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Susan George: “La socialdemocracia se ha entregado por completo al neoliberalismo”

La filósofa, analista política y activista Susan George. Foto: ÁLVARO MINGUITO.

Susan George es un referente del pensamiento crítico y altermundialista. Nació en Estados Unidos y vive en Francia desde hace muchos años, pero mantiene intactos dos rasgos muy anglosajones: el tono directo a la hora de responder y la humildad de reconocer que no sabe algo cuando no sabe algo. Estos días se encuentra en Barcelona para participar en las jornadas anuales del Centro Delàs de Estudios por la Paz –que comienzan este jueves poniendo el foco sobre ‘el negocio de las fronteras’–, donde hablará de algunos de los temas que mejor conoce: el fenómeno de la globalización, la transferencia de desigualdades y la amenaza del cambio climático.

A sus 83 años, la presidenta del Transnational Institute y presidenta de honor de ATTAC responde a La Marea sobre temas de actualidad tan aparentemente dispares como el procés en Cataluña, la evasión fiscal o la crisis de la socialdemocracia.

¿Es usted optimista?
Nunca respondo si soy optimista o pesimista. Desconozco el porvenir pero tengo esperanza, y es gracias a eso que creo que no hay que rendirse. Si decimos que somos pesimistas, transmitimos desmotivación. Hay quien cree que el destino está escrito y no merece la pena pelear por él, y esa es precisamente la actitud que no quiero fomentar ni en mí misma ni en los demás. Tengo esperanza en que las acciones de personas determinadas puedan cambiar las cosas.

En su opinión, ¿cuál es el problema principal que enfrentamos hoy en día?
El cambio climático. Puede representar el fin de la raza humana. Los cambios que se están produciendo en la naturaleza pueden ser definitivos.

Usted vivió la Gran Guerra, muy ligada al crash económico de 1929, ¿qué le diría a la juventud que se ha topado con la crisis global actual?
Tengo cuatro nietos de entre 22 y 28 años, así que respondo con gusto a esa pregunta. Debo decir que mis propios nietos son personas bien preparadas para la vida, y mi preocupación es saber si llegarán a mi edad y en qué condiciones. No tengo un mensaje como tal para los jóvenes, vivimos un periodo de neoliberalismo, de desigualdades extremas reforzadas estos días por Trump y su intento de aprobar una ley que solo beneficiará a los más ricos y reforzará el reinado de su plutocracia. Los jóvenes no han conocido ningún periodo en su propia vida fuera del neoliberailsmo y quizás piensesn que es el único sistema posible, pero eso es algo antinatural, podríamos encontrar formas de gobierno en las que el poder y el dinero estuvieran mejor distribuidos, en el que la riqueza no vaya automáticamente a lo más alto de la pirámide, al 1%, como sucede hoy. Hay otros sistemas en los que existe redistribución y esa es la clave: cuanta menos redistribución y más desigualdad, más crecen los problemas que aquejan hoy en día a la sociedad. Lo demuestran infinidad de estudios. Si crece la desigualdad, aumentan la criminalidad, las enfermedades físicas y mentales, aunque esta última esté infravalorada; crece la población carcelaria, el absentismo escolar, etcétera. Las cifras muestran cómo todo esto se está incrementando en economías desarrolladas. Fíjate en la obesidad y cómo crece en Europa. En Estados Unidos el 35% de la población ya es obesa: más desigualdad, más obesidad.

¿Qué relación ve entre el aumento de la desigualdad y la evasión fiscal?
Esa es una relación totalmente evidente. Si nuestros gobiernos dicen ‘sí, vamos a hacer algo contra el cambio climático’ pero no tienen dinero, la respuesta debería ser clara: organícense para poner fin a los paraísos fiscales y tendrán todo el dinero que necesiten para poner en marcha la transición verde. Los paraísos fiscales favorecen el enriquecimiento de los más ricos y las consecuencias son las mismas que expuse en la respuesta anterior.

¿Cómo interpreta el auge de la extrema derecha?
El éxito de la ultraderecha me parece, tristemente, algo normal en estas condiciones económicas. Mucha gente siente que los políticos no se preocupan por ellos, que les da igual su situación y que solo se preocupan por sí mismos. Ahí aparece la extrema derecha con un discurso nacionalista, populista… Mira el Brexit, mira a Trump en la presidencia de EEUU, incluso fenómenos como el separatismo en España o el norte de Italia… Mira a la AfD [Alternativa por Alemania, mayor partido de extrema derecha alemán], o cómo el este de Europa se vuelve autoritario… Es evidente que hay una reacción y habrá más.

¿Cómo interpreta lo que está pasando en Cataluña?
Prefiero no tomar posición, no conozco hasta ese punto la política general de España, pero sí puedo decir que no soy fan del señor Rajoy. Pienso que debería haber una salida democrática y que los catalanes deberían tener derecho a votar y decidir por sí mismos, pero también deseo que no se separen. Creo que en este momento de la historia la gente debe estar unida en torno a la democracia, y comprendo sus demandas y el malestar que generó la decisión del Constitucional de tumbar el Estatut en 2006. Más democracia nunca sienta mal.

Cambiando de tema, ¿ve relación entre la crisis de los refugiados, la industria armamentística y el cambio climático?
No me siento calificada para responder. Creo que las causas de la emigración son variadas. Permítame citar a Alfred Sauvy, muerto hace más de quince años. Sauvy decía que mientras la riqueza esté acumulada en el norte y la pobreza en el sur, la gente del sur se desplazará al norte. Si a eso añadimos guerras y bombardeos, ataques de EEUU que han matado a millones de personas… No hay lugar a dudas. Factores como la pobreza o el cambio climático, la imposibilidad de vivir donde se está. No es normal que la gente se desplace en masa, la mayoría quiere vivir donde está. Yo soy emigrante en Francia, en buenas condiciones por supuesto, pero en mi época no había miles de jóvenes de mi edad que quisieran irse de EEUU.

