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¿Por qué soy comunista?

Pintura de Dimitri Vrubel en el muro de Berlín que muestra al líder comunista Erich Honecker (RDA) besando a su homólogo soviético, Leónidas Breznev. Foto: Marta Nimeva N.

A raíz de la publicación de Por qué soy comunista (Península, 2017), de Alberto Garzón, preguntamos a seis personas relacionadas con el movimiento comunista acerca de qué tiene que aportar hoy en día el comunismo a epígrafes tan dispares como el municipalismo, el feminismo o la construcción europea.

Marina Albiol

Eurodiputada del Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea

En el contexto europeo, donde la ultraderecha parece renacer de nuevo tras la crisis, ¿por qué cree que el comunismo no ha tenido un repunte similar? ¿Cuál piensa que puede ser el papel de las comunistas en el presente inmediato?

La extrema derecha está en auge porque siempre ha sido el plan B del sistema para situaciones de crisis de representatividad como la que vivimos. Son el aliado perfecto de las élites porque, aunque se presenten como alternativas al sistema, no cuestionan sus bases económicas y materiales, lo que las convierte en una apuesta muy cómoda para evitar que las clases populares encuentren en la izquierda la respuesta al modelo neoliberal que genera paro, pobreza y desigualdad.

Trump o Le Pen son cómodos a las élites y por eso los impulsan. Lo hacen de muchas maneras, pero sobre todo asumiendo las políticas que llevan en sus programas. Así, cuando la Unión Europea pone en marcha políticas racistas contra las personas migrantes y refugiadas –como el cierre y la externalización de fronteras, las deportaciones forzosas, o los CIE–, y los gobiernos estatales las aplican obedientemente, se da alas a la extrema derecha.

En este contexto, no debemos perder de vista dos cosas. Por un lado, que con la UE de Maastricht, del BCE, del euro y de la doctrina de la Europa fortaleza, no hay futuro para el pueblo europeo y los pueblos de Europa. Y por otro, que los y las comunistas podemos jugar un papel esencial en revertir esto y construir una alternativa junto a las organizaciones de izquierda anticapitalista, en base a la unidad y la movilización.


Maxi Nieto

Profesor en la Universidad Miguel Hernández

En un mundo de economía globalizada donde el capitalismo parece ser omnímodo e invencible, ¿tiene el comunismo alguna propuesta económica actualizada? ¿Se ha adaptado a las condiciones materiales de nuestro presente?

El comunismo en Marx es un proyecto de emancipación social consistente en el autogobierno ciudadano que se ejercería sobre la base del control consciente, racional y democrático de la producción. El dispositivo institucional para lograrlo es la planificación económica, que permite superar la anarquía de la producción capitalista y habilitar un control social del excedente, acabando así con la explotación del trabajo, todo lo cual ha de permitir orientar libre y democráticamente el desarrollo social.

Pero coordinar eficientemente una economía compleja, lo cual implica poder realizar un cálculo racional de costes, exige condiciones tecnológicas —además de políticas— muy concretas que en tiempos de la URSS no se daban. Sin embargo, el desarrollo científico-técnico actual (informática, big data, inteligencia artificial) permite por vez primera en la historia una genuina planificación eficiente y democrática de la economía basada en las ideas de Marx.

Funcionaría como un sistema distribuido, centralizado y descentralizado a la vez, con espacio para la experimentación empresarial y el trabajo independiente. Amazon o Wal Mart, con su gestión informatizada de insumos en tiempo real, prefiguran algunos de los mecanismos de ese modelo comunista viable y eficiente. Estas ideas se desarrollan en Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia (Cockshott y Nieto, Trotta, 2017).


Marga Ferré

Secretaria de elaboración política de IU

A 100 años de la Revolución, ¿qué queda del comunismo? ¿Qué es ser comunista hoy?

Haré una primera afirmación quizá provocadora: yo sería comunista aunque la revolución de octubre no hubiese ocurrido. Quiero decir que las ideas que inspiraron e inspiran el comunismo siguen siendo tan válidas como vivo está el capitalismo depredador y explotador que combaten.

