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‘Detroit’, la película definitiva sobre el racismo en América

'Detroit'

Kathryn Bigelow y su guionista habitual, Mark Boal, tenían una cuenta que saldar. Para ello eligieron un episodio poco conocido de la reciente historia americana: el asesinato de tres jóvenes negros a manos de la policía durante la revuelta racial que tuvo lugar en Detroit en el verano de 1967. Alrededor del suceso, la directora ha pintado un enorme fresco en el que ha querido condesar los temas que atormentan a su nación desde hace dos siglos. Y lo siguen haciendo hoy, como demuestran los disturbios de Ferguson (Misuri) en 2014 o las manifestaciones supremacistas de Charlottesville (Virginia) el pasado mes de agosto. El racismo, la violencia, la desigualdad social, la brutalidad policial, un sistema de justicia abusivo, de todo eso habla la directora en Detroit, que se estrena este viernes. Dos horas y media de metraje convertidas en una apisonadora emocional. Y con ellas Bigelow ha firmado su obra maestra.

Como suele ocurrir con cualquier creación ambiciosa (la sinfonía, el mural, la novela-río), Detroit esconde varias películas diferentes dentro de sí, cada una con su tono, todas ellas conmovedoras. Pero la que tiene lugar en el escenario del hotel Algiers es especial por escalofriante. El periodista Manu Piñón la ha descrito acertadamente como “una de las experiencias más indignantes y asquerosas del cine reciente”. Unos chicos negros ven, en mitad de los disturbios que mantienen a la ciudad en estado de sitio, cómo la policía de Detroit irrumpe en el recinto y se desata la peor de las pesadillas. Habría que recurrir al género de terror para encontrar cotas de espanto tan intolerables para el espectador.

Para conseguir tal grado de intensidad, Bigelow cuenta con un reparto coral en estado de gracia: John Boyega (uno de los protagonistas de Star Wars: El despertar de la Fuerza), representando al afroamericano cauteloso y complaciente con los blancos (con un rictus cariacontecido que recuerda al del mejor Denzel Washington); Algee Smith, el cantante que ve su incipiente carrera cercenada por el horror y su delicadeza artística violada por la realidad y la injusticia; y, sobre todo, Will Poulter, viva encarnación del mal en un papel que le reserva un lugar de honor en la galería de los personajes más abominables de la historia del cine, junto al Donald Sutherland de Novecento o el Ralph Fiennes de La lista de Schindler.

¿Pero por qué decíamos que Kathryn Bigelow y Mark Boal tenían una cuenta que saldar? Pues porque uno de los temas centrales de Detroit es la tortura, lo mismo que en su anterior película, Zero Dark Thirty (2012), pero su aproximación ahora es bien distinta. Podría decirse que la directora expía sus pecados con la historia del hotel Algiers: un interrogatorio ultraviolento que acaba convertido en una chapuza monstruosa. Y eso fue, ni más ni menos, lo que se produjo en las cárceles secretas de Estados Unidos tras el 11-S y las invasiones de Iraq y Afganistán. El problema es que Bigelow no lo dejó lo suficientemente claro en Zero Dark Thirty. De hecho, la equidistancia moral de aquella película, que se decía basada en hechos reales, podría leerse como una apología de la tortura. Para borrar esa mancha ha puesto Bigelow toda la carne en el asador, y algo más, en Detroit.

Bigelow y Boal permitieron ingenuamente que la CIA colaborara de forma directa en el guión de Zero Dark Thirty, un filme que contaba la operación para acabar con la vida de Bin Laden. Y se dejaron engañar. En la película se mostraba explícitamente lo que la Inteligencia estadounidense llamaba “técnicas de interrogatorio mejoradas”: simulacros de ahogamiento, privación de sueño, privación sensorial, encierro de los presos en cajas minúsculas durante horas… Lo que Bigelow enseñaba en la pantalla era horrible, pero era el precio que había que pagar porque la información extraída con aquellos métodos fue útil para encontrar a Bin Laden. Sin embargo, eso no era cierto. La falsedad de aquella premisa salió a la luz en el informe que el Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos presentó en diciembre de 2014.

Al margen de la inmoralidad de ejecutar sin juicio a Bin Laden, se concluyó que ninguna de las declaraciones obtenidas mediante tortura sirvió para acercarse al líder de Al Qaeda. Ni un centímetro. Fue un solo hombre, el pakistaní Hassan Ghul, el que “cantó como un pajarito”, según dijo un agente que participó en su captura. Y sin tocarle un pelo. Y por eso atraparon a Bin Laden, no por los testimonios arrancados a centenares de detenidos torturados. Tanto dolor para nada. ¿Cómo enmendar el fiasco de Zero Dark Thirty? Pues enseñando, con la mayor crudeza posible, que no hay nada aprovechable en el abuso de poder, la arbitrariedad y la brutalidad. Y eso es lo que Kathryn Bigelow explica de forma magistral (y desgarradora) en Detroit.

