You are here

Franco CFA: el último símbolo del colonialismo francés en África

Dos hombres intercambian billetes de francos CFA. Foto: Thierry Guegnon PW/SM.

Este reportaje forma parte de #LaMarea53. La Marea es una revista mensual que apuesta por el periodismo riguroso y comprometido. Solo dependemos de ti. Suscríbete por 22,50€ al año aquí

A finales de agosto, el activista francobeninés Kémi Séba quemó en público un billete de 5.000 francos CFA, moneda oficial de Senegal y otros 14 países africanos. Séba, presidente de la ONG Urgencias Panafricanistas, fue arrestado por la policía senegalesa y una semana después fue expulsado a Francia. “El franco CFA es un escándalo político y económico de orden colonial que mata a nuestro pueblo”, dijo Séba en carta abierta difundida tras su detención.

Los líderes africanos y franceses tratan de no hacer pública su preocupación por el futuro de esta divisa, que pervive como último vestigio simbólico del colonialismo en África. En enero de este año, varias organizaciones panafricanistas lanzaron la primera jornada internacional en contra de la moneda, bautizada como CFAxit(inspirado en el término Brexit), y desde entonces se ha registrado un goteo incesante de protestas en Dakar, Abidjan, Bamako, Ouidah y una treintena de ciudades dentro y fuera del continente africano, incluidas París, Bruselas y Londres.

Para entender el debate sobre el porvenir del franco CFA hay que remontarse a su creación, en 1945. Recién acabada la Segunda Guerra Mundial, Francia y Reino Unido, las dos grandes potencias coloniales en África, iniciaron un rápido despliegue para afianzar su presencia en un continente que empezaba a reivindicar los mismos derechos y libertades sociales y económicas que sus metrópolis habían esgrimido durante la contienda contra el nazismo. Fue entonces cuando Francia decidió crear el “franco de las Colonias Francesas de África” o franco CFA, un nombre que tras la independencia de esos países pasó a llamarse “franco de la comunidad financiera africana”, en la Unión Económica y Monetaria de África Occidental (UEMOA), y “franco de la cooperación financiera” en la Comunidad Económica y Monetaria del África Central (CEMAC). En definitiva, una misma moneda con dos nombres y un factor en común: Francia.

París estableció que el franco CFA se regiría por un tipo de cambio fijo respecto al franco francés, divisa subyugada a las decisiones del Banco Central de Francia, por lo que dejó así la soberanía monetaria de esas colonias en manos de la metrópoli. Desde la llegada del euro, el CFA fluctúa en paralelo a la moneda europea, cuyo presente y futuro se decide en las dependencias del Banco Central Europeo en Fráncfort (Alemania). Para garantizar esta paridad fija, desde su creación hasta hoy los países del CFA están obligados a depositar el 50% de sus reservas de cambio (reservas en forma de moneda extranjera) en el Tesoro francés, que se coordina con los bancos centrales de la UEMOA y la CEMAC a través de los funcionarios que Francia conserva en esas instituciones –y que, a diferencia de antaño, ya no tienen poder de veto–.

Hoy en día el franco CFA es la moneda común de 155 millones de personas en 15 países del África subsahariana, incluida Guinea Ecuatorial, antigua colonia española, y Guinea Bissau, excolonia británica, pero sus billetes todavía se imprimen en un taller del Banco de Francia en Chamalières, una pequeña localidad del macizo central  del país vecino.

Las dos caras del CFA

El franco CFA es una de las herramientas del soft power (poder blando) francés, un as en la manga que la diplomacia de Francia protege y cuida, y que también genera polémica en territorio galo. En plena campaña presidencial, la ultraderechista Marine Le Pen se posicionó en contra de esta moneda y la definió como “un obstáculo” para el desarrollo de los países africanos. Un mes antes de ser elegido presidente, Emmanuel Macron respondió en la revista Jeune Afrique que “la elección [de permanecer o no en el CFA] corresponde a los africanos”, y enumeró como ventaja su contribución a “la estabilidad económica y a la integración regional”. Incluso el entonces ministro de Finanzas galo, Michel Sapin, aseguró en su último viaje oficial a Costa de Marfil que “el franco, a pesar de su nombre, es la moneda de los africanos”.