Existe un gran negocio en torno al desplazamiento de refugiados: venta de armas, construcción de muros fronterizos…
No me gusta hablar de temas en los que solo tengo nociones básicas. Sobre la industria armamentística, creo que mientras las condiciones no cambien, siempre habrá gente que saque beneficio de la desesperación de los demás.

¿Cuánto tiempo va a durar la incompatibilidad del capitalismo con la democracia?
Creo que la socialdemocracia, si se cumple realmente, es perfectamente aceptable. Siempre habrá una economía de mercado, el mercado ha estado presente desde hace miles de años, en todos los periodos de la vida humana. Mercado y capitalismo no son lo mismo. Se puede tener mercado sin fenómenos como la desigualdad o un sistema donde la redistribución no es respetada y los ciudadanos, tampoco. Creo que la socialdemocracia está en proceso de desaparición ahora, fíjate en Alemania, Francia… Eso muestra que la gente no cree en los socialdemócratas, y yo lo entiendo, porque ellos se han entregado por completo al neoliberalismo. La gente no ha conocido el sistema de economía keinesiana, siempre ha vivido bajo una economía de derechas, neoliberal, donde impera la idea de que el mercado puede decidirlo todo porque lo sabe todo y es mejor que la política, por lo que hay que dejarlo actuar. El objetivo de Trump es dejar claro que los ricos no le deben nada a los pobres. Ahora Macron está quitando fondos a los ayuntamientos, son miles de millones. Es una actitud que viene a decir ‘no te debo nada, nadie debe nada a nadie, los ricos no deben nada a los pobres, las grandes ciudades que van bien no le deben nada a las más pequeñas y pobres’, etcétera. Es la destrucción de la solidaridad, son crímenes contra la fraternidad.

¿Cree que la lucha contra el cambio climático puede ser una oportunidad para cambiar este sistema?
Podría serlo, pero haría falta una mayor conciencia de este fenómeno. Tengo la sensación de que la gente no entiende lo rápido que avanza esto. Siempre hemos visto huracanes en ciertas épocas y cambios de estación, pero no conocemos los extremos, ni esperamos inundaciones, ni vientos de 200 kilómetros por hora, no estamos preparados para fenómenos en los que la temperatura sube tan rápido que la vida se hace invivible. Esa es mi mayor preocupación. Este podría ser el principio del fin de la raza humana. No es con riqueza que algunos se salvarán de esto.

¿Cree que haría falta una gobernanza mundial para hacer frente al cambio climático y el aumento de la desigualdad?
Creo que estamos muy lejos de una gobernanza mundial y que es mejor tratar de gestionar espacios más pequeños. De momento no estamos suficientemente de acuerdo para gobernar junto con China o India, por ejemplo. Me gustaría que lográramos gobernar nuestros Estados y que eventualmente Europa evitara su propio suicidio. La idea de un gobierno mundial me parece tan utópica e indeseable, que prefiero poner mis energías en otras cosas.

¿Es posible compatibilizar a las instituciones públicas con un sistema de banca ética?
Sí, es un problema que podemos resolver.

¿Cómo?
Poniendo al poder financiero bajo supervisión. Podríamos nacionalizar bancos, ponerlos al servicio de la sociedad y evitar que sean tan grandes que, en caso de quiebra, todo el sistema se vea en riesgo y se exija al ciudadano aportar billones de dólares.

Las ventajas de la evolución tecnológica contrastan con la destrucción de empleo, ¿qué opina al respecto?
Siempre dijimos que la tecnología iba a destruir empleos pero se iban a crear otros. Viene sucediendo así desde que el mundo es mundo. Por ejemplo, piensa en las revueltas en Inglaterra contra los telares industriales, cuando todas las máquinas fueron vistas como destructoras de empleo. Creo que hace falta un sistema interino que forme a la gente en nuevos puestos de trabajo, que la prepare para nuevas oportunidades y cambios que van a venir. Evidentemente me parecen muy peligrosas otro tipo de tecnologías, como la que defiende el transhumanismo, porque representa una forma de aumentar las desigualdades: elegir genes, cambiar la raza humana, reservar oportunidades para una cierta clase que tiene características físicas e internas diferentes… Pero usted me considera un espíritu universal y yo no soy capaz de responder a todo, aunque tenga mis opiniones (risas).

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Día de la absolución del CETA: se culmina el divorcio con la realidad

Encuentro 'CETA: un impulso al comercio entre España y Canadá'. Foto: Comisión Europea.

Una de las características más inquietantes del presente momento histórico es la absoluta complacencia con los excesos del capitalismo global, forjado gracias a la arquitectura que despliega el comercio internacional. La forma de legitimarse de este orden en un estadio tan avanzado supera cualquier concepción que tengamos sobre el propio espectáculo, se borran las fronteras entre la realidad que decreta y lo que percibe el imaginario popular como tolerable. Estas son las impresiones que se desprenden de la jornada “CETA: un impulso al comercio entre España y Canadá,” el evento que abre la veda a una nueva campaña de relaciones públicas de la Comisión Europea llamada “Hablemos de comercio”. Ante las turbulencias populistas, la idea parece presentar la globalización neoliberal impulsada desde los años ochenta como nuevo sentido común de época o, como señalaba la nota de prensa de un evento que contaba con dos visiones -la empresarial y la institucional-, intentar “establecer un debate informado sobre el comercio internacional.” El equilibrio no es un rasgo fundamental de este tiempo.

