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Nuevas infraestructuras de gas deficitarias con dinero público a costa del clima

Planta de ciclo combinado en Fawley (sur de Inglaterra). Foto: Gillian Thomas / CC BY 2.0.

Samuel Martín-Sosa Rodríguez // En noviembre de 2017 la Comisión Europea presentó la lista de Proyectos de Interés Común de interconexión energética entre países de la Unión Europea, una serie de infraestructuras que recibirán financiación pública comunitaria y se beneficiarán de una tramitación agilizada -por ejemplo, trámites de Evaluación de Impacto Ambiental simplificados-. Aunque en principio esta lista debe de estar integrada principalmente por obras de interconexiones eléctricas, en la lista de la Comisión se pueden encontrar hasta 95 proyectos de gas, incluyendo grandes gasoductos y nuevas terminales para importar gas natural licuado por barco.

La apuesta europea por el gas es evidente. Desde 2014 el mecanismo financiero ‘Conectar Europa’ ha dedicado más de 1.000 millones de euros a financiar infraestructuras de gas (el doble que a planes de conexión eléctrica). Algunos de los proyectos planteados en la nueva lista son absolutamente faraónicos. Destaca el Corredor Meridional del Gas, una tubería de 3.500 kilómetros que pretende traer gas desde Azerbaiyán hasta Italia, vía Turquía, y que ha estado inmersa en polémicas de corrupción. Este proyecto de 34.000 millones de euros pretende beneficiarse de préstamos de instituciones financieras europeas. El Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo ya dio luz verde a partidas económicas para financiar los tramos caucásico y turco, y ahora el Banco Europeo de Inversiones está por decidir si concede 2.000 millones de euros para el tramo transadriático. La empresa española Enagás tiene participación en el proyecto. Enagás también está detrás de los dos proyectos españoles que integran la lista -el MidCat, que duplicará la capacidad de interconexión con Francia, y la tercera interconexión con Portugal-.

La primera pregunta que debemos hacernos es: ¿necesitamos estas infraestructuras? La demanda europea de gas cayó un 20% entre 2010 y 2016. Diversos estudios muestran cómo el sistema gasista europeo actual es robusto y resiliente, capaz de hacer frente, solo introduciendo algunos cambios menores, a nuevas situaciones de estrés como las que se vivieron hace unos años a raíz del conflicto entre Ucrania y Rusia. Uno de estos estudios, encargado por la propia Comisión Europea, señala precisamente que los gasoductos españoles mencionados tendrían escaso o nulo flujo de gas.

El sistema gasista español ya está de por sí bastante sobredimensionado. Somos el cuarto país del mundo en capacidad de regasificación (plantas que transforman el gas líquido -licuado- que se transporta en buques), y sin embargo estas terminales funcionan a menos del 40% de su capacidad. Tenemos un amplio parque de centrales de gas de ciclo combinado que están la mayor parte del tiempo paradas. Las proyecciones de consumo pre-crisis fueron exageradamente optimistas en nuestro país y nuestro sistema nacional gasista retribuye esas inversiones aunque la infraestructura no se utilice. Eso, sumado a indemnizaciones como la del almacén Castor, ha generado un déficit del sistema que pagamos -y que pagaremos durante las próximas décadas- los usuarios en la factura del gas. En este contexto parece suicida generar nuevas infraestructuras deficitarias con dinero público.

La segunda pregunta que debemos hacernos es: ¿es el gas la energía que necesitamos en un contexto de crisis climática? El gas es un combustible fósil y por tanto debe permanecer en su mayoría bajo tierra, como el petróleo o el carbón, de acuerdo con lo planteado por la ciencia para cumplir con los objetivos de París. A pesar de la retórica del Comisario Arias Cañete, que pretende presentar al gas como un combustible relativamente limpio, su huella climática es muy significativa si se consideran las fugas de metano, como muestra de forma creciente la evidencia científica. Según un reciente estudio del Tyndall Centre for Climate Change, Europa no debe construir una sola infraestructura de gas más si quiere tener posibilidades de cumplir con el objetivo global de no superar un aumento de temperatura de 2ºC a final de siglo.

