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¿La república catalana será de izquierdas?

Banderas independentistas en la Diada. | La Marea

Con frecuencia, a las personas de izquierdas que tenemos dudas sobre la conveniencia de la independencia de Catalunya, se nos da el argumento de que una República catalana puede ser más de izquierdas que el actual Estado español. Este argumento es la base de la decisión de mucha gente que ha optado por el independentismo desde la izquierda. Dentro de mi laberinto emocional de dudas, quiero hacer un ejercicio de reflexión pública al respecto.

Asumiré que, por “más de izquierdas”, muchas personas entendemos un sistema más democrático, incluyendo la independencia judicial, y con más derechos sociales y civiles. Imaginando que el 1-O hubiera un referéndum con garantías en que ganara el sí a la independencia que permitiera implementar la Llei de transitorietat, voy a intentar poner a prueba la hipótesis antes formulada a partir de la información que conocemos actualmente, a saber, que una República catalana será más de izquierdas, en estos momentos, que el actual Estado español.

Democracia

Para empezar, que la ciudadanía elija la jefatura de estado es más democrático que la sucesión hereditaria. Según la Llei de transitorietat, la elección  del presidente de Catalunya seguiría siendo a través del Parlament.

En contraste con este posible avance, ¡qué lástima que los procedimientos de aprobación de las recientes leyes catalanas de referéndum y transitoriedad hayan adolecido de tantos defectos legales y fueran tan esperpénticas!

En la actualidad, hay múltiples ejemplos que ponen en entredicho el espíritu democratizador de la mayoría política española, desde no permitir el voto en un referéndum con garantías en Catalunya, hasta la famosa reforma exprés de la Constitución para modificar el artículo 135 o la negativa del Congreso Español a que se realizara un referéndum para que la ciudadanía votáramos el TTIP -negativa apoyada por PP, PSOE y CiU, entre otros (aquí sí iban cogiditos de la mano)-. En cualquier caso, probablemente el mayor ejemplo del miedo a mejorar la participación democrática de la ciudadanía es la cerrazón del sistema español a realizar, en un momento de crisis sistémica como el que llevamos viviendo desde el 2008, un nuevo proceso constituyente o, cuanto menos, reformas constitucionales de calado de una forma participativa. La independencia de Catalunya pueda ser un revulsivo para regenerar España o puede llevar a una involución hacia una España aún más casposa.

Por el contrario, la Llei de transitorietat catalana es prometedora en cuanto a opciones de participación democrática de la ciudadanía. En su título VII, se refiere explícitamente a un proceso participativo de la ciudadanía con carácter vinculante durante la elaboración de la nueva constitución catalana. Dicho proceso participativo puede llevar a soluciones democráticas y de mejora de los derechos de la ciudadanía dada la tradición de participación democrática en movimientos asociativos de una parte importante de la población catalana, por el hecho de que la sociedad catalana está un poco más escorada a la izquierda que la española, y porque puede haber más tendencia de las personas de izquierdas a participar en procesos colectivos de toma de decisiones como éste. Por otra parte, si continúa la escalada del conflicto entre Catalunya y Espanya, puede haber un cierre de filas que lleve al independentismo a aceptar, en un contexto de doctrina del shock, “casi cualquier cosa”, como habrían hecho la CUP y ERC con esta Llei de transitorietat.

Gran cantidad de leyes españolas derivan de la legislación europea, a veces para bien, como en temas medioambientales, y a veces para mal, como en derechos sociales y económicos. Los mecanismos de elaboración de la legislación europea son desgraciadamente más opacos y lejanos de la ciudadanía si cabe que los de la legislación española. La República catalana, al menos, transitoriamente, también aspiraría a seguir ciñéndose por los tratados de la Unión Europea (artículo 4 de la Llei de transitorietat), con lo que nos quedaríamos igual en cuanto a pérdida de soberanía popular. Dudo que la actual mayoría social y política catalana vayan a cuestionar la legislación europea.