La opinión pública se está haciendo más favorable a estos tratados”, celebraba durante la sesión Christian Burgsmüller, del gabinete de la Comisaria de Comercio de la Comisión Europea, Cecilia Malmström. Con la llegada de Donald Trump, los acuerdos comerciales no sólo han parecido adquirir completa legitimidad como contraveneno al multimillonario, sino que conceden al establishment bruselense todas las excusas para borrar de un plumazo un pasado molesto. La consciencia de aquellas batallas en la calles de Seattle en 1999, un “referente” contra las dinámicas de la globalización que de por sí eran una distopía de lo que fueron luchas pasadas, se ve ahora progresivamente cercada. De aquello sólo quedan las crónicas y decenas de miles de quejas en forma de ‘tuit’. Y “veremos — añadía Burgsmüller— cuando pasen dos o tres años y la visión apocalíptica de algunos críticos no se haya cumplido.” La realidad desaparece —es privatizada— ante una incesante sucesión de eventos que hablan del futuro de “las sociedades prósperas e igualitarias”.

“Existe una inquietud en proyectar un tipo de integración económica global, que es la base de la prosperidad creada en nuestros países desde la Segunda Guerra Mundial. Tenemos razón para la celebración de hoy,” explicaba Matthew Lewis, embajador de Canada en España, desde su tribuna en la Casa América, que en su patronato cuenta con el BBVA, Gas Natural, Telefónica y las Fundaciones del Banco Santander, Iberdrola y Repsol. Pareciera como si hubieran desaparecido los dislocados por los excesos de la globalización y el ataque al estado de bienestar nacional iniciado en los años ochenta; como si obtuvieran en los acuerdos de comercio como el CETA la receta homeopática a sus males.

El comercio es desde los recuerdos más lejanos de este Viejo Continente el gran motor de su integración. Asentada bajo la garantía de un mercado libre como forma de alcanzar un mundo pacífico y próspero frente a la devastación de la guerra, un grupo de estados europeos trataron de demostrar al mundo la viabilidad de su ideal de progreso ilustrado, fundamentado en la realización de la razón como liberación de la industria. Pese a que José Vicente González, vicepresidente de la CEOE, expresó que “es radicalmente falso que los tratados de comercio están hechos a medida de las grandes empresas”, el producto europeo actual es aquel en el que los jefes de grandes corporaciones se reúnen en Bruselas eminentemente para hacer negocios y, capitaneados por el superávit generado por la industria alemana, alzarse como un bloque comercial que plante cara al resto del mundo. A eso lo llaman Unión Europea. Y precisamente en ese mismo sentido apelaba Matthew Lewis al componente excepcional de nuestro tiempo: “es un acuerdo histórico que refleja la visión de sociedad que queremos, que se beneficia del dinamismo y la creatividad de la apertura económica”.

Precisamente haciendo un recorrido histórico por la posmodernidad, el historiador Perry Anderson concluyó que cuando existe una grieta entre la experiencia existencial y el conocimiento científico, “la ideología asume la función de inventar alguna forma de articular entre sí esas dos dimensiones distintas”. En este caso concreto, la ilusión de que “lejos de beneficiar a las grandes empresas, este tratado está centrado en las pymes [pequeñas y medianas empresas]”, en palabras de Carlos Molina, periodista de Cinco Días. O en las de José Luis Kaiser, de la Secretaría de Estado de Comercio: “yo he trabajado casi 15 años negociando acuerdos como el CETA y este acuerdo está enfocado sobre las pymes.” Todo aderezado de una nota de prensa que sostenía la cifra de que las empresas europeas ahorrarán cada año 590 millones de euros en aranceles gracias al acuerdo. Cabe destacar que la única referencia al dato se remonta a un comunicado de 2016 de la Comisión Europea. Según fuentes oficiales, supuestamente esa cifra es producto de descontar de las exportaciones totales hacia Canadá el ahorro que se deriva de la reducción de los aranceles en los próximos años. Un artificio propio de ilusionistas.

Porque en efecto es ilusorio creer que quienes comenzaron a negociar este acuerdo en 2009 —concretamente, el entonces presidente de la Comisión Europea y actual presidente no ejecutivo de Goldman Sachs, José Manuel Durão Barroso— lo hicieron con la intención de beneficiar a las pymes. Si bien algunas cuestiones (la reducción de trabas administrativas o eliminación de aranceles) podrá resultar beneficiosas para las pequeñas y medianas empresas, lo cierto es que el acuerdo final no contiene ni un solo capítulo específico con obligaciones para apoyar a las pymes. De hecho, como revela un trabajo académico de 2016, las pymes solo se mencionan en el acuerdo final ratificado por España en tres ocasiones: en los capítulos sobre inversión, comercio electrónico y compras gubernamentales. Y es más: según los datos, en la actualidad existen más de 20 millones de pymes en la Unión Europea (el 93% de estas, con menos de 10 empleados), pero sólo 619.000 exportan fuera de esta. Sin considerar que las dinámicas de liberalización sin freno impulsadas también por el CETA serán feroces para estas empresas, expuestas a la competencia de las grandes corporaciones transnacionales, y deberán hacer malabares para asegurar los 90 millones de puestos de trabajo (67% del empleo total en Europa) que generan.

Al parecer hemos entrado en la era moderna, y van a llegar muchos acuerdos “modernos y progresistas”. En conversaciones con La Marea, Christian Burgsmüller aclaraba que desde Bruselas se han dado de frente con la realidad de que la presente arquitectura de la globalización ya no se adapta a los tiempo actuales y es hora de negociar nuevos tratados de forma ambiciosa con países como Canadá, con los que compartimos valores tales como el “compromiso con la democracia, los derechos humanos y la sostenibilidad ambiental”. Dejando de lado que Canadá acogiera a más refugiados en medio año que cualquiera de los veintisiete estados europeos, en lo que respecta al contenido concreto del CETA no hay ninguna cláusula que salvaguarde los derechos humanos, una exigencia que realizó el Parlamento Europeo durante las negociaciones del TTIP.

También la cuestión ambiental es más que discutible. No sólo porque la ampliación de derechos de los inversores que contempla el tratado con Canadá podría desencadenar demandas de compañías contaminantes cuando los gobiernos traten de regular o acabar con la actividad de minas sucias o poner fin a los combustibles fósiles, sino porque cualquier disposición para implementar las políticas ambientales y climáticas de forma urgente puede chocar con las reglas que establece el tratado. Además, contrariamente a las exigencias llevadas a cabo por el Comité de Medio Ambiente, Salud Pública y Seguridad Alimentaria del Parlamento Europeo en el TTIP, el CETA sólo protege parcialmente las indicaciones geográficas, no contiene disposiciones sobre la reducción de los antibióticos en la ganadería, no promueve las energías renovables y utiliza listas negativas que dificultan el derecho a regular el sector energético. En una línea similar caminaban las conclusiones del Comité de expertos establecido por el presidente francés, Emmanuel Macron, para evaluar el impacto ambiental del acuerdo al concluir que, en el marco del texto final, “existen riesgos para invocar el principio de precaución europeo” o sus implicaciones serán “desfavorables para el clima.” Preguntado por ello, Burgsmüller insistió en que “el CETA no va a acarrear políticas contrarias al clima”.

Ha llegado un punto en la lógica discursiva del capital en la que pareciera que son las élites económicas, y no sólo los populistas de ultraderecha, quienes están comenzando a desembarazarse del concepto de ‘verdad’. De nuevo José Vicente González, de la CEOE, entidad poco conocida por su defensa de los derechos laborales de los trabajadores, señalaba en el evento la falacia de que el CETA va a arruinar puestos de trabajo, “cosa que no tiene ninguna constancia empírica,” señaló antes de avisar que improvisaría su intervención. “La desventaja es que estará poco estructurada, pero será sincera,” aseguraba en términos orwellianos. Sobre estas palabras, la Comisión del Parlamento Europeo de Asuntos Sociales y Empleos, tiene algo que decir en lo que respecta a la creación de empleo. Según los datos empíricos de uno de los estudios citados en sus recomendaciones para votar en contra del CETA, en el mejor de los casos se producirán aumentos marginales en el empleo de la Unión Europea de no más del 0,018% en un período de ejecución de entre 6 y 10 años. También otros estudios han presentado el argumento de que la creación de empleos no es tan segura y se pueden producir pérdidas de en torno a 204.000 empleos para la Unión Europea en su conjunto. En cuanto a los salarios, proseguía la recomendación parlamentaria, “la evidencia demuestra que el acuerdo contribuiría a ampliar la brecha de ingresos entre trabajadores no especializados y calificados, aumentando así las desigualdades y las tensiones sociales.”

En conferencias como esta, donde la clase política y económica puso el broche a la sesión entre vinos españoles, uno tiene la impresión de contemplar ante sus ojos aquel fenómeno que Anderson denominó como el “encanallamiento general de las clases poseedoras.” Esas élites verdaderamente intelectuales o academicistas que caracterizaban a la era moderna han sido suplidas hoy por una especie de populismo estético, característico de las élites cosmopolitas contemporáneas, donde la endogamia tecnocrática se vislumbra de forma perfectamente definida. Al final iba a acabar siendo verdad lo que dijo entre risas Alfredo Bonet, director internacional de la Cámara de Comercio de España: “los empresarios se creen más a los empresarios que a las instituciones.” Y al parecer, gracias en parte al mimetismo ético de los círculos de poder, sucede también a la inversa: las instituciones europeas se creen más a los empresarios.

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Saskia Sassen: “¿De verdad necesito una multinacional para tomar un café en mi barrio?”

Saskia Sassen durante una conferencia. Foto: Re:publica / Sandra Schink.

Saskia Sassen es, quizá, la persona que mejor comprende el fenómeno de la globalización actualmente. Sin ir más lejos, dedicó nueve años “de monje, que no de monja” hasta parir Territorio, autoridad y derechos: de los ensamblajes medievales a los ensamblajes globales, que ella misma considera como una de sus obras más completas de la decena de libros que componen su influyente bibliografía.

Esta semana Sassen visita Madrid para inaugurar el XXV Congreso de la Asociación de Geógrafos Españoles. Comienza su ponencia con un perfecto castellano –acento argentino– y se permite unas notas de humor, a pesar de la fatiga que produce cruzar el Atlántico dos veces en menos de 48 horas. En cuestión de minutos, conecta ideas y datos de disciplinas como la física, la sociología, la economía y la geografía, y las ilustra con ejemplos mundanos que penetran tanto en las mentes especializadas –aisladas– en un campo específico, como en las principiantes. Ante el hechizo de sus palabras, los millenials del público se olvidan del smartphone; insólito ademán de gozo en los rostros de las personas con aire intelectual y pelo canoso que colman la sala. Sassen no deja a nadie indiferente.