De los ocho países del África occidental que usan el CFA, siete permanecen en el grupo de naciones más pobres del mundo, según la ONU. En los del África central, la tasa de desempleo supera el 20%, a pesar de que la estadística también contabiliza como empleados a quienes trabajan en situación informal (sin contrato, cotización, etcétera). Y ello, pese a que siete países del CFA figuran entre los principales productores de petróleo del mundo. Tras más de medio siglo vigente, esta moneda no ha logrado erradicar los problemas crónicos de las economías africanas, aunque tampoco es fácil dilucidar hasta qué punto contribuyó a que su situación no fuera peor. Lo cierto es que ha moldeado el funcionamiento de esas economías: al tratarse de una moneda fuerte que dificulta las exportaciones, el consumo interno se ha convertido en uno de los principales componentes del Producto Interior Bruto (PIB) de esas naciones, una característica atípica en las economías en desarrollo.

“Para tener exportaciones tan competitivas como los países asiáticos, los de la zona franco necesitan una moneda competitiva, sobre todo en sectores como el textil”, explica el economista senegalés Ndongo Samba. Los 15 países del CFA venden al exterior con una divisa tan fuerte como el euro, pero también compran petróleo y otros insumos con la facilidad que da poseer una moneda cara. No obstante, la mayoría de los países de la zona CFA tienen sectores agrícolas frágiles y sus industrias están en fase embrionaria, por lo que la rigidez de esta divisa y la dificultad de devaluarla –es necesario el voto unánime de sus miembros y el visto bueno de Francia– es una traba para su desarrollo.

Los partidarios del CFA se escudan en la estabilidad que esta divisa proporciona a las débiles –o debilitadas– economías africanas, así como la facilidad que supone para los inversores disponer de una misma moneda en 15 países y que, además, puede cambiarse fácilmente por dólares o euros. El economista Samuel Gérineau admite que el CFA dio lugar a “un balance económico decepcionante en términos de crecimiento, pero positivo en términos de estabilidad económica, sobre todo en momentos de crisis sociopolítica”, y cita como ejemplos las recientes turbulencias políticas de Costa de Marfil, Burkina Faso y Mali, que abandonó el CFA en 1962, recién lograda su independencia, y lo reincorporó en 1984, durante una de sus peores hambrunas.

No obstante, la historia del CFA revela excepciones, con episodios tan desestabilizadores como la devaluación que tuvo lugar en 1994 por órdenes del gobierno de Francia, con Édouard Balladur al frente, a pesar de la oposición de los países afectados. Unos años antes, Balladur pronunció una de sus frases más célebres: “La moneda no es un asunto técnico sino político, que afecta a la soberanía y la independencia de las naciones”. Sucedió también en 2008, justo antes del estallido de la crisis, cuando el euro superó los 1,50 dólares y afectó a las exportaciones del CFA y también de varias economías del euro, como Grecia, Portugal o España –con la diferencia de que los países de la Eurozona tienen mucho más margen ante el Banco Central Europeo–.

La fuga de capitales es una de las grandes críticas que resaltan los detractores del CFA. “Al no haber límites para la convertibilidad, las élites locales tienen total libertad para mandar su dinero a cuentas extranjeras o comprar apartamentos en París”, opina el togolés Kako Nubukpo, coautor de Sacar a África de la esclavitud monetaria. Las limitaciones de soberanía monetaria se lo ponen difícil a las autoridades africanas que pretenden combatir esta lacra. “Esta cultura de la irresponsabilidad de los dirigentes africanos muestra que tienen miedo de ser abandonados por la antigua potencia colonial y que prefieren continuar en el servilismo”, explica Demebélé, economista y director del Foro Africano de Alternativas. “El CFA no puede ser un instrumento para desarrollar nuestros países”, sentencia.