Por lo demás, resulta admirable la capacidad del cine americano para enfrentarse a sus demonios nacionales, en este caso el del racismo. España también tuvo esa capacidad en una época en la que, paradójicamente, la democracia no tenía aún cimientos sólidos. Hoy, en cambio, puede que los artífices de Operación Ogro (1979), El crimen de Cuenca (1980), La fuga de Segovia (1981) o El caso Almería (1984) estuvieran en la cárcel a la espera de juicio, cruzando los dedos para que el magistrado de turno los tratase con benevolencia. No sería disparatado pensar que incluso podrían cerrar los cines donde se programaran esas películas, quién sabe. Ese es el estado actual de nuestra democracia.

Respecto al problema racial, los españoles nos declaramos ufanamente “no racistas”. Hacerlo a título individual es fácil. ¿Pero podemos hablar con tanta seguridad de nuestra sociedad? ¿Y de nuestras instituciones? ¿Habrá que recordar que una dramática noche de febrero de 2014 la Guardia Civil acribilló a pelotazos a unos jóvenes subsaharianos que apenas sabían nadar en la playa ceutí de El Tarajal? Murieron 15 chavales en una actuación que Arsenio Fernández de Mesa, entonces director general del Instituto armado, calificó de “impecable”.

La brutalidad policial no es una cosa exclusiva de Estados Unidos. Lo que ocurre, sencillamente, es que llevamos 30 años sin mirarnos al espejo.
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Trump aplica sus medidas más polémicas en su primera semana en la Casa Blanca

Donald Trump, presidente electo de EEUU. FOTO: Facebook de DT .

Una semana le ha bastado al presidente de los EEUU, Donald Trump, para demostrar al mundo que sus promesas electorales iban en serio. Desde su toma de posesión en Washington, el pasado 20 de enero, el nuevo mandatario estadounidense se ha encargado, a golpe de decreto y de órdenes presidenciales, de comenzar a aplicar sus medidas más polémicas.

Pocas horas después de asumir su cargo, y ya en el despacho oval, Trump firmó la orden ejecutiva para “aliviar las cargas” del Obamacare, la reforma sanitaria aprobada por el expresidente Barack Obama para ampliar la cobertura médica a la población más vulnerable. El desmantelamiento de este plan de salud, no obstante, no será inmediato, ya que debe ser el Congreso con mayoría republicana— quien en última instancia derogue la reforma. 

Otro de los objetivos puestos en el punto de mira de la nueva Administración de EEUU ha sido el aborto. Su segunda orden al frente de la Casa Blanca fue recuperar el programa conocido como Política de Ciudad de México, mediante el cual se prohíbe a ONGs y asociaciones en el extranjero que utilicen fondos del Gobierno estadounidense para asesorar, apoyar o participar en abortos.

Ese mismo día, el pasado lunes, Trump firmó un decreto para retirar a Estados Unidos del TPP, un acuerdo comercial firmado por Obama con 11 países del área del Pacífico, entre ellos con China. Algunas voces republicanas críticas con Trump, como el senador John McCain, han tildado de “error grave” la retirada de EEUU del TPP, ya que “tendrá consecuencias duraderas para la economía americana” y permitirá que “China reescriba las normas económicas a expensas de los trabajadores americanos”. Trump también ha congelado, por decreto, las nuevas contrataciones en la administración federal, excepto en las fuerzas armadas.

Un día después, el martes, Trump ordenó también por decreto el arranque del proyecto de construcción de dos gigantescos oleoductos que atravesarán EEUU: Keystone XL y North Dakota Pipeline. Obama había paralizado estas dos infraestructuras debido a su impacto en el medio ambiente, una de las cuestiones que menos parecen interesar al negacionista Trump, quien ha dado órdenes de eliminar la página dedicada al cambio climático en la web de la Agencia para la Protección del Medioambiente de EEUU, según ha publicado Reuters.

Las últimas víctimas de Trump en esta primera semana al frente de la Casa Blanca han sido los inmigrantes y México. Por un lado, el nuevo presidente ha recuperado el programa “comunidades seguras”, aprobado por George W. Bush en 2001, que permite que cualquier miembro de las fuerzas de seguridad de EEUU pueda actuar como un agente de inmigración con un objetivo: detener y deportar al mayor número de indocumentados posible.

Además, ha anunciado la construcción de 2.000 kilómetros de muro en la frontera con México, y ha anunciado la posible aplicación de un arancel de un 20% en las importaciones mexicanas (que superan cada año los 500 mil millones de dólares) para costear esta inmensa infraestructura. Estos anuncios han provocado una crisis diplomática con el gobierno mexicano, que llevaron al presidente Peña Nieto a cancelar su viaje a Washington. El pago de estos aranceles, además, implican de facto la derogación del Tratado de Libre Comercio (NAFTA, por sus siglas en inglés) entre EEUU, México y Canadá.

En los próximos días, Trump ya ha anunciado que prepara órdenes ejecutivas para reducir los compromisos económicos de EEUU con la ONU y a otras organizaciones internacionales, y que anunciará su candidato a ocupar un puesto de magistrado en el Tribunal Supremo . La prensa estadounidense también ha publicado que prepara otro decreto para mantener abierta la prisión de Guantánamo y para recuperar los centros clandestinos de la CIA.

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