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Turquía: la mayor cárcel de periodistas del mundo

Las filas que se forman para abordar el ferry en el puerto de Estambul son un buen sitio para tomar el pulso a la actualidad turca. Las colas discurren rápidas, pero dan tiempo a comentar las últimas noticias. Hace unos meses, dos jóvenes, probablemente estudiantes universitarios, esperaban su turno. Uno de los dos preguntaba a su compañero por la responsabilidad de la prensa en el devenir de Turquía. Su acompañante, sin dar mucho tiempo al debate, respondió de acuerdo al discurso del presidente Recep Tayyip Erdogan: “No son periodistas, sino terroristas, y estas no son sino historias fabricadas”. Era uno de los temas de la semana, tras el enjuiciamiento, por supuesta pertenencia a organización terrorista de 17 trabajadores de Cumhuriyet, uno de los periódicos críticos con el gobierno de Ankara. Algunos pensaban que el juicio era político.

Estambul es una ciudad gigantesca. Casi 15 millones de personas viven en esta urbe, y millones de historias, más o menos conocidas, se entremezclan en sus calles. No todo el mundo encuentra la historia de sus periodistas interesante, pero es necesario contarla. La situación no es nueva. En una entrevista con el medio turco Hurriyet, en 2015, Ali Çarko lu, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Koç, afirmó que “la cobertura partidaria de los medios turcos supone un peligro alarmante para la democracia”.  Aun así, hay informadores que se niegan a participar en esa ilusión. Un siglo y medio después de que la primera generación de reporteros turcos se enfrentase al poder del Imperio Otomano, los periodistas están sufriendo, si cabe, más presiones que sus predecesores. Turquía se ha convertido en la “mayor cárcel del mundo” para los profesionales de la información.

En torno a 200 encarcelados

De acuerdo con el Sindicato Turco de Periodistas, en este momento hay 161 periodistas encarcelados en Turquía. Para el Centro por la Libertad de Estocolmo (SCF), la cifra asciende a 228, lo que supondría un récord mundial. Más de la mitad de los periodistas que están en prisión en todo el mundo se halla en Turquía. De acuerdo con el último informe de la Asociación de Periodistas de Turquía, 839 reporteros fueron denunciados por las autoridades el año pasado. 189 periodistas fueron atacados verbal o físicamente, y más de 100 medios de comunicación fueron cerrados. La situación para los profesionales de la información en Turquía es peor que en China, Irán o Eritrea. Es una situación insostenible.

El profesor Haluk Ahin también piensa así. Ahin fue la primera persona en Turquía en obtener un máster en periodismo. Ha trabajado en los medios durante casi medio siglo. Como uno de los decanos del periodismo turco, señala las próximas elecciones como punto de inflexión: “No creo que el statu quo basado en la presión judicial sobre los medios sea sostenible a largo plazo. Las elecciones presidenciales de 2019 pueden propiciar circunstancias para que se dé una renovación democrática, incluyendo una mayor libertad de prensa”.

Algunos sindicatos de periodistas también se enfrentan a la presión, como es el caso de DISK Bas?n-Is, perteneciente a la Confederación de Sindicatos Progresistas de Turquía. Su presidente, Faruk Eren, cree que hay que tener en cuenta la falta de unión entre profesionales en esta situación: “El abandono de los sindicatos juega un papel importante para los periodistas. Es un fenómeno que comenzó en Turquía en la década de los 1980. Hoy, los periodistas de verdad se arriesgan a ser arrestados. El gobierno prohíbe la emisión de contenidos inconvenientes. Si un periodista desobedece estas normas, puede verse ante un juez. ¿Quién puede informar en estas condiciones?”, afirma el líder sindical. Sin embargo, Erdogan sigue afirmando que la prensa es libre. Según el Gobierno, los reporteros pueden hacerle preguntas y, según cifras oficiales, solo hay dos periodistas presos. Los demás, a ojos el ejecutivo, son terroristas, agentes provocadores, espías o golpistas.

