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Holanda frena a la ultraderecha a un gran coste: asume parte de su agenda

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ÁMSTERDAM // Los Países Bajos, heraldos indiscutibles de la Ilustración, salvan los muebles en unas elecciones que podrían haber alimentado la sensación de fuerza de los partidos de la ultraderecha europea. El actual primer ministro, Mark Rutte (VVD), ha ganado su pugna casi personal contra el candidato neonacionalista Geert Wilders (PVV) en las elecciones generales de Holanda. Obtiene 33 diputados, ocho menos que en 2012, pero 13 más que su rival. Detrás de ambos, empate casi técnico entre los democristianos (CDA), y los liberales más escorados a la izquierda (D66), con 19 escaños.

Los resultados amparan el principio del liberalismo en el corazón de Europa, impidiendo la victoria de un hombre con un fuerte componente antiislámico, pero ninguna de las tres fuerzas tienen la capacidad para superar los 76 escaños. Aunque la distribución final de los asientos puede cambiar ligeramente cuando termine el recuento de votos en los municipios más pequeños, no se producía un escenario similar en el que tres partidos no tenían mayoría suficiente para formar gobierno desde principios de los años 70.

La resaca electoral traerá un país con un arco parlamentario absolutamente fragmentado, al que Rutte deberá domar para lograr su tercer mandato: 13 partidos han conseguido su asiento en un Parlamento de 150 escaños distribuidos por representación proporcional directa. Los electores holandeses, debido a este sistema, solo han escogido a un partido que va a intentar formar gobierno con otros. No es un primer ministro o presidente, como ocurriría si Marine Le Pen ganara la segunda vuelta en las elecciones francesas. Sin embargo, hay una cosa clara: los Países Bajos han votado por un gobierno de centro escorado a la derecha y ninguna posible formación progresista podrá hacerse con las riendas.

Sea como fuere, aunque la posibilidad siempre hubiera sido remota, Wilders no gobernará. Ahora bien, había logrado una victoria parcial antes de empezar. La extrema derecha no necesita tocar el poder para influir en las políticas. Su programa no ocupaba más de un folio, pero como dice el investigador Maarten van Leeuwen, autor de una polémica tesis sobre los discursos parlamentarios holandeses desde un enfoque lingüístico que le tachaba literalmente de “fascista”, “Wilders ha presentado su opinión como un hecho irrefutable”. En este sentido, la sociedad de abogados holandesa ya denunció que cuatro de los principales partidos políticos que hoy tienen representación parlamentaria se han comprometido a tomar medidas en materia de inmigración “abiertamente discriminatorias”, ilegales y contrarias a la Constitución.

Wilders gana la batalla cultural

Algunas ideas ultraderechistas han calado en la sociedad holandesa. Así lo reflejaba una estudiante de 23 años, Kelsey Kolerbrander, después de depositar su voto en las urnas. La joven declaraba haber apoyado al Partido Animalista, se desmarcaba de su familia, “que ha votada en masa al PVV” y atacaba a su líder por no tener un plan. Aunque, sostenía, las personas que vienen a su país deben de adaptarse a los valores holandeses. “En esta cuestión tengo una visión conservadora. No me importaría echarles si fuera necesario”.

Incluso Rutte llegó a hacer suyo el lenguaje wilderiano con un carta abierta para “aclarar lo que es normal y lo que no en nuestro país… Actúe con normalidad o váyase”, que escribió en enero. Por lo tanto, si uno mira el resultado político la derrota se vislumbra irrefutable, pero la larga batalla por las ideas continúa. Se lo dijo el ultraderechista a los periodistas después de votar el miércoles en La Haya: “El genio no volverá a la lámpara y la revolución patriótica tendrá lugar igualmente”.

Lejos de un Ámsterdam que ha estado siempre a la vanguardia del liberalismo, donde el domingo se sucedieron demostraciones en favor de la Unión Europea y el PVV fue el sexto partido, el panorama es distinto: la inmigración y la integración europea son la cuestiones nucleares que quedarán aparcadas por la incapacidad de los partidos tradicionales. “¿Y ahora qué? ¿Volverán nuestros políticos a decirnos que nuestro peores mal han sido derrotados?”, se preguntaba Tom, un holandés europeísta de padre canadiense y madre alemana. Y sentenciaba premonitorio: “El estancamiento de nuestro país continuará”.

