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Tiempo

Cuando escuchas a Leila Guerriero te das cuenta de que quieres ser Leila Guerriero. Pero claro, Leila Guerriero solo hay una. Entonces piensas que lo que quieres no es ser Leila Guerriero, sino trabajar como ella.

Leila, ya saben, vive del periodism…

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Cuando escuchas a Leila Guerriero te das cuenta de que quieres ser Leila Guerriero. Pero claro, Leila Guerriero solo hay una. Entonces piensas que lo que quieres no es ser Leila Guerriero, sino trabajar como ella.

Leila, ya saben, vive del periodism…

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Vergüenza ajena

Periódico. Foto: Mark Bonica.

A principios de este mes recibí el siguiente correo: “Estos últimos meses lo he pensado mucho y he decidido que me vuelvo a España por un tiempo indefinido. Estoy cansada física y mentalmente. No quiero volver a pasar otra Navidad sola. Esto no quiere decir que renuncie. El tiempo que esté en España lo dedicaré a estudiar sobre África. También estudiaré idiomas, vídeo y fotografía con la idea de focalizarme en medios extranjeros y en otros formatos más rentables. Aunque no esté en el terreno, creo que este tiempo de ‘paréntesis’ me ayudará a crecer también. Seguiré dando guerra, estoy convencida”.

Después de leer su correo varias veces y de pensar en lo injusta que es esta profesión, le planteé la posibilidad de contar su historia en este blog. Quedamos que lo haríamos sin dar su nombre y tampoco nombraríamos los medios de comunicación con los que ha colaborado. No vale la pena. Como escribí hace meses en otro texto sobre las tarifas que se cobran en el periodismo español, sólo algunos medios (muchos se quedarían con la boca abierta si supieran sus nombres) tratan con decencia a los colaboradores. El resto parece que vive de los colaboradores. O peor: parasita a los colaboradores.

La persona protagonista es menor de 30 años, es licenciada en Periodismo, hizo una ampliación de estudios con beca Erasmus en Francia para aprender francés, y pasó un año en Inglaterra trabajando en un restaurante con el objetivo de aprender inglés y ahorrar para hacer un máster en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos en España. Las prácticas de este máster las prefirió hacer en Senegal con una ONG antes que en Madrid o Barcelona. Al poco de entregar su trabajo y memoria de fin de máster, hace ya tres años, estalló la llamada “insurrección” en Burkina Faso, consiguió un visado y compró un billete de avión de ida para empezar a trabajar como freelance en ese país.

¿Por qué África? “Desde que estaba en el colegio (de monjas) quise viajar a África, pero entonces la idea era hacerlo como misionera y con una mirada paternalista. Quería ‘ayudar a los niños negros’. Cuando empecé la universidad me volví muy crítica con las misiones y la religión, empecé a cuestionarlo todo, así que ya no quería ser misionera, pero la idea de conocer el continente africano se me quedó en la cabeza”.

Estábamos en 2011 en plena primavera árabe. La información del África subsahariana quedó aún más sepultada de lo habitual por los continuos incidentes en el Magreb y Oriente Medio. Durante un curso de verano conoció a un periodista freelance al que admiraba. Su consejo fue: “Elige un país y vete a contar historias”. Fue lo que necesitaba escuchar: “Alguien que me diera ‘luz verde’ para hacer esa locura. Durante el máster en Madrid tuve clarísimo que me venía para África de freelance, fueran las condiciones que fuesen; sin ONG, ni Naciones Unidas, ni nada institucional que me sesgara la mirada hacia el continente o me limitara a la hora de moverme cómo y dónde yo quisiera”.

Recuerdo muy bien a esta persona porque quedamos en Madrid el 14 de abril de 2016, hace un año y medio, y estuvimos charlando un buen rato. Mi objetivo fue convencerla de la inutilidad de continuar su aventura africana, muy preocupado por su seguridad en una zona peligrosa (Burkina Faso, Níger, Malí, Costa de Marfil) en los últimos años. Me impresionó su determinación y perseverancia a pesar de su juventud. Dando la batalla por perdida, le pedí que me fuera informando de sus andanzas, casi se lo ordené porque me temía lo peor, y desde entonces me ha ido mandado correos electrónicos desde las capitales de los países más peligrosos.

