You are here

¿Por qué no dicen ‘ultraderecha’?

Ultras durante un partido de fútbol. Foto: Biso / CC BY 4.0.

Participo en un debate. Se da la noticia de un tipo llamado Ignacio Racionero, un “ultra” ligado al Atlético de Madrid, informan, detenido horas antes por apuñalar a un joven. Tomo la palabra y me permito puntualizar que el pollo no es un “ultra” a secas, sino un “ultra” de ultra-de-re-cha, neonazi. Entonces la conversación –muy resumida– toma, como de costumbre, estos derroteros:

–Bueno, pero ultras hay de izquierdas y de derechas.

–Sí, ya, pero en este caso estamos hablando de uno de ultraderecha. Neonazi.

–Estamos hablando de la violencia en el fútbol. Ese es el problema. La violencia. No le hacen falta adjetivos.

–A mí me parece que, ya que ha salido concretamente este tema, podríamos hablar de la tolerancia que hay con los neonazis y los violentos de extrema derecha, valga la redundancia, en los clubes de fútbol.

–Y con los de extrema izquierda.

–Sí, y también hay “aficionados” que gritan “puuuuta” aludiendo a la novia de un jugador acusado de maltrato. Acusado por ella. Pero como no estamos hablando de eso, sino de una agresión concreta, me ceñiré al caso. Y, por lo que he leído en la prensa, este tal Racionero pertenece a un grupo de hinchas organizado, conocido y tolerado por el club de fútbol. Y ese grupo es neonazi.

–Ya estamos… Qué más da que sea de extrema derecha o de extrema izquierda. La cuestión es la violencia en general, y lo cierto es que los clubes de fútbol han mejorado mucho en este aspecto.

Que me venza el agotamiento cada vez que se repite este tipo de ¿conversación? no significa que mengüe mi asombro. Al contrario. A ver, es como cuando un niño miente y se encastilla. No hay nada que hacer.

–No te has lavado los dientes.

–Sí me he lavado los dientes.

–No te los has lavado.

–Sí me los he lavado.

–No.

–Sí.

Y así. Tú sabes que no se ha lavado los dientes. Él sabe que tú sabes que no se los ha lavado. Pero también sabe que es su palabra contra la tuya. Y también sabe que no darás el paso de meterle la nariz en la boca porque rompería todo principio de confianza, incluso de convivencia. Vaya, la educación.

La diferencia básica es que estas gentes que se niegan a decir “ultraderecha” ya no son niños (y tampoco sabría yo decir si se lavan los dientes). Son los mismos que cuando el presidente o alguien de sus alrededores miente, miente indudable, indiscutiblemente, alegan que lo que dice es “incierto”.

¿Por qué lo hacen?

No vale contestar que no dicen “ultraderecha” porque ellos son de ultraderecha. No vale porque no es cierto. Si todos los del “incierto”, los de “y también de ultraizquierda”, los de “en los dos bandos pasó lo mismo”, los de Venezuela y Paracuellos, etcétera, fueran de ultraderecha, estaríamos a punto de morir. Es otra cosa, pero no logro entenderla. ¿Les pagan? ¿Es miedo? ¿Es porque tienen la certeza de que ellos siempre mandan, siempre son los que pagan?

Sé que resulta poco elegante cerrar un texto sin dar respuesta a las preguntas planteadas, pero esta vez ahí queda. Sencillamente quería compartir mi pasmo, mi inquietud.

Más en lamarea.com

Read More

Por qué los políticos no hablan de Cultura

españa

Desde hace algunos años, la Cultura se ha eliminado de los discursos electorales y de los propios programas de los partidos políticos. Algunos han difundido la idea de que se trata de un “asunto superfluo” en época de crisis. Más allá de la mentira que encierran tanto la afirmación como la “crisis”: ¿Es más o menos superfluo que el rescate de las autopistas o las entidades financieras? ¿Más o menos superfluo que los miles de millones anuales entregados a la Iglesia católica? ¿Más o menos superfluo que los millones destinados a publicidad institucional en los medios de comunicación?

El problema está en el espejo.

Lo cierto es que hemos sustituido la Cultura por el consumo de algo que llamamos “información”, con la embrutecedora pérdida que eso supone. Para empezar, porque la información está trufada de mentiras o sencillamente construida sobre ellas, y responde a los intereses de las oligarquías que la mantienen, mientras la creación responde solo al creador. Pero la diferencia no se queda ahí. La información caduca inmediatamente, hueca y volátil, trampa y cáscara, mientras la creación nos lanza hacia el futuro, dejando huella de lo que somos, un rastro que permanece y es herencia.

Y espejo.