Sin un horizonte prometedor

La percepción que se respiraba en algunas ciudades era como si un sentimiento recorriera cual neumonía la espina dorsal de los votantes: los partidos hasta hoy hegemónicos parecen carecer de la capacidad, el coraje y la iniciativa para abordar las cuestiones que dividen a su sociedad y ofrecer propuestas tanto alternativas como realistas. “No me siento orgulloso de ser holandés”, señalaba un hombre de unos 70 años que llegó al colegio electoral de Leiden en bici y fumando en pipa. No quería ser identificado, aunque señalaba haber votado al candidato ultraderechista porque “estamos hartos de los partidos tradicionales. No son capaces de dar respuesta a los problemas”. En este contexto, Wilders se ha alzado con éxito como el iconoclasta de las élites cosmopolitas incrementando en cinco los escaños de su formación.

Hace 30 años, el Partido Laborista y los Demócratas Cristianos tenían más de dos tercios de los votos. Hoy el coste más alto de la debacle de los partidos tradicionales lo paga una izquierda fragmentada en cuatro partidos con escasas posibilidades de influir en el poder o de crear una coalición de gobierno. Tras las pasadas elecciones, la formación socialdemócrata de mayor historia en los Países Bajos ha pasado de tener 38 diputados a quedarse solo con 9.

La triada compuesta por el Partido Obrero (PvdA), el Partido Socialista (SP) y la Izquierda Verde (GroenLinks) no han logrado siquiera superar los 40 escaños, una cifra que en otro tiempo los laboristas la hubieran alcanzado por sí solos. No obstante, puede que sea cierto que el joven líder, Jesse Klaver, haya resultado un antídoto contra los partidos de corte xenófobo. La panorámica electora induce a pensar que los votantes de la izquierda han contribuido a que el Partido Verde haya casi cuadriplicado sus escaños. Aunque parezca que todo cambia, lo cierto es que el único entre 13 partidos encabezado por una mujer con representación parlamentaria ha sido el Partido para los Animales (PvdD).

A pesar del aparentemente pesimismo popular, desde la capital europea hay motivos para el optimismo. El resultado, en un país con un ecosistema político hasta ahora estable que en Bruselas lidia estrechamente con el eje franco-alemán, ha tenido un efecto balsámico y la instituciones se arman de confianza y fuerza para reivindicar el proyecto comunitario en las próximas elecciones. Aunque es importante señalar que los resultados en Holanda no medían de ninguna forma la fuerza de los populismos en el viejo continente. Wilders ha logrado sólo el 13,1% de votos en unas elecciones donde ha votado el 82% (la participación más alta desde de los últimos 31 años) de una población que representa el 3,3 % de la UE.

Definitivamente, el resultado electoral está lejos de implicar un reorden explícito del mapa liberal o la victoria de Holanda en una suerte de “cuartos de final para impedir que triunfe un mal tipo de populismo”, como señaló el lunes el que volverá a ser primer ministro holandés, Mark Rutte. Es cierto que el mensaje eurófobo y de odio no se ha impuesto, pero uno de los miembros orgánicos de esa Europa de los Seis forjada en 1957 ha pagado décadas después un precio muy alto por no ceder a la ultraderecha y volver así a los años de oscuridad. En la política europea moderna, mantener el centro ya es sinónimo de apoyarse en andamios enrocados en el nacionalismo de derecha.

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“El orgullo nacional se ha convertido en piedra angular de la campaña holandesa”

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El miércoles, cuando los holandeses vayan a las urnas, tendrán que desplegar un boleto electoral que tiene más de sábana que de otra cosa: mide un metro por 70 centímetros para dar cabida a las listas de candidatos de los 28 partidos que compiten en los comicios nacionales. Desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido elecciones en que hayan participado más formaciones. Las encuestas indican que unos 15 partidos ganarán al menos un escaño de los 150 que tiene la Segunda Cámara holandesa. También se prevé que hasta entre un 16% y 20% de los votantes usará su tradicional lápiz rojo para marcar su preferencia por Geert Wilders, el líder del Partido por la Libertad (PVV), formación xenófoba y antiislámica que puede resultar la más votada.

La perspectiva de una victoria electoral de la extrema derecha ha sumido al país en un estado de confusión. También ha suscitado el interés de los medios globales, para quienes el ascenso del partido de Wilders —menos de un año después del referéndum del Brexit en Reino Unido y la victoria de Donald Trump en Estados Unidos— es sintomático de una tendencia global. Las elecciones holandesas se leen como un augurio preocupante para los comicios inminentes en Francia y Alemania. 

