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El periodismo ante el cambio de piel del capitalismo global

Juan Luis Cebrián. FOTO: ÁLVARO MINGUITO.

Ninguna de las dislocaciones que ha sufrido el periodismo a lo largo de su historia ha supuesto un reto mayor para la independencia de la profesión como la llegada de Internet y su correspondiente privatización por los gigantes tecnológicos de Silicon Valley. Más aún si este suceso coincide con otro aspecto coyuntural de similar gravedad: la prensa tradicional ha abandonado los códigos éticos que establecían los límites para el ejercicio de su profesión con el fin de favorecer la versión de la realidad que defienden las grandes empresas que pagan su deudas; el carácter comercial se ha entremezclado peligrosamente con el criterio de verdad.

Nos encontramos así ante una situación bisagra en la que una crisis no termina de ser superada mientras otra nueva emerge. La crisis del periodismo es una normalidad, un instante eterno. Importantes consecuencias para el desarrollo del debate público se desprenden de todo esto: la absoluta perversión de la esfera pública, la alienación de los ciudadanos –ahora convertidos en audiencias inmersas en experimentos de mercado– y su entendible desconfianza hacia cualquier instancia que reivindique la verdad como proceso empírico.

El País, otrora periódico que se reivindicó la vanguardia intelectual de España, es quizá el ejemplo que mejor refleja las dos espadas de Damocles que penden sobre la prensa en esta suerte de interregno. Lejos de representar un ejemplo contemporáneo de emancipación, si colocamos la vista sobre algunos sucesos recientes podemos observar cómo este medio comienza a fundirse en la red de comunicaciones que establece el sistema del capitalismo multinacional de nuestros días. Para ello hemos de colocar el foco en la paradigmática campaña encabezada por el subdirector de este diario, David Alandete, sobre la influencia que han tenido los bots rusos en el debate online posterior al referéndum catalán.

Desinformación sobre la crisis catalana

Parece evidente, y no resulta ninguna novedad, que este hecho habla de cómo un periódico abandona todo criterio periodístico para seguir una agenda política –y en última instancia económica– con el fin de presentar una supuesta injerencia de Rusia en la batalla por el relato de la crisis catalana. En otras palabras: El País contribuye a programar al lector con la idea de que estamos ante el peligro ruso para legitimar actuaciones excepcionales que en ningún otro caso serían tolerables. Porque en realidad, como señalaba en un análisis Yolanda Quintana, faltan datos relevantes sobre la supuesta intervención “de hackers rusos” en Cataluña. “Y estas pruebas no parece que vayan a lograrse, al menos en lo que se refiere a una acción combinada con ciberataques para robar información o comprometer equipos, que no se ha dado en España según los datos del CNI”.

Algo similar argumentaba Carlos del Castillo cuando escribía “que la unidad de la Unión Europea encargada de analizar la propaganda rusa no ha detectado ningún caso de injerencia en el tema catalán, como asegura el Gobierno”. “Un enemigo en forma de simulación”, añadía apelando a la famosa tesis de Baudrillard, donde el sociólogo explicaba que hemos entrado en una lógica de la simulación que no tiene nada que ver con la lógica de los hechos.

En segundo lugar, la campaña de los bots rusos nos dice mucho de la industria de las ideas que ha emergido durante las últimas décadas con el fin de sostener la hegemonía cultural de las élites nacionales y globales. Los think tanks proveen a los medios de cualquier clase de argumentos para reflejar una determinada visión de la realidad, y ambos se retroalimentan para que esta coincida con la del dinero privado que los financia. De esta forma no extraña que las pruebas sobre las que se asienta la información de El País, como señalaba Pablo Elorduy, “son las que ha aportado el propio El País, envueltas para su consumo académico por Mira Milosevich Juaristi, investigadora del Real Instituto Elcano, autora de un informe cuyas principales pruebas son los artículos de dicho periódico”.

Y añadía Marta Peirano, con un análisis más cercano al tercer punto sobre el que ahora hablaremos, que lo más sólido que tenía este periódico son “los informes de think tanks conservadores como los del Lab del Atlantic Council, cuyo presidente europeo para Latinoamérica es José María Aznar”. Todo esto refleja que quizá lo peligroso para la democracia no sea que un par de bots puedan ejercer alguna influencia en la red, sino la absoluta privatización de aquella esfera pública teorizada por Jürgen Habermas. Digamos que el sistema a través del cual desarrollamos nuestro pensamiento ha sido pervertido y corrompido por tecnocrátas con el único fin de propulsar el relato del establishment, dando lugar a sucesos tan rocambolescos como la campaña de El País.

Ahora bien, para entender la tercera de las implicaciones hemos de recurrir a un artículo premonitorio publicado en enero por el escritor bielorruso Evgeny Morozov: “El pánico moral en torno a las noticias falsas esconde la negativa a reconocer que esta crisis ha convertido al Kremlin, en lugar del modelo comercial insostenible del capitalismo digital, en el chivo expiatorio favorito de todos”. A todo ello, por cierto, también contribuye la industria editorial dando difusión a pseudo-teorías como la que Luke Hardian despliega en Conspiración. Porque, como dice Morozov, el problema para la democracia “no son las noticias falsas, sino la velocidad y la facilidad de su diseminación, y existe principalmente porque el capitalismo digital de hoy en día hace extremadamente rentable –mira a Google y Facebook– producir y hacer circular narrativas falsas pero que valgan la pena”.

En este sentido, El País no solo ha escogido eludir todas estas problemáticas (fundamentales para la suerte de un supuesto proyecto ilustrado donde la democracia liberal se asienta sobre un debate público donde la razón prima a cualquier otra consideración), sino que se aprovecha de todas sus deficiencias para atacar a un enemigo político del Gobierno español. La utopía ilustrada está siendo desmantelada por herejes que se dicen sus defensores.

El poder de la violencia simbólica

Lo que nos lleva precisamente a analizar este suceso, de carácter a primera vista nacional, prestando atención al contexto del capitalismo global. En este sentido, las deducciones que Dan Schiller presentó en un trabajo de 1984 (casualmente la fecha con la que tituló Orwell su famoso libro) resultan reveladoras: “En un lapso de aproximadamente 30 años, el capital transformó la estructura de las noticias en un proceso que naturalizó el razonamiento neoliberal en la configuración de la cobertura informativa”. Schiller resaltaba tres conclusiones en su estudio: que los actores institucionales (periodistas y editores, legisladores gubernamentales y ejecutivos corporativos, profesionales de marketing y publicidad…) dominan este proceso, explotando los estándares periodísticos existentes para redefinir los parámetros de lo que es legítimo en una economía desregulada mediante noticias presentadas como información; que la progresiva asimilación de esta práctica era causa directa de la redistribución de los recursos económicos, ya que el capital de la industria canalizaba sus inversiones hacia las empresas de noticias de escala transnacional y que la mayoría de historias que aparecían en los medios integrados globalmente ejercieron una poderosa violencia simbólica, normalizando y despolitizando lo que no hace mucho se entendía como teorías económicas marginales.

