You are here

Los amaneceres

Los amaneceres de las postrimerías del otoño son toda la piedad que el mundo aún guarda para quien los observa. La luz aparece despacio al final de las seis, volviendo el negro del cielo de un azul oscuro como de mar profundo. A poco que la atención se gire hacia la cafetera que borbotea en la cocina o el olfato se pierda en el olor ácido de la cerilla que centellea, por la ventana se dejan ver los dorados y los edificios, que antes eran solo silueta recortada y ahora muestra de arquitectura de urgencia y vida rectangular del proletariado.

Los motores de los ascensores se ponen en marcha, con ulular eléctrico y giro de poleas, recuerdo de cuando la modernidad era la máquina y la máquina el progreso. Ya con la luz más clara, aún sin sol, desde la ventana se ven a los primeros viandantes, con abrigo que anticipa el frío y premura que anticipa su condición. No pasean, no distinguen su andar del de los ascensores. Sus pies son la rapidez de una vida propuesta pero no consensuada, aceptada desde la falta de alternativa, ausente de elección verdadera. Un coche pasa, un gato atraviesa la calle despidiéndose de su noche.

Si hay suerte, y en la escena contamos con un árbol ya pelado, el primer sol de la mañana nos lo dibujará como un mapa de la vida que espera, latente, a atravesar otro invierno. Los amaneceres, en un par de semanas se volverán ópera trágica, viento cortante, suspensión de vaho en la boca y manos cortadas. Más tarde, en la primavera, el amanecer es júbilo y canto de pájaros, chaquetita sobre los hombros y optimismo ante la luz juguetona. Ya en verano las primeras horas son tregua ante el aplastamiento de lo desértico, salida apresurada de casa del amante, un cambio brusco y maleducado. Pero ahora, cuando los parques ya se han tapizado de hojas, dando al ambiente como un olor dulce de verde muriendo, el inicio de la jornada tiene la virtud de desplegarse con respeto, casi reverencia.

Las farolas se apagan al unísono, se encienden los televisores en las casas, pregoneros impenitentes de lo aceptado, látigos aplicados contra la razón. Algunos se quedan atrás, refugiados de una guerra para la que ya se han hecho mayores o, peor, para la que son considerados inútiles. Se les hace cifra y estadística, gráfica y porcentaje. Pero todos esos números no recogen la mirada perdida, los primeros cigarros, el contar de unas pocas monedas. El chándal del hijo que se aprovecha, el traje que queda colgado en el armario, la cucharilla en la taza vacía. El dolor de estómago, las ojeras de mapache, el gesto severo de la lámpara que cuelga. Las manos, que acostumbradas a años de hacer, se desesperan como muñones toscos.

El barrio se pone en marcha con cierres metálicos que corren por rieles engrasados hace mucho. Los bares son los primeros, pequeños hogares de paso y saludos con ademán de cabeza, tacto rugoso de página de periódico, acostumbradamente el de deportes, con tinta colorista y fresca, escape en las hazañas y caídas de los héroes. Los camiones de reparto siempre vienen acompañados de silbidos de sus conductores, cancioncillas para aliviar el peso, fragmento melódico por repetición. Cuando es el del butano, el choque de las bombonas parece el de una campana rota de una iglesia que ya no existe. Cuando es el de las cajas de plástico de las fruterías, lo que suena se asemeja al barajar de unos naipes. Que Dios reparta suerte.

Los niños hacen presencia unidos a los primeros gorriones. Los más pequeños de la mano de sus madres, los que son algo mayores como exploradores en pandilla. Si hay un colegio cerca de esta narración, las bandadas de críos que se agolpan en el patio nos traerán esa orquesta de la infancia que nunca afina y mete mucho ruido. Es la expectación ante el futuro que aún está por estrenar, casi, la que permite que cada mañana sea de alborozo y energía. Cuando no se tienen deudas pendientes sobran las partituras.

Son esas partituras, esas cinco líneas con clave, las que nos marcan tener que ver tantos amaneceres y apenas poder disfrutar de ninguno, de ese privilegio de la contemplación sin metas, de ese extraño lujo, tan accesible pero a la vez tan distante, de la detención.

Qué tiempos son estos, en que

hablar sobre árboles es casi un crimen

porque implica silenciar tanta injusticia.

Tiempos en los que nos hacemos viejos entre ruindad y mentiras, entre norias de ganado, entre indicadores de tiempo que cuelgan en las estaciones, entre algoritmos de presunta ecuanimidad. Tiempos en los que lo humano se desvanece en el aire y ni siquiera la escritura puede ya traernos de vuelta.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Damos asco. Carta a nuestros hijos e hijas

nino hijos hijas

NOELIA ORDIERES* // ¿Qué coño hemos hecho con el mundo? Siento que tengáis que ver lo que os dejamos, cae en vuestras manos una responsabilidad demasiado grande para lo pequeñitas que aún son. Damos asco, siento decirlo así, de esta manera; no vosotros y vosotras, sino nosotros los mayores, los del ejemplo, los que os exigimos comportamiento, educación, esfuerzo, generosidad. Los mismos que os exigimos eso os enseñamos cómo nos llenamos las manos con la sangre de los cuerpos que aparecen en nuestras playas; os mostramos la indiferencia del sufrimiento que provocan las fronteras quienes os pedimos esto; vejamos, pegamos, humillamos a la mujer o al homosexual por el hecho de serlo, los que os exigimos todo esto. Lanceamos toros para disfrutar de “nuestra cultura”.

Damos asco, sí, y dejamos en vuestras pequeñas manos la responsabilidad de cambiar esto. Nosotros y nosotras ya somos generaciones perdidas, somos generaciones corrompidas. Joder, da miedo que os digamos esto, enanos. ¿Sabéis que somos capaces de cruzar el Estrecho por encima de los cadáveres que hemos consentido que quedaran allí olvidados? Es eso, asco.

A ti enano: te pido que seas capaz de defender la portería con todas las ganas, que pongas todo el empeño, no puedes dejar pasar el machismo, la injusticia, la insolidaridad, la indiferencia. Sí, eso es lo principal, defiende con uñas y dientes para que la indiferencia no te meta un gol, corre más rápido que ella, te consiento hasta que hagas la falta si quieres, hazlo, pero no la dejes pasar, es el peor de los goles, el que te hará perder el partido y con él el campeonato. Y este hay que ganarlo, este sí.

Mantente vigilante ante el machismo que llega por la delantera, es rápido y astuto, vaya que si lo es. Intentará colarse por medio de mofas, de chistes, de normalidad. Mantén siempre la alerta. En cuanto te descuides, ya jugarás para el otro equipo y ese será un gol, pues recuerda quién llega detrás, recuerda a tu hermana, a tus amigas, a tus compañeras, ellas solo se merecen que te mantengas firme.

Algo más de lo que debo advertirte es del tamaño del campo y del tiempo de partido, hijo. Se te hará largo el terreno de juego, muy largo y los tiempos parecerán eternos, pero no te rindas, no lo hagas jamás, el resto ya hemos perdido el partido por no saber aguantar, tú estás cogiendo fondo. Te prometo (es lo único que puedo prometerte) que lograrás estar a la altura, sé tenaz y aunque lleguen los goles, que podrán llegar, no dejes tu puesto en la defensa, sigue ahí, lo vas a lograr, y serás partícipe y responsable también de ver cómo ganáis poco a poco este partido tan jodido que os dejamos.

A ti enana: qué decirte, eres mujer, este mundo lleva desde siempre construyéndose para que tú seas los que unos pocos quieren y no lo que a ti te dé la gana. Te obligo a que sigas hablando con los dragones y las dragonas, te obligo a que sigas viéndole alas a las cerezas y a que quieras coger un balón si es lo que te apetece y que no se te olvide lo que somos, feministas, y que los chicos serán “femisnitos”, claro que lo serán y tú los vas a ayudar a ello.

Con tu hermano es difícil, pero creo que contigo aún más, te pido lo mismo que a él, no te rindas, por las que no lo lograron y desgraciadamente por las que no lo lograrán.

Sé princesa si quieres, de esas guerreras que tanto nos gustan, vístete de rosa o de amarillo o de azul, pero siempre porque te da la gana, ¿me oyes?, porque te da la gana. Sé bombera, piloto de rally, árbitro, futbolista, minera, astronauta, sé lo que quieras y no consientas, nunca, jamás, que por ello te etiqueten, no lo consientas. Sé impasible ante las etiquetas, hacen daño, se clavan en la piel y crean realidades que nada tienen que ver con la verdad.

He de decirte que me da mucho miedo lo que veo a mi alrededor, pero me invade la esperanza cuando te veo, sé que en ese cuerpo diminuto lleno de vida caben cosas como el respeto, la dignidad, la lucha, la perseverancia y también sé que en ocasiones te sentirás sola, porque tendrás amigas que prefieran ser guapas por fuera a ser guapas por dentro, que se pinten los labios y se maquillen las ojeras por esconder lo que realmente son. Sé justa, no te impongas, simplemente sigue en tu camino, en ocasiones es lo mejor que debemos hacer. Algún día ese camino lo seguirán todas y todos y no habrá que seguir defendiéndose de las campañas de marketing que nos venden como floreros decorativos.

Siento mucho que el camino no sea más fácil, alguna de nosotras lo intenta, pero nos está costando un poquito, nos cuesta la vida incluso. Recuérdalo siempre, cuando a una mujer la llaman puta, nos lo llaman a todas, cuando a una mujer la insultan o le pegan, nos lo hacen a todas. Recuerda esta palabra, sororidad, llévala hasta las últimas consecuencias, es lo que nos queda, somos defensoras, guerreras, de una batalla que hemos de seguir librando.

A las generaciones que llegan detrás. Sois nuestra esperanza, que el asco que nosotros damos os sirva como el ejemplo que nunca hay que seguir.

* Noelia Ordieres es trabajadora social. Vive en Gijón (Asturias)

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More