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Pocos en Holanda conocen al PVV mejor que Koen Vossen. Politólogo de la Universidad de Nimega y especializado en la historia de los partidos menores, Vossen ha seguido al partido de Wilders desde sus inicios. Su libro sobre el PVV, El poder del populismo, acaba de ser traducido al inglés. Como máximo experto en la materia, en los últimos meses no ha parado de atender a periodistas. “Me han llamado desde China, Rusia, Argentina…”, dice. “Y el otro día hasta hablé ¡con La Razón! Muchos periodistas tienen la impresión de que Wilders está a punto de hacerse con el poder. Intento poner las cosas un poco más en perspectiva”. Porque en Holanda ganar las elecciones no significa, ni mucho menos, poder gobernar. Desde la Segunda Guerra Mundial, ningún partido se ha hecho con la mayoría absoluta, por lo que el país siempre es gobernado por coaliciones entre varios partidos. A pesar del posible éxito electoral de Wilders, la mayoría de los partidos ha dicho que nunca entrarán en coalición con él. El actual primer ministro, Mark Rutte, cuyo partido liberal (VVD) gobierna con el partido obrero (PvdA), ha dicho que la posibilidad de que acabe gobernando con Wilders es “cero coma cero”.

Dado este cordón sanitario preestablecido, ¿cuánto importa que, el miércoles, el PVV de Wilders salga o no como el partido más votado?

Importa simbólicamente más que nada. Si el PVV sale el más grande pero los otros partidos se niegan, desde el comienzo, a dejarle gobernar, Wilders se podrá quejar de que sus votantes quedan excluidos del proceso.

¿La posibilidad de que el PVV llegue a gobernar es realmente cero?

Si la demoscopia actual se mantiene, sí. Hace algunos meses los sondeos vaticinaban hasta 40 escaños para Wilders. En ese caso, mantenerlo fuera del gobierno habría sido muy difícil. Sin embargo, ahora parece que Wilders puede hacerse con unos 22 escaños y el VVD de Rutte con unos 25. Lo más probable es que el PVV no entre. Incluso si Wilders acabara ganando las elecciones con un margen más pequeño, creará un problema simbólico, pero superable: no sería la primera vez que la formación más votada acabara en la oposición.

¿Wilders de verdad aspira a gobernar?

Todo indica que no. El propio Wilders se ha hecho cada vez más imposible.

Ni Wilders ni su partido, del que él es el único afiliado oficial, parecen muy preparados para gobernar el país.

En efecto. Su partido casi no existe como tal. Y no ha sido capaz, o no ha querido, reunir a un equipo de gobierno. Su programa electoral se limita a una sola página. Y se empeña en ofender a sus rivales de tal forma que parece difícil que después colabore con ellos. En fin, son todo señales de que no pretende gobernar de verdad.

¿Sus votantes se dan cuenta de ello?

Una parte de ellos, sin duda.

De las muchas entrevistas e investigaciones que han salido, queda claro que muchos que dicen que le van a votar no están de acuerdo con todo lo que proclama Wilders.

Es verdad; muchos le votan no porque crean en todo lo que dice, sino porque lo ven como palanca que pueda sacudir el mundo político. En realidad, es un deseo bastante primario. Un deseo de cambio, nacido de una sensación de profundo hartazgo con las élites. Muchos de sus simpatizantes, por ejemplo, no creen de verdad que el Islam esté a punto de “conquistar” a Holanda, como mantiene Wilders.

Aun así, parece que la mera presencia de Wilders ha derechizado a los demás partidos, para empezar el VVD, el tradicional partido liberal de centroderecha.

Estilísticamente, eso ha ocurrido sin duda. Antes, el VVD representaba una derecha digamos patricia. Ahora se ha decantado por un derechismo directamente populista. Pero la tendencia también ha afectado al CDA, el partido democristiano. Su líder, Sybrand Buma, ahora se perfila como defensor a ultranza de la identidad nacional, definida por lo que llama “los valores judeocristianos”. Es curioso: el orgullo nacional se ha convertido en piedra angular de esta campaña. También entre los partidos de izquierda. En Holanda, eso sorprende. Tocar el tambor nacionalista de esa forma —ese apelar constante a las emociones— habría sido impensable hace veinte años. Pero a los políticos les está funcionando, como le funcionó a Obama en Estados Unidos también, por cierto.

