You are here

Antonio Maíllo: “Amamos con menos hipocresía, pero queda ‘plumofobia’”

Puedes leer todas las entrevistas sobre amor en #LaMarea50

OLIVIA CARBALLAR// Una canción de amor: Paraules d’amor, responde Antonio Maíllo. Un amor a primera vista: Lisboa. Un poema de amor: Si el hombre pudiera decir ama, de Luis Cernuda.

¿Qué es el amor para usted?

La fuerza que hace que esta vida fluya para bien. Es pasión, es risa en el recuerdo de alguien, es energía positiva en el día, y nos hace mejores. Hablar de amor es hablar también de familia, de amigos, de amistad, de amantes, de amados. Al fin y al cabo vienen de la misma raíz.

¿Qué o quién le inspira amor cada día? 

Una mirada cómplice que se entrecruza, una sonrisa de aliento o de afecto, una caricia o un abrazo, un beso. Quien me inspira lo sabe él muy bien.

¿Falta amor en la política?

El amor y la política son dos categorías diferenciadas. ¿Significa eso que no pueden mezclarse? Más bien al contrario: la fuente de la política es el amor, otra cosa es la fuente de la búsqueda del poder en que se ha convertido la política, pero esta, en su sentido más genuino y profundo, no es más que un acto de amor por la comunidad. En la política (nos) falta ternura.

¿Le falta química hoy a la izquierda para gobernar? 

Le falta contundencia discursiva e intelectual. Demasiado arrastre de políticas trileras. Y aclaración de qué es esa moza que llamamos izquierda.

¿La ideología es una forma de amor?

La ideología es amor convertido en un tratado: a veces lo interfiere, lo corrompe, lo destroza. Una suerte de escolástica que aleja al amor al que dice aspirar.

¿Qué nos queda del amor platónico?  

Espero que poco.

¿Cree que la visibilización LGTBI nos ha hecho amar mejor?

Hace amar de manera más realista, menos hipócrita. Normaliza una forma de amar, pulsa el grado de tolerancia social. Hemos avanzado pero queda: hay mucha plumofobia y otras sutiles formas de discriminación.

¿Por qué amamos?

Porque de lo contrario, esto no lo aguantaría nadie. Es una aspiración a una vida plena, y un acto de optimismo antropológico.

¿Por qué el amor aún no ha podido frenar las barbaries, el hambre, la guerra? 

La energía que destruye no es mayor pero es más eficaz. Pero el amor vencerá, como siempre.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Mi patria eres tú, amor

amor flor patria

Puedes comprar ya #LaMarea50 Especial Amor en nuestra tienda online por 1,90 euros o en kioscos por 4,50

Buenos días, buenas tardes, buenas noches:

Hace tiempo que no te escribo –y eso que nuestra relación comenzó siendo epistolar–. Creo que tal y como esta, así encabezaba mis cartas; nunca sabía cuándo las leerías. Al igual que aquellas, estará escrita a tramos. Hoy, porque la velocidad de la vida no permite tener mucho tiempo libre; entonces, para poder contarte cosas que me ocurrieran durante varios días. Tiempos remotos donde las telecomunicaciones se producían en forma de misivas y de llamadas telefónicas desde casa (cortas, que eran conferencia) o desde una cabina (donde se controlaba el gasto y se tenía más privacidad, aunque a veces había que hacer cola, o llovía). Tiempos donde llamábamos los sitios y no a las personas, aunque todo era más cercano que ahora.

Recordando aquellas líneas que te escribía –pocas manuscritas, mi letra, ya sabes, horrible– me vienen a la memoria canciones que te comentaba. Y citas que te ponía en los márgenes. Es curioso: algunas de ellas las he tarareado o recordado mucho, pero solo a tu lado han tomado cuerpo y significado y las he comprendido por completo…