La Cultura es el espejo en el que nos miramos como sociedad. Una obra literaria o cinematográfica, una obra de teatro o ensayo, una pieza musical, la arquitectura de un suburbio, por poner algunos ejemplos, responden a la sociedad a la que pertenecen, retratan sus carencias y sus incertidumbres, sus logros y sus desamparos. Y lo hacen sin responder a las presiones de los sistemas financieros o políticos. Lo hacen, y punto. Ahí nos vemos nosotros. Pero además, ahí podrán vernos las generaciones venideras. Cuánto hemos aprendido de esta Europa con Virginia Woolf, Camus, Bertolucci, Duras, Calvino, Mann o Passolini. Cuánto de esta España con Lorca, Rodoreda, Machado, Cela, Ramón J. Sender, Marsé o con Buñuel, los Querejeta, Almodóvar o León de Aranoa… La lista es inmensa y no se puede comparar con nada de todo esto que llamamos “información”. Bob Marley, Nina Simone, Auserón, Curtis Mayfield, Paul Weller, Aute, Cohen, Patti Smith, Brassens, The Specials, Siniestro Total, Battiatto… No acabaríamos… Scorsese, Coppola, Kubrick, Ford, Orson Welles, Godard, Lang….

Porque la Cultura es el espejo en el que mirarnos.

Solo comprendiendo esto podemos entender por qué los partidos políticos actuales la han eliminado absolutamente de sus programas, e incluso de la idea de gobierno que realmente tienen –la de los programas tiene poco o nada de real–.

Si permitieran, apoyaran y promovieran la Cultura, florecerían obras que serían espejo. Entonces, nosotros podríamos mirarnos en ella, ver en qué nos han convertido: en una panda de ignorantes que comparten su ejercicio de indigencia, su imposición del dolor y su idea sobre este miserable gueto blanco de consumo rodeado de alambradas.

Más en lamarea.com

Read More

Rajoy declara su respeto al franquismo

Mariano Rajoy en un mitin en Torrelavega. Foto: Partido Popular de Cantabria.

Rajoy ha contado en Costa de Marfil que él vivía antes en la calle Salvador Moreno, que a dicha calle le han cambiado el nombre y que no sabe por qué.

Podría parecer una idiotez, porque el presidente del Gobierno sí sabe lo que niega saber. Sabe que el tal Moreno participó en el golpe militar de 1936, que puso en marcha una Guerra de tres años sangrientos, crueles y dolorosísimos. Sabe que justo al terminar la Guerra, el tal Moreno fue nombrado ministro de una dictadura criminal que duró 40 años.

Claro que sabe todo eso, y que en España existe una Ley que ordena eliminar los nombres de dichos criminales de nuestras calles, como una forma de no seguirles honrando. Pero el presidente del Gobierno de España ha declarado: “He vivido muchos años al lado de la Escuela Naval de Marín, en la calle Salvador Moreno. Ahora no sé por qué le han quitado el nombre a la calle, yo la sigo llamando así”.

Que Rajoy lance a los cuatro vientos “yo la sigo llamando así” significa varias cosas.

Cosa 1: La más importante es que el presidente del Gobierno declara su respeto por los golpistas y los miembros de la dictadura. O sea, el franquismo.

Cosa 2: Además, supone que se pasa por la zona que tenga a mano la legislación española, él, que no solo preside el Gobierno sino que dice ser algo así como el amo de las llaves de “El Imperio de la Ley”.

Cosa 3: Y, por último, miente. Miente al decir “no sé por qué” blablabla. Pero a eso ya nos tiene acostumbrados.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Ya tenemos armas, y no son los medios

Manifestación contra las violencias machistas el 7 de noviembre de 2016 en Madrid.

El escándalo del millonario productor Harvey Weinstein y el posiblemente más famoso fotógrafo de moda Terry Richardson, entre otros, han sido los más sonados, pero no serán los últimos. Recuerdo que en 2014 se lanzó la campaña #NoMoreTerry, promovida por modelos que habían sufrido abusos sexuales por parte de Richardson. Y recuerdo que no pasó nada.

Recuerdo cuando se conoció un escándalo que ligaba al productor de vídeos pornográficos Ignacio Allende, Torbe, con dos futbolistas y asuntos de prostitución y abusos sexuales. Todo acabó en agua de borrajas, pero hay algo que no me quito de la cabeza. Pregunté a dos periodistas deportivos de distintos medios, en distintos momentos, por el asunto. “Pero bueno, pareces nueva, estas cosas las sabe todo el mundo”. Las cosas que, según ellos, sabía “todo el mundo” era que entre algunos futbolistas de élite se “consumía” chicas menores, algunas muy menores. “Son sus fans”, me argumentaron, “ellas quieren”.

Es evidente, después de oír las declaraciones de decenas de actrices, actores, directores, etc. que en Hollywood, de nuevo, “todo el mundo lo sabía”.

Yo soy periodista. Las periodistas, según a qué mundillo pertenecen, saben lo que ocurre. Es decir, las que siguen al PP saben lo que se cuece en despachos y restaurantes, las que cubren el mundo de la moda no contarán lo que ocurre entre bambalinas, los periodistas deportivos… Yo soy periodista y esto fue lo primero que les pregunté a aquellos dos colegas que sabían tanto de futbolistas: “Y si lo sabíais, ¿por qué no lo dijisteis?”. Me miraron como si fuera idiota.

