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Ataques de la Coalición Internacional matan a 40 personas en Siria

Fuentes locales revelaron a la agencia SANA, bajo anonimato, que la alianza militar liderada por Estados Unidos bombardeó intensamente la aldea de al-Buqa’an, cerca de la ciudad de Hajin, junto al río Eufrates, a unos 100 kilómetros al sureste de Deir ez- Zor, matando al menos a 40 civiles, en su mayoría mujeres y niños. …

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La vida después de DAESH

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A finales de agosto, el presidente de Líbano declaraba la victoria de sus tropas sobre DAESH. Una semana antes, fuerzas iraquíes y de la coalición liderada por EEUU recuperaban Tal Afar, uno de los últimos bastiones del grupo terrorista en Iraq. El ministro francés de Exteriores afirmaba esa misma semana a Le Parisien: “En Iraq ya estamos en la fase de posguerra”. Y auguraba el fin de la organización yihadista en Siria. Al cierre de esta edición, las fuerzas kurdas anunciaban la toma de Raqqa, la capital del califato autoproclamado por DAESH. Y en octubre se cumplirá un año de la liberación de Mosul, el principal feudo del Estado Islámico.

DAESH pierde fuerza y, a tenor de los hechos, su fin como organización consolidada y unificada podría estar más cerca que nunca. La experiencia de conflictos anteriores, desde la guerra de los Balcanes hasta la invasión de Iraq o Afganistán, revela que la falta de planes para lidiar con los combatientes que decidan volver a sus países puede ser catastrófica y provocar la dispersión de miles de individuos armados y preparados para atentar. Rob Wainwright, jefe de EUROPOL, califica este problema como la “mayor amenaza de terror en más de 10 años” y advierte sobre ataques inminentes a gran escala. ¿Qué le depara el futuro a los yihadistas de DAESH? ¿Cuál es el plan para gestionar el porvenir de los miles de combatientes extranjeros que integran las filas de esta organización terrorista?

Las estimaciones más fehacientes apuntan a que hay al menos 30.000 extranjeros alistados en las filas de DAESH. La mayoría procede de países como Arabia Saudí, Jordania, Túnez o Marruecos, mientras que aproximadamente uno de cada cinco partió de Europa. La mitad sigue en el frente, un quinto habría fallecido en combate y aproximadamente un tercio tiene la etiqueta de “retornado”, según datos de Soufan, una empresa privada de inteligencia con sede en Estados Unidos.

El reclutamiento de extranjeros por parte de esta organización es considerado oficialmente una amenaza para la paz y la seguridad internacional desde 2014, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU lanzó esta advertencia por primera vez coincidiendo con la creación de esta organización terrorista. DAESH alcanzó su punto álgido en la primavera de 2015, cuando llegó a abarcar gran parte de Siria e Iraq, y alcanzó las fronteras de Turquía, Líbano, Jordania e Irán. A principios de 2016 el Consejo de Europa –consta de 47 miembros, incluida Rusia– definió el perfil del combatiente europeo retornado: varón musulmán (solo el 17% son mujeres) de entre 18 y 35 años, recién convertido al Islam, ciudadano de segunda o tercera generación de familia inmigrante con problemas de aceptación, inclusión y adaptación a su entorno social. Un 20% tiene trastornos psicológicos y el 80% acumula antecedentes penales.

A pesar de los discursos de unidad en los países afectados por el terrorismo, “no hay un plan internacional, cada país tiene su propia estrategia”, explica Pedro Baños, coronel en reserva del Ejército de Tierra y exjefe de Contrainteligencia y Seguridad del Ejército Europeo. Las naciones del Magreb, origen principal de los combatientes foráneos de DAESH, combinan la represión y la disuasión para evitar que los radicales se unan a la yihad –entendida por los fundamentalistas como la guerra santa obligatoria para expandir el reino de Alá en la Tierra– o planeen actos terroristas al regresar. Marruecos, Túnez, Argelia y Egipto emplean esta estrategia, mientras que Libia carece de planes y capacidad para afrontar este problema.

