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La ONU exige a España que acelere la búsqueda de desaparecidos durante el franquismo

Apertura de una fosa común. I La Marea

Naciones Unidas ha dado a España un plazo de 90 días para que presente un calendario de trabajo actualizado con las medidas concretas que garanticen el derecho a la verdad, la justicia y la reparación para las víctimas de desaparición forzada de la Guerra Civil y el franquismo. La ONU también exige al Gobierno español que indique las fechas previstas para aplicar cada una de estas medidas. “Hasta la fecha el Estado español no ha actuado con la debida urgencia y celeridad en materia de desapariciones forzadas ni ha asumido un rol de liderazgo para asegurar una política de Estado en este tema”, lamenta el Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre desapariciones forzadas en su último documento,  presentado esta misma semana ante el Consejo de Derechos Humanos.

El informe tilda de “preocupante” que los familiares de las víctimas estén “librados a su propia suerte” a la hora de investigar los crímenes del franquismo. “Las familias de los desaparecidos en España quieren conocer la verdad sobre la suerte o el paradero de sus seres queridos. Este es un derecho absoluto de acuerdo a la Declaración y una obligación que el Estado español debería satisfacer de acuerdo al derecho internacional”, incide el documento.

El grupo de expertos de la ONU lamenta que el Ejecutivo de Mariano Rajoy no haya hecho caso a las recomendaciones que el organismo efectuó en 2013. Así, admite estar “consternado” porque no se haya velado por garantizar el ejercicio de la jurisdicción de los tribunales españoles sobre los delitos de desaparición forzada ocurridos durante la Guerra Civil y la dictadura. “Se observa con preocupación la permanencia de un patrón de impunidad basado en una serie de factores y argumentos contrarios a los principios que emergen de las obligaciones internacionales de España, incluida la Declaración para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas”, prosigue.

Entre sus recomendaciones, el Grupo de Trabajo pide al Gobierno que proporcione un “mayor apoyo institucional y financiero a los familiares”, en particular en relación a la localización e identificación de personas previstas en la Ley de Memoria Histórica. Y va más allá: estas tareas “deben ser asumidas como una obligación de Estado”.

En este sentido, la ONU exige que el Estado español asuma un “rol activo” en las exhumaciones e identificación de restos, y que esto no dependa exclusivamente de algunas comunidades autónomas, asociaciones privadas o particulares.

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El embajador en Chile veta un homenaje a los exiliados españoles

Vista general del Winnipeg. Foto: Agrupación Winnipeg.

El próximo 2 de septiembre se cumplen 78 años de la llegada a Chile del Winnipeg, el ‘barco esperanza’ fletado por Pablo Neruda en 1939 en el que más de 2.000 refugiados españoles, entre ellos numerosas autoridades republicanas, embarcaron para escapar ante la victoria inminente de Franco. Sin embargo, este año no habrá acto de conmemoración, al menos no en el marco institucional. El embajador de España en Chile, Carlos Robles Fraga, ha vetado el homenaje que iba a tener lugar en el Centro Cultural de España en Santiago, institución adscrita a la Embajada española.

Todo empezó a finales de julio, cuando el Centro Cultural y la rama en Chile del colectivo de emigrantes españoles Marea Granate, a través de su Comisión por la Memoria del Exilio Republicano, se pusieron de acuerdo para celebrar un homenaje a los exiliados españoles en Chile coincidiendo con el aniversario del Winnipeg. Al acto, previsto en un principio para el 8 de septiembre, fueron invitados tanto organizaciones, diputados y otros representantes chilenos, como descendientes del exilio republicano y miembros destacados de la comunidad española en ese país, incluidos el cónsul y el embajador, Carlos Robles Fraga, que es hijo del ministro franquista Carlos Robles y sobrino de Manuel Fraga, también ministro con Franco y fundador del Partido Popular.

Cuando la noticia llegó a oídos del embajador, este dio la orden de anular el homenaje, tal y como explicaron los representantes del Centro Cultural a los organizadores de Marea Granate. “Hay quejas del embajador por el tema de la República”, explicó la encargada del Centro Cultural a la comisión organizadora. No obstante, esta responsable aceptó volver a hablar con Robles Fraga para tratar de replantear su postura, pero una semana después volvió a convocar a los organizadores para comunicarles lo que ya preveían: el acto había sido cancelado porque “el tema de la República es controvertido” y no había marcha atrás.

“Nosotros lo sentimos como un veto porque nos dicen que viene del embajador y que se trata del exilio republicano”, explica Héctor Pujols, miembro de Marea Granate y de la comisión creada para organizar el homenaje, quien además subraya que en todo momento fue el Centro Cultural “quien dio la cara”. Fuentes del Ministerio de Asuntos Exteriores explican a La Marea que en el pasado ya rindieron homenaje al Winnipeg y que en esta ocasión “se canceló por deficiencias en la organización“, aunque no explican cuáles. También aseguran que desde la Embajada ofrecieron a la comisión organizadora varios contactos académicos y la posibilidad de realizar el acto más adelante y sin concretar una fecha, una información que Marea Granate Chile niega de forma tajante.

