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Una semana marcada por la quiebra de Carillion en el Reino Unido

Emmanuel Macron y Theresa May, en diciembre de 2017. Foto: Gobierno de UK

Un carillón es un instrumento musical de gran tamaño y varias toneladas de peso, una especie de órgano formado por decenas de campanas que, al ser golpeadas, emiten una melodía. Este instrumento de percusión es el que inspiró el nombre de la segunda mayor constructora del Reino Unido, Carillion, fundada en 1999 tras desgajarse del Grupo Tarmac (fundado en 1903), y que durante tantos años ha estado sonando una dulce melodía de dividendos alimentados al calor de las privatizaciones y la externalización de servicios públicos. Sin embargo, este lunes a primerísima hora la música de Carillion dejó de sonar para siempre, y esta quiebra y sus consecuencias han marcado la semana en el Reino Unido.

Carillion era de estas empresas de construcción y servicios que igual hacen una carretera que llevan el catering de un hospital, igual construyen vías de alta velocidad que se encargan de la seguridad de una cárcel, dan de comer a los niños en el colegio o gestionan viviendas, y funcionan con grandes bonus a los directivos y subcontratas malpagadas a 120 días. Con 43.000 empleados, 20.000 de ellos en el Reino Unido, y decenas de miles de pequeños contratistas que trabajan para ella, ha dejado un agujero inmenso cuyas consecuencias aún se desconocen, pero que sufrirán por ejemplo los 30.000 contratistas a los que debe dinero, que no esperan recuperar ni el 1%.

Según las leyes británicas, cuando una empresa entra en liquidación tiene que pagar un depósito por los servicios de la empresa liquidadora, pero en este caso no había ni siquiera dinero en la caja para pagar este depósito así que lo ha tenido que pagar el Gobierno. No será el único gasto de dinero público, ya que también garantizó los sueldos de los empleados de servicios públicos de forma indefinida, y los de los privados durante 48 horas. El Gobierno ha sido también criticado por seguir dando grandes contratos públicos a Carillion (2.000 millones de libras desde el verano), aun cuando se sabía que atravesaba graves problemas financieros, y esta confianza por parte del Gobierno ha hecho que muchas pequeñas empresas también se fiasen de la constructora, pero ahora no cobrarán las facturas y tendrán que reducir plantillas.

Los 1.500 millones de libras de deuda (incluyendo 600 millones del fondo de pensiones) que deja esta bancarrota alguien los dejará de cobrar, pero quizá no serán los directivos, ya que a pesar de la situación de la empresa cambiaron las normas internas y se adjudicaron unos grandes bonus y contratos blindados para seguir cobrando grandes cantidades hasta finales de este año aunque ya no trabajen allí. El Gobierno, sin embargo, ha anunciado su intención de no pagar estas cantidades.

Al final, la polémica queda abierta entre los partidarios de externalizar todos los servicios públicos posibles, y los partidarios de que éstos sean gestionados por los propios organismos públicos.

Visita de Macron
El presidente francés, Emmanuel Macron, ha tenido un encuentro oficial con Theresa May, que refuerza la fuerte alianza entre las dos únicas potencias nucleares de la Unión Europea. Aunque Macron ha expresado su oposición al Brexit, quiere mantener la fuerte cooperación militar y estratégica con el Reino Unido, y solucionar el tema de la frontera de Calais, donde los inmigrantes se concentran antes de intentar dar el salto a territorio británico. Los británicos pagarán 45 millones de libras anuales para reforzarla. Alemania, pues, queda como la potencia europea más hostil al Brexit, como así se está viendo en las negociaciones.

Acuerdo militar con Catar
Catar, que sufre un bloqueo por parte de sus vecinos saudíes, (que incluso han cerrado la única frontera catarí terrestre), por su supuesto apoyo al terrorismo, acaba de llegar a un acuerdo con el Reino Unido por el cual serán aviones militares británicos los encargados de vigilar el espacio aéreo catarí durante el desarrollo del Mundial de Fútbol de 2022. Catar, por su parte, se comprometió a comprar 24 modernos cazas Eurofighter Typhoon fabricados en Reino Unido por un precio de 8.000 millones de dólares.

Prohibición de protestas frente a las clínicas donde se practican abortos
El Gobierno británico está estudiando la posibilidad de prohibir las concentraciones que algunas asociaciones opuestas al aborto llevan realizando en las inmediaciones de las clínicas donde se practican abortos desde hace más de 20 años. Muchas pacientes y empleados de los centros han afirmado sentirse intimidados o acosados por estas concentraciones ya que les han perseguido o grabado, acusaciones que siempre niegan las organizaciones convocantes. El Ayuntamiento de Ealing (un barrio de Londres) ya aprobó la tramitación de una iniciativa similar haces unos meses.

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Desinversión y desconfianza en la cumbre del clima de Macron

Protesta contra el cambio climático en París. Foto: 360.org

El mundo se reunió en París el martes, en una cumbre convocada por el presidente francés Emmanuel Macron, para concretar medidas políticas para el cumplimiento del Acuerdo Climático de París. El tratado, alcanzado hace justo dos años, vincula a los países firmantes (todos menos Estados Unidos) a limitar el calentamiento global a 2ºC por encima de niveles preindustriales, con la ambición de dejarlo “bastante por debajo” de esa cifra. Las posibilidades de cumplir esos objetivos son muy escasas, pero no es totalmente imposible. Para conseguirlo se necesita una reducción dramática e inmediata de emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero.