La tercera y última pregunta que nos surge es: si no necesitamos más gas, y además el gas es enemigo del clima, ¿porqué se toman estas decisiones en la política energética europea? Incomprensiblemente la normativa europea establece que un organismo denominado ENTSO-G es el encargado de hacer la planificación de las infraestructuras de gas necesarias para satisfacer la demanda. La demanda futura también la estima este organismo, a pesar de que año tras año la tosca realidad se empeña en demostrar que sus previsiones estaban sobrestimadas. ENTSO-G es la coalición europea de operadores de transporte de gas: operadores como la española Enagás. Es decir, este organismo está integrado por las mismas empresas que luego son las encargadas de construir, con el dinero de todos los ciudadanos europeos, las infraestructuras que ellas mismas han determinado que son necesarias.

Esto se llama ‘poner al zorro a cuidar de las gallinas’. Se trata de una muestra del enorme poder que tiene la industria fósil en las decisiones sobre política energética. Una política que debería estar sujeta a criterios ambientales y de bien común. El Parlamento Europeo, que debe regirse por estos valores, tiene en los próximos días una oportunidad única de votar en contra de esta lista de Proyectos de Interés Común. Porque visto lo visto, el gas no es de interés común.

El viernes 26 de enero Ecologistas en Acción y el ODG organizan la mesa redonda ‘¿Qué papel debe jugar el gas natural en el modelo energético?’ en el Ateneo de Madrid.

Samuel Martín-Sosa Rodríguez es responsable de Internacional de Ecologistas en Acción.

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Escocia prohíbe el ‘fracking’

Acción de protesta contra el fracking. | La Marea

El gobierno escocés ha anunciado esta semana que “no apoyará el desarrollo de gas y petróleo no convencional” en el país. Esto significa, según una nota de prensa oficial, una “prohibición efectiva sobre la técnica del fracking“. El gobierno de Nicola Sturgeon ha basado su decisión en una campaña de consultas públicas, que ha durado cuatro meses. La consulta ha recibido, según el propio Ejecutivo, unas 60.000 respuestas, con un apoyo casi total a la prohibición. Alrededor del 99% de las conestaciones se han opuesto a la polémica técnica extractiva. El ministro escocés de Negocios, Innovación y Energía, Paul Wheelhouse, ha anuncido la medida ante el Parlamento, donde ha afirmado que el fracking “no puede tener y no tendrá lugar en Escocia”.

Entre los motivos de los escoceses para rechazar el fracking están los efectos negativos que estos proyectos podrían tener sobre las comunidades, la salud, el medio ambiente y el clima. Además, entre las respuestas se expresa escepticismo acerca de la posibilidad de mitigar estos impactos con regulaciones, y se duda de la contribución económica que el fracking pueda suponer para el país.

La técnica de fractura hidráulica, o fracking, consiste en la inyección de líquidos a alta presión en rocas del subsuelo, para forzar la apertura de grietas y aprovecharlas para extraer gas. A pesar de que este método hace décadas que se emplea para extraer hidrocarburos convencionales (de pozo vertical), su uso para extraer gas y petróleo no convencionales es relativamente reciente. El fracking ha suscitado numerosas preocupaciones, que van desde la contaminación de acuíferos y las fugas de metano hasta el aparente sinsentido que supondría extraer combustibles fósiles en un mundo que se dirige a un modelo basado en energías renovables.

Reino Unido es uno de los países de Europa con mayor desarrollo de fracking, aunque tanto en Gales como ahora en Escocia la técnica está prohibida. El gobierno de Inglaterra, no obstante, ha promovido la exploración de zonas susceptibles de ser explotadas mediante este método. En agosto, ya se comenzó a extraer gas en las inmediaciones de Blackpool, en el norte del país.

En España no existen, en este momento, proyectos activos de extracción de hidrocarburos por fracking aunque se exploran las posibilidades de abrir licitaciones en zonas de Cantabria, Burgos, Palencia y Asturias.

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“La energía nuclear socializa los riesgos a costa de privatizar los beneficios”

MADRID // Está presente en la ropa que vistes, el aire que respiras y la estrategia diplomática de cualquier nación, pero su fin es inminente e inevitable. El experto en energía Jorge Morales de Labra acaba de publicar Adiós, petróleo, una obra de lectura rápida y clara que recorre la historia del combustible fósil más adictivo para la humanidad y plantea varias reflexiones sobre un futuro próximo sin el llamado oro negro.

La energía como negocio y arma política. ¿En qué momento dejó de ser un derecho?

La energía nunca ha sido un derecho en sí. Desde que en el siglo XIX se empezara a explotar el petróleo, jamás se ha contemplado la energía como derecho. La gente siempre ha tenido que pelear por la energía y esta ha sido una fuente permanente de conflicto en todo el mundo, al menos los últimos 150 años.