Otro argumento de los defensores del CFA es que contribuye a la integración económica de la región. Los países africanos fuera del CFA están fuertemente dolarizados, por lo que también enfrentan problemas de soberanía monetaria, y además tienen menos capacidad para hacerse oír por Estados Unidos en comparación con la que tienen los del CFA frente al gobierno galo. En momentos de crisis, los países del CFA pueden pedir rescates al Banco Central de Francia, evitando así los préstamos del Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

Un futuro incierto

María Rodríguez, periodista española afincada en el África subsahariana y autora de un estudio sobre esta moneda, admite que el debate sobre el CFA está resurgiendo pero “no a nivel del pueblo”, que está más preocupado por lidiar con los problemas diarios de orden más básico. El togolés Yves Ekoué Amaïzo, funcionario de Naciones Unidas, señala que esto ya está cambiando debido al encarecimiento constante de productos elementales en esos países, sin que sus gobiernos puedan actuar con planes monetarios. Los países del CFA “no tienen ningún margen sobre la evolución de su moneda”, admite Albert Ondo Ossa, economista y exministro de Investigación Científica de Gabón.

Para Francia, la continuidad de esta divisa es principalmente un elemento de influencia política –las economías del CFA apenas equivalen al 5% del PIB galo–, en un continente cada vez más atractivo a ojos de Estados Unidos y China. Ilyes Zouari, especialista en asuntos internacionales y autor del Pequeño diccionario del mundo francófono, afirma que “con el surgimiento de una élite joven africana con un elevado nivel educativo, los países africanos de la zona CFA son más capaces que nunca de tener y gestionar hábilmente su propia moneda”. La idea de retirar la tutela de Francia sobre el CFA, sin suprimir esta moneda, gana fuerza. Es ahora el turno de África para mover ficha.


Algo más que una moneda

De los 49 países que componen África, 42 imprimen sus monedas fuera del continente. “Los símbolos tienen mucho peso en la mentalidad de la gente y en África son muy fuertes. El franco CFA se ha convertido en un elemento identitario […], los africanos siempre fueron conscientes de que el franco CFA está ligado a Francia, incluso el nombre de esta moneda está cargado de sentidos”. Jean-Arsène Yao, historiador marfileño residente en Madrid, reconoce que el debate sobre esta moneda sigue en manos de las élites nacionales. Yao conoce las ventajas de esta moneda pero destaca la indignación que genera la dependencia de Francia, “un freno que capitaliza todas las criticas, sobre todo porque se percibe [el franco CFA] como un brazo secular del neocolonialismo”. El debate sobre el futuro de esta divisa está acotado al ámbito político-económico. No obstante, Yao destaca la importancia de su simbolismo cultural. “Algunos proponen cambiarle el nombre. Es, sobre todo, una cuestión de terapia sociológica y psicológica: borrar el pasado para pensar y vivir el presente. Otros defienden que nos apropiemos definitivamente de todo el aparato de control del franco CFA para obtener una moneda que sea, de verdad, de los africanos y para los africanos”.


Momentos clave del franco CFA

1939
Francia crea la ‘zona franco’, que comprende 15 países africanos, e instaura un control de intercambios para sus colonias.

1945
Nace el franco de las Colonias Francesas de África.

1973
En plena década de la africanización de las instituciones, la sede de los bancos centrales de los Estados de África Occidental y Central se muda de París a Dakar (Senegal) y Yaundé (Camerún). Los países del franco CFA reducen sus reservas en el Tesoro francés del 100% al 50%.

1986
Los bancos centrales de la UEMOA y la CEMAC entran en deuda con el Tesoro francés tras haber registrado saldos positivos en las décadas anteriores.

1994
El gobierno francés devalúa el franco CFA en un 50% de forma unilateral, a pesar del rechazo de las excolonias.

1999
El euro entra en circulación y comienza el fin del franco francés. Se mantiene la tasa de cambio equivalente del franco CFA.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Franco CFA: el último símbolo del colonialismo francés en África

Dos hombres intercambian billetes de francos CFA. Foto: Thierry Guegnon PW/SM.

