¿Equidistante? Pues vale

El Rabal, Barcelona. Foto: Fran Urbano.

Artículo escrito por Xavier Dilla, filólogo y columnista.

De un tiempo para acá, por discrepar del ideario independentista, en Cataluña te cae el sambenito de “unionista”. A mí no me lo han dicho nunca –al menos no a la cara–, aunque tampoco me importaría mucho: pocas cosas me la traen tan al pairo como “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”, según proclama el artículo 2 del Título preliminar de la Constitución con pomposidad que trasluce diáfanamente la inquietud de que, en realidad, la Nación teme disolverse y dividirse. Tampoco me importa que me llamen o declararme yo mismo español: lo soy, lo que no significa sino que soy ciudadano de España. Me parece ridículo el eufemismo “Estado español”, muy usado en Cataluña, porque, al menos por ahora, Cataluña forma parte administrativamente de España (un hecho sin más, no una verdad metafísica y eterna). Soy catalán y no dejaré de serlo, y me defino como catalanista, categoría ahora un tanto en desuso y vilipendiada por la excitación del independentismo. Podría dejar de ser español si se diera el caso –improbable, pero, al paso que vamos, cada vez menos imposible– de que Cataluña dejara de formar parte de España. Y eso es todo.

Imagino que ahora debo formar parte de lo que la retórica independentista llama “equidistantes”, que suena menos a insulto que unionista pero que también resulta un tanto impreciso. En fin, tanto da. Sólo he votado nacionalista una vez, en 1980, cuando casi nadie hablaba de independencia: tenía dieciocho años recién cumplidos y voté convencido a un partido que me gustaba porque se reclamaba de izquierdas y republicano, y me parecía estupendo que esa izquierda republicana fuera catalana. Nunca me he arrepentido tanto de mi voto: tras obtener unos resultados espectaculares, que situaron al cabeza de lista como presidente del Parlamento catalán, el partido en cuestión acabó abriendo una autopista a Jordi Pujol y a Convergència i Unió para que convirtieran Cataluña en un enorme chiringuito privado. No he vuelto a votar a esa gente desde entonces.

Con estos antecedentes, estoy viviendo todo el follón del ‘Procés’ (menudos somos los catalanes con los palabros) entre la perplejidad, la indignación y un necesario pesimismo (a cierta edad, según qué ilusiones son propias de iluso). De entrada, me parece haber regresado al siglo XIX o poco menos. Ni globalización, ni tecnología digital ni realidad virtual: la jerga política suena muy anticuada. En quince días, dicen, hemos vivido, al menos, dos “golpes de Estado”: uno de Junts pel Sí y la CUP, en el Parlamento catalán, y otro del aparato del Gobierno central, al registrar varias sedes oficiales catalanas para requisar material o documentación pro referéndum y cerrar el grifo del dinero no sólo al Departamento de Economía, sino también a peligrosísimas células subversivas como la Institució de les Lletres Catalanes, las bibliotecas públicas o la Coordinadora de Castellers. Estos días se habla también de separatismo, de sedición, de declaración unilateral de independencia, de esas temibles turbas de los documentales franquistas, de tumultos, y parece como si nos sumergiéramos en el túnel del tiempo retrocediendo décadas.

Lo peor es que se habla mucho, manoseándola, de democracia. Como un valor absoluto: por un lado, la democracia es la Constitución y la legalidad (vigente, como se suele decir, demostración inequívoca de que la legalidad no es eterna, sino cambiante); por otro, la democracia se resume en votar esta vez, como si no nos hubiéramos hinchado a votar en el último lustro y como si nos hubieran privado alguna vez de este derecho.

Que se me acuse de equidistante por decirlo, pero el independentismo y el gobierno de la Generalitat hace tiempo que actúan con un ventajismo y una deslealtad extraordinarios que dudo que les reporten el aplauso de esa Europa a la que tanto invocan. Artur Mas convocó unas elecciones para guiarnos hasta el Paraíso, perdió diez escaños y ni por esas dimitió: siguió adelante pese a haber sido desacreditado en las urnas. Quiso hacer un referéndum y lo hizo en 2014 llamándolo “consulta participativa”. ¿Resultado? Incluso dejando votar a quienes tenían dieciséis años y contando el sí-sí prestado del voto descontento de quienes como Ada Colau no están por la independencia, se consiguieron sólo 1.897.000 votos por la independencia. Sí, sólo. Claro que son muchos, pero no bastan porque el censo electoral de Cataluña es de cinco millones y medio. Luego, en las elecciones “plebiscitarias” de 2015, Junts pel Sí y la CUP rozaron los dos millones de votos. El propio Antonio Baños reconoció esa noche electoral que no era suficiente para seguir adelante. ¿Resultado? Se ha seguido adelante. En nombre del “pueblo”, un pueblo en el que no se cuenta a la mitad de la población. Y así estamos. Ahora vamos por la tercera, a ver si ahora sí sale el medio millón o el millón de votos que faltan. Y aprobamos, antes de votar, una Ley de transitoriedad que ya prevé el incuestionable sí. Y si todo esto no es ventajismo, añadamos la jeta de Oriol Junqueras o del catedrático de Derecho constitucional Joan Queralt afirmando que cuando seamos independientes seguiremos siendo europeos porque no pueden desposeernos de esta condición (que tenemos como ciudadanos españoles). O sea, que nos vamos, pero nos quedamos con las ventajas de ser español. Somos los putos amos.

