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Mi cuerpo

Hace algunos días compartí una jornada con un grupo de mujeres y hombres jóvenes. Hasta que llegué a casa y me desnudé, no me di cuenta de lo delgados y elásticos que eran sus cuerpos, de la diferencia. Tengo 50 años y, ya en la ducha, me alegró mucho …

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Cuerpo femenino, cuerpo enfermo

'Cuerpo flexible'. Foto: DarkDay.

Amparo Ariño Verdú es socia cooperativista de La Marea.

En uno de los contundentes y valientes artículos a los que nos tiene acostumbradas, Cristina Fallarás se atreve a mantener una postura que puede escandalizar a muchos: señala cómo la cinta rosa del “día del cáncer de mama” contribuye a estigmatizar una vez más la corporeidad femenina.

Es evidente que todos los esfuerzos y todos los recursos que se dediquen a una investigación conducente a la cura, prevención y detección de una enfermedad potencialmente grave, incluso mortal, son pocos. Como lo es también cuanto se haga por la educación de toda la población en la prevención y detección de todas las patologías, y concretamente de cualquier tipo de cáncer, ya que hablamos ahora de esta enfermedad. Pero no es menos cierto que el estigma de ser un cuerpo enfermo, defectuoso, pesa sobre la imagen de la mujer desde hace siglos o, más exactamente, milenios. Y eso va a favor de la misoginia.

Desde la filosofía platónico-aristotélica, y su deriva en el monoteísmo de las tres religiones “del libro” (judaísmo, cristianismo e islam), la mujer es la materia defectuosa de la que se conforma al ser humano, es la causa de la caída en la culpa de toda la humanidad, su cuerpo es la tentación permanente que causa el pecado y la perdición del varón.

Prejuicios, supersticiones, creencias religiosas, y hasta corrientes de pensamiento, han considerado y consideran que la mujer es un ser “inferior”, inferior al hombre, se entiende. En lo concerniente a su corporeidad, el cuerpo de la mujer encarna lo débil, lo sucio, lo peligroso. Es esencialmente “defectuoso”. Es como si se afirmara que la mujer padece de inferioridad fisiológica respecto al varón por el hecho de ser mujer. No diferencia, subrayo, sino inferioridad.

Basándose en este prejuicio,y reforzándolo a su vez, se transmite, en la visualización de lo femenino en los medios el mensaje de que el cuerpo de la mujer es un cuerpo enfermo, tendente a la enfermedad y a los “desarreglos”, en cualquier caso. Incluso cierta publicidad pone de manifiesto una concepción peyorativa de la salud y la corporeidad de la mujer. Es destacable que las enfermedades “vergonzantes”, ligadas a la digestión y a la excreción, se presentan en la publicidad como exclusivamente propias de mujeres. Las campañas publicitarias sobre medicamentos contra la flatulencia, el estreñimiento, las hemorroides… Las protagonizan mayoritariamente mujeres. Y qué decir sobre la incontinencia urinaria, pese a que en los expositores de cualquier supermercado están a disposición del público los pañales diseñados para su uso por varones, todavía está lejos de publicitarse su existencia. Hasta el olor corporal de las mujeres y el de los hombres se valora con un lenguaje visual muy distinto: las mujeres desprenden olores desagradables, vinculados a la enfermedad, a fallos de salud, a lo repulsivo, en suma, que hay que disimular, o mejor, eliminar. Los hombres, en cambio, si usan desodorante solo estarán potenciando su atractivo sexual. No se cuestiona su olor corporal puesto que, en su caso, se considera el sudor como fruto del esfuerzo, y el esfuerzo como un atributo propio de la masculinidad.

También la menstruación ha sido secularmente entendida, y en cierto modo lo sigue siendo, como enfermedad repulsiva y maldita -‘the curse’, para los ingleses- que las mujeres deben ocultar como algo vergonzoso. Especialmente impuras y peligrosas son las mujeres en esos días según el judaísmo y el islamismo.

El cuerpo de la mujer se nos muestra también como defectuoso en el funcionamiento de su sexualidad. La genitalidad femenina parece afectada, en exclusiva, por molestias y problemas. Y así se publicita: las mujeres no lubrican, tienen picores “ahí”, necesitan la ayuda de una crema vaginal para no dejar  “sorprender” al marido. En cambio, los hombres no parecen tener ningún problema en su funcionamiento sexual. Y si los tienen, estos no aparecen en los medios: la Viagra no se anuncia con una publicidad visible, sino mediante spam en Internet, lo mismo que el supuesto alargamiento de pene, por señalar sólo dos ejemplos.

Esta vinculación del cuerpo de las mujeres, por el hecho de serlo, con lo defectuoso, con la enfermedad, es uno de los muchos micromachismos que impregnan el espacio público, y como tal es necesario denunciarlo. Es necesario recordar una vez más, y nunca será suficiente, que los micromachismos alimentan y sostienen una concepción peyorativa de la mujer. Y conllevan un desprecio esencial, ontológico hacia ella, es decir: a la mujer se la desprecia y se la minusvalora por su “ser de mujer”. Ese es el desprecio y la inferioridad ontológica que están en la base de la misoginia legitimando la violencia contra las mujeres.

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