Tras la caída del Muro, la tergiversación histórica se ha hecho ley hasta el punto de que es imposible imaginar un mundo no capitalista para la mayoría de la gente, es decir, nos cuesta imaginar un mundo sin explotados ni explotadores, sin clases sociales, sin competencia, sin mercado. La idea de que los seres humanos podemos construir una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales es tan poderosa y justa, que el capital necesita todo su enorme poder de seducción para intentar evitarla y convencernos de que no es posible soñar mundos fuera de los estrechos límites de su feroz tiranía económica.

Hoy, como en el siglo XIX, el trabajo es el centro de la explotación humana; cada vez más y es por eso que las ideas que desvelan esta aberración como antihumanas y que proponen un mundo justo e igualitario, tienen tanto o más sentido que en otras épocas de nuestra historia.


Esther López Barceló

Profesora de Historia

¿Qué pueden aportar los comunistas al municipalismo, a la política más cercana?

Las políticas municipales son una suerte de oportunidad para generar empoderamiento popular y garantizar que el colectivo pueda formar parte de la toma de decisiones. Las comunistas reivindicamos una sociedad en la que el bien común esté a disposición de las necesidades de la mayoría y, para ello, desde la política local, podemos conseguir participación directa de las vecinas y vecinos en cómo redistribuir los presupuestos, someter a escrutinio público la auditoría de la deuda, impulsar el tejido económico alternativo social y solidario… En definitiva, tenemos la posibilidad de subvertir el orden impuesto, ese que establece que lo económico no se puede someter a debate. Estoy por todo ello firmemente convencida de que nuestra visión, eminentemente marxista, es imprescindible para cooperar con otras en la construcción de ciudades democráticas, en el más profundo y bello –por qué no– sentido de la palabra.


Felipe Alcaraz

Escritor

¿Cuál cree que fue el papel del comunismo en la caída de la dictadura franquista, así como en la consolidación del llamado régimen del 78?

Vázquez Montalbán acuñó aquello de “correlación de debilidades”: el franquismo no podía retroceder, reinventándose, ni la oposición democrática podía ir más adelante. En todo caso, el santo no se cayó por el lado del PCE, que dio todo lo que tenía en la lucha por las libertades. Aquel empate lo resumió bien Marcos Ana, cuando dijo aquello de que él no había luchado por una democracia como esta. Quizás la explicación esté en el artículo determinado: se decía “el” partido, sin necesidad de añadir ningún otro término; artículo que habla de cierta soledad para alcanzar las alianzas necesarias para la ruptura. Alguien lo dijo ante los carteles del PSOE en 1977: 100 años de antigüedad y 40 de vacaciones. Y después la historia se complica: hay dos relatos de la transición, el dominante (unos pocos sabios diseñan una transición modélica) y el real: la lucha social por las libertades estuvo ahí, en las bases del PCE y de otros partidos “radicales”; en la modélica transición hubo más de 300 muertos, 190 de ellos a manos de franquistas “incontrolados”. Hoy la correlación ha alimentado continuidades, pero a la vez hay impulso para saber que hay mimbres para un proceso constituyente. En la C78 no cabemos ya todos.


Carmen G. Magdaleno

Responsable de comunicación en IU de Lugo

¿Cómo ve las relaciones entre el movimiento feminista y el comunista?

La subordinación de la mujer al hombre es una forma de dominación directamente relacionada con la explotación de clase. La sociedad patriarcal ahorra costes y favorece al modelo productivo capitalista: es una forma de organización muy rentable porque legitima que las mujeres, nada menos que la mitad de la población mundial, se ocupe sin remuneración del trabajo doméstico y los cuidados y que, además, reciba salarios (más) reducidos y contratos (aún más) precarios en el trabajo remunerado. Por lo tanto, el único modo efectivo de combatir esa alianza entre patriarcado y capitalismo es la unión entre comunismo y feminismo. Es decir, adoptar la perspectiva de género en la lucha de clases y la perspectiva de clase en la lucha contra el patriarcado. El objetivo de ambos movimientos es la emancipación y la igualdad de todos los seres humanos. Para cumplirlo hay que derribar las dos divisiones sociales que permiten a la élite explotar a la mayoría social trabajadora: la de clase y la de género. Por eso tengo claro que una persona comunista debe ser necesariamente feminista, y al revés.

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¿Qué es ser comunista hoy?

