otros poderes del Estado, ante los ayuntamientos, ante los Cabildos y Diputaciones y ante los órganos legislativos de los diversos territorios. Son como una enorme tela de araña que se incrusta en los espacios del poder económico, político y mediático, con la intención de continuar con privilegios ancestrales. Ello nos cuesta a cada ciudadano y ciudadana (católicos o no) unos 240€/año – como verán: una muy buena cuota, eso sí, obligatoria.

Del Estado criptoconfesional al Estado laico o ¿al Estado multiconfesional?

Si “ninguna confesión tiene carácter estatal” (art. 16.3), si “todos somos iguales ante la ley”, (art. 14) de la Constitución, ¿por qué toda la ciudadanía hemos de contribuir al sostenimiento de las religiones? Porque estamos ante un grave incumplimiento constitucional que se alarga en el tiempo. Un grave delito político del Parlamento (y los diferentes Gobiernos desde 1978), con políticas y políticos cómplices que lo estimulan y lo consienten.

Y en vez de rectificar sacando la casilla del impuesto de la Renta y hacer que las religiones se autofinancien (la Santa Sede se comprometió a ello en 1979); en vez de eliminar los enormes privilegios fiscales de los que disfruta; no financiar una educación religiosa y dogmática… por ejemplo… ahora se observa que se están sacando de la “chistera política” que toda la ciudadanía (a través del IRPF) financiemos a musulmanes, evangélicos, mormones, budistas, testigos de Jehová, judíos, cristianos ortodoxos… Vamos, una “feria”.

Si no quieres chocolate, ¡toma dos tazas, o tres o cuatro…! Y así todos y todas contentos. Y así extender (como ya se viene haciendo, poco a poco) exenciones tributarias, donación de suelo público, subvenciones para sus saraos, liturgias, mantenimiento de imanes, pastores, etc. y financiar otras enseñanzas dogmáticas, caridad y beneficencia… Mientras, el Estado (los Estados y la Res pública) se va achicando y el Vaticano y otras corporaciones religiosas van engordando sus arcas y ocupando poder político, económico, jurídico y simbólico. Además de propiciar diversidad de colectivos fundamentalistas e integristas.

Existe una nefasta, torticera e interesada interpretación política de la “libertad religiosa”: la libertad religiosa NO tiene como finalidad que la ciudadanía financie las religiones o que el Estado asuma e interprete la cuestión religiosa como algo público y, además, les conceda privilegios. NO.

La libertad religiosa forma parte de la LIBERTAD DE CONCIENCIA, el derecho que tiene cada persona para creer o no creer, para manifestar públicamente o no unas determinadas creencias o no creencias. Y por ello el Estado está obligado a fomentar y proteger la “libertad de conciencia”. El Estado ha de ser rigurosamente neutral ante las religiones. Las corporaciones religiosas se han de autofinanciar y no deben disponer de privilegios específicos, por encima de cualquier otro tipo de asociacionismo y de la sociedad en general.

Las religiones (todas) como la política, son enormemente poliédricas, por ello, tanto se compenetran (política y religión), apoyándose para ejercer un determinado control social al servicio del poder de turno.

Muestran sus caras más nefastas y duras y sus caras más “amables”. Por ejemplo, la Iglesia católica muestra a su clero y seglares más necios, misógenos, homófobos, pederastas, incautadores, integristas… y, también, sus lados —aparentemente— caritativos, benévolos y benéficos… e, incluso, ahora a un “papado” abierto, comprensivo, tolerante, indulgente, ecológico y, en extremo, populista, al que alaban políticos y políticas poliédricos de casi todos los colores. Pero el poliedro es el mismo, sólo que cambia de cara en según qué intereses y momentos.

En España, por ejemplo, los mismos (polític@s) que se escandalizan por las tropelías que la Iglesia católica oficial y algunos de sus seguidores más fundamentalistas desarrollan, al mismo tiempo jalean a ciertos clérigos y a un papado (que con sus obispos) NO sólo no están dispuestos a perder ninguno de sus privilegios, sino que si, pueden, intentarán “saquear” aun más. Ya no digamos de la inmersión política de otras religiones cristianas o de otras naturalezas, que en España se materializa en tratar de avanzar, políticamente, hacia un Estado de corte multiconfesional, en vez de hacia un Estado laico.