Volviendo al principio; mucho antes del milagro de caminar a tu vera en esta vida, dejé de escribirte cartas. Decisiones estúpidas que uno toma. Y que a veces dañan a quienes se quiere. Durante mucho tiempo me planteaba qué hubiese pasado “y si”. Es fácil dejarse llevar por los “y si”; y el ensoñamiento al que nos transportan no suele ser agradable, más bien doloroso. Además, uno jamás hace ese viaje con la certeza de que llegado el momento sabrá qué camino alternativo tomaría; las dudas te atrapan hasta en sueños. Y, al final, pienso, somos lo que somos sobre todo debido a nuestro pasado, que nos forja día a día. Sin el que hemos vivido seríamos otros. ¿Quiénes y cómo seríamos habiendo elegido otra alternativa? Ya es bastante infinito el tiempo en este universo como para andar pensando? en dimensiones temporales paralelas. No soy capaz de dibujarlas. Por tanto, lo hecho hecho está. Aunque de vez en cuando algún “y si” escapado retorna; son obstinados.

Quién sabe; si no hubiese tomado aquella decisión, quizá en los siguientes cruces de camino hubiera tomado otra u otras más desastrosas aún si cabe. (Lo dudo, la primera lo fue bastante). Menos mal que en el orbe que transitamos nunca se derrumbaron por completo las piedras del puente que nos conectaba. Tú hiciste posible que los restos aún no fueran ruinas. Y comenzamos a reconstruirlo en ciudades enormes, en ciudades de tres religiones, en ciudades de murallas doradas, en ciudades conquistadas y reconquistadas 22 veces, en ciudades otrora parte de un imperio donde no se ponía el sol pero donde llueve bastante. No sé dónde continuaremos (re)construyéndolo mañana. De lo que tengo la certeza absoluta es que no me importará dónde sea: hace ya nueve años (en el fondo hace muchos más, pero no lo sabía) que encontré mi patria. Tú. Donde estés, estará mi hogar. Un hogar al que, encima, traes más habitantes. Dicha y gozos inmerecidos.

Así pues, cómo no ir de tu mano allá donde vayas, cómo no vivir la vida a tu lado cuando, además de todo, y aunque no lo merezca, crees en mí.

Te quiero.
Miguel A.

Más en lamarea.com

Read More

El amor a un padre que amó la justicia, la libertad y la República

Ascensión Mendieta. F.S.

La familia de María Ibarra era de derechas. La familia de Timoteo Mendieta, de izquierdas. Ambos se casaron y la madre de María nunca más volvió a hablar a su hija. Estaban enamorados hasta el tuétano. Tuvieron tres hijas: Pepa, la mayor; Ascensión, la segunda y Paz, la tercera. Una cuarta, María, murió a los diez meses. También tuvieron cuatro hijos varones. La guerra, el hambre, la dictadura apretaban. Timoteo amaba a su mujer, a sus hijos, a la libertad y a la justicia. Y su amor por la República lo llevó a la muerte. Miembro de UGT, fue detenido y asesinado el 16 de noviembre de 1939. María le guardó luto hasta su muerte, en 1988. Nunca más volvió a reír, ni siquiera cuando el tío Paco, el marido de Paz, a la que le pusieron el nombre a conciencia, le cantaba en broma: “Tres, eran tres las hijas de Elena / Tres, eran tres y ninguna era buena”. María se ponía de los nervios y todos los demás se partían de la risa. Ella no, nunca. Fue como si hubieran muerto juntos.

Cuando detuvieron a Timoteo, María se trasladó con sus siete hijos a vivir con su suegra a una habitación del puente de Vallecas, en Madrid. El pequeño dormía encima de la tapa de un baúl. Su madre nunca la ayudó. Fue su suegra, la madre de Timoteo, ese hombre de izquierdas que amaba amar, quien la trató como si fuera una hija. Timoteo le hizo prometer que nunca llevaría a sus hijas e hijos a verlo a la cárcel. Lo único que le pidió es lo que le dieron a ella cuando Timoteo ya no estaba: la foto con todos ellos en una latita. Hoy esa foto la guarda Ascensión, que tenía 12 años cuando mataron a su padre, que tiene 91 cuando intenta localizar sus restos en una fosa del cementerio de Guadalajara (que acaban de ser hallados).

Timoteo Mendieta.