Este reportaje forma parte de #LaMarea53. La Marea es una revista mensual que apuesta por el periodismo riguroso y comprometido. Solo dependemos de ti. Suscríbete por 22,50€ al año aquí

A finales de agosto, el activista francobeninés Kémi Séba quemó en público un billete de 5.000 francos CFA, moneda oficial de Senegal y otros 14 países africanos. Séba, presidente de la ONG Urgencias Panafricanistas, fue arrestado por la policía senegalesa y una semana después fue expulsado a Francia. “El franco CFA es un escándalo político y económico de orden colonial que mata a nuestro pueblo”, dijo Séba en carta abierta difundida tras su detención.

Los líderes africanos y franceses tratan de no hacer pública su preocupación por el futuro de esta divisa, que pervive como último vestigio simbólico del colonialismo en África. En enero de este año, varias organizaciones panafricanistas lanzaron la primera jornada internacional en contra de la moneda, bautizada como CFAxit(inspirado en el término Brexit), y desde entonces se ha registrado un goteo incesante de protestas en Dakar, Abidjan, Bamako, Ouidah y una treintena de ciudades dentro y fuera del continente africano, incluidas París, Bruselas y Londres.

Para entender el debate sobre el porvenir del franco CFA hay que remontarse a su creación, en 1945. Recién acabada la Segunda Guerra Mundial, Francia y Reino Unido, las dos grandes potencias coloniales en África, iniciaron un rápido despliegue para afianzar su presencia en un continente que empezaba a reivindicar los mismos derechos y libertades sociales y económicas que sus metrópolis habían esgrimido durante la contienda contra el nazismo. Fue entonces cuando Francia decidió crear el “franco de las Colonias Francesas de África” o franco CFA, un nombre que tras la independencia de esos países pasó a llamarse “franco de la comunidad financiera africana”, en la Unión Económica y Monetaria de África Occidental (UEMOA), y “franco de la cooperación financiera” en la Comunidad Económica y Monetaria del África Central (CEMAC). En definitiva, una misma moneda con dos nombres y un factor en común: Francia.

París estableció que el franco CFA se regiría por un tipo de cambio fijo respecto al franco francés, divisa subyugada a las decisiones del Banco Central de Francia, por lo que dejó así la soberanía monetaria de esas colonias en manos de la metrópoli. Desde la llegada del euro, el CFA fluctúa en paralelo a la moneda europea, cuyo presente y futuro se decide en las dependencias del Banco Central Europeo en Fráncfort (Alemania). Para garantizar esta paridad fija, desde su creación hasta hoy los países del CFA están obligados a depositar el 50% de sus reservas de cambio (reservas en forma de moneda extranjera) en el Tesoro francés, que se coordina con los bancos centrales de la UEMOA y la CEMAC a través de los funcionarios que Francia conserva en esas instituciones –y que, a diferencia de antaño, ya no tienen poder de veto–.

Hoy en día el franco CFA es la moneda común de 155 millones de personas en 15 países del África subsahariana, incluida Guinea Ecuatorial, antigua colonia española, y Guinea Bissau, excolonia británica, pero sus billetes todavía se imprimen en un taller del Banco de Francia en Chamalières, una pequeña localidad del macizo central  del país vecino.

Las dos caras del CFA

El franco CFA es una de las herramientas del soft power (poder blando) francés, un as en la manga que la diplomacia de Francia protege y cuida, y que también genera polémica en territorio galo. En plena campaña presidencial, la ultraderechista Marine Le Pen se posicionó en contra de esta moneda y la definió como “un obstáculo” para el desarrollo de los países africanos. Un mes antes de ser elegido presidente, Emmanuel Macron respondió en la revista Jeune Afrique que “la elección [de permanecer o no en el CFA] corresponde a los africanos”, y enumeró como ventaja su contribución a “la estabilidad económica y a la integración regional”. Incluso el entonces ministro de Finanzas galo, Michel Sapin, aseguró en su último viaje oficial a Costa de Marfil que “el franco, a pesar de su nombre, es la moneda de los africanos”.

