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‘Síndrhomo’, una historia de venganza y desahucio

'Síndrhomo'

En 1997,  el Ayuntamiento de Valencia, con Rita Barbeará al mando, anunció el que iba a ser uno de sus proyectos arquitectónicos estrella: la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez hasta el mar. Esto significaría dividir el barrio del Cabanyal en dos y, como consecuencia, muchas familias podrían perder sus casas. El mastodóntico plan –que llegó hasta el Tribunal Constitucional– fue paralizado en un primer momento por el gobierno de Felipe González hasta que finalmente se llevó a cabo con la bendición de Aznar cuando este ganó las elecciones en el año 2000. Su ejecución afectó a cerca de 1.500 familias que tuvieron que desalojar sus casas. Sobre esta tragedia que afectó a cientos de hogares quiso reflexionar la dramaturga argentina afincada en Valencia María Cárdenas en su obra Síndrhomo. La escribió en 2015 como una pieza corta para el festival Cabanyal Intim y en un principio pretendía ser una reflexión sobre la tragedia de enfrentarse a un desahucio. Más tarde, viendo las posibilidades de la obra –y que gustó– decidió añadir un personaje más y hacer una versión más larga. En 2016 se estrena en la sala Ultramar de Valencia lo que le valió no solo el reconocimiento del público sino un Premio Max 2017 a Mejor Autoría Revelación. Ahora se representa en Madrid hasta el próximo 16 de julio en la sala Cuarta Pared.

La obra la protagonizan dos hermanos. Uno vive en el barrio del Cabanyal, en la casa donde ha vivido desde pequeño con sus padres y que ahora le quiere quitar el Ayuntamiento, y la otra es partidaria de venderla. “Si bien está centrada en el Cabanyal luego la abrimos a los desahucios, en general. Esta lacra afecta a muchas personas que están olvidadas, que están en paro y que son marginadas por su condición”, asegura la dramaturga.

Pero la función no solo se reduce a los desahucios, cada uno de los personajes tiene su propia lucha. Está la del hermano que se niega abandonar la casa porque padece el síndrome de Diógenes, un trastorno que se caracteriza por la acumulación de basura; la hermana que está en el paro, se encuentra abandonada a sus adicciones y necesita dinero para mantener a su hijo; y un tercer personaje que hace las veces de catalizador entre ambos, es transexual y además extranjero.

“Quería que los personajes tuvieran sus propias historias. Creé el tercer personaje argentino porque me apetecía escribir en mi propia lengua y además quería hablar sobre el tema de la inmigración”, explica Cárdenas. La obra trasciende en su temática cuando la miramos en su conjunto y entendemos que al final todo se reduce a una cuestión básica que lleva atormentando a la humanidad desde que esta evolucionó del mono: la lucha de los desfavorecidos contra los poderosos.

El síndrome de Diógenes que padece el hermano le lleva a planear una cruzada contra un apocalipsis ficticio en cuanto a la definición real del término pero muy real si lo enfocamos en su propio universo. Su encierro, aunque responde a la enfermedad, no es gratuito. Sabiéndose perdedor en su lucha entre David y Goliat urde una venganza que se materializa gracias a la basura que va acumulando y que en realidad son partes de las casas de sus vecinos que han sido ya desahuciados.

Esta es una historia de resistencia. De locura también, pero sobre todo de hartazgo. No querer ser más un peón en una partida de ajedrez que nadie te ha preguntado si quieres jugar. “Quería que ella (la hermana) fuese la luz en esta historia de venganza y dolor”, afirma la autora. Las luces que se apagan y se encienden con el capricho de un niño que se aburre y pulsa el botón a su antojo se ve reflejada en el escenario por varias lámparas que cuelgan en el techo. Una luz por cada personaje, que brilla de forma continua ante la atenta mirada de su público. Como la vida misma. Una historia de venganza y desahucio.

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