La puerta estaba abierta

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Una de las formas que tengo de paliar mi aversión al presente es refugiarme en la repetición infinita de los universos narrativos. Les explico. Si les pido que piensen en Star Wars –eso que fueron unas películas y que ahora es un monstruo franquiciado por la industria de la nostalgia– seguramente les vengan a la cabeza escenas al azar situadas por la mitad de la primera trilogía: Darth Vader ahogando a un secuaz a distancia, la sonrisa sardónica de Solo esquivando los ataques de los cazas imperiales o Luke atribulado por los insondables misterios de la fuerza. Da igual que sepamos que toda aquella historia tuvo un final bajo los fuegos artificiales de la Estrella de la Muerte hecha añicos, mientras que los ewoks montaban jarana y los líos de familia se desvelaban al calor de una pira funeraria. En nuestra mente el universo narrativo se repite sin fin porque no queremos que acabe, porque aquella ópera espacial de hora y media nos hizo sentir muy bien.

Algo parecido ocurre con la Segunda Guerra Mundial de las aventuras, donde Steve McQueen sigue escapando con su moto, Michael Caine derribando stukas en el Canal de la Mancha y Donald Sutherland librándose de ir al patíbulo a cambio de participar en una misión suicida. Sabemos que aquello fue algo muy serio, pero que también, detrás de la seguridad de una pantalla, los años 1942 y 43 fueron bastante divertidos. Da igual, por tanto, que los presupuestos en las que se basan las ficciones sean fantasiosos o ciertos, una vez que algo funciona en nuestra cabeza se queda ahí agazapado, esperando a despertar para traernos de nuevo sensaciones que en nuestra vida cotidiana son difíciles de tener. Es complicado sentirse un héroe bajo el sopor de apretar teclas o tornillos ocho horas todos los días, sobre todo cuando la mayor vicisitud que se nos opone es un control de paso del cercanías que no quiere abrirse ante la tarjetita.

Aun con esto, también tenemos nuestros universos narrativos personales, imposibles de reproducir salvo cuando acudimos a nuestra memoria, un cine de recuerdos donde la única entrada exigida es dejar fuera de plano, por un rato, el día de hoy. Mi programación es muy poco original, no se crean. Cuando acudo a la sesión de la infancia me vienen los partidos del Real Madrid contra el Inter o en baloncesto –que por entonces también nos molaba– contra la Cibona de Zagreb. También los viajes de un día a Segovia o Cuenca en el simca, escuchando cintas de Perales en un radiocasette a pilas que mi madre llevaba sobre sus rodillas. Salen de estrellas invitadas el álbum de cromos de monstruos, los madelman 2050 y el invierno que nos dio por hacer fogatas en el parque. Entre mis episodios preferidos están los cumpleaños familiares de alguna prima, donde aún estábamos todos y la tarde acababa con una partida a un bingo de juguete entre las densas nubes de humo de tabaco negro. De una extraña forma es como asomarse por el armario de Interstellar, sin necesidad de salvar a la especie humana, tan solo a nosotros por unos momentos.

En ese bucle personal hay otra etapa que últimamente está despertando mi atención, la de finales de los noventa y el comienzo del nuevo siglo, este de ahora que ya parece muy viejo. Los millennials no se acordarán porque por entonces estaban digievolucionando, pero España era una fiesta o al menos eso se pretendía que creyéramos. Toda aquella época fue como un festín para gilipollas sin gusto donde lo poquito que se había conseguido en materia política y social se empezó a resquebrajar. A nadie pareció importarle porque, al fin y al cabo, qué sentido tenía preocuparse ante la vida cuando había playstation, recopilatorios de música con pretensiones caribeñas y éxtasis a buen precio. Fíjense que ni siquiera la izquierda pareció turbada y decidió unirse a la fiesta presentando a Almunia y Frutos en simpar pareja de baile.

El caso es que aquella verbena –esta vez sin ewoks– a mí me pilló en los años del frescor, que es como Kiko Amat bautizó a esa etapa donde uno descubre las subculturas y se lanza, ausente de decepciones adultas, a liberarse a través de los discos, la ropa y el baile. Yo navegué entre lo mod y lo britpopero, lo que, en aquella etapa donde los bakalas dominaban la tierra era algo entre arriesgado y pintoresco. Además nunca acertaba con la ropa, los peluqueros me dejaban como a un hitlerjugend cuando quería ser Ray Davies y como era del sur de Madrid los pijos del Maravillas siempre me miraban con una mezcla de condescendencia y asco. Pero daba igual, porque la emoción que viví la primera vez que salí con parka, diana en el brazo y zapatos de dos colores no la cambio por nada.

Aquella feria de las vanidades versión ibérica fue el principio del ladrillazo, de la recuperación del chándal como atuendo presentable y de los concursos de solistas televisivos, todos ellos elementos de quiebra en el proceso civilizatorio del país. Pero también hubo cosas buenas. Salieron, por ejemplo, gran cantidad de revistas y fanzines que entre el underground, lo desenfadado y lo arqueológico hicieron una radiografía de nuestra sociedad bastante más precisa –visto con perspectiva– que los editoriales de la prensa, atrapada entre Giddens y Fukuyama. Uno de ellos, el Flandis Mandis, de Pérez Andújar y Muñiz, a mí me resultaba particularmente divertido a la par que formativo. Igual te encontrabas un artículo sobre la carrera de Los Negativos que una sesuda disertación sobre el cine de Marisol. Eran, según su encabezado, los encargados de traernos las noticias de la república pop y a mí, además de hacerme pasar por un tío sofisticado delante de mis amistades, me valió para que los ratos en el autobús en los que volvía de la facultad se me hicieran menos pesados. Con eso me vale para agradecérselo.

El problema ha venido cuando, en esta sesión doble de recuerdos más o menos descoloridos, he ido a ver portadas de la época y me he dado cuenta que, lo que hace veinte años era objeto de curiosidad, fascinación y carcajada, hoy me empieza a dar miedo porque lo reconozco. Los países también tienen universos narrativos y en el nuestro, el más renuente a marchar, se identifica con esa nebulosa que se sitúa entre el franquismo pop y la transición. Ya saben, Manolo Escobar mirando alucinado al horizonte en una cubierta de discos Belter, Dum Dum Pacheco intercambiando golpes a cara descubierta o los hermanos Tonetti intentado repostar un pony en una gasolinera de Alcobendas. Ese nicho histórico –magistralmente documentado en el Mondo Bruttopertenecía a un país donde coexistía el garrote vil con la pegatina de Penélope, los fusilamientos con los ceniceros de cinzano y los enlutamientos de por vida con el bikini nórdico.

Y resulta que hoy, en España, en 2017, nos está pasando algo muy parecido. Cuando todos creíamos estar a salvo rodeados de tiendas de tecnología inalámbrica, festivales de música étnica y coworkings pet-friendly aparecen banderas de San Andrés, águilas de San Juan y unos cuantos yugos y flechas, como si ese universo narrativo de posguerra hubiera escapado de su repetición histórica para colarse por un agujero de gusano hasta nuestro presente. Una paradoja temporal capaz de dejar muda a toda la ironía de la posmodernidad y sin palabras a la parodia y el descreimiento. Porque cuando tu vecino de quince años se sabe el Cara al sol por un canal de Youtube a ver con qué hostias salimos cuando nos miremos al espejo cada mañana. Menudo jari.

Por cierto, pídanle cuentas a quien se dejó la puerta abierta.

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