De los ocho países del África occidental que usan el CFA, siete permanecen en el grupo de naciones más pobres del mundo, según la ONU. En los del África central, la tasa de desempleo supera el 20%, a pesar de que la estadística también contabiliza como empleados a quienes trabajan en situación informal (sin contrato, cotización, etcétera). Y ello, pese a que siete países del CFA figuran entre los principales productores de petróleo del mundo. Tras más de medio siglo vigente, esta moneda no ha logrado erradicar los problemas crónicos de las economías africanas, aunque tampoco es fácil dilucidar hasta qué punto contribuyó a que su situación no fuera peor. Lo cierto es que ha moldeado el funcionamiento de esas economías: al tratarse de una moneda fuerte que dificulta las exportaciones, el consumo interno se ha convertido en uno de los principales componentes del Producto Interior Bruto (PIB) de esas naciones, una característica atípica en las economías en desarrollo.

“Para tener exportaciones tan competitivas como los países asiáticos, los de la zona franco necesitan una moneda competitiva, sobre todo en sectores como el textil”, explica el economista senegalés Ndongo Samba. Los 15 países del CFA venden al exterior con una divisa tan fuerte como el euro, pero también compran petróleo y otros insumos con la facilidad que da poseer una moneda cara. No obstante, la mayoría de los países de la zona CFA tienen sectores agrícolas frágiles y sus industrias están en fase embrionaria, por lo que la rigidez de esta divisa y la dificultad de devaluarla –es necesario el voto unánime de sus miembros y el visto bueno de Francia– es una traba para su desarrollo.

Los partidarios del CFA se escudan en la estabilidad que esta divisa proporciona a las débiles –o debilitadas– economías africanas, así como la facilidad que supone para los inversores disponer de una misma moneda en 15 países y que, además, puede cambiarse fácilmente por dólares o euros. El economista Samuel Gérineau admite que el CFA dio lugar a “un balance económico decepcionante en términos de crecimiento, pero positivo en términos de estabilidad económica, sobre todo en momentos de crisis sociopolítica”, y cita como ejemplos las recientes turbulencias políticas de Costa de Marfil, Burkina Faso y Mali, que abandonó el CFA en 1962, recién lograda su independencia, y lo reincorporó en 1984, durante una de sus peores hambrunas.

No obstante, la historia del CFA revela excepciones, con episodios tan desestabilizadores como la devaluación que tuvo lugar en 1994 por órdenes del gobierno de Francia, con Édouard Balladur al frente, a pesar de la oposición de los países afectados. Unos años antes, Balladur pronunció una de sus frases más célebres: “La moneda no es un asunto técnico sino político, que afecta a la soberanía y la independencia de las naciones”. Sucedió también en 2008, justo antes del estallido de la crisis, cuando el euro superó los 1,50 dólares y afectó a las exportaciones del CFA y también de varias economías del euro, como Grecia, Portugal o España –con la diferencia de que los países de la Eurozona tienen mucho más margen ante el Banco Central Europeo–.

La fuga de capitales es una de las grandes críticas que resaltan los detractores del CFA. “Al no haber límites para la convertibilidad, las élites locales tienen total libertad para mandar su dinero a cuentas extranjeras o comprar apartamentos en París”, opina el togolés Kako Nubukpo, coautor de Sacar a África de la esclavitud monetaria. Las limitaciones de soberanía monetaria se lo ponen difícil a las autoridades africanas que pretenden combatir esta lacra. “Esta cultura de la irresponsabilidad de los dirigentes africanos muestra que tienen miedo de ser abandonados por la antigua potencia colonial y que prefieren continuar en el servilismo”, explica Demebélé, economista y director del Foro Africano de Alternativas. “El CFA no puede ser un instrumento para desarrollar nuestros países”, sentencia.