Independencia judicial

La independencia judicial lleva muchos años de capa caída en España (juicio Noos, doctrina Botín, 4F, cierre de Egunkaria…). No ha ayudado la política de indultos, cuando el fallo judicial no ha agradado el gobierno de turno. El hecho de que el gobierno español nombre al Fiscal general del estado y que el congreso y el senado nombren al Consejo general del poder judicial y al Tribunal constitucional cuestionan en gran medida la independencia de los órganos de gobierno del poder judicial español. El poder judicial transitorio catalán adolecería de la misma falta de independencia política (ver el título V de la Llei de transitorietat). Aquí, el proceso de independencia empieza mal.

Derechos sociales y civiles

Para la mayoría de derechos sociales y civiles, la Llei de transitorietat se ciñe básicamente a la legislación española actual (ver titulo III). Esto asume toda la pérdida de derechos laborales y civiles que hemos tenidos en los últimos años en España, con el frecuente apoyo de CiU. Me parece decepcionante que ERC y la CUP y las entidades independentistas, que tienen un cariz en general progresista, no hayan sido más exigentes hasta ahora en este sentido.

La reciente aprobación provisional del CETA, el acuerdo de libre comercio de la UE y Canadá, sería asumida al menos provisionalmente por la República catalana, cosa que también ataca a nuestros derechos. Por otra parte, la reciente introducción de la Renta garantizada de ciudadanía en Catalunya es una noticia esperanzadora.

En cuanto a los derechos civiles, el balance español es muy preocupante en los últimos 10 años, después de un importante avance con el matrimonio de personas del mismo sexo en 2005. La actual persecución esperpéntica de la organización del referéndum (¡en busca de la urna perdida!), promovida por un sistema judicial que con demasiada frecuencia parece no mostrarse neutral políticamente, nos evoca otros múltiples ejemplos. Podríamos recordar la ley mordaza, las devoluciones en caliente, la falta de investigación de presuntas torturas en España,…

En Catalunya, también ha habido en el pasado ejemplos de decisiones por parte de diferentes gobiernos que cuestionan derechos civiles, como el uso de las balas de goma. Por el contrario, Catalunya fue pionera en la introducción de cámaras en comisaría, tal y como venían solicitando organizaciones de defensa de derechos humanos desde hacía años.

Respecto a la adquisición de la nacionalidad catalana, la Llei de Transitorietat obliga a residir durante 5 años en Catalunya para adquirir la nacionalidad catalana entre quienes no hubieran nacido en Catalunya o no tuvieran previamente la nacionalidad española y estuvieran residiendo en Catalunya a fecha de 31/12/2016. Es una mejora respecto a los 10 años de residencia legal en España que se necesitan para adquirir la nacionalidad española, pero ¡che!, ya que queremos hacer un nuevo estado más apañado, podrían haber sido más inclusivos con la ciudadanía catalana de origen no español.

Todo esto parece indicar que, con sus sombras, los derechos sociales y civiles en una Cataluya independiente podrían ser un poco mejores que en el actual Estado español, aunque tampoco para tirar cohetes. Cabría esperar que el proceso participativo en la transitoriedad a una República catalana pudiera mejorar los derechos sociales y civiles de la ciudadanía.

¿La república catalana sería más de izquierdas?

A falta de incluir otros parámetros que podrían ser muy importantes, como la respuesta internacional al referéndum, el grado en que llegue a escalar el conflicto España-Catalunya…, parece que, efectivamente, una República catalana podría ser sensiblemente más de izquierdas que el actual Estado español.

Sin embargo, no parece que la mayoría de liderazgos independentistas tengan -paradójicamente- especial afán democratizador, más allá del referéndum y el proceso participativo para hacer la nueva constitución. El referéndum y el proceso participativo en sí pueden ser un avance democrático sustancial, pero pueden quedarse cortos ya que dichos liderazgos, de hecho, no aspiran a trascender el dogma neoliberal, tan contrario a la soberanía popular.