Premio Príncipe de Asturias 2013 en Ciencias Sociales, Sassen habla de migraciones, desigualdad, cambio climático y empobrecimiento de las clases medias, modestas y trabajadoras. Procura conscientemente evitar términos como neoliberalismo porque cree que “son como invitaciones a no pensar”. Sassen creció en cinco idiomas, y en todos ellos ha escuchado y leído que la digitalización es la gran revolución de nuestra era, pero ella insiste en que ese punto de inflexión tuvo lugar hace 30 años. Para esta socióloga, la “máquina de vapor” de nuestros días podría ser la alta finanza. “Ni la máquina de vapor ni lo digital afectan a todo, mientras que la alta finanza genera un cambio fundacional en la sociedad y el sistema”. Prefiere hablar de tú a tú y desgrana su pensamiento con la mirada clavada en quien tiene delante, como si estuviera leyendo sobre los ojos de su interlocutor.

Primera pregunta, ¿eres optimista?

[Una joven interrumpe la entrevista. Ha reconocido a Sassen y quiere expresarle la admiración que le despierta su trabajo. “Pero si eres socióloga”, dice la chica. Le sorprende ver a Sassen en un congreso de geógrafos].

–Yo creo que sí, soy optimista, a pesar de que hablo de muchas cosas negativas. Mi disposición es a mirar a la cara a todas estas cosas negativas. Cuando estás combatiendo, tienes energía.

Sassen presta atención a mundos muy distintos. Es profesora de la Universidad de Columbia y la próxima conferencia en su agenda se celebrará en la prestigiosa Universidad de Stanford, pero asegura que lo que le importa es hablar “a los que sufren abusos, un abuso a menudo invisible”. En este momento desarrolla un proyecto sobre espacios urbanos en la periferia de París, uno de esos lugares que ella denomina “espacios indeterminados”, para que “quienes están en riesgo de alienación” sientan que forman parte de su espacio urbano. En privado, admite que no le gusta jugar a predecir el futuro: “Prefiero estar alerta de las trayectorias que van cambiando”. Su obsesión, reconoce, es comprender lo que está pasando justo ahora: “Lo que me gusta es descubrir, no replicar”. No forma parte de los “batallones de científicos sociales”.

Una de las tendencias que más le interesan como pensadora e investigadora es lo que define como “extractivismo financiero” y que comenzó con las grandes desregularizaciones de los años 80. “La alta finanza es un sector extractivo que vende lo que no tiene“, a diferencia de la banca tradicional, “y nosotros pagamos el precio”, dice. A ojos de la profesora, el sistema financiero logra colonizar espacios no financiarizados, periféricos, para seguir expandiendo sus fronteras y acumulando más riqueza y poder.

Mientras hablamos, invoca el caso de las grandes corporaciones financieras de Alemania y su rol en la crisis de la deuda soberana en varios países de Europa. También cita ejemplo de los productos derivados de las hipotecas subprime que los grandes grupos financieros de Estados Unidos concedieron a las familias con las rentas más bajas, unos instrumentos especulativos tóxicos, ahora prohibidos, que se vendieron y esparcieron a nivel global y que aceleraron la transmisión de la crisis por todo el mundo. El sistema financiero necesitaba activos tangibles, como las casas de esos ciudadanos de renta baja, para crear esos productos derivados y obtener plusvalías muy rentables. Más tarde la alta finanza expulsó a esas familias pobres que unos años antes había incorporado, lo que se materializó en más de 14 millones de hogares estadounidenses desahuciados. Al igual que sucedió en España, allí el Estado también destinó cifras récord para salvar a la banca.

¿Crees que veremos un cambio de dinámica en el mundo de las grandes finanzas que no implique una tragedia?

Creo que han encontrado un límite, aunque la cuestión es que siguen desarrollando instrumentos. Mira cuando inventaron los productos derivados. Hay una especie de exhaustion [usa el término en inglés para decir ‘agotamiento’] de opciones. Me interesan mucho las nuevas posibilidades que puedan surgir. Cuando Goldman Sachs empezó a comprar todo tipo de activos relacionados con el aluminio, generó una crisis en el mundo financiero. No usaron el metal, sino que especularon y generaron una escasez que incluso les llevó a los tribunales, pero ahí siempre ganan. Generan escasez para obtener una plusvalía. Es increíble.

El FMI vuelve a pedir más apoyo de los Estados a los planes de pensiones privados… ¿Qué rol juegan los gobiernos nacionales en todo esto?

¿Qué gobierna el gobierno? Los gobiernos nacionales han facilitado esto, cediendo ante lobbies, cambiando leyes… Recuerdo cuando, ante el estallido de la crisis, en EEUU el poder legislativo discutía si debía dar al sistema bancario la mitad del fondo de rescate, dotado con 700.000 millones de dólares. Al mismo tiempo la Reserva Federal [banco central de EEUU] decidió que sí. Bloomberg News pidió información y no la obtuvo hasta dos años y medio más tarde. Después llegó el quantitative easing [compra de bonos y tipos de interés cercanos a cero], en total 12 billones de dólares. Mientras, la opinión pública debatía por 300.000 millones de dólares [coste estimado del programa de salud pública Obamacare]. El nivel de corrupción de Ben Bernanke, por entonces jefe de la Reserva Federal, fue tan profundo que no se percibió como tal. Llegamos a creer que así es como han de hacerse las cosas. Han generado esa lógica hasta convencernos de cómo se resuelve esto. Ahora el FMI, institución pública, aunque lo olvidemos, defiende la privatización de las pensiones, y sabemos muy poco de este tema. Todos los presidentes que hemos tenido [en Estados Unidos], también Obama, han sido convencidos por el sistema financiero, que tiene gente muy inteligente, para que tomaran decisiones nefastas. Clinton fue uno de los peores, puso en marcha la desregularización, creando el escenario para la tormenta perfecta que llegó después.