De esta forma, si la historia de la prensa se encuentra directamente relacionada con la historia del desarrollo de las estructuras políticas y fundamentalmente económicas, hemos de comprender la dimensión a escala global del capital para entender la independencia de la que goza el periodismo y escrutar si cumple su verdadero rol de garante de la democracia. Y ateniéndonos al contexto que señalaban autores como Schiller y Morozov parece que no es el caso.

Nos encontramos ante el desarrollo de un capitalismo digital en el que Silicon Valley trata de renovar el ideal del capitalismo financiarizado de Wall Street. Digamos que la publicidad ya no supone un negocio tan relevante para las corporaciones digitales como el manejo de nuestros datos. Cada vez más, la economía produce otro tipo de bienes, basados en el conocimiento: los servicios. Así es que las empresas de Silicon Valley se encuentren en el proceso de extraer, compilar y analizar nuestros datos mediante sus sistemas de inteligencia artificial con el fin de ofrecer buena parte de los servicios futuros. Con respecto a El País, no estamos ante un periódico que coloque al poder tecnológico ante un espejo para retratar unas intenciones que cada vez son menos democráticas, sino ante el gran embajador de la llegada de la ideología californiana en España.

Los nuevos revolucionarios corporativos

“Toda revolución tiene un líder. La digital no es excepción”. Así, en un intento por superar a los líderes revolucionarios del pasado siglo, se presentaba en la web de El País Retina el encuentro para los Líderes de la Transformación Digital con el fin de “definir el futuro digital”. O en otras palabras: avanzar la agenda de un par de corporaciones en un mercado que ya es digital. Así es que el 28 de noviembre dicho periódico acogió un acontecimiento financiado por Telefónica y el Santander, ambos accionistas de PRISA (la empresa editora de El País), y de Google, compañía que en 2016 acordó otorgar a varios medios de PRISA parte de los 150 millones de euros en tres años que la empresa destina a iniciativas que “mejoren el periodismo digital”. Pareciera como si las empresas tecnológicas norteamericanas hubieran firmado un acuerdo tácito de convivencia pacífica con las grandes empresas españolas para extraer datos de nuevos nichos.

O eso se desprendió de un evento en el que participó la directora general de Google España y Portugal, el director general de Accenture Digital para Iberia o la fundadora y CEO de Synergic Partners en Telefónica, la cual tiene la intención de “deconstruir la Transformación Digital”. También se encontraban entre los presentes de un evento, cuya entrada de día costaba 750 euros, el director para el sur de Europa de Tesla, el CEO de car2go, el CEO de Telefónica de I+D, el líder en Europa de Google así como los exministros Jordi Sevilla (quien escribió recientemente en Twitter que dejaría de leer El País) y Josep Piqué. Varios periodistas estrella del Grupo Prisa formaban parte del espectáculo.

Digamos que Retina parece una start up que genera, bajo la marca de El País, contenido que bien pudiera aparecer en las notas de prensa de cualquiera de las empresas del nuevo mercado digital. Por ejemplo, Google financia una sección llamada “Think with Google”, donde se pueden leer cosas como “Vender aún más en Black Friday es posible”o “La sanidad privada empieza en la web”. Dicho de otra forma: El País se ha convertido en un periódico cuyo fin es publicitar una empresa que tiene casi el monopolio de los datos de buena parte del mundo; hacer tolerable que la organización del conocimiento del mundo se concentre en una empresa.

Y no es el único ejemplo de cómo la publicidad ha difuminado cualquier rastro de periodismo. Recientemente, OpenMind (la rama de “conocimiento” del BBVA) presentó con la sección de Ciencia de El País un evento donde diversos expertos se reunían para discutir sobre robótica, inteligencia artificial, biología y el futuro del mundo en 2050. Quienes antaño denunciaban que el marketing y la realidad se pudieran entremezclar alterando la esencia del periodismo se han convertido en especialistas en marketing. Son como empresas de comunicación que subordinan la idea del periodismo, o lo que queda de ella tras una crisis sin precedentes, a la ideología californiana.

Noam Chomsky y Edward S. Herman criticaron en 1988 que la industria de las relaciones públicas trataba de crear un consentimiento hacia la racionalidad del mercado a través de la propaganda (hoy llamada fake news para desacreditar precisamente la propaganda enemiga). Veinte años después nos encontramos ante une escenario bastante distinto: la plataformas digitales, junto con periodistas u otros miembros del nuevo establishment, se reúnen en foros como este, no para promover el consentimiento, sino para establecer un consenso sobre el futuro de un capitalismo al que no le queda otra forma de seguir avanzando que penetrar en parcelas cada vez mayores de la vida digital de los ciudadanos. Sean los grandes bancos, las  empresas de telecomunicaciones, las tecnológicas o una fusión de las tres, lo cierto es que se está estableciendo un modelo de negocio del futuro basado en hacerse con el control de nuestra propiedad privada, traducida en nuestros datos, para ofrecernos después pagar por aquellos servicios de los que hoy disfrutamos de forma gratuita, y por otros nuevos que están por llegar.

El País, el hijo terrible de la edad (pos)moderna

Las nocivas dinámicas del capitalismo digital han creado una especie de ecosistema digital hipercompetitivo donde los medios tienen que pelearse por la atención de los usuarios al tiempo que dos plataformas se hacen con buena parte de los ingresos de publicidad digital que antes iban a parar a sus arcas. Por eso, tanto en el sector mediático norteamericano, el grupo comercial News Media Alliance (compuesto por la News Corp de Rupert Murodch, el New York Times o The Economist) ha tratado de lograr una exención antimonopolio del Congreso para negociar la publicidad en Internet en igualdad de condiciones en conjunto con las plataformas tecnológicas, como en el alemán de mano del editor del Bild Alex Springer, las empresas de medios han plantado cara a Silicon Valley con el fin de lograr un trozo mayor de la tarta de ambas empresas y mantener algo de soberanía en su negocio. Como dijo en una ocasión Andrew Ross Sorkin, columnista del Times: “Facebook y Google son propietarios que tratan a los grupos de periódicos como inquilinos. Y las rentas se están incrementando”.