Ha escrito sobre los fallecidos durante la insurrección en Burkina Faso que puso fin al régimen de Blaise Compaoré tras 27 años en el poder, sobre el vertedero tecnológico de Agbobloshie, en Accra, la capital de Ghana, la crisis humanitaria nigeriana en Diffa, en el sur de Níger, por la huida de los nigerinos y nigerianos de la violencia de Boko Haram, sobre la muerte por radioactividad en el anonimato de los ex trabajadores enfermos de las minas de uranio del norte de Níger, explotadas por Areva, empresa francesa líder mundial en el sector energético nuclear; el juicio histórico en Senegal de Hissène Habré, el equipo femenino senegalés de baloncesto de cara a los Juegos Olímpicos 2016, los “microbios” o niños que realizan asaltos violentos en grupo nacidos después del conflicto armado en Costa de Marfil y el blanqueamiento de piel en este último país (“el trabajo que mejor me han pagado”), sobre la situación de Tombuctú tras el abandono del turismo, el último atentado en Bamako, la explotación de las niñas y jóvenes trabajadoras de la limpieza que trabajan todos los días de la semana con horarios ilimitados por entre 6 y 15 euros al mes, el yihadismo en los colegios del norte de Burkina Faso, las prisiones de Níger, uno de los países más pobres del mundo, la mutilación genital, la malnutrición, la infertilidad en África con la tasa más alta del mundo, el uso de combustibles tóxicos en ese continente que estarían prohibidos en Europa.

Conozco muy pocos periodistas que hayan hechos tantas historias distintas y en condiciones tan difíciles sin haber cumplido los treinta años. Yo, al menos, no le llegaba ni a la suela de los zapatos a esa misma edad. Hablo de una persona con un gran sentido de la autocrítica. En el último atentado de Bamako reconoce que no estuvo “espabilada” cuando recibió la llamada de uno de los medios con los que colabora con el mensaje siguiente: “Escribe algo sobre el tema”. Su respuesta fue lógica: “Estoy viajando a donde ha ocurrido el atentado y no puedo escribir ahora mismo”. Como no llegó a tiempo, el diario firmó la crónica con el nombre de otra persona que se encontraba a miles de kilómetros. “Al día siguiente mandé mi desastrosa crónica. Pero la experiencia estuvo genial”, recuerda. Le sorprendió que a los medios “sólo les importe la firma desde el lugar de los hechos y publicar antes que la competencia. Les da igual lo que se cuenta”.

Con muy poco presupuesto al principio (gracias a las vergonzosas valoraciones en las redacciones) ha tenido que trabajar en “condiciones agotadoras y arriesgadas”. No podía gastar más de 200 euros al mes “porque no los tenía”, comiendo “siempre arroz, ensalada y a veces un poco de carne o pescado”. Ha vivido en habitaciones prestadas y en régimen de hacinamiento. “En la última capital africana donde he vivido cambié cuatro veces de casa. Las dos primeras fueron las casas de otras personas, sencillas pero equipadas. Las dos últimas casas las alquilé para vivir sola sin amueblar. Sin aire acondicionado para las épocas de calor intenso, ni frigorífico, porque no podía comprarlo. En resumen, vivo como si fuera clase media baja africana, no vivo mal, no soy escrupulosa en este sentido, pero son condiciones en las que aquí no viven los blancos porque desgastan muchísimo. En los últimos tres meses me he puesto enferma cuatro veces porque tengo las defensas por los suelos. Y sigo comiendo arroz prácticamente todos los días”, cuenta sin aspavientos.

Las tarifas por sus colaboraciones son escandalosamente bajas. En 2014 y 2015 un medio nacional le pagaba 35 euros brutos por un texto en la web. Si salía en papel, un poco más. A partir de 2016 le subieron a 70 euros brutos. En esa época un diario digital de la última hornada le pagaba unos 85 euros brutos. Ahora 15 euros más, es decir 100 euros brutos. Otro diario digital, ya veterano, le paga lo mismo. Un día propuso aumentar el precio de un artículo “que se leyó bien antes de mandar la factura” y el responsable le dobló el precio. Un medio le propuso colaborar por 25 euros menos impuestos por artículo. “Les dije que yo no escribía por menos de 50 euros y que ellos se encargaban del IRPF. Y aceptaron”, recuerda. Podríamos aplicar la expresión “quien no llora no mama”. Es decir, si se quiere lograr algo, parece que hay que solicitarlo repetidas veces y despertar la compasión.