Un claro ejemplo de esta falta de planificación es la Unión Europea, que basa su estrategia contraterrorista en cuatro pilares –prevención, protección, persecución y respuesta– pero deja en manos de cada país la implementación de sus propias medidas de cara a los yihadistas retornados, así como su seguimiento. Por ejemplo, Francia y Holanda retirarán la nacionalidad a los condenados por terrorismo, una medida que aún no contemplan países como España. A mediados de 2016 los gobiernos del espacio Schengen empezaron a compartir sus ficheros con datos de los viajeros que ingresan en Europa (150 millones de personas al año), pero el trabajo conjunto de cuerpos policiales y servicios secretos permanece en el plano bilateral. “Para que exista cooperación, tiene que haber amenaza a nivel europeo, pero no es el caso”, señala Baños, que pone como ejemplo a países del Este con muy poca población musulmana y sin riesgos de atentados.

Este coronel, que actualmente trabaja como analista en la lucha antiterrorista, distingue tres perfiles de combatientes retornados de DAESH: el primer grupo estaría compuesto por los que “vienen endurecidos y con afán e indicaciones de cometer atentados, con deseo de venganza”; le seguirían los “defraudados por lo que han visto”, principalmente mujeres que se sintieron engañadas y cuyo nivel de radicalización es superficial; finalmente, estarían los traumatizados. Al igual que otros expertos en la materia, Baños comparte la necesidad de emplear “medidas represivas” contra el primer grupo, pero advierte de que “no hay que desaprovechar la oportunidad de intentar recuperar a aquellas personas que vengan traumatizadas o decepcionadas”.

Los expertos coinciden en la importancia de comprender las razones que motivaron la aparición de DAESH para combatir el extremismo islamista, y apuntan a la necesidad de desarrollar contranarrativas dirigidas a los retornados, principalmente a los arrepentidos y decepcionados. Así lo explica Juan Alberto Mora, autor de un completo análisis sobre el futuro de los retornados publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos, organismo adscrito al Ministerio de Defensa.

En opinión de Baños, aplicar medidas represivas contra este grupo solo serviría para ahondar en su radicalización, un punto de vista que comparte la libanesa Joumana Gebara, especialista en geopolítica de Oriente Próximo. Gebara detalla puntos para una revisión teórica del Islam a nivel global, y defiende la creación de consejos locales integrados por representantes de distintas etnias, credos y facciones, así como centros para prestar ayuda psicológica sobre el terreno. “Es un plan a corto y largo plazo, no habrá resultados inmediatos e incluso veremos emerger nuevas organizaciones parecidas a DAESH”, explica Gebara desde Beirut por correo electrónico.

“Me temo que DAESH será derrotado política y militarmente, pero la idea no morirá”, lamentaba Nabil Rahim, empleado de una radio de Trípoli (Libia), en las páginas de la revista estadounidense The New Yorker. Antonio Alcolea, filósofo y especialista en geopolítica de Oriente Próximo y el Mediterráneo, subraya el potencial violento de los retornados pero matiza que DAESH fracasó en su intento por captar yihadistas europeos y “solo” logró que unos 5.000 ciudadanos o residentes comunitarios se sumaran a sus filas. Alcolea pone en perspectiva esta cifra con un dato de la guerra entre soviéticos y afganos en los años 80: a pesar de las dificultades para viajar, más de 30.000 extranjeros lucharon para expulsar a la URSS de Afganistán. El peligro es real y latente, pero el alarmismo no contribuye a encontrar soluciones. En su opinión, el Sahel y la periferia de Rusia serán dos de los destinos más atractivos para los atomizados grupos yihadistas en la era post-DAESH, mientras que muchos combatientes reclutados por la fuerza “serán usados como moneda de cambio a nivel territorial” e incluso podrían ser clave para la reconstrucción de Siria e Iraq.

Matarlos a todos

Buena parte de los yihadistas de DAESH son mercenarios, combatientes profesionales y con experiencia procedentes de países con población musulmana que hasta hace pocos años estuvieron en conflicto, como Bosnia, Kosovo, Albania o Chechenia. No van a la guerra por principios, por lo que “volverán allí donde haya otro foco caliente para seguir combatiendo a cambio de dinero”, opina Baños. Libia, Egipto y Afganistán son los tres países con frentes abiertos que, por su cercanía geográfica y cultural (la facilidad del idioma) y por el tipo de conflicto que viven, podrían resultar más atractivos para estos mercenarios a sueldo de DAESH. Los informes de inteligencia señalan que, debido a los problemas de liquidez a los que se enfrenta la organización terrorista, un amplio número de mercenarios ya estaría buscando otros frentes más rentables.

Donald Trump, presidente de EEUU y comandante en jefe del mayor ejército del planeta, promete “matar a tantos [yihadistas] como podamos” como pilar de su estrategia frente a los retornados. “No tendrán a donde ir”, declaró recientemente Ashton Carter, secretario de Defensa estadounidense. Algunos analistas señalan que esta estrategia de Washington aumenta el riesgo de dispersión de yihadistas a nivel internacional. Ya sucedió tras la guerra de Afganistán en la década de los 80, cuando “muchos combatientes se fueron a África del Norte y Somalia para seguir organizándose, sin volver a sus países de origen”, apunta Jean-Charles Brissard, presidente del Centro de Análisis del Terrorismo, con sede en París. Brissard cree que “la respuesta debe ser flexible para adaptarse a cada caso individual” y pide “más cooperación entre los países afectados”. “Lo más importante es hacer que el individuo renuncie a la acción y a la violencia”, sentencia este especialista.

Mónica G. Prieto y Javier Espinosa son dos de los periodistas españoles con más experiencia en Oriente Próximo y acaban de publicar La semilla del odio (Debate), donde repasan la historia reciente de la región más convulsa del planeta. Prieto opina que, dado que “DAESH es una ideología y no solo un grupo estructurado”, muchos yihadistas podrán regresar de forma anónima a sus países de origen para seguir su particular lucha con labores de reclutamiento, ataques en solitario y difusión de propaganda. Ambos consideran que los yihadistas que abandonen el autoproclamado Califato engrosarán las filas de grupos afines en países como Libia, Yemen, Afganistán, Pakistán e incluso Filipinas.

Las experiencias previas en la región ofrecen poca esperanza. Tras la invasión de Iraq, las fuerzas de seguridad leales a Sadam Husein fueron criminalizadas y perseguidas, lo que empujó a muchos soldados iraquíes a la radicalización y acabaron en brazos de Al Qaeda (DAESH aún no existía). También en Afganistán primó el factor sectario, que dio lugar a “una atomización de los grupos armados”, explica Prieto. Espinosa cita el caso excepcional de Indonesia, el país con más musulmanes del mundo, donde existe una intensa cooperación entre el gobierno y el principal partido musulmán, crítico con el ideario salafista que promueven Arabia Saudí y Qatar e inspira a DAESH.

Esa cooperación permite que los líderes musulmanes indonesios difundan argumentos basados en el Corán para rebatir las posturas radicales. “Decir que ISIS no tiene nada que ver con el Islam es un error. Es una versión extrema de un credo religioso, por eso habría que apoyar que sean los clérigos musulmanes (…) los que combatan esta filosofía extrema”, explica Espinosa. Además de recibir clases donde se instruye una versión tolerante del Islam, los exyihadistas de Indonesia también cuentan con proyectos de reinserción a través de la enseñanza profesional. “Hay hasta un restaurante constituido por exmiembros de Al Qaeda”, añade.

Los niños de la yihad

A principios de 2016, DAESH divulgó un vídeo propagandístico en el que un niño británico de solo cuatro años detona un coche con tres prisioneros dentro. Desde el principio, esta organización reclutó a miles de niños en Iraq y Siria a los que adoctrinó e instruyó en técnicas de guerra. DAESH define a esos niños como el futuro de su “califato” y aprovecha su facilidad para, por ejemplo, traspasar fronteras, burlar controles de seguridad y autoinmolarse.

Las cifras oficiales señalan que, por ejemplo, ya hay más de 2.000 niños en las cárceles iraquíes, la mayor parte procedentes de las filas de DAESH. Ninguna experiencia histórica es comparable al adoctrinamiento que reciben los niños soldado de la organización terrorista aunque algunas pueden servir de inspiración. Por ejemplo, tras la guerra civil de El Salvador, el 84% de los niños soldado respondieron que la familia fue el elemento más importante para su reintegración, según una encuesta de la revista Biomédica.