En esta especie de nuevo feudalismo digital, El País parece adelantarse al resto del entorno para convertirse en una especie de nueva nobleza. Todo ello, por supuesto, a un grave costo: el valor (credibilidad) que tiene la marca de un medio de comunicación es explotado por dos empresas de Silicon Valley para presentar como racional ante la opinión pública sus planes de futuro privatizado. De esta forma se está creando una nueva esfera cooptada por el poder corporativo que afecta a la capacidad de los ciudadanos para pensar libremente. Así se entiende mejor lo que las élites han denominado cínicamente como posverdad. La posverdad es en realidad un estado cada vez más próximo al nihilismo en el que se encuentra la opinión pública. Se trata de un momento de tránsito que va desde un sistema de conocimiento basado en que la propaganda corporativa canalice las experiencias humanas hacia el mercado hasta otro con un fin similar, pero asentado sobre la personalización individual del contenido mediante herramientas de machine learning o la inteligencia artificial. El nuevo objetivo de estas herramientas es organizar el consumo del individuo hacia servicios que monopolizan dos empresas adelantándose incluso al deseo del consumidor.

En lo que respecta al periodismo, parece que la forma que tienen los empresarios periodísticos de tomar ventaja en este entorno es abocarse al poder de las empresas privadas pauperizando la profesión hasta cotas nunca antes vistas. Estamos ante un proceso de destrucción creativa schumpeteriana de un modelo periodístico en detrimento de otro, basado en crear una especie de imprenta global en la que los medios de comunicación comienzan a operar bajo una reglas espacio-temporales marcadas por la inmediatez y el exceso de información. Ha desaparecido cualquier reflexión política reposada en unos lectores convertidos en meras mercancías, como también ha desaparecido el papel de guardianes de información de los medios de comunicación. Cuando el mercado controla cada reducto de información, la labor del periodismo es poco más que ejercer de agencias de publicidad que promocionan la intromisión del capital privado en todas las esferas de nuestra vida.

Pareciera como si no existiera nada más allá de este capitalismo ilimitado de dimisiones totalizadoras. Como si fuera una ley natural la asunción de este nuevo rol del periodismo en una sociedad controlada por un par de empresas digitales que dominan la esfera pública en toda su complejidad. Ocurre que al aceptar esta lógica se impone la idea que ha desaparecido cualquier atisbo de vanguardia intelectual, puesto que inmersos en las dinámicas del mercado global ya no hay ningún enemigo al que vencer. En este tiempo, la tarea dialéctica de los medios debiera alejarse mucho de la conducta elegida por El País. Ello supondría la modesta hazaña de hacer periodismo, abrirse paso a machetazos a través de las mecánicas que tratan de establecer los nuevos amos del sistema y transmitir a la opinión pública la dimensión de la época en la que vivimos con una fuerza tal que su sentido pueda ser modificado.

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Cebrián, la sombra eterna de PRISA

Juan Luis Cebrián. FOTO: ÁLVARO MINGUITO.

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Cuando, en 1988, el entonces presidente del Grupo PRISA, Jesús de Polanco, apostó por Juan Luis Cebrián (Madrid, 1944) como consejero delegado de la compañía, el empresario cántabro justificó este nombramiento por la necesidad de dotar al conglomerado de medios de comunicación de una organización adecuada a la estrategia de crecimiento. “El País y la SER son un éxito profesional y económico; ahora se necesita dar respuesta eficaz a las oportunidades nacionales e internacionales que se presentan de desarrollar un grupo de comunicación”, explicó Polanco. Cebrián, que hasta aquel momento dirigía el diario El País, se convertía así en el número dos de PRISA.

Casi tres décadas después, el veterano periodista se mantiene, a sus 73 años, al timón de un grupo mediático devorado por las deudas, acuciado por los acreedores y en causa de disolución financiera, tal y como advertía la consultora Deloitte en su última auditoría. El último episodio de su polémica y cuestionada presidencia se vivió a mediados de octubre, cuando el que iba a ser su sustituto al frente de PRISA, Javier Monzón, declinó el puesto ante la falta de consenso de los principales accionistas.

El expresidente de Indra, un alto ejecutivo de extensa trayectoria en el Ibex 35, muy próximo al rey Juan Carlos I y a la presidenta de Banco Santander, Ana Botín, era el recambio elegido por los bancos acreedores de PRISA (Santander, La Caixa y HSBC), con el apoyo de Telefónica, que posee el 13% de la compañía. El propio Cebrián dio el visto bueno a su sucesor, pero algo falló a última hora. “Los bancos cometieron el error de no comunicar a Moncloa su acuerdo […]. La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría conoció la noticia por la prensa mostrando su enfado a sus más cercanos. […] Quienes conocen a la vicepresidenta indican que no tiene demasiado apego a Juan Luis Cebrián, pero con él se asegura el control del grupo PRISA, su ‘coto privado de caza’, según ella misma ha comentado a sus más cercanos”, recogía El Español sobre la espantada de Javier Monzón. Tras enterarse del acuerdo para aupar al expresidente de Indra, Sáenz de Santamaría frenó la operación y logró su objetivo. Otro match ball salvador que mantiene a Cebrián en el cargo, por lo menos, hasta finales de 2018.

“Por un lado, está el Cebrián periodista, todo un mito en la profesión: el hombre que fundó y dirigió El País en la Transición, un periódico que fue durante años una referencia en la prensa mundial. Y luego está el Cebrián empresario, y ahí la cuenta de resultados es peor. Más allá de la crisis del papel y de los medios de comunicación, su gestión en PRISA es más que cuestionable”, explica un exveterano periodista de El País, hoy en otra cabecera, que prefiere no dar su nombre. Las desastrosas cifras de PRISA avalan esta afirmación. La actual deuda del grupo asciende a casi 1.500 millones de euros y en 2018 afronta un vencimiento de 956,5 millones. Ante tal panorama, la compañía se ha visto obligada a llevar a cabo una nueva ampliación de capital de 450 millones.

Una empresa vulnerable

Precisamente la deuda mastodóntica del grupo, que alcanzó los 5.000 millones de euros en 2008, explica en parte por qué Cebrián aún conserva el sillón más codiciado de la compañía. “Esta deuda tan enorme hace que PRISA sea muy vulnerable, y para mantenerse a flote necesita del poder político. Ahí está la clave de Cebrián: no solo ha conseguido pactar con las altas esferas de la política, sino que ha logrado su aval”, prosigue este redactor.

Desde hace algunos años, los bancos, Telefónica y fondos buitre como Amber Capital son los máximos accionistas de PRISA. Cuando la compañía comenzó a cotizar en bolsa, en el año 2000, las acciones rozaron los 30 euros. Al cierre de esta edición, el precio apenas superaba los 3 euros. La compra de Sogecable, en 2007, fue el inicio de la debacle del grupo que fundó Polanco. Esta decisión personal de Cebrián, muy cuestionada en su día, supuso el desembolso de 3.000 millones de euros para hacerse con el control total de Digital + y del canal de televisión Cuatro. Un precio inasumible para las finanzas de la compañía, que se asomaba de cabeza al abismo y sin paracaídas para amortiguar el golpe. Con PRISA abocada a la bancarrota, la entrada en el accionariado de los hedge funds era cuestión de tiempo. Hoy, el 70% del pasivo del grupo está en manos de estos desguazadores profesionales de empresas en apuros.