Opacos conglomerados

Tras el intento de golpe de Estado de 2016, la actitud del Ejecutivo hacia la prensa libre se volvió más escéptica. Hasan Cemal, un experimentado periodista, describe con miedo esta etapa: “He visto golpes de Estado, y he vivido bajo administraciones militares, pero nunca había sido tan pesimista como lo soy hoy”, afirmó en un evento de las Naciones Unidas.

El pesimismo de Cemal es contagioso. Gürcan Çilesiz ha liderado varias redacciones turcas como redactor jefe. Según él, la historia de represión viene de largo: “Para ser sinceros, llevamos sufriendo presiones desde finales del siglo XIX, pero la situación es mucho más grave hoy en día. El gobierno del AKP ha implementado ataques sistemáticos contra la prensa año tras año”. Çilesiz acepta que la censura en el país es una realidad, pero además advierte de otras técnicas que llevan al control de los medios: “Los oficiales del Gobierno exigen pagos a los empresarios, creando una red de medios afines [en Turquía se conoce como Pool Media a los medios organizados en opacos conglomerados sin un propietario claro y a menudo financiados por compañías constructoras acusadas de corrupción]. Así los redactores críticos son despedidos. Muchos de ellos son encarcelados, como le ocurrió a Ahmet ?k, sin ninguna base legal. La independencia de los tribunales ha colapsado, y eso hace que muchos periodistas tengan que someterse a mecanismos de autocensura”.

La muerte social del periodismo

La historia de la represión sobre el periodismo en Turquía no es solo sobre el gobierno del AKP. Los nombres y las fechas cambian, pero en Turquía, la mentalidad de las administraciones es idéntica. Ya en 1998, el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ en sus siglas en inglés) incluyó al entonces primer ministro Mesut Y?lmaz (del neoliberal Partido de la Madre Patria) en su lista de “enemigos de la prensa libre”. Al ser interrogado por las razones de las detenciones, Y?lmaz afirmó que “un periodista de verdad no estaría en prisión”.

Para esclarecer este constante ataque al periodismo hay que leer detenidamente la Ley de Prensa de Turquía. El artículo 3 comienza con una frase prometedora: “La prensa es libre”. Sin embargo, el artículo hace excepciones en cuanto a la seguridad nacional, la integridad del país y los secretos de Estado. Conceptos que no deberían tener nada que ver con el periodismo real, pero que en Turquía invaden la vida diaria. Para Zafer Arapkirli, periodista turco cuya carrera se desarrolló durante años en Londres, “no se puede comparar la libertad de prensa en Turquía con la de otros países europeos. En un Estado europeo medio, la prensa obtiene su fuerza de sus lectores y de un sistema judicial independiente, pero los tribunales no lo son ya en Turquía”.

Asimismo, Arapkirli señala el amiguismo entre los empresarios de la información y el gobierno: “Los jefes de los medios han jugado a un juego muy peligroso con las élites políticas. Los empresarios perciben los medios como un arma para obtener beneficios, y el gobierno ha entendido eso, bloqueando sus vías de inversión. El poder de los medios para cuestionar al poder se redujo a cero. Los periodistas aún podían investigar de forma independiente, pero al precio de su muerte editorial y comercial”.

La periodista Evrim Kepenek también menciona esta consecuencia: “Informamos de hechos que en cualquier rincón del globo serían simplemente noticias, pero aquí corremos el riesgo de que nos encarcelen por hacerlo. También tenemos miedo de acabar en el paro. Los periodistas sufrimos una especie de muerte social”.

Y no es solo la muerte social. La falta de respeto a los derechos de los periodistas presos continúa dentro de las prisiones. Ahmet ?k, que se ha convertido en un símbolo para los periodistas críticos, lleva ocho meses encarcelado. Se le han negado las visitas y no se le permite tener correspondencia. El periodista kurdo Nedim Türfent, acusado de pertener a organización terrorista, afirmó que en 13 meses de arresto solo había podido leer las etiquetas de los productos de limpieza, porque la dirección de la prisión le había impedido acceder a libros. Además, narra que sufrió agresiones físicas y que hombres encapuchados se fotografiaron pisándole la cabeza.