La mayoría de los niños de DAESH procede de comunidades pobres, afectadas por conflictos con presencia de ejércitos extranjeros y vulnerables a los discursos radicales cargados de odio. Las escuelas vuelven a abrir en lugares hasta hace poco ocupados por los terroristas, pero encontrar profesorado cualificado y capaz de lidiar con temas complejos como el radicalismo o los traumas psicológicos resulta difícil. Los gobiernos occidentales ya han empezado a mostrar interés por estos programas de rehabilitación, pero sus esfuerzos siguen centrados en la acción militar. Un reportaje de The Economist sobre los niños soldado de DAESH concluía así: “Que los cachorros yihadistas de hoy no se conviertan en leones dependerá mucho del tiempo que dediquemos a esto”.

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“Solución final” contra los musulmanes

Un musulmán pasea por una calle de París. FOTO: TERESA SUÁREZ.

En la madrugada del 23 de mayo, pocas horas después del atentado en el Manchester Arena, Katie Hopkins, columnista del Daily Mail y principal representante mediática de los sectores que sueñan con un movimiento político en el Reino Unido cuyo eslogan sea Make Britain Great Again, tuiteó lo siguiente: “22 muertos y subiendo. […]. Necesitamos una solución final. #ManchesterArena”. Pasados unos minutos, al ver la reacción de decenas de usuarios que la acusaban de hacer referencia a un concepto forjado por el nazismo, Hopkins cambió “solución final” por “solución verdadera”. La extrema derecha británica, aquella que impulsó el voto favorable al Brexit, aprovecha cada atentado en territorio occidental para normalizar nuevas ideas y estrategias contra la comunidad islámica, actualizando una agenda internacional antimusulmana que tiene como principal vocero al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

“Hombres occidentales. Estas son vuestras mujeres. Vuestras hijas. Vuestros hijos. Levantaos. Alzaos. Exigid acción. No continuéis como si nada. Intimidados”. Así proseguía Hopkins con su llamamiento a un levantamiento en contra de los musulmanes durante la jornada posterior al sanguinario atentado. El editor del portal de noticias Spiked, Brendan O’Neill, sumó su voz a la estrategia de la extrema derecha, a pesar de autodefinirse como izquierdista, apelando a los británicos a no mantener la calma y a dejarse llevar por el odio que sentían después de la tragedia sufrida.

“Odio la ideología que sustenta esa barbarie. Quiero destruir esa ideología. No me siento triste, me siento apoplético. Otros sentirán lo mismo, pero si expresan esta emoción después del terror corren el riesgo de ser calificados como arquitectos del odio, contribuyentes a futuros actos terroristas, racistas, etc.”, apuntaba O’Neill en su editorial, que criticaba que la reacción social mayoritaria ante el atentado se basara en las proclamas mediante hashtags como #WeStandTogether y en encender velas como señal de duelo.

Las voces que demandan acción, en el seno de una sociedad que cuenta con una importante comunidad musulmana, juegan con la carta de la ambigüedad. No dejan claro cuál debe ser el objetivo específico ni de qué manera se debería actuar. Su mensaje es meticulosamente difuso aunque determina de forma inequívoca la existencia de dos bandos: los ciudadanos occidentales, por un lado, y los terroristas, por el otro.

En su narrativa, los musulmanes, aunque nacidos en territorio europeo, quedan automáticamente excluidos de la etiqueta ‘ciudadanos occidentales’ así que, de forma más o menos velada, son equiparados a los miembros de grupos terroristas de bandera islamista. Según esta visión, los occidentales deben defender sus sociedades ante la barbarie que llega a Europa desde Oriente Medio. Ante la supuesta pasividad que gobiernos y medios de comunicación inculcan a la gente, la extrema derecha, cuya base social va in crescendo, pide una “solución final”.