Le doy la vuelta a la tortilla: ¿la energía debería ser un derecho fundamental para el desarrollo socioeconómico?

La transición energética no es como cambiar cromos, es decir, no consiste solo en cambiar combustibles fósiles por renovables. Tiene que ver mucho con un término muy bonito pero que tiene muchas cosas detrás: la democratización de la energía. Las energías renovables permiten por primera vez en la historia que cada cual decida qué energía quiere para sí mismo. Esto nos puede parecer muy snob aquí en los países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), pero está siendo una verdadera revolución en países de África o en la India, por ejemplo, donde la gente está montando sistemas fotovoltáicos con baterías, llevando electricidad a sitios impensables. Las renovables permiten que la energía esté más cerca de ser un derecho en la medida en que es más accesible para toda la población. Recordemos que hay más de 1.000 millones de personas ahora mismo sin acceso a la electricidad.

El libro recorre la historia del petróleo, desde su descubrimiento hasta hoy. ¿Cuál es el próximo episodio en la historia de este recurso? ¿Muerte y defunción perpetua?

Seguiremos consumiendo petróleo durante muchos años pero sin duda habrá una revolución radical en su consumo. Ya hemos empezado por la generación de energía eléctrica, e inmediatamente pasaremos a otra fuente. Vaticino que de aquí a 2025 más de la mitad de los coches que se vendan serán eléctricos, y eso cambiará la fisionomía de las ciudades y la calidad del aire de las mismas. Después avanzaremos a otros sectores. Creo que el más difícil de abordar será el de la petroquímica. No nos damos cuenta de que miremos a donde miremos hay petróleo: ropa, material de oficina… Ese es el que más tardaremos de eliminar.

El subtítulo del libro es Historia de una civilización que sobrevivió a su dependencia del oro negro. ¿Optimismo o realismo?

Desengancharnos del petróleo se debe a tres razones. En primer lugar, sabemos que no va a durar mucho. La Agencia Internacional de la Energía estima que tenemos petróleo para 70 años más. Hemos vivido en un espejismo: en seis generaciones hemos dilapidado todas las reservas que han tardado cientos de millones de años en generarse. En segundo lugar, tenemos un problema medioambiental gordísimo. El cambio climático es sin lugar a dudas el reto más importante al que nos hemos enfrentado como civilización y el que más consenso científico ha logrado en la historia. Además, tenemos un problema de contaminación en las ciudades que ya es un problema de salud pública de primer orden. Hace años señalábamos a China por el aire contaminado, pero ahora nos damos cuenta de que no solo es problema exclusivo de los chinos. Creo que el escándalo Volkswagen ha abierto los ojos a mucha gente en ese sentido. El problema de la contaminación de las ciudades es un problema global. No podemos seguir matando a la gente. Hay 3,7 millones de muertos al año por la contaminación del aire en las ciudades según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Tercero: a día de hoy existe una alternativa que, además, es más barata. En las subastas internacionales las renovables ganan a las energías fósiles. Esto hace que los grandes fondos de inversión desplacen su dinero para invertir en renovables. Estas tres razones nos abocan a una transición rápida.

Gas Natural Fenosa, por citar un ejemplo, está llevando a cabo grandes campañas para posicionar el gas natural como el recurso imprescindible en la transición hacia un modelo basado en energías limpias. ¿Realmente el gas natural es imprescindible?

El gas natural no es imprescindible para la transición hacia las energías renovables. Lo que ocurre es que es el menos malo de todas las tecnologías de generación no renovables que tenemos funcionando en España. Si me preguntan cómo desarrollaría esa transición energética, yo sí contaría con ese gas, pero con el gas existente, ojo. En ningún caso construiría centrales nuevas. Aprovecharía las que hay construidas y empezaría a cerrar mucho antes las demás, como las de carbón o las nucleares, por ejemplo. ¿Eso quiere decir que necesitemos el gas natural para hacer la transición a las renovables? No, quiere decir que viene bien utilizarlo hasta que lleguemos a 100% renovables. Para 2050 estoy convencido de que seremos capaces de llegar a ese 100% sin necesidad de ningún tipo de gas.

¿Qué hace el lobby de los combustibles fósiles para entorpecer la transición hacia un modelo limpio de energía?