Otro argumento de los defensores del CFA es que contribuye a la integración económica de la región. Los países africanos fuera del CFA están fuertemente dolarizados, por lo que también enfrentan problemas de soberanía monetaria, y además tienen menos capacidad para hacerse oír por Estados Unidos en comparación con la que tienen los del CFA frente al gobierno galo. En momentos de crisis, los países del CFA pueden pedir rescates al Banco Central de Francia, evitando así los préstamos del Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

Un futuro incierto

María Rodríguez, periodista española afincada en el África subsahariana y autora de un estudio sobre esta moneda, admite que el debate sobre el CFA está resurgiendo pero “no a nivel del pueblo”, que está más preocupado por lidiar con los problemas diarios de orden más básico. El togolés Yves Ekoué Amaïzo, funcionario de Naciones Unidas, señala que esto ya está cambiando debido al encarecimiento constante de productos elementales en esos países, sin que sus gobiernos puedan actuar con planes monetarios. Los países del CFA “no tienen ningún margen sobre la evolución de su moneda”, admite Albert Ondo Ossa, economista y exministro de Investigación Científica de Gabón.

Para Francia, la continuidad de esta divisa es principalmente un elemento de influencia política –las economías del CFA apenas equivalen al 5% del PIB galo–, en un continente cada vez más atractivo a ojos de Estados Unidos y China. Ilyes Zouari, especialista en asuntos internacionales y autor del Pequeño diccionario del mundo francófono, afirma que “con el surgimiento de una élite joven africana con un elevado nivel educativo, los países africanos de la zona CFA son más capaces que nunca de tener y gestionar hábilmente su propia moneda”. La idea de retirar la tutela de Francia sobre el CFA, sin suprimir esta moneda, gana fuerza. Es ahora el turno de África para mover ficha.


Algo más que una moneda

De los 49 países que componen África, 42 imprimen sus monedas fuera del continente. “Los símbolos tienen mucho peso en la mentalidad de la gente y en África son muy fuertes. El franco CFA se ha convertido en un elemento identitario […], los africanos siempre fueron conscientes de que el franco CFA está ligado a Francia, incluso el nombre de esta moneda está cargado de sentidos”. Jean-Arsène Yao, historiador marfileño residente en Madrid, reconoce que el debate sobre esta moneda sigue en manos de las élites nacionales. Yao conoce las ventajas de esta moneda pero destaca la indignación que genera la dependencia de Francia, “un freno que capitaliza todas las criticas, sobre todo porque se percibe [el franco CFA] como un brazo secular del neocolonialismo”. El debate sobre el futuro de esta divisa está acotado al ámbito político-económico. No obstante, Yao destaca la importancia de su simbolismo cultural. “Algunos proponen cambiarle el nombre. Es, sobre todo, una cuestión de terapia sociológica y psicológica: borrar el pasado para pensar y vivir el presente. Otros defienden que nos apropiemos definitivamente de todo el aparato de control del franco CFA para obtener una moneda que sea, de verdad, de los africanos y para los africanos”.


Momentos clave del franco CFA

1939
Francia crea la ‘zona franco’, que comprende 15 países africanos, e instaura un control de intercambios para sus colonias.

1945
Nace el franco de las Colonias Francesas de África.

1973
En plena década de la africanización de las instituciones, la sede de los bancos centrales de los Estados de África Occidental y Central se muda de París a Dakar (Senegal) y Yaundé (Camerún). Los países del franco CFA reducen sus reservas en el Tesoro francés del 100% al 50%.

1986
Los bancos centrales de la UEMOA y la CEMAC entran en deuda con el Tesoro francés tras haber registrado saldos positivos en las décadas anteriores.

1994
El gobierno francés devalúa el franco CFA en un 50% de forma unilateral, a pesar del rechazo de las excolonias.

1999
El euro entra en circulación y comienza el fin del franco francés. Se mantiene la tasa de cambio equivalente del franco CFA.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Una promesa de dos años y 10.000 kilómetros a pie

Manos de refugiados sobre el fuego, en la Jungla de Calais. FOTO: JOSÉ BAUTISTA.

Sehia adorna la historia de su viaje desde Darfur con una sonrisa amplia y desconcertante. Durante dos años este joven caminó más de 10.000 kilómetros hasta llegar a Manchester, donde le esperaba su hermano pequeño y una promesa cumplida. Esta es la historia de Sehia, pero podría ser la de cualquiera de los miles de refugiados anónimos que estos días deambulan silenciosos por las calles de París, Berlín o Madrid, ocultando sus memorias y odiseas bajo un rostro amable de mirada limpia.