“Queríamos que las instituciones participaran, estamos hablando de más de 10.000 exiliados españoles y sus descendientes en Chile”. Chile es uno de los países donde más influencia tuvo la comunidad de refugiados españoles tras la Guerra Civil. De aquella generación destacan figuras como la de Víctor Pey, con 102 años de edad, que fue íntimo colaborador del presidente Allende; el escritor y dramaturgo José Ricardo Morales (fallecido el año pasado); o los pintores José Balmes (murió hace un año) y Roser Bru (93 años), galardonados con el Premio Nacional de Artes Plásticas de Chile, o la maestra y líder feminista Dolors Piera. Esta no es la primera vez que la Embajada de España en Chile pone trabas a actos de memoria histórica en ese país. Sucedió algo parecido cuando Marea Granate quiso celebrar un acto en memoria de los detenidos desaparecidos durante la dictadura de Pinochet, entre los que había varios ciudadanos españoles. Según el colectivo de emigrantes, en aquella ocasión la Embajada se negó a difundir el acto, como hace habitualmente con cualquier actividad relacionada con la comunidad española, objetando la pertenencia a Podemos de Marea Granate, un colectivo independiente, horizontal y apartidista.

Los activistas de Marea Granate Chile están tejiendo nexos entre la generación que abandonó España por la Guerra Civil, la actual y los nuevos emigrantes españoles que se mudan al país latinoamericano en busca de oportunidades laborales. En la actualidad hay aproximadamente 69.000 españoles viviendo en Chile, según datos del último padrón de españoles residentes en el extranjero elaborado por el Instituto Nacional de Estadística.

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“La dictadura franquista fue una venganza”

dictadura franquista Secuencia del documental 'La fosa borrada del sur'.

Solo en la provincia de Almería, entre 1939 y 1945, fueron procesadas 11.300 personas. De ellas, 609 fueron condenadas a muerte. Y más de la mitad, en torno a 380, fueron fusiladas en las tapias del cementerio de San José. Unas 350 murieron en la cárcel de El Ingenio, víctimas de torturas, enfermedades y hambre. Es la historia que narra La fosa borrada del sur (Ediciones Paralelo 37 Audiovisual), un documental que intenta hacer entender cómo pudieron ocurrir los hechos en la dictadura franquista y por qué se permitió silenciarlos durante tantos años. Charlamos con su director, Diego García Campos, que esta semana ha presentado la cinta en Sevilla. 

¿Por qué ha hecho el documental?

En el origen del proyecto se han unido varias circunstancias: mi compromiso como periodista desde mediados de los 90 con la recuperación de la memoria; la necesidad de saber qué ocurrió con estas víctimas en Almería y la iniciativa conjunta con la ARMH Almería y su pasado reciente para apoyar a un grupo de familiares de víctimas a que encontraran a sus seres queridos.

¿Qué quiere transmitir con él?

Que el silencio y la injusticia no deberían haber quedado impunes. Que la violencia de posguerra no era necesaria. Que nadie debe impedir que ese dolor antiguo de posguerra quede ahí sepultado para siempre, y que hay unas víctimas que tienen, al menos, derecho al honor y la memoria.

“Comenzó una nueva guerra… la de la venganza, la persecución, el miedo…”, dice el documental. ¿Por qué sigue España sin entenderlo?

Ni siquiera los historiadores que han estudiado nuestra historia reciente a fondo lo entienden. Todo fue una venganza, ni siquiera pesaron esos principios de perdón cristiano a los que tanto se acogieron durante y después de la guerra los vencedores. Fue una represión sin piedad, cruel y continuada. Por eso una de las cuestiones pendientes es construir un relato en el que se clarifiquen ciertas cuestiones básicas, tal y como hicieron las dictaduras fascistas europeas y otras dictaduras latinoamericanas. Aquí se hizo una ley de punto y final y se cerró la herida en falso. 

“El que olvida el pasado le vuelve la espalda al futuro”, dice una de las personas más mayores que sale en la cinta. 

Es Alberto, un abuelo comunista que sufrió la violencia de posguerra en toda su familia, incluido él mismo. Uno de ellos, su hermano, fue fusilado después de ser torturado de una forma que hiela la sangre. Su edad no le impide seguir luchando con fuerza por que se conozcan aquellos hechos

El documental incluye una parte ficcionada. ¿Por qué? 

Se ficciona un juicio sumarísimo, traslado de presos, cárcel y fusilamiento en el tristemente conocido cementerio de San José, entre otras cuestiones. Es un apoyo a la parte documental. Sobre todo para intentar acercar a los ojos del siglo XXI lo que pudo ocurrir en esos años de posguerra. Hoy, tristemente, aún se enseña una historia torcida en algunos lugares. Los jóvenes y los no tan jóvenes deben entender que aquello no fue solo una guerra, que unos luchadores perdieron su vida por enfrentarse a unos golpistas y que la muerte no fue suficiente para los vencedores. La humillación y el dolor han pervivido y aún hoy siguen en parte.

¿Cree que el documental tendría que verse en las escuelas?

Precisamente explicamos en las presentaciones que se ha hecho en un tono didáctico. No obstante, hay algunos momentos muy duros por lo que se describe y por cómo lo describen los hijos o los nietos de las víctimas. Hemos pretendido ser didácticos. Por eso se intercalan puntos de vista de cinco historiadores, investigadores de referencia de la memoria –Fernando Martínez, Antonio Cazorla, Eusebio Rodríguez, Juan Hidalgo y Óscar Rodríguez–, que explican los acontecimientos para que se entiendan, y cómo se organizó la represión.

¿Se lo recomienda a miembros del Gobierno? Me acuerdo del diputado por Almería, y portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando.