En su afán por entender cómo se conectan distintas realidades, Sassen ha desarrollado un basto conocimiento sobre dinámicas migratorias, cambio climático, ‘tierra muerta’ y globalización. Habla de “un tercer sujeto migrante” que queda fuera de los tratados internacionales sobre refugiados o las leyes nacionales sobre migración: personas expulsadas del campo que terminan en grandes suburbios de la periferia y son “capturados en un desarrollo económico (…) que oscurece esta realidad de expulsión”, con la ayuda de indicadores económicos tan reduccionistas como el crecimiento del PIB. Sassen subraya que esas familias mantuvieron la tierra viva durante generaciones, pero las nuevas plantaciones son capaces de destruirla en solo 50 años. En breve comienza la Cumbre del Clima de Bonn (Alemania) y la socióloga no deja pasar la oportunidad para insistir en que, a su parecer, estos acuerdos son solo “un pasito chico, no son suficientes”. “Este sistema económico no tiene en cuenta el tema, pero está surgiendo conciencia”, dice en referencia al cambio climático.

Tras el fatalismo realista, una pincelada de optimismo: “Hay muchísima esclavitud en el mundo hoy en día, pero también hay gente que relocaliza elementos de la economía, como quienes empiezan a cultivar verduras en barrios modestos”. Ella interpreta estos brotes de cambio como un intento por recuperar algo que no es simplemente una franquicia, y esta vez cita como ejemplo Barcelona y su menguante tejido de antiguos negocios familiares que caen ante la llegada de grandes firmas internacionales, con lo que eso conlleva, desde la pérdida de conocimiento –”la familia que tenía una floristería sabía dónde obtener flores, cómo trabajarlas… Ahora son franquicias y ese savoir faire se queda en la sede de la multinacional”– hasta la salida de dinero que antes permanecía en el circuito local. “¿De verdad necesito a una multinacional para tomarme un café en mi barrio?”, se pregunta.

Sassen asegura que no siente miedo, sino indignación, ante el masivo flujo de datos personales en manos de grandes corporaciones y gobiernos. Opina que “tienen tantos datos que les cuesta manejarlos”, pero le molesta que compañías como Google, o sobre todo Facebook, ingresaran sus primeros 1.000 millones de dólares “sin asumir ningún tipo de riesgo, ¿y si potencian algo que es falso? Además, venden toda la información sobre nosotros a otras empresas también sin asumir ningún riesgo”.

La profesora termina matizando: “Hay gente brillante que no pudo trabajar en un diario y ahora puede escribir sus historias, pero al mismo tiempo hay un abuso total, estas corporaciones pueden cometer errores pero nunca son culpables, es lógica extractivista“. “Cuando todos los modelos que admiramos caen en eso, tenemos un problema serio”, sentencia Sassen.

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El CETA y la nueva vieja globalización

Movilización contra la ratificación del CETA.

El largo Siglo XX terminó en 2016 fundamentalmente con el referéndum para la salida del Reino Unido de la Unión Europea, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la muerte de Fidel Castro. El mismo año, la Comisión Europea propuso a los 28 países miembros de la UE reunidos en el Consejo Europeo la firma del CETA (Comprehensive Economic Trade Agreement). Así es que la década que ha pasado entre junio de 2007, cuando se decidiera encargar un estudio de impacto sobre los posibles efectos de un tratado de comercio con Canadá, y el debate en el Congreso de los Diputados que inicia su ratificación, ha convertido lo que fuera un acuerdo impulsado por un presidente conservador de la rama tory, Stephen Harper, y el actual presidente no ejecutivo de Goldman Sachs, lobbista en Bruselas y expresidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso, en “el acuerdo de comercio más progresista negociado nunca.”

Zygmunt Bauman, el último gran pensador crítico con la globalización, nos dejó un año después de estos sucesos con la idea de que nuestra civilización se encuentra en un momento de interregno —tomando prestado el término de Gramsci. De esta forma, el plan de la Unión Europea para moverse en los tiempos líquidos parece evidente: aprovechar que el eje de lo tolerable se ha desplazado tan bruscamente hacia la derecha con el fin de presentar con otro nombre la misma receta de su tóxico cóctel compuesto por capitalismo extremo y globalización neoliberal. Esta, nos dicen, es la única de las alternativas posibles para capear la tormenta populista. En este sentido, el CETA y la maquinaria de propaganda que lo bendice juegan un papel fundamental. Lo evidenció Albert Rivera el jueves cuando, subido a la tribuna del Congreso, se opuso a enviar el tratado al Tribunal Constitucional para que revisara su encaje en la Constitución Española porque “Podemos vota con Le Pen en contra de este tratado en la Unión Europea [se refería al voto reciente en el pleno parlamentario]”. Da igual que Alemania y Francia hubieran llevado ya hace meses el tratado a sus cortes nacionales, y obteniendo vía libre, se trataba de negar la confrontación política, como hizo la Gran Coalición al unísono en el Parlamento Europeo identificando a la izquierda con la extrema derecha, y eliminar todo atisbo de insurgencia.

El intento por convertir en razonables las negligencias del pasado comenzó cuando Jean-Claude Juncker hizo público su Libro Blanco sobre el futuro de la Unión Europea. Emergió entonces, casualmente al unísono del triunfo de Trump, la idea de que los tratados de comercio que negociaba la Comisión Europea eran progresistas y constituían la punta de lanza para una globalización más justa. Esta especie de eufemismo se ha ido repitiendo desde entonces en infinidad de declaraciones públicas, entrevistas y ha salpicado también las páginas de opinión de los diversos tabloides europeos. Huelga recordar que, en una declaración conjunta fechada en diciembre, varias decenas de académicos, entre ellos Ha-Joon Chang, Dani Rodrik y Thomas Piketty, pidieron a la Unión Europea modificar el contenido del mandato de negociación de los tratados de comercio. Piketty fue incluso más allá y escribió un artículo en The Guardian con motivos muy explícitos para rechazar el CETA. “Es un tratado que pertenece a otra era. No contiene absolutamente ninguna medida restrictiva en materia fiscal o climática. No obstante, contiene una referencia considerable a la protección de los inversores,” señalaba.

Pero la Comisión Europea, en lugar de afrontar las preocupaciones sobre los efectos colaterales de la globalización, se limitó a responder señalando que abreviaturas como el TTIP o el CETA no tienen futuro. “Si se inicia un debate con tal abreviatura, probablemente ya se haya perdido”, expresó a POLITICO el jefe de gabinete del presidente de la comisión, Martin Selmayr. “Si la UE vuelve a entablar conversaciones comerciales con Washington entonces ciertamente no se llamarán TTIP”. El indómito propagandista confirmó lo que sostienen en privado algunos altos funcionarios europeos: “el TTIP ha muerto”. Pero solo sus siglas. Larga vida al TTIP.

El más reciente de los movimientos de la Comisión Europea por blanquear su estrategia comercial ha sido la publicación de un documento que defiende la globalización en detrimento de los repliegues nacionalistas y, como no, populistas. Idealizado como un intento por “establecer reglas multilaterales para dar forma y regular la globalización”, no es más que un documento muy poco novedosos repleto de circunloquios y gráficos pintorescos. Esta es la misma retórica que empleó Barack Obama para tratar de ratificar el tratado transpacífico (TPP) el pasado año e incluso la sostenida por el excomisario de Comercio Pascal Lamy hace más de una década. Aunque, en cierto modo, el texto de la Comisión sí contiene una novedad: la alusión reiterada al papel de la “resiliencia”. En un libro titulado Una vida en resiliencia, el arte de vivir en peligro (Fondo de Cultura Económica), Brad Evans y Julian Reid exponían la importancia del marco mental que se esconde tras esta palabra para justificar las nuevas reformas neoliberales. Parafraseándoles, cuando la Unión Europea exige “una globalización resiliente”, se refiere a negar de antemano cualquier alternativa popular capaz de plantear alternativas al status quo.

Ha sucedido que, por primera vez desde Seattle, los movimientos activistas han logrado dividir exitosamente el campo político e identificar los tratados de comercio como el enemigo unívoco de la globalización. Tanto el CETA como el TTIP son ese significante vacío que proyecta un mito ideológico para agrupar las diferentes demandas populares contra el capitalismo global, usando los términos de Ernesto Laclau. Además, la unión de los distintos grupos críticos con estas dinámicas comerciales se ha constituido como una especie de demos europeo, que es al mismo tiempo pionero y disidente con el establishment bruselense.

De esta forma, en lugar de responder positivamente a los movimientos populares, las élites han escogido incrementar su apuesta por la globalización descontrolada vistiéndola de social a través de diversas técnicas de relaciones públicas. En uno de sus últimas piruetas estratégicas, la Comisión presentó una especie de paquete social, digerido por la prensa como “un verdadero giro social”. No obstante, no contenía más que algunas medidas aderezadas de mucho marketing que para nada revierte el viraje de la integración europea negativa —capitaneada por las ideas hayekianas— de los años 80. Decía el historiador Andrew Moravcsik que “la Europa social es una quimera” puesto que ningún analista en sus cabales cree que los sistemas de asistencia social sean sostenibles a escala comunitaria. “Básicamente, la finalidad de la UE es hacer negocios”, culminaba. Aquí está el quid. A pesar de todo, la construcción comunitaria ha resultado ser uno de los sistemas internacionales más destacados de este tiempo. Y quiere seguir siéndolo.

Al fin y al cabo, como resumió Juncker en su último discurso sobre el estado de la Unión, ser europeo se basa en “estar abierto y comerciar con nuestros vecinos, en lugar de ir a la guerra con ellos. Significa ser el mayor bloque comercial del mundo”. Para percibir los matices conviene recurrir a la carta publicada en El Gran Retroceso (Seix Barral) que David Van Reybrouck le remitió al respecto al presidente de la Comisión Europea. Dice así: “La Unión Europea se ha convertido cada vez más en una batalla entre ciudadanos y empresas. Lo que en su día era un proyecto pacifista que tenía por objeto unir industrias nacionales para evitar que estallara un nuevo conflicto armado ahora es una fuente creciente de tensión entre empresas privadas y ciudadanos furiosos”. En esta nueva vieja globalización, a las primeras se las sigue liberando de sus ataduras al mismo tiempo que a los segundos se les exige sacrificios en forma de derechos.

Como demuestra un exhaustivo análisis del académico Ferdi De Ville, el texto del CETA no respeta las recomendaciones que los propios diputados europeos establecieron para el TTIP. “Los miembros del Parlamento Europeo deberán decidir si el acceso al mercado canadiense logrado (resultando en un crecimiento a largo plazo muy limitado de entre un 0,2% y un 0,3% del PIB) compensa el riesgo inherente que implica el tratado para la capacidad de reacción política y la ausencia de una verdadera promoción del desarrollo sostenible en el mundo”. Una fuerte defensa de la cláusula sobre derechos humanos, la salvaguarda a la hora de impedir la liberalización de determinados servicios, así como la exclusión completa de los servicios públicos quedan como humildes intenciones con tanta validez como las de año nuevo. También, la firma del CETA supone alejarse de una exigencia vinculante con el cumplimento de los compromisos sobre derechos laborales, los estándares ambientales y, sobre todo, con la exclusión de los aspectos más polémicos de los tribunales de arbitraje internacional.

El mensaje que trasladará España cuando ratifique el tratado es que prefiere prescindir de los parámetros sociales existentes, esas leyes morales que ponen techo a la actuación de las firmas multinacionales. Desde luego, esto dista mucho del argumentario socialdemócrata de “haber logrado cambios sustanciales en el contenido del CETA”. A lo sumo, unos días de demora ante una enfermedad terminal.

La idea del comercio libre no es ya la de una herramienta para acabar con el proteccionismo nacional, sino una vía para otorgar más privilegios a las fuerzas industriales y desplazar los focos de poder hacia los centros financieros y tecnológicos. Como señaló de forma muy certera Giovanni Arrighi en Adam Smith en Beijing (Akal), el capitalismo chino no ha seguido la ruta neoliberal de Occidente hacia la integración capitalista global. William I. Robinson sintetizaba correctamente esta tesis: “El Estado conserva un papel clave en el sistema financiero, en la regulación del capital privado y en la planificación. Esto le permite desarrollar la infraestructura del siglo XXI y guiar la acumulación de capital hacia objetivos más amplios que el de la obtención inmediata de beneficios, algo que los estados capitalistas occidentales no pueden lograr debido a la reversión de los sectores públicos, la privatización y la desregulación”. Por lo tanto, no es que se trate de una conspiración de las grandes corporaciones, es que la única forma de mantener el peso en el tablero global implica seguir profundizando en estas tres máximas. Los acuerdos de comercio encuentran su motivo de ser en este sentido común que trata de adaptarse a una realidad cada vez más distorsionada.

Estamos ante uno de los diseños más modernos de la arquitectura comercial del nuevo siglo, que sentará los cimientos para todo aquello que esté por venir. Ahora bien, en un momento en que el avance impertérrito del capitalismo necesita desprenderse de los lazos democráticos, el camino que se inicia para seguir justificando las reformas neoliberales será hercúleo. Si las fuerzas progresistas siguen permitiendo que el comercio sirva para eliminar la cuestión moral y crear un coto privado, puede que ningún spin doctor logre maquillar la catástrofe de esta política exterior en unos cuantos años.

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Susan George: “Si Trump visita España, salid a la calle y reíd con todas las fuerzas”

A mediados de los 90, tras la caída del muro de Berlín, la doctrina económica neoliberal campaba a sus anchas y la globalización de las finanzas avanzaba a un ritmo inédito, sin que en el horizonte aparecieran alternativas de peso que pusieran en cuestión el reguero de daños colaterales que dejaba a su paso. Entonces nació ATTAC, la Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana, un movimiento altermundialista que pronto cumplirá 20 años y que puso encima de la mesa temas tan vigentes como la lucha contra los paraísos fiscales, la privatización de servicios públicos y el incremento de las desigualdades socioeconómicas.

Estos días el mundo parece asistir al comienzo de una nueva etapa, o así lo creen desde ATTAC, que celebra este fin de semana varios encuentros en Madrid para reflexionar sobre la situación actual de Europa y del resto del mundo. La rama española de este colectivo cumple 17 años ejerciendo de anfitriona.

Tras repasar algunos de los hitos de ATTAC España, como la exitosa lucha contra la privatización del Canal de Isabel II, su participación en las distintas mareas que surgieron del movimiento de indignados 15-M o la defensa de la renta básica universal, este jueves cientos de personas abarrotaron el anfiteatro del Centro Cultural Galileo -un elevado número de asistentes tuvo que quedarse fuera ante la falta de aforo- para escuchar a, entre otras personas, la activista Susan George, leyenda viva del pensamiento altermundialista y presidenta de honor de ATTAC. George, estadounidense con doble nacionalidad francesa que pronto cumplirá 83 años, transmitió su optimismo recordando que al inicio del movimiento era una locura plantear tasas a las transacciones financieras y apenas se hablaba de paraísos fiscales, dos ideas de plena vigencia en el debate actual. “Gracias a ATTAC mucha gente se interesó en la economía, que era percibida como un tema ajeno y lejano”, afirmó.

George achacó estas victorias a la labor pedagógica de ATTAC y animó a la acción no violenta, citando el ejemplo de los activistas franceses que a finales de 2016 emprendieron el secuestro simbólico de sillas en cientos de sucursales bancarias de todo el país, una medida simbólica que les brindó visibilidad mediática y la simpatía de muchos ciudadanos. También habló de Trump, el Brexit, la “colonización alemana en Grecia” y el auge de la extrema derecha, fenómenos que achacó a la falta de alternativas y esperanza.

“Si Trump viene a España a visitar la Moncloa, mi sueño es que salgáis a la calle y riáis con toda vuestra fuerza”, pidió George a los asistentes, quien además dejó espacio a la autocrítica al reconocer que este movimiento sigue siendo desconocido para gran parte de la clase obrera y confesó que su mayor preocupación es la lucha contra el cambio climático: “Tenemos una gran oportunidad de movilizar a la gente estableciendo vínculos entre estos problemas”.

Además de Susan George, participaron en este encuentro Ángel del Castillo, coordinador de ATTAC-Madrid; Lourdes Lucía, fundadora de ATTAC España, y el delegado de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de la capital, Carlos Sánchez Mato. Entre los temas que abordarán en los próximos días están la campaña para pedir la abolición de “los mal llamados paraísos fiscales” que lanzarán en abril, o la organización de la IV Universidad de Verano para Foros Sociales que se celebrará en Tolouse entre el 23 y el 27 de agosto.

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