Detenido en España

Las prisiones españolas retienen hoy al periodista turco-sueco Hamza Yalçin, acusado por el gobierno de Ankara de conexiones con una organización terrorista. El arresto ocurrió en Barcelona tras una orden de la Interpol. Yalçin escribía para la revista Odak. El Ministerio del Interior español aún no se había pronunciado al respecto al cierre de esta edición.

Tal y como se indica en los principios de la Federación Internacional de Periodistas, el primer deber de un profesional de la información es respetar la verdad y el derecho del público a acceder a esta verdad. Estos valores centrales de precisión, independencia, justicia, imparcialidad, humanidad y responsabilidad están bajo asedio en Turquía. Solo a través de la tenacidad y la defensa de estas ideas por parte de algunos periodistas podrá el país superar esta crisis, devolviendo al público su derecho a la verdad, tanto en Turquía como en el resto del mundo.

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Con la política exterior no se juega

Martin Schulz

Las campañas electorales suelen ser el mejor vivero para promesas falsas, declaraciones de principios insostenibles y todo tipo de ataques exagerados. Y el escenario se vuelve particularmente propicio a proclamas populistas cuando en el debate entran asuntos de política exterior.

En la campaña para las elecciones parlamentarias del 24 de septiembre en Alemania se ha colado un protagonista insospechado: las relaciones con Turquía. A ambos países les unen lazos históricos desde la época del Imperio otomano. Además, en Alemania viven tres millones de personas de origen turco, de los cuales la mitad mantiene la nacionalidad turca. Es lógico que en Alemania preocupe mucho la deriva autoritaria de Recep Tayyip Erdogan, que se ha acelerado tras el fallido golpe de Estado contra su gobierno hace un año.

El presidente turco ha puesto en marcha una purga masiva de personas acusadas de pertenecer a la organización del clérigo Fethullah Gülen, el supuesto cerebro detrás de la asonada militar. Se han cerrado medios de comunicación y hay decenas de periodistas encarcelados. En los últimos meses, las autoridades turcas además han detenido a ciudadanos alemanes, algunos de origen turco, entre ellos periodistas y activistas por motivos políticos.

Pero las necesarias protestas por parte del Gobierno alemán ante estos abusos han dado paso a declaraciones encendidas de los dirigentes políticos. El tono entre Berlín y Ankara ha subido a niveles preocupantes, hasta el punto de que las relaciones con Turquía ocuparon buena parte del debate televisivo entre Angela Merkel y Martín Schulz el domingo pasado, incluso más tiempo que las políticas sociales o la educación. El candidato socialdemócrata sorprendió a la canciller con su promesa de que, en caso de ganar, intentaría cancelar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea con Turquía. Un golpe barato, ya que estas negociaciones llevan mucho tiempo en el congelador.

En un primer momento, Merkel contestó a Schulz que no pensaba romper las relaciones diplomáticas con Turquía solo porque en la campaña electoral los candidatos intentaran hacerse los duros con el tema. Pero tras unos instantes, añadió que plantearía el asunto de las negociaciones a sus socios europeos. Eso sí, en octubre, después de las elecciones…

La promesa de Schulz no solo es populista sino también hipócrita, ya que, al mismo tiempo, defiende el acuerdo entre la UE y Ankara para que Turquía ‘contenga’ a los refugiados de Siria, Irak y otros lugares. Pero el oportunismo de Schulz alberga varios riesgos. Primero, envenena la convivencia con la comunidad turca en Alemania. Segundo, con la amenaza de terminar las negociaciones de adhesión, propina un golpe duro a la oposición en Turquía que, pese a todo, sigue manteniendo una voz crítica contra Erdogan. Una ruptura de este calibre sería todo un regalo para el presidente turco, porque reforzaría su discurso de que en Occidente no quieren a los turcos. Los populismos se retroalimentan.

Artículo publicado en El Heraldo (Colombia)

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Con la política exterior no se juega

Martin Schulz

Las campañas electorales suelen ser el mejor vivero para promesas falsas, declaraciones de principios insostenibles y todo tipo de ataques exagerados. Y el escenario se vuelve particularmente propicio a proclamas populistas cuando en el debate entran asuntos de política exterior.

En la campaña para las elecciones parlamentarias del 24 de septiembre en Alemania se ha colado un protagonista insospechado: las relaciones con Turquía. A ambos países les unen lazos históricos desde la época del Imperio otomano. Además, en Alemania viven tres millones de personas de origen turco, de los cuales la mitad mantiene la nacionalidad turca. Es lógico que en Alemania preocupe mucho la deriva autoritaria de Recep Tayyip Erdogan, que se ha acelerado tras el fallido golpe de Estado contra su gobierno hace un año.

El presidente turco ha puesto en marcha una purga masiva de personas acusadas de pertenecer a la organización del clérigo Fethullah Gülen, el supuesto cerebro detrás de la asonada militar. Se han cerrado medios de comunicación y hay decenas de periodistas encarcelados. En los últimos meses, las autoridades turcas además han detenido a ciudadanos alemanes, algunos de origen turco, entre ellos periodistas y activistas por motivos políticos.

Pero las necesarias protestas por parte del Gobierno alemán ante estos abusos han dado paso a declaraciones encendidas de los dirigentes políticos. El tono entre Berlín y Ankara ha subido a niveles preocupantes, hasta el punto de que las relaciones con Turquía ocuparon buena parte del debate televisivo entre Angela Merkel y Martín Schulz el domingo pasado, incluso más tiempo que las políticas sociales o la educación. El candidato socialdemócrata sorprendió a la canciller con su promesa de que, en caso de ganar, intentaría cancelar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea con Turquía. Un golpe barato, ya que estas negociaciones llevan mucho tiempo en el congelador.

En un primer momento, Merkel contestó a Schulz que no pensaba romper las relaciones diplomáticas con Turquía solo porque en la campaña electoral los candidatos intentaran hacerse los duros con el tema. Pero tras unos instantes, añadió que plantearía el asunto de las negociaciones a sus socios europeos. Eso sí, en octubre, después de las elecciones…

La promesa de Schulz no solo es populista sino también hipócrita, ya que, al mismo tiempo, defiende el acuerdo entre la UE y Ankara para que Turquía ‘contenga’ a los refugiados de Siria, Irak y otros lugares. Pero el oportunismo de Schulz alberga varios riesgos. Primero, envenena la convivencia con la comunidad turca en Alemania. Segundo, con la amenaza de terminar las negociaciones de adhesión, propina un golpe duro a la oposición en Turquía que, pese a todo, sigue manteniendo una voz crítica contra Erdogan. Una ruptura de este calibre sería todo un regalo para el presidente turco, porque reforzaría su discurso de que en Occidente no quieren a los turcos. Los populismos se retroalimentan.

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Liturgia fascista de Erdogan en Washington

Un guardaespaldas de Erdogan agrede a un manifestante en Washington I La Marea

Tarde del 16 de mayo en Dupont Circle, el barrio de las embajadas de Washington DC. Miembros de la comunidad kurda se concentran en Sheridan Circle, una rotonda justo en frente de la residencia oficial del embajador de Turquía en Estados Unidos. Esperan la llegada del presidente del país, Recep Tayyip Erdogan, que viene de reunirse con Donald Trump en un amistoso encuentro en la Casa Blanca. Decenas de guardaespaldas rodean el vehículo del mandatario turco mientras los manifestantes cantan consignas contra el presidente a un centenar de metros de distancia.

De repente, de forma coordinada, un grupo de turcos favorables a Erdogan y algunos elementos de su equipo de seguridad arremeten con brutalidad contra los kurdos y algunos de sus simpatizantes. La violencia es extrema. Un guardaespaldas estrangula por momentos a una mujer mientras esta intenta zafarse de su agresor. Guardias trajeados arrollan a un hombre que lleva un megáfono y le propinan varias patadas en la espalda y en la cabeza hasta que acaba con el rostro hinchado y ensangrentado. La policía municipal de Washington intenta interceder y uno de sus agentes es agredido por los oficiales turcos. Aun así, la intervención de contención policial es providencial para evitar que los más exaltados se ceben con los heridos. Después del asalto, nueve personas son ingresadas en el hospital.

“Hoy he experimentado de primera mano hasta dónde llega la brutalidad del fascismo turco. […] Un guardia de seguridad me ha cogido. Me ha estrangulado y bloqueado la cabeza hasta reventarme una vaso sanguíneo del ojo. Me agarraba y me decía que me mataría. Milagrosamente un hombre que pasaba en coche me ha ayudada a entrar en su vehículo. Este hombre me ha salvado la vida”. Así narra la agresión de la que fue víctima Ceren Borazan, una estudiante kurda nacida en Turquía hace 26 años y que reside en Washington, quien participó en la manifestación.

Borazan explica que después de este episodio se siente muy dolorida físicamente y relata la pesadilla que está viviendo. “Temo por mi vida. Desde que ha pasado esto y mi foto ha salido por todos los medios, recibo muchísimas amenazas de muerte. Me dicen que conocen mi dirección. Que saben dónde vive mi familia. Tengo miedo de volver a Turquía pero también tengo miedo aquí, en Estados Unidos”, confiesa con la voz entrecortada. “Para ellos, todos los kurdos somos terroristas. Yo sólo estaba allí por la defensa de la democracia y de los derechos humanos”, añade.

En un análisis de los audios que contienen las grabaciones del momento de la agresión, realizado por el medio estadounidense The Daily Caller, se llega a la conclusión de que fue el mismo Erdogan quien ordenó la segunda carga, la más brutal. Según este estudio, en la escena se puede escuchar que algunos guardias dicen “ha dicho que ataquemos”, segundos antes del inicio de la acción. En un vídeo se ve de forma evidente como un jefe de seguridad consulta a Erdogan, que se encuentra dentro de su vehículo oficial, y como, casi inmediatamente, da la orden de actuar a los hombres que finalmente agreden a los allí congregados. Erdogan sale del coche y durante medio minuto mira la acción impasible hasta que, finalmente, entra en la residencia del embajador turco.

La escena fue tan escandalosa que incluso la policía de Washington organizó una rueda prensa para denunciar lo acontecido, apuntando que los guardias de seguridad tienen visa diplomática, algo que impide que se pueda hacer justicia con aquellos involucrados en las palizas del pasado martes. Hasta el senador republicano John McCain condenó los hechos en Twitter: “Esto son los Estados Unidos de América. Nosotros no hacemos esto aquí”. Por su parte, Donald Trump, tan dado a los comentarios sobre la actualidad política en las redes sociales, ha optado por el silencio, algo que ha enfadado a las víctimas.

Acostumbrados a una extrema derecha europea que en los últimos años ha intentado maquillar su carácter esencialmente violento con el fin de ganar apoyo popular y situarse en las instituciones democráticas, la liturgia autoritaria de los guardaespaldas de Erdogan evidencia de nuevo la espina dorsal del fascismo. La limpieza interna mediante métodos violentos es una de las características de un Estado fascista, en el que se normaliza la persecución social, policial y judicial de los considerados enemigos.

Después de la demostración de la soldadesca de Erdogan en el corazón político de Estados Unidos, nadie debe dudar ya del carácter fascista del gobierno turco. Erdogan se vio reforzado por el fallido golpe de Estado del 15 de julio de 2016, momento que aprovechó para intensificar la purga. Si las autoridades turcas son capaces de asaltar brutalmente a manifestantes pacíficos en Washington, ¿qué no harán en el interior de las cárceles en Turquía? Amnistía Internacional (AI) ya ha denunciado en repetidas ocasiones el incremento de las torturas en centros de detención turcos desde el pasado verano y el Consejo por la Prevención de la Tortura del Consejo de Europa realizó un informe que Erdogan se negó a publicar.

El fascismo en Turquía se ve alentado por el silencio europeo. En juego está el acuerdo en materia de refugiados que firmaron en marzo del año pasado la Unión Europea y el gobierno turco, para garantizar las devoluciones de migrantes sirios que llegasen a Grecia desde Turquía. Si bien este acuerdo bilateral ha reducido el tráfico de personas a través de la ruta más mortal, las condiciones de vida de los refugiados sirios en territorio turco son, a menudo, infrahumanas.

Según AI, “la mayoría de la población refugiada siria infantil no tiene acceso a la educación, y la mayoría de la población refugiada siria adulta no tiene acceso a un empleo legal”. A pesar de esta realidad, la Unión Europea entiende que Turquía es su mayor aliado para acabar con la presión migratoria en sus fronteras. Europa calla a cambio de una solución temporal para el problema de los refugiados. Con la Unión Europea a sus pies y con la aprobación de Donald Trump por su lucha común contra Estado Islámico, Erdogan ha entendido el mensaje. El fascismo en Turquía tiene carta blanca.

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El humorista que insultó a Erdogan y acabó con una ley en Alemania

El humorista alemán Jan Böhmermann, durante su programa 'Schlimmer als Jan Böhmermann', en Rostock, en 2014.

Artículo incluido en el monográfico sobre libertad de expresión en quioscos y en nuestra tienda online

Alemania no es ajena a la problemática que surge de la lucha antiterrorista. Pero el debate sobre la libertad de expresión recientemente ha girado también en torno a otro asunto. En marzo del año pasado, Jan Böhmermann, uno de los humoristas más populares y controvertidos del país, recitó en su programa de televisión un poema que difamaba al presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, de la forma más vulgar, zoofilia incluida. El presentador explicó que era un ejercicio para demostrar la diferencia entre la sátira y la difamación. Erdogan no lo entendió así y pidió al Gobierno alemán que se procesara al humorista. Para ello se acogió a un párrafo del Derecho penal alemán que data de los tiempos de la monarquía en el siglo XIX y que castiga la difamación de un jefe de Estado o miembros de gobiernos extranjeros.

En su origen se trataba de evitar conflictos diplomáticos pero muchos políticos y juristas consideran absurdo que este párrafo 103 aún siga vigente. En los años 60 el sha de Persia se acogió varias veces a esta ley para censurar críticas feroces a su régimen en la prensa alemana. En 1977 un tribunal condenó una manifestación en la que se llamaba “banda de asesinos” a la dictadura de Agusto Pinochet, después de que el embajador chileno en Bonn se sintiera ofendido. Pero la aplicación de la ley se ha relajado recientemente. Hace siete años un tribunal de Baviera sentenció que una foto del papa Benedicto XVI con el lazo de la lucha contra el sida y unos condones expuestos durante la celebración LGTB del Christopher Street Day no constituía una difamación del pontífice.

Para que los fiscales alemanes actúen conforme al párrafo 103, el gobierno federal debe dar su visto bueno. El caso Böhmermann puso en aprietos a la canciller Angela Merkel, ya que Turquía es un aliado fundamental. Finalmente, Merkel autorizó el proceso contra el humorista entre fuertes protestas de la sociedad alemana. Al mismo tiempo, el gobierno decidió abolir el polémico párrafo. Muchos políticos, incluso algunos de los partidos que conforman el gobierno de gran coalición, habían exigido sin éxito que se eliminara también el párrafo 90 del Código Penal que castiga la difamación del presidente de la República Alemana con penas de hasta cinco años de cárcel. Alemania y España son países que aún mantienen este concepto de lesé majesté, la injuria al monarca o a la Corona, que fue ideado en el Imperio romano. Hasta Francia, donde el cargo de presidente de la República goza de un trato y una parafernalia especial, abolió la protección especial al jefe del Estado en 2013. En Alemania ha habido muy pocos casos de condenas por difamación del presidente.

El proceso contra Böhmermann fue cerrado sin cargos, pero se ha prohibido la difusión de su poema contra Erdogan. Un poema que ha acabado con una ley anacrónica.

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AI advierte del mayor retroceso en Derechos Humanos desde el nazismo

Cola de refugiados en Belgrado. I LA MAREA

Un mundo “más dividido y peligroso” en el que los Derechos Humanos retroceden y se debilitan debido a “las atrocidades masivas”. Esta es la advertencia que ha lanzado este miércoles Amnistía Internacional (AI) durante la presentación de su informe anual La situación de los derechos humanos en el mundo. La ONG denuncia que la retórica “tóxica y deshumanizadora” que los políticos proclaman en su discurso del “nosotros contra ellos” retrotrae a “la década de 1930”, cuando el nazismo y el fascismo se propagaron por Europa.

“Se trate de Trump, Orban, Erdogan o Duterte, cada vez son más los políticos que dicen ser antisistema y tienen una agenda tóxica que persigue, convierte en chivos expiatorios y deshumaniza a grupos enteros de personas. La política de demonización que se hace en la actualidad difunde la peligrosa idea de que algunas personas son menos humanas que otras, despojando de su humanidad a grupos enteros de personas. Esta práctica amenaza con desatar los aspectos más negativos de la naturaleza humana”, denuncia Salil Shetty, secretario general de AI.

Para esta ONG, un claro ejemplo de la tendencia global a hacer política de manera más airada y divisiva fue la venenosa retórica de campaña de Donald Trump, pero los líderes políticos de otras partes del mundo también apostaron su poder a discursos de miedo, culpa y división.

Está retórica tiene un impacto cada vez mayor en las políticas y medidas que se adoptan. Amnistía Internacional denuncia que, en 2016, los Gobiernos “hicieron la vista gorda ante crímenes de guerra, impulsaron acuerdos que menoscababan el derecho a solicitar asilo, aprobaron leyes que violaban la libertad de expresión, incitaron a asesinar a personas simplemente por estar acusadas de consumir drogas, justificaron la tortura y la vigilancia masiva, y ampliaron poderes policiales draconianos”.

El informe documenta cómo 36 países violaron el derecho internacional, al devolver de forma ilícita a personas refugiadas a países donde sus derechos humanos corrían peligro. “Los límites de lo que se considera aceptable han cambiado. Los políticos legitiman, desvergonzada y activamente, todo tipo de retóricas y políticas de odio basadas en la identidad de las personas, como la misoginia, el racismo y la homofobia. El primer blanco han sido las personas refugiadas, y si esta situación persiste en 2017, aparecerán también otros en el punto de mira”, prosigue Shetty.

España, en el punto de mira

Amnistía Internacional sostiene que España no se ha quedado al margen del menoscabo de los derechos humanos. Por un lado, “la acogida de personas que huyen de conflictos o de graves violaciones de derechos humanos sigue siendo insuficiente, y se siguen produciendo expulsiones colectivas en las fronteras de Ceuta y Melilla. Por otro, se ha utilizado el delito de ‘enaltecimiento de terrorismo’ para limitar desproporcionadamente la libertad de expresión”, señala AI en su informe.

La ONG también denuncia la “impunidad” hacia ciertos casos de tortura cometidos por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, y tilda de “insuficientes” las cifras de refugiados acogidos por el Estado español (1.034 personas). Asimismo, la organización advierte que “no se garantiza el derecho a la información” y de la falta de garantías de protección para colectivos vulnerables como las mujeres víctimas de violencia de género, las víctimas de trata, o las personas del colectivo LGBTI.

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