Los únicos medios que le han tratado con un mínimo de respeto son una revista especializada en el “mundo negro” y un diario vasco que garantiza (‘gara-ntiza’) la lectura en euskera. Por cierto, un periódico latinoamericano le paga mejor que los diarios españoles “aunque les puedo mandar un texto en enero y no lo publican hasta agosto”.

Su reflexión final es mesurada: “El problema que tengo con los medios es que ellos buscan los clips y yo busco la calidad de la información. Ellos me proponen publicarme 2 ó 3 temas al mes, pero yo necesito mínimo una semana para hacer un tema decentemente. Así que si, por ejemplo, tengo que hacer tres temas para…., tres temas para…, dos temas para…, uno para…, etc., me van a salir churros sin contrastar, sacando la mayoría de la información por Internet. Soy de periodismo lento, no de clips y bodrios sin contexto. Tampoco me gusta el corta y pega, aunque reconozco que lo utilizo, añadiendo lo que voy aprendiendo, pues estudio y me formo constantemente de manera autodidacta. Así que mi problema está ahí. Puedo convertirme en una periodista mediocre para ganar 800 euros al mes. Pasarme el día en África frente a la pantalla del ordenador. Pero como hay algo en mí, llámale ética, llámale amor propio, que me impide escribir basura con erratas, pues estoy entre los 200 y 500 euros al mes. Es preferible ser camarera, niñera o limpiar casas en España que trabajar en África escribiendo churros y basura”.

Siento vergüenza ajena. Siento que mi oficio camina por el precipicio y que sólo un milagro lo salvará de la hecatombe definitiva. Hablamos de una persona que tiene que abandonar una cobertura en África porque “el dinero [la miseria con mayúsculas que le pagan por sus colaboraciones] no da para más”, mientras algunos empresarios sin conciencia se reparten suculentos bonos aunque hayan multiplicado las pérdidas de sus empresas. Hablamos de una persona que sería feliz en África por el dinero que algunos directivos sin escrúpulos se gastan diariamente en cafés, copas y puros. Hablamos de una persona que se conformaría con cobrar algo más que calderilla, pero no puede continuar en África porque algunos deciden pagar menos que calderilla.

Les doy una idea para el futuro (quizá mañana), señores responsables del desbarajuste. Hasta 1930 las oficinas salitreras de Chile pagaban los salarios con fichas que solamente tenían validez en la tienda de la empresa, la pulpería, en lugar de utilizar moneda de curso legal. Las fichas acababan en manos de la propia empresa que controlaba los precios de los productos de la tienda. Hagan juego señores contables. Instrumentalicen y parodien esta forma de pago. Así quedará todo en casa y sus grandes directivos podrán seguir esquilmando aún más aunque el final de la historia sea la gran catástrofe periodística.

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Vergüenzas ocultas del periodismo español

El dolor de las familias que sobrevivieron a la masacre de Srebenica (Bosnia). Foto : GERVASIO SÁNCHEZ

Jueves, 25 de febrero de 1993, Prístina (Kosovo).

“Gervasio, enhorabuena, mi diario ha publicado hoy un especial titulado Homenaje a Sarajevo con textos de Bogdan Bogdanovic, Ismail Kadaré, Claudio Magris y Predrag Matveievic y las seis fotos de gran tamaño que han elegido son tuyas”.

30 de marzo de 1993, Zaragoza (España).

“No es posible que me hayan pagado por esas seis fotos 18.000 pesetas. Es una miseria, es una vergüenza”, me digo al borde del llanto.

Segunda semana de abril de 1993, Madrid (España).

“¿Cómo es posible que me hayas valorado este trabajo con una cantidad tan irrisoria?”, pregunto a la persona responsable de la sección de fotografía. “Son fotos de archivo”, me responde. “Son fotos hechas en los últimos meses en lugares muy peligrosos y este diario no ha pagado ni una peseta por su producción”, insisto. “Las fotos ya están valoradas y ya no se puede dar marcha atrás”. Fin de la conversación.