Para involucrar al mundo financiero, Emmanuel Macron ha recibido en París a líderes nacionales y empresariales, con la intención de fijar normas que permitan dicha reducción.

El propio Macron abrió la cita en un tono pesimista. El exbanquero afirmó que “estamos perdiendo la batalla contra el cambio climático” y que “no estamos avanzando lo suficientemente rápido”, al tiempo que llamaba a la acción.

Desinversión

Ya el mismo martes, una oleada de instituciones y empresas anunciaban su compromiso, fuera total o parcial, de no seguir financiando proyectos de combustibles fósiles. Por ejemplo, el Banco Mundial anunció que no seguirá trabajando con proyectos de exploración y extracción de petróleo y gas a partir de 2019 (a excepción de proyectos individuales en países pobres). No obstante, su declaración no menciona proyectos de distribución de hidrocarburos u otros negocios como las refinerías.

Asimismo, AXA, la tercera mayor aseguradora del mundo, anunció que multiplicará por cuatro su inversión en energías renovables y dejará de financiar proyectos de carbón y arenas bituminosas (un tipo de material, que se halla sobre todo en Canadá, del que se extrae gas no convencional).

Finalmente, el banco holandés ING ha anunciado que planea reducir su financiamiento de la industria de carbón a “casi cero” para 2025.

En total, ha habido anuncios de mayor o menor envergadura por parte de inversores que representan un total de 26 billones de dólares (unos 22 billones de euros). El secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, celebró la decisión, afirmando que “las finanzas son la diferencia entre ganar y perder la guerra contra el cambio climático”.

Crítica

A pesar de los anuncios, numerosos grupos ecologistas y activistas se han mostrado escépticos acerca de los resultados de la cumbre. Greenpeace celebró el anuncio del Banco Mundial, calificándolo de “voto de no confianza” hacia los combustibles fósiles, pero criticó el papel de los líderes políticos, incluyendo al organizador de la velada.

“Macron ha montado un gran espectáculo, pero los líderes políticos reunidos a las afueras de París no tienen muchos resultados que mostrarnos al final de esta conferencia. Europa está jugando muy por debajo de su potencial en la lucha contra el cambio climático, y las palabras vacías de Macron no van a significar una gran diferencia. En Bruselas, Francia lucha mucho más duramente por su industria nuclear que por una transición a las energías renovables y se abstiene cuando países como España o Polonia piden mantener subsidios para las plantas de carbón”, afirmó el director de la organización en la EU, Jorgo Riss.

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Macron, las start-ups y el humo

Emmanuel Macron.

Recuerdo el principio de la década de los noventa como un tiempo especialmente confuso. Seguramente que iniciara mi adolescencia en ese momento contribuyó, de forma más que clara, a esta sensación. Lo curioso, me ha parecido siempre, es que el país, tras las esperanzas democráticas del 78, entró en una etapa parecida. Para conocer una época se pueden consultar sus hemerotecas, leer sus libros de historia o acudir a los documentales. Ahora, lo que realmente da medida de un tipo de sociedad es su televisión. Y a principios de los noventa, España, quedó fascinada con la llegada de las cadenas privadas en una orgía de colorines, aplausos y programas de variedades.

La televisión pública de la década anterior fue un ejemplo a seguir: criterio, riesgo y gusto artístico. Nada de eso importó. Lo hortera elevado a la máxima potencia nos fue traído por unos italianos con pocos escrúpulos, mucho dinero y una elegancia más que cuestionable. Hoy, casi ninguno de los programas de los noventa, admiten una revisión que no sea hecha desde lo irónico. No es que la cosa haya mejorado demasiado pero, de una extraña manera, hasta los desperdicios televisivos se sofistican para ir acordes al nivel de tolerancia y crítica del público. Bien, con la política ocurre algo muy parecido.

Si hay alguien que ha sido elegido para protagonizar nuestra etapa es el nuevo presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron. La razón es sencilla, es la victoria electoral de un candidato pro-UE más importante desde que se inició la crisis hace ya casi diez años. Pero además, Macron, reúne una serie de cualidades que le hacen profundamente consustancial al ansia de seguridad reclamada por lo que parece una mayoría de votantes, unos modos sosegados, un cariz moderno y un discurso bastante cercano a los libros de autoayuda. Macron maneja, en esencia, los mismos presupuestos económicos que desembocaron en el desastre de 2008, más desregulación, más mercado y más capitalismo anfetaminado. Pero eso da igual, porque para eso está el sentido común, los asesores de imagen y la potencia discursiva de lo consensuado, para que las mentiras que aún están frescas en el pudridero vuelvan a la vida bajo una capa de chapa y pintura apresurada pero efectiva.

