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3.728 días sin conferencia de prensa

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, celebrando su victoria electoral. FOTO: Fundación Ong DE Nicaragua

MANAGUA (NICARAGUA) // La primera vez que viajé a Nicaragua fue en octubre de 1984, dos semanas antes de que se celebraran las elecciones presidenciales que consolidarían el poder revolucionario del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), la guerrilla que había tumbado cinco años antes a la dinastía de los Somoza.

Un gobierno de transición se enfrentaba a grupos armados contrarrevolucionarios financiados por la CIA e intentaba sostener un sistema económico que hacía aguas por todas partes. El descontrol era de tal calibre que el dólar se cambiaba en el mercado negro a 300 córdobas, casi 11 veces su valor oficial: 28 córdobas.

Hasta un periodista pobre como yo (capaz de dormir en hoteluchos de dos dólares en Guatemala y El Salvador, países que había visitado las semanas anteriores), se reconvertía de la noche a la mañana en alguien que podía permitirse el lujo de alquilar un taxi para todo el día y enviar cajas llenas de libros a España gracias a las tarifas abusivamente baratas del servicio de Correos.

Como venía de países centroamericanos donde la vida no valía nada y las amenazas contra los periodistas eran permanentes, Nicaragua me pareció un remanso de paz a pesar de que en algunas regiones norteñas la guerra civil era muy mortífera.

El asesinato de Pedro Joaquín Chamorro en 1978, editor del diario La Prensa, fue uno de los motores que generó la indignación de la mayoría del pueblo nicaragüense y contribuyó a la caída del régimen de Somoza y a que los sandinistas alcanzaran el poder. Después del triunfo de la revolución, el hijo de Pedro Joaquín Chamorro, Carlos Fernando, se convirtió en editor del diario Barricada, el órgano oficial del sandinismo.

Pero los medios controlados por los sandinistas y los de la oposición, encabezados por La Prensa, parecían que hablaban de dos Nicaraguas completamente distintas, aunque había facilidades para llegar a las zonas más conflictivas e informar sin necesidad de filtros. Incluso podías tomar contacto con los grupos contrarrevolucionarios en Honduras e incursionar con sus unidades militares en el interior del país centroamericano.

Durante aquellos años volví varias veces a Nicaragua y nunca tuve problemas con las autoridades del país. Jamás me limitaron el acceso o me confiscaron mi material periodístico o fotográfico y siempre me renovaron la acreditación de prensa con suma rapidez. Era sorprendentemente fácil trabajar en un país tan golpeado por la violencia y el bloqueo económico.

Las elecciones de febrero de 1990 se desarrollaron con bastante tranquilidad, quizá porque ni el más recalcitrante entre los sandinistas imaginó que podían ser derrotados en las urnas, como así ocurrió.

El único periodista que adelantó la noticia de que las elecciones las iba a ganar la líder de la oposición, Violeta Barrios de Chamorro, fue el español Jorge Hugo Melgarejo, corresponsal de Radio Vaticano. Recuerdo que yo mismo me quedé muy sorprendido cuando me lo contó y fui incapaz de aceptar sus explicaciones. Me parecía irreal que el FSLN perdiera las elecciones después de ver las concentraciones multitudinarias en los mítines sandinistas.
Un cuarto de siglo después, le pido a Jorge Melgarejo que me cuente cómo consiguió la información que vaticinó el descalabro sandinista. “Unas horas después de dar la noticia me llamaron mis jefes para preguntarme si estaba seguro de lo que estaba diciendo y si mi fuente era fiable”, recuerda Melgarejo.

El embajador de Nicaragua ante la Santa Sede había llamado a la oficina diplomática en Roma para preguntar si “la posición del Vaticano era la misma que la de su corresponsal de Managua” y, a partir de ese momento, “el gobierno sandinista me bloqueo mis teléfonos para impedir que pudiera enviar mis crónicas a la radio papal”.
El embajador nicaragüense volvió a llamar a Radio Vaticano amenazando con expulsar al corresponsal al que acusaba de llamar “histérico” a Tomás Borge, el poderoso ministro del Interior cuando, en realidad, el periodista había hablado de “líder histórico”.