En su libro Papel Mojado. La crisis de la prensa y el fracaso de los periódicos en España (Debate, 2013), el periodista Pere Rusiñol, exredactor jefe de El País y buen conocedor de los entresijos de PRISA, dedica un extenso capítulo a los avatares del presidente ejecutivo del grupo. “La evolución de Cebrián tras la muerte de Polanco [falleció en 2007] es comparada entre redactores de El País con Nerón y Calígula. Las víctimas abundan: la vieja guardia empezó a ser purgada de forma inmediata tras la muerte del empresario cántabro y el hombre fuerte de la empresa –que ha ido apartando de puestos ejecutivos a los directivos con apellido Polanco– se ha atrevido a reescribir la propia historia minimizando el papel del empresario clave ahora que ya no puede responder”, escribe Rusiñol.

Numerosos trabajadores de PRISA coinciden en que el revanchismo es una de las señas de identidad de Cebrián. Todos ellos quieren mantener el anonimato. “El Países su cortijo, y ¡ay de aquel que le lleve la contraria! Monta en cólera y amenaza con medidas de todo tipo”, explica una periodista con larga trayectoria en el diario. Varios trabajadores de PRISA también recuerdan el enorme malestar que se vivió el año pasado, cuando Cebrián prohibió a sus trabajadores colaborar con El Confidencial o La Sexta a raíz de varias informaciones sobre sus presuntos vínculos con la petrolera Star Petroleum, perteneciente al empresario iraní Massoud Zandi, y que aparecía en los papeles de Panamá. No solo eso: PRISA denunció a El Confidencial por competencia desleal, y le exigió una indemnización de 8,2 millones de euros.

“Un quiero y no puedo”

Algunos, en cambio, no se muerden la lengua y denuncian en público lo que otros callan por miedo. “La historia de El País es la de Saturno devorando a sus hijos. Cebrián nunca asumió no ser el hijo carnal de Polanco. Es rencoroso y pijo, pero un pijo sin conciencia. Decía que estaba salvando el periodismo, que había un cambio de paradigma. Mentira. Perdió 5.000 millones de euros jugando al capitalismo de casino, comprando radios en Miami y teles latinoamericanas que no valían nada. Quería ser un tiburón de Wall Street pero era una sardinita que todo lo hizo mal. Se pulió las ganancias del trabajo de todos nosotros en la aventura del mejor diario de la democracia española. Cebrián era un quiero y no puedo, un cateto”, denunció en una conferencia Maruja Torres durante el ERE que, en 2012, culminó con 129 despidos. Poco después, el periódico prescindió de la escritora.

Rusiñol ahonda en esta idea: “Su comportamiento sigue el patrón clásico de la tecnoestructura que tan bien definió Galbraith: altos cargos directivos que se hacen con los resortes del poder y lo utilizan en función de sus intereses, por encima de los accionistas, los trabajadores y los objetivos de la empresa. Creo que Cebrián es en este sentido un gran leninista: domina los mecanismos para conseguir y conservar el poder”.

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El hundimiento del PSOE de Suresnes

La victoria de Pedro Sánchez contra Susana Díaz tiene más valor por lo que entierra que por lo que aflora. El nuevo secretario general no es más que una creación involuntaria de todos sus adversarios, que en su empeño por masacrar su figura la han engrandecido desarrollando una especie de héroe de la militancia. Con cada embestida furibunda del aparato, el político y el mediático, ha construido su relato contra las oligarquías del extremo centro socialista que tan bien representaba él antes de ser laminado por La Brunete de pana en el golpe palaciego del pasado mes de octubre. El hombre que pactó con Ciudadanos, llamaba populista a Podemos de la mano de Cebrián, Felipe y Susana, y defendía de forma entusiasta la reforma del artículo 135 de la Constitución, ha acabado erigido en un referente de la izquierda y las bases por el descrédito de sus detractores y en comparación con los que combatía.

Sánchez es lo que fue, no lo que ahora aparenta ser por un interés sobrevenido, ni siquiera calculado, que le ha servido en bandeja el aparato socialista. El relato del “no es no” era tremendamente poderoso entre la militancia del PSOE y todos parecían empeñados en dotar a Pedro Sánchez de un arma de construcción masiva de apoyos, que él supo instrumentalizar de manera efectiva. Todos los movimientos que realizó tras su salida como secretario general pudieron haberle hecho explotar entre las manos la carga del arma dada, pero supo convertirla en la clave de bóveda del edificio de su renacimiento.

A Pedro Sánchez le ofrecieron un relato, una historia, un argumento de movilización y de unión efectiva, racional y emocional. Lo aprovechó y arrasó a quien solo tenía como herramienta discursiva la responsabilidad institucional de darle el gobierno a su enemigo histórico, a un partido imputado por una corrupción que alcanza hasta su médula, y a cambio de nada. ¿Qué podía salir mal?

El PSOE histórico ha sido vapuleado por todos los militantes que antes habían tenido como referentes políticos, vitales, y emocionales a Felipe González, Alfonso Guerra, o Jóse Luis Rodríguez Zapatero. La victoria de  Sánchez ha sido el hundimiento del PSOE hasta ahora conocido. La derrota de Susana Díaz es la del PSOE de siempre -como ella remarcaba en sus mítines-, significa el derrumbe de un imaginario construido con los mimbres del relato de la cultura de la transición. Suresnes ha colapsado y ha sepultado a Isidoro. El mito del PSOE de 1982 se ha esfumado, Felipe González ha dejado de ser el obrerista de chaqueta de pana para convertirse en el lobista de las eléctricas y defensor de las oligarquías latinoamericanas. Se acabó la posverdad prisaica.

El otro gran derrotado, el cebrianismo. El País fue el gran arquitecto del armazón ideológico y propagandístico del PSOE que servía como garante institucional del modelo que preservaba los privilegios del sistema surgido de la transición. De las manos de Polanco, el diario de Prisa construyó todo un imaginario que ha cincelado el armazón de la hegemonía cultural en España. Su poder de influencia a la hora de establecer el discurso aceptado como referente del progresismo ha marcado la historia de estos 40 años de democracia. Eso se terminó.