Concentración comunista. Foto: Marsel Minga.

Por qué soy comunista es el nuevo libro de Alberto Garzón, publicado por Península. Estoy convencido de que debió de existir un título similar en la América de los años cincuenta, salvo que ese trataría sobre las tribulaciones y el arrepentimiento de un buen ciudadano que cayó presa de la hidra roja.

El comunismo es uno de esos hechos históricos que, dependiendo del lugar y la fecha, tienen significados muy diversos. Asimismo, siendo una de las ideologías sobre las que más se ha escrito y pensado, es una de las más difíciles de definir. Hagan la prueba y organicen una reunión con cuatro o cinco comunistas, den pie a que hablen de su historia y al cabo de un rato tendrán un buen lío sobre la mesa.

La motivación del libro de Garzón, sin embargo, no es tan ambiciosa –y suicida– como pretender sentar las bases sobre lo que es el comunismo hoy. La obra está enfocada desde la necesidad de situar al marxismo (el sistema filosófico tras la hoz y el martillo) no como una curiosidad histórica acabada sino como un sistema de pensamiento vigente y válido para hacer política. Ya en la introducción la contraposición que se hace a lo especulativo del liberalismo y la lucha entre el mecanicismo en Marx contra su versión dialéctica así lo indican.

Por qué soy comunista es una crítica al sistema político y económico del capitalismo, no solo desde su vertiente ética, haciendo notar los desajustes que provoca en nuestra sociedad, sino haciendo patentes las contradicciones de un modelo organizativo ineficiente y poco democrático. Pero también intenta dar razones para despojar de autoridad a los cuidadores del museo, a esos sacerdotes que han transformado el marxismo en una herramienta mellada que se cita como un rabino haría con la Torah.

Se adivina que hay mucho del Garzón que conocemos en las páginas de la publicación, por su estilo divulgativo pero con contenido exigente. No es el texto más ligero que encontrarán en los anaqueles, pero sí una de las novedades que, además de los temas que trata, tiene la virtud de enseñar a pensar al lector en unas claves que no son las habituales. Ciencia, filosofía, clases sociales, Estado y una economía en crisis son los protagonistas que harán avanzar su argumento, uno pensado para hacer frente a las dudas que cualquier persona de izquierdas tiene a la hora de enfrentar el absurdo cotidiano.

Aprovechando la salida de libro pensamos en trasladar la misma pregunta que lo titula a diferentes personas que de una u otra forma tienen relación con el movimiento comunista. Pero luego caímos en la cuenta de que en la propia respuesta a por qué somos como somos, siempre se halla un matiz de complacencia: nadie habla mal de sí mismo, aunque sea en términos políticos. Por eso preferimos cuestionar qué tiene que aportar el comunismo hoy a epígrafes tan dispares como el municipalismo, el feminismo o la construcción europea.

Nuestras invitadas son Marina Albiol (1982), una de las diputadas del Parlamento Europeo que más combativas se ha mostrado frente al ascenso de la ultraderecha en el continente; Felipe Alcaraz (1943), histórico comunista, escritor y uno de los pocos parlamentarios que ha renunciado a su pensión vitalicia; Marga Ferré (1968), vinculada a la Fundación por la Europa de los Ciudadanos y secretaria de elaboración política de IU; Esther López Barceló (1983) es actualmente profesora, impulsora de iniciativas sobre memoria histórica y trabajó en el área de economía del Ayuntamiento de Madrid; Carmen G. Magdaleno (1986), responsable de comunicación en el grupo municipal de IU de Lugo, aunque también realiza un intenso trabajo de concienciación feminista en redes; por último, Maxi Nieto (1972), profesor en la Universidad Miguel Hernández de Elche y un original divulgador sobre las técnicas informáticas aplicadas a la economía planificada.

Pincha aquí para leer las siguientes entrevistas:

Marina Albiol, eurodiputada del Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea.

Maxi Nieto, profesor en la Universidad Miguel Hernández.

Marga Ferré, secretaria de elaboración política de IU.

Esther López Barceló, profesora de Historia.

Felipe Alcaraz, escritor.

Carmen G. Magdaleno, responsable de comunicación en IU de Lugo.

