Respeto o pérdida

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“Había empezado a considerar la ignorancia como un crimen”, dice un personaje cosecha del formidable escritor George Turner. Y por ignorancia no se refiere a la falta de estudios o información, sino a la voluntad de no interpretar los hechos, limitándose a asumir o replicar las ideas que proyectan otros sobre ellos. Así es como se propagan un sinfín de etiquetas falsas. ¿Por ejemplo? “España va bien”. ¿Otra? “Como vienes de un barrio de periferia barcelonesa y escribes en español no puedes querer el referéndum, ese delirio impulsado por la burguesía”.

Hace quince años, cuando la primera etiqueta triunfaba sin demasiada oposición, me descubrí conversando a diario con la tele diciéndole que no podía ser natural que el país batiera cinco récords económicos semanales, además de percibir en un sinfín de actitudes y declaraciones que España no había cambiado tanto desde el esperpento de Valle-Inclán. Como las noticias narraban un país que desde luego no era el que yo encontraba en la calle, me sentí imprecisa pero profundamente engañado, y para que la sensación no derivara en impotencia, fui en busca de España, a la que dediqué un libro de más de 600 páginas.

Uno de los textos apuntaba cómo, incluso cuando la cosa “iba bien”, los superdotados y demasiada gente con facultades intelectuales especiales hallaba obstáculos tan enormes para expandir sus capacidades, que muchos se deprimían o emigraban a otros países.

La llegada de la crisis hizo que millones de personas repensaran España. Las diferencias ideológicas se enconaron, la mayoría de medios de comunicación se alinearon sin tapujos con uno u otro partido, y por el camino se esfumó una palabra: librepensador –el “francotirador” de los 90–, esa figura que describía a los escritores, periodistas, filósofos, pensadores independientes en general que emitían opiniones no sometidas al escrutinio de ningún director o redactor jefe. ¿Qué palabra define ahora a ese tipo de personas? Si los tertulianos son el relevo… Las palabras dicen mucho de la sociedad que las emplea, tanto como su ausencia.

La fuga de cerebros y la “desaparición” del librepensador son dos botones de los derroteros que ha seguido el país. Ambas pérdidas evidencian cuánto se trabaja en nuestra sociedad por neutralizar el talento, la autocrítica y el libre albedrío. Por cultivar la ignorancia. Por eso, puestos a querer, pediría una educación que impulse a cuestionar los lugares comunes y denunciar las etiquetas falsas, a concienciarnos de que la cultura es un poder, las Constituciones no son eternas y de que el mundo líquido que habitamos exige sociedades dinámicas porque el inmovilismo bloquea y anquilosa.

La educación pasa por informarse al menos un poco y de forma contrastada antes de hablar, lo que da por resultado entender, por ejemplo, que la (vieja) burguesía catalana no ha “abducido” a millones de personas sino que supo jugar sus agónicas últimas bazas para intentar capitalizar un movimiento que ya estaba en marcha y, como la Historia sabe, responde a la demanda de un pueblo que basa su poder en el tejido asociativo. Sí, hay un puñado de burgueses tramposos camuflados entre la masa, pero no confundamos a esa micro parte de cobardes corruptos con el todo que reivindica cambios desde antes de la crisis económica.

El conflicto actual entre España y Cataluña señala el fin de una Transición que todavía no había llegado. Para mí, como para muchísimos catalanes, la aspiración siempre ha sido sustituir esa España Una –que recuerda al American First de Donald Trump– por una España Plural que reconozca y disfrute de todas sus regiones, sus lenguas, sus naciones. Pero si el Gobierno español se niega a evolucionar y es necesaria una ruptura, que así sea.

Es cierto que el Parlament ha actuado de forma arbitraria y saltándose normas establecidas. A veces, para modificar situaciones no basta con perpetuarse en una equidistancia presuntamente bienintencionada y políticamente supercorrecta, aún más cuando sabemos que entre equidistar e ignorar a menudo hay un salto muy (muy) pequeño. Es cierto que las cosas podrían haberse conducido de otra forma, que se tendría que haber dialogado, que no deberíamos haber llegado a este punto. Pero en este punto estamos. La desobediencia inminente de millones de catalanes.

Entre otras cosas, por haber creído durante mucho tiempo en un equilibrio y una justicia que constantemente decepcionaba a unos ciudadanos a quienes no solo se desoía sino a los que se faltaba el respeto, como ocurrió con la intrigante derogación del Estatut en 2006. La caída hasta la casi desintegración del socialismo catalán se debió a una equidistancia insostenible. Si alguien pretende una España federal, o como sea, ¿por qué no lo expresa sin miedo? Mi opción es defender ideas de forma pacífica pero firme, y responder a las agresiones con más firmeza pacífica. El miedo y las estrategias “equidistantes” del café para todos y las putas i ramonetas no solo no han dado resultado sino que nos han traído hasta aquí. “Tú eres aquí la única parte inocente y la única que no me inspira ni pizca de respeto”, escribió George Turner también. Es decir, llegados a cierto punto, hay que moverse. Hay que apostar.

Escritor

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