Este y otros documentales que se han realizado a nivel de todo el territorio español deberían ser herramientas de concordia y reconocimiento de un pasado que está por reescribir y entender, no armas arromadizas de unos contra otros, y menos de falta de respeto al honor y recuerdo de las víctimas o de sus familiares. Algunos comportamientos no tienen ni calificativo. El respeto a las víctimas debe estar por encima de todo. Primero conocer, luego acordar un relato nuevo de la historia de acuerdo a las investigaciones y realidades. Poco ocurrió como se escribió. Hay mucho interés en ocultar en cada territorio quién hizo cada cosa y de qué forma se benefició, incluso económicamente, de aquellas muertes y expolios. 

 

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Las mujeres que fueron arrojadas al mar desde el acantilado de Cabo Peñes

XIXÓN // El 2 de junio de 1938, los cuerpos de Rita, Rosaura, y María, junto con los de otras diez personas, fueron arrojados al mar desde los acantilados de Cabo Peñes (Gozón) por parte de los falangistas locales del cercano pueblo de Candás. El crimen que cometieron estas trabajadoras de las conserveras Albo y Alfageme era el de colaborar con el Socorro Rojo, ser familia de sindicalistas o pertenecer a la UGT de sus fábricas de conservas. Algunos cadáveres, devueltos por el mar tras ser arrojados a las frías aguas del Cantábrico, han sido rescatados del olvido por la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) de una fosa del cementerio de Bañugues (Gozón), para que el aniversario de su muerte pueda conmemorarse con la dignidad que sus restos merecen.

Los crímenes de Cabo Peñes

Anselmo “El Rondón” era una de los grandes objetivos del Negociado de Orden Público del Ayuntamiento de Carreño, cuando comenzó una redada en mayo de 1938 para reprimir a todos los afectos al Frente Popular. La lista negra incluyó a 52 nombres de Candás, cerca de Xixón. Anselmo no pudo escapar cuando cayó el frente y tuvo que regresar a su casa. Se escondió en un zulo debajo de la cama en su propio hogar, fue uno de los “topos” que intentaban sobrevivir en la oscuridad. Un descuido de un familiar con problemas psíquicos acabó con su vida. Al ir a comprar vino, la mujer dijo que era “para Anselmín”. Los falangistas acudieron a su casa y se produjo una huida que acabó con un tiroteo en el que “El Rondón” resultó herido y uno de los falangistas murió por fuego amigo.

Las autoridades acusaron a Anselmo de ser el responsable de la muerte del falangista. En una recreación del vía crucis, los miembros de Falange arrastraron y golpearon a Anselmo por todo el pueblo. Al final del camino esperaba “Casa Genarín”, el lugar habilitado para las torturas de la Brigada de Investigación y Vigilancia. Los días posteriores se produjeron detenciones masivas de todos aquellos incluidos en la lista de los 52. Los arrestos incluyeron a familiares, con la intención de que los fugitivos pudieran salir de sus escondites. En los interrogatorios se cometieron toda clase de actos atroces y torturas: las violaciones a las mujeres fueron norma, a otra de las detenidas le rompieron las dos piernas, a otra le clavaron una estaca en la espalda. El procedimiento habitual contra los rojos para que hablaran.

Rita “La Camuña”, conservera y responsable del Socorro Rojo Internacional, Rosaura Muñiz, conservera en la factoría Alfageme, y María “La Papona”, encargada de la fábrica de Conservas Albo y de UGT, se encontraban entre las detenidas. Fueron conducidas en un camión junto al resto de arrestados el día 2 de junio de 1938 hacia el Cabo Peñes, un lugar idílico que fue testigo de la tragedia. Lo último que vieron los ajusticiados fue el inmenso y vasto paisaje de las aguas del Cantábrico. Fueron asesinadas y arrojadas por el acantilado.

El mar, como si fuera consciente de la barbarie, devolvió los cuerpos a su terruño para que pudieran ser enterrados por sus familias o amigos. Los cuerpos de las asesinadas fueron apareciendo en las playas de la zona en un goteo de dramas irreconocibles: los días 2 y 3, en la playa de Bañugues; el día 4, en la playa de Las Botadas; el 7, en Muniello. A Rosaura la identificaron por el mandil en el que conservaba el número de identificación de la conservera en la que trabajaba. Los hallazgos causaron una conmoción tremenda. Los cadáveres fueron enterrados en prados cercanos o en fosas habilitadas por los vecinos..

En el cementerio de Bañugues sólo queda una cruz humilde con un ramo de flores marchito. La tierra removida días después de los trabajos de exhumación es evidencia silenciosa de un nuevo acto de recuperación de la dignidad por parte de la ARMH. Una mujer entra en el camposanto y suspira enojada al ver al periodista agachado mientras mira fijamente a la fosa e intenta reconstruir las vidas de las conserveras de Candás. La mujer, que va a poner un ramo en la tumba de algún ser querido, muestra de forma clara y sin disimulo su indignación hacia las familias de los represaliados en Cabo Peñes. Que algún día ellos puedan depositar un ramo de flores en el nicho de las víctimas, como hoy hace ella, le molesta.