Ese mismo diario acababa de ganar 5.032 millones de pesetas en 1992, su récord histórico.

Quiero contar esta anécdota ocurrida hace casi un cuarto de siglo antes de hablar de las tarifas que se pagan hoy en día porque es importante saber lo siguiente: es falso que las dificultades económicas de los medios de comunicación sean el origen del desorden actual. En tiempos de vacas gordas también ocurrían hechos desagradables y vergonzosos. Había personajes (quiero ser diplomático) en los medios de comunicación que se dedicaban a maltratar de palabra y obra a los colaboradores. Responsables cuyo único interés era regatear hasta los límites insospechados. No les importaba si el trabajo se había hecho en zonas oscuras extremadamente peligrosas. Querían ahorrar a cualquier precio, quedar bien con sus jefes, recibir sobres bajo mano, bonificaciones, golpecitos en la espalda.

Los comités de redacción y de empresa miraban a otro lado. Las asociaciones de prensa no opinaban sobre (por favor) menudencias. Volvamos al presente.

Managua, 16 de febrero de 2017, 16.25 de la tarde, hora nicaragüense.

Envío a unos cincuenta compañeros y compañeras un mensaje por correo electrónico preguntándoles por las tarifas que reciben por sus colaboraciones escritas o fotográficas en papel o en la web, radiofónicas o televisivas. Me centro en personas que trabajan en corresponsalías en el extranjero o coberturas de alto riesgo, algunas de las cuales han destacado en este oficio y han ganado premios prestigiosos. Me comprometo a mantener el anonimato y también a no dar los nombres de los medios implicados. Tampoco vale la pena darlos: estas vergüenzas ocultas afectan a casi todos. Se salvan algunos regionales (sorprendería los nombres de esos medios) y casi ningún digital.

Managua, 17 de febrero de 2017, 6 de la mañana, hora nicaragüense.

He recibido tanta información que podría escribir varios artículos. Los correos destilan un gran cabreo. Algunas historias son muy hirientes. Me duelen todas, pero sobre todo aquellas que afectan a compañeras y compañeros que han alcanzado edades peligrosas. Ningunear económicamente a un colaborador que supera los 50 años es condenarlo a la marginación.

Da ganas de escribir los nombres de los medios, los nombres de los intermediarios, los nombres de los desvergonzados. Contar sus obsesiones: si su equipo favorito perdía el domingo, llegaban cabreados al trabajo el lunes y ese día regateaban más. Si su equipo ganaba, quizá podía beneficiarte algún brote de magnanimidad. Pero estamos en el país de la hipocresía y del cinismo: sabemos el pecado, conocemos la sutilidad o la bravuconería con la que actúan los maestros de la impudencia, pero hay que callarse los nombres de los pecadores. Porque los que pecan siempre quieren vivir en la impunidad.

Empiezo describiendo la situación de una persona a la que admiro profundamente. Todo el mundo reconoce que es la mejor en su especialidad. “Me pagan 60 euros por una pieza corta y 90 euros por una larga. 25 euros por una crónica de radio”, me responde. ¿Cuántas horas dedicas diariamente a tu trabajo? “Dedico muchas horas al día a informarme. Por lo menos cuatro o cinco horas las dedico a leer la prensa local en varios idiomas y también leo medios internacionales. Además, veo las noticias de la televisión en los canales locales y escucho la radio constantemente”.

¿Llegas a fin de mes? Me pide máxima confidencialidad, como si se avergonzara. Yo también me avergüenzo. “Lo que gano no llega para pagar el alquiler”, me responde cabizbajo (no lo veo pero lo siento así). Y pienso: este oficio está orquestado por algunos miserables capaces de rascar donde ya solo sale sangre.

Cambiemos de zona. Otra persona que considero imprescindible en esta profesión me pasa sus ingresos y sus gastos mensuales. Me quedo de piedra. No doy crédito. Peor no la pueden tratar.  Los responsables del medio lo saben, le han trasladado su solidaridad. Pero nadie es capaz de desenredar el hilo de la podredumbre. Es cierto que su medio está viviendo horas complicadas, como casi todos, pero sus ejecutivos siguen ganando cantidades inmorales.

