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“La tolerancia cero es insuficiente para acabar con el acoso sexual en las cumbres del clima”

La de Bonn ha sido la primera Cumbre del Clima en la que la ONU ha declarado una política de “tolerancia cero” ante el acoso sexual. La medida fue anunciada el 6 de noviembre por la líder del Convenio Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, Patricia Espinosa, inmediatamente después de que la abogada Farhana Yamin denunciara en la web británica Climate Home News que había sido acosada durante cumbres previas. Poco después, la ex-negociadora Meera Ghani unió su voz a la de Yamin.

Para Megan Darby, editora de Climate Home News, la política de tolerancia cero no es suficiente. Darby, que ha estado investigando el acoso sexual en las cumbres climáticas de las Naciones Unidas, cree que la cultura machista dominante, la desigualdad y la propia estructura de estas citas facilitan el acoso. La Marea ha hablado con ella sobre su investigación.

El acoso sexual existe en todos los ámbitos, ¿por qué estudiar precisamente las cumbres del clima de la ONU?

Supongo que la respuesta corta es que es parte de mi trabajo. Primero se me acercó Farhana Yamin. La campaña del #MeToo en redes sociales de hace un mes la hizo pensar en sus propias experiencias. Me pareció una gran idea escribir sobre ello. No hay ninguna razón en particular para pensar que las conferencias climáticas sean peores que otros escenarios o sectores. La gente que se dedica a esto no son especialmente sexistas o depredadores. Sin embargo, hay algunos factores de riesgo específicos que podrían incrementar la vulnerabilidad, sobre todo, de mujeres jóvenes.

En estas cumbres hay una atmósfera muy intensa. Hay miles de personas, todas en habitaciones de hotel. Todos están muy concentrados en su objetivo, cualquiera que este sea. Una campaña, un tratado, un contrato… Hay muchas reuniones a puerta cerrada, muchas de ellas con fuertes acuerdos de confidencialidad. Si una mujer fuese acosada por un miembro de su propia delegación, ¿a quién lo denunciaría? En ese ambiente se arriesgaría a que la vieran como una persona problemática o desleal. Muchas personas dejan de lado su propia seguridad como un compromiso percibido con la causa. Eso permite que cierta gente siga practicando un abuso de poder.

Por otra parte, si la víctima se viese acosada por un miembro de otra delegación y lo denunciara sería, básicamente, un incidente diplomático. Hay mujeres que no quieren verse señaladas por ello. No hay una autoridad central que pueda controlar este asunto. Las Naciones Unidas, que organizan todo el evento, no están por la labor de involucrarse en nada que pueda conllevar consecuencias políticas o distraer del objetivo principal de las negociaciones. Por eso estamos satisfechos de que, inmediatamente después de la publicación de nuestros artículos, Patricia Espinosa anunciara una política de tolerancia cero contra el acoso sexual. Por primera vez apareció el tema en el programa diario.

Sin embargo, la tolerancia cero no es suficiente. Tienes que fomentar el ambiente adecuado en que la gente se sienta segura y con confianza para denunciar. Y no creo que esto sea una realidad todavía.

¿Cómo debilita el acoso sexual en las cumbres de la ONU a la lucha contra el cambio climático?

Creo que esto es cierto para todos los sectores, y es que la razón por la que el acoso sexual queda impune es que los que lo perpetran tienen un poder que sus víctimas no tienen. Si continuamente restas importancia a las historias de las víctimas, las silencias e ignoras sus denuncias, lo que fomentas es una atmósfera hostil para que las mujeres, sobre todo las más jóvenes, puedan participar de forma plena en las negociaciones y contribuyan con todo su potencial.

Es una cuestión de dinámicas de poder. Las mujeres jóvenes están siempre en desventaja, sobre todo cuando vienen de países menos poderosos. Así que acabas haciendo que las personas que son más vulnerables al cambio climático lo tengan mucho más difícil para ser representadas. Estas personas son mujeres, jóvenes y pobres.

¿Por qué afecta el cambio climático más a las mujeres?

Esto es algo que se ha hablado mucho en esta última cumbre. El cambio climático va a exacerbar las desigualdades que ya existen en todas las sociedades. Uno de los ejemplos claros se da en los países en vías de desarrollo, en los que la sequía va a hacer que las mujeres tengan que ir más lejos para encontrar agua, debido a los roles tradicionales de género, así que impacta más en su vida que en la de los hombres.

Hay casi siempre una tendencia, en cualquier tipo de trabajo de cooperación o desarrollo, a trabajar con estructuras de poder preexistentes. Es lo más fácil. Por ejemplo, llegas a un pueblo y dices “usted es el jefe, el que puede conseguir que las cosas se hagan, así que trabajaremos con usted”. Creo que esos esfuerzos a menudo obvian las necesidades de las mujeres, y la importancia de que las mujeres se empoderen en los procesos de toma de decisiones, rompiendo estos roles tradicionales de género. Es algo que suele aparecer en los márgenes de las negociaciones. No suele ser un elemento central.

¿Y cómo podemos situar este elemento en la agenda si seguimos teniendo esta cultura de acoso sexual?

Por supuesto. Si hay una cultura de hostilidad hacia las mujeres es mucho más difícil trabajar con estos temas. Después de leer muchas de estas historias este último mes, veo algunas carencias. Podríamos empezar por paliarlas. Por ejemplo, han recomendado a las víctimas de acoso sexual que lo denuncien a los servicios de seguridad de la cumbre. Sin embargo, algunas de las víctimas me cuentan que han sido acosadas por estos mismos guardias de seguridad en los accesos a la cumbre, que son como los controles de seguridad de un aeropuerto. Probablemente estas mujeres no se sentirán muy cómodas denunciando ante esos agentes si les ocurre algo.

Otra cosa que podrían hacer es incluir el acoso sexual como parte de la educación y el entrenamiento de los guardias de seguridad, y dejar claro que habrá consecuencias si no se cumplen esos estándares. Hay algunos casos en los que se han tomado medidas disciplinarias, pero no creo que muchos sepan siquiera que ese proceso existe.

Esas son cosas fáciles de hacer. Es mucho más difícil cuando el acoso se da en el seno de la propia delegación, porque se requiere un cambio de cultura. Además hay gente que viene de países en los que el rol de la mujer es muy distinto. Sin embargo, en otros ámbitos, las Naciones Unidas no tienen problema que establecer unas reglas comunes de comportamiento. También debería ser posible hacerlo para proteger a las mujeres en estas circunstancias.