Macron quiere que Francia piense y se mueva como una start-up. Para qué queríamos más. Es evidente que nadie gana elecciones diciendo que su país se debe parecer a una industria en Bangladesh o a una mina de coltán africana, pero si dices start-up, a todo el mundo se le viene a la cabeza algo actual, algo así como unos chicos jóvenes en vaqueros teniendo ideas magníficas que les hacen ricos, que benefician al resto de la sociedad y que, además, son compatibles con acabar tu jornada laboral en una pista de skateboard después de haber participado en algún tipo de actividad filantrópica. Es la cuadratura del círculo, por enésima ocasión, en la que se puede ser capitalista y ser buena persona. Si los emprendedores han sido el eufemismo para enterrar en el imaginario colectivo el término de empresario, la start-up ha sido la pirueta óptima para vendernos que existe una nueva forma de hacer las cosas en el ámbito de la empresa y lo laboral.

Una start-up, que no es más que el anglicismo para denominar a un tipo muy particular de empresa emergente, es la mayor idea como bomba de humo que a base de reportaje, opinión de experto y dato sesgado, se dibuja como la visión esperanzada que nos devolverá el paraíso perdido. Las empresas emergentes son como la primitiva para los inversores aburridos, a los que les sobra el dinero y les falta la aventura. Son algo, más o menos intangible, basado en una idea de negocio, es decir, en una especulación del concepto de creatividad, que es lo que queda cuando la economía real está atenazada por la financiera y el tejido productivo material languidece en las periferias del centro de los países desarrollados. O dicho de otro modo, como montar una fábrica de coches o una empresa de fabricación de ventiladores es caro, costoso y poco competitivo, tengamos ideas, hablemos, compartamos nuestras experiencias y visiones de futuro a ver si, en una de estas, damos con la fuente de la eterna juventud.

¿Quién es el complemento perfecto para esta fantasmagoría? Lo tecnológico. No me entiendan mal. No el ensamblaje de teléfonos móviles por miles de manos mal pagadas que lo mismo un día se revuelven y te montan una huelga, lo tecnológico también como algo intangible y, a menudo, como inútil necesidad creada a un tipo de consumidor sin demasiados recursos pero abundante, es decir, el proletariado precarizado de los países occidentales. Nada de investigación en nuevos motores, energías renovables o materiales de construcción inteligentes, sino aplicaciones para móviles centradas en una falsa economía colaborativa que mercantiliza cualquier aspecto de nuestro tiempo libre.

Ahora al finalizar nuestros trabajos mal pagados podemos seguir trabajando haciendo portes para una multinacional de la distribución, realquilando la habitación sobrante del pisito de sesenta metros cuadrados o vendiendo basura inútil que compramos cuando pensamos que los magníficos sueldos de mil euros iban a durar para siempre. Es cierto que, además de esto, existen otros campos en los que emprender y situar tu empresa emergente, la mayoría de ellos tan útiles como el vino de colores con escamas de oro, la negociación en bolsa ayudados del algoritmo del vasito o la búsqueda rápida de decorados para bodas. Servilletas con forma de cisne. Todo bien.

Las start-ups necesitan de eso llamado capital riesgo, fondos que buscan una inversión mínima, una estructura de costes rácana y unas ganancias exponenciales. Esto casi nunca ocurre, pero puede suceder. Quizá si la nueva empresa sobrevive más allá de dos años, alcanza una masa crítica de usuarios y sus creadores trabajan menos de 12’5 horas al día, que al parecer son los criterios utilizados para dar carta de realidad a la idea. Una bicoca. Las start-ups no son un fenómeno único que se debe al ansia de emprendimiento de la gente. Son la consecuencia del destrozo del trabajo asalariado en sectores donde antes sus profesionales contaban con unas ciertas garantías de estabilidad. Eso y una formación que debe ser aprovechada de alguna forma tras tener una masa de empleados con conocimientos que ya no van a poder ser absorbidos por sus sectores tecnológico-creativos.

Así, los jóvenes profesionales de clase media que hace diez años cobraban un buen sueldo en una empresa de publicidad, por ejemplo, hoy pagan por utilizar un espacio de trabajo, con la esperanza de encontrar un inversor y vender, tras horas de autoexplotación descarnada, su idea revolucionaria a esa misma empresa donde trabajaban. A mí me parece una estafa vital entre muebles de diseño, cafés con sabor a vainilla y sofás vintage, pero no me hagan demasiado caso.

Las start-ups, esta nueva esperanza para sacarnos a todos de pobres, movieron en España en 2016 una inversión de tan sólo 500 millones de euros. Según el informe Spanish startup ecosystem overview -los anglicismos son siempre la manera de sofisticar aquello que por sí mismo carece de cuerpo- en España hay unas 2600 de estas nuevas empresas, perdón, proyectos. Situados además, territorialmente, la mayoría de ellos en Barcelona (28’4%) y Madrid (27’1%). Es decir, el gran plan de los (re)nuevos liberales como Macron o su diminuto presunto amigo Albert Rivera, es poco más que una entelequia que mueve escaso dinero, vale para emplear a poquísima gente y lo hace en partes muy concretas del territorio. Eso si pensamos en términos de economía real, de bienestar generalizado o de presente inmediato viable. Si lo hacemos en términos de rédito electoral, de imagen, de empezar a vender la desregulación laboral ya no como un ataque, sino como una oportunidad, quizá sí podamos hablar de éxito.