Gasta 1.500 euros al mes en el alquiler de la casa, la cotización mínima de autónomos, internet, gestoría, etc. No incluye lo que gasta en comer. Dos meses de 2016 ingresó menos de esa cantidad. Otros seis meses la superó por poco. Tres meses consolidó los 2.000 euros. Tuvo un mes especial porque hizo una cobertura en una zona conflictiva. Este año aspira a ingresar lo mismo que gasta sin incluir el coste de la cesta de la compra. Al fin y al cabo comer es relativo.

Tengo la mesa llena de tarifas, facturas e intercambios de emails. Pura chicha que me sonroja. Vamos a desmenuzar. 35 euros por texto y crónica desde Alepo para una web de un diario nacional.  “Al final nos pagaron el doble pero insistieron que esa era su tarifa”, explica la persona afectada. 180 euros por una galería de 10 fotos para la web sin importar dónde estén hechas. 1.200 euros por un reportaje de textos y fotos en un dominical realizado en uno de los países más peligrosos del mundo. 

Los dominicales han bajado las tarifas drásticamente. “Hace dos años pagaban 1.800 euros y 2.100 si iba en portada. Hoy pagan como máximo 1.500 euros”, comenta otra persona con mucha experiencia, que añade: “Las tarifas siguen bajando de manera continua. Cada trabajo se paga menos que el anterior y se crean situaciones muy tensas y desagradables”. Hace diez años se podía pagar 3.000 euros por texto y fotos para diez o doce páginas.

En las televisiones pasa algo parecido. “Cuando llegué a mi destino en 2009 la cadena me pagaba 450 euros por un directo y 700 u 800 euros por piezas más elaboradas. Ahora está todo a 200 euros y muchas veces aprovechan una conexión de satélite para que hagas directos para dos cadenas distintas que se han unido y pagarte como si trabajaras solo para una. Todo en bruto. He dejado de colaborar con ellos”, explica una persona que trabaja en una agencia y una radio.

La jefa de internacional de otra cadena rechazó unos vídeos de Siria en diciembre 2011 al argumentar que los tenía gratis en Internet. “Un día después la agencia Reuters compró esos mismos vídeos por 1.500 euros y me dieron las gracias desde Londres porque estaban cansados de descargarse vídeos de Internet”, recuerda otro informador.

Aquí tienen un bochornoso diálogo entre un informador y los responsables de internacional y la sección de pagos de una cadena de televisión con sede en Madrid. “¿Sabes cómo habéis valorado mi intervención? Es para mandaros la factura”, escribe el periodista desde la capital de un país en llamas. “Finalmente, no utilizamos tus imágenes. Nos vinieron bien tus declaraciones y las metimos como totales telefónicos, pero es política de la empresa pagar solo por imágenes emitidas o crónicas periodísticas. Quizá te enfades si no te pagamos nada, pero si crees que debemos pagarte lo mejor es que trates el tema de dinero con producción. Como tú lo veas. Un saludo”, contesta el jefe de internacional.

El mismo periodista ya ha vivido una situación parecida en otro país conflictivo. Le quieren pagar 300 euros por tres vídeos y, al plantear una mejora el jefe de internacional, le contesta: “Te avanzo mis ideas. El día que le vendo tu material al director de informativos es el lunes. El problema es que los presupuestos del año están super ajustados y me han dicho que no podemos comprarte nada ni a ti ni a nadie. Lo que significa que si Woodward y Bernstein nos venden una entrevista en exclusiva con la captura incluida por ellos mismos de Bin Laden y Al Zawahiri no se la podemos comprar porque no tenemos rupias ni para pipas”.

El periodista busca consuelo y consejo en una productora amiga del mismo canal que le responde: “Yo creo que lo deberías aceptar, se te va a rotular en las piezas y eso es curriculum para ti (te podemos grabar un DVD con las tres piezas y así ya puedes poner que eres colaborador de este medio) y sobre todo porque se te abre una puerta para poder currar más veces en un futuro”. El remate es maravillosamente obsceno: “Valora ya tú, qué es lo que más te importa, si el dinero o el hacer curriculum”.