Cabe recordar que en el año 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, la anhelada “solución final para la cuestión judía” ideada por Adolf Hitler empezó a tomar forma. Durante meses, los judíos de distintas zonas ocupadas por los alemanes fueron identificados y recluidos en guetos con el fin de poder ejecutar un plan que cambiaría la Historia de la humanidad. El historiador británico Ian Kershaw, en su libro Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949 (Crítica, 2016), define el holocausto nazi y sus infames cámaras de gas como un “sistema industrializado de aniquilación en masa”. “El genocidio constituyó la razón de ser misma de esta segunda gran conflagración”, añade el autor. La “solución final” fue el eufemismo que se utilizó para acabar con la vida de millones de judíos, comunidad que desde los años 30 fue señalada como el principal enemigo de los alemanes de supuesta raza aria.

Cuando Hopkins usó el concepto “solución final” era consciente del significado de estas dos palabras, aunque más tarde optara por reformular el concepto cambiando el “final” por “verdadera”. Hopkins ha dado un paso más hacia la confrontación, hacia la división interna, con el objetivo de inducir la formación de una resistencia liderada por hombres blancos que se tomen la justicia por su mano ante la amenaza terrorista.

Los actores de la extrema derecha saben que su batalla es a largo plazo y que la inestabilidad global juega a su favor. Llegar a proponer algo así como una “solución final para la cuestión musulmana” era impensable hace unos años. La utilización de estos conceptos mediante el altavoz de las redes sociales, más que la expresión de una opinión, se convierte un valioso test de prueba. Y el resultado es preocupante: si bien ha habido un amplio rechazo y Hopkins ha sido despedida de la radio londinense LBC, muchos ciudadanos apoyan ahora la idea de una “solución final” o “solución verdadera”, el Daily Mail ha decidido mantenerla como columnista y la FOX estadounidense la ha presentado como opinadora de referencia en territorio británico.

Riaz Khan, un profesor musulmán de Leicester y una de las voces más mediáticas —en las redes sociales— de la comunidad islámica del Reino Unido, ve con preocupación el escenario actual. “Se utiliza un lenguaje similar al que se utilizaba contra los judíos en la Alemania de Hitler. Los atentados nos duelen y nos indignan igual que a cualquiera. Hay que condenar estos actos y posicionarse en contra del ISIS, pero no tenemos que pedir disculpas. No son nuestros actos, son actos de maníacos. ¿Se piensan que los terroristas vienen a nuestras mezquitas y nos dicen ‘¿sabes que voy a poner una bomba’? Esta gente no forma parte de nuestras comunidades”, comentaba apenado después del atentado. Khan, nacido en Inglaterra, ha sido testimonio de como la extrema derecha ha normalizado el lenguaje del odio contra los musulmanes y los inmigrantes en general. Cuenta que el día de la votación del Brexit iba por la calle y escuchó que un hombre decía, refiriéndose a él: ‘al menos estos tendrán que irse pronto’. “¿Irme a dónde? ¡Yo nací aquí!”.

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‘Los caballos de Dios’: los monstruos no existen

Escena de 'Los caballos de Dios'' I La Marea

Los caballos de Dios no es una primicia editorial pero trata de un tema muy vigente en nuestro presente más inmediato. Se publicó originalmente en francés en 2010 con el título Les Étoiles de Sidi Moumen (Las estrellas de Sidi Moumen). Poco después, en 2012, el director marroquí Nabil Ayouch llevó esta novela al cine. Fue traducida en 2015 al castellano para Alfaguara por María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, y en mayo de 2016 alcanzó a su tercera edición.

Las caballos de Dios tiene como punto de partida los atentados de Casablanca (Marruecos) del 16 de mayo de 2003, en los que murieron 45 personas, entre ellos los 12 jóvenes que hicieron estallar las bombas que llevaban pegadas al cuerpo. Mientras acababa de leer esta novela, ocurrió el atentado de Manchester, en el que un muchacho de 22 años saltó por los aires matando a 22 personas, algunas mucho más jóvenes que él. Mi primera reacción al ver su fotografía fue preguntarme qué habría llevado a este chico, con aspecto de adolescente a medio hacer y la mirada triste, a cometer un acto así. Los caballos de Dios ofrece no tanto una respuesta —todavía me pregunto lo mismo—, sino una narrativa que ayuda a salir de esa imaginación enquistada que nos impide concebir al terrorista fuera del “arquetipo monstruo”.

