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El último doctorado

“Mecanismos asamblearios para resistir a la propaganda”
Memoria que para optar al grado de doctor presenta Manuel Andrade, tras los informes positivos de tres Departamentos de la Universidad Libre (ver anexo I).
En Nuevo Tecpatán, a 16 de febrero del…

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El último doctorado

“Mecanismos asamblearios para resistir a la propaganda”
Memoria que para optar al grado de doctor presenta Manuel Andrade, tras los informes positivos de tres Departamentos de la Universidad Libre (ver anexo I).
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Señales del horror

En la noche del 20 al 21 de noviembre, hace un par de días, centenares de franquistas, fascistas, sacaron su basura, su ser basura, a la calle. En Madrid, con antorchas, recorrieron la M30 –lloré con este vídeo– cantando himnos de espanto, llenos de su odio conservado en grasa, portando banderas negras con el yugo y las flechas, con el águila, honrando el horror, el dolor y el asesinato.

Más o menos al mismo tiempo nos enteramos de un chat donde varios policías deseaban la muerte de la alcaldesa Carmena y otros representantes públicos alababan a Hitler y deseaban que las chimeneas de los hornos crematorios del Holocausto volvieran a echar humo, donde describían cómo matar a inmigrantes clavándoles balas en el cráneo a martillazos. Y varias agrupaciones de policías los apoyan.

En estos mismos días se juzga la violación de una muchacha de 18 años a zarpas de cinco energúmenos, uno de ellos perteneciente al Ejército y otro a la Guardia Civil. Y medios de comunicación se cuestionan la “participación” de la víctima.

Es solo un repaso sucinto del espanto que empieza a ocupar los medios de comunicación, nuestras calles y nuestras vidas. Un repaso tomado al vuelo.

Si no somos conscientes de que esto no son “casos aislados”, sino los primeros síntomas de comportamientos que empiezan a cundir en nuestra sociedad, cuando los tengamos encima, cuando nos avasallen, será demasiado tarde. Recuerdo a los líderes de Podemos, Zaragoza en Común, PNV, ERC, etc. cercados por mostrencos de ultraderecha, sin auxilio policial; recuerdo el acoso a la familia de Mónica Oltra, bajo su casa; recuerdo demasiados episodios sucedidos últimamente sembrados de aguiluchos, de banderas, de violencia y odio contra la diferencia, contra el bien, contra la construcción de un diálogo sensato y el ejercicio de esta pequeña, defectuosa forma de civilización a la que nos aferramos.

¿Estamos ciegos o somos idiotas?

Hay una frase que se repite siempre en las peores masacres, los peores terrores perpetrados por seres humanos: “¿Cómo no lo habíamos visto venir?”. Es la frase de los ciegos, de los que son ciegos porque se tapan los ojos. De los mudos, de los que son mudos porque se tapan la boca.

Yo sí lo veo venir.

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La semana triste de Cataluña

El detonante de una ruptura es siempre alegórico. Un instante confuso e indeterminado que convierte en consciente un sentimiento latente. En política ese momento se determina con actos que aúnan de forma concreta todas las representaciones figuradas de un conflicto. La semana trágica de 1909 estalló con el reparto de escapularios en el puerto de Barcelona por parte de las damas de la alta sociedad a los obreros que partían a la guerra de Marruecos. Aquel acto simbólico representaba el poder de la Iglesia y la desigualdad entre clases, la burla de unas élites que podían pagar para librarse de la guerra. Un escapulario no prendió Barcelona, pero ayudó a comprender a los que sufrían quiénes eran los responsables de su dolor eterno. Les ilustró y configuró su enemigo.

Carrer Sardenya, Barcelona. Las diez de la mañana de un día desapacible y plomizo. Frente al instituto Ramon Llull muchos ciudadanos han visto cómo la Policía Nacional cerraba el colegio electoral para llevar a cabo la votación del referéndum planteado por las fuerzas independentistas. Los miembros de la UIP enarbolan sus rifles con las bocachas destinadas a reprimir voluntades mediante el uso de la goma. De repente una orden pone en movimiento a los policías, que suben a sus vehículos para ir en convoy calle abajo. Una muchedumbre se lo impide llamando a sus propios y se sienta frente a la Policía al grito de: “Quieren cerrar otro colegio”. El jefe del operativo presente habla por teléfono con la puerta entreabierta del vehículo ocultándose a la prensa que cubre los hechos. No lo consigue y, tras colgar, dice a su subordinado: “Avisamos y si no se mueven… cargamos”. No se mueven. Cargan.

Las pelotas de goma lanzadas a 15 metros de los manifestantes golpean la cara de un hombre de 38 años. No solo sangra su ojo, sino el de muchos ciudadanos catalanes que a pesar de no ser golpeados conocen a alguien que lo fue, o sienten que ellos también podían haber sido los que hubieran perdido parte de la visión. Las cargas y las pelotas de goma son los escapularios de 2017. La plasmación evidente, concreta, dolorosa, de que todo el mito construido por la independencia se fragua en un enemigo real que se comporta de manera inmisericorde con gente pacífica que solo quiere votar. El relato, hasta ahora retórico, se convierte en palpable.

Las identidades múltiples se uniformizan

El punto de inflexión se ha producido. El enemigo se muestra, se hace visible y la construcción identitaria y el capital acumulado por los independentistas gana terreno y hace el resto. Las banderas configuran el campo de batalla. Las múltiples identidades que Amin Maalouf adjudicaba a cada individuo se van difuminando en una sola. La polarización retórica empieza a tomar forma y espesa el ambiente. El aire de Barcelona se torna sólido y pesado, agitado por las banderas que remueven su cielo.

Lo español empieza a sentirse ajeno de forma concreta. Las exhibiciones patrias hasta entonces eran una muestra centrada en el yo, sin apelaciones evidentes o mayoritarias al otro. En las calles se apelaba a sus propias características dejando a un lado al adversario. Tras las cargas se configura el ellos como el enemigo. Se aumenta el riesgo de que el movimiento sufra una deriva reaccionaria al ensanchar la base independentista con gente no convencida, jóvenes con poco bagaje político y con personas que jamás han salido a la calle a protestar por nada que tenga que ver con los derechos perdidos o la reivindicación social. Un recipiente lleno de pensiero debole, parecido al 15-M, al que se dota con símbolos identitarios propios del pensamiento fuerte. El proceso al que se sumaron amplias capas antisistema por su potencial de ruptura comienza a desarrollar de forma mayoritaria un carácter nacionalista y excluyente.

La fortaleza de los movimientos tan transversales es a su vez una debilidad evidente, su vacío de contenido racional e ideológico puede ser rellenado fácilmente con elementos emocionales que deriven la tendencia hacia políticas y sentimientos reaccionarios. Una masa gritando “español el que no vote” tiene tintes xenófobos innegables; que estudiantes griten a periodistas “prensa española manipuladora” enarbolando La Vanguardia como ejemplo de buen trabajo tiene una clara connotación etnicista. Algo tremendamente peligroso.

La transversalidad posmo del movimiento ofrece situaciones surrealistas que modelan la victoria del nacionalismo excluyente frente a la ruptura. Jóvenes estudiantes gritan a la policía en Via Laietana: “Sin los mossos no sois nada”. Su edad les impide a muchos conocer las actuaciones salvajes de la policía autonómica en el pasado. Un anarquista con experiencia de movilización lo deja claro: “En cuanto los Mossos carguen como hacían antes se acaba este puto síndrome de Estocolmo que tienen algunos”. Una confrontación de ideas que se repite en diversas manifestaciones. Por un lado ciudadanos pacifistas, algunos casi naïfs, y liberales con esteladas como capas que miran a los mossos y comentan entre sí: “Pobrecitos, si es que tienen cara triste”, y gritan proclamas y loas a la BRIMO. Por otro lado, la CNT, con el culo pelado, responde airada “mossos torturadores”. Pero al final, las proclamas identitarias vencen y poco a poco van ganando terreno hasta hacerse unívocas.

El ambiente festivo de la Diada y de las movilizaciones independentistas que se dieron en los días anteriores han perdido alegría. El “a por ellos” y la exhibición fascista en muchas ciudades españolas han torcido el gesto de las calles. Los guardias civiles saliendo de paisano de los hoteles en Calella para apalear vecinos con sus porras extensibles añaden dolor y confrontación. Banderas de todo tipo se arrojan al contrario para excluirle y afianzar su identidad. El monstruo nacionalista se sigue alimentando con la negación de la humanidad ajena por parte de dirigentes irresponsables que miran para otro lado cuando las calles se engalanan con el discurso del odio. El fascismo asoma su pezuña con la connivencia del Gobierno y dota de legitimidad a los sentimientos más hostiles hacia España y por extensión a todo lo español. La víscera derrota a la razón.

‘Un sol poble’ y la traición del cambismo

El procesismo demuestra una fortaleza el día 1 de octubre encomiable. Con las comunicaciones intervenidas y todas las fuerzas de orden actuando contra sus dirigentes, y con toda la inteligencia española dirigida a impedir la celebración del referéndum, la organización de la sociedad civil manifiesta una implicación y una eficiencia admirables. Logran que haya urnas y papeletas, y a pesar de la intervención policial se celebra la consulta. Esa fuerza está posibilitada por el objetivo común de muchos actores políticos y sociales de diversas ideologías y orígenes sociales que aunaron esfuerzos dejando de lado las enormes diferencias que existen entre grupos como la CUP, anarquistas, burguesía catalana o el PdCAT. Es precisamente esa masa heterogénea la que corre el riesgo de girar hacia la uniformidad estructurada con los herrajes de símbolos identitarios.

La capacidad reactiva de las élites dirigentes aprovecha la torpeza del Estado para ganar ventaja de cada error del adversario. La declaración de Felipe VI toma la postura del Gobierno como propia, sin dirigirse a una parte importante de la población a la que también aspira a representar. El uso de una escenografía desafortunada deja en bandeja de plata la consolidación del relato independentista. Un mensaje con plano cerrado y el ceño fruncido, un monarca gesticulante y amenazante y con el cuadro de Carlos III –el rey que en 1770 impuso el castellano frente al catalán– enarbolando la vara de Capitán General hacen lo demás.

Puigdemont contraataca con una escenografía limpia, espaciosa, con una puerta abierta ofreciendo diálogo y echando la bronca al rey. Una sentencia del president llamó la atención sobre las del resto y no pasó desapercibida en un contexto de enardecimiento nacionalista en ambos espectros del tablero: “Ens hem de mantenir com un sol poble”. Como todas las frases proclamadas por dirigentes, solo puede ser desencriptada atendiendo al contexto. El concepto ha sido usado a lo largo de la historia catalana en multitud de ocasiones por diferentes actores, como Francisco Candel, Xavi Domènech y Pablo Iglesias. Pero en la situación concreta de emociones identitarias a flor de piel una conceptualización que llama a difuminar la diversidad, la divergencia y la pluralidad del pueblo podía materializarse en representaciones simbólicas de muy nocivo significado político. A pesar del riesgo inveterado en toda comunidad cuando se recurre a dicho afecto, la diatriba del president fue todo un éxito en sus filas. Sigue consolidando la plural masa independentista en sus principios compartidos.

Pero aparece el espíritu del Frente Catalán de Orden. Jordi Solé Tura explicaba en un artículo de 1997 la actitud de Francesc Cambó con el catalanismo cuando se trataba de priorizar identidad o dinero: “Cambó fue un nacionalista de derecha que, al igual que otros dirigentes de la Lliga Regionalista, contribuyó a modernizar la lengua y la cultura catalanas y a poner en marcha un esbozo de autonomía, pero que cuando las cosas se complicaron siempre puso por delante sus propios intereses, o sea, sus intereses de clase social. No fue el primero, ni el único, ni el último…”.

Ni el último. Los movimientos empresariales y bancarios de los más importantes miembros de la burguesía catalana en contra de la posición independentista comienzan a medrar en el sector más conservador del PdCat como una gota china. Los cambios de sede social de diversas empresas importantes se precipitan: La Caixa, Banc Sabadell, Gas Natural, Colonial, Abertis. Una cascada de noticias que, sin tener una repercusión directa notable en la economía, desmonta parte del relato y tuercen la balanza de prioridades del sector independentista representante de la burguesía.

El día de la proclamación de la independencia se acerca y asoma el fantasma de Cambó, no el que hasta ahora había enarbolado Puigdemont, sino el que tiene que decidir entre patria o patrimonio. Los matices y la pluralidad quedan al desnudo cuando la dicotomía se hace presente. Las prioridades asoman y toca decidir. Y la CUP se entera una hora antes del pleno de proclamación de independencia de la república catalana de que el cambismo ha vuelto a asomar y el Frente Catalán de Orden se impone nuevamente. No hay DUI y la masa homogénea con un objetivo común se resquebraja por donde la historia ha enseñado en multitud de ocasiones: por la brecha de clase.

La traición consumada la refleja Arran, las juventudes de la CUP, en las redes sociales. Anna Gabriel en su discurso da buena cuenta de que se ha faltado al acuerdo al que habían llegado, y el diputado Sergi Saladié teme un pacto de las élites para no cumplir los compromisos adquiridos. Pero el mayor indicador emocional de la decisión de Carles Puigdemont es la multitud de gente que acudió al paseo Lluís Companys a presenciar un momento histórico en una pantalla gigante. La calle, siempre enarbolada como motor del procés, no puede ahora ser ignorada cuando deja al descubierto su profunda emoción. La decepción manifiesta de aquellos que se han organizado de manera ejemplar para poder votar el 1 de octubre, la de todos aquellos que han defendido con su cuerpo unas urnas para que sus dirigentes cumplan el mandato, no puede ocultarse. El proceso vivido en Cataluña brota de la piel y el sentimiento, y no se puede esconder cuando el sueño queda frustrado.

El conflicto acelerado durante estos diez días tumultuosos ha enseñado la peor cara de una parte de la España escondida tras el búnker de la cultura de la transición. Un nacionalismo ultramontano que ha envenenado con sus peores vicios a una parte del independentismo que quería huir de ella. La configuración del movimiento soberanista, ejemplar hasta estos días, comenzó a emponzoñarse con las actitudes que combatía hasta que la deslealtad cambista heló el ardor excluyente para convertirlo en desengaño.

La rotura de la heterogeneidad del movimiento independentista no significa que desaparezca el sentimiento, simplemente está de duelo. La reivindicación lírica del catalanismo volverá a aflorar más pronto que tarde. Exhibir desdén hacia estas emociones y menospreciar la fuerza de una pasión las hará regresar con más rabia, y estamos a un paso de que sea ira. La crónica emocional de estos días en Cataluña es la narración de una semana triste en la historia de dos naciones que compartían destino.

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No es a por ellos, es a por nosotros

Es domingo y el Mercat de Sant Antoni de Barcelona bulle de gente olisqueando entre los libros de segunda mano, cómics añejos y parafernalia de coleccionista. Todo el mundo absorto en sus pesquisas para encontrar algún viejo libro descatalogado cuando un hombre aparece enarbolando una gran bandera de España con tremendo estropicio. Su libertad nadie la vulnera, el hombre se pasea entre todos sin que nadie le censure su forma de expresarse. Sin embargo, acude a cada columna donde hay un cartel a favor del referéndum o pidiendo ‘democràcia’ para arrancarlo, romperlo y tirarlo a la basura. La libertad que quiere para sí se la niega al disidente. Esa es la patria que todos tenemos que combatir. La que creó el mito de las dos Españas, la de una nación auténtica, que brotó de los militares del 36 y que se contrapone a una Antiespaña hereje, separatista, marxista y laica que hay que aplastar.

La movilización independentista en Cataluña está aflorando el sentimiento más primitivo de todos aquellos ciudadanos imbuidos por el franquismo sociológico. El Gobierno y el aparato del Estado están aplastando de forma brillante el referéndum, utilizando todos los resortes de coerción que la ley les permite, y eso está enardeciendo a las masas tocadas por la vara del fascio y a las que les pone la implantación de la bota sobre el cuello del diferente. Los más radicales contra los independentistas no se conforman y braman para que la represión sea total contra la Antiespaña. Una multitud de ciudadanos acude a la comandancia de la Guardia Civil junto a la subdelegada del gobierno en Huelva, Asunción Gravalos. La comitiva de la benemérita es despedida con soflamas contra los catalanes. “A por ellos”, les cantan. Dadles palos hasta que se les quiten las ideas de irse de nuestra España. La única y verdadera. La escena se repite en Castellón, Cádiz, Guadalajara, León. Un a por ellos que es un a por nosotros.

El periodista Ilya Ehrenburg narraba una conversación con Antonio Machado en Barcelona en diciembre de 1938 cuando el poeta marchaba hacia su exilio de Colliure: “Para los estrategas, los políticos e historiadores todo estará claro: hemos perdido la guerra. Humanamente hablado, yo no estoy tan seguro, quizá la hemos ganado”. El referéndum planteado por el independentismo está siendo derrotado por medio de la ley y la represión. No hay duda ni debate posible. Es un hecho. Sin embargo, moralmente están venciendo la batalla. Porque la ilegalidad del referéndum del procés se está legitimando con la violencia del Estado, una posición que también defiende el cronista Martín Caparrós en un reciente artículo en The New York Times.

Esa España con alma de maltratador

Existe una actitud paradójica en la caterva de espécimenes más radicales contra la independencia, la de aquellos que espuman por la única e indivisible soberanía nacional, que braman contra los separatistas insultando a Cataluña y todo lo que suene a catalán. No soportan la idea de una España partida pero no les importa tenerla unida en contra de la voluntad de sus partes.

Porque es cierto que existe esa “puta España” a la que apelaba Rubianes, aquella a la que pertenecen los que se den por aludidos por este artículo, los que más ruido hacen, la más intolerante y despreciable que funciona con la psicología de un maltratador. Quieren mantener junto a ellos a una parte importante de la población sometida, humillada y oprimida. No quieren dejarla ir, pero lo único que hacen para mantenerla a su vera es aplastar su voluntad. En definitiva, una posición política sádica que utiliza la represión como único elemento para doblegar los anhelos totalmente legítimos de una parte importante de la población.

“Se ha hablado de catalanes y vascos, llamándoles la antiespaña. Pues bien, por la misma razón ellos pueden decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo [Plá y Deniel], que lo quiera o no es catalán, nacido en Barcelona, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer. Y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis. Ese sí es mi Imperio, el de la lengua española”

Miguel de Unamuno decía estas palabras el día de la raza de 1936 frente a un tropel de fascistas. Aquellas palabras que ponían frente a un espejo a ese fulano patrio eran las del venceréis, pero no convenceréis. Unamuno no sabía entonces que no tenían ninguna intención de hacerlo, porque su único cometido era la eliminación total de esa parte de la población a la que llamaban Antiespaña. Ese espíritu que está asomando estos días contra Cataluña no se ha visto contrariado por esos partidos que dicen llamarse constitucionalistas. El PP lo ampara, Ciudadanos participa de él y el “izquierdista” Pedro Sánchez guarda un perfil bajo silente y vergonzoso cuando la serpiente empieza a resquebrajar el huevo en el que se mantenía hibernada.

La España diversa

Existen momentos en el que la reacción desproporcionada ante una postura no compartida te empuja a defender posiciones que no son las tuyas. La España diversa que esté lejos de los independentistas, de los burgueses del PdCAT que votaban junto al PP contra los estibadores, o de los antisistema (a mucha honra) de la CUP, tiene que abandonar sus reservas ante el procés cuando el fascismo de la peor condición empieza a aflorar en diversas capitales españolas legitimado por la actitud represiva del estado. El 2 de octubre solo importará el relato construido durante estos tumultuosos días. El discurso mayoritario y predominante que se está imponiendo en la opinión pública es el de la algarabía por la reacción represiva contra todo aquel que participe en el referéndum. Una respuesta desproporcionada que con el paso de los días está situando el marco del disidente en el antifascismo.

No están dejando otra salida aceptable para aquellos que antes recibían el calificativo de equidistante. El referéndum del 1 de octubre ya está en otra pantalla de realidad. Ese escenario ha quedado superado y ahora solo importa el establecimiento de puentes entre la España tolerante que respeta el sentimiento personal de cada ciudadano con la Cataluña que quiere expresarse libremente. Y esperar que de forma voluntaria decidan permanecer junto a nosotros. Que somos ellos. Porque solo construyendo un país que respete al conjunto de sus ciudadanos se conseguirá que todos lo sientan como propio. Un hogar compartido. 

Respondía José María Queipo de Llano y Ruiz de Sarabia en el siglo XIX a una soflama sobre la aniquilación de la antiespaña que “la historia enseñaba que las guerras siempre habían concluido por transacción, aun venciendo”. Algunos jamás comprenderán que mediante la sumisión y el aplastamiento no conseguirán que los catalanes quieran permanecer en este país, su España no es la de la buena gente. Los que de verdad quieren a Cataluña y su pueblo lo quieren libre y voluntariamente junto a ellos. De los españoles honrados y solidarios que respetan la diversidad depende rechazar a esa España con alma de maltratador que habla de los catalanes como “ellos”, con odio, como si no fueran de los nuestros. 

 

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Charlottesville: equidistancias y otras miserias

Danuta Danielsson era una mujer polaca que vivía en Suecia y que tuvo a su madre en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Hans Runeson la fotografió en una manifestación del Partido Nórdico del Reich golpeando con su bolso a un miembro de la formación nazi. Danielsson hizo bien en expresar su rechazo ante aquellos que representan el odio más extremo. Su fotografía es hoy un referente icónico de la lucha antifascista que muestra de manera gráfica que al fascismo no se le discute.

Sin embargo, no resulta extraño cuando en una manifestación de nazis y supremacistas blancos se producen hechos violentos ver en la prensa española titulares que dicen: Estado de emergencia en Virginia por disturbios entre grupos radicales. Es una posición editorial muy extendida equiparar a los que creen que su raza es superior y quieren exterminar a todos aquellos que no cumplen con sus cánones raciales con quienes defienden la diversidad y los combaten.

La intelectualidad conservadora patria, ahora autodenominada liberal, siempre ha equiparado fascismo y antifascismo para justificar ante sí misma que no ve tan mal la ideología que mantenía reprimido el gen rojo. El anticomunismo siempre ha dejado al desnudo sus costuras. El tratamiento informativo de Charlottesville en los medios españoles sólo cambió cuando en rueda de prensa Donald Trump habló de violencia por ambos lados y dejó en evidencia todas las vergüenzas periodísticas.

La progresía española se ha contaminado de ese pensamiento por un complejo de inferioridad, y corre a denunciar cualquier conato de violencia sin pararse a valorar cuál es el contexto. No se atreve a exponer y analizar que no es lo mismo que un nazi agreda a un negro por su color que el hecho de que un antifascista agreda a una nazi que se dedica a apalear a minorías y colectivos vulnerables en cacerías por simple diversión y motivadas por su odio ideológico. Una postura pusilánime que no se arriesga a analizar y especificar el contexto determinado de un acto violento por temor a ser acusados de compartir el método. Porque no todas las violencias son iguales, las hay que por su fanatismo extremo no conocen más antídoto que el poder punitivo, del mismo modo que otras son legales o proporcionan excusa jurídica. Desde un punto de vista editorial y periodístico especificar el contexto de la violencia contra colectivos fascistas es imprescindible.

Manuel Jabois, periodista en El País, tuvo la osadía de hablar del contexto informativo en un caso de violencia contra colectivos nazis. Fue el pasado mes de enero, con motivo de la paliza dada por un grupo de antifascistas a una chica nazi en Murcia llamada La intocable. Lo hizo en una columna radiofónica en La SER llamada Información y verdad: “No sé si existe algo que justifique a una muchedumbre pateando a alguien en el suelo. Pero la información ayuda a colocarse mejor moralmente delante del suceso. Para un oyente no es lo mismo escuchar que le han dado una paliza una chica porque es de derechas o porque lleva una pulsera de la bandera de España (y esa es la información que se dio, y se sigue dando en muchos lugares) que oír que la paliza la reciba alguien neonazi que se encarga de dar esas mismas palizas”. 

Jabois hablaba de un caso que desde el punto de vista periodístico y moral marca una pauta habitual en los medios de comunicación españoles. La primera opción siempre es criminalizar a una determinada ideología de izquierdas. Ese sesgo político prima sobre la información, la deontología y el contexto. Si en las primeras noticias sobre la paliza se dice que la víctima era una nazi conocida de Murcia con diversos antecedentes que se dedica a dar palizas a inmigrantes lo más normal es que no consiga epatar a la inmensa mayoría de la opinión pública y la noticia pase desapercibida. Pero si dices que un grupo de violentos de extrema izquierda apalea a una chica de 19 años por llevar una pulsera de la bandera de España consigues el objetivo político marcado. Unos cuantos días marcando la agenda, el ministro del Interior tomando parte por la nazi agredida, y con un buen número de míseros y equidistantes haciendo buena la cita falsa de Churchill sobre los fascistas del futuro. Se consigue de manera efectiva igualar a los miembros de una ideología criminal con aquellos que la combaten. Ni nazismo, ni antinazismo, igualdad.

Alberto Reig Tapia define a estos especímenes de la vida cultural, política y periodística en su magnífico ensayo sobre los revisionistas españoles La crítica de la acrítica” como inconsecuentes, insustanciales, impotentes, prepotentes y equidistantes. Aunque ellos no lo saben, o no se aceptan, y optan por llamarse liberales y apelar al valor último de la libertad sin comprender la complejidad sociológica y filosófica de ese concepto. Dice Reig de este arquetipo nacional: “Esa hipócrita equidistancia de la que se sirven tantos pretendidos críticos que se creen imparciales y que presumen de neutrales recurriendo al facilón recurso de dar una de cal y una de arena”.

La ideología nazi, supremacista o fascista no es respetable. No es una ideología equiparable a otra, no hay que darle voz, no hay que dejar que muestra sus ideas en ningún foro público. Su ilegalización sólo es debatible desde el punto de vista pragmático, para evitar que la victimización la haga crecer. La única manera con la que hay que dirigirse a ellos es mediante un combate frontal, directo y sin concesiones a sus ideas. No hay debate posible ni aceptable. No existe ninguna fobia que permita desde un punto de vista moral aceptar una posición neutra entre aquellos que consideran que hay que exterminar o subyugar a un ser humano y entre aquellos que los combaten. Sólo existe una posición moral aceptable, y es el antifascismo. Si en un combate ideológico, e incluso físico, entre fascistas y antifascistas no eliges la trinchera de los que defienden la diversidad y el respeto a las minorías, entonces ya has elegido. Eres uno de ellos.

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