Ahora parece que todos los medios de comunicación han decidido al fin tratar el durísimo tema de los abusos a las mujeres, abusos habituales en muchas profesiones y centros de trabajo. Pero no han sido los medios de comunicación quienes los han destapado. Pese a que lo sabían. No han sido los medios de comunicación –“todo el mundo lo sabía”– quienes nos han informado de la existencia de numerosos criminales en serie cuyos delitos eran tan populares que hasta se atrevían a perpetrarlos en público. El dolor, el abuso sexual, la violación y el uso brutal del cuerpo de las mujeres es y ha sido un asunto mucho menos serio que la peatonalización de una calle o las declaraciones de un presidente sobre los Toros de Guisando, el fichaje de tal o cual muchacho para una Liga deportiva o la forma en la que una reina escuálida repite indumentaria, seguramente tras conversar con su amigo imputado.

No han sido los medios de comunicación, irresponsables, corrompiendo su esencial función de informar del crimen, sino las redes sociales. En ellas, por fin, se ha oído la voz de unas cuantas mujeres, y luego unos cientos de ellas, y luego ya miles. Además de actores, directores, amigas y amigos, compañeras, los medios de comunicación han silenciado durante años estos crímenes.

Caben dos posibilidades, a cuál más preocupante: una es que ni siquiera los consideren crímenes; la segunda, que su construcción machista y patriarcal, sus cúspides trufadas de hombres, hayan callado por sentirse o saberse involucrados.

Incluso después de hacerse público, ha habido tipos que han osado declarar que entonces, en “aquellos tiempos” estos crímenes no estaban tan mal vistos. Hombre, hombre, hombre, será que no estaba tan mal visto por ellos, caray, porque a las que nos tocaban el culo o las tetas en discotecas, bares o transportes públicos, a las que sus jefes proponían cenas y viajes o represalias, a quienes han aguantado masturbaciones de sus superiores, etc., nos parecía igual de repugnante antes que ahora. La única diferencia es que entonces no teníamos armas para denunciarlo. Entonces, cuando en 2014 se lanzó la campaña #NoMoreTerry, las revistas de moda no se negaron a publicar las fotos de Richardson, por poner un ejemplo.

Ahora las cosas han cambiado, y mientras muchos medios de comunicación agonizan en merecido descrédito y guardan en conserva sus repugnantes silencios antiguos, las redes se han convertido en un arma. Un arma que poco a poco los va dejando en pelotas.

Y cuando afirmo esto, siempre aparece alguien alertándome de que las redes son un nido de “falsos rumores”. Les voy a decir, ya para terminar, cuál es el verdadero y asesino “falso rumor”, difundido además internacionalmente. Se llamó “Iraq tiene armas de destrucción masiva”. Ha costado la vida a millones de seres humanos, y no procedía precisamente de las redes, sino de los gobiernos –el nuestro, entre otros– y de los medios de comunicación.

Pero las redes son ya un arma. Y por eso les asustan.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Señales del horror

En la noche del 20 al 21 de noviembre, hace un par de días, centenares de franquistas, fascistas, sacaron su basura, su ser basura, a la calle. En Madrid, con antorchas, recorrieron la M30 –lloré con este vídeo– cantando himnos de espanto, llenos de su odio conservado en grasa, portando banderas negras con el yugo y las flechas, con el águila, honrando el horror, el dolor y el asesinato.

Más o menos al mismo tiempo nos enteramos de un chat donde varios policías deseaban la muerte de la alcaldesa Carmena y otros representantes públicos alababan a Hitler y deseaban que las chimeneas de los hornos crematorios del Holocausto volvieran a echar humo, donde describían cómo matar a inmigrantes clavándoles balas en el cráneo a martillazos. Y varias agrupaciones de policías los apoyan.

En estos mismos días se juzga la violación de una muchacha de 18 años a zarpas de cinco energúmenos, uno de ellos perteneciente al Ejército y otro a la Guardia Civil. Y medios de comunicación se cuestionan la “participación” de la víctima.

Es solo un repaso sucinto del espanto que empieza a ocupar los medios de comunicación, nuestras calles y nuestras vidas. Un repaso tomado al vuelo.

Si no somos conscientes de que esto no son “casos aislados”, sino los primeros síntomas de comportamientos que empiezan a cundir en nuestra sociedad, cuando los tengamos encima, cuando nos avasallen, será demasiado tarde. Recuerdo a los líderes de Podemos, Zaragoza en Común, PNV, ERC, etc. cercados por mostrencos de ultraderecha, sin auxilio policial; recuerdo el acoso a la familia de Mónica Oltra, bajo su casa; recuerdo demasiados episodios sucedidos últimamente sembrados de aguiluchos, de banderas, de violencia y odio contra la diferencia, contra el bien, contra la construcción de un diálogo sensato y el ejercicio de esta pequeña, defectuosa forma de civilización a la que nos aferramos.

¿Estamos ciegos o somos idiotas?

Hay una frase que se repite siempre en las peores masacres, los peores terrores perpetrados por seres humanos: “¿Cómo no lo habíamos visto venir?”. Es la frase de los ciegos, de los que son ciegos porque se tapan los ojos. De los mudos, de los que son mudos porque se tapan la boca.

Yo sí lo veo venir.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More