Mentir. El caso más sangrante fue el de Peabody, la empresa de carbón más importante de EEUU. Cuando quebró aparecieron documentos que mostraban cómo la compañía era el centro de financiación de muchos grupos negacionistas del cambio climático. Hace poco el MIT [Instituto Tecnológico de Massachusetts], que no es cualquier instituto, acreditó que desde hace décadas las grandes petroleras estadounidenses son conscientes del efecto de los vertidos de petróleo y las emisiones contaminantes. Hay una enorme responsabilidad, por ser suave, por parte de estas empresas que quieren alargar sus negocios lo máximo posible siendo plenamente conscientes de las consecuencias de su negocio. Es similar a lo que pasó con la industria del tabaco.

¿Cuál es el precio geopolítico de nuestra dependencia a los combustibles fósiles?

Es un precio altísimo. Toda la estrategia internacional de la mayor parte de países llamados “desarrollados” se basa en el problema de las materias primas en general, de las materias energéticas en particular, en concreto el petróleo. Las intervenciones militares son clave y su daño es directo e indirecto. Fíjate en la crisis migratoria. No solo están los daños directos sobre determinados países, es que después además esas economías se centran en unos grupos muy concretos y el resto de la población malvive y se ve obligada a desplazarse a, por ejemplo, Europa. El petróleo ahora mismo no solo es un problema por la polución, sino que además ha contaminado también las relaciones políticas en todo el planeta.

El gas que consumimos en España viene principalmente de Argelia, un país con un gobierno semiautoritario y con un limitado margen de libertad de expresión. ¿De qué forma nuestra dependencia del gas argelino condiciona la situación política y social en ese país?

Yo creo que es evidente y negarlo sería absurdo. No solo España, el resto de países importadores netos de combustible intervienen política y a veces militarmente en los países donde tienen intereses energéticos. En el libro narro que la inmensa mayoría de los conflictos después de la segunda guerra mundial tienen su origen en el petróleo o en derivados del petróleo. Si Argelia cortara el suministro de gas en España, habría una crisis muy relevante, sobre todo si sucediera en invierno. Mira lo que ha pasado cuando Rusia ha cortado el suministro a ciertos países de Europa del Este, por ejemplo Ucrania, creando una situación crítica con gente muriendo de frío. No conviene relativizar la importancia que tiene Argelia en este momento para España, tenemos una gran dependencia de este país y, a pesar de que la ley dice que no debemos superar el 50% de compras de gas a Argelia, con frecuencia superamos ese límite y por tanto somos muy dependientes de lo que pase en aquel país. Naturalmente gran parte de nuestros esfuerzos diplomáticos en el norte de África están destinados a que la situación en Argelia sea estable para asegurar el suministro de gas.

Llama la atención, según ceunta en el libro, que el seguro por catástrofe nuclear en España es por un valor de 700 millones de euros. ¿Es una cifra suficiente para un país como el nuestro?

Yo creo que, claramente, la suma asegurada del seguro de responsabilidad civil de las nucleares es una de sus grandes subvenciones. Mira Fukushima: tras seis años, llevan gastados más de 100.000 millones de euros, mientras lo que cubre el seguro nuclear en España hoy son solo 700 millones. Aplicado a otro ámbito de la vida no lo aceptaríamos, pero la energía nuclear goza de unas prebendas que no se ven en otros ámbitos. Nadie aceptaría que el seguro de un coche cubriera como máximo 200 euros en caso de accidente, pero eso sucede en la nuclear. Todo lo que supere los 700 millones de euros lo asume el Estado. ¿Por qué? Porque no hay ninguna compañía aseguradora del planeta que asuma un riesgo de 100.000 millones de euros. Ese es el problema que tiene la nuclear. Aunque es poco probable, en caso de accidente el riesgo es tan elevado que ninguna compañía es capaz de asegurarlo y por tanto es un negocio que socializa los riesgos a costa de privatizar los beneficios.

Sobre las renovables, ¿qué cambios pueden parecernos impensables ahora pero serán parte de nuestra rutina en los próximos años?