El diario, antaño referente, ha perdido la capacidad de influir incluso entre la militancia del PSOE. Su último editorial es el epílogo de una deriva incalificable trufada de insultos y descalificaciones a todo aquel que ose no seguir los designios marcados desde sus páginas. Las letras cebrianas califican la victoria de Pedro Sánchez como la rendición al populismo de los más de 70.000 militantes que han optado por su opción frente a la racional, moderada y constructiva candidatura de Susana Díaz:

“La propuesta programática y organizativa de Sánchez ha recogido con suma eficacia otras experiencias de nuestro entorno, desde el Brexit hasta el referéndum colombiano o la victoria de Trump, donde la emoción y la indignación ciega se han contrapuesto exitosamente a la razón, los argumentos y el contraste de los hechos. En este sentido, la victoria de Sánchez no es ajena al contexto político de crisis de la democracia representativa, en el que se imponen con suma facilidad la demagogia, las medias o falsas verdades y las promesas de imposible cumplimiento”.

Las elecciones a secretario general del PSOE han supuesto el desplome de la edificación mediática que permitía desde las columnas del diario independiente de la mañana influir de manera determinante en la opinión pública. Se ha construido un nuevo discurso que funciona como contrahegemonía y en el que El País ahora opera como referente a combatir. Sus páginas funcionan como elemento de contraste que permite vislumbrar lo que piensan y quieren los enemigos de quienes combaten el statu quo.

El derrumbe del PSOE histórico ha arrastrado consigo el poder de influencia que las élites han manejado desde los editoriales de su propio diario desde que nació en 1975. La guerra por sostener el sistema conocido continúa, pero la próxima batalla no se dará en ningunas elecciones, sino en una junta general de accionistas; y el general cuestionado se llama Cebrián.
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Una moción de censura populista

La labor de un partido político es conectar con el sentir popular y trasladar a las instituciones las necesidades de la ciudadanía. El tan denostado término populista no tiene siempre por qué ser utilizado de forma despectiva ni negativa y esta es una de las ocasiones. La moción de censura es populista porque conecta con el pueblo. Por eso es acertada. La opinión pública, y la publicada, coincidían de una forma mayoritaria en que el último caso de corrupción precisaba de una respuesta extraordinaria que la oposición había eludido.

La proliferación de casos de corrupción pone cada vez más difícil a los investigadores encontrar una palabra que dé nombre a la operación. Esta vez la que ha puesto en cuestión a nuestras instituciones se llama Lezo, y afecta a todos y cada uno de los pilares fundamentales del estado surgido de la transición: la política, los medios de comunicación, las empresas y la judicatura. Lezo ha sido uno de los casos más relevantes para entender el sistematismo de la corrupción en España y al que hay que responder de un modo excepcional con medidas excepcionales. Unidos Podemos ha cumplido con su deber político y ético afrontando el caso con la gravedad que merece.

La inoperancia, cuando no connivencia, de la oposición del PSOE y Ciudadanos con el Partido Popular ha dejado huérfana a la ciudadanía que no votó a los conservadores. El único partido que ha mostrado beligerancia con el PP es Unidos Podemos, aunque últimamente se había perdido en actitudes inocuas para los implicados – el tramabús – que trasladaban un mensaje de incapacidad preocupante, por más que pudiera tener un sentido pedagógico. Es por eso que la moción de censura es un cambio necesario que incide en el papel de oposición y en el control efectivo del gobierno. Posiciona al partido como único contrincante de un ejecutivo que, estando en minoría, ve cómo PSOE y Ciudadanos no complican su mandato y apoyan, cuando es preciso, su labor legislativa.

El tripartito ha llegado al pacto tácito de no permitir a Unidos Podemos apuntarse ningún tanto en el Parlamento y evitar que pueda sacar adelante cualquier propuesta aunque la compartan. Han empujado al partido de Pablo Iglesias a la marginalidad parlamentaria y eso imposibilita un ejercicio ordinario de la oposición. De poco hubiera servido intentar reunirse con las otras formaciones antes del anuncio. La consigna es arrinconar a Podemos y discriminar cualquier iniciativa que salga de sus filas, una táctica que no es nueva y que Bildu ya conoce bien. Por eso, no resignarse y utilizar todas las armas que estén a su disposición es el mandato que le dieron los ciudadanos en las urnas. Hacen bien en cumplirlo.

La posición de la oposición

No sorprende que PSOE y Ciudadanos se hayan negado a apoyar la moción de censura con tanta celeridad. No hace ni seis meses que dieron el gobierno a este PP y por diferentes motivos no van a tolerar que salga del gobierno dándole a Podemos ese tremendo trofeo. Ciudadanos hace mucho que se despojó de esa falsa etiqueta de transversalidad ideológica y está dispuesto a enterrar su promesa de regeneración para soportar en el poder a los conversadores frente a opciones limpias de corrupción. Son de derechas y ejercen como tal. Por su parte el PSOE y la gestora prosusana no puede hacer nada sin el beneplácito de la presidenta de la Junta de Andalucía. Primero les toca ganar el 21 de mayo la secretaría general, y después dedicarse a minar al que consideran su verdadero enemigo, que no es Rajoy y lleva coleta.

Aunque por esperada, no deja de sorprender la vehemencia de ciertas reacciones. En particular la mostrada por Alfredo Pérez Rubalcaba y El País, que ya funciona únicamente con criterios políticos y no periodísticos. Rubalcaba amagó con una moción de censura cuando Mariano Rajoy se negaba a acudir al Congreso a dar explicaciones por la corrupción del caso Bárcenas. El PSOE se encontraba en minoría y por lo tanto era imposible que saliera adelante. Fue solo un instrumento más que la oposición utilizó para cumplir con su papel. Decía Javier García Fernández, catedrático de Derecho Constitucional, en el diario El País al respecto:

“Lo principal, en definitiva, es que la Constitución ha definido teleológicamente la moción de censura, cuya finalidad es exigir la responsabilidad política al Ejecutivo. Que además se elija a un presidente alternativo es importante pero jurídicamente secundario, porque si no hubiera moción de censura constructiva no se dejaría de ejercitar la moción de censura que es un instrumento al servicio de la relación de confianza que vincula al Gobierno con el Parlamento. Por todo ello, si llega a presentarse, será para juzgar a Rajoy, no a Pérez Rubalcaba”.

En aquel momento El País se mostró muy conforme con la propuesta de la moción de censura de Rubalcaba, que a diferencia de hoy estaba abocada al fracaso por la distribución parlamentaria, porque según su editorial del 17 de julio de 2013 la propuesta podía “ofrecer a la Cámara, y por ende a los ciudadanos, la oportunidad de recuperar una cierta dignidad”. El diario de Cebrián aseguraba que la moción de censura era “el único medio legal de someter a debate la responsabilidad política del Gobierno y también el único cuya tramitación no puede ser bloqueada por el PP”.