Las críticas de las personas consultadas son generalizadas y duras. Algunos se quejan más del trato recibido (correos electrónicos sin contestar, promesas incumplidas, actitudes prepotentes, etc.) que de la propia cochambrosa política de tarifas. Un profesional afirma: “Creo que los medios españoles encabezan la lista de cutrerío, ninguneo y falta de respeto hacia los profesionales a nivel europeo. No importa la inclinación ideológica o el ramalazo pseudo progresista de alguna nueva cabecera. La tendencia es pagar el mínimo aunque nunca falta dinero para diseñadores, programadores, etc.”.

Otro no se corta a la hora de describir el trato que ha recibido: “El mamoneo, las tarifas ridículas de los ‘grandes’ y la falta de respeto han hecho que prefiera escribir en inglés (que evidentemente me cuesta más que en castellano) a ofrecer historias aquí. Lo que tenía claro es que la pobreza moral y profesional en España no me podía cortar las alas”. Una tercera persona se centra en el trato que recibe como corresponsal por parte de los medios españoles: “Te pagan pésimamente pero te exigen que dejes lo que estás haciendo para colaborar inmediatamente con ellos cuando les interesa”. Un cuarto reportero también hace autocrítica: “La falta de oportunidades y el alto grado de competitividad invitan a profesionales y no profesionales a aceptar esas tarifas indignas y reventar el mercado”.

Habla un fotógrafo de prestigio desde una zona de alto riesgo en la actualidad:Se está convirtiendo en un oficio imposible. En Iraq, el fixer (la persona que facilita el acceso a zonas de interés informativo y el contacto con las personas que se desea entrevistar) más barato (con un inglés malo) cobra 300 euros. Si se trata de ir al frente quiere cobrar 700 euros. Si ven que vas a compartir gastos te cobran más. Ningún medio quiere pagarte los gastos. Cada vez que hago números lloro (literalmente). Estoy pensando en dejar la cámara”.

Otro fotógrafo asegura que “la revolución tecnológica ha creado una idea equivocada sobre los costes. Muchos responsables creen que se debe pagar menos al no imprimirse en papel. Pero el gasto de producción sigue siendo el mismo”. 

¿Qué alternativa queda? “Muchachos y muchachas de clase media y alta con padres que pueden pagar por viajes, equipo, seguridad al regreso, etc… No es su culpa, yo mismo pertenezco a ese estrato social, pero el retrato de la realidad que va a mostrar alguien acomodado, sin una tradición de lucha, con ansia de notoriedad y escasos asideros ideológicos y culturales no va a ser el mismo que el de la mayoría, que no está satisfecha”, reflexiona otro periodista con casi dos décadas de experiencia.

Algunos fotógrafos han decidido pasarse directamente al vídeo aunque no es oro todo lo que reluce. “Te quieren pagar 300 euros por un vídeo que requiere una producción, un guion, imágenes que necesitan buen sonido y que luego hay que editar, grafismo, gastos generales, etc.”, explica un antiguo fotógrafo (“lo de la foto está muerto”), que admite que tampoco “salen las cuentas y la calidad es la gran perjudicada”.

Uno de los participantes en esta encuesta resume el sentimiento general sin paliativos: Me siento engañado por los grandes medios al abaratar nuestras tarifas mientras sus trabajadores gozan de sueldo, sanidad y aire acondicionado en sus oficinas. Me siento engañado por las asociaciones de prensa que invitan a callarse y bajarse los pantalones ante cualquier atisbo de problema que surja. Me siento engañado cuando oigo en las facultades de comunicación la importancia del periodista multitarea cuando la realidad te demuestra que eso significa hacer 3 o 4 funciones distintas por el precio de una. Me siento engañado cuando veo que mis compañeros aceptan tarifas de mierda”.