Yo creo que lo que está cambiando, con la enorme madurez tecnológica alcanzada en energía solar y eólica, es la capacidad de almacenamiento. En menos de diez años habrá una “explosión” de almacenamiento. El coste de las baterías de litio se ha reducido un 50% en cuatro años, un claro indicio de que vamos a una velocidad tremenda. Los especialistas dicen que antes de 2020 llegaremos al límite de 150 dólares por kWh [kilovatios-hora], el límite en el que el coche eléctrico es plenamente competitivo con el coche de combustión. Esto va a cambiar el mundo porque permitirá el acceso a electricidad en lugares donde no hay red, y en otros casos mucha gente se desconectará de la red. Ante esa disyuntiva los gobiernos tendrán que fomentar el uso de la red, y para eso tendrán que eliminar normas como el famoso impuesto al sol que tenemos en España, que es absurdo. De lo contrario estarán promoviendo lo que los americanos llaman “la espiral de la muerte”: cuanta más gente se canse de un sistema regulado que no les convence, más se irán del sistema, y eso hará que los que se queden tengan que pagar más, lo que incentivará aún más a salirse del sistema. No me gustaría ver un sistema eléctrico desconectado. Creo que los gobiernos deberían reaccionar antes de que eso ocurra, para aprovechar una red que nos ha costado más de 100 años, en vez de poner cada uno una batería en su casa. Confío en que la razón se imponga y aprovechemos la red que tengamos y las ventajas de las baterías para llegar a un sistema basado al 100% en renovables lo antes posible.

¿Cree que vamos hacia un punto medio en el que la gente tenga capacidad de almacenar pero también de generar y utilizar la red, no solo para obtener energía, sino para compartirla?

Sí, y esto lo hemos visto en la principal eléctrica alemana. Hace menos de un mes E.on sacó una aplicación en la nube y si, por ejemplo, tienes una planta solar en casa y en algún momento te sobra energía, la compañía te la guarda en la nube. ¿Qué significa eso? Que luego esa energía se la puedes dar a tu vecino, o puedes utilizarla para cargar tu coche eléctrico en un centro comercial con eso que tienes almacenado en la nube… Esto es el nivel 3.0 en el mundo de la energía y ya se está dando. Cuando le planteo eso a alguna eléctrica en España, flipan y me dicen que aquí es ciencia ficción porque la normativa española es tan rígida que estamos a años luz de permitir ese tipo de intercambios. En el futuro el consumidor no se limitará a pagar la factura sino que tendrá renovables propias y podrá hacer con ellas lo que quiera. Creo que habrá consumidores que tendrán sus propias baterías, incluida la de su coche eléctrico. Por ejemplo 200 kilómetros de autonomía en una batería normal equivalen a 60 kWh, es decir, lo que consumen seis casas durante un día en España. Yo no creo que la gente necesite una batería estática en su casa, sino un sistema descentralizado que permita compartir energía en tiempo real, porque eso es más eficiente que guardarla en baterías.

En España no tenemos petróleo ni gas, pero tenemos sol y viento. ¿Cómo hemos llegado a una situación en la que el gobierno sanciona a quienes pretenden ser más limpios, más eficientes y más independientes desde el punto de vista energético?

Es un cúmulo de circunstancias. Hicimos una sobreinstalación de renovables en su momento, por ejemplo en 2008 con la fotovoltaica. También se han sobreinstalado otras tecnologías. Tenemos un problema de exceso con las plantas de gas y no se ha querido cerrar prácticamente ninguna. En este país vivimos muy acostumbrados a no tocar lo que ya está, somos poco valientes en ese sentido. Por otra parte no tenemos política energética, venimos dando bandazos y poniendo parches. Llega un ministro que cree en las renovables y nos convertimos en los más renovables de Europa, llega otro que no se lo cree y se lo carga. Tenemos el modelo sandía: aquí los que creen en las renovables son rojos por dentro y verdes por fuera. Esto solo ocurre en España. Las renovables son una cuestión de sentido común, mira la señora Merkel, que es la más renovable de Europa y no hay ninguna sospecha de que sea roja.

Partimos de una situación de sobrecapacidad. Gran parte de nuestro problema en el recibo de la luz es que estamos pagando infraestructuras que no necesitamos y claro, al partir de una situación de exceso las correcciones son mucho más difíciles. Estoy convencido de que la mayoría de las centrales nuevas que se pongan en España serán renovables, no de gas o de carbón, pero la pregunta es cuándo. De momento como nos sobra tanta capacidad, lo que tendríamos que hacer es empezar a cerrar, pero los políticos y las empresas tiemblan ante esta decisión. Creo que este es el problema principal que tenemos aquí: falta valentía, falta visión estratégica compartida en el contexto de la energía.

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“La energía nuclear socializa los riesgos a costa de privatizar los beneficios”

MADRID // Está presente en la ropa que vistes, el aire que respiras y la estrategia diplomática de cualquier nación, pero su fin es inminente e inevitable. El experto en energía Jorge Morales de Labra acaba de publicar Adiós, petróleo, una obra de lectura rápida y clara que recorre la historia del combustible fósil más adictivo para la humanidad y plantea varias reflexiones sobre un futuro próximo sin el llamado oro negro.