 

 

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Jóvenes Papas, viejos comunistas. Contra la política de la amabilidad

Jude Law, en la serie 'El joven Papa' I La Marea

Voy a empezar hablando de una serie y un documental. Curiosamente la primera es una ficción que parece anticipar un hecho plausible, mientras que el segundo, mostrándonos un suceso real, se contempla hoy como una ficción. La idea del desarrollo lineal de la historia, como una sucesión de acontecimientos que se superponen con el sosiego del calendario, nos vale para imaginar un concepto inalterable de orden pero rara vez para explicar los saltos adelante, en muy poco tiempo, o los retrocesos pintados como modernidad.

No sé si han visto la reciente El joven Papa, una de esas producciones con gusto cinematográfico de la HBO, dirigida por el italiano Sorrentino. Sin entrar a desvelar mayores tramas argumentales —y ganarme con ello sus iras— la serie gira en torno a la llegada al trono de Roma de un pontífice apenas rozando la cincuentena, norteamericano y apuesto, interpretado por Jude Law. Sin mayores datos cualquier persona pensaría que el hilo narrativo versará sobre un personaje heterodoxo y aperturista enfrentado a la curia católica, al fin y al cabo el apelativo de joven así nos lo debería indicar.

Sin embargo, la ficción dirigida por Sorrentino justo va en el sentido opuesto. Su Papa es un reaccionario que, alertado por el retroceso de la Iglesia, plantea unas medidas extremistas en la línea de expulsar a los homosexuales del ministerio, tachar a los fieles de superficiales o restaurar la liturgia en latín. El poder político vaticano le advierte de unas consecuencias que no tardan en llegar: los católicos, atemorizados, dan la espalda a la Iglesia. Lo interesante es la explicación que el joven Papa da para justificar su aparente maniobra suicida: la Iglesia católica no es una ONG, no está para repartir sonrisas ni consuelo, venderse amable como un producto más. La Iglesia Católica es misterio, infalibilidad y tradición, son los creyentes los que tienen que acercarse a ella con humildad, respeto y devoción total y desinteresada. Dios no es un coacher.

Lo otro de lo que les quería hablar es del documental Le fond de l’air est rouge, realizado en 1977 por Chris Marker. La película se pregunta, casi diez años después de la ola revolucionaria del 68, en qué ha quedado el proyecto emancipatorio. Su propio título, traducido por algo así como La esencia del aire es roja, es un juego de palabras en base a una expresión francesa que viene a decirnos que la revolución, aún presente, no ha acabado de sustanciarse, de tomar tierra. Y, atención, cuando hablamos de revolución no lo hacemos como una metáfora, como una idea abstracta para expresar cambio, lo hacemos —lo hacían en la época— con toda su connotación y dureza, con toda su realidad, lo hacían como se hacía en la Rusia de 1917.

En el documental hay una escena donde se escucha a un hombre, intuimos joven, hablar sobre la muerte de un compañero del Partido Comunista Francés, mientras que vemos las imágenes de la factoría donde estuvo empleado, ese día cerrada por decisión de los trabajadores para rendirle tributo. El narrador comenta, admirado, emocionado pero también pensativo, cómo el camarada muerto había dedicado su larga vida en exclusiva a su partido, a su clase, efectivamente, a la revolución. Cuenta que sufrió torturas en la ocupación nazi, cárcel en la república democrática, privaciones materiales por las reprimendas patronales, pese a ser un excelente y dedicado profesional. “Seguro que perdió muchas tardes de paseo, con sus hijos, su mujer, seguro que se perdió muchas puestas de sol”, cito de memoria.

Quizá, tras los dos pasajes, intuyan por dónde voy. Pero traigamos antes de la conclusión un nuevo cuadro a escena. Eso que se llamó la revolución neoconservadora (las apropiaciones utilizadas por historiadores también son reflejo de quién gana las batallas), es decir, la ofensiva que los ricos, sin más adjetivos, lanzaron a finales de los años 70 para destruir todos los avances de los acuerdos sociales de posguerra, siempre es analizada desde el punto de vista económico y político. Ya sabrán, el despiece del Estado del bienestar, el adelgazamiento del sector público, la desregulación del sector financiero, la pérdida de derechos laborales, la recuperación del individualismo egoísta, la política internacional basada en el militarismo y un clasismo atroz. En definitiva, una macedonia propuesta por extremistas del libre mercado para restaurar la idea victoriana de sociedad. Sin embargo, al analizar esta radicalidad en tirantes, rara vez se explica que el verdadero triunfo de estas ideas no vino de una lucha honrada frente a sus opositores keynesianos y marxistas, sino producto de una estrategia mucho más sibilina.