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El Congreso pide al Gobierno que exhume el cuerpo de Franco del Valle de los Caídos

Basílica del Valle de los Caídos I La Marea

Madrid // El Congreso de los Diputados ha aprobado este jueves una iniciativa del PSOE en la que insta al Gobierno a exhumar el cadáver de Francisco Franco del Valle de los Caídos. El texto ha sido aprobado por la unanimidad de los partidos de oposición en la cámara (198 votos). El PP, que en principio iba a votar en contra, finalmente se ha abstenido, al igual que ERC.

Esta proposición no de ley (PNL) no es de obligado cumplimiento por parte del Ejecutivo, pero sí tiene un gran valor político y simbólico. La exhumación de Franco es una de la veintena de medidas que recoge el documento aprobado en el Parlamento, que busca impulsar la Ley de Memoria Histórica aprobada en la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero.

La PNL también reclama al Gobierno el traslado de los restos de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, a un lugar “no preeminente” de la basílica. “Con ello debemos proceder a resignificar la función del Valle de los Caídos para que deje ser un lugar de memoria franquista y nacionalcatólica y reconvertirlo en espacio para la cultura de la reconciliación, de la memoria colectiva democrática, y de dignificación y reconocimiento de las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura”, recoge la propuesta.

Además, pide la supresión de las subvenciones o ayudas públicas a cualquier organización o entidad que ensalce o defienda la Dictadura o la figura del dictador Franco; reanudar las políticas públicas y las ayudas destinadas a la exhumación de víctimas; estudiar la creación de bancos de ADN para la identificación de desaparecidos y estudiar la nulidad de las condenas dictadas por los tribunales penales franquistas contra quienes defendieron la legalidad republicana.

Asimismo, la iniciativa parlamentaria reclama la reapertura y potenciación de la Oficina de Ayuda a Víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura; impulsar la retirada de símbolos y monumentos que honran la memoria de los vencedores o conmemoran el conflicto civil o la dictadura; promover la creación de una Comisión de la Verdad, en la línea de las recomendaciones de Naciones Unidas, y establecer el 11 de noviembre, Día Europeo de las Víctimas del Fascismo, como día de recuerdo y homenaje a las víctimas del franquismo.

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El Gobierno se ‘olvida’ de la Memoria Histórica

Exhumación de una fosa común I La Marea

MADRID // Cero euros. Es la cantidad que dedican los próximos Presupuestos Generales del Estado (PGE), que se han presentado este martes, a la Ley de Memoria Histórica. En 2013, el gobierno de Mariano Rajoy eliminó la partida destinada, fundamentalmente, a la financiación de exhumaciones de víctimas del franquismo. Desde entonces, el Ejecutivo del PP no ha destinado ni un céntimo al desarrollo de esta ley, aprobada por el socialista de José Luis Rodríguez Zapatero en 2007.

Pocos meses después de que entrase en vigor, Rajoy —entonces en la oposición— ya dejó clara cuál era su postura. “Yo, desde luego, eliminaría todos aquellos artículos de la Ley de la Memoria que hablan de dar dinero público para recuperar el pasado. Yo no daría ni un solo euro del erario público a esos efectos”, afirmó en una entrevista concedida al diario 20 minutos. “Entonces, ¿no tiene derecho una familia a recuperar los restos del abuelo que está en una cuneta y…?”, repreguntó a Rajoy el periodista Arsenio Escolar. “Si sabe dónde… Pero mire, yo creo que en el año 78 dijimos: ‘Miremos hacia el futuro‘. Hagámoslo”, replicó el dirigente popular.

Con Rajoy ya instalado en Moncloa, el Gobierno del PP eliminó las ayudas a las víctimas del franquismo, que ascendían a algo más de seis millones de euros en 2011. En apenas dos años, la ley se quedó sin presupuesto. “Los familiares de las víctimas del franquismo se acuerdan de desenterrar a su padre solo cuando hay subvenciones”, declaró por aquel entonces el actual portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando, en una tertulia televisiva. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) denunció a Hernando por un delito de injurias graves, y la fiscalía archivó la querlla al no encontrar “elementos suficientes para ejercer acciones penales o civiles”.

Hace pocas semanas, Hernando criticó de nuevo a las víctimas de la dictadura franquista, al asegurar que “esto de estar todo los días con los muertos para arriba y para abajo supongo que será el entretenimiento de algunos”. Y otra vez la ARMH se dirigió a la fiscalía, al considerar que estas palabras podrían incumplir el artículo 510 del Código Penal, que contempla penas de hasta 4 años de prisión para quienes públicamente “fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo, una parte del mismo o contra una persona determinada”.

 

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La vergüenza de Javier Cercas

En El monarca de las sombras, el nuevo libro de Javier Cercas, un narrador y personaje también llamado Javier Cercas, escritor de profesión, decide recuperar un proyecto al que había renunciado: escribir la historia de un joven apuesto de buena familia que se afilió con entusiasmo a Falange, luchó con Franco y murió en la Batalla del Ebro a los 19 años. El soldado, de nombre Manuel Mena, es oriundo del pueblo extremeño donde también nació el autor; de hecho, es su tío abuelo. Cercas, cuyos padres se mudaron a Catalunya cuando era niño, se crió con la presencia fantasmal del pariente extremeño muerto, mantenida viva por las historias de su madre, para quien el tío Manolo había sido un héroe.