La novela está narrada por Yashin, un joven de 18 años que se acaba de inmolar en uno de los atentados suicidas de Casablanca. Nos cuenta su historia desde un más allá que nada tiene que ver con el prometido por el imán que le alistó en la yihad. No está en el paraíso rodeado de huríes, pero aun así no echa de menos “los puñeteros 18 años que me tocó vivir”. Desde ahí, desde ese vacío en el que Yashin solo cuenta con su conciencia y su memoria, describe sus pocos años de vida en Sidi Moumen, un poblado de chabolas en torno a un vertedero en el que los jóvenes sobreviven escarbando en las basuras y en el que la violencia está normalizada.

Mahi Binebine ofrece un abanico de personajes de esta comunidad depauperada que, no por ser representativos, son planos. A través de la voz de Yashin, conocemos a los “muertos de hambre” que le acompañan en la vida y en la muerte: su hermano mayor Hamid, al que adora y al que sigue los pasos en el vertedero, en el equipo de fútbol “Las estrellas de Sidi Moumen” del que Yashin es portero, y después también en la yihad; Nabil, un joven hermoso y de rasgos femeninos, hijo de una prostituta y del que muchos abusan sexualmente, incluso sus amigos; Fuad, un chaval inestable enganchado al pegamento; Azzi, hijo de un padre abusivo que carga con un pasado traumático; Jalil, un recién llegado de la ciudad al que enseñan las normas de convivencia del vertedero a base de palizas.

En medio de la violencia y la miseria, Yashin y sus amigos encuentran en su equipo de fútbol un espacio donde demostrar el afecto. En este contexto en el que la brutalidad se salpica de vez en cuando con algo de amor y amistad aparece Abu Zubier, un hombre que comparte orígenes con los muchachos, también un pasado de vicios y violencia, pero que vuelve depurado para así ayudar a purificarlos a ellos, empezando por Hamid, el líder del grupo.

El proceso de conversión dura apenas dos años, pero dadas las condiciones en las que vive el grupo de amigos, resulta más que verosímil. Abu Zubier y los hombres barbudos que cada cierto tiempo les visitan consiguen trabajos para todos, envían alimentos y dinero a sus familias, les reconfortan cuando pasan momentos duros, les sacan de apuros con la ley. En pocas palabras, les ofrecen todo aquello que el Estado y la sociedad fuera del vertedero les ha negado y todo lo que los infieles occidentales (léase cristianos y judíos) les han arrebatado.

Algunos lectores igual encuentran esta trama predecible. Pero el interés de la novela no está tanto en ella —conocemos desde el principio el brutal desenlace— sino en la representación y elaboración que Binebine hace de la vida de este joven y su comunidad: el humus donde crecen muchos de esos jóvenes cuya fotografía observamos con una mezcla de pena, desconcierto y repulsión cada vez que se comete un atentado yihadista.

El autor intenta meterse en la cabeza de este muchacho de 18 años —sí, un terrorista, un asesino al fin y al cabo— una vez que el daño está hecho. Pero Binebine no se centra en el remordimiento, ni en el arrepentimiento ante el dolor causado —aunque haya momentos en el que se hable de él—, sino que a través del recuerdo de la vida del personaje indaga en todos aquellos aspectos que han podido llevarle a preferir su muerte y la de otros seres humanos a seguir viviendo. Y es en este intento de profundización tanto en la psique como en el contexto del que proviene el terrorista donde está la originalidad y el valor de esta novela.

Con un lenguaje a veces poético, a veces descarnado, el autor nos invita a abandonar interpretaciones simplistas del “terrorista islámico” (el “monstruo” o el “perdedor malvado” que diría Donald Trump), y a adentrarnos en la comprensión de este fenómeno teniendo en cuenta tanto la individualidad de la circunstancia como los contextos históricos, socioeconómicos y culturales en los que se fragua el radicalismo. Los caballos de Dios no justifica la acción del terrorista, sino que confronta, a través de la elaboración imaginativa y el conocimiento del contexto en el que surge esa acción, la pregunta que nos hacemos todos: ¿por qué?

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