La florentina táctica del independentismo, discutible pero muy bien organizada y planificada, se beneficia de enfrentarse al gobierno español más rancio en décadas, formado por el partido más corrupto desde la muerte de Franco (en competencia con el de Jordi Pujol). No sólo vive convencido de los valores de la España eterna, sino que nos los quiere tatuar en la cara, usando torticera e indiscriminadamente al estamento judicial, el que menos ha evolucionado desde el franquismo, como explica muy bien en un libro fundamental alguien tan declaradamente antiindependentista como Carlos Jiménez Villarejo. Además, el PP se ha cargado la imparcialidad del Tribunal Constitucional y ahora se salta la legalidad interviniendo económicamente a la Generalitat sin pasar el artículo 155 por el Congreso y echando mano de la Policía y la Guardia Civil. ¡Y ya promueven la jura de la sacrosanta bandera!

Hace dos semanas el independentismo se privó de razón al abusar de su mayoría en el Parlament, sacándose de la manga una legalidad nueva y paralela a la española, forzando y vulnerando de manera flagrante la Constitución y el Estatuto de Autonomía. Si este es el país nuevo, democrático y europeo que propugnan, vamos listos. Pero la falta de argumentos políticos y las formas neoautoritarias del gobierno español no sólo han reanimado al independentismo, sino que, además, han certificado el fin del régimen de la Transición, que ya no da más de sí. Algo se movió con el 15M, la irrupción de Podemos y las sucesivas mareas y confluencias. Ahora vuelve a ser su momento. Veo a Rajoy y me acuerdo del inocuo Arias Navarro: un político gris desbordado por los nuevos tiempos. Ha contribuido no poco a facilitar la internacionalización del conflicto y a abrir verdaderamente la puerta a una posible Cataluña independiente (no ahora, no el día 2 ni el 4, pero más cerca de lo que se podía pensar, como han visto Julián Casanova y Enric Juliana, nada sospechosos de independentismo).

Me da igual vivir en una Cataluña independiente o no. Me importa la calidad del Estado, y no tengo ninguna seguridad de que una Cataluña independiente fuera un país mucho mejor que la España actual. Nos privaríamos de la caspa franquista, claro, pero nos quedaría la nuestra (desde el retorno de Tarradellas, hemos tenido más gobiernos de derechas aquí que en Madrid). ¿Para qué quiero un “nuevo país” si tiene la catadura moral de Jordi Cuixart, presidente de Òmnium Cultural, quien tras reventar la manifestación de duelo por el atentado de Barcelona, acusó al Rey y al PP de hipócritas por hacer negocios con los países que financian el terrorismo yihadista? ¿Acaso el Barça y el ídolo patrio Pep Guardiola no hacen lo mismo con Qatar y se deshacen en elogios hacia ese país?

No pensaba votar, porque lo del domingo no es votar. Dudé cuando Rajoy pidió que no se votara. Sólo por llevarle la contraria, habría ido a votar en blanco. Pero me niego a aceptar esta política de acción-reacción, estoy harto del victimismo catalán, de tanta sobreactuación y tanto dramatismo de fechas “históricas” (¿cuántas llevamos desde 2014?). Acepto que la independencia sea un objetivo político legítimo, pero abomino del “Procés”.

Estos días el único refugio es el humor: la ridícula historia del crucero de Piolín, los memes que circulan cachondeándose de todo, la enésima versión del vídeo de Hitler cabreado en El hundimiento, el twitter de El Mundo Today, el Polònia o El intermedio. Riamos, sí, pero admitamos que la cosa se está poniendo jodida: dos nacionalismos en colisión. Si detienen a Puigdemont o a algún conseller, que han prevaricado cuanto han querido y más (como han prevaricado Rajoy y su tropa desde el primer día), no sé si la “revuelta de las sonrisas” seguirá tan sonriente. El gran Josep Fontana, utilizado en su momento por el independentismo oportunista (Mas regaló La formació d’una identitat a su mujer por Sant Jordi y se hizo la foto oportuna) dijo hace poco que de este follón todos vamos a salir perdiendo. Cierto que al final de la entrevista dice: “Tengo una gran esperanza en la capacidad de la gente para recuperarse y volver a ponerse en pie”. Me gustaría ser tan optimista como él, pero veo crecer el mal rollo, la mala leche de gente antes sensata señalando con el dedo a los “tibios”, a los que ponen reparos, veo las llamadas a filas de ambos absolutismos pseudodemocráticos y dudo que esto tenga una salida positiva. No quiero escoger entre Félix de Azúa y Bernat Dedéu, por poner dos ejemplos opuestos de rencor ciego. Abróchense los cinturones, que vienen curvas.

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