Pero también es cierto que en aquel momento el proponente era Alfredo Pérez Rubalcaba, que ahora forma parte del consejo editorial del periódico. Y ahora el proponente es Pablo Iglesias, su némesis. Es por esto que el editorial de El País, que en esta ocasión tituló “Sigue el espectáculo”, cambió su forma de analizar para qué sirve una moción de censura:

“Una moción de censura, recordemos, es un mecanismo constitucional extremadamente tasado en sus requisitos y procedimientos cuyo objeto es, si no conformar una mayoría parlamentaria alternativa a la actual que desaloje al Gobierno y lo reemplace por otro, por lo menos hacer visible ante la ciudadanía la existencia de una formación política con solidez y prestancia suficiente como para ofrecer esa alternativa en las urnas”.

En tan solo cuatro años la moción de censura ha perdido el poder de dar dignidad a los ciudadanos y de someter a debate la responsabilidad política del gobierno que tenía cuando la presentó Alfredo Pérez Rubalcaba. Empieza a ser práctica habitual tener la sensación de que existe un acuerdo de las élites políticas y mediáticas para convertir a Pablo Iglesias en un apestado al que arrinconar. Censurar sus iniciativas no por lo que son, sino por quien las propone, es un ejercicio deshonesto que esconde sepultar a quien con algunos errores de procedimiento ha puesto en cuestión a una oligarquía que venía dictando sin oposición efectiva el futuro de todo un pueblo.

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El postsocialismo de Susana Díaz

MADRID// “En el PSOE somos todos socialistas y de izquierdas”, decía Susana Díaz respondiendo a Pedro Sánchez a las acusaciones de derechización. Algunos discrepamos. El sociólogo Alain Touraine escribió en 1980 un tratado llamado El postsocialismo. El texto tenía como elemento transversal que el socialismo no podía realizarse dentro de las instituciones integradas en cualquier democracia representativa. Era necesario centrarse en los movimientos sociales y culturales que sustituirían el papel del obrero como elemento reformista de los Estados ya que los partidos acaban imbuidos por el sistema. Elías Díaz, catedrático de Filosofía del Derecho, hablaba de la falacia de la identidad para referirse al callejón sin salida que significa la lógica del capitalismo en un democracia representativa para los socialistas democráticos. ¿Se puede ser socialista sin cuestionar el sistema capitalista?

Los socialistas críticos con esa falacia consideran que sí se pueden cambiar las lógicas del capital desde dentro del sistema y que el socialista que considera que eso no es posible, o simplemente no quiere hacerlo, no lo es aunque se autodenomine socialista. Según este razonamiento no puede existir un socialista en las instituciones que no quiera cambiar las reglas del capitalismo.

En una tribuna en 1985 el ahora azote de Podemos, el catedrático Antonio Elorza, definía así en El País al PSOE postsocialista que, tras ganar las elecciones, había mutado acomplejado abandonando la izquierda para mantener el poder: “Al precio de asumir por parte socialista el papel de fuerza subalterna respecto al poder capitalista, bajo el signo de la modernización”. En el análisis del catedrático sobre las renuncias se incluía una frase atribuida a Carlos Solchaga, entonces ministro de Hacienda de Felipe González, que resulta reveladora: “La función del Gobierno socialista será olvidarse de la distribución y mirar al aumento de la producción”, decía Elorza.

La tercera vía de Anthony Giddens que tomarían Tony Blair y Jose Luis Rodríguez Zapatero es una exaltación de las ideas postsocialistas. Una asimilación completa de las reglas del mercado y la lógica capitalista con medidas de maquillaje que intenten aumentar la cohesión social.

Sin embargo, al postsocialismo de Susana Díaz se le podía añadir una definición alternativa que poco tiene que ver con los elementos teóricos y académicos que los sociológos definieron. Su ideología tiene una visión mucho más novedosa. La definición del postsocialismo que incluye a la lideresa andaluza se basa en el término estrella usado para comprender la relevancia de los populismos y que tanto es enarbolada por el periódico que más ha hecho para acabar con Pedro Sánchez. La posverdad.

Según una definición dada en El País son “Las circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”. El postsocialismo, aplicando la palabra de moda, sería la ideología en la que los hechos objetivos y las políticas llevadas a cabo cuando se ocupan las responsabilidades de gobierno son menos influyentes en la militancia que las emociones, las creencias y el peso de la adhesión al líder.

Es la ideología de Susana Díaz, aquella que le lleva a declararse de izquierdas a pesar de haber puesto al PSOE al borde de la destrucción para dar el Gobierno a Mariano Rajoy con tal de evitar que Sánchez pudiera llegar a gobernar con Podemos y los nacionalistas. Los hechos los firmaría cualquier conservador, la emoción infunde a sus seguidores a autoproclamarse de izquierdas.

Susana Díaz es el PSOE

Díaz es un fiel exponente del PSOE. Del único PSOE que ha gobernado. El PSOE socialista jamás lo hizo, murió en Suresnes. El partido que ha aupado a la presidenta de la Junta de Andalucía como salvadora es el que realizó la dolorosa reconversión industrial, y que fue alabada por Matilde Fernández en el acto del sábado. El que propició la entrada del capital privado a la sanidad pública y aprobó la regla de oro del artículo 135 de la constitución. El que promulgó una reforma laboral que recortó drásticamente los derechos de los trabajadores. Fue Felipe González el que realizó una privatización de las empresas públicas más ambiciosa, en sus propias palabras, que la de Margaret Thatcher. Hechos históricos que son el legado del PSOE que enarbola orgullosa la dirigente andaluza.

Susana Díaz anunció su candidatura a la secretaría general del PSOE en un acto de exaltación al líder. No quedó en Andalucía un solo cargo, asesor o liberado de la Junta [permítanme la hipérbole]. Todos estaban en IFEMA defendiendo lo suyo y apoyando a quien se lo provee. Todo un baño de masas. Algo que ya estaba puesto en marcha desde el pasado mes de octubre cuando la “Brunete de pana dio el golpe en Ferraz”. Felipe González narró el momento de comenzar la asonada desde los micrófonos de la Cadena SER y los generales de la lideresa andaluza llegaron a Madrid con las firmas que fulminarían en un golpe, que preveían rápido, a Pedro Sánchez. Pero que acabó siendo muy doloroso para los intereses de todos en un congreso federal que rompió el partido de forma dramática.

La fotografía de Susana Díaz con el aparato al completo es clave. Toda la vieja guardia del PSOE. Felipe y Guerra, Rubalcaba y Zapatero. Con todo aquello que Podemos combate, y que ahora de forma interesada finge combatir Pedro Sánchez. Una imagen que provoca un fuerte rechazo fuera del partido pero que apela a la emoción de la militancia, una estampa muy poderosa en clave interna. Los militantes históricos del PSOE, que son los que votan, están orgullosos de su legado. Los que no, ya lo abandonaron. No hay que despreciar el poder de esa foto, tan denostada de forma generalizada, para lograr el poder en Ferraz.

El postsocialismo de Susana Díaz lo es por aceptar las reglas del juego capitalistas de forma entusiasta. Algo que conlleva jugosas contraprestaciones por parte del sistema y que están expuestas de forma gráfica en esa fotografía con todos los históricos a su lado. Despreciar la importancia de los poderes fácticos es algo que le costó caro a Pedro Sánchez. El PSOE es una parte indispensable del establishment y Susana Díaz es el PSOE. La izquierda tiene que dejar de mirar al partido que comande como una opción viable de izquierdas, es tan solo una ilusión del capital. Susana Díaz es la elección del sistema para mantener sus privilegios. No dejarán que caiga porque eso supondría la destrucción de uno de los pilares de la cultura de la transición. No pasará.

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Felipe González y las élites: Quien tiene un amigo tiene un tesoro

Artículo incluido en el especial sobre Felipe González, publicado en La Marea 43. A la venta aquí.

En los catorce años que estuvo al frente del Gobierno, Felipe González forjó una amplia red de contactos con personalidades importantes en todo el mundo. Después de la “dulce derrota” electoral de 1996, el exdirigente socialista ha sabido administrar su patrimonio y su influencia tal y como habitualmente hacen muchos antiguos mandatarios: en conferencias, mediante la participación y creación de fundaciones de estudios y como autor de libros y artículos, sobre todo en El País, su diario de cabecera. Nunca entró en el Consejo de Estado, el órgano consultivo del Gobierno, aunque goza de privilegios como expresidente. Un ejemplo reciente es su viaje en el avión oficial de la Fuerza Aérea, junto al ministro de Exteriores en funciones, José Manuel García-Margallo, a la ceremonia de la firma de paz entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC, el 26 de septiembre en Cartagena de Indias.

Colombia es uno de los destinos favoritos del antiguo líder socialista. González goza de la nacionalidad del país suramericano, que le fue otorgada en 2014 por el presidente Juan Manuel Santos. También cultiva excelentes relaciones con personajes y líderes políticos de otros países en Latinoamérica y con la Casa Real de Marruecos. De hecho, en 2008 organizó un encuentro entre el empresario multimillonario mexicano Carlos Slim y el rey Mohamed VI.

En el caso de Slim no consta que hubiera contraprestaciones, aunque González es agasajado por su amigo cuando visita México. El expresidente abre puertas, como muestra también su intervención a favor del empresario hispano-iraní Farshad Zandi ante el régimen dictatorial de Sudán. Felipe es un conseguidor a quien, más que el dinero, le gusta moverse en las esferas de la élites globales. Otros jefes de Gobierno jubilados, en cambio, han puesto más empeño en rentabilizar su fama e influencia para el bolsillo propio, como Tony Blair, Bill Clinton y José María Aznar.

Esto no quiere decir que González tenga aversión a los negocios. Estuvo cinco años en el consejo de administración de Gas Natural Fenosa y ha montado varias empresas que gestionan sus ingresos por libros y conferencias, además de administrar inversiones inmobiliarias y financieras. Comparte negocios con sus tres hijos, especialmente con su hija María y su marido, Eric Bergasa, que figura como administrador de varias compañías. Además del núcleo familiar, alrededor del antiguo secretario general del PSOE hay muchas personas que de una forma u otra se han beneficiado de su relación con el expresidente. A cambio, le han hecho favores como dejarle inmuebles de lujo a precio de ganga o sufragar los gastos de la boda de su hija.

Con todo, es en América Latina donde González es más activo. “Felipe, como figura de intelectual referente de la socialdemocracia europea, ha ido perdiendo peso. Antes se le requería en la Internacional Socialista, pero ya no”, explica Inmaculada Sánchez, directora de la revista El Siglo. “Donde ha mantenido su estrella es en Latinoamérica. Y ahí es donde es tan importante su relación con el Grupo PRISA”, añade. La empresa editora de El País hace tiempo que apuesta por expandirse al otro lado del Atlántico. Y contar con el aura del respetado expresidente socialista, sin duda, es un plus.

JESÚS DE POLANCO
Fundador del Grupo PRISA

Jesús de PolancoFue el empresario de comunicación más importante de la Transición, fundador del mayor grupo mediático de España y uno de los principales contactos de Felipe González a nivel político. La cercanía con el líder socialista le resultó fructífera a PRISA, también en la esfera económica. Un caso paradigmático fue el de la empresa pública Focoex, que entre 1983 y 1984, a través de los Fondos de Ayuda al Desarrollo, obtuvo negocios para la adquisición de material educativo y sanitario muy beneficiosos para algunas empresas de Polanco, como Eductrade y Sanitrade. La participación de Focoex para favorecer los intereses del empresario madrileño en América Latina fue muy contestada, pero no se exigieron responsabilidades a ningún dirigente del Gobierno del PSOE. Santillana, perteneciente a PRISA –ahora dirigida por Juan Luis Cebrián (exdirector del diario El País e íntimo del expresidente)– propuso a González un puesto en su dirección, pero éste lo rechazó.

MOHAMED VI
Rey de Marruecos

Mohamed VI, rey de MarruecosFelipe González fue amigo del difunto rey Hassan II y hoy lo es de su hijo, Mohamed VI, hasta el punto de que el actual monarca marroquí le dejó construir una mansión en una playa exclusiva de la realeza en Tánger. Cuando llegó al poder en 1982, el dirigente socialista abandonó las críticas hacia el autócrata del reino alauí. Vio en Marruecos, aliado de Estados Unidos y Francia, una oportunidad para “lanzar un mensaje de calma” en plena guerra fría y acercarse a las potencias occidentales, según critica el diplomático saharaui Hach Ahmed. González fue el primero en autorizar la venta de armas a Marruecos, en pleno conflicto bélico con el Frente Polisario, y estableció los primeros contratos pesqueros que incluían las aguas del Sáhara Occidental. Este acuerdo le vino bien a Amador Suárez, amigo del presidente y propietario de una gran flota en España. Hoy González hace presión a favor de la marroquinidad de la antigua colonia española.

CARLOS ANDRÉS PÉREZ
Expresidente de Venezuela

Carlos Andrés PérezEl hombre que presidió Venezuela durante dos mandatos (1974-1979 y 1989-1993) conoció a Felipe González de la mano del empresario Enrique Sarasola. El mandatario venezolano granjeó muy pronto su amistad con el líder del PSOE como una inversión de futuro. Ya en la década de 1970, cuando su país era conocido como Venezuela Saudita, Pérez dejaba a González su propio avión presidencial. En los años en los que la corrupción campaba a sus anchas por territorio venezolano, la relación de amistad de González con Pérez era inquebrantable. El líder del PSOE llegó a ofrecer a su amigo vía telefónica, según informaba El País, un préstamo inmediato de 600 millones de dólares tras el caracazo, la revuelta popular que se desencadenó por las duras medidas de austeridad y en la que murieron 200 personas por la represión policial del gobierno de Pérez.

GUSTAVO CISNEROS
Empresario venezolano

Gustavo CisnerosEl compromiso de González con la oposición venezolana –presta apoyo en la defensa de Leopoldo López, el líder opositor encarcelado– nace a través de su amistad con Gustavo Cisneros. El multimillonario, uno de los empresarios más ricos de América Latina según la revista Forbes, saltó a las portadas españolas en 1983 cuando el Gobierno socialista expropió las empresas de Rumasa a José María Ruiz-Mateos. Entre ellas estaba Galerías Preciados. El Consejo de Ministros aprobó la venta de estos grandes almacenes por 1.500 millones de pesetas (9 millones de euros) a una empresa de Cisneros, un precio irrisorio comparado con lo que cobró el venezolano cinco años después por su venta: 30.600 millones de pesetas (casi 184 millones de euros). El holding Cisneros tiene a la madre de Leopoldo López, María Antonieta Mendoza de López, como vicepresidenta de Asuntos Corporativos desde el año 2000.

LUIS GARCÍA CERECEDA
Promotor inmobiliario

Luis García CerecedaAmigo íntimo de Felipe González. Como confirma el periodista Javier Chicote, el expresidente le pidió permiso para iniciar una relación con su expareja, Mar García Vaquero, hoy actual esposa del sevillano. Cereceda, fallecido en 2010, fue consejero de Tagua Capital SA, la empresa de capital riesgo que organizó González hace unos años. En ella, se encargó de la construcción de la mansión de Felipe en Tánger, a quien también le alquilaba un piso de lujo en el centro de Madrid a precio de amigo. Entre los variados negocios de Cereceda estaba Pachá, la discoteca insignia de la beautiful people, muy frecuentada por el círculo cercano de González, como Enrique Sarasola. García Cereceda también pagó la boda de la hija del expresidente, María González, con Eric Bergasa, en su restaurante Zalacaín, uno de los más cotizados de Madrid. Otro de sus negocios era la Urbanización La Finca, en las afueras de la capital, donde residen el futbolista Cristiano Ronaldo o Francisco Correa, presunto cabecilla de la trama Gürtel, y donde puso a disposición de Felipe un estudio para que pudiera realizar sus esculturas.

FARSHAD ZANDI
Empresario hispano-iraní

Farshad Zandi“El motivo por el que me dirijo a usted es para hacerle saber que conozco personalmente al señor Zandi, chairman y CEO de Star Petroleum, y puedo asegurar que es una persona honorable, seria y trabajadora y con relaciones internacionales al más alto nivel”. Este es un extracto de la carta de recomendación, publicada por El Mundo, que Felipe González envió a Omar al-Bashir, dictador de Sudán, para ayudar al empresario hispano-iraní a conseguir la concesión de unos yacimientos petrolíferos. Finalmente lo logró. El iraní Farshad Massoud Zandi obtuvo la nacionalidad española en 1997. Fue presidente de la Fundación Atman para el Diálogo entre Civilizaciones, auspiciada por el expresidente del Gobierno y Juan Luis Cebrián en 2005. La entonces mujer de Cebrián, Teresa Aranda, fue la vicepresidenta. Zandi y Aranda aparecen en los Papeles de Panamá. González visitó al presidente iraní Mahmud Ahmadineyad en 2006, tras la mediación de Zandi, cuya empresa Trade Petroleum se dedica a la importación de crudo. La versión oficial dice que González lo hizo para “agotar el diálogo”.

CARLOS SLIM
Magnate mexicano

Carlos SlimEl cuarto hombre más rico del mundo, según Forbes, es también amigo de Felipe González. Se conocieron a finales de los 1970 cuando González, recién nombrado secretario general del PSOE, viajó a México para recibir el visto bueno de la vieja guardia socialista exiliada allí. Con los años,la relación entre estos dos poderosos se ha intensificado. Felipe González es asesor para asuntos políticos internacionales del magnate, que ha invertido grandes cantidades de dinero en España en los últimos tiempos, en los que se ha hecho con el control de la constructora FCC o el club de fútbol Real Oviedo. En 2006 Felipe le presentó a Mohamed VI. Cada vez que González viaja a México, dispone de un avión privado cortesía de Slim, así como de una habitación todos los días del año y en exclusiva –en ella no duerme nadie más– en el mítico Hotel Geneve de la capital azteca, también propiedad del millonario.

JESÚS BARDERAS
Empresario

Jesús BarderasAmigo íntimo de Felipe González, Jesús Barderas es un polémico empresario que en los años 80 huyó a República Dominicana para esquivar sus problemas con la Justicia española. En los Papeles de Panamá aparecieron 50 empresas a su nombre. También se han relacionado negocios suyos en la República Dominicana con el caso de los ERE en Andalucía.

Barderas es dueño de uno de los resorts más lujosos del planeta: el Cap Cana de Santo Domingo, cuyo nombre es un guiño a los iniciales del expresidente venezolano Carlos Andrés Pérez, íntimo amigo de González hasta su muerte en 2010. El exlíder del PSOE acude con frecuencia al Cap Cana a relajarse.

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Dos empresas a su nombre: TAGUA e IALCON

Felipe González tiene dos empresas a su nombre, aunque participa en otras como el despacho de abogados que comparte con su hija María. En 2001, el expresidente creó la consultora Ialcon y, diez años después, el fondo de capital riesgo Tagua Capital SA. A través de Ialcon Consultoría SL González, el accionista mayoritario con el 78,2% del capital, compra y vende fincas, incluida su mansión de Tánger, y además factura informes, estudios, cursos y sus obras literarias y artísticas. Sus tres hijos se reparten el resto del pastel con casi el 7,3% de las acciones de Ialcon, que facturó 1,86 millones de euros en 2014. La sede de la consultora está en Pozuelo de Alarcón (Madrid), en la misma dirección que Itzaya SL, una empresa de gestión de derechos propiedad de Eric Bergasa, yerno de González y administrador de Tagua Capital. Esta empresa fue en su origen una sociedad anónima presidida por Felipe González, pero en 2013 abandonó la actividad de inversión financiera, al parecer porque los resultados no eran los esperados. Ese año se transformó en una sociedad limitada dedicada a servicios de gestión, intermediación y asesoría financiera y fiscal. Actualmente Felipe González es accionista mayoritario, pero en el registro figura Bergasa como administrador único y accionista minoritario. La sede de Tagua es propiedad de Pedro Trapote, cuñado y amigo del expresidente. Hasta, al menos, 2013 contó entre sus asesores con Santiago de Torres Sanahuja, exalto cargo socialista durante el último mandato de González y consejero asesor de Indra.

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