¿De qué va este libro? Como suele ocurrir con escritores de la talla de Cercas, la aparición de un título nuevo desata una oleada de entrevistas más o menos oportunistas en las que es difícil que el autor y su obra no se conviertan en caricaturas de sí mismos. Esta vez, Cercas y sus entrevistadores han aprovechado para reflexionar, una vez más, sobre la Transición y la memoria histórica en España. “¿Por qué la Transición salió razonablemente bien?” se preguntaba Cercas entrevistado en el ABC. Antes de responder a su propia pregunta (“Porque todo el mundo, desde Adolfo Suárez a Santiago Carrillo, tenía el recuerdo de la guerra”), disparó un improperio al aire: “Los hispanistas norteamericanos piensan que hubiese sido mejor que nos matásemos, entonces ellos podrían escribir su libro y volver a su cómoda democracia mientras los españoles nos dedicábamos a matarnos”. (Difícil saber qué decir cuando a un escritor le sale el columnista más cuñado.)

Pero el circo publicitario no deja de ser una distracción. Por fortuna, la novela es más interesante de lo que dejan vislumbrar las entrevistas, y nos plantea un puñado de preguntas dignas de consideración. ¿Por qué decide Cercas dedicar un libro a su tío abuelo falangista, volviendo al trillado terreno de la Guerra Civil, subiéndose una vez más al tren de la memoria que lleva tiempo denunciando? ¿Hasta qué punto El monarca confirma o modifica la visión de la guerra y su memoria que transmiten Soldados de Salamina (2001) y El impostor (2014)? Si aplicáramos el criterio de calidad literaria del propio Cercas, ¿cabría considerar El monarca de las sombras como una buena novela? ¿Aporta alguna verdad? Y, finalmente, ¿este libro modifica el lugar que ocupa Cercas en la esfera pública española?

Para empezar por esta última pregunta, llama la atención que Cercas, como intelectual público, se alinee menos con colegas de su propia quinta que con algunos destacados miembros de una generación mayor —personajes públicos como Antonio Elorza, Santos Juliá, Félix de Azúa o Felipe González—. Son los que, como él, defienden los principios que conformaron la Transición así como su plasmación práctica; critican los esfuerzos reunidos bajo el imperativo por “recuperar la memoria histórica”; cuestionan el independentismo catalán mediante una crítica liberal del nacionalismo como ideología; rechazan la nueva política progresista por “populista”; y subrayan, en lo que concierne a la Guerra Civil, que se cometieron desmanes en ambos bandos y que, si los franquistas no eran demócratas tampoco lo eran todos los que lucharon con los republicanos.

Aunque la voz de Cercas como intelectual público se hace eco de la hegemonía cultural representada por sus mayores, en el campo más estrictamente literario su obra no llega a ser hegemónica del todo. Tengo la impresión que la élite intelectual del país —incluida la literaria— ha sido reacia a la hora de afianzarle como autor plenamente canónico. A lo largo de los años, Cercas se ha visto expuesto a cierta dosis de burla (por colegas como Javier Marías, entre otros) y crítica (de parte del politólogo Ignacio Sánchez-Cuenca, entre otros). Así también el hispanismo internacional se ha sentido atraído por su obra —pocos autores vivos han generado tal cantidad de tesis, libros y artículos— al mismo tiempo que la ha convertido en objeto frecuente de cuestionamiento. (El curioso comentario, en la entrevista del ABC, sobre los supuestos deseos secretos de una alevosa tribu de hispanistas parásitos que habría celebrado otra guerra cainita, tal vez quepa leerse como síntoma de esa complicada relación con mi gremio.)

Esta relativa deficiencia de capital cultural —o, mejor dicho, la conciencia de su carencia— la incorpora Cercas indirectamente en sus libros. Su personaje autobiográfico preferido es un escritor antihéroe dominado por sentimientos negativos —inseguridad, miedo, vergüenza, depresión— que sufre bajo el peso de críticas y ataques que experimenta como injustos. En El impostor, el personaje de Cercas escenifica un diálogo auto-acusatorio en que se anticipan las censuras que, se supone, va a suscitar la obra. Al comienzo de El monarca de las sombras, se produce una escena similar en un intercambio con el personaje de David Trueba, amigo del narrador, que intenta disuadirle de la idea de escribir sobre su tío abuelo:

—¿De verdad vas a escribir otra novela sobre la guerra civil? Pero ¿tú eres gilipollas o qué? … ¡te van a dar de hostias hasta en el carnet de identidad, chaval! Escribas lo que escribas, unos te acusarán de idealizar a los republicanos por no denunciar sus crímenes, y otros te acusarán de revisionista o de maquillar el franquismo por presentar a los franquistas como personas normales y corrientes y no como monstruos. Eso es así: la verdad no le interesa a nadie, ¿no te das cuenta? … A la gente no le gusta la verdad: le gustan las mentiras; de los políticos y los intelectuales mejor no hablar. Unos se ponen de los nervios cada vez que sacas el asunto, porque siguen pensando que el golpe de Franco fue necesario o por lo menos inevitable, aunque no se atrevan a decirlo; y otros han decidido que le hace el juego a la derecha quien no dice que todos los republicanos eran demócratas, incluidos Durruti y La Pasionaria, y que aquí no se mató un puto cura ni se quemó una puta iglesia…

Estos diálogos, más allá de su gracia, tienen una función retórica. Sirven para retratar al narrador como víctima del trato abusivo de una sociedad y de una élite intelectual bastante poco ejemplares. Si a estos no les interesa la verdad, para al narrador —literato profesional e historiador aficionado— esa verdad se convierte en obsesión. Su búsqueda cumple dos funciones: propulsa la trama y redime moralmente al narrador. El hecho de, en el desenlace de la trama, la anhelada verdad resulte elusiva o ambigua motiva a su vez una lección filosófica-moral que —en Soldados de Salamina, El impostor, Anatomía de un instante y El monarca de las sombras— lleva al narrador a definir cuál es la postura apropiada que nos toca adoptar frente a un pasado complejo, conflictivo y traumático como es el pasado reciente español.