Después de la primera búsqueda fallida, a petición de la jueza argentina que investiga los crímenes del franquismo, Ascensión suspiró y dijo: “Qué le vamos a hacer, lo hemos intentado”. A los diez minutos, hablando como con ella misma pero en voz alta, añadió algo que nunca antes había pronunciado: “Fui yo la que les abrió la puerta cuando lo vinieron a detener”. Fue la expresión del pesado sufrimiento con el que ha cargado toda su vida. Ascensión y sus hermanas sintieron devoción por su padre, que nunca empezaba a comer sin haber repartido la comida a sus hijos. Uno de aquellos días de calamidades murió una niña en una familia donde no tenían ni para una caja de madera. Timoteo mandó a varios compañeros a su casa para que recogieran la bancada de la entrada y, con ella, construir la caja en la que introdujeron el cuerpo para ser enterrado con dignidad.

Sufría cada vez que veía a las niñas cargando cántaros de agua de la fuente para los ricos por un cachito de pan. Él prefería que sus hijos pasaran hambre antes de enfrentarse a aquella escena infame. “Mis hijas no van a trabajar para nadie”, decía. Ascensión, que se hizo sastra, cuenta que su deseo era ponerles una panadería. Quién no lo podía querer. Quién pudo matarlo. Era solidario, justo y llevó su amor hasta sus últimas consecuencias. “Sin haberlo conocido, yo quiero muchísimo a mi abuelo. Y mira que yo quería a mi padre, pero como mi madre ha querido al suyo… eso es imposible”, cuenta Chon Vargas Mendieta, cuyo testimonio ha permitido construir este relato. “Mi abuelo Timoteo fue un virtuoso del amor”, concluye.

Este reportaje está incluido en el Especial Amor de #LaMarea50

Más en lamarea.com

Read More

Nacho Vegas: “Menos mal que aún no existe el Ministerio del Amor”

El cantautor asturiano actuará este viernes en la Fiesta del Amor organizada por ‘La Marea’ para conmemorar nuestros 50 números. Además, grabaremos un programa de radio en directo con la participación del público.

¿Qué es el amor?

Es la prueba definitiva de que estamos vivos. Puedes constatar la vida cuando tienes hambre, o frío o cuando te hacen cosquillas. Pero si solo se tratara de eso seríamos más bien muertos vivientes. Amar es lo que le da sentido a vivir, es la verdadera razón por la que lo hacemos.

¿Quién o qué le inspira amor cada día?

Cualquier pequeño detalle. El mundo está construido en torno al amor, mucho más de lo que pueda parecer. Una palabra amable de la mujer que me vende el pan, por ejemplo; eso me inspira amor. Ser amable no es solo ser educado. En sentido estricto, amable significa “digno de ser amado”. Por eso es tan importante la amabilidad.

¿Por qué amamos?

Porque necesitamos encontrar armonía en un mundo que por naturaleza está plagado de desarmonías.

¿Qué hará por amor en su nueva vida pero ahora no?

Dar la vida.

¿Tiene el amor adjetivos?

Se los ponemos, supongo que porque necesitamos entender cómo funciona cuando lo percibimos deficitario. Es, y perdón por el símil, como la democracia. Hablamos de democracia real porque sentimos que lo que tenemos es una farsa. Con el amor pasa lo mismo.

El amor no ha podido aún frenar las guerras, ni el hambre, ni como bien sabe, los desahucios.

El amor no sirve para nada si hablamos desde una perspectiva funcional, y sin embargo es absolutamente necesario. Las desgracias del mundo tienen lugar cuando el amor es desplazado del centro de nuestras vidas y su lugar lo ocupan otras esferas: la del poder, la del mercado… Y sin una ética de los cuidados, en la que el amor como compromiso es fundamental, no podemos combatir esos males. Los más cínicos se ríen de esto, pero son los que no quieren que nada cambie, por pura cobardía o porque están muy cómodos en su lugar privilegiado. Pero la PAH es un ejemplo de ello, de lucha amorosa y con vocación transformadora.

¿Cómo contribuye el amor a la cultura y la cultura al amor?