La energía como negocio y arma política. ¿En qué momento dejó de ser un derecho?

La energía nunca ha sido un derecho en sí. Desde que en el siglo XIX se empezara a explotar el petróleo, jamás se ha contemplado la energía como derecho. La gente siempre ha tenido que pelear por la energía y esta ha sido una fuente permanente de conflicto en todo el mundo, al menos los últimos 150 años.

Le doy la vuelta a la tortilla: ¿la energía debería ser un derecho fundamental para el desarrollo socioeconómico?

La transición energética no es como cambiar cromos, es decir, no consiste solo en cambiar combustibles fósiles por renovables. Tiene que ver mucho con un término muy bonito pero que tiene muchas cosas detrás: la democratización de la energía. Las energías renovables permiten por primera vez en la historia que cada cual decida qué energía quiere para sí mismo. Esto nos puede parecer muy snob aquí en los países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), pero está siendo una verdadera revolución en países de África o en la India, por ejemplo, donde la gente está montando sistemas fotovoltáicos con baterías, llevando electricidad a sitios impensables. Las renovables permiten que la energía esté más cerca de ser un derecho en la medida en que es más accesible para toda la población. Recordemos que hay más de 1.000 millones de personas ahora mismo sin acceso a la electricidad.

El libro recorre la historia del petróleo, desde su descubrimiento hasta hoy. ¿Cuál es el próximo episodio en la historia de este recurso? ¿Muerte y defunción perpetua?

Seguiremos consumiendo petróleo durante muchos años pero sin duda habrá una revolución radical en su consumo. Ya hemos empezado por la generación de energía eléctrica, e inmediatamente pasaremos a otra fuente. Vaticino que de aquí a 2025 más de la mitad de los coches que se vendan serán eléctricos, y eso cambiará la fisionomía de las ciudades y la calidad del aire de las mismas. Después avanzaremos a otros sectores. Creo que el más difícil de abordar será el de la petroquímica. No nos damos cuenta de que miremos a donde miremos hay petróleo: ropa, material de oficina… Ese es el que más tardaremos de eliminar.

El subtítulo del libro es Historia de una civilización que sobrevivió a su dependencia del oro negro. ¿Optimismo o realismo?

Desengancharnos del petróleo se debe a tres razones. En primer lugar, sabemos que no va a durar mucho. La Agencia Internacional de la Energía estima que tenemos petróleo para 70 años más. Hemos vivido en un espejismo: en seis generaciones hemos dilapidado todas las reservas que han tardado cientos de millones de años en generarse. En segundo lugar, tenemos un problema medioambiental gordísimo. El cambio climático es sin lugar a dudas el reto más importante al que nos hemos enfrentado como civilización y el que más consenso científico ha logrado en la historia. Además, tenemos un problema de contaminación en las ciudades que ya es un problema de salud pública de primer orden. Hace años señalábamos a China por el aire contaminado, pero ahora nos damos cuenta de que no solo es problema exclusivo de los chinos. Creo que el escándalo Volkswagen ha abierto los ojos a mucha gente en ese sentido. El problema de la contaminación de las ciudades es un problema global. No podemos seguir matando a la gente. Hay 3,7 millones de muertos al año por la contaminación del aire en las ciudades según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Tercero: a día de hoy existe una alternativa que, además, es más barata. En las subastas internacionales las renovables ganan a las energías fósiles. Esto hace que los grandes fondos de inversión desplacen su dinero para invertir en renovables. Estas tres razones nos abocan a una transición rápida.

Gas Natural Fenosa, por citar un ejemplo, está llevando a cabo grandes campañas para posicionar el gas natural como el recurso imprescindible en la transición hacia un modelo basado en energías limpias. ¿Realmente el gas natural es imprescindible?

El gas natural no es imprescindible para la transición hacia las energías renovables. Lo que ocurre es que es el menos malo de todas las tecnologías de generación no renovables que tenemos funcionando en España. Si me preguntan cómo desarrollaría esa transición energética, yo sí contaría con ese gas, pero con el gas existente, ojo. En ningún caso construiría centrales nuevas. Aprovecharía las que hay construidas y empezaría a cerrar mucho antes las demás, como las de carbón o las nucleares, por ejemplo. ¿Eso quiere decir que necesitemos el gas natural para hacer la transición a las renovables? No, quiere decir que viene bien utilizarlo hasta que lleguemos a 100% renovables. Para 2050 estoy convencido de que seremos capaces de llegar a ese 100% sin necesidad de ningún tipo de gas.

