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Francia, el espejo donde se miran muchos países

ultraderecha La Marea

HUGO BUSSO* // Las elecciones en Francia marcan un punto importante de inflexión, tanto por su influencia política y filosófica en referencia al pasado, como en relación con el presente y futuro próximo de la UE. El contexto tiene su puntos en común con su amigo actual e histórico rival, la Gran Bretaña con su brexit y el también con quien los liberó del fascismo, los EEUU (ahora con su nuevo inquilino de la Casa Blanca, el polémico Trump). El resultado que tengan estas elecciones será decisivo para el futuro del país y los integrantes de la UE. Y muy especialmente, mostrará el estado del termómetro social, cultural y político que señala tendencias y desafíos en Europa.

Muchos investigadores americanos y europeos creen que la versión actual la ideología imperante, el neoliberalismo, engendra para las mayorías sociales desigualdades crecientes y sufrimientos constantes. La persistencia de estos antagonismos dentro del contexto del mundo occidental es un viraje hasta ahora paradójico. Porque los dos impulsores de la mundialización económica neoliberal, EEUU y Gran Bretaña, han hecho cambios y reajustes que van a contracorriente de lo que han generado y promovido previamente: apertura, libre mercado, multiculturalismo, democracia liberal.

Por lo tanto, las preguntas son una consecuencia inevitable, por la importancia de sus potenciales posibilidades, en el futuro próximo. ¿Por qué la mayoría de las islas británicas dieron el apoyo a la salida de la UE? ¿Cómo entender el acceso de Trump a pesar del no apoyo explícito de los medios de información, que se lo dieron a Hillary Clinton? ¿Es esto transferible a toda Europa como tendencia y señalamiento de lo que debemos esperar?,¿La democracia liberal sigue siendo compatible con la expresión hegemónica del capitalismo financiero sin que ponga en riesgo sus propios presupuestos morales del mérito y la libertad individual? ¿Estamos verdaderamente acorralados entre un neoliberalismo progresista financiero y el populismo reaccionario -que no es fascismo todavía-?

Lo cierto es que hay un síndrome de fatiga democrática, como sugiere el belga David van Reybrouck, que se ve en la baja participación democrática y el débil atractivo de atraer simpatizantes activos para la mayoría de los partidos tradicionales. La UE es un escenario donde coexisten en tensión las exigencias de las grandes empresas globales y los ciudadanos en cólera, por la situación existencial y política que se degrada cada vez más.

El primer reflejo de las élites, en particular de la extrema derecha, es buscar un responsable-cabeza de turco, como el terrorismo, los inmigrantes y la competencia económica desleal, para justificar su idea de inmunizar el territorio, dando crédito a sus ideas que cierran posibilidades y se endurecen bastante con las personas. Las emociones en Francia encajan con discursos y sentidos, que no dejan de ponerse en dudas por los sociólogos y politólogos más reconocidos. La tendencia que se normaliza parece ser similar a las reglas de juego de la mundialización financiera y económica: libre y rápida circulación de bienes y dinero, pero no de personas. Y sobre todo, con una separación y empobrecimiento social, que crece de modo alarmante.

Por otro lado, hay un fenómeno, visible en Inglaterra, EEUU y Francia, que está ligado a la fatiga democrática y que hay que sumarle el enfado de los perdedores de la mundialización, en el corazón geográfico que alberga también a sus beneficiarios directos. El progresismo neoliberal de Clinton-Macron se apoya en valores modernos, en la versión iluminista e ilustrada de la autonomía individual y, a la vez, promueve formas donde la hegemonía financiera es letal para las mayorías. Mientras que la versión política de Trump-Le Pen (presidente el primero, alternativa real de poder político en Francia con el 40% de apoyo en la segunda vuelta), de modo ambiguo y siempre pro-sistema capitalista, canalizan la cólera de quienes viven la humillación de perder trabajos por la deslocalización de empresas a destinos más baratos y la precarización laboral de los pocos asalariados cada vez peor pagos que restan en Occidente. Lo que han perdido trabajo y los beneficios, entonces, repudian profundamente en bloque tanto la mundialización financiera-económica hegemónica, como la versión de los valores de autonomía y respeto de la diversidad y las libertades.