Si era imposible que la mayoría aceptara tal locura si la lucha se libraba en el campo político, tal y como era concebido en la época, la solución era destruir la política en sí misma. Condenarla a una suerte de, en el mejor de los casos, gestión de una única dirección y, en el peor, una actividad miserable de la que la ciudadanía debía abjurar. La política, hasta ese momento un hecho social transversal a todas las clases, practicada por el parlamentario en las instituciones, por el banquero mediante el susurro, también era propiedad del sindicalista, del estudiante, del activista de barrio, incluso de la escritora, la madre o la campesina. No era algo ajeno a sus vidas, ni algo puntual ni esotérico. El gran triunfo del neoliberalismo fue lograr, no sólo que la gente perdiera interés en la política, que la consideraran una actividad propia de profesionales decadentes, sino sobre todo transformar la política en algo envasable y vendible. La política dejó de ser una actividad social esencial para pasar a competir en el mismo nicho de cualquier entretenimiento. Y claro, perdió.

Desde luego si la política a desarrollar es la del continuismo de la demencia thatcheriana esta situación resulta de lo más conveniente. Si, por contra, la política quiere introducir cambios en este orden asentado no puede conformarse con su forma actual. ¿Debemos volver, como propone el joven Papa de Sorrentino, al latín ideológico? No, pero sí tener en cuenta que si la política quiere trascender de sus lugares habituales, aunque parezca contradictorio, debe volver a ser política dura, esto es, reafirmarse a sí misma en sus esencias como el ejercicio colectivo de conducción de la comunidad.

La política no puede quedar confinada en un edificio, de la misma forma que no puede ser un objeto amable y consumible que el votante, cada cierto tiempo, compra en un mercado electoral. La idea de que la política está para darnos cosas, como si fuera una máquina expendedora de refrescos en el que apretamos sin mayor criterio un botón, es abyecta. La política no puede ser un espectáculo del sábado noche en el que elegimos equipo con la esperanza de que nuestro tertuliano favorito tenga una intervención brillante. La política no tiene que ser amable, ni decir a la gente lo que quiere escuchar, que no es más que lo que otros interesadamente han sentenciado como lo razonable.

Los partidos de izquierdas no compiten hoy contra los partidos de derechas, compiten contra el ocio planificado, contra la amnesia de lo cotidiano y el sopor anestesiante de lo diario, contra un sistema de valores que nos recuerda cada día, cada hora, cada minuto que no hay opción posible, que todo ha sido así siempre y que es imposible de cambiar. Ser de izquierdas no puede estar en el mismo epígrafe que ser aficionado al triatlón, la gastronomía sofisticada o la ornitología. Si ser de izquierdas —luchar contra este desbarajuste que tiene visos de llevarnos de nuevo al precipicio, llámenlo como quieran— es percibido como una opción, ahí sí, estamos derrotados. Porque lo que comprendió el militante de la peli de Marker, y tantos millones más, fue que aquella lucha no era una opción sino algo consustancial a sus vidas, algo que no se elegía, de la misma forma que no podemos elegir otras muchas cosas en nuestra sociedad, todas, casi siempre, decididas por los de arriba. No era una cuestión de formación, ética o valentía, que también, sino de experimentar lo que ahora es ajeno como algo propio.

No se trata de exigir que la enorme brecha entre el entonces y el ahora desaparezca tan sólo enunciando el problema, ni exigir la totalidad de la aspiración a un presente y a unos protagonistas con los sentidos atrofiados y la confianza quebrada. De lo que se trata es de intuir que de entre los que se alejaron de la política o vuelven intermitentes y timoratos hay muchos que agradecerán asumir su papel esencial en reforestar el desierto antes que en volver a ser espectadores pasivos de una promesa de paraíso que saben imposible.

Repitamos juntos: que se joda el votante medio.

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