De qué hablamos cuando hablamos de cultura sería otra pregunta aún más difícil que la del amor. Hemos vaciado el concepto de cultura hasta límites absurdos. Lo señala Alberto Santamaría en uno de sus ensayos: hoy basta con anteponer cultura a cualquier cosa para obtener un concepto tan pomposo como vacío. Una cosa es hablar de las alcachofas, pero si dices “la cultura de las alcachofas” parece que hay todo un universo de códigos culturales que rodean a esa hortaliza. Sin embargo, nadie se atreve a decir “la cultura del amor”, sería demasiado ridículo. Tal vez porque el amor es algo más grande y más importante que la cultura, tal y como se entiende hoy. El Ministerio de Cultura es insignificante con respecto al Ministerio de Defensa, por ejemplo, y sin embargo la cultura incide más en nuestras vidas que el Ejército español. Por eso, afortunadamente, aún no existe un Ministerio del Amor. Creo que cuanto más importante es algo en nuestras vidas, menos institucionalizable es.

¿Cree  que la precariedad ha llevado a hacer demasiadas cosas por amor al arte?

Siempre se han hecho cosas por amor al arte, lo que ocurre es que en esta época el sistema se ha aprovechado de eso para obtener trabajo sin retribuir.

¿Hace cosas por amor al arte?

Si entendemos esa expresión tal y como se entiende coloquialmente, es decir, hacer tu trabajo sin cobrar, claro. Pero el amor no es siempre al arte, ni la rentabilidad tiene que ser siempre económica.

¿Qué nota musical le asignaría al amor?

Hala, a ver cómo respondo a eso sin parecer gilipollas. Le asignaría un La muy, muy, muy sostenido. ¿Ves? Parezco gilipollas.

¿Está enamorado de alguna canción o melodía en particular?

Ah, sí. Pero soy muy promiscuo en ese sentido, me enamoro constantemente de canciones y de melodías.

¿Y de alguna peli a primera vista?

Sí, de L’equip petit, un cortometraje que una vez me puso Karlos Osinaga de Lisabö mientras mezclábamos una canción para Fundación Robo y que me sigue produciendo cada vez que lo veo tanta ternura como un amor verdadero.

Más en lamarea.com

Read More

Amor propio

Se acercan a la caseta con paso lento, como no pudiendo ver todos los libros a la velocidad que debieran. Están en ese punto donde la ancianidad permite andar aunque está ya cerca de impedirlo. Ella lleva el pelo color oro, él completamente blanco. Ella se agarra a su bolso, él se sostiene sobre el bastón. Se deciden a coger un ejemplar, leen la contracubierta, curiosean entre las páginas como si la mancha de tinta les fuera a decir algo. Y ahí intervengo, porque los libros huérfanos de fama no se venden solos. Les explico lo del niño y la bruja sarda, lo de la precognición del corazón con forma de lobo negro, lo de la venganza contra los terratenientes y, según acabo, me fijo en que él no se ha enterado de nada porque lleva un audífono y no parece que cumpla muy bien sus funciones.

Ella lo sabe, le mira y le repite las palabras despacio, con la vocalización justa que a mí me falta por origen y premura. Me retiro a una distancia prudencial y hago como que no veo sin quitar ojo. Él asiente, como dando a entender que quiere comprar el libro, se echa mano a la cartera pero ella le para, le dice que se lo va a regalar para que luego se lo preste. Y él sonríe, como recordando algo que hizo muchas veces pero que dejó en suspenso hace tiempo, una de esas costumbres que, como el montar en bicicleta, nunca se olvidan. La mujer me paga, coge su bolsa y me da las gracias mientras que él sigue en un espacio compartido pero lejanísimo. Posiblemente no llevara cartera, posiblemente no sea capaz ya de leer, pero se marcha a su lado, contento, porque el fin último del gesto era ese, hacerle recordar aunque no pueda algo que hicieron juntos a lo largo de su vida. Quizá sea su última Feria, lo que es seguro es que tengo que contener el gesto y respirar hondo cuando se marchan.