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Clemente Bernad: mirar desde el otro lado

Esta entrevista el fotoperiodista Clemente Bernad está incluida en #LaMarea46

Clemente Bernad (Pamplona, 1963) es uno de los pocos fotoperiodistas que han intentado reflejar el “conflicto” vasco desvelando las partes más opacas de esta historia y, por tanto, las menos fotografiadas [“conflicto” entendido según la tercera y/o cuarta acepción del DRAE: “3. m. Apuro, situación desgraciada y de difícil salida.; 4. m. Problema, cuestión, material de discusión]. En su serie Basque Chronicles, que el fotógrafo está ahora preparando para su publicación, muestra una historia compleja en la que incluye una variedad de ángulos y representaciones (víctimas de atentados de ETA, la kale borroka, funerales de etarras muertos en “acción”, familiares de presos, actuaciones policiales, etc.). En 2007, el Museo Guggenheim le invitó a exponer algunas de estas imágenes. Bernad quiso incluir una fotografía de la radiografía del cráneo de Miguel Ángel Blanco (el concejal del PP de Ermua asesinado por ETA en 1997) que había tomado durante la rueda de prensa que ofreció el médico que atendió al joven. En una entrevista anterior, Bernad me explica por qué quiso incluir esta fotografía: “Es una foto brutal, delicada. Enseño que este hombre fue asesinado de forma brutal. Te hace parar y reflexionar. Yo comprendo que ver la radiografía tiene un punto de salvajismo. Pero esa brutalidad es la que es; estaba antes de que yo tomara la foto”.

unspecified-12Bernad pidió permiso a la familia de Blanco para incluir la fotografía en la exposición. La negativa fue rotunda y Bernad respetó su deseo. La foto de la radiografía nunca llegó al Guggenheim. Pero esta negativa no quedó ahí; la Asociación de Víctimas del Terrorismo, el Partido Popular y el Colectivo de Víctimas del Terrorismo amenazaron a Bernad con una demanda. Santiago Abascal, entonces parlamentario del PP en la Cámara vasca, interpuso una proposición no de ley —que no fue aprobada— para que el Guggenheim retirara las fotos de Bernad de la exposición. Conozco su obra porque para mí fue esencial a la hora de entender la representación visual del “conflicto” y de escribir mi libro El eco de los disparos, donde hago un tratamiento en profundidad de algunas de estas fotografías. En una reseña reciente publicada por ABC, Rogelio Alonso rebate mi defensa de Bernad distorsionando lo sucedido en torno a esa exposición al reducir el problema a la negativa de la familia Blanco, y al minimizar la persecución política y mediática que sufrió el fotógrafo y que tuvo graves consecuencias para su carrera.

En El eco de los disparos hago una reflexión sobre la incomodidad que causan las fotos de Bernad, remitiéndome al ámbito de la representación. Pero hay algo más que suscita este tipo de reacciones extremas, no solo en personas afines al PP. Clemente Bernad es sospechoso de proetarra porque ha entrado en su mundo para fotografiarlos. ¿Pero no es la labor de un fotoperiodista sacar a la luz aquello que no conocemos, informándonos a través de la imagen? En esta entrevista, Bernad nos apunta algunas claves sobre su posicionamiento ético y profesional.

Eres un fotoperiodista de Pamplona y has vivido el “conflicto” de cerca. ¿Cómo dirimes a la hora de hacer esta serie lo que puedas sentir emocionalmente o pensar políticamente con la necesidad de guardar distancia como fotoperiodista?

Hay historias a las que me acerco con curiosidad, otras como un encargo profesional. En realidad, yo no quiero tomar distancia, sino reconocer cómo me acerco al “conflicto”, y la palabra que mejor lo resume es la estupefacción. Esto no lo he sentido en ningún otro trabajo. Igual porque ocurría a gente de mi generación, de mi entorno, porque me tocaba de cerca. Entonces, cuando me meto a hacerlo sé que no puedo alejarme de la historia pero no actúo como militante de nada. Lo intento hacer de la forma más correcta posible.

¿Cuál te parece que es la forma correcta, desde el punto de vista ético?

Es querer mirar a una parte de la historia que no se contaba y a mí me apetecía contarla: todo lo que tiene que ver con la izquierda abertzale. A mí eso me parecía que era un silencio atronador, incluso por parte de ellos.

¿Lo dices desde el punto de vista visual?

Sí, hablo visualmente. Igual viene de que enseñar el dolor y los muertos propios es enseñar tu propia debilidad.

Es curioso porque en el discurso no visual hay una narrativa de victimización muy fuerte.