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Libertad de agresión, o cómo los ultras se apropian de la rebeldía

Bus tránsfobo de Hazte Oír. I La Marea

A estas alturas todos ustedes se habrán enterado de la denigrante campaña del autobús fletado por la asociación ultracatólica Hazte Oír que ha paseado un mensaje alentando la transfobia por las calles de Madrid. Este no es un artículo sobre cuestiones de género, quien escribe no está especialmente versado en el tema, aunque tiene clara una máxima muy sencilla: hay que respetar la identidad sexual de las personas. El hecho biológico es que hay seres humanos que se sienten, de una forma indiscutible, de un género diferente al del sexo con el que han nacido. Y esto sucede sin ninguna influencia cultural exterior. Sucede, punto.

Ante esto la sociedad ha emprendido un camino que primero consiste en reconocer la existencia de la transexualidad; segundo, el facilitar a este colectivo soluciones a los problemas que se derivan de su condición y tercero, protegerlo de las discriminaciones y agresiones que sufren. No es un trato de favor, es cumplir la ley y el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos; es arreglar una situación injusta que hace partir a estas personas de una posición de desventaja; es una cuestión de lógica ética. Por desgracia, como demuestra este episodio, es un camino que está aún lejos de completarse.

Ante las críticas mayoritarias de la ciudadanía y la naturaleza ofensiva de la campaña, el Ayuntamiento ha ordenado a la Policía Municipal inmovilizar el autobús. Lo que está generando un nuevo debate —posiblemente el buscado por la organización católica— sobre la libertad de expresión, la censura y la persecución de determinadas ideas. Y este es el motivo del artículo. Intentar aclarar no sólo este hecho en concreto, sino el modus operandi usado habitualmente por la ultraderecha, que forzando nauseabundamente los derechos fundamentales pretende ampararse en ellos para atentar contra los mismos y aparecer, de esta forma, como opción de rebeldía frente a la inexistente dictadura de lo políticamente correcto.

Hay un hecho cierto. Al autobús de Hazte Oír se le inmoviliza utilizando un subterfugio que hace referencia a la publicidad en vehículos, ante la falta de una normativa municipal al respecto. La razón es evitar, lo antes posible, que la campaña se siga produciendo, a expensas de la actuación de la Fiscalía, que ya ha abierto una investigación urgente por delitos de odio, máxime cuando el gobierno del Partido Popular —bajo la firma del ministro del Interior Fernández Díaz—, declaró en 2013 a esta asociación de utilidad pública, lo que además de resultar aberrante, les proporciona ventajas fiscales, ayudas públicas y asistencia jurídica gratuita.

Hay un hecho falso y es que se ha atentado contra la libertad de expresión de Hazte Oír. Leerán palabras como “totalitarismo” o “censura” en boca de los sectores más reaccionarios de la sociedad cuyo proyecto se basa, precisamente, en el totalitarismo y la censura. Pero el motivo por el que esta campaña resulta susceptible de detenerse no es la paradoja, sino el propio motivo de la misma: el intentar negar la existencia y señalar, indirectamente, a las personas transexuales, acudiendo a los colegios a repartir propaganda justo en un momento en que las agresiones han aumentado.

La campaña pretende aprovechar la confusión y el desconocimiento que existe respecto a las cuestiones de género para, mediante un mensaje que parece sencillo, describir una situación que intenta pasar por obvia: “Los niños tienen pene, las niñas tienen vagina. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si naces mujer, seguirás siéndolo”. La cuestión es que los conceptos de hombre y mujer, de niño y niña, pueden ser sinónimos del sexo biológico con el que nace una persona, pero también pueden ser sinónimos de su género, es decir, de la construcción cultural y social que atribuye unos valores, roles y comportamientos al sexo biológico. Lo que la campaña viene a decir, mintiendo, es que no existen personas que se sienten de un género diferente al sexo con el que han nacido, pero no sólo se queda ahí, sino que niega la existencia de la propia transexualidad con el “seguirás siéndolo”. Es decir, expresa unas ideas que, repetimos, bajo una apariencia de verdad obvia, hace una aseveración tan peligrosa como negar la identidad, la posibilidad de existencia, a un colectivo de seres humanos, clasificándolos como una mentira, “que no te engañen”. No piden su ejecución en la cámara de gas, pero les niegan y les señalan, lo cual es ya de por sí suficientemente peligroso.

