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Ciudades que son víctimas y culpables

La boina de contaminación es una imagen frecuente en el cielo de Madrid. FERNANDO SÁNCHEZ

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En Erbil, capital del Kurdistán iraquí, la temperatura media en verano es diez grados mayor que en Madrid. También lo son las máximas, que a menudo se sitúan por encima de los 40 grados centígrados. A pesar de que la precipitación anual es muy similar en Erbil y en Madrid, en la ciudad kurda la lluvia cae de forma torrencial entre diciembre y abril. Con una población de unos 800.000 habitantes, Erbil se concentra en aplicar soluciones contra el cambio climático, con un desierto que llama a la puerta desde el sur y una temperatura en ascenso año tras año.

Exactamente eso es lo que la página web de información climática estadounidense Climate Central analizó el pasado julio. A partir de las indicaciones del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore (dependiente del gobierno de Washington), el periodista de datos Brian Kahn dibujó un mapa con las mayores urbes del planeta, entre ellas Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Zaragoza. Al pinchar en cada una de ellas, podía verse la proyección del aumento de temperatura hasta el año 2100.

Ninguna de las previsiones son halagüeñas, pero la capital española lo tiene peor que las demás. Con un aumento medio de hasta ocho grados si no se producen reducciones importantes de gases de efecto invernadero, Madrid es la cuarta gran ciudad donde más subirá el mercurio, por detrás de las capitales de Bulgaria, Macedonia y Serbia. Si nada cambia, los madrileños y madrileñas de fin de siglo deberán soportar temperaturas medias de más de 36 grados. Lo mismo que los habitantes de Erbil hoy día. Aun así, y aunque el clima de ambas capitales es semiárido, compararlas sería simplificar demasiado, según explica el climatólogo Mohammed Azeez Saeed, de la Universidad de Salahaddin, en la capital kurda: “La geografía y las condiciones son muy distintas. Pero es cierto que Madrid se está calentando por el cambio climático”.

De acuerdo con Naciones Unidas, un 53% de la población mundial vive en ciudades. El flujo migratorio del campo al medio urbano es prácticamente paralelo al crecimiento de las emisiones de gases de efecto invernadero. En el año 1800, apenas el 3% de la ciudadanía vivía en metrópolis. De hecho, el paralelismo no es una casualidad. El 67% de los gases que produce el cambio climático, de los cuales el CO2 es el más habitual, se emiten en las zonas urbanas del planeta, según datos del Banco Mundial. Para el año 2030 se espera que el porcentaje crezca hasta el 74%. El 89% de todo el incremento de emisiones de dióxido de carbono procederá de las urbes.

Al mismo tiempo, las ciudades son los asentamientos humanos que más tienen que perder ante los efectos del calentamiento global. Problemas derivados de la isla urbana de calor, el aumento del nivel del mar (la gran mayoría de megaurbes son costeras) o la eventual escasez de recursos las ponen en primera línea de fuego. “Las ciudades son víctimas del cambio climático y de la crisis ecológica en general, pero al mismo tiempo son unas de las principales responsables”, señala el eurodiputado de Equo Florent Marcellesi, quien aboga por un modelo descentralizado en el que el transporte sea menos necesario. “Hay que crear ciudades policéntricas, en las que no haga falta salir de los barrios para trabajar o llevar a los niños al colegio. Ya existen algunos ejemplos en Europa, como Friburgo o algunas ciudades holandesas”, sostiene el eurodiputado.

Marcellesi se muestra optimista sobre la aceptación de estas ideas: “Hay cada vez más gente abierta a estos conceptos, y están tanto a la izquierda como a la derecha”. En esta línea van algunos proyectos como el de las supermanzanas ideadas por Salvador Rueda, director de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona. En estas células urbanas compuestas por varias manzanas, de 400×400 metros, se restringe el tráfico y se facilitan servicios para evitar desplazamientos y potenciar el espacio público. La primera prueba en el barrio de Poblenou catalana suscitó críticas de parte de la vecindad.

El efecto isla de calor

Las ciudades no están a la misma temperatura que su entorno. Por lo general, la diferencia se produce durante la noche, cuando la urbe no se enfría igual que el campo debido a la energía acumulada en los materiales de construcción, como el cemento de los edificios y el asfalto de las calzadas. A este efecto se le conoce como isla de calor, y es uno de los quebraderos de cabeza de los equipos que luchan por adaptar las ciudades a los escenarios climáticos futuros. Felipe Fernández, geógrafo especializado en climatología y catedrático en la Universidad Autónoma de Madrid, advierte de que lo importante es el efecto sobre la vida de las personas. “La temperatura fisiológica es la que se siente, y es un índice resultante de combinar temperatura, humedad, viento y radiación. Cuando se habla de isla de calor, normalmente hablamos de la temperatura del aire. Pero en una ciudad no solo aumenta la temperatura, también disminuye el viento. Y, a la vez, es bastante menos húmeda y corre menos viento, para el que los edificios son un obstáculo”, relata. Además, la renta importa: “No es lo mismo pasar una ola de calor en un edificio nuevo, con buenos materiales y aire acondicionado en el Paseo de la Castellana, que en uno construido en los años 60 en Vallecas”.