Jorge Melgarejo consiguió el auténtico scoop gracias a un cargo de la Seguridad del Estado con el que había compartido más de una borrachera. “La encuesta que ha encargado The Washington Post para conocer las preferencias electorales, ha sido realizada por nicaragüenses infiltrados por los servicios de seguridad sandinistas, que han manipulado los datos y han dado el triunfo al FSLN cuando el resultado real reafirma una victoria cómoda de Violeta Barrios de Chamorro”, le confesó la fuente que siempre mantuvo en el más escrupuloso anonimato.

No regresaba a Nicaragua desde octubre de 2006 y me encuentro con un país muy cambiado. Desde hace una década ocupa el poder el líder sandinista Daniel Ortega, que ha alterado la Constitución para consolidar un tercer mandato consecutivo, conseguido en noviembre del año pasado en unas elecciones presidenciales sin oposición política y con muchas dudas sobre su legitimidad.

Algunos amigos me habían advertido que tuviera cuidado a la entrada en el país y que no me identificase como periodista porque me arriesgaba a que me confiscasen mi material fotográfico. En los últimos años periodistas extranjeros han visto cómo sus equipos eran retenidos por la policía fronteriza en el aeropuerto al carecer de un permiso oficial para introducir material sensible.

Pero consigo pasar el control de pasaportes con inusitada rapidez y a los 20 minutos de aterrizar ya tengo el equipaje de bodega en mis manos y espero a que me vengan a recoger fuera de la terminal aérea.

“Desde el 10 de enero de 2007 van 3.728 días sin que el presidente inconstitucional, Daniel Ortega, ofrezca una conferencia de prensa”. Este recuadro aparecerá hoy lunes 27 de febrero de 2017 en la página de Política de La Prensa, el principal periódico opositor en Nicaragua, un recordatorio diario para que nadie olvide que el actual mandatario no se enfrenta a una rueda de prensa desde el mismo día en que se convirtió, otra vez, en presidente de Nicaragua.

El presidente Ortega gobernó el país entre 1979 y 1990, pasó 16 años en la oposición y ganó las elecciones en 2006 tras un pacto con su archiconocido enemigo Arnaldo Alemán, que había sido el presidente en la legislatura anterior.
Tras las elecciones municipales de 2008, con graves acusaciones de fraude, el idilio con los medios independientes finalizó y se produjo un deterioro significativo de la libertad de prensa. Ortega acusó a los medios opositores de “conspirar contra su partido y liderar un campaña basada en el miedo” para evitar el triunfo de su partido. Los periodistas empezaron a ser atacados mientras cubrían las protestas y el 19 de noviembre de 2008 una turba armada destruyó las emisoras de las tres principales radios privadas de la ciudad de León.

La bestia negra de Ortega es Carlos Fernando Chamorro, su antiguo aliado, que abandonó el FSLN hace 20 años para incorporarse al Movimiento Renovador Sandinista, un partido formado por disidentes sandinistas. En 2008 la policía allanó sus oficinas y acusó a Chamorro de canalizar fondos de gobiernos extranjeros para realizar ataques contra Nicaragua. “Nos dijeron que estábamos siendo investigados por lavado de dinero y nos abrieron una causa penal después de llevarse 15.000 folios de contabilidad. El objetivo era aplastarnos”, recuerda Chamorro.

La conocida periodista Sofía Montenegro también fue atacada y sus oficinas registradas después de denunciar al presidente Ortega por prohibir el aborto terapéutico.

Un duopolio controla todos los canales de televisión en la actualidad. El de la familia de Daniel Ortega y el del empresario mexicano Ángel González. Tres hijos del presidente Ortega están al frente de los canales 4, 8 y 13, y el gobierno tiene también bajo su control al estatal 6. El empresario mexicano tiene adjudicados otros 10 canales. El único canal independiente, el 12, nunca ha recibido publicidad institucional desde que Ortega preside el gobierno.

Un mes antes de las elecciones presidenciales de noviembre del año pasado, Chamorro, actual director de Confidencial, denunció que oficiales del ejército estaban espiando las actividades de su revista y que habían intentado sabotear la web en venganza por haber revelado casos de corrupción relacionados con el desvío a manos privadas de la cooperación petrolera de Venezuela.

El veterano periodista considera que su diario digital, que acaba de cumplir dos décadas desde su nacimiento, “hace periodismo bajo un cerco, nos arrinconan como sino existiéramos y nos impiden el acceso a la información pública”. El oficialismo sandinista ha desarrollado campañas contra Chamorro advirtiéndole que “no te puedes meter con nosotros” y presentando su fotografía con la leyenda Wanted (Se busca).

Asegura que las amenazas tensionan su vida familiar aunque trata de ser disciplinado para evitar quedar paralizado por el miedo. “Hay incertidumbre aunque no existen los niveles de inseguridad que hay en países vecinos como Honduras, El Salvador o Guatemala”, confirma quien es considerado la voz más crítica del periodismo en Nicaragua.

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Socialismo y cristianismo

El papa Francisco I La Marea

El pasado mes de noviembre se celebraron en Nicaragua elecciones en las que salió elegido para un tercer mandato el líder del Frente Sandinista, Daniel Ortega. La limpieza democrática de estas elecciones ha sido muy cuestionada desde todos los ángulos del espectro político, y con argumentos muy sólidos, pero no voy a tratar ahora ese tema. Lo que llama la atención son dos términos con los que se define el gobierno de Ortega: socialista y cristiano. Prescindo ahora de cómo entienda Daniel Ortega lo de socialista y cristiano; lo realmente novedoso es encontrar los dos términos unidos. Términos que para muchos son totalmente antagónicos.

Y si vamos a la historia reciente, y no tan reciente, efectivamente el antagonismo no ha podido ser más claro y radical. Durante siglos la postura de la Iglesia jerárquica se ha resumido con el término de alianza entre el trono y el altar. La jerarquía eclesiástica ha sido una de las instituciones fundamentales de los Estados,  defensora del derecho de propiedad, y uno de los principales pilares de las monarquías. Por su parte el socialismo, casi en su totalidad, se presentaba como acérrimo enemigo de todo lo religioso.

Pero lo llamativo es que la jerarquía eclesiástica tomaba esta postura de una manera totalmente incongruente con los principios básicos en que decía fundarse. Todo el Nuevo Testamento y de una forma especial los Evangelios son unos documentos que hoy calificaríamos como radicalmente anticapitalistas. En el Evangelio, Jesús acoge a descreídos, prostitutas y pecadores, pero clama ¡Ay de vosotros los ricos!” (Lucas, 6,24). Anuncia que el Reino de Dios está cerca, pero advierte que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios” (Marcos, 10,25). Señala una alternativa radical: “Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo, 6,24). Parece increíble que con estos principios se pudiera tomar una postura como la que ha mantenido la jerarquía, y todavía mantiene la parte más conservadora de la Iglesia, pero así ha sido.

Por su parte, el socialismo trata de llegar a un mundo justo, donde los seres humanos nos desarrollemos plenamente y vivamos libre y fraternalmente. Pero lo hace partiendo de unas filosofías radicalmente ateas, lo mismo en su versión marxista que anarquista. Se basa en un materialismo total, con lo que olvida algo tan fundamental como el elemento espiritual del ser humano. No tiene un fundamento último en el que apoyar su ética y su moral. De la religión ve solamente una jerarquía defensora de un orden social totalmente injusto, no atiende a que todo el Evangelio empuja a vivir de una manera muy distinta, con unos valores muy cercanos al ideal socialista. Incluso en los Hechos de los Apóstoles, que narra la vida de los primeros discípulos de Jesús, se llega a decir que: “Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hechos, 4,32).

Cuando los dos colectivos podían coincidir en un horizonte de justicia y solidaridad, se han enfrentado en una lucha abierta en que las dos partes han resultado perdedoras. Con ello se ha acabado favoreciendo a la religión del dinero, y permitiendo que sea ésta la que hoy domine en el mundo. ¿No podemos pensar en una nueva utopía en que socialistas y cristianos se unan y se potencien en una lucha por los seres humanos contra la tiranía del capital?

En el campo cristiano, el papa Francisco simboliza esta vuelta del cristianismo a sus orígenes, a su condena de la ambición y del enfrentamiento constante entre los seres humanos a que obliga una competencia despiadada. ¿Podremos socialistas y cristianos dejar el tema de la fe como un asunto privado y unirnos en la lucha por la supervivencia de la humanidad frente a la locura del capital?

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