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El estilo y la elegancia de España en el siglo XXI

FRANCISCO PÉREZ CABRERA // Te levantas por la mañana y tras un par de tostadas sacadas del tostador lees en la pantalla negra de este cacharro enfermo que el estilo es algo que puede comprarse. Sólo en ediciones limitadas, eso sí. Como el que reparte condones en un instituto a punto de estallar por primavera. Así, sin más pretexto que un par de billetes de veinte euros y una dirección que sirva de destino para el paquete.

Debo andar equivocado pues tenía la certeza de que ya no se fabrican tipos elegantes. Que el viejo mito capitalista de criarlos en rebaños no es ahora tal y que tampoco se habían logrado disminuir los costes de su producción bajo nuestra economía de escala. Tenía entendido que ni siquiera se tiñen pieles de pieles elegantes y que se estaban confundiendo conceptos a posteriori tan fáciles de diferenciar como el atrevimiento y la educación. En cuanto a las mujeres, es evidente que aún se cuentan por miles los excelentes perfumes corporales femeninos repartidos por doquier, pero nosotros —los hombres— hemos dejado de ser elegantes. Porque toda palabra precisa ha pasado a parecer pedante, porque toda sabiduría se ha transformado en rareza y porque todo enorme atractivo se ha alejado de su propósito inicial. También el vello público se ha extinguido, la virilidad se ha visto acorralada, la fortaleza parece enferma y hasta la camaradería se ha ido por el tobogán de las cisternas… Tanto los viejos —como sus viudas— ahora estorban, los niños y sus primeros besos no ven más que programas infantiles y los ejemplos para la sociedad copan portadas en las revistas de cada corazón roto. Nos aseguran que los mendigos no visten con harapos y hasta los políticos no se dignan a ceder su sillón.

Vamos entonces a sacarle brillo al trono de la diosa mentira, ya que el patio de las verdades pierde hectáreas por minutos, el dinero se ha hecho con todos los terrenos baldíos y las bolsas de oxígeno de la lírica ya no sirven para disminuir los índices de contaminación en las pequeñas y grandes urbes del país. Las hermandades y las tribus urbanas se están convirtiendo en el refugio de los jóvenes, por lo que se acentúa el carácter dominante de cromo repetido y las escenas de sexo explícito no aparecen en los telediarios porque la moral reinante permite la decapitación de periodistas y niños pero no los actos de amor sin prejuicios en horarios de máxima audiencia. Los reglamentistas del balón quieren su ojo de halcón sobre el terreno de juego, sin embargo en los despachos de las federaciones no permiten la intervención “ex profeso” de los jueces anticorrupción y se afirma con rotundidad que el madridismo reinante en estos momentos es incompatible con la forma de entender el club que tenía el heredero de Miguel Muñoz, es decir, con las maneras de Luis Molowny. No obstante, ya sabemos que los niños con potencial para ser los tipos que marquen tendencia en el mañana prefieren a Sergio Ramos antes que al caduco Fernando Redondo y a Cristiano Ronaldo por encima del blando Michael Laudrup. Cosas del estilismo de la cera y la tinta sobre la epidermis, me digo en esta mañana que se ha convertido en mediodía casi sin rechistar.

Por otro paralelo y desigual lado, vamos a platicar de política que es para lo que había bajado en pantuflas a la tienda de la esquina a comprar la mitad del cuarto de mortadela ibérica con aceitunas picual. He de reconocer que resulta extraño que hubiese sorpresas y sorprendidos hace pocas fechas porque el que presumió en la década de los ochenta de ser el partido político del obrero se sometiese a la voluntad estadista y oligárquica de hacerles el pasillo a los herederos demócratas del franquismo. Eso es tener estilo. Resulta extraño que el partido que se presupone del cambio por convicción propia, y que presume igualmente de demócrata, no admita en sus filas altas más que a aquellos que pretenden arrinconar al país a la izquierda de la izquierda. Eso es tener elegancia y amplitud de miras en este siglo XXI. Pero lo que más extraño resulta es que no nos hayamos sentido nunca traidores en una nación donde lo verdaderamente extraño es no haberlo sido nunca. Esto último es, sencillamente, inherente y atemporal para con el saber estar hispano.