Cuando alguien expresa unas ideas que atentan contra los derechos humanos, como es el caso, hay razones no sólo legales, sino éticas, para entender que no estamos hablando de libertad de expresión, sino de libertad de agresión y que por tanto, ante un derecho inexistente como es el de agredir, señalar, negar la existencia, lo que se hace no es censurar, sino impedir esa agresión y defender a la víctima de la misma. Cualquier persona entenderá que si alguien pinta una estrella de David en un comercio regentado por un judío con intención de señalarle, ese individuo no está haciendo uso de su libertad pictórica de expresión, sino que se trata de una agresión injustificable, al igual que si la sociedad le condena no se trata de un acto de censura, sino de defensa. Puede parecer una exageración, pero la campaña del autobús se sitúa en la misma senda que conduce inexorablemente hacia la barbarie. De hecho, que la campaña no sea más dura y explícita, que se base en laberintos conceptuales, es debido a la precaución que tiene que tener quien maneja ideas de odio para exponerlas públicamente.

Cuando el obispo de Canarias, Francisco Cases, dice el martes que una actuación en los carnavales en la que aparecía simbología religiosa le resulta más dolorosa que el accidente de Spanair, está haciendo unas declaraciones que le definen como persona, que sin duda ofenderán a las víctimas del accidente, pero que no son susceptibles de ser englobadas en el mismo epígrafe que la campaña del autobús. Nadie puede negar el derecho al señor obispo a expresar una comparación tan desafortunada, cualquiera puede criticarle por considerar la comparación abyecta. Un católico puede sentirse ofendido por la actuación de los carnavales y está en su pleno derecho de criticar la representación. Pero no puede, por contra, pedir que esa actuación sea censurada, ya que, de mejor o peor gusto, no viene a decir que los católicos son una mentira, una aberración, ni les señala como un grupo social susceptible de ser negado y perseguido. Esto es, hay diferencias muy claras entre la libertad de expresión, la agresión, la censura y la defensa de los derechos fundamentales.

Que estas diferencias, claras, lo sean cada día menos responde a varios factores. El primero es que la legalidad se retuerce para que se amolde a intereses políticos que pretenden sustituir el debate ideológico por uniformidad, utilizando, en un espejo inverso de lo que estábamos viendo, a las víctimas del terrorismo como subterfugio para, esta vez sí, censurar, coartar la disidencia y dar sentencias ejemplarizantes que asusten a quien utiliza un discurso crítico. Sólo así se entiende que esta semana haya juicios en la Audiencia Nacional contra siete tuiteros, que las sentencias por delitos contra las víctimas del terrorismo sean mayores ahora que cuando ETA asesinaba, que no todas las víctimas del terrorismo tengan la misma consideración, o que las expresiones de odio ultraderechista que se producen en las redes sociales rara vez sean perseguidas.

El otro factor, del que ya hablamos por aquí de una forma mucho más amplia, es la táctica que la ultraderecha está empleando en todo el mundo, de manera exitosa, de hacer pasar su pensamiento por rebelde cuando no es más que la destilación más pura de las peores taras de nuestro sistema. En el propio autobús se hace referencia a un libro prohibido, dedicado a unas inexistentes leyes de adoctrinamiento sexual. En la faja del mismo aparece la frase “el libro que no quieren que leas”. El hecho es que sobre ese libro no existe ninguna prohibición y que si la llegara a haber, no sería por expresar ideas conservadoras, sino por expresar ideas que atentaran contra derechos y libertades fundamentales.

La táctica es la misma siempre: una organización que cuenta con el beneplácito declarado del Estado, que maneja un presupuesto desorbitado en relación a su tamaño e influencia social, que tiene a su lado a importantes firmas en medios, se hace pasar por una especie de grupo martirizado y perseguido, construyendo un hombre de paja indeterminado (el lobby gay, las asociaciones laicistas, la conspiración judeo-masónica…) que les impide llevar a cabo su cometido. Es mucho más atractivo presentarte como un indómito luchador por las libertades que como lo que eres, un totalitario que busca uniformar a la sociedad de acuerdo a un pensamiento fanático.

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