En El punto ciego, la serie de conferencias que dio Cercas en la Universidad de Oxford hace algunos años, Cercas identificaba la ambigüedad —la “pregunta sin respuesta”— como máximo valor literario. Y es verdad que la vacilación irresuelta entre ficción e historia constituye el mayor encanto de varios de sus libros, incluido Soldados de Salamina. Pero la obra de Cercas es también ambigua en un sentido más estrictamente político. Como apuntaba José Luis Villacañas, esa falta de definición explica parte de su éxito, pero también constituye su mayor debilidad. La crónica ambivalencia en lo que respecta a “la valoración moral” —decía Villacañas a propósito de Anatomía de un instante (2009)— le permite a Cercas “ofrecer elementos para todos los públicos”, al mismo tiempo que rehúye de su responsabilidad como creador e intelectual: “fomenta la imaginación de cada uno, pero no se compromete con un argumento político claro y maduro. … Los románticos llamaban a esto schweben, flotar”.

Cercas, para Villacañas, pretende nadar y guardar la ropa: “[T]odo lo que Cercas dice a favor de la democracia española con una mano lo desmonta con la otra”. Y es verdad que el aparente optimismo de Cercas con respecto a la España actual —país surgido de una Transición si no ideal, en todo caso bastante exitosa y ejemplar— contrasta con la visión desencantada de su patria que también le gusta proyectar: a ratos parece estar convencido de que España es un país bastante mezquino.

En Anatomía y El impostor, e incluso en Soldados de Salamina, convierte a sus personajes, empezando por su antihéroe autobiográfico —hipócrita, inseguro, fabulador, perezoso y algo cobarde— en sinécdoques de la patria entera; un gesto homogeneizador que casa bien con su gusto por las generalizaciones. (“Marco es un símbolo de este momento de la historia de su país”, dice sobre el protagonista de El impostor, “pero no es verdad que sea un símbolo de la decencia y el honor excepcionales de la derrota, sino de su indecencia y su deshonor comunes … Marco reinventó su vida en un momento en que el país entero estaba reinventándose”; “En la historia de Enric todo el mundo queda como el culo, empezando por el propio Enric, siguiendo por los periodistas y los historiadores y acabando por los políticos; en fin: el país al completo”).

Esta visión desencantada de España que emerge de algunos de sus libros tiene una dimensión genealógica. En Anatomía, por ejemplo, el narrador insistía en identificar a los españoles que vivieron los años del régimen franquista con la figura de su propio padre, exfuncionario de la dictadura. (“Así era más o menos la España de los años setenta: un país poblado de hombres vulgares, incultos, trapaceros, jugadores, mujeriegos y sin muchos escrúpulos, provincianos con moral de supervivientes educados entre Acción Católica y Falange que habían vivido con comodidad bajo el franquismo, colaboracionistas que ni siquiera hubiesen admitido su colaboración pero en secreto se avergonzaban cada vez más de ella”).

Parece que para Cercas el problema del pasado —su verdad, su significado, su peso sobre el presente— es, en primer lugar, un problema de filiación. ¿Cómo ser nuevo si uno es hijo de lo viejo? ¿Puedes ser demócrata si tu padre sirvió al régimen? ¿Qué significa que la España democrática naciera de la franquista? Aunque en el caso español el desafío de la filiación ha adoptado un cariz político, en el fondo se trata de un problema común en la modernidad, definida, a fin de cuentas, como un constante corte violento con todo lo antiguo (“la tradición de la ruptura”, en la conocida frase de Octavio Paz). En uno de sus primeros libros, Edward Said observa, por ejemplo, que la literatura de vanguardias parece rechazar la filiación como principio, rechazo expresado en la presencia ubicua de parejas sin niños, niños sin padres u hombres y mujeres célibes. En lugar de la filiación rechazada —dice Said— estos textos buscan una forma alternativa, no biológica, de concebir las relaciones intergeneracionales. Esta atadura no determinada por el factor genético la define Said como afiliación. Si la relación filiativa es impuesta por el destino biológico, la afiliación a “instituciones, asociaciones y comunidades” es, en cambio, un acto consciente, de emancipación.

Aunque las formulara en otro contexto, las reflexiones de Said pueden servir para pensar la producción literaria española en torno a la Guerra Civil y el franquismo. Si algo distingue a la generación literaria de Cercas —argumenté en otro lugar— es precisamente su afán por romper la camisa de fuerza de la filiación biológica e ideológica. Dulce Chacón, por ejemplo, se “des-filió” públicamente de su genealogía derechista para declararse solidaria de las víctimas del franquismo, dedicándoles novelas como La voz dormida. Así también Soldados de Salamina cabe leerse como un intento logrado de emancipación afiliativa: el narrador, cuyo relato arranca poco después de la muerte de su padre biológico, acaba por adoptar como figura paterna al miliciano republicano Antoni Miralles.