Así que ni ahora se hace periodismo ni parece que nos haga ninguna falta, aunque se confunda el arrogante “va de lo que no es” con el humilde “es de lo que no va” y, lo mejor de todo, es que también nos llega a sorprender. Llegó hace años —para quedarse definitivamente— el lema del “sálvese quien pueda” y al menos los partidarios de los barones del PSOE han sabido defender esta postura con cierta dosis de honor con el antiguo consejero de Caja Madrid, Pedro Sánchez. Gran parte del resto de españoles piensa que se hace lo correcto porque esto es ya una implantación tácita de la “Ley Corcuera” en la que primero derribamos su puerta y luego, quizás, le toquemos al timbre para que nos deje pasar. Estas son las pesquisas que se persiguen a diario a pie de calle, las del chismorreo irónico pero de marca, el chascarrillo aunque sutil y fino y toda esa marabunta de falsedades y mediocridades que nos invaden desde todos los ángulos de nuestra vida de alta alcurnia en formato “low cost”.

Soluciones ya no nos quedan a simple vista, pero sería de imbéciles creer que la derrota será eterna y más, sabiendo que el gran Antonio Escohotado nos asegura que vivimos en el mejor de los tiempos en su último libro. Otra cosa diferente es que hayamos conseguido rebajar la tasa de desempleo por debajo del veinte por ciento a costa de tres millones de nóminas de trescientos euros al mes, que nos gobiernen los de siempre porque eso “siempre ha sido así” y que el Real Madrid siga ganando Copas de Europa y otros títulos mundiales aun siendo un reconocido abusador de la zona Cesarini. Raphael se mantiene en el candelero, la Preysler reinando desde tiempos inmemoriales en el papel cuché, El Corte Inglés sigue publicitándose por primavera esta vez por cuenta del Banco Santander, los Borbones en el poder son ahora dos, Stallone arrasa en taquilla, Operación Triunfo sigue de gira y parece que al fin el “atado y bien atado” cobra sentido de una santa vez.

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Se acaban las fiestas, continúa el consumo

Versión actualizada y editada del dossier del nuevo número de la revista mensual de La Marea, a la venta en kioscos y aquí.

“Es un momento de excesos. La gente tiene más dinero y las convenciones sociales hacen que sea el tiempo para gastarlo”, reflexiona Esteban Hernández, periodista y autor del ensayo Los límites del deseo. Instrucciones de uso del capitalismo del siglo XXI. “El aumento del consumo en Navidad tiene un aspecto compensatorio. Mucha gente compra, porque puede, para sentirse mejor y mitigar otras insatisfacciones. No es algo negativo en sí mismo, el problema está cuando nos creemos representados a través de los bienes que poseemos. Cuando sólo nos diferenciamos por lo que tenemos. Ahí, el consumo sí puede resultar pernicioso. Sea Navidad o cualquier día del año”.

La recuperación económica conlleva un aumento en el dinero que se gasta la ciudadanía en regalos y alimentos en esta campaña. La Confederación Española del Comercio (CEC) ha adelantado que esta será la mejor temporada navideña de los últimos ocho años, con un incremento de la facturación de hasta un 5%. La consultora Deloitte, en su Estudio de consumo Navideño 2016, publicado en noviembre, indicó que como media cada hogar gastará 682 euros en Navidad, lo que supone un 4% más respecto a los 655 euros de 2015. El ranking de los regalos más frecuentes sigue encabezado por ropa, libros y perfumes y cosméticos entre adultos, y juguetes educativos, libros, ropa y calzado para los niños y niñas. El mal dato para los comerciantes es que mucha gente opta simplemente por regalar dinero contante y sonante.

Los comportamientos del consumo siempre vienen acompañados del debate sobre las compras de proximidad, tras años de levantamiento de restricciones a las grandes superficies y de constantes polémicas políticas por la liberalización de horarios: ¿merece la pena comprar en las tiendas de mi barrio o me desplazo al centro comercial? ¿Compro en la perfumería de la esquina o en El Corte Inglés? ¿En la tienda de informática de mi vecino o en Mediamarkt? Hace décadas que el enfrentamiento entre el pez grande y el pez chico en el sector del comercio minorista es el pan de cada día. La apertura de una gran superficie comercial en cualquier ciudad española suele generar la consiguiente controversia ante la posibilidad de que afecte al pequeño comercio de dicha ciudad, amenazando incluso su propia supervivencia.