Es como si no hubiese control sobre lo visual y fuera arriesgado ofrecerlo, como si hubiese miedo a presentarse como vulnerable. ETA y la izquierda abertzale han desarrollado una especie de opacidad. Yo lo que veo de ese “lado” son imágenes policiales, de los detenidos y demás. Están hechas por un policía, no hay nada más antiperiodístico que eso, que fotografías hechas en la Audiencia Nacional. Incluso en sus medios han tirado de imágenes de agencias españolas. Entonces, eso fue lo que desde el principio quise mirar: ese otro mundo opaco y, al mismo tiempo, muy cercano.

Frente a la dimensión pública de la fotografía de los medios, tú vas a lo privado.

Claro, es lo que más me interesa, la dimensión privada, lugares y espacios invisibles, como funerales, familiares de presos, etc.

También incluyes escenas de la kale borroka.

Sí, quería mirar a la kale borroka desde otro sitio. El fotógrafo normalmente se pone del lado de la policía porque es normal, está protegido. Pero ¿qué pasa cuando miras desde el otro lado?

¿Y cómo conseguiste meterte en ese lado?

Mira, a mí me han roto cámaras tanto la Guardia Civil como gente de la kale borroka. Hasta que al final decidí negociar, hasta donde me dejaron, para hacer fotos. Yo habría ido mucho más lejos si hubiese podido, pero hay cuestiones difíciles de gestionar. Una de ellas, uno de los puntos clave, es que yo soy de aquí. Esto es decisivo.

Pero también el ser de aquí te proporciona otra visión, ¿no?

Sí, claro. Pero esto me ha dado muchos problemas después. Sólo por mostrarlo me acusan de simpatizante.

¿Porque se confunde la política con la representación?

Sí, y por mostrar la humanidad de esa parte del “conflicto”. Yo no soy un militante, solo pretendo mostrar. Nadie puede ser tan anormal como para decir, ‘esto no lo voy a mirar aunque esté pasando porque entonces me convierto en uno de ellos’. El problema está ahí y eso hay que contarlo. Yo quise hacerlo.

Fotografía perteneciente a la serie Basque Chronicles. C. B.

Entonces te acusaron de ser uno de ellos, por el simple hecho de que les fotografiabas.

Claro, es que te implicas mucho, pero yo simplemente negocié estar ahí. Es lo que hacen los periodistas: negocian. Tienes que tener muy claritas tus líneas rojas. En un momento alguien ve las fotos y me dice: ‘¿Igual no sería mejor que tú estuvieses encapuchado?’. Vamos a ver… ¡yo soy fotógrafo! Tengo que ser alguien que mira y ya está. Pero estás en la línea de fuego y en estas situaciones no todo es controlable. Con la kale borroka aquí en Pamplona yo iba corriendo a la vez que ellos; yo asumí un riesgo que ahora no lo haría por pudor. Pudor de que me vieran; yo vivía en Pamplona e iba a cara descubierta con una cámara que apenas se veía. Cualquiera que te ve, piensa, ‘¿qué hace este ahí?’.

¿Y  cómo has conseguido fotografiar funerales de etarras?

Por ejemplo, en el caso del funeral de los etarras del asalto de Morlans [San Sebastián] había unos espacios reservados a la prensa oficial, aunque yo entré hasta dentro. Pero sin engañar, simplemente diciendo estoy aquí y quiero hacer esto. Por otra parte, cuando detuvieron a Santi Potros, veías en la tele que eso estaba lleno de periodistas. Hay otros fotógrafos que tienen el canal de información directo de la Policía. Al final lo que genera eso es que el discurso visual sea ese, el policial. A mí me parece muy raro que en la detención de alguien así esté todo lleno de periodistas. Hay que ser consciente de cómo fluye la información.

¿Han cambiado durante estos últimos cinco años las posibilidades de representación del “conflicto”?

Los medios aún demandan estereotipos, pero ahora creo que ha variado un poco, en buena medida por el lavado de discursos sobre el pasado. El tono opresivo de mis fotografías no satisface y no sé si en algún momento satisfizo. La estética, la mirada, sigue resultando difícil de asumir. Pero ¿ha pasado esta mierda? Claro que ha pasado; y ahora queremos el sol, todos queremos el sol ahora. Pero esto fue así, esto es así.

El nuevo número de La Marea está dedicado al deterioro de la libertad de expresión tras las reformas legislativas del PP. 

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