Ahora bien, en este sentido, El monarca de las sombras marca una ruptura. Quizás lo más curioso de esta nueva novela es que, con ella, Cercas se vuelva a colocar, voluntariamente, las esposas filiativas, movido por lo que siente como una imperiosa necesidad: reconciliarse de lleno, y en público, con su propia genealogía franquista. Para Cercas —o al menos para el personaje de ese nombre—, descubrir y contar la historia de su tío abuelo tiene un efecto catártico similar al que tenía en Soldados descubrir a Miralles. Pero en El monarca la catarsis no implica una liberación de los lazos genealógicos o filiativos sino todo lo contrario. Lo que Cercas se quita de encima al contar esta historia familiar, parece, es sobre todo el rubor que le produjo esa historia durante muchos años: lo que llama “la vergüenza de los orígenes políticos de mi familia”. Narrarla le permite convertir esa vergüenza en una forma de orgullo, al reivindicar a su tío abuelo como un hombre que dio su vida por una causa, un gesto que —decide— no fue menos noble porque esa causa fuera la equivocada. Lo que escenifica la novela, en otras palabras, es una salida del armario.

El monarca de las sombras entrelaza dos líneas narrativas. En los capítulos impares, un narrador llamado Javier Cercas cuenta cómo, poquito a poco, logra reconstruir parte de la vida de su tío abuelo mediante pesquisas, viajes y entrevistas a familiares y conocidos. Este proceso tiene una importante carga afectiva, no sólo porque su tío Manolo fue querido y llorado por la querida madre del narrador, sino también porque Cercas se llega a identificar con el falangista, reconociendo además que no tiene ningún derecho a sentirse moralmente superior a él. (Al mismo tiempo, el hurgar en el pasado familiar no deja de producirle ansiedad: teme descubrir complicidades poco edificantes, si no actos criminales, que puedan involucrar a sus parientes.)

En los capítulos pares, un cronista anónimo nos cuenta la breve vida de Manuel Mena. Paradójicamente, este historiador inventado se ha autoimpuesto una prohibición al invento, adhiriéndose sólo a los hechos comprobables (“no soy un literato y no estoy autorizado a fantasear”), una disciplina que, sin embargo, rompe continuamente. De estas dos líneas narrativas, la primera reviste más interés que la segunda. Para el lector es más fácil dejarse seducir por el personaje de Cercas —complejo y contradictorio, un poco torpe y bastante sentimental— que por la historia de Manuel Mena, un soldado entre miles. Aparte de la casualidad de que se trata de un pariente de Cercas, su paso por la guerra tiene poco de trascendente, y los capítulos pares pierden fuelle en largas descripciones de batallas contra “el enemigo” (la República).

Lo que se plantea Cercas en esta novela es una pregunta moral y un reto narrativo. ¿Es posible luchar heroicamente y morir dignamente por una causa moralmente reprobable? ¿Y es posible narrar esa historia en clave épica? El planteamiento no le funciona del todo. El problema no es tanto que el héroe, Manuel Mena, no llegue a convertirse en personaje redondo o medianamente interesante porque lo que le motiva a arriesgar su vida no pasa del cliché (la defensa del orden, el amor patrio, el entusiasmo por la revolución falangista, una imagen idealizada de la guerra como una prueba de honor). El problema es que el reto narrativo, en realidad, no es tal. Contar una historia de un héroe que lucha por una causa dudosa no sólo es fácil, sino que se ha hecho muchas veces. Sin ir más lejos, diría que es lo que ocurre en el grueso de novelas y películas de guerra, de espías o de vaqueros e indios. (¿De qué lado luchan Rambo, James Bond, Miguel Strogoff o Old Shatterhand?) El que un héroe se preste a una causa poco clara, o sirva a jefes poco honrados, rara vez ha impedido que el lector se identifique con él y siga sus aventuras con interés.

Una pregunta más interesante es por qué Cercas ha querido, en 2017, escribir una novela de ese tipo —un cuento casi juvenil— sobre la Guerra Civil, y con un héroe falangista. De su texto se desprende que, más allá de contar un relato entretenido vinculado a su propia genealogía, su objetivo es también didáctico: pretende complicar una representación del pasado que, le parece, se suele simplificar en exceso. Aquí, de nuevo, creo que parte de una premisa descaminada. Puede que me equivoque, pero me parece que las nociones de la Guerra Civil que guarda el común de los españoles son bastante menos simplificadas de lo que sugieren Cercas y su amigo Trueba, según quien, como vimos, “[u]nos … siguen pensando que el golpe de Franco fue necesario … y otros han decidido que … aquí no se mató un puto cura ni se quemó una puta iglesia”.

Y si la imagen popular de la guerra no es tan sencilla como pretende Cercas, él tampoco logra complicarla tanto como cree. Lo impide el hecho de que, retóricamente, se tiende a anclar en planteamientos binarios que realzan los contrastes de su historia de forma algo melodramática pero que también reducen su profundidad. Es este armazón sentimentalmente recargado, por ejemplo, el que le permite a Cercas presentar como un descubrimiento trascendental la noticia inesperada de que, en uno de sus permisos pasados en el pueblo, su tío abuelo expresó que “esta guerra no es lo que creíamos al principio”, que “estaba seguro de haber cumplido” y que, si fuera por él, “no volvería al frente”. Esta información la recibe Cercas “perplejo”, “tan perplejo como si acabara de exhumar un cofre atestado de oro que llevara casi un siglo enterrado en el océano”, y aprovecha el “pequeño prodigio” para extrapolar y conjeturar que el tío abuelo “no siempre había sido un joven idealista, un intelectual de provincias deslumbrado por el brillo romántico y totalitario de Falange”.