Los inmigrantes, extranjeros y diferentes son las víctimas necesarias de este discurso, que es complementario y parte del mismo problema, que genera un sistema que no siente tener riesgos significativos para los desastres que genera. ¿La Francia Insumisa de Mélenchon, Occupy Wall Street en EEUU o las alternativas ecologistas tienen programas creíbles y deseables para generar nuevas mayorías? Así se desarrolla la lucha por la hegemonía, y los grandes medios de (des) información han tomado parte, por lo general, tanto por Clinton como por Macron… Igual en España por Rajoy y Rivera, en Argentina por Macri, y por la oposición política en Ecuador y en Venezuela. Las aguas se ponen turbias y comienza a soplar el viento… 

Para muchos críticos del pensamiento único neoliberal, como es el caso de la Francia Insumisa, el desafío tiene doble cara. El problema está en sobrepasar tanto al populismo reaccionario como al neo-liberalismo hegemónico. Si de lo que se trata es de canalizar el descontento pero no a versiones nacionalistas retrógradas, el ejemplo es Unidos Podemos en España. Este ha sabido atraerlo, al menos parcialmente, haciendo una alianza contra la financiarización capitalista neoliberal sin renunciar a los valores de emancipación clásicos de autonomía, igualdad y libertad individual, que deberá integrar un elemento clave y más explícito, de posibilidad real y creíble. La democratización de las instituciones como norma deberá apoyar la crítica social a la versión parasitaria de las finanzas, e integrar una versión responsable y ecológica a la depredación de la biodiversidad humana y no humana en curso, por el actual modo de producción y consumo. Todo está por hacerse, repensarse y mejorar. La oportunidad está abierta, al igual que la incertidumbre. 

*Hugo Busso es autor de Crítica a la modernidad eurocentrada, EUE, 2011. Formador y profesor universitario en Francia y España. Dr. en Filosofía, Univ. Paris 8 – UBA.

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¿Quién es Emmanuel Macron?

Emmanuel Macron.

No existe candidato que represente de forma más apropiada el intento por redefinir el ideal del capitalismo en el siglo XXI como Emmanuel Macron. Pintado como el único garante del progreso, tiñe de nuevo un liberalismo frente al cual se enmohecen las armas forjadas para luchar contra el antiguo. También responde al objetivo de superar la resistencia al neoliberalismo, asociado ahora a los partidos de izquierda y derecha tradicionales. Extraer de la sociedad la idea de que esa ideología tallada durante décadas debe corregir los efectos destructivos que ha tenido el mercado: tal es el milagro Macron. Es una “revolución pacífica”, explicaba su portavoz Laurence Haïm modernizando el concepto de “revolución pasiva” de Gramsci, que llega en un momento en el que a la incapacidad para reordenar el mapa liberal se suma la explosión digital. La nación francesa parece volver a marchar a la vanguardia de su tiempo bajo la curiosa dicotomía presentada por las élites mediáticas e intelectuales: el nuevo fascismo del Frente Nacional o ese joven heraldo de un capitalismo renovado. Léase, digitalizado. “Emmanuel Macron o Marine Le Pen, elijan”.

En un tiempo en el que el temor a la robotización planea sobre nuestras cabezas, los algoritmos y la inteligencia artificial comienzan a reemplazar la decisión individual, Emmanuel Macron idealiza la automatización en la gestión política. Es un “autómata, un robot construido en un laboratorio para que parezca un ser humano agradable”, ha apuntado Suzi Weissman. Pero algo no pinta bien. Y ese algo es el inconformismo con la dialéctica del “sentido común” con el que trata de venderlo el establishment europeo. No es de extrañar entonces que Weissman también expresara que el candidato francés le recuerde a Tony Blair. Recientemente, el exprimer ministro británico resumió en el New York Times la nueva agenda que el centro político tendría a bien implementar: “Debe haber una alianza entre los que impulsan la revolución tecnológica, tanto en Silicon Valley como en otros lugares, y los responsables de las políticas gubernamentales”. No obstante, si el ideólogo de la Tercera Vía quiso decir que ser progresista hoy supone dejar el control de progreso en manos de las fuerzas tecnológica, Macron se adelantó al intento por digitalizar el thatcherismo hace ya varios años.

En la primavera de 2014, tras dejar su trabajo como asesor económico del presidente François Hollande, el exbanquero viajó a Silicon Valley con la intención de establecer su propia startup tecnológica, lo que le granjeó ser definido como “el Uber de la política europea” por Michael Gove. Después, ya convertido en ministro de Economía, Industria y Digital, propuso la Ley de Nuevas Oportunidades Económicas (NOÈ), una suerte de flexibilización digital del mercado laboral para ensalzar aún más la figura del emprendedor. “El emprendimiento encarnado por la tecnología francesa es parte de la solución a la crisis de nuestra sociedad”, declaró. Se trataba de incorporar en el marco jurídico lo que Pierre Dardot y Christian Laval definieron en términos foucaltinos como la “gubernamentalidad emprendedora”. Así, el discurso neoliberal de Macron no se articula con un llamamiento al mercado sino que, con la excusa del mundo digital, trata de convertir la actividad estatal en la continuación de un autogobierno en el que los ciudadanos se comportan cual empresarios. Como lo expresaron ambos autores, el modo de gobierno específico en esta forma de entender el neoliberalismo “promueve la empresa al rango de modelo de subjetivación: todo el mundo es manejado como una compañía y es diseñado como capital para dar un fruto”.

Según señala una información de L’Expansion, para promocionar aquella legislación, el entonces cargo público realizó un maratón por Palo Alto en la que mantuvo encuentros, entre otros, con Astro Teller, director de Google X (rama semisecreta de la multinacional que se ocupa de los proyectos más futuristas), o el CEO de Apple, Tim Cook -con quien no trató el delicado tema de su ingeniería fiscal-. Tampoco es casualidad que se reuniera con Paul Duan, un emprendedor que utiliza los datos para resolver los problemas de la sociedad y que afirmó poder reducir el desempleo en Francia en un 10% gracias a un algoritmo de “matching profesional”. Si el intelectual bielorruso Evgeny Morozov denunció en La locura del solucionismo tecnológico (Clave Intelectual, 2015) ese pensamiento mágico que trata de resolver todos los problemas del mundo con el uso de la tecnología o la mediación algorítmica, Morozov ofrece en un libro que se publicara en otoño la teoría de un “capitalismo del click” fundamentado por el “extractivismo de datos”: el intento de Silicon Valley por recoger toda nuestra información para ofrecer después a las instituciones respuestas a funciones que corresponden a las políticas públicas. Ambas ideas parecer encajar con el pensamiento del candidato de En Marche!

Libertad, igualdad, fraternidad… e innovación

Pese a que aquella ley fuera denegada finalmente por el Elíseo, como aspirante no ha dejado pasar algunas oportunidades para reiterar sus intenciones. Cuando Donald Trump firmó su polémica orden ejecutiva sobre migración, el candidato francés se solidarizó con los emprendedores asentados en California. “Quiero que todos aquellos que representan la innovación y la excelencia en Estados Unidos escuchen lo que les decimos: desde el próximo mayo, tendréis la puerta abierta de Francia”, dijo. En este sentido, el filósofo francés Éric Sadin ha sido quien mejor ha sabido entrever lo que trasciende a las ideas del más que posible futuro presidente de la República. En un ensayo reciente publicado y editado en francés expone lo que define como “la siliconización del mundo”, la inevitable convicción de que el modelo de Silicon Valley representa el horizonte insuperable de nuestro tiempo. “Se trata de adornar un nuevo tipo de capitalismo con virtudes igualitarias en el que todo emprendedor tiene la capacidad de conectarse y florecer,” explica Sadin. “Pero, en realidad, es un modelo de civilización basado en la mercantilización completa de la vida y la organización de la sociedad automatizada mediante la fibra de alta velocidad”.

Insistiendo en el propósito de Macron -autodefinido como “un europeo generoso e innovador”- por empujar de forma más consistente reformas neoliberales camufladas bajo el tinte de lo novedoso y el aspecto aparente de “lo abierto”, conviene hacer mención a lo que Sadin llama la “razón digital”. “Lo que fortalece tanto el poder como la legitimidad del tecnopoder contemporáneo es ante todo el dogma de la innovación, entendida como la condición primordial para garantizar la viabilidad presente y futura de las sociedades”, señalaba en un libro titulado La vía algorítmica. No obstante, ese liberalisme numérique (liberalismo digital) que profesa Macron se aleja bastante de la herencia ilustrada. “Una sociedad que carece de la fuerza para reflexionar sobre el camino hacia el que tiende; la sumisión completa del individuo a las leyes de la estructura del mercado, a través de una técnica de domino que se arrastra digitalmente por todas las partes de su mente, habría renunciado a expresar su poder político”.

Como si fuera la viva imagen de las teorías denunciadas por Morozov y Sadin, el programa de Macron presenta soluciones semejantes para afrontar los cambios del nuevo siglo. “Lo digital no es una industria: es una transformación profunda de la forma de producir, consumir, aprender, trabajar; de vivir con sencillez,” reza su propuesta para digitalizar la organización social francesa, incluidos los servicios públicos. Sus planteamientos ofrecen pocos visos para creer que revertirá la estructura de privatización de los últimos años, pero sí para pensar que la retorcerá cediendo los datos de los ciudadanos para lo que espera sean “los nuevos titanes tecnológicos franceses”, como ya ha sucedido con el partenariado firmado entre el Servicio Nacional de Salud británico y Google DeepMind.

En suma, los planes de Macron están lejos de establecer un sistema social que afronte los riesgos derivados de la modernidad, sino de otorgarles un espacio digital privatizado dentro del cual los ciudadanos puedan asumir y afrontar dichos riesgos. Y una vez “liberada la innovación” de sus grilletes, quien no triunfe no merecerá ser sostenido por el Estado. Así lo captó el corresponsal Rafael Poch durante un mitin reciente: “Hay que liberar las energías, dejar de proteger a los que no pueden y no tendrán éxito”, dijo Macron. Que este “manifiesto producto del marketing del establishment para hacer pasar continuidad por ruptura triunfe, sería algo sin precedentes en la historia de este país”, observaba Poch. También que, por primera vez, la teología de Silicon Valley para la transición hacia un neoliberalismo digital pueda calar con tanta fuerza en una jefatura de Estado europea.

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