Macron, Rivera, las start-ups y los cafés con sabor a vainilla serán como la televisión de los noventa de la que les hablaba al principio. Algo de lo que apartaremos la vista, con pudor y sonrojo, dentro de veinte años, seguramente, eso sí, cuando seamos todos ya unidades de emprendimiento independientes y estemos, felices y satisfechos, con la nueva fantasía que nos den de comer por entonces. Desarrollamos sentido crítico, el problema es que lo hacemos demasiado tarde.

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Édouard Philippe, nuevo primer ministro (conservador) de Francia

El presidente francés Emmanuel Macron ha nombrado primer ministro al alcalde de Havre y diputado conservador Édouard Philippe, del partido Les Républicains (derecha), tal y como habían previsto numerosos analistas y medios. La designación prolonga la presencia de un político con perfil conservador en el cargo ejecutivo que hasta ahora había ocupado Manuel Valls, del ala dura del Partido Socialista francés -sin tener en cuenta el paréntesis de cuatro meses en que Bernard Cazeneuve sustituyó a Valls para que este pudiera postularse a unas primarias que finalmente perdió ante Benoît Hamon-.

Philippe (45 años) pertenece a la esfera del veterano diputado Alain Juppé (Les Républicains), que ocupó varios ministerios y fue el candidato “moderado” en las primarias del principal partido de la derecha francesa que finalmente ganó François Fillon. El nombramiento de Philippe, a quien los principales medios franceses califican de “moderado” y “centrista”, es interpretado como un guiño de Macron hacia los simpatizantes de Les Républicains con un perfil más liberal en lo económico y menos conservador en lo moral y social.

Macron y Philippe se conocieron en 2011 pero no establecieron una relación íntima. Durante la campaña presidencial, Philippe criticó con contundencia a Macron desde su columna semanal en el diario Libération (“Dios ha entrado en campaña”, “él [Macron] es como Brutus, hijo adoptivo de César”, “el representante emblemático del ‘sistema’”,…). A pesar de pertenecer a un partido rival, el nuevo primer ministro (jefe de gobierno) jugará un rol clave de cara a las legislativas de junio, en las que el recién nacido partido de Macron, La República en Marcha, tendrá que trabajar a contrarreloj para presentar listas de candidatos que le permitan ganar un número considerable de escaños en la Asamblea Nacional (equivalente francés al Congreso de los Diputados).

El descontento de gran parte del electorado conservador tras los escándalos que salpican a François Fillon, sumado al nombramiento de Philippe, puede jugar a favor del joven presidente francés. Este martes está previsto que Macron designe a los 15 ministros de su gabinete.

Aunque el nuevo presidente pretende transmitir una imagen de renovación, el recién nombrado primer ministro también forma parte del hermético establishment político francés. Desde 1997 ha ocupado ocho altos cargos del gobierno, sin contar con sus responsabilidades en la UMP, en cuya fundación participó de manera activa. Además, el nuevo inquilino de Palacio de Matignon estudió Derecho en los dos centros por excelencia de la élite dirigente francesa: el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po, época en la que fue militante socialista) y la Escuela Nacional de Administración (ENA), en los que también cursó sus estudios Macron.

Con tan solo 27 años Philippe ya formaba parte del Consejo de Estado. En el ámbito privado destaca su paso por un prestigioso bufete de abogados estadounidense. Nieto de comunistas y conocido entre otras cosas por su mala relación con el ex presidente Sarkozy, protagonizó algunos titulares cuando en 2014 las autoridades advirtieron varias negligencias en su declaración fiscal, que él aseguró desconocer. A partir de ahora ocupará el segundo puesto más alto en la administración gala (no existe el cargo de vicepresidente), con funciones que van desde dirigir la defensa del país y mediar entre el presidente y la Asamblea Nacional, hasta presidir el Consejo de ministros, entre otros.

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La ultraderecha de EEUU, tras la filtración de los correos electrónicos de Macron

Emmanuel Macron, presidente de Francia I La Marea

Una investigación de las autoridades francesas apunta a que la ultraderecha de EEUU es la responsable del robo y posterior difusión de correos electrónicos de miembros de la campaña electoral del presidente electo de Francia, Emmanuel Macron. La información, revelada en las últimas horas por el diario Le Monde, apunta que todos estos mails pirateados fueron publicados en la web nouveaumartel.com, que comparte la misma infraestructura que dailystormer.com, otro website creado por el activista neonazi Andrew Auernheimer. Esta supremacista blanco ya ha sido condenado en varias ocasiones por cometer delitos cibernéticos.

Todos estos correos electrónicos se publicaron el 5 de mayo, poco antes de que Macron se impusiera en las elecciones presidenciales francesas a la ultraderechista Marine Le Pen. La filtración llegó de la mano de Jack Posobiec, otro activista de extrema derecha, quien difundió a través de su cuenta de Twitter un enlace a la sección de 4chan.org, un foro de Internet donde un usuario anónimo había colgado los documentos del denominado MacronLeaks.

Simpatizante de Donald Trump y vinculado a la ultraderecha de EEUU, Posobiec trabaja en The Rebel, un medio ultraconservador conocido por la publicación y difusión de fake news (noticias falsas y rumores sin confirmar). En uno de sus últimos vídeos, Posobiec acusa a Macron de haber cometido un posible delito de evasión fiscal. Posobiec también apoya públicamente la SlavRight, un movimiento de extrema derecha arraigado en Europa del Este que destaca por ser anti islam, racista y defensor de la supremacía blanca. De momento, Posobiec, que ha llegado a decir que Macron está controlado por la telepatía y las drogas, ya ha obtenido una credencial de prensa para cubrir información en la Casa Blanca.

Otro de los nombres que aparecen en esta trama es el de Nathan Domingo, otro activista de extrema derecha norteamericano que ganó notoriedad tras agredir físicamente a un manifestante antifascista. “El profeta de la sharia blanco Nathan Damigo está a punto de liberar las ranas de la pederastia”, escribió Andrew Auernheimer pocas horas antes de la difusión de los correos. En este extraño mensaje, las ranas podrían ser una referencia a una rana de dibujos animados llamada Pepe, adoptada como un símbolo por los neonazis de EEUU. Y la pederastia es una alusión, sin fundamento, a la posibilidad de que Macron sea homosexual.

La pista de Rusia

Esta misma semana, la Agencia Nacional de Seguridad de EEUU acusó directamente a Rusia de robar los correos electrónicos de Macron. Ya en abril, una firma de seguridad cibernética (Trend Micro) dijo que las autoridades rusas habían intentado piratear al equipo electoral del político francés. El mismo FBI ha investigado los posibles vínculos entre la extrema derecha de EEUU, Rusia y el equipo de campaña de Trump.

Solo hace dos días, el presidente estadounidense cesó al director del FBI, James Comey. El diario The New York Times reveló que en una cena privada en la Casa Blanca a mediados de enero, Trump pidió lealtad a Comey. “Seré honesto”, fue su respuesta. En una entrevista en la cadena NBC, el presidente de EEUU ha admitido que la destitución de Comey está motivada “por esta cosa de Rusia”. “Me dije a mí mismo: ‘Ya sabes, esta cosa de Rusia, con Trump y Rusia, es todo inventado, es una cosa de los demócratas por haber perdido unas elecciones que deberían haber ganado'”, afirmó en la entrevista.

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Los tibios y colaboracionistas que ascendieron a Marine Le Pen

MADRID// Marine Le Pen no lo ha conseguido. Los que han posicionado su ideología al frente del Elíseo lo celebran con alborozo. Aunque la realidad es más desoladora. La simple posibilidad de que el neofascismo haya tenido la opción es una derrota, y los millones de votos que ha logrado son una derrota sin paliativos de la democracia y de los derechos humanos. Durante estos días, ha habido muchos antifascistas sobrevenidos que han intentado culpar de su posible victoria a aquellas gentes de izquierdas que más sufren la crisis y, conscientes de que su situación poco mejorará, o empeorará también con Emmanuel Macron, han abogado por el voto nulo o la abstención haciendo el análisis de que la victoria de Macron solo pospondrá la victoria de Le Pen, y por eso se puede arriesgar y que otros paren por ti la llegada del fascismo. No comparto este posicionamiento y así lo he expresado, pero es ofensivo ver cómo aquellos tibios y colaboracionistas con los neofascistas dan lecciones a los que siempre pierden. Aquellos que han mirado a otro lado cuando la extrema derecha ponía la bota sobre el cuello de alguna minoría, los que han compartido trincheras con neofascistas, como Ciudadanos, para lograr cuotas de poder, los que han aupado gobiernos neonazis como en Ucrania para hacer negocio, o los que comparten filas en el PP europeo con totalitarios magiares. Todos ellos quieren ahora dar lecciones u otorgar culpas a aquellos que siempre han luchado contra lo que Le Pen y sus creadores representan.

Los medios de comunicación y políticos con un nulo historial antifascista, y el relato hegemónico que durante mucho tiempo ha compartido políticas con los que ahora dicen combatir, han utilizado algunas referencias históricas para criticar el tremendo error de Jean Luc Mélenchon al no ser claramente diáfano contra Le Pen en la situación dilemática que se encuentra Francia, y por ende toda Europa. Desde medios como El País, que hace tiempo dejaron de hacer política editorial contra el fascismo español que hace honores a Franco y gobierna en España, pidieron al líder de la izquierda insumisa que se quitara el triángulo rojo antifascista que luce en su solapa. Ha habido que esperar a que lo utilicen contra alguien que lo usa para que expliquen el significado de un emblema que políticos como Alberto Garzón llevan años luciendo.

El modo más deshonesto de utilizar la historia de aquellos que han descubierto estos días el antifascismo ha sido la instrumentalización de la figura de Ernst Thälmann y el papel que jugó como líder del KVD (Partido Comunista Alemán) en el periodo de la República de Weimar y que culminó con la llegada al poder de Adolf Hitler. En un editorial del diario Le Monde se explica cómo el líder comunista consideraba a los socialdemócratas algo tan nocivo como el partido nazi para ubicar en el mismo lugar la posición de Mélenchon en la segunda vuelta de las elecciones. Una referencia histórica descontextualizada y falsaria que solo funciona por las elusiones intencionadas para que el relato y la comparación tenga algún efecto sobre el lector. La historia ayuda a comprender la actualidad si no se utiliza de forma revisionista como trinchera para favorecer discursos interesados.

La posición del KVD y Ernst Thälmann con respecto a al SPD alemán en el año 1931 era esa. Eso es completamente innegable. Es un hecho histórico. Pero antes de culpar a los comunistas del ascenso de Adolf Hitler por no compartir posiciones con los socialdemócratas alemanes de la época habría que conocer unos cuantos hechos que contextualizan y sirven para ver quiénes fueron los verdaderos artífices y cuáles fueron las causas del ascenso del nazismo, y por elevación extraer referencias para el presente sin necesidad de equiparar hechos históricos incomparables.

Los enfrentamientos entre los socialdemócratas y comunistas venían de mucho antes de que Adolf Hitler apareciera en escena en el panorama alemán. La separación entre ambas formaciones se hizo irreconciliable a partir de la Revolución de Noviembre de 1918. El ministro de Defensa del SPD, Gustav Noske, se alió con los Freikorps (un grupo de extrema derecha que alimentaría a los camisas pardas nazis) para reprimir de forma violenta el levantamiento espartaquista. La coalición del SPD de Noske y los cuerpos libres acabó con el asesinato de Karl Liebknech y Rosa Luxemburgo, los dos principales líderes del partido comunista alemán.

La brecha de odio y rencor entre ambas formaciones se siguió alimentando durante los años posteriores a la República de Weimar y con la gran depresión. Los comunistas eran represaliados en los centros de trabajo por parte de los sindicalistas socialdemócratas, como cuenta Richard J.Evans en su monumental obra sobre los años previos al nazismo. Lo que provocaba que el KVD de Ernst Thälmann creara comités de parados y manifestaciones masivas que acababan en enfrentamiento con la policía y represión durante el gobierno del socialdemócrata Friedrich Ebert. Esta situación se vio agravada por la posición de la jefatura del Comintern en 1928 que, a través de su “tercer periodo”, comenzó a considerar a los socialdemocrátas social-fascistas porque entendían que era la expresión política del capitalismo y su principal apoyo. Ernst Thälmann consideraba que Heinrich Müller del SPD no era mejor que el nazismo, pero lo mismo pensaba Müller del KVD de Thälmann. Estos enfrentamientos y la posibilidad, real en aquel momento, de que los comunistas pudieran tomar el poder acercaron las simpatías burguesas y empresariales al nazismo que, además de no poner en cuestión el sistema capitalista, era la punta de lanza contra el comunismo.

Utilizar la posición del partido comunista con respecto a la socialdemocracia durante la república de Weimar es un ejercicio que puede resultar provechoso para los que quieren sacar partido del error que la izquierda de Mélenchon tuvo tras la primera vuelta al no ser más contundente en su posicionamiento de voto. Pero lo será a cambio de realizar un ejercicio deshonesto que instrumentaliza la historia sesgando los hechos, porque si hay algún consenso generalizado que ha proporcionado alianzas en Europa con la extrema derecha es el anticomunismo. Durante la República de Weimar y en la actualidad.

Marine Le Pen ha estado cerca de la victoria después de que Emmanuel Macron, ‘el liberador’, comandara la economía durante el gobierno de François Hollande. Los que han liderado la vida de los nadie y les han abandonado a su suerte ahora dicen preocuparse por su futuro. El extremo centro, que no es más que el consenso económico generalizado, intenta vender que los liberales que abogan por las bondades de la desigualdad son la solución a la brecha. Un discurso que no duda en luchar retóricamente contra los neofascismos llamándoles populismos para integrar de forma despectiva a la izquierda que sí ha sido siempre antifascista y lleva años luchando en la calle y combatiendo el discurso que blanquea a opciones como las de Marine Le Pen por si deben ser activadas para vencer al verdadero enemigo de los liberales y burgueses; que no es otro que la izquierda. Todos estos liberales que dudan del antifascismo de la izquierda jamás han llamado fascistas a las opciones como las de Marine Le Pen. La extrema derecha ha crecido en Europa con la connivencia y colaboración de la Unión Europea, con Jean Claude Juncker recibiendo a Viktor Orban, llamándole dictador entre risas y bromeando con el saludo nazi. Con el gobierno de Ucrania prohibiendo el partido comunista sin una sola protesta de las instituciones europeas. Los colaboracionistas de nuevo cuño que han utilizado a estos neofascistas para gobernar y subyugar a la izquierda ahora exigen pureza antifascista cuando son los únicos responsables de la dramática coyuntura en la que se encuentra Europa.

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Un antifascista jamás duda: Le Pen no es opción

El 11 de octubre de 1931 se constituyó en Alemania el denominado Frente de Harzburg, una coalición política promovida por la derecha conservadora del multimillonario Alfred Hugenberg y al partido nazi de Adolf Hitler. Con la República de Weimar zaherida y con la agonía del canciller Gustav Stresseman, los conservadores veían en Adolf Hitler la figura carismática que les llevaría al poder. En un mitin conjunto en la ciudad de Bad Harzburg, en la que varios comunistas fueron detenidos por sedición al protestar, el magnate de la prensa y líder del partido conservador DNVP intentó ganarse el favor de Hitler para que encabezara su proyecto. Pero Hitler sabía que no precisaba de su colaboración política, solo de su dinero. Los conservadores de Hugenberg no fueron en coalición con el partido nazi únicamente por la negativa de Hitler. En momentos de tensión política en la que los conservadores vean comprometidos sus privilegios siempre elegirán el fascismo antes que el antifascismo. Ahora toca elegir.

Entre Macron y Le Pen no me queda duda. Macron. La realidad no permite circunloquios y ha situado a la sociedad francesa y europea en este dilema. La izquierda puede centrarse en discusiones inútiles sobre los errores del pasado o qué Europa hemos construido para que se plantee esta disyuntiva tan perjudicial para los trabajadores, pero en quince días el fascismo puede lograr el poder en nuestro vecino del norte si no se impide con el voto. No hay equidistancia posible, cualquier opción política es mejor que Le Pen. Es una falacia establecer que no había alternativas a la extrema derecha o la derecha liberal. Las había pero no lograron llegar a la final. Y ahora hay que decantarse. Un antifascista sabe que cuando la historia pone el fascismo en el camino solo cabe hacerle frente. Sin diatribas ni relatos alternativos. Hay que pararlo.

Emmanuel Macron, un exbanquero de los Rothschild y exministro de Economía del socialismo de François Hollande -uno de los máximos responsables del ascenso del fascismo de Marine Le Pen con sus políticas conservadoras- es una desgracia para los trabajadores de igual porte que lo sería Fillon o lo son Albert Rivera y Mariano Rajoy. Un neoliberal clasista que se dirige a los trabajadores que protestan por la reforma laboral diciéndoles que trabajen para comprarse un traje como el suyoPolíticos como Macron y políticas como las de Macron son las que han llevado a Le Pen a su máximo histórico. No será el antídoto contra el fascismo, es solo un dique de contención que la historia ha puesto en nuestro camino y que dejará latente el problema, si no lo agrava. Pero es el instrumento que la realidad nos ha dado, hay que hacer fuerte el dique ahora, poner sacos terreros y parar la embestida mientras se construye una verdadera alternativa a la extrema derecha que sepulte a Le Pen y a los que como Macron la aúpan con su ideología tóxica para los trabajadores.

En los días previos a las elecciones en Francia, políticos del PSOE, Ciudadanos y el PP, columnistas de extremo centro de El País y toda la oligarquía mediática no dudaron en equiparar a Jean Luc Mèlenchon con Marine Le Pen para armar la estructura que pudiera establecer el relato que permitiera poner a Le Pen como alternativa viable en el caso de que el candidato de izquierdas compitiera con ella en segunda vuelta. Todos aquellos que han equiparado en multitud de ocasiones el antifascismo con el fascismo y el nazismo con el comunismo han construido una Europa que permite que la ideología más criminal de la Europa contemporánea sea vista como una opción tolerable. En el año 2012, mientras Viktor Orban reformaba la constitución para crear campos de trabajo para desempleados o su socio Jobbik realizaba cazas de gitanos en Gyongiospata, la Unión Europea recordaba al premier húngaro que la prioridad era el cumplimiento del déficit y la independencia del Banco Central. Y el virus se siguió propagando.

Partidos como Ciudadanos están intentando dar lecciones de antifascismo porque ahora es cool ir contra Le Pen y apoyar a un candidato de estudio de márketing como Macron. Sin embargo, Albert Rivera fue uno de los que participó de manera más activa en la reactivación de la extrema derecha al participar en una coalición de partidos llamada Libertas para acudir a las elecciones europeas de 2009. Ciudadanos acudió coaligado, por ejemplo, a la Liga de las Familias Polacas, un partido de extrema derecha y xenófobo que tuvo a su líder, Roman Giertych, como viceprimer ministro en el año 2007 y que prohibió hablar de la homosexualidad en las escuelas por sus “creencias como hombre”.

Tener plena consciencia de cuál sería la opción de los antifascistas sobrevenidos en caso de cuestionarse sus intereses no puede marcar el camino de un antifascista convencido. En estos momentos hay que compartir trinchera con los de Macron frente a Le Pen aunque estemos seguros de que nos van a usar como carnaza para el capital. Esa será otra guerra, y ya va siendo hora de que la izquierda sepa cómo afrontarla.

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Nuevas incertidumbres en la campaña electoral francesa

Benoît Hamon, nuevo candidato del Partido Socialista francés a la presidencia.