¿Qué hace el lobby de los combustibles fósiles para entorpecer la transición hacia un modelo limpio de energía?

Mentir. El caso más sangrante fue el de Peabody, la empresa de carbón más importante de EEUU. Cuando quebró aparecieron documentos que mostraban cómo la compañía era el centro de financiación de muchos grupos negacionistas del cambio climático. Hace poco el MIT [Instituto Tecnológico de Massachusetts], que no es cualquier instituto, acreditó que desde hace décadas las grandes petroleras estadounidenses son conscientes del efecto de los vertidos de petróleo y las emisiones contaminantes. Hay una enorme responsabilidad, por ser suave, por parte de estas empresas que quieren alargar sus negocios lo máximo posible siendo plenamente conscientes de las consecuencias de su negocio. Es similar a lo que pasó con la industria del tabaco.

¿Cuál es el precio geopolítico de nuestra dependencia a los combustibles fósiles?

Es un precio altísimo. Toda la estrategia internacional de la mayor parte de países llamados “desarrollados” se basa en el problema de las materias primas en general, de las materias energéticas en particular, en concreto el petróleo. Las intervenciones militares son clave y su daño es directo e indirecto. Fíjate en la crisis migratoria. No solo están los daños directos sobre determinados países, es que después además esas economías se centran en unos grupos muy concretos y el resto de la población malvive y se ve obligada a desplazarse a, por ejemplo, Europa. El petróleo ahora mismo no solo es un problema por la polución, sino que además ha contaminado también las relaciones políticas en todo el planeta.

El gas que consumimos en España viene principalmente de Argelia, un país con un gobierno semiautoritario y con un limitado margen de libertad de expresión. ¿De qué forma nuestra dependencia del gas argelino condiciona la situación política y social en ese país?

Yo creo que es evidente y negarlo sería absurdo. No solo España, el resto de países importadores netos de combustible intervienen política y a veces militarmente en los países donde tienen intereses energéticos. En el libro narro que la inmensa mayoría de los conflictos después de la segunda guerra mundial tienen su origen en el petróleo o en derivados del petróleo. Si Argelia cortara el suministro de gas en España, habría una crisis muy relevante, sobre todo si sucediera en invierno. Mira lo que ha pasado cuando Rusia ha cortado el suministro a ciertos países de Europa del Este, por ejemplo Ucrania, creando una situación crítica con gente muriendo de frío. No conviene relativizar la importancia que tiene Argelia en este momento para España, tenemos una gran dependencia de este país y, a pesar de que la ley dice que no debemos superar el 50% de compras de gas a Argelia, con frecuencia superamos ese límite y por tanto somos muy dependientes de lo que pase en aquel país. Naturalmente gran parte de nuestros esfuerzos diplomáticos en el norte de África están destinados a que la situación en Argelia sea estable para asegurar el suministro de gas.

Llama la atención, según ceunta en el libro, que el seguro por catástrofe nuclear en España es por un valor de 700 millones de euros. ¿Es una cifra suficiente para un país como el nuestro?

Yo creo que, claramente, la suma asegurada del seguro de responsabilidad civil de las nucleares es una de sus grandes subvenciones. Mira Fukushima: tras seis años, llevan gastados más de 100.000 millones de euros, mientras lo que cubre el seguro nuclear en España hoy son solo 700 millones. Aplicado a otro ámbito de la vida no lo aceptaríamos, pero la energía nuclear goza de unas prebendas que no se ven en otros ámbitos. Nadie aceptaría que el seguro de un coche cubriera como máximo 200 euros en caso de accidente, pero eso sucede en la nuclear. Todo lo que supere los 700 millones de euros lo asume el Estado. ¿Por qué? Porque no hay ninguna compañía aseguradora del planeta que asuma un riesgo de 100.000 millones de euros. Ese es el problema que tiene la nuclear. Aunque es poco probable, en caso de accidente el riesgo es tan elevado que ninguna compañía es capaz de asegurarlo y por tanto es un negocio que socializa los riesgos a costa de privatizar los beneficios.

Sobre las renovables, ¿qué cambios pueden parecernos impensables ahora pero serán parte de nuestra rutina en los próximos años?

Yo creo que lo que está cambiando, con la enorme madurez tecnológica alcanzada en energía solar y eólica, es la capacidad de almacenamiento. En menos de diez años habrá una “explosión” de almacenamiento. El coste de las baterías de litio se ha reducido un 50% en cuatro años, un claro indicio de que vamos a una velocidad tremenda. Los especialistas dicen que antes de 2020 llegaremos al límite de 150 dólares por kWh [kilovatios-hora], el límite en el que el coche eléctrico es plenamente competitivo con el coche de combustión. Esto va a cambiar el mundo porque permitirá el acceso a electricidad en lugares donde no hay red, y en otros casos mucha gente se desconectará de la red. Ante esa disyuntiva los gobiernos tendrán que fomentar el uso de la red, y para eso tendrán que eliminar normas como el famoso impuesto al sol que tenemos en España, que es absurdo. De lo contrario estarán promoviendo lo que los americanos llaman “la espiral de la muerte”: cuanta más gente se canse de un sistema regulado que no les convence, más se irán del sistema, y eso hará que los que se queden tengan que pagar más, lo que incentivará aún más a salirse del sistema. No me gustaría ver un sistema eléctrico desconectado. Creo que los gobiernos deberían reaccionar antes de que eso ocurra, para aprovechar una red que nos ha costado más de 100 años, en vez de poner cada uno una batería en su casa. Confío en que la razón se imponga y aprovechemos la red que tengamos y las ventajas de las baterías para llegar a un sistema basado al 100% en renovables lo antes posible.

¿Cree que vamos hacia un punto medio en el que la gente tenga capacidad de almacenar pero también de generar y utilizar la red, no solo para obtener energía, sino para compartirla?

Sí, y esto lo hemos visto en la principal eléctrica alemana. Hace menos de un mes E.on sacó una aplicación en la nube y si, por ejemplo, tienes una planta solar en casa y en algún momento te sobra energía, la compañía te la guarda en la nube. ¿Qué significa eso? Que luego esa energía se la puedes dar a tu vecino, o puedes utilizarla para cargar tu coche eléctrico en un centro comercial con eso que tienes almacenado en la nube… Esto es el nivel 3.0 en el mundo de la energía y ya se está dando. Cuando le planteo eso a alguna eléctrica en España, flipan y me dicen que aquí es ciencia ficción porque la normativa española es tan rígida que estamos a años luz de permitir ese tipo de intercambios. En el futuro el consumidor no se limitará a pagar la factura sino que tendrá renovables propias y podrá hacer con ellas lo que quiera. Creo que habrá consumidores que tendrán sus propias baterías, incluida la de su coche eléctrico. Por ejemplo 200 kilómetros de autonomía en una batería normal equivalen a 60 kWh, es decir, lo que consumen seis casas durante un día en España. Yo no creo que la gente necesite una batería estática en su casa, sino un sistema descentralizado que permita compartir energía en tiempo real, porque eso es más eficiente que guardarla en baterías.

En España no tenemos petróleo ni gas, pero tenemos sol y viento. ¿Cómo hemos llegado a una situación en la que el gobierno sanciona a quienes pretenden ser más limpios, más eficientes y más independientes desde el punto de vista energético?

Es un cúmulo de circunstancias. Hicimos una sobreinstalación de renovables en su momento, por ejemplo en 2008 con la fotovoltaica. También se han sobreinstalado otras tecnologías. Tenemos un problema de exceso con las plantas de gas y no se ha querido cerrar prácticamente ninguna. En este país vivimos muy acostumbrados a no tocar lo que ya está, somos poco valientes en ese sentido. Por otra parte no tenemos política energética, venimos dando bandazos y poniendo parches. Llega un ministro que cree en las renovables y nos convertimos en los más renovables de Europa, llega otro que no se lo cree y se lo carga. Tenemos el modelo sandía: aquí los que creen en las renovables son rojos por dentro y verdes por fuera. Esto solo ocurre en España. Las renovables son una cuestión de sentido común, mira la señora Merkel, que es la más renovable de Europa y no hay ninguna sospecha de que sea roja.

Partimos de una situación de sobrecapacidad. Gran parte de nuestro problema en el recibo de la luz es que estamos pagando infraestructuras que no necesitamos y claro, al partir de una situación de exceso las correcciones son mucho más difíciles. Estoy convencido de que la mayoría de las centrales nuevas que se pongan en España serán renovables, no de gas o de carbón, pero la pregunta es cuándo. De momento como nos sobra tanta capacidad, lo que tendríamos que hacer es empezar a cerrar, pero los políticos y las empresas tiemblan ante esta decisión. Creo que este es el problema principal que tenemos aquí: falta valentía, falta visión estratégica compartida en el contexto de la energía.

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