Sehia y su familia sobrevivían al hambre y la sequía en Darfur hasta que la limpieza étnica del gobierno de Sudan llegó a su aldea. Él ya se había topado antes con los militares del gobierno en una boda en la que se le ocurrió entonar una canción prohibida. Aquella osadía le costó varias semanas de tortura en el calabozo. Acababa de cumplir los 18 años cuando las tropas del dictador Omar al Bashir irrumpieron en su poblado, matando a todo el que encontraban y prendiendo fuego a las cabañas. En aquella matanza el primero en caer fue su tío, quien por su gran tamaño se convirtió en objetivo fácil para los soldados cuando estos aún no habían descendido de los todoterreno. De su familia solo sobrevivieron su madre, demasiado vieja para emprender el viaje, su hermano pequeño, Kamal, de 14 años, y Sehia.

Sehia y Kamal huyeron a pie de una muerte segura. Podían ocultar su idioma natal, pero no su color de piel. Antes de emprender el viaje sin equipaje, Sehia prometió a su madre que jamás se separaría de su hermano. Quien nada tiene, nada teme. A partir de aquel día, el único miedo de Sehia fue perder lo único que le quedaba: su palabra.

La pepita de oro que Sehia al huir de la mina en Chad. Foto: José Bautista.

La población negra de Sudán y Sudán del Sur tiene la extraña costumbre de sonreír mientras narra o asiste a desgracias que en nuestra cultura gestual arrancarían, como mínimo, un escalofrío. Con esa sonrisa explica Sehia que, junto a su hermano, atravesó el desierto hacia el oeste hasta que en algún lugar entre Sudán y Chad un beduino los avistó y les ofreció alimento y agua a cambio de conducir su Land Rover hacia el norte. Sehia y Kamal se sintieron bendecidos por esa aparición, pero varias semanas después entendieron que aquella generosidad no era gratuita. El beduino los condujo hasta una mina de oro clandestina en el desierto de Chad, donde un grupo de hombres armados los obligaron a trabajar en busca del metal precioso. Sehia y Kamal fueron esclavos desde el otoño hasta el verano, aunque hasta el final tuvieron fe en que recibirían algo de dinero por su trabajo. Se equivocaron, aunque Sehia logró esconder una pepita de oro.

En inglés y con acento africano, cuenta Sehia que huyeron una noche sin luna y con tanto miedo que no pararon hasta llegar a Libia, o lo que quedaba de ese país. Al caer el sol, la estrella solar les guiaba hacia el norte, igual que a los subsaharianos a los que se unieron en busca del mar Mediterráneo. Sehia solo sabe que fueron muchos los compañeros de viaje que perecieron a los asaltos diurnos de los mercenarios que deambulan ese territorio sin ley en busca de brazos capaces de empuñar un rifle.

Por fin el mar. Sehia y Kamal ya habían cumplido más de un año lejos de su madre cuando alcanzaron la playa al oeste de Trípoli, en Libia. En el trayecto hicieron varios altos para realizar trabajos de reconstrucción. La mano de obra escaseaba en un país devastado por una guerra que aún dura pero que ya no aparece en la agenda mediática. Con el dinero conseguido y el de un centenar de emigrantes y refugiados, Sehia y su hermano lograron embarcarse en una lancha de plástico dispuesta por los traficantes de personas.

Parecía que había terminado lo peor, pero una vez más Sehia se equivocó. La barcaza se pinchó en altamar y durante dos días naufragaron hasta que por fin alcanzaron la costa, no la de Lampedusa o Malta, sino la de Libia. Sehia y su hermano tuvieron más suerte que otros pasajeros que murieron en el agua, incluidas varias mujeres embarazadas, según explica. Sin quererlo ni saberlo, habían vuelto al punto de origen. Los mafiosos se negaron a compensar aquel servicio fallido, así que los supervivientes no tuvieron más remedio que reunir de nuevo los 2.000 dólares que costaba el trayecto. Es el precio más bