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Los bolardos no curan el odio ni luchan contra el terrorismo

Un musulmán pasea por una calle de París. FOTO: TERESA SUÁREZ.

ANDRÉ ABELEDO // Estoy convencido de que la solución al terrorismo no pasa por poner bolardos. Ni tampoco la darán los que lo utilizan como arma arrojadiza para atacar al oponente político. Yo me quedo con el ser humano. Y con la capacidad y la altura moral de unos padres que acaban de perder a su hijo de tres años y se funden en un abrazo con el imán de Rubí, con un musulmán.

Me quedo con las lágrimas de esas tres personas y con su abrazo fraterno y solidario. Son ellos los que nos dan una lección, los que nos marcan el camino en la lucha contra el terrorismo islámico, solidaridad, integración y convivencia contra el odio y la sinrazón de los integristas y los intolerantes. Tampoco podemos permitir que estos actos terroristas propaguen el odio y la xenofobia, ya que es precisamente lo que desean los terroristas.

Quieren traer la guerra a Europa. Necesitan exportar el conflicto fuera de las fronteras del Estado Islámico, pues están perdiendo la guerra sobre el terreno en Siria e Iraq. Lo que tendría que replantearse Europa es cuál debe ser nuestra relación con los países que financian y apoyan el terrorismo. No puede ser que por un lado lo estemos combatiendo y por otro lado seamos amigos y socios de estos países.

*André Abeledo Fernández es concejal de Esquerda unida de Narón, militante comunista y sindicalista organizado en la CIG.

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“Solución final” contra los musulmanes

Un musulmán pasea por una calle de París. FOTO: TERESA SUÁREZ.

En la madrugada del 23 de mayo, pocas horas después del atentado en el Manchester Arena, Katie Hopkins, columnista del Daily Mail y principal representante mediática de los sectores que sueñan con un movimiento político en el Reino Unido cuyo eslogan sea Make Britain Great Again, tuiteó lo siguiente: “22 muertos y subiendo. […]. Necesitamos una solución final. #ManchesterArena”. Pasados unos minutos, al ver la reacción de decenas de usuarios que la acusaban de hacer referencia a un concepto forjado por el nazismo, Hopkins cambió “solución final” por “solución verdadera”. La extrema derecha británica, aquella que impulsó el voto favorable al Brexit, aprovecha cada atentado en territorio occidental para normalizar nuevas ideas y estrategias contra la comunidad islámica, actualizando una agenda internacional antimusulmana que tiene como principal vocero al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

“Hombres occidentales. Estas son vuestras mujeres. Vuestras hijas. Vuestros hijos. Levantaos. Alzaos. Exigid acción. No continuéis como si nada. Intimidados”. Así proseguía Hopkins con su llamamiento a un levantamiento en contra de los musulmanes durante la jornada posterior al sanguinario atentado. El editor del portal de noticias Spiked, Brendan O’Neill, sumó su voz a la estrategia de la extrema derecha, a pesar de autodefinirse como izquierdista, apelando a los británicos a no mantener la calma y a dejarse llevar por el odio que sentían después de la tragedia sufrida.

“Odio la ideología que sustenta esa barbarie. Quiero destruir esa ideología. No me siento triste, me siento apoplético. Otros sentirán lo mismo, pero si expresan esta emoción después del terror corren el riesgo de ser calificados como arquitectos del odio, contribuyentes a futuros actos terroristas, racistas, etc.”, apuntaba O’Neill en su editorial, que criticaba que la reacción social mayoritaria ante el atentado se basara en las proclamas mediante hashtags como #WeStandTogether y en encender velas como señal de duelo.

Las voces que demandan acción, en el seno de una sociedad que cuenta con una importante comunidad musulmana, juegan con la carta de la ambigüedad. No dejan claro cuál debe ser el objetivo específico ni de qué manera se debería actuar. Su mensaje es meticulosamente difuso aunque determina de forma inequívoca la existencia de dos bandos: los ciudadanos occidentales, por un lado, y los terroristas, por el otro.

En su narrativa, los musulmanes, aunque nacidos en territorio europeo, quedan automáticamente excluidos de la etiqueta ‘ciudadanos occidentales’ así que, de forma más o menos velada, son equiparados a los miembros de grupos terroristas de bandera islamista. Según esta visión, los occidentales deben defender sus sociedades ante la barbarie que llega a Europa desde Oriente Medio. Ante la supuesta pasividad que gobiernos y medios de comunicación inculcan a la gente, la extrema derecha, cuya base social va in crescendo, pide una “solución final”.

Cabe recordar que en el año 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, la anhelada “solución final para la cuestión judía” ideada por Adolf Hitler empezó a tomar forma. Durante meses, los judíos de distintas zonas ocupadas por los alemanes fueron identificados y recluidos en guetos con el fin de poder ejecutar un plan que cambiaría la Historia de la humanidad. El historiador británico Ian Kershaw, en su libro Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949 (Crítica, 2016), define el holocausto nazi y sus infames cámaras de gas como un “sistema industrializado de aniquilación en masa”. “El genocidio constituyó la razón de ser misma de esta segunda gran conflagración”, añade el autor. La “solución final” fue el eufemismo que se utilizó para acabar con la vida de millones de judíos, comunidad que desde los años 30 fue señalada como el principal enemigo de los alemanes de supuesta raza aria.

Cuando Hopkins usó el concepto “solución final” era consciente del significado de estas dos palabras, aunque más tarde optara por reformular el concepto cambiando el “final” por “verdadera”. Hopkins ha dado un paso más hacia la confrontación, hacia la división interna, con el objetivo de inducir la formación de una resistencia liderada por hombres blancos que se tomen la justicia por su mano ante la amenaza terrorista.

Los actores de la extrema derecha saben que su batalla es a largo plazo y que la inestabilidad global juega a su favor. Llegar a proponer algo así como una “solución final para la cuestión musulmana” era impensable hace unos años. La utilización de estos conceptos mediante el altavoz de las redes sociales, más que la expresión de una opinión, se convierte un valioso test de prueba. Y el resultado es preocupante: si bien ha habido un amplio rechazo y Hopkins ha sido despedida de la radio londinense LBC, muchos ciudadanos apoyan ahora la idea de una “solución final” o “solución verdadera”, el Daily Mail ha decidido mantenerla como columnista y la FOX estadounidense la ha presentado como opinadora de referencia en territorio británico.

Riaz Khan, un profesor musulmán de Leicester y una de las voces más mediáticas —en las redes sociales— de la comunidad islámica del Reino Unido, ve con preocupación el escenario actual. “Se utiliza un lenguaje similar al que se utilizaba contra los judíos en la Alemania de Hitler. Los atentados nos duelen y nos indignan igual que a cualquiera. Hay que condenar estos actos y posicionarse en contra del ISIS, pero no tenemos que pedir disculpas. No son nuestros actos, son actos de maníacos. ¿Se piensan que los terroristas vienen a nuestras mezquitas y nos dicen ‘¿sabes que voy a poner una bomba’? Esta gente no forma parte de nuestras comunidades”, comentaba apenado después del atentado. Khan, nacido en Inglaterra, ha sido testimonio de como la extrema derecha ha normalizado el lenguaje del odio contra los musulmanes y los inmigrantes en general. Cuenta que el día de la votación del Brexit iba por la calle y escuchó que un hombre decía, refiriéndose a él: ‘al menos estos tendrán que irse pronto’. “¿Irme a dónde? ¡Yo nací aquí!”.

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‘Los caballos de Dios’: los monstruos no existen

Escena de 'Los caballos de Dios'' I La Marea

Los caballos de Dios no es una primicia editorial pero trata de un tema muy vigente en nuestro presente más inmediato. Se publicó originalmente en francés en 2010 con el título Les Étoiles de Sidi Moumen (Las estrellas de Sidi Moumen). Poco después, en 2012, el director marroquí Nabil Ayouch llevó esta novela al cine. Fue traducida en 2015 al castellano para Alfaguara por María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, y en mayo de 2016 alcanzó a su tercera edición.

Las caballos de Dios tiene como punto de partida los atentados de Casablanca (Marruecos) del 16 de mayo de 2003, en los que murieron 45 personas, entre ellos los 12 jóvenes que hicieron estallar las bombas que llevaban pegadas al cuerpo. Mientras acababa de leer esta novela, ocurrió el atentado de Manchester, en el que un muchacho de 22 años saltó por los aires matando a 22 personas, algunas mucho más jóvenes que él. Mi primera reacción al ver su fotografía fue preguntarme qué habría llevado a este chico, con aspecto de adolescente a medio hacer y la mirada triste, a cometer un acto así. Los caballos de Dios ofrece no tanto una respuesta —todavía me pregunto lo mismo—, sino una narrativa que ayuda a salir de esa imaginación enquistada que nos impide concebir al terrorista fuera del “arquetipo monstruo”.

La novela está narrada por Yashin, un joven de 18 años que se acaba de inmolar en uno de los atentados suicidas de Casablanca. Nos cuenta su historia desde un más allá que nada tiene que ver con el prometido por el imán que le alistó en la yihad. No está en el paraíso rodeado de huríes, pero aun así no echa de menos “los puñeteros 18 años que me tocó vivir”. Desde ahí, desde ese vacío en el que Yashin solo cuenta con su conciencia y su memoria, describe sus pocos años de vida en Sidi Moumen, un poblado de chabolas en torno a un vertedero en el que los jóvenes sobreviven escarbando en las basuras y en el que la violencia está normalizada.

Mahi Binebine ofrece un abanico de personajes de esta comunidad depauperada que, no por ser representativos, son planos. A través de la voz de Yashin, conocemos a los “muertos de hambre” que le acompañan en la vida y en la muerte: su hermano mayor Hamid, al que adora y al que sigue los pasos en el vertedero, en el equipo de fútbol “Las estrellas de Sidi Moumen” del que Yashin es portero, y después también en la yihad; Nabil, un joven hermoso y de rasgos femeninos, hijo de una prostituta y del que muchos abusan sexualmente, incluso sus amigos; Fuad, un chaval inestable enganchado al pegamento; Azzi, hijo de un padre abusivo que carga con un pasado traumático; Jalil, un recién llegado de la ciudad al que enseñan las normas de convivencia del vertedero a base de palizas.

En medio de la violencia y la miseria, Yashin y sus amigos encuentran en su equipo de fútbol un espacio donde demostrar el afecto. En este contexto en el que la brutalidad se salpica de vez en cuando con algo de amor y amistad aparece Abu Zubier, un hombre que comparte orígenes con los muchachos, también un pasado de vicios y violencia, pero que vuelve depurado para así ayudar a purificarlos a ellos, empezando por Hamid, el líder del grupo.

El proceso de conversión dura apenas dos años, pero dadas las condiciones en las que vive el grupo de amigos, resulta más que verosímil. Abu Zubier y los hombres barbudos que cada cierto tiempo les visitan consiguen trabajos para todos, envían alimentos y dinero a sus familias, les reconfortan cuando pasan momentos duros, les sacan de apuros con la ley. En pocas palabras, les ofrecen todo aquello que el Estado y la sociedad fuera del vertedero les ha negado y todo lo que los infieles occidentales (léase cristianos y judíos) les han arrebatado.

Algunos lectores igual encuentran esta trama predecible. Pero el interés de la novela no está tanto en ella —conocemos desde el principio el brutal desenlace— sino en la representación y elaboración que Binebine hace de la vida de este joven y su comunidad: el humus donde crecen muchos de esos jóvenes cuya fotografía observamos con una mezcla de pena, desconcierto y repulsión cada vez que se comete un atentado yihadista.

El autor intenta meterse en la cabeza de este muchacho de 18 años —sí, un terrorista, un asesino al fin y al cabo— una vez que el daño está hecho. Pero Binebine no se centra en el remordimiento, ni en el arrepentimiento ante el dolor causado —aunque haya momentos en el que se hable de él—, sino que a través del recuerdo de la vida del personaje indaga en todos aquellos aspectos que han podido llevarle a preferir su muerte y la de otros seres humanos a seguir viviendo. Y es en este intento de profundización tanto en la psique como en el contexto del que proviene el terrorista donde está la originalidad y el valor de esta novela.

Con un lenguaje a veces poético, a veces descarnado, el autor nos invita a abandonar interpretaciones simplistas del “terrorista islámico” (el “monstruo” o el “perdedor malvado” que diría Donald Trump), y a adentrarnos en la comprensión de este fenómeno teniendo en cuenta tanto la individualidad de la circunstancia como los contextos históricos, socioeconómicos y culturales en los que se fragua el radicalismo. Los caballos de Dios no justifica la acción del terrorista, sino que confronta, a través de la elaboración imaginativa y el conocimiento del contexto en el que surge esa acción, la pregunta que nos hacemos todos: ¿por qué?

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En la oscuridad

'En la oscuridad', de Antonio Pampliega I La Marea

El domingo por la mañana empecé En la oscuridad, de Antonio Pampliega, el libro que acaba de publicar sobre el secuestro que sufrió durante diez meses. Me llegó hace unos días con una cariñosa dedicatoria. Lo he acabado esta madrugada, sobre la una y media. Y a continuación me he puesto a escribir estas líneas. Tres horas más tarde termino el texto.

Necesitaba desmenuzar mis sentimientos con urgencia. En caliente, en plena digestión del grito desgarrador del autor que me ha sumergido en meses de “golpes, humillaciones y amenazas”, en un relato sincero y profundo, escrito con sencillez extrema, un relato de lo vivido en plena oscuridad durante 299 días.

Tengo que decir que conocía muchos detalles de su secuestro. Me los contó Antonio Pampliega personalmente durante una larga conversación telefónica una semana después de su liberación y más tarde en Segovia donde compartimos una magnifica comida en casa de Aurelio Martín, el alma eterna del Premio Cirilo Rodríguez.

Sabía que había estado aislado casi siete meses, desde el 15 de octubre de 2015 hasta el 7 de mayo de 2016, y que los malos tratos, los abusos, los insultos habían sido permanentes. Sabía que había intentado suicidarse y que había pasado días enteros llorando porque sus carceleros se comportaron como unas auténticas alimañas sin piedad.

Por Marc Marginedas sabía que las semanas que pasó solo durante su secuestro fueron las más terribles. Por Ricardo García Vilanova sabía que los días peores de su secuestro fueron los que pasó en soledad. En el caso de Antonio Pampliega no fueron días o algunas semanas de aislamiento sino meses, muchos meses, más de 200 días en solitario, y llegó a soportar hasta 21 días seguidos sin cruzar una sola palabra con sus carceleros que lo querían convertir al islam desde el primer día.

Aun sabiendo todo esto, su relato pormenorizado me ha conmovido profundamente. Me ha dolido cada página. He tenido que parar varias veces para recuperarme de sus desconsuelos. Me ha gustado que no escondiera sus sentimientos más íntimos, que se enfrentara a lo ocurrido con extrema franqueza, sin escurrir el bulto, sin recortar esas partes más oscuras de nuestro comportamiento cuando se impone el miedo a la muerte, cuando sientes la soledad como una tortura, cuando te pasas todo el día llorando, cuando te sientes un niño en el cuerpo de un adulto, tal como él mismo admite.

No soy muy partidario de contar los sucesos que afectan a nuestra especialidad periodística. Me molesta esas personas que parecen que van a la guerra para contar los que les pasa a ellas. Me embrutecen los periodistas que se inventan coberturas peligrosas, que parecen que viven permanentemente inmersos en un conflicto cuando apenas han pasado unos días en el corazón del drama, que parlotean de un viaje de un par de días a un país peligroso durante años, que se convierten en expertos cuando apenas han recorrido los arrabales del conflicto.

Sabía desde hace meses que Antonio Pampliega estaba escribiendo un libro sobre su secuestro. Me preocupaba encontrarme con un relato efectista que buscara el autobombo. Me inquietaba que la editorial influyese con el objetivo de conseguir carnaza. No quería enfrentarme a una historieta (una más) protagonizada por otro Rambo del periodismo repleta de pasajes fantasiosos. Hace poco le tuve que recordar a un directivo de un medio nacional que la historia que contaban de su enviado especial a un conflicto de hace un cuarto de siglo era completamente falsa. En los últimos años he tenido que influir (es decir, evitar) que un premio prestigioso lo pudiera ganar una persona que se inventa historias y reconvierte a niños mutilados por culpa de enfermedades degenerativas o accidentes de tráfico en víctimas de minas antipersonas. Una persona que nunca ha tenido la valentía de asumir su grave equivocación y hacer el esfuerzo de pedir perdón por el fraude que protagonizó.

Por eso agradezco a Antonio Pampliega que se haya enfrentado con tanta humildad a su secuestro y que haya escrito un diario intenso sin falsificaciones que estremece por la humanidad con la que presenta sus miedos permanentes, sus continuos lloriqueos que provocan burlas y golpizas de sus carceleros, sus sensaciones de que el aislamiento le acerca peligrosamente a la locura, que nunca se avergüenza de presentarse como un cautivo aterrorizado por ser golpeado que se aferra a la figura de su madre como si todavía fuera un niño.

Hay momentos conmovedores como cuando celebra el inicio del año nuevo con doce gajos de mandarina en sustitución de las doce uvas tradicionales y no deja de llorar mientras los introduce en la boca y los mastica lentamente. O como cuando el 7 de marzo de 2016, el día de su cumpleaños (no olvidaré ese día porque mi propio hijo cumplía 18 años y lo celebramos por todo lo alto), desmenuza un bollito de chocolate en cinco pedazos, uno por cada uno de los miembros de su familia, y se los come poco a poco mientras entona el cumpleaños feliz más triste de su vida.

Por un momento duda si contárselo a sus captores para “sentirme un poco arropado, sentirme que no estoy solo y que no soy un perro, que sigo siendo una persona”. Pero pronto rehúsa: “Si hoy estoy aquí encerrado en este agujero es por su culpa. ¡Que los follen! ¡Los odio a todos!”.

El día que cumple tres meses de aislamiento ya no puede más. Mira las dos cuchillas que ha robado a sus carceleros en el cuarto de baño y empieza a cortarse las venas. La sangre comienza a manar mientras habla con Dios al que pide perdón por lo que está haciendo. “Un par de cortes más y punto final a los interrogatorios, a los golpes, a las humillaciones, a la espera y a la incertidumbre. Habría sentido el alivio que busco. No contaba, sin embargo, con mi conciencia. ¡Puta conciencia!”. El peso del recuerdo de su hermana pequeña, a la que le va escribiendo el diario durante el cautiverio, y el recuerdo de los periodistas que jamás podrán volver a casa con sus familias porque han sido asesinados también surten efecto y frenan sus deseos de poner fin a su pesadilla de manera tan trágica.

El libro funciona como un diario escrito en la oscuridad como un grito contra la barbarie, una guía que nos puede servir para darnos cuenta de los frágiles que somos cuando todo se desmorona a nuestro de alrededor y seres sin piedad se convierte en los dueños de la vida y la muerte.

El libro huye del compadreo con la mística de un oficio tantas veces protagonizados por egocéntricos que se creen inmortales y se centra en ensalzar la capacidad del ser humano por resistir y mantenerse digno en las peores circunstancias y en tiempos oscuros regidos por asesinos.

El libro es un “lo siento” continuo dirigido a familiares que sufren a miles de kilómetros temiéndose lo peor y, como dice, la periodista Cristina Sánchez, que ejerció como representante de las familias durante los 299 días de secuestro, es un camino para “superar la culpa, afrontar la rabia, las noches de insomnio, nuestros fantasmas”.

Felicidades, Antonio, por escribir un relato humanista de una situación brutalmente inhumana.

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