Por eso hay que valorar muy bien, explica el profesor Fernández, las medidas que se toman. Por ejemplo, la inclusión de parques y jardines en los centros urbanos: “Abogar por las zonas verdes está muy bien, pero vamos a un escenario no solo de mayores temperaturas, sino de escasez de agua. Hay que elegir bien las actuaciones y las especies”, reflexiona. Fernando Allende, director junto a Fernández de un estudio de vulnerabilidades encargado en 2016 por el consistorio que dirige Manuela Carmena (Ahora Madrid), explica que las actuaciones icónicas de arquitectura bioclimática son insuficientes: “Cubrir una fachada como la del CaixaForum de verde está muy bien, pero es algo minúsculo a nivel urbano, y demasiado caro como para hacerlo a gran escala en ciudades grandes”. Asimismo, hay que tener en cuenta el coste de regarlo, una cantidad que no supo precisar CaixaForum a este medio.

Aunque la inercia social aún apunta al crecimiento exponencial de consumo de recursos, cada vez son más las voces que abogan por reducir la huella ecológica. Esta filosofía también se aplica al modelo urbano. Luis González Reyes, miembro de Ecologistas en Acción, opina que las ciudades están abocadas a un proceso de despoblación, ya que su tamaño las hace insostenibles desde el punto de vista ecológico. “La reducción de la población debe encauzarse con políticas integrales, no ampliando la ciudad”, afirma González Reyes. Si no se realiza una “despoblación organizada, mediante la aplicación de medidas sociales que dependen tanto de los gobiernos como de los propios ciudadanos”, el proceso acabará siendo un “sálvese quien pueda, como en Detroit”, argumenta. Y añade que “hay cuatro factores que deben tenerse en cuenta para disponer de ciudades ecológicamente asumibles: tamaño, actividad económica, procedencia de los recursos y cambio climático”.

Para González Reyes, las urbes deben ser más pequeñas y autosuficientes desde el punto de vista alimentario e incluso de recursos minerales. A una obligada reducción en la población debería seguir una reutilización de los recursos que ya no son necesarios.

Mientras, Madrid, como todo el área del Mediterráneo, sigue calentándose. Este septiembre ha sido el cuarto más caluroso a nivel global. El cambio ya está aquí.

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La epidemia

Concierto de los Ramones en 1977 en Toronto, Canadá.

Pasar un nuevo año para los que nacimos en cifra cero es acercarnos también nosotros al cambio de década. En enero las visitas al baño se me hacen más duras, por el espejo. Es mirarte y se te caen las responsabilidades encima. Demasiado jóvenes para andar con nostalgias y demasiado viejos para fingir que aún se pueden dar muchos más cambios de rumbo. Más que la edad es la vida y la forma de afrontarla, el frío de fuera de la casa de las convenciones, los proyectos inacabados, los agujeros en los bolsillos. Caminar y escribir, esas son todas mis metas para los primeros días del invierno. Para el resto del calendario, ahorrarme sobresaltos, llegar a fin de mes con soltura y que las risas superen a los bramidos. Poco más.

El otro día, cuando las uvas, sentado ya muy tarde en el sofá con el cielo casi clareando, ella al lado con una manta y la despreocupación de quien duerme sin peso, me acordé de sus nombres. Me acordé por la música, que desde que se pone en el ordenador te va sacando una especie de monólogo interior a base de temas y sonidos, y esta vez, en vez de llevarme por el barrio inglés de ladrillo rojo me hizo andar por calles de infancia, de diminutivos y acento gitano. Me acordé de los chavales a los que la vida pilló donde no tenía que pillar.

Digo chavales porque ahora sé que eran más jóvenes que yo, que la mayoría no llegó ni a los treinta, aunque entonces, con peto de pana, melenilla rubia y una pelota que nunca supe manejar, me parecían muy mayores. Es raro esto, que los muertos congelen su tiempo y se te queden estáticos en la retina, en una juventud permanente, mientras que tú cambias y vas dejando atrás una lista de derrotas y victorias que ellos no llegaron ni a conocer.