¿Qué es lo más inesperado que ha encontrado en su investigación?

Lo más importante ha sido comprobar cómo las condiciones para que las mujeres puedan expresarse son tan duras. Ha sido muy frustrante escribir sobre este tema, porque como periodista me gusta responsabilizar a los infractores y poder publicar estas historias, con su evidencia y su contraste. Y sin embargo, a pesar de que he aprendido mucho y he escuchado muchas historias, hay aún grandes barreras para que las víctimas puedan hablar públicamente. Ahora sufrirían las consecuencias.

Sin embargo, lo más sorprendente no ha sido eso. Climate Home News es una publicación sobre política y sobre políticas, y nuestros principales lectores son legisladores, activistas, diplomáticos, etc. Normalmente nuestros artículos son compartidos y amplificados en redes sociales por instituciones y grupos organizados. Y sin embargo, ha habido muy poco de eso con estos artículos. No obstante, han sido los más leídos, lo que prueba que hay un interés reprimido sobre este tema. Las historias han dado en el clavo con mucha gente, y eso me ha convencido de que este es un tema urgente del que hay que hablar, pero aún no estamos en el punto en que la gente esté cómoda rompiendo el silencio.

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COP23: de nuevo perdimos la oportunidad

Marcha por el Clima durante la COP23 en Bonn, Alemania. Foto: Takver.

El gobierno del PP, por boca de la ministra de Medio Ambiente, Isabel García Tejerina, considera que la pasada Cumbre del Clima (COP23) de Bonn ha sido “un éxito”… Esto solo se puede entender como una celebración de la ausencia de compromisos firmes en la lucha contra el cambio climático. La COP23 se sitúa más bien entre el fracaso, la decepción o, en el mejor de los casos, se puede calificar como una cumbre de los pequeños pasos. Lo cierto es que se ha perdido la oportunidad de lograr avances de envergadura ante uno de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos como humanidad.

Antes de la cumbre, desde Podemos ya alertábamos que o esta era la cumbre de los compromisos económicos o habríamos llegado definitivamente tarde. Si algo nos ha quedado claro de nuevo es que hace falta mucho más que una cumbre para luchar contra el cambio climático y que esa lucha no nos va a quedar más remedio que hacerla con la gente, en las calles, en los hogares, en el día a día y de la mano de otras luchas -como la lucha por la soberanía alimentaria, contra el hambre, por la paz y la justicia social-.

Cada vez estamos más lejos de poder alcanzar los compromisos (fijados en el Acuerdo de París) de no superar el aumento de la temperatura mundial en más de dos grados respecto a los niveles preindustriales. Quedan menos de cinco años para, en teoría, comenzar a descender las emisiones, pero todavía estas siguen aumentando -según algunas estimaciones, las emisiones de CO2 a nivel mundial crecerán en 2017 cerca de un 2% y seguirán creciendo en 2018-.

Hay que reconocer que en la COP23 se han producido ciertos logros como la separación entre el Fondo de Adaptación y el Mecanismo de Pérdidas y Daños, con lo que este último tendrá más autonomía. Sin embargo, no se ha alcanzado un acuerdo sobre la cuantía del Fondo de Adaptación, que fue incluido en el Acuerdo de París, tan solo se ha establecido una hoja de ruta hasta mayo de 2018 para que esto pueda quedar concretado.

Además, no se ha querido aceptar la exigencia de los países más vulnerables, como los africanos o las islas del Pacífico, de que existan sólidos y claros mecanismos de transparencia en el Fondo de Adaptación, y esto es muy grave en una COP cuya presidencia ha tenido precisamente Fiyi.

Una buena noticia es el acuerdo de un Plan de Género sobre el cambio climático. En todo el mundo, las mujeres afrontan riesgos climáticos y soportan grandes cargas por el recalentamiento global. Y, sin embargo, no nos tienen en cuentan a la hora de decidir acciones climáticas.

El objetivo del plan de género es que las mujeres puedan incidir en las decisiones respecto del cambio climático y que estén representadas por igual en todos los aspectos de la CMNUCC (Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) como forma de aumentar su efectividad.

El problema es que el plan acordado no reconoce como es debido la necesidad de la participación de las indígenas, las mujeres campesinas y las defensoras de la tierra, cuyo saber sobre los recursos naturales y su gestión debería ser reconocido y en la lucha contra el cambio climático.

El Plan de Género aprobado en la COP23 omitió estas reivindicaciones, lo que derivó en protestas de representantes de varias organizaciones de América Latina, África, Medio Oriente y Asia. La representación de las defensoras del ambiente y el clima ha sido mínima. Esto evidencia -pese a la presencia, por primera vez como agentes clave, de las ONG ambientales- que se siguen negando las causas de fondo del cambio climático: la necesidad de un cambio profundo en nuestro sistema económico, en nuestra forma de vida.

Por lo menos, en esta COP23 se llegó por fin a un acuerdo europeo sobre emisiones para 2020 tras la ratificación de Reino Unido y de Polonia de las enmiendas de Doha -que establecen el segundo periodo de compromiso del Protocolo de Kyoto (2013-2020) y suponen un compromiso de reducción de emisiones contaminantes de un 20% respecto a 1990-. Pero eso era lo mínimo. Habríamos podido haber tenido, desde luego, una cumbre mucho más ambiciosa y decisiva, pero al final se ha dejado mucho trabajo por concretar para más adelante, como ha reconocido la propia Comisión Europea, de manera que los próximos meses y hasta la próxima COP de Katowice habrá mucho trabajo político y técnico por hacer si no queremos repetir en 2018 el mismo escenario.

Y España penalizando las renovables…

En cuanto a España, el Gobierno de Mariano Rajoy sigue penalizando a las renovables y el autoconsumo y ofreciendo escasas soluciones para los cinco millones de personas que sufren pobreza energética. La ministra García Tejerina, en su intervención en la COP23, vendió humo como es habitual y no mostró ninguna ambición ni voluntad de liderazgo europeo. La ministra se limitó a justificar las políticas españolas, repitiendo como elemento principal la promesa de una ley de cambio climático como ya hizo hace un año en la anterior cumbre. Doce meses después seguimos sin saber cuál es el contenido de esa norma.