La reciente liberalización de horarios comerciales en muchas ciudades españolas dificulta aún más la competencia del pequeño comercio frente las grandes superficies, sobre todo en épocas señaladas como la Navidad. Durante los años 1990 muchos países –como Inglaterra, Francia o Italia– aprobaron legislaciones de carácter restrictivo para frenar la entrada de este nuevo tipo de comercio que estaba proliferando en sus ciudades. En el caso español, en 1996, se aprobó una regulación comercial que perseguía exactamente este propósito. Pero poco a poco, estas “barreras”, en opinión de la patronal española de las grandes superficies, se han ido limando e incluso eliminando. Pero nunca es suficiente.

El presidente de la Asociación Nacional de Grandes Empresas de Distribución (Anged), Alfonso Merry del Val, criticaba recientemente la “hiperregulación engorrosa” existente y cargaba contra las políticas proteccionistas que “ponen palos en las ruedas del crecimiento”. La plana mayor de la citada Anged, una vetusta organización fundada 1965 y que agrupa a firmas como Ikea, Alcampo, Carrefour, Leroy Merlin o El Corte Inglés congrega a lo más granado del empresariado español de grandes superficies y actúa como un poderoso lobby para evitar “esa receta basada en imponer barreras a los nuevos competidores, limitar los horarios, impedir la apertura de nuevas tiendas o fijar impuestos específicos para los grandes formatos comerciales”, como se ocupan de repetir en cada una de sus comparecencias públicas.

Anged fue presidida durante dos décadas (hasta su muerte en julio de 2013) por el histórico ejecutivo de El Corte Inglés Juan Manuel de Mingo, y entre los miembros de su organigrama destacan el actual presidente de Carrefour, Rafael Arias-Salgado (expresidente de Prosegur, exministro de UCD y del Partido Popular con Aznar e hijo del ministro franquista Gabriel Arias-Salgado), y Javier Millan-Astray, que según publicó el diario El País en 2002, está emparentado con el General José Millan-Astray, fundador de la Legión.

Gracias a la labor incansable de Anged, que saca pecho por acumular el 12,5% del total de empleo en el comercio minorista español, ya son 697 las regiones de gran afluencia turística que se han apuntado a la liberalización de horarios en España. A la cabeza, destaca la Comunidad de Madrid.

Liberalización de horarios

Capacidad para reducir costes y generar descuentos, una mayor oferta de productos, la suficiencia para mantener las tiendas abiertas todos los días del año y facilidades financieras para fraccionar los pagos son las ventajas con las que cuentan las grandes superficies. Desequilibrios con los que el pequeño comercio trata de lidiar a base de “diferenciación”. Helena Schneider, gerente de la Asociación de Comerciantes del Barrio de las Letras, en Madrid, opina que el único camino posible es “ofrecer a los clientes algo diferente, original”, además de “una experiencia de compra distinta: combinar el momento de ocio, por ejemplo con una tarde de paseo por el barrio, y el momento de consumo. Eso es algo que un centro comercial no te da”.

En cuanto a la liberalización de horarios, Schneider lamenta que “es imposible competir en igualdad, porque la mayoría de tiendas del barrio son atendidas por una o dos personas”, si bien “lo importante es abrir en los momentos clave”. Además, la portavoz incide en la importancia de “hacer barrio, generar sinergias con los vecinos”. Además, claro está, de la vertiente ecologista y el urbanismo. “Los pequeños comercios consumen mucha menos energía que los centros comerciales”, señala la arquitecta Elena Sarmiento. “Por cada metro cuadrado de espacio en un centro comercial una tienda de barrio consume hasta tres veces menos energía. Los comercios locales y los mercados de barrio cuentan con más productos locales o cultivados en la zona cuando muchos de los productos que encontramos en las estanterías de un centro comercial han recorrido cientos de miles de kilómetros”, añade.

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Cuentos de Navidad en El Corte inglés: De niña a mujer

El Corte Inglés

Crónica incluida en La Marea 45, a la venta aquí

Me encantan los grandes almacenes. No voy nunca, pero me gustan mucho. He pasado dos años y medio sin comprar en El Corte Inglés; la última vez me trataron mal, arrogantemente, presenté una reclamación y no me hicieron ni caso. Y soy así de rencoroso. Ah, ¿que no me prestáis atención? Pues os vais a enterar: haré un boicot personal, que es como hacer una huelga de hambre sin decírselo a nadie, lo concedo, pero a mí me producía satisfacción que fuesen pasando los meses y yo sin dar mi brazo a torcer. Entro esta mañana. Navidad, dulce Navidad. Los carteles dicen: porque nos gusta regalar. Pero no veo que regalen nada. Los altavoces anuncian que a El Corte Inglés le encanta la Navidad y quieren compartirla: pero tampoco veo a nadie compartiendo en ningún pasillo.

Subo directamente a la planta de lencería con mi compañera. Quiero comprarme un kimono de seda (sí, he acabado por rendirme). Encontramos uno que nos gusta. La dependienta le pregunta la talla. Es para mí, le digo. Ni el más mínimo gesto de sorpresa en su cara, ni una duda. Una profesional, una auténtica profesional. Me lo pruebo. No me queda mal. Digo a la dependienta que me lo llevo. No parece alegrarse. No me mira ni una vez.

Me encantan los grandes almacenes, ya lo he dicho. Porque muestran exactamente lo que es la sociedad; no lo que podría ser, lo que desearíamos que fuera. Sino que son un espejo cruel de lo que somos. ¿No te gusta? Te aguantas. Los grandes almacenes son un negocio tan aséptico como una sala de operaciones. De hecho, viven de nuestras enfermedades. Ellos no operan, tan sólo hacen la radiografía y te venden lo que pueden de acuerdo con tus síntomas, no para curarlos, para acentuarlos. Ahí está el beneficio. Si tuviesen algún impulso ético, pondrían, por ejemplo, la moda infantil junto a la de ropa masculina, para educar. Para mostrar eso de que otro mundo es posible. También los hombres deben ocuparse de comprar la ropa a los hijos. Chorradas. No pidamos peras al olmo ni corazón al capital.

Seductora y madre
La moda infantil se vende al lado de la lencería femenina, y así se satisfacen dos de los roles esenciales de la mujer en nuestra sociedad: seductora y madre. No al mismo tiempo, pero las dos cosas. Madre cariñosa que busca al niño la ropa más chula de la temporada, que lleva al niño limpio y a la última moda (no es inocente que no estemos en ropa infantil, sino en moda infantil: también los niños sometidos a su dictado). Y luego, en cuanto los niños estén en la cama, se quita la ropa de faena y por debajo muestra esas transparencias, esas puntillas, ese cuerpo preparado como un regalo, Navidad, dulce Navidad, para que el marido la desenvuelva. Cuando era adolescente me gustaba ir a la sección de lencería de El Corte Inglés. Espoleaba mi fantasía, complementaria de las que debe espolear en las mujeres que pasean hoy entre bragas de seda y sujetadores transparentes: la fantasía de seducción, de ser deseada, irresistible. Cuando era adolescente debía de llevar una vida muy triste para que aquello me pusiese, pero qué le vamos a hacer. Uno puede, hasta cierto punto, elegir quién va a ser, pero no quién ha sido.

Continúo caminando entre bragas y sujetadores y otras prendas cuyo nombre ignoro. Me detengo delante de una mesita con un cartel que dice: bragas rojas y cajita, 6,95 euros. Y entonces caigo en que en una sola planta están contenidos no los dos, sino los tres roles esenciales de la mujer en nuestra sociedad; no, no sólo es una madre maravillosa y una seductora irresistible. También es una niña. Una niña tierna e indefensa y los hombres sentimos un enorme placer en protegerla. No tengas miedo, cariño, estoy yo a tu lado. Las cajitas a juego con las bragas rojas llevan la cara de Minnie Mouse.

Y entonces me fijo en que la decoración navideña está plagada de animalitos y personajes como de dibujos animados. Qué monos esos renos, qué lindos los monigotes. Ah, y ese pijama con capucha y orejitas de osito. Mi amor, cómo me gusta que seas tan niña. Subo de una carrera a la sección de ropa de hombres; en efecto, allí no hay figuras infantiloides. Es todo más sobrio, más serio. Tan masculino.

Regreso a lencería. Joder, no debe de ser fácil ser mujer, cumplir con tres roles tan diversos, y eso casi sin moverse del sitio. Ser mamá y ser la niña, ser la niña y ser seductora, ser seductora y ser mamá. Me encantan los grandes almacenes. Son de una sinceridad impresionante. Tengo que venir más a El Corte Inglés. Para no olvidarme de en qué mundo vivo.

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