Sería el proceso participativo para elaborar la constitución catalana la oportunidad en que la sociedad catalana pudiera corregir dicha falta de ambición democratizadora de los liderazgos políticos, si bien existe el riesgo de que la sociedad se ciegue con la bandera y no aproveche dicha oportunidad. En caso contrario, de aquí a 20 años, la sociedad catalana podría mirar atrás y tener sensaciones parecidas al ver la Transitorietat catalana como actualmente tenemos muchas personas al ver en perspectiva la Transición española. Dichas sensaciones oscilan entre el TINA (There is no alternative) thatcheriano y la sensación de haber sido víctimas de una estafa.
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Un madrileño en busca de reafirmar sus prejuicios en la Diada

Celebración de la Diada 2017, en Barcelona. Foto: A.M.

El pensamiento ilusorio es uno de los mayores peligros a los que tiene que enfrentarse un periodista. Llegar a un lugar lleno de prejuicios y buscar los hechos que afloran múltiples en la realidad compleja para encajarlos en su relato predeterminado y así presentar un informe que se ajuste a lo que ya pensaba antes de mover las botas. Nadie está libre de ese pecado, del que hay que huir siempre que se pueda. Para ello hay que ser honestos con los hechos y capaces de cambiar las ideas preconcebidas.

No seré yo el primero que acuda a Barcelona desde Madrid buscando encontrar lo que el imaginario colectivo creado en los medios, por nosotros los periodistas, dice que está pasando con el independentismo. Sin embargo, desde mis postulados de izquierdas lo que esperaba ver dista mucho de lo que parece normal deducir. Mi visión de clase buscaba encontrar una movilización eminentemente burguesa, una teatralización festiva de una manifestación reivindicativa. Si bien es cierto que existen claves que así harían definir la Diada, sería una falacia decir que la mayoría de los que ayer asistieron pertenecen a esa clase de manifestante. No lo vi, no puedo afirmar lo que venía a confirmar. No es así.

Alojado en Nou Barris en casa de unos familiares salgo para ‘Santako’ donde Ada Colau, los comunes y Pablo Iglesias se refugian en la periferia obrera para su acto mientras Albano Dante realiza el suyo en pleno centro de Barcelona, en la zona cero de la Diada. Una separación, que ya es física, que indica el lugar en el que se encuentran ambos cuando el independentismo saca músculo en Passeig de Gràcia.

No encuentro imaginería independentista en el trayecto de Nou Barris al Can Zam de Santa Coloma. Escasas esteladas salpicadas en el paisaje urbano pero con poca presencia. Es temprano. Unas horas antes de la Diada y lejos de los actos reivindicativos principales. Eso sin duda influye. Una mujer de mediana edad, con la camiseta de Podemos y su pañuelo a juego, me explica su postura sobre la independencia: “Queremos respeto, yo no soy independentista, pero me estoy planteando muy seriamente votar que sí el 1-0 como voto de castigo”.

Acaba el acto y vuelvo a Nou Barris. No hay nada en carrer Argulló que indique que es un día para tomar la calle y mostrar efervescencia independentista. Pero sí deja claro que es una jornada festiva en la que los obreros descansan. Un día de asueto. Con comercios cerrados, poca gente en la calle y algunos trabajadores sentados en las terrazas de los escasos bares que no saben de moscosos. No capto ardor secesionista pero sí un imaginario compartido con el de cualquier barrio periférico de Madrid.

El metro de Via Júlia a las 16:15 no es diferente al de cualquier otro día no laborable. Mucha tranquilidad y nada que haga indicar que es el día de expresar en público el sentimiento de pertenencia catalán ni las ambiciones independentistas. Me llama la atención que hasta Guinardó no sube nadie al metro con una bandera catalana. En Verdaguer comienzan a aparecer camisetas del sí y esteladas. Es lo más cerca que estuvieron de verse confirmados mis prejuicios iniciales.

La salida del metro en Gràcia me abruma. No se puede andar por el centro de la cruz de la inmensa movilización. Ancianos sentados en sillas plegables, familias que enarbolan a niños en sus hombros con banderas como capa. Una diversidad de razas, edades, ideologías y orígenes que no pueden ser desdeñados ni ignorados. Cantan Els Segadors a una voz y de forma espontánea tras el minuto de silencio por las víctimas del atentado en Cambrils y La Rambla. Pasa al lado mío un punk con camiseta del Che y una estelada como cinturón, mientras unos hombres de mediana edad toman un Spiced Alfonso con camisetas fluorescentes del sí en unos veladores del exclusivo Beluga Bar de Gran Vía de les Corts Catalanes.

