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Corrupción en Convergència: el país, el partido y la persona

La Audiencia de Barcelona ha condenado a Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) por cobrar comisiones de Ferrovial para financiar el partido. CDC se montó a finales de los 70 en torno a la figura de Jordi Pujol, quien estuvo al frente de la formación y de la Generalitat de Catalunya entre 1980 y 2003. Le sucedió Artur Mas, hasta hace seis días presidente de las siglas herederas de CDC, PDeCAT. De hecho, esta historia podría empezar con Artur Mas saliendo del Palau de la Generalitat el pasado 25 de octubre, solo horas antes de que Puigdemont rechazara la posibilidad de convocar elecciones, y por lo tanto se lanzara a proclamar la República Catalana. Podría.

Sin embargo, es de recibo arrancar con Pasqual Maragall. Con una frase de todos conocida, y con la inmediatamente posterior, siempre olvidada. Era jueves, 24 de febrero de 2005. El entonces president de la Generalitat de Catalunya, Pasqual Maragall, se levantó de su asiento en el Parlament y, en respuesta a una puya de Artur Mas, denunció: “Pienso que efectivamente hemos tocado el tuétano. Ustedes tienen un problema. Y ese problema se llama 3 por ciento”. Acto seguido se sentó. Hasta aquí lo que se ha repetido miles de veces.

Ahora lo que siguió:

Artur Mas se levantó entonces, estaba a poquísimos metros de su interlocutor, un Maragall, sentado, que le miraba desde abajo. El de Convergència tomó la palabra: “Usted ha perdido completamente los papeles”, le dijo. “Si el president de la Generalitat hoy tiene que acabar este turno parlamentario de esta manera, usted ha perdido completamente los papeles”. Y repitió: “Usted ha perdido completamente los papeles, señor Maragall. Si era para esto, se podría haber ahorrado esta intervención. Usted manda la legislatura a hacer puñetas, supongo que es consciente. Por lo tanto, le pido, formalmente, con modestia y pleno respeto, que retire esta última expresión y podamos volver a restablecer el mínimo de confianza que este país necesita”.

Maragall pidió la palabra, se levantó y dijo: “Honorable señor diputado, accedo a su demanda”.

Punto.

El president Maragall acababa de denunciar públicamente en sede parlamentaria el cobro de comisiones por parte de Convergència Democràtica de Catalunya –algo que la mayoría de los allí presentes parecía saber o sospechar– y accedió inmediatamente a retirar lo dicho. ¿Por qué? En principio, porque estaba negociando la aprobación de un nuevo Estatut. Aunque hay quien opina que lo retiró porque lo dicho, dicho está.

Tiempos de Mas y Pujol

Es precisamente Artur Mas quien marca la línea de puntos que une aquella denuncia de Pasqual Maragall y la condena de hoy a CDC, pasando por el Palau de la Generalitat donde Carles Puigdemont estaba a punto de decidir que se iba a declarar la independencia de Catalunya “de forma unilateral”. Y era preciso detenerse en aquel “accedo a su demanda” pronunciado por Maragall. Retrata una peculiar relación entre política, corrupción e identidad. O nacionalismo, si se prefiere.

La sentencia condenatoria de la Audiencia de Barcelona conocida este lunes 15 de enero denuncia un “acuerdo criminal” estable entre Convergència y la empresa Ferrovial que va de 1999 a 2009.

Vamos con las fechas.

En 2003, Artur Mas, mano derecha de Jordi Pujol, lo sustituye al frente del partido. Han perdido la Generalitat, que pasa a ser presidida por un tripartito “de izquierdas”: PSC, ERC e IC. O sea, que el “acuerdo criminal” del que habla la sentencia transcurrió durante los últimos cuatro últimos años de Pujol al frente del partido, y los primeros seis de Mas.

Pero no fue la acción de este quien puso fin al crimen, sino la intervención policial.

El jueves 23 de julio de 2009 –año en el que el juez dictamina que finaliza el “acuerdo criminal”–, los Mossos d’Esquadra entraron en el Palau de la Música Catalana por orden de un juez de Barcelona. Se investigaba el desvío de más de dos millones de euros de los fondos del Orfeó Català. Y, tirando de ese hilo, se llegó a la financiación ilegal de Convergència. De la Convergència de Jordi Pujol y de la de Artur Mas.

La sentencia ha confirmado las tesis de la acusación del fiscal anticorrupción, Emilio Sánchez Ulled, quien denunció dicha financiación ilegal a través del Palau. Así pues, queda probado que Daniel Osácar, tesorero de CDC en aquella época, recibía sobres con dinero en efectivo procedente de la constructora Ferrovial utilizando como vía de entrada el Palau de la Música. Exactamente lo que confesaron Fèlix Millet y Jordi Montull ante el juez. En este caso, se trata de 3,7 millones de euros. Habría que añadir, según el juez, facturas falsas y donaciones varias a CatDem –fundación de CDC– hasta alcanzar los 6,6 millones que se exige pagar al antiguo partido de Mas y Pujol.

La línea de puntos

Pero la línea de puntos trazada por Mas no se queda ahí. El 29 de septiembre de 2016, el Ministerio del Interior registró un nuevo partido, el Partit Demòcrata Europeu Català, el PDeCAT. Su presidente: Artur Mas. Dos años antes Jordi Pujol había confesado irregularidades en sus fondos en el extranjero. Ese fue el principio del fin.

A día de hoy, PDeCAT encabeza su página web con el lema “Un partit compromés amb la transparència”. Y si de transparencia se trata, valga recordar que, entre que Mas deja la presidencia del PDeCAT y la Audiencia hace público el “acuerdo criminal” CDC-Ferrovial, solo han pasado seis días. Dice adiós, además, en una fecha señalada: cuando se cumplen exactamente dos años desde que el 9 de enero de 2016 cediera la presidencia de la Generalitat a Carles Puigdemont.

Las palabras de Mas en su marcha, la semana pasada, fueron más que elocuentes: “Primero es el país, después el partido y después la persona”.

Así que la línea de puntos se podría resumir de la siguiente manera:

En 2003 –con el “acuerdo criminal” en marcha, según el juez–, Pujol cede la dirección del partido a Artur Mas.

Dos años después, en febrero de 2005, Maragall deja en evidencia algo que parece era conocido: CDC cobra comisiones del 3%, acusación que retira de inmediato a petición de Mas.

En 2009, con el tripartit aún en el Govern, los Mossos entran en el Palau y ponen en marcha una investigación que acabará en las arcas de CDC.

En julio de 2014, Pujol confiesa su fechoría en el extranjero, lo que supone un golpe mortal a Convergència y a una cierta idea de la “honorabilitat” en la política catalana.

En enero de 2016, Artur Mas cede la presidencia de la Generalitat a Carles Puigdemont.

En verano de 2016, se funda el PDeCAT, en la práctica un cambio de nombre de la antigua Convergència, que mantiene a Artur Mas como presidente.

En marzo de 2017, Millet confiesa la financiación ilegal de Convergència y su participación en ella.

El pasado 9 de enero de 2018, hace una semana, Artur Mas renuncia a la presidencia del PDeCAT.

Este 15 de enero de 2018 la Audiencia de Barcelona condena a Convergència Democràtica de Catalunya por cobrar comisiones de Ferrovial para financiar el partido. Lo llama “acuerdo criminal”, y afirma que fue “ininterrumpido” entre 1999 y 2009, o sea, con Pujol y Mas al frente de la formación.

País, partido, persona

La línea argumental que se impone en este momento en el entorno del PdeCAt y Junts Per Catalunya, su plataforma electoral, es que no existe nexo entre la vieja Convergència y la actual formación. Basta seguir la línea de puntos que marca Artur Mas.

Pero cabe recoger, además, ese momento en el que, el pasado 25 de octubre por la tarde, Puigdemont se reunía con Mas en el Palau de la Generalitat. Unas cuantas horas después, el que pasa por ser “president en el exilio” rechazaría la posibilidad de convocar elecciones, y por lo tanto se lanzaría a proclamar la República Catalana.

El paso que ha dado la Audiencia de Barcelona certifica, por primera vez, aquella financiación irregular de Convergència que el president Maragall le espetó a un estupefacto Artur Mas en el Parlament de Catalunya. La del 3 per cent. La que le espetó e inmediatamente retiró.

Como diría Mas, “primero es el país, después el partido y después la persona”.

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