Entre las emociones, además del orgullo, también se apela al miedo.

Sí, y ese miedo existe: la gente teme un atentado terrorista, la pérdida de la identidad nacional… Y sin duda contribuyen a ese miedo incidentes como el conflicto diplomático con Turquía este fin de semana. Eso sí, donde hay menos temor que hace algunos años es en el ámbito económico. Allí las cosas han mejorado. Lo trágico, sin embargo, es que los dos partidos que conforman el gobierno actual, el partido obrero (PvdA) y los liberales de Rutte, no puedan casi ufanarse de sus éxitos en ese campo. Son otros temas los que se han convertido en las piedras de toque de la campaña. Y eso también es sintomático. Antes, era normal que los partidos gobernantes pudieran sacar cierto crédito por sus logros. Hoy, la tendencia es más bien al revés: los ciudadanos quieren ajustar cuentas: castigar a los políticos por sus errores.

¿No es también es un problema de legitimidad de la política parlamentaria? El electorado no solo da por sentado que los políticos mienten, sino que lo hacen por puro interés propio.

Es verdad. Claro que no es nuevo; esas ideas también las había en los años treinta. Pero sí parecen haberse reforzado, por varios factores. Los ciudadanos se han hecho mucho más asertivos, por ejemplo. Eso se ve en todos los ámbitos: también ha disminuido el poder institucional de otras figuras de autoridad, como médicos, periodistas y académicos. En segundo lugar, influye el hecho de que los medios han dejado de hacer pedagogía. Su papel principal ya no es tanto informar sino entretener. ¿Y qué es más entretenido que confrontar a un político con ciudadanos mosqueados? Un factor final es que la política nacional es cada vez menos importante. En un mundo globalizado, ¿qué poder tiene un país sobre su propio destino? Dado que a los políticos no les gusta admitir esa falta de importancia, fingen que siguen teniendo el poder de antes. Cuando resulta que no es el caso —y cuando además carecen de una clara narrativa ideológica para explicarlo— sus votantes se vuelven cínicos.

Wilders ha sido la figura más influyente de la política holandesa en lo que va de siglo. En el caso hipotético de que acabe ganando y entre a la oposición, ¿seguirá empujando la política holandesa hacia la derecha?

Es difícil predecirlo, pero yo no lo creo. De hecho, no me sorprendería que el país se cansara de Wilders. Por otro lado, conociendo a Wilders, hará lo posible por mantener el foco sobre él. Mucho dependerá también de la coyuntura. Si la inmigración —y conflictos como el de Turquía que acaba de estallar— se mantienen como problemas graves, la posición de Wilders se reforzará.

La izquierda holandesa se encuentra fragmentada entre cuatro partidos medianos que, según los sondeos, pueden sacar entre un 8% y un 12%: la Izquierda Verde (GroenLinks), que puede cuadruplicar su presencia en el parlamento gracias a su joven líder, Jesse Klaver; el Partido Socialista (SP), que se mantiene más o menos estable; el partido obrero (PvdA), antes uno de los tres grandes partidos del país, que va camino de una derrota histórica; y los liberales progresistas de D66, que parece que pueden sacar un 12%. Ahora, durante la campaña, la competencia mutua es feroz. Pero una vez pasadas las elecciones, ¿intentarán formar un amplio frente progresista? Al fin y al cabo, entre los cuatro tendrían más de un 40% del voto.

No lo creo. Para empezar, ese bloque necesitaría el apoyo de los democristianos, que están profundamente opuestos a la idea. Además, a los partidos de izquierda los divide una profunda desconfianza. Ya nadie se fía del partido obrero (PvdA), y razón no les falta. Lo más seguro es que haya una coalición de los liberales centroderechistas (VVD), los democristianos (CDA) y los liberales progresistas (D66). Necesitarán a otro partido, o quizás dos, para llegar a una mayoría parlamentaria. Allí veo entrar a la Izquierda Verde. Es lo que busca su líder, Jesse Klaver, en parte porque su partido nunca antes ha entrado a gobernar. Pero no me parece probable que haya un gobierno progresista.

Puedes leer nuestro dossier Antídotos de izquierdas contra el neofascismo.

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