La manifestación es masiva, apabullante. Desborda cualquier calle próxima al trazado oficial llenándolas de camisetas pidiendo un referéndum, esteladas con glamour, otras de plástico, vendidas por migrantes expertos en cualquier resquicio para ganarse la vida, y algunas añejas que ya han perdido el color hasta hacerse más parecidas a una raída confederada extraída de un campo de batalla.

Leones rampantes del Ducado de Brabante en solidaridad con las reivindicaciones independentistas se unen al corifeo visual de pendones cuando entro en Plaza Catalunya. La épica se termina allí. Los altavoces de Catalunya Ràdio hacen difícil escuchar al de al lado, ahogan los posibles gritos reivindicativos y la manifestación se convierte en un paseo de domingo y una feria de merchandising de la Assemblea Nacional Catalana. Entre los escasos hilos de conversación que puedo mantener bajo el ruido de la transmisión de la radio pública solo encuentro súplicas de respeto a un sentimiento. Se palpa el hartazgo y la desconexión de España de muchos catalanes de buena voluntad que hablan conmigo rogando comprensión. Encogen los hombros cuando les pregunto si comparten la forma en la que se ha llevado a cabo la ley de transitoriedad y del referéndum: “¿Y qué hacemos?”

Acaban los principales actos de la Diada y me voy andando en dirección al Raval. Sigo observando por el camino la panoplia inmensa de identidades unidas bajo la idea del independentismo. Llego a la plaza de Vázquez Montalbán y me paro frente a Casa Leopoldo pensando. Agacho la cabeza y busco el número 11 de la Calle de la Botella para quedarme frente a la casa de Manolo como forma de expiación por el mal al que estuve a punto de sucumbir, dejar que mis prejuicios dictasen la realidad. Escuchen a los catalanes, a todos. Lo que ayer ocurrió por sexta vez desde el año 2012 no lo para el Tribunal Constitucional por muchas resoluciones que emita.
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Laberinto emocional y dos grandes dudas ante el 1-0

cataluña 1-0 referéndum

El conocimiento neurocientífico actual da cada vez más protagonismo a las emociones en nuestra participación en el mundo y en la modulación de nuestras cogniciones, nuestros pensamientos. Por ejemplo, según la hipótesis del marcador somático del neurocientífico António Damasio, ganador del Príncipe de Asturias, nuestros recuerdos emocionales son básicos en nuestras tomas de decisiones. Dichos recuerdos nos guiarían de forma inconsciente en qué opciones son más y menos adecuadas ante una determinada decisión a tomar.

Asimismo, desde la psicología social, hace ya décadas que se ha venido estudiando los mecanismos por los que las personas tendemos a intentar integrarnos y ser fieles al grupo con el que nos identificamos y a diferenciarnos de los grupos a los que creemos no pertenecer.

El periodismo y la política actual y las redes sociales parecen haberlo entendido muy bien y, a mi juicio, lo están potenciando en general. Gran parte de los mensajes de las personas y de las personas periodistas respecto al 1-0 así lo muestran.

Quiero compartir mi gran laberinto emocional con todo lo que está pasando respecto al conflicto Catalunya-España. Me da la sensación de que comparto muchas de las emociones que estoy sintiendo respecto a este tema con muchas otras personas, aunque no las solamos expresar.

Siento muchas emociones.

Siento mucho cariño y amor a mi gente, mayoritariamente independentistas y soberanistas de izquierdas en Barcelona y alrededores y de más variado arco político en otras partes del Estado.

Siento envidia y admiración por la fuerza, por la capacidad de aglutinar y de crear ilusiones y de generación de argumentos, y por la acción pacífica, inclusiva y masiva del movimiento independentista catalán.