Un grupo de tres o cuatro, en un parque un sábado por la mañana. Pitillos vaqueros de cadera alta, camiseta con números, chupa forrada de borreguillo. El pelo a lo Ramones sin saberlo. Deportivas blancas, mirar inquieto. Y tú a lo tuyo, imaginando batallas en naves espaciales o lo que tocara, mirando sin mirar, sabiendo que hacían algo que no debían. A lo mejor ellos también empezaron así, jugando. Por la época aún mantenían el tipo, la vida en casa, alguno hasta los estudios. Al pasar, notando mi inquietud, uno me dijo: “no te asustes pipiolillo”. Sus ojos eran como los de los peces en las pescaderías.

Ciudades con bloques caídos del cielo, tirados por una gran mano al azar. Todos iguales. Jardinillos rodeando las urbanizaciones, descampados con manchas de aceite de arreglar camiones. Una pintada del PCE debajo del túnel que cruzaba las vías. Familias que habían llegado de los pueblos hacía una década y media con los hijos mayores, que habían tenido otros que ya no eran de campo, pero tampoco de ciudad. Porque la periferia no era el centro, era otra cosa, sobre todo entonces, cuando aún no habían llegado ni las teles a color a muchas casas.

Una habitación de uno de esos pisos, un jaleo. La hermana mayor, la que salió buena, con proyecto de familia y trabajo, les llevó ropa que no se pone. Pero ya no está. La han vendido en el mercadillo, o algo así. “Yo no sé en qué se gastan el dinero”. Y era verdad, a medias. No se quería saber, no se quería sospechar, porque a los tuyos no les podía pasar. Y luego la cosa se arreglaba con un par de promesas y algo de indulgencia. Era domingo, la abuela había hecho garbanzos y los nietos nos teníamos que sentar primero a la mesa. De las habitaciones del fondo rumba o jevi, en la tele el Willy Fog, con artículo delante, como todos ellos.

Unos años más tarde en un bar te dan una moneda de cinco duros, aún con el águila en la cruz, y te vas a colocar fichas del tetris, que era lo otro ruso que había además del baloncesto y la pintada del túnel. Para los críos unos mostos y unas patatas de bolsa. Conversación seria entre los mayores, que celebran algo, porque uno de ellos, al que hacía que no veías, vuelve a estar por allí. El meco, la trena, el talego. La promesa de buscar un trabajo porque ahora sí tocaba dejarlo. Y eran verdades sinceras, deseos de esos que duran mientras que duraba el calor del recibimiento. “Qué mayor estás, cabroncete”, me sacude el pelo, con su mano de anillos gruesos y su sonrisa de pómulos marcados. Se parecía cantidad a Kurt Russell.

Luego empeoró, más que nada porque se empezaron a morir. Tengo aún las imágenes frescas de los meses previos, pero me resultan demasiado duras y personales para compartirlas por aquí. Cogieron algo para lo que casi no había ni medicinas. – ¿Y por qué se ha muerto? – preguntabas – Porque se ha puesto muy malito – en una especie de condescendencia hiriente incluso para un niño – Ya, pero por qué – y ahí es cuando llegaba el silencio mientras que te abrochaban la cazadora con la prisa de las malas noticias. Hubo un momento que aquellos barrios tenían tantas mujeres de luto como en el 39. De un bando cayeron muchos, en el otro no se sabía muy bien quién estaba. A día de hoy seguimos sin saberlo, aunque lo sospechamos.

Lo peor era aquella foto pegada al nicho, alguna de la mili, con el uniforme del ejército de tierra y la mirada asustada del recluta. Las mujeres se llevaban la mano a la boca, dejaban un beso y la ponían encima de la imagen, dentro de un marquito dorado. Se saludaban porque se conocían del barrio. Luego algunas cogían el autobús de vuelta juntas. El olor de las flores secas y frases tan duras como “peor que estaba ya no va a estar” o “andaba comidito”, que se decían entre dientes cuando no estaba delante la madre, es lo que quedaba en los cementerios. Y luego el silencio, por décadas.

Porque de esto no se volvía a hablar. Ni en las familias. Por vergüenza, porque una enfermedad o un accidente es una cosa, pero esto se lo buscaron. O eso decía algún cabrón en alguna tertulia. La verdad es que aquello sí que fue transversal, aunque los hijos de los ricos siempre se morían por otra cosa en la esquela del ABC. Supongo que el dolor era el mismo. Tenéis por ahí las cifras, fueron de epidemia. Nemini parco, escrito en cada chuta. A los que quedaron se les quedó en los ojos, aunque consiguieran salir de aquello. Quien ha huido de algo siempre conserva la inercia de la persecución en la mirada.

Todo el mundo debería tener el derecho de ver un nuevo enero, a ellos se lo quitaron. Quizá por eso me vinieron a la memoria, después de tanto, sin avisar.

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