En el cercanías, esta mañana, mientras que miro el móvil y en los cascos suena Heart of gold veo en el asiento contiguo a una chica de veinte y pocos. Se ha debido subir en Leganés o Zarzaquemada, mientras que yo estaba atento a la música del canadiense. Es morena, lleva ropa ancha y un arito en la nariz y va atenta como yo, como el resto del vagón, a la pantallita que lleva entre sus manos. Escribe rápido, con manos de roedor nervioso y, de vez en cuando, parece que sonríe. El tren llega a Villaverde y veo por los cristales cómo en el andén de enfrente alguien sale corriendo con la intención de llegar hasta donde estamos. Espero impaciente, deseando que el desconocido alcance su meta. Suena el aviso de cierre y las puertas se mueven con el sonido de la hidráulica de la Nostromo. Justo entonces llega el corredor de estación, exhausto, solo para ver cómo todo se pone en marcha y le deja atrás. Por unos momentos nuestras miradas se entrecruzan. La chica no se ha dado cuenta de nada y al llegar al túnel la intuición de sonrisa se ha convertido en una diáfana muestra de placer escrito. Mientras que manda la respuesta se muerde el labio inferior, anticipando lo que sucederá con quien se escribe los mensajes. Unos pierden los trenes, otros están a punto de cogerlos. A todos nos arrolla uno al menos una vez en la vida.

Hace unos días estaba sentado en una terraza esperando a un amigo, un pamplonés que conserva la seriedad norteña hasta que le sale la ironía de medio lado y ya no para. Una pareja en torno a los treinta sentada cerca, vestida como se supone que tienen que vestir los jóvenes profesionales que tapizan el centro de las grandes ciudades: sofisticación vista en Brooklyn hace diez años, distanciamiento de estrella del rock sin tener un disco en la estantería y zapatillas caras con la suela demasiado fina. Al poco una conversación sobre poner fin a la estancia, unos monosílabos, un billete sobre el platito con la cuenta que parecía pesar toneladas. El camarero, como ellos pero con brío, tardó en traer la nota un tiempo que se les hizo eterno, como si cada minuto juntos, en aquella terraza aquel sábado, en vez de ser la danza de exhibición que resultó un par de años atrás fuese una ceremonia consensuada del dejar pasar. No hubo un reproche, no habría esa noche una palabra más alta que otra. Les quedarán un par de años así, con alguna jornada de casual brillo que no servirá para mucho más que para mantener viva una ficción que ambos saben agotada hace mucho. Parece que confundimos el miedo a la soledad con el placer de la unión y dejamos a nuestras vidas en común agotarse como las velas a las que le falta cera, cuando la luz tintinea y apenas tiene fuerza para iluminarse a sí misma.

Llego a casa ya tarde, con reflejo de cena en las ventanas dibujando en los bloques caprichosas secuencias que marcan lo habitado. Una chica en el que fue mi portal, del que marché hace década y media, se despide del novio o de un chaval que aspira a serlo. Me fijo en ella y creo conocerla, porque se parece a la que debe ser su madre, vecina de piso y de generación. Cuando se abandona un lugar vivimos con la fantasía de que todo queda estático, perenne, congelado como el momento en que nos fuimos. Pero no, el tiempo pasa y todo reproduce las formas conocidas, cambiando los protagonistas pero dejando indemnes las formas, las costumbres. Cojo el ascensor que me vio pasar por mis épocas particulares, que me acompañó cuando los trayectos aún eran la mayoría futuros y las victorias imaginadas superaban con creces a las derrotas yacentes. Me miro al espejo y pienso en el día, en los que se consumen, en los que acabaron o están a punto de empezar, en los que aún son capaces de regalarse libros después de tanto. El espejo, en la parte de atrás de la cabina, me devuelve una imagen que reconozco a medias, no por el cansancio ni el pelo revuelto, sino por la pérdida de interés en casi todo lo que me ha hecho como soy. Es verdad eso de que el amor es cosa de dos –o varios– casi tanto como que el amor siempre ha de empezar por uno mismo.

Más en lamarea.com

Read More