Siento tristeza porque el mayor ciclo de movilizaciones ciudadanas que yo conozco desde que nací se asocie con un tema nacional y de ruptura y no por otros problemas que considero más acuciantes para la humanidad, como la crisis ambiental.

Siento mucha rabia hacia los nacionalistas españoles que nos gobiernan ante la negativa de permitir un referéndum de autodeterminación de Catalunya con garantías, en aras de unos supuestos principios democráticos y legales que con frecuencia violan, así como por la gestión puramente legalista y cortoplacista de un problema social y político de largo recorrido. También siento rabia hacia ellos por el hecho de que nieguen la crisis sistémica que persiste en España (política, económica, judicial…) y que se nieguen a emprender una regeneración social, política y económica.

Siento esperanza al percibir interés genuino por muchas personas de España para conocer las motivaciones del independentismo y/o su apoyo a un referéndum con garantías como solución al conflicto.

Siento miedo ante las manifestaciones masivas de sentimiento nacional y ante la tendencia humana a la sinécdoque, a considerar la parte como el todo (Catalunya quiere la independencia, España no tiene remedio, los musulmanes son terroristas, los occidentales son degenerados…).

Siento tristeza ante la falta de empatía de muchos españoles al no querer ver que la mayoría de catalanes consideramos Catalunya un sujeto político soberano y por parte de muchos catalanes que no parecen recordar que la mayoría de españoles consideran España como un sujeto político soberano.

Siento rabia por las manifestaciones de odio hacia otras identidades nacionales u orígenes (anticatalanismo, antiespañolismo, antiandalucismo…), por el anti-islamismo, por el machismo y por bajezas parecidas y tan frecuentes.

Siento cariño hacia mis amistades catalanas, al sentir muestras de anticatalanismo, como hacia mis amistades andaluzas, al sentir manifestaciones anti-andaluzas.

Siento gran tristeza ante cualquier acto de violencia aquí, allá o acullá, que venga justificado por cualquier bandera, religión o ideología.

Siento alegría por la reacción de la mayoría de la población de Catalunya posterior a los recientes atentados en repudio de la violencia y a favor de la convivencia y el respeto.

Siento miedo ante la presión que estoy sintiendo por definirme en el blanco o en el negro, cuando lo que siento tiene muchos más colores y a que esta presión derive en “linchamiento” hacia quienes manifestamos matices y dudas.

Siento tristeza y rabia ante el esperpento que se vivió en el Parlament català los pasados miércoles y jueves.

Siento agradecimiento por la empatía que estoy recibiendo de amistades y familiares ante mi vivencia de este proceso.

Siento alivio al recordar, desde una perspectiva histórica, la disminución en los niveles de violencia con la consolidación de los estados-nación (ver por ejemplo el libro Sapiens: de animales a dioses, de Yuval Noah Harari).

Siento esperanza al leer en la Llei de transitorietat que habría un proceso participativo para elaborar la constitución catalana en un contexto de mayoría social de centro izquierda en Catalunya.

Siento decepción al leer en la Llei de transitorietat que ésta no avanza en derechos sociales más allá de la Constitución e spañola, al leer que, según dicha ley, los residentes en la actualidad en Catalunya sin nacionalidad española lo tendrían difícil para adquirir la nacionalidad catalana y al ver la falta de independencia política del poder judicial que emana dicha ley.

Siento mucho miedo ante la escalada de tensión que se está manifestando en el conflicto sociopolítico Catalunya-España.

Por esto, no siento alegría al ver la ilusión de gran parte de mis amistades independentistas ante la Diada y ante el 1-O.

Ante todo este laberinto emocional, me surgen dos grandes dudas. La primera es que el 1-0 haya un referéndum con un mínimo de legitimidad que ayude a resolver el actual conflicto. La segunda, qué hacer, si hay referéndum/movilización, como ciudadano catalán (no votar, votar Sí, votar en blanco o No; encuentro emociones y argumentos para todas las opciones); los acontecimientos venideros me ayudarán a decidirme.

* Jordi Ortiz Gil es socio cooperativista de La Marea y neuropsicólogo.

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