Nueva partida en el póker de los comicios presidenciales en Francia: un diputado rebelde es desde este domingo el candidato al Elíseo del Partido Socialista; el favorito de las quinielas electorales, el conservador François Fillon (Les Républicains), pierde adeptos tras saberse que su mujer cobró medio millón de euros por unas labores de asesora que no desempeñó; la ultraderechista Marine Le Pen (Frente Nacional) también pierde impulso, pues presumía hasta la semana pasada de inspirar las medidas que aplica Donald Trump y que están generando rechazos de todo tipo a nivel global; y el liberal Emmanuel Macron suspira de alivio al verse en la tercera posición de unos sondeos que dejaron de tener puntería hace tiempo. La incertidumbre está servida.

Hasta hace apenas una semana, la baraja política francesa tenía tres cartas fuertes pero que no permitían formar ‘parejas’ ni ‘tríos’: la primera es de Marine Le Pen, una candidata de extrema derecha que mezcla un discurso nacionalista -cierre de fronteras, etcétera- con matices de clase a favor del obrero y una cuidada imagen de ciudadana de a pie, con la que logró atraer a millones de votantes hartos de la élite política de París. A diferencia de su padre, el opulento y desbocado Jean-Marie Le Pen, el discurso xenófobo y pasional de Marine es capaz de embaucar incluso a franceses de origen extranjero. Cada vez menos analistas se enrocan en afirmar que sería imposible ver a Le Pen en el Elíseo, a pesar de que se presenta como amiga e inspiradora de Trump.

El segundo naipe lo ostentaba François Fillon, un profesional del poder, conservador de toda la vida que mordió la mano de quien le dio de comer y lo aupó a lo más alto: el ex presidente Sarkozy. Los problemas del ex primer ministro Fillon para presentarse como un profundo conocedor del día a día de sus representados se agravaron después de saberse que su esposa percibió unos 500.000 euros desde 1998 por una labor de asistente parlamentaria que, aparentemente, no realizó. “Trabajaba siempre en la sombra”, justificó Fillon, acorralado incluso por gente de su partido, Les Républicains.

Macron, el centrista

La tercera carta era y es de por sí una sorpresa: Emmanuel Macron, el joven que hizo carrera en la banca Rostchild, al que el presidente Hollande nombró ministro de finanzas y que presume de haber formado parte del gobierno socialista sin estar afiliado a ese partido. Macron, que comparte con Albert Rivera su afán por situarse en el “centro”, cuenta con el apoyo de grandes empresarios -a través de su esposa, el líder de la patronal francesa financió su salto a la política- pero se presenta como un tecnócrata de izquierdas que predica la versión francesa del sueño americano -si trabajas duro, tu éxito está garantizado-.

Coincidiendo con los primeros días de la Nuit Debout, Macron lanzó un movimiento bautizado con sus siglas (En Marche) para no tener que enfrentarse en las urnas socialistas a Manuel Valls, hasta el mes pasado primer ministro y archienemigo de Macron de puertas para adentro. Precisamente, Valls perdió el pasado domingo las primarias socialistas frente al diputado rebelde Benoît Hamon.

Los socialistas franceses atraviesan una de las mayores crisis que jamás habían enfrentado y que hasta este fin de semana los situaba fuera de todas las quinielas electorales. El desgaste del gobierno y las divisiones internas a raíz de la polémica reforma laboral y otras medidas propias de un partido conservador y liberal -Hamon está entre los diputados rebeldes a esas medidas- lo situaron al borde del abismo.

Sin embargo, la victoria de este ex ministro de Educación “soñador utópico”, tal y como lo definían Valls y otros rivales internos, vuelve a situar al Partido Socialista galo como una opción válida y esperanzadora a ojos de muchos votantes de izquierda. El inesperado sucesor de Hollande para representar a los socialistas defiende una renta básica para jóvenes de entre 18 y 25 años, propone tasas a los robots para contrarrestar la desaparición de puestos de trabajo automatizados, quiere reducir la jornada laboral de 35 a 32 horas semanales, promete derogar la reforma laboral y aboga por abrir las fronteras a los refugiados, medidas inconcebibles para el actual ejecutivo socialista, incluido el ex primer ministro barcelonés Manuel Valls.

Posibles nuevas alianzas

Esta nueva partida de póker presidencial abre posibilidades hasta hace poco inconcebibles. Con un nuevo líder al frente, el Partido Socialista podría reconciliarse con el Partido Verde tras el sangrante divorcio protagonizado hace apenas dos años. Además, la sintonía ideológica de Hamon con el solitario candidato de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, podría forjar una nueva pareja de hecho que haga frente a la derecha moderada (Macron), la derecha tradicional (Fillon) y la extrema derecha (Le Pen).

Por si fuera poco, analistas destacados de la prensa gala coinciden en que Emmanuel Macron podría salir reforzado por el apoyo potencial de los simpatizantes de Manuel Valls, ahora huérfanos de candidato. Recordemos que Macron y Valls rivalizaban por el poder, no tanto por las ideas, y que mientras tanto Hamon tendrá que desplegar su mejor diplomacia para calmar las aguas en la formación socialista.

La historia no acaba ahí. En abril los franceses elegirán a su nuevo presidente, cara visible del poder ejecutivo y responsable de formar gobierno, pero solo dos meses después celebrarán elecciones legislativas.

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