En una lectura lúcidamente crítica del libro de Cercas, el historiador Francisco Espinosa ha relativizado el desencanto que pudo haber sentido Manuel Mena. “Para los que apoyaron el golpe militar y se unieron a fuerzas paramilitares como las banderas de Falange … su idea de lo que se traían entre manos era similar a la de un paseo triunfal … Pero ocurrió que la marcha triunfal terminó de manera abrupta el 7 de noviembre de 1936 en las puertas de Madrid”. Fue entonces que “el golpe devino en una guerra interminable, una guerra de verdad y no la escabechina que venían practicando desde julio”. Así, la decepción del joven falangista “no era otra cosa que el terrible choque que la guerra de verdad produjo incluso en aquellos que la provocaron. La guerra no era lo que les habían contado”.

Como hemos visto, sigue pesando sobre Cercas, como una losa, el problema de la filiación y sus afectos. En las generaciones políticas e intelectuales que orquestaron la Transición (los Cebrián, Fraga, Laín Entralgo), ese problema se resolvió mediante una serie de reinvenciones autobiográficas que describe muy bien Gregorio Morán en El cura y los mandarines (“La primera amnistía histórica que concedió la Transición fue ésta: la que se dieron mutuamente los viejos colaboradores de la dictadura y sus ‘valets de chambre’ intelectuales. La Guerra Civil no estaba superada sino que había quedado obsoleta porque los representantes intelectuales, que tanto habían colaborado a llevarla a cabo y a cimentar la victoria posterior, consideraban la propia guerra como algo ajeno).

Los historiadores de esa misma generación, por su parte, adoptaron una postura hacia el pasado que rechazaba, en nombre de un principio cuasi higiénico, cualquier relación afectiva o filiativa con las figuras de ese pasado. (“La guerra era sencillamente historia, objeto de conocimiento, no de memoria”, describía Santos Juliá en 2006 la actitud de su propia generación; “su herencia no era bien venida”.) El movimiento de la memoria que nace a finales de los años noventa cuestiona este sentido común y logra debilitarlo —eso sí, a nivel de sociedad civil, no de poder político e institucional—. Su afán es el contrario: en vez de rechazar todo legado del pasado, busca reestablecer una relación afectiva con él, concretamente con la República y la memoria de las víctimas, que son vistas como fuentes de inspiración cívica.

En El impostor, Cercas mantenía que el movimiento de la memoria, ya convertida en “industria”, fomentó una falsificación del pasado español, convirtiéndolo en kitsch. Aunque es verdad que hubo de todo, una vez que los medios se dieron cuenta del tirón que tenía el tema de la memoria histórica, me parece que Cercas se equivoca en lo fundamental. Al restablecer una relación no sólo afectiva sino también política con el pasado —una visión que, por ejemplo, reconocía determinadas luchas del presente como herederas de luchas históricas— el movimiento de la memoria —que, como decía, fue ante todo un movimiento de la sociedad civil— acabó por reforzar la cultura democrática del país. Y lo hizo, precisamente, al hacer posible una relación con el pasado que fuera al mismo tiempo crítica y afectiva, plural y política, siempre desde un compromiso con los valores democráticos.

A pesar de las buenas intenciones que le informan, no se puede decir lo mismo de El monarca de las sombras. El problema principal del libro radica en su peculiar economía afectiva. En el fondo, Cercas se tiende su propia trampa, y lo hace en dos pasos. Primero supone, equivocadamente, que está obligado a asumir el pasado franquista de su familia —su filiación— como un factor determinante en su propia identidad. Y segundo, confunde la obligación ética del afecto —el amor a los parientes muertos— con la obligación moral del homenaje. (La distinción entre ética y moral la establece el filósofo Avishai Margalit en Ética del recuerdo.) Es esta trampa la que hace que experimente el pasado franquista de su familia como un problema o secreto vergonzoso, algo cuya ocultación le produce mala conciencia.

Ahora bien, en su intento por convertir en posible fuente de orgullo —o al menos admiración— lo que durante años experimentó como motivo de vergüenza, Cercas deja que los afectos filiativos desplacen la posibilidad de una relación crítica y emancipada con el pasado, lo que Villacañas llamaría una relación madura. Así, Cercas pierde una oportunidad política tanto como literaria.

Por otra parte, la economía afectiva de esta nueva novela de Cercas tiene un regusto regresivo muy de esta época. En Holanda y Alemania, Geert Wilders y Frauke Petry suben en las encuestas, empujados por un resentimiento muy peculiar: el generado por una cultura política que fomentaba una relación crítica con el pasado nacional. Esta relación le exigía a la sociedad civil una dura labor que desplazara la filiación por la afiliación, empezando por reconocer lo que ese pasado tenía de vergonzoso. Wilders y Petry, en cambio, ganan votos convenciendo a su electorado de que esa labor es innecesaria: no hay de qué avergonzarse, afirman, y el orgullo nacional no tiene nada de malo. Y así condenan al basurero de la historia un consenso civil y moral que Europa tardó medio siglo en construir, y cuya construcción en España apenas acaba de empezar.

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