Frente a la presencia de líderes europeos como Merkel o Macron, se notó la ausencia de Rajoy en la cumbre. Ante el cambio climático, Rajoy prefiere situarse junto a otro tipo de liderazgos, como el de Trump. Al fin y al cabo, recordemos que Rajoy tiene un primo que sabe mucho y que también es negacionista. El año pasado, Rajoy fue a la COP22 de Marrakech a saludar. Se hizo una foto con el rey Mohammed VI y se marchó. Este año, ni eso.

Por si fuera poco el ridículo de España en la COP23, la ministra Tejerina presumió de la participación de Arias Cañete, como comisario europeo de Energía y Acción climática. Lo hemos dicho muchas veces, pero hay que seguir diciéndolo: es una vergüenza a ojos del mundo que un político con intereses en la industria petrolera y lazos con los gigantes del ladrillo y relacionado con escándalos de corrupción como Acuamed o los Papeles de Panamá esté representando la posición de la UE en la lucha contra el cambio climático.

Nuestro gobierno asegura que España está “en senda de cumplimiento de su objetivo de reducción de emisiones a 2020, con una disminución de gases del 3,5% en 2016 respecto a 2015”. Omite, sin embargo, que España es el país de la Unión Europea que más ha incrementado sus emisiones de gases de efecto invernadero entre 1990 y 2015: ese año, sin ir más lejos, arrojó a la atmósfera 47,8 millones de toneladas de CO2 más que en 1990. España se comporta como un país en desarrollo: se limita a justificar que ha cambiado la tendencia; pero aún no ha puesto las bases de un cambio estructural del modelo energético.

El protocolo de Kioto no fue tomado en serio en su día y no se plantearon estrategias de reducción de emisiones; y, más tarde, no se aprovechó la crisis económica para transformar el sistema productivo. Ahora se ha anunciado el cierre de las centrales térmicas de Lada y Velilla, así como el Real Decreto que prepara el Ministerio de Energía sobre el cierre de estas centrales, sin una transición energética progresiva que apueste por las energías renovables como están haciendo los países más desarrollados de Europa pero que sea compatible con el mantenimiento del empleo en las comarcas mineras. No se pueden desmantelar industrias que generen puestos de trabajo hasta que no se generen las alternativas.

¿Cuál es el plan del gobierno respecto al clima? No lo sabemos. Porque la lucha por el clima es una lucha política que implica una determinada visión del mundo. Y la visión que tiene el PP es seguir lucrándose a costa de la ciudadanía y de la tierra, que nos pertenece a todos y a nuestras generaciones futuras.

* Estefanía Torres, eurodiputada de Podemos y miembro de la delegación oficial del Parlamento Europeo a la Cumbre del Clima de Bonn

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Noticias climáticas – Edición especial COP23

Marcha por el Clima durante la COP23 en Bonn, Alemania. Foto: Takver.

La Cumbre de Bonn (COP23) termina con sabor agridulce. Por una parte, las naciones reunidas en Alemania han puesto la primera piedra en el camino a un eventual “manual de instrucciones” para cumplir los acuerdos de París. Por el otro, esta primera piedra ha dejado mucho que desear, sobre todo a las naciones pobres.

EEUU y los combustibles fósiles

La delegación estadounidense, que ya dio titulares la semana pasada cuando se convirtió en el único país del mundo fuera del acuerdo de París, se ha dedicado a promocionar las bondades de la quema de carbón (el combustible fósil más contaminante). El lunes, mientras los miembros del equipo de Trump afirmaban que el uso de los combustibles fósiles era bueno para el medio ambiente, fueron interrumpidos por manifestantes. El ex-alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, comparó la actuación de los enviados de la Casa Blanca con la “promoción de tabaco en una cumbre sobre el cáncer”.

A la cita alemana también han acudido representantes norteamericanos de la industria, así como de gobiernos locales y estatales, afirmando que ellos sí piensan cumplir su parte del compromiso climático a pesar de Trump. No obstante, algunos, como el gobernador de California, Jerry Brown (que recientemente anunció que piensa denunciar a Trump por el daño al clima), parecen inclinados a seguir extrayendo combustibles fósiles (incluso a través del fracking). Aunque ello conlleve amenazar a manifestantes indígenas.

Protectores de los bosques

Precisamente los indígenas han visto su papel climático como protectores de los bosques reconocido por las naciones. Los indígenas, que según el Fondo de Defensa del Medio Ambiente (EDF) son propietarios del 20% del carbono acumulado en los bosques tropicales, se ven así legitimados en su lucha contra las industrias extractivas, agrícolas y ganaderas. En un documento firmado el pasado miércoles se establece que los países deben respetar, considerar y promover sus obligaciones para con estos grupos. Asimismo, se recomienda una mayor presencia de indígenas en puestos de liderazgo contra el cambio climático.

En declaraciones a The Guardian, Clare Shakya, representante del Instituto para el Medio Ambiente y el Desarrollo, afirmó que la medida es “un paso adelante”, aunque sólo “si realmente significa que se escucha a las comunidades indígenas y locales y que se reconoce su conocimiento”.

Contra el carbón

A pesar de la defensa ejercida por Estados Unidos, el carbón se ha convertido en el gran villano de la COP23. Una veintena países han firmado una alianza para desbancar al carbón como principal fuente de energía a nivel global. Los firmantes se comprometen a eliminar este combustible de entre sus fuentes de energía para 2030. No es de extrañar que la coalición esté liderada por el Reino Unido y Canadá, dos países líderes en fracking.

La declaración no deja de ser una mera actuación simbólica, que no ha sido firmada por ninguno de los diez mayores consumidores de carbón del mundo. Tampoco Alemania (el mayor productor a nivel europeo) ni España han firmado el documento.

Ricos y pobres

La mayor confrontación de la COP23 se ha vivido entre los países ricos y los pobres. Un grupo de naciones en vías de desarrollo han exigido a los ricos más apoyo y compensaciones para paliar los efectos de los eventos meteorológicos extremos. Las economías ricas, lideradas por Estados Unidos y Australia, no estaban por la labor. La semana pasada ya saltaron chispas entre India y China, al negarse esta última a presionar a los países más industrializados a aportar más fondos contra el cambio climático.

Seyni Nafo, líder de la representación negociadora africana, dijo en declaraciones a Climate Home que los anuncios y las promesas de países como Francia no se han visto reflejados en la práctica.

Cuenta atrás

Comienza ya la cuenta atrás hacia la COP24, que será presidida por Polonia. Su celebración, a finales del año que viene, marcará la fecha límite para tener el manual de instrucciones de la acción climática terminado. Por el momento, no vamos por buen camino: los compromisos de reducción adoptados por los países nos ponen, al menos, en ruta hacia un calentamiento de 3ºC por encima de niveles preindustriales para finales de siglo, cuando en París nos comprometimos a no superar los 2ºC.

Durante los próximos 12 meses se celebrará el conocido como “Diálogo de Talanoa”, un proceso de preparación de la crucial cita de 2018, en el que se tomará como referencia un informe especial de las Naciones Unidas sobre el objetivo de los 1,5ºC, que se publicará el próximo mes de septiembre, y no el de los 2ºC.

Bola extra (mala)

Fuera de la COP, hemos conocido esta semana que en 2017 se batirá, probablemente, el récord de quema de combustibles fósiles, acabando con una tendencia de tres años en los que las emisiones se han mantenido estacionarias.

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El clima asfixiante de Bonn

cumbre clima

Estamos ya en la recta final de un año plagado de catástrofes naturales. “Hemos vivido condiciones climatológicas extremas: temperaturas de hasta 50 grados centígrados en Asia, huracanes récord sucediendo en secuencias muy rápidas en el Caribe y en el Atlántico hasta llegar a Irlanda, inundaciones devastadoras de monzones que han afectado a millones de personas y una sequía implacable en el este de África”, subrayó el secretario general de la Organización Mundial de Meteorología, Petteri Taalas, en la inauguración de la conferencia del clima COP23 de Naciones Unidas el lunes pasado.

Estos escenarios catastróficos parecen muy lejos de Bonn, la tranquila ciudad alemana y antigua sede del gobierno federal donde se celebra la conferencia, aunque también en Alemania se suceden cada vez más las tormentas violentas que dejan tras de sí un rastro de destrucción. La presidencia actual de la COP23 recae –muy adecuadamente– en las Islas Fiji, amenazadas por la subida del nivel del mar, pero han cedido la organización del evento a Alemania por falta de capacidad para albergar los miles de participantes.

Es la primera conferencia del clima de la ONU después de que otro huracán llamado Donald Trump arrasara con los avances acordados hace dos años en París. El presidente de EEUU ha mandado a la papelera el Plan de Energía Limpia de su predecesor en la Casa Blanca. Sin embargo, en vez de lamentarse de la ignorancia de Trump, algunos participantes harían bien en hacer un poco de autocrítica. Alemania, la anfitriona de la cumbre, está lejos de alcanzar sus objetivos a corto plazo de reducción de gases invernaderos. Los alemanes constatan cada día que el enorme poder del lobby industrial sigue intacto, desde el sector del automóvil y el carbón hasta las grandes empresas ganaderas que exportan carne a medio mundo.

Los últimos en sufrir la presión de lobby han sido los Verdes, que están negociando la formación de un gobierno con los democristianos de la canciller en funciones, Ángela Merkel, y los liberales del FDP. El partido ecologista se ha topado con la resistencia de la centroderecha al cierre de todas las centrales de carbón antes de 2030. También se ha despedido del objetivo de que se prohíban los coches con motor de combustión desde ese mismo año.

A pesar del escándalo por la manipulación de las pruebas de emisiones de sus coches, los grandes fabricantes alemanes no han perdido su capacidad de influencia. El miércoles, la Comisión Europea presentó su nuevo plan de movilidad sostenible. Como se esperaba, se ha renunciado a establecer una cuota fija para coches eléctricos con el fin de reducir las emisiones. El ministro socialdemócrata Sigmar Gabriel había pedido en una carta a la Comisión flexibilidad con el tema para no “asfixiar” a la industria. Lo más curioso es que Gabriel es ministro de Exteriores, con lo que no tiene nada que decir en este asunto. Dejó la cartera de Industria en enero, pero no parece que se le haya quitado el chip de defender a los fabricantes de coches.

Artículo publicado en El Heraldo (Colombia)

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Noticias climáticas de la semana: la compra-venta de derechos de contaminación

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Arranca la COP23

El pasado lunes comenzó en la ciudad alemana de Bonn la 23ª Conferencia de las Partes (COP23), el mayor encuentro global sobre el clima en el que participan la práctica totalidad de los gobiernos del mundo, representantes de ONG, de la ciencia y de agencias internacionales. También, por supuesto, están presentes las industrias “interesadas”. La presidencia ha recaído en Fiji, pero se celebra en Alemania porque el país del Pacífico no podía acoger a todos los participantes.

Esta cumbre sirve como un termómetro para evaluar los avances en los recortes de gases de efecto invernadero necesarios para cumplir con los compromisos adoptados en el Acuerdo de París (que trata de evitar un calentamiento por encima de los dos grados centígrados). En París se detallaron las líneas generales. En Bonn deben marcarse líneas de actuación concretas. Y deben ser bastante severas porque no vamos todo lo bien que podríamos.

China, el mayor emisor de gases de efecto invernadero, se ha convertido en el líder de las negociaciones, tras la abdicación el pasado mes de junio de los Estados Unidos. El gigante asiático, sin embargo, no parece muy por la labor de apretar las tuercas a los países ricos.

Donald Trump, por cierto, se ha quedado completamente solo en su negacionismo climático. Si la semana pasada Nicaragua firmaba el Acuerdo de París, esta semana ha sido Siria, lo que deja a Estados Unidos aislado como el único país en rebeldía climática. El hecho de que Trump no quiera aceptar las normas internacionales ha hecho que activistas africanos pidan que se expulse al país norteamericano de las negociaciones. Sin saber aún si esto será posible, lo cierto es que el presidente americano no ha sido invitado a una cumbre que tendrá lugar el mes que viene en Francia, según fuentes oficiales del país galo.

Y en la calle…

Mientras la COP23 prosigue en las salas de conferencias de Bonn, fuera se suceden las manifestaciones, acciones y protestas. El domingo, los activistas de Ende Gelände tomaron la mayor mina de carbón de Alemania.  Según la organización, en la acción participaron unas 4.500 personas, que se tuvieron que enfrentar a la violencia policial. El sábado ya había habido manifestaciones masivas en Bonn, con unas 25.000 personas exigiendo el fin del uso del carbón, del cual Alemania es el mayor productor a nivel europeo. Y el miércoles una delegación de activistas de países insulares del Océano Pacífico amenazados por el cambio climático leyeron un manifiesto, firmado por 23.000 personas, en el que demandaban el fin inmediato de todos los proyectos de exploración de combustibles fósiles.

Seguimos batiendo récords (malos)

El año 2017 va camino de convertirse en el tercero más cálido jamás registrado, batiendo registros en eventos extremos como huracanes u olas de calor. Según la Organización Meteorológica Mundial, los indicadores del cambio climático, como la concentración de CO2 en la atmósfera, la acidificación de los océanos o la subida del nivel del mar, continúan avanzando sin inmutarse.

La media global de temperatura de enero a septiembre de 2017 ha estado 1,1ºC por encima de niveles preindustriales. Los compromisos adquiridos en París exigen que las naciones del mundo reduzcan sus emisiones para contener el calentamiento en 2ºC para finales de este siglo. Algo muy difícil, pero no imposible.

Seguimos por el camino equivocado (el del gas)

La estrategia de la Unión Europea de apostar por el gas natural como solución climática (sea transitoria o no), no está dando resultado. Un nuevo informe científico afirma que, de no reducir las emisiones de gas natural, añadiremos otros 0,6ºC a la cuenta del cambio climático, lo que es completamente incompatible con el cumplimiento de los acuerdos internacionales. Para poder contener el calentamiento por debajo de los 2ºC, según el informe, la UE tendrá que reducir su consumo de gas natural en un 12% anual hasta 2035.

En lugar de eso, el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo concedió hace dos semanas un préstamo de 500 millones de dólares para la construcción del Corredor Sur de Gas, que encadenará al continente al gas durante cuatro o cinco décadas. El Banco Europeo de Inversión se plantea inversiones de hasta 3.000 millones en el mismo proyecto, que, por si fuera poco, se ha visto salpicado de escándalos de derechos humanos y corrupción.

¿Quién compra cambio climático?

El Parlamento Europeo y el Consejo de Europa aprobaron el jueves la revisión del Sistema Europeo de Comercio de Emisiones (ETS), un mercado que permite la compra venta de derechos de contaminación. Es decir, la unión reparte las emisiones entre sus países miembro y estos pueden tratar unos con otros. El Comisario Europeo de Acción Climática y Energía, Miguel Arias Cañete, ha tildado el acuerdo de histórico, afirmando que esto pone a Europa a la cabeza del liderazgo climático, y en buen camino para cumplir los compromisos adquiridos en París.

El sistema, no obstante, ha sido criticado duramente por grupos activistas, como la Red de Acción Climática Europea (CAN), que ha definido el ETS como un “fracaso”, y ha afirmado que debía ser mucho más ambicioso. Los sistemas de comercio de emisiones, en sí mismos, presentan graves problemas, que van desde la medición de emisiones hasta la fijación de precios, por no hablar de los dilemas éticos que supone.

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¿Por qué dos grados?

Ya ha arrancado la 23ª Conferencia anual de las Partes (COP23) de las Naciones Unidas. La mayor cumbre internacional sobre el clima, a la que concurren la práctica totalidad de los gobiernos del planeta (además de periodistas, miembros de agencias internacionales, representantes de ONG y gran parte de la industria), trata de “estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera a un nivel que prevenga una interferencia antropogénica peligrosa con el sistema climático”.

Para evitar ese peligro, durante el COP21 (en 2015) se firmó el Acuerdo de París. El tratado conmina a los firmantes (todos los países del mundo excepto Siria y, pronto, Estados Unidos) a reducir sus respectivas emisiones de manera que la temperatura global no aumente más de 2ºC sobre niveles preindustriales. Generalmente se acepta el periodo 1850-1900 como punto de partida. Pero ¿por qué 2ºC? ¿Qué tiene de especial esta cifra? ¿Cómo sería un mundo 2ºC más cálido? ¿Cómo llegamos a ese punto y qué posibilidades hay de que lo consigamos?

¿Por qué dos grados?

Una variación de dos grados centígrados en la temperatura media global puede parecer poco, pero tendría consecuencias catastróficas sobre el clima global. Muchos de los eventos meteorológicos extremos que presenciamos (olas de calor, huracanes, sequías, etc) están relacionados con el cambio climático. Aunque no se pueda señalar la relación de eventos concretos, la tendencia global puede atribuirse al aumento de las temperaturas. Y esto es con solo un grado de calentamiento (2016 estuvo 1.1ºC por encima de niveles preindustriales).

La cifra de dos grados centígrados procede de un estudio publicado en 1977 bajo el título Crecimiento Económico y Clima: El Problema del Dióxido de Carbono. En el artículo, el economista William Nordhaus utilizaba los 2ºC como estimación aproximada de la temperatura máxima de los últimos 100.000 años. En un estudio anterior, Nordhaus ya había estimado este límite en “2 o 3 grados”.

¿Qué tiene de especial esta cifra?

El límite de 2ºC representa un consenso político, y no científico. Aun así, el consenso no es totalmente arbitrario. Según un estudio publicado en 2015 por la revista estadounidense PNAS (Procedimientos de la Academia Nacional de Ciencias) una vez cruzado el umbral de los dos grados, aumentan las posibilidades de que se desencadenen ciertos “cambios abruptos en el océano, el hielo marino, la cobertura de nieve, el permafrost y la biosfera terrestre”. Estos cambios abruptos pueden acelerar el cambio climático aún más y hacer que sea imposible restaurar el daño en siglos.

Sin embargo, con un incremento de temperatura ligeramente superior a un grado centígrado, ya hemos visto como las olas de calor (como las de este verano) serán mucho más frecuentes en el futuro. Hasta 10 veces más probables, según un análisis de World Weather Attribution, un grupo de científicos estadounidenses.

Los dos grados no suponen el límite de la zona segura, pero es más seguro un calentamiento de 2ºC que de 3ºC, y 3ºC son mejores que 4ºC.

¿Cómo será un mundo 2ºC más cálido?

Depende del lugar en que se mida. Los efectos del cambio climático no son homogéneos, y hay zonas que se verán afectadas ligeramente, mientras otras se convertirán en desiertos o desaparecerán bajo las aguas. Ciertos estados insulares, como Kiribati, preparan programas de evacuación. Otras zonas ya han sido evacuadas. Notablemente, la isla caribeña de Barbuda fue abandonada por sus residentes el pasado septiembre tras el azote del huracán Irma. Por primera vez en tres siglos, no había nadie viviendo en la isla. Para evitar que estas zonas quedasen inhabitables habría que limitar el calentamiento a 1,5ºC.

Según el informe de impactos, adaptación y vulnerabilidades de 2014 del IPCCC (el grupo internacional de científicos que informa a la ONU sobre el cambio climático), un calentamiento de 2ºC supondría una amenaza existencial para multitud de especies, ecosistemas y culturas, así como más eventos meteorológicos extremos (olas de calor, lluvias torrenciales, inundaciones costeras, etc.). Estos efectos, afirma el mismo informe, afectarán más duramente a las personas más vulnerables de cada país. Se esperan cosechas más pobres y escasez de agua, con la consiguiente hambruna, además de un aumento moderado del nivel del mar.

Y todo esto es mucho mejor que un calentamiento de 3ºC, que vería extinciones masivas y la desaparición total del casquete polar ártico.

¿Qué hay que hacer y qué posibilidades tenemos?

Lo más urgente es reducir de manera drástica, y eventualmente eliminar, el consumo de energía procedente de combustibles fósiles (incluyendo el transporte), sustituyéndola por energía renovable. Además, hay que acometer una reforestación masiva y detener la deforestación. Eso supone, además, reducir o eliminar el consumo de carne. Todo esto a nivel individual y colectivo.

Según un análisis llevado a cabo por el grupo de estudio Contra El Diluvio, sobre un reciente informe de las Naciones Unidas, las acciones imprescindibles de manera inmediata son factibles a nivel técnico, pero no se están aplicando. Es una cuestión de voluntad política. Por ello, la movilización y la presión política, financiera e incluso legal son herramientas que muchos colectivos consideran imprescindibles.

Según un informe reciente, las posibilidades de cumplir el objetivo de los dos grados son escasas. Un 5% en el mejor de los casos. Sin embargo, el hecho de que 2ºC es un consenso político hace que la batalla por controlar las emisiones siga valiendo la pena. Si no conseguimos este objetivo, hay que luchar por el siguiente.

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El tiempo que está por venir

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Octubre de 2017. Temperaturas que superan los 30 grados en la mayoría de ciudades españolas. Semanas enteras sin ver una sola gota de lluvia. Pantanos bajo mínimos. Cosechas que se adelantan. A 1.700 kilómetros de distancia, en la ciudad alemana de Bonn, del 6 al 17 de noviembre, se celebrará la conocida como Conferencia de las Partes, la COP23, patrocinada por la automovilística BMW y la empresa de paquetería y logística DHL, algo que ya pasó en París (2016) con Nissan e Ikea, y en Marrakech (2017) con BNP-Paribas, el banco que financia grandes proyectos de extracción minera.

Bonn acoge una cumbre que no ha levantado grandes expectativas a la espera de la que tendrá lugar el año que viene en la ciudad polaca de Katowice, donde los países que firmaron el Acuerdo de Parísdeberán revisar sus compromisos de reducción de emisiones de gases contaminantes. Hasta entonces, desde el movimiento ecologista ya se escuchan voces que alertan de que los compromisos firmados hasta el momento se muestran “insuficientes” y confían en que la próxima década se tomen medidas para salvar el futuro del planeta más allá de 2030. Precisamente para ese año, Europa se ha comprometido a reducir sus gases de efecto invernadero en un 26% respecto a 2005. Asimismo, del total de la energía consumida, al menos el 27% deberá proceder de fuentes renovables, y la eficiencia energética tendrá que mejorar otro 27% respecto a la situación actual. Florent Marcellesi, eurodiputado de Equo, cree que de la reunión alemana deberían salir más acciones concretas que pongan en práctica el citado Acuerdo de París, y apela a que cada Estado haga una revisión más ambiciosa de sus compromisos. Por otro lado, destaca que es el momento de actuar desde el ámbito local y “dar más relevancia a nuevos actores de la lucha contra el cambio climático, como las ciudades del cambio o la ciudadanía energética”.

Alemania acogió la primera conferencia de las Partes de la CMNUCC (COP1) hace 22 años. Desde entonces, se han firmado acuerdos vinculantes como el de París y Kyoto. Además, se han desarrollado 12 sesiones de la Conferencia de las Partes del Protocolo de Kyoto (CMP12) y una sesión de la Conferencia de las Partes del Acuerdo de París (CMA1). La próxima cita se celebra  en mal momento: llega pocas semanas después de que el presidente de EEUU, Donald Trump, haya decidido derogar el Plan de Energía Limpia, aprobado por el anterior gobierno y que estaba dirigido a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. “Con esta decisión vamos a facilitar el desarrollo de los recursos energéticos de Estados Unidos y a reducir cargas reguladoras innecesarias”. Las declaraciones de Scott Pruitt, dirigente de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, son una prueba más de la falta de compromiso de la administración de Trump en la lucha por el clima.

En España, el pasado 9 de octubre concluyó el periodo abierto (en pleno verano) por el Gobierno para presentar aportaciones a la Ley de Cambio Climático y Transición energética que debe aprobarse esta legislatura y que servirá de base para cumplir los acuerdos de París. Greenpeace es una de las organizaciones que han presentado propuestas a la normativa que, a su juicio, debe ir encaminada a crear un marco normativo que establezca un modelo energético 100% renovable. En eso coinciden con la Asociación de Empresas de Energías Renovables-APPA, que defiende el modelo de “quien contamina, paga”. Otras voces, como la del director de Política Energética y Cambio Climático de la multinacional Iberdrola, Carlos Sallé, ven en la lucha contra el cambio climático una “gran oportunidad social y económica”.

Elevadas temperaturas

Mientras la clase politica y los organismos internacionales se ponen de acuerdo, el clima sigue con su tendencia, marcando máximos de temperatura. El año 2017 ha sido el que más olas de calor ha registrado desde 1975, la fecha a partir de la cual se manejan datos. Las cinco que se han producido suman 25 días bajo esta situación. En 1991 y 2016 hubo cuatro olas de calor cada año; y en 2015, las temperaturas fueron tan altas durante 29 días que la Agencia Española de Meteorología tuvo que dar un aviso a la población. A estas elevadas temperaturas hay que añadir la falta de lluvias, que ha provocado la peor sequía de las dos últimas décadas y ha dejado los embalses al 38% de su capacidad total. Además, el último informe de Ecologistas en Acción sobre la calidad del aire en España denuncia que cuatro de cada cinco españoles respiraron niveles de ozono superiores a los recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), un contaminante que afectó al 87% del territorio.

En 2021 se entregará el sexto informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Su función es evaluar los aspectos científicos, técnicos, ambientales, económicos y sociales de la vulnerabilidad al calentamiento global. A través de la fotografía fija que elaboren, el mundo tendrá una imagen real de hacia dónde nos encaminamos, quizás sin solución ya que, como apuntan algunos expertos como Ed Hawkins, del Centro Nacional de Ciencias Atmosféricas de la Universidad de Reading (Reino Unido), ya habríamos superado el temido umbral de los 1,5 grados centígrados. Esperemos que cuando llegue el informe del IPCC no sea demasiado tarde. Quizás para entonces París, Marrakech, Bonn y Katowice solo sean algunos nombres de un extenso listado de oportunidades perdidas.


CRONOLOGÍA DE UNA LUCHA A DESTIEMPO

2006

Verdades incómodas

El exvicepresidente estadounidense Al Gore protagonizó el documental Una verdad incómoda, la primera gran producción que hablaba de las causas y consecuencias del cambio climático. Diez años después Leonardo di Caprio produjo Before the flood. Este otoño, Gore ha ido más allá con Una verdad muy incómoda: ahora o nunca. En el mundo literario, Naomi Klein publicó en 2014 el libro Esto lo cambia todo, un manual de referencia para tomar conciencia sobre la gravedad del problema.

China vs. EEUU

Ese año China adelantó a Estados Unidos en la dramática carrera por ver cuál de los dos países emite más gases contaminantes a la atmósfera. Juntos representan el 40% del total de las emisiones globales. Los presidentes Barack Obama y Xi Jinping firmaron en 2014 un acuerdo para reducirlas. Ya nadie se acuerda de esa fecha ni del compromiso. El tercer país más contaminante es India.


2007

El primo de Rajoy

Mariano Rajoy hizo famoso a su primo el negacionista. En una conferencia, el entonces líder de la oposición, más allá de algún chascarrillo propio de sus discursos, afirmó al referirse al cambio climático: “Tampoco lo podemos convertir en el gran problema mundial”. Su gobierno ha firmado el Acuerdo de París y, por suerte, su primo no está entre los ponentes que deberán discutir la nueva ley sobre cambio climático prevista para este año.


2014

Esto va en serio

El quinto informe de evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) acaparó la atención mundial. Los científicos demostraban que los impactos del calentamiento global ya son visibles en todos los continentes y sentenciaban que la responsabilidad es humana. Además, los expertos alertaban de que si había un aumento global de las temperaturas de más de dos grados, el planeta sufriría daños irreversibles.

Marchas: no hay un plan B

Nueva York acogió una de las manifestaciones más numerosas de su historia. Más de 300.000 personas salieron a la calle para recordar a los jefes de Estado que el cambio climático es un problema global. En todo el mundo se realizaron un total de 2.808 marchas en otras tantas ciudades pidiendo medidas urgentes. Una de las pancartas más repetidas, que sigue en vigor, sentenciaba: No hay plan B porque no tenemos un planeta B.

2017

La irrupción de Trump

El 1 de junio, el presidente Donald Trump anunció que Estados Unidos abandonaba el acuerdo firmado en la COP21 de París con la excusa de “proteger a Estados Unidos y a sus ciudadanos”. Trump, que se ha rodeado en su gabinete presidencial de negacionistas del cambio climático, denunció las condiciones “draconianas” y pidió un acuerdo “justo” que no restrinja el desarrollo económico. Del futuro del planeta no dijo nada.


2020

La última oportunidad

Los países que hayan firmado los acuerdos de París deberán empezar ese año a cumplir sus compromisos de reducción de gases contaminantes, que tendrán que ser mucho más restrictivos que los del Protocolo de Kyoto. El objetivo será que el aumento de la temperatura mundial no supere los dos grados centígrados a finales de este siglo. Quizás el año 2020 ya sea demasiado tarde, lo que está claro es que será la última oportunidad.

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Refugiados climáticos: hablan las víctimas del calentamiento global

Ya hay más de 64 millones de personas desplazadas debido a los efectos del cambio climático, según Naciones Unidas. La Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) calcula que el calentamiento global podría empujar al exilio a 1.000 millones de personas en las décadas venideras. En 2015 más de 200 gobiernos de todo el mundo dieron una muestra de responsabilidad al adoptar el Acuerdo de París. Por primera vez en la historia se pusieron de acuerdo para limitar el calentamiento global de aquí a 2050 a 1,5 grados centígrados, dejando así un poco de margen al límite de dos grados, a partir del cual los científicos auguran catástrofes de una envergadura impredecible e irreversible.

Los estudios científicos avalados por la ONU advierten que, al ritmo actual, la temperatura media del planeta superará con creces la barrera de los tres grados antes de 2050. La última cumbre del clima, celebrada en Marrackech en 2016, concluyó rozando el fracaso absoluto al posponer hasta 2018 el establecimiento de mecanismos que pongan en marcha lo acordado en París, un consenso del que el país más contaminante del mundo, Estados Unidos, ya se ha retirado.

Detrás del ruido mediático de las cumbres del clima, por las que desfilan decenas de presidentes, ministros y miles de técnicos, expertos y lobbistas, permanecen silenciadas millones de voces que ya sufren las consecuencias directas del cambio climático. La mayoría procede de países con economías empobrecidas, territorios seriamente afectados por desastres naturales cada vez más impredecibles y demoledores.  La Marea conversa con algunas de esas víctimas invisibles del cambio climático.

Refugiados climáticos

Sequías e inundaciones, nuevas enfermedades y la desaparición de especies son sólo algunas de las facturas que paga la naturaleza y quienes viven de ella en los países desindustrializados de menor renta per cápita, los más vulnerables al calentamiento global, que además son los más expuestos a la contaminación generada por grandes empresas extractivistas (deforestación, suelos contaminados, etcétera). “Nos vemos obligados a engrosar las filas de la emigración a la ciudad”, lamenta Blanca Chancoso, líder indígena quechua venida desde Ecuador.

El calentamiento global también aparece entre los factores que, junto con razones geopolíticas, origina conflictos tan sangrientos como la guerra de Siria (la subida del precio del trigo, debido a la escasez de lluvias en países productores, influyó en el estallido de ese y otros conflictos ligados a la Primavera Árabe). De los 50 países más afectados por el cambio climático, 36 están en África. “Estamos decepcionados con las resoluciones, vengo de un país en el que tres cuartos de la superficie son ya desierto”, denuncia Adjoudji Gueme, presidenta de la Unión de Sindicatos de Chad. Recuerda que el mítico lago Chad ya ha perdido el 90% de su superficie. Gueme pide hechos contundentes y cita el ejemplo de las explotaciones petroleras en su país, que “han destruido cultivos” en su única zona fértil y han empujado a miles de personas al exilio.

Pese a estas realidades, los refugiados climáticos no existen a efectos legales, con excepción de países como Suecia y Finlandia. En 2007 saltó a las portadas el caso de Teitiota y su familia, que huyeron a Nueva Zelanda porque el mar se comía la isla de Kiribati, su hogar. Las autoridades neozelandesas les denegaron el asilo. La Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 aún no reconoce los desplazamientos por razones climáticas, al igual que no lo hace el Acuerdo de París.

Samir Abi es de Togo y preside el Observatorio de Migraciones del África Occidental. Lleva años viendo cómo miles de agricultores de esa región se desplazan para huir de la subida del mar, las olas de calor y la alteración de las estaciones. “Europa ha impuesto la idea de migrante económico para criminalizar a quienes llegan a sus fronteras, pero no habla de emigrantes climáticos porque eso lo cambiaría todo”. “La explotación minera en nuestros países contamina el agua y destruye el suelo, ¿de qué vamos a vivir? Somos víctimas de las multinacionales del norte, emigramos por su culpa”, añade emocionado. Además, recuerda que gran parte de los fondos destinados al sur acaban “en Suiza o en las Islas Vírgenes británicas”. “No hay corrompidos sin corruptores”, sentencia.

La responsabilidad de los que más contaminan

El Acuerdo de París plantea la transferencia de tecnología de los países industriales a los países del denominado sur –en su mayoría situados en África, América Latina y el Sureste asiático–, así como la creación del Fondo Verde, dotado con 100.000 millones de dólares hasta 2020 destinados a mitigar los efectos del cambio climático (80% del fondo) y a proyectos y políticas de adaptación (20%) en los países de menor renta, los más vulnerables, para que no se vean en la tesitura de escoger entre su desarrollo o la lucha contra el calentamiento global. Hasta ahora sólo se ha comprometido –que no transferido– una quinta parte de esa cifra. “Tienen una deuda histórica con nosotros, no estamos pidiendo limosna”, opina en voz alta una indígena de rasgos andinos durante una de las reuniones informales de movimientos sociales.

“No podemos hablar de justicia climática sin hablar de justicia social”, opina Inés Djouhri, joven francoargelina que ayuda en la organización de la cumbre alternativa en una zona autogestionada de la Universidad Cadi Ayyad de Marrakech. Al igual que ella, las tailandesas Chirapaporn Laima y Nachira Titpranee tienen claro que sólo podrán mejorar sus economías y proteger el medio ambiente “con el compromiso de las naciones más desarrolladas”. Fue también en Marrakech, en 2001, donde se aceptó la creación del Fondo de Adaptación, predecesor del Fondo Verde ideado en 2011, durante la COP17 de Sudáfrica. Quince años después y en la misma ciudad, los líderes de las naciones más ricas del mundo siguieron sin ponerse de acuerdo para darle vida.

Mujeres contra el cambio climático

La COP20 celebrada en Lima en 2014 incorporó por primera vez el enfoque de género en la lucha contra el calentamiento global. Los líderes que fraguaron el fracaso de la Cumbre de Marrakech se comprometieron a “desarrollar un plan detallado de acción de género”, pero las mujeres de los países más vulnerables no están satisfechas. Kalyani Raj, de la organización All Indian Women’s Conference, asegura que “el cambio climático impacta de forma diferente a mujeres y hombres, pero sólo hay hombres decidiendo las políticas”. Usha Nair, que trabaja en la concienciación de mujeres indias, defiende que se incluyan en la misma agenda “la lucha contra el cambio climático, la igualdad de género y los derechos humanos”.

Los expertos señalan que el cambio climático afecta más a las mujeres de las zonas más expuestas a la alteración del clima que sus pares masculinos, ya que reduce con fuerza sus posibilidades para mejorar su nivel de educativo o realizar trabajos que les permitan tener independencia económica, dos pilares clave para su emancipación, lo que perpetúa y profundiza la desigualdad de género. Fatou Sarr, senegalesa y presidenta en el Sahel de la ONG Enda Graf, defiende que se les dé más poder: “Las mujeres ponemos el listón más alto porque nuestro rol está más cerca de la prevención y la preservación climática”. Se alegra de ver que “cada vez hay más mujeres comprometidas, aprendiendo y sensibilizando”, pero comparte la decepción que, para todos, supuso la Cumbre de Marrakech.

La agricultura de subsistencia es el sustento de muchas mujeres en países empobrecidos. Ellas tienen más dificultad que sus pares masculinos para acceder a tecnología con la que mejorar su trabajo o enfrentar las catástrofes medioambientales, cada vez más frecuentes. La FAO estima que se podría reducir en más de 100 millones el número de personas que sufren hambre si las mujeres del mundo rural tuvieran el mismo acceso a este tipo de recursos, pero solo el 7% de las inversiones agrícolas acaban en manos de ellas, a pesar de que representan el 43% de esta fuerza laboral.

“Los gobiernos no escuchan, falta voluntad política”, lamenta Blanca Chancosa, indígena quechua, mientras camina en el río de trajes oscuros que deambula por las instalaciones de la Cumbre de Marrakech.

Este reportaje fue publicado en el número 44 de La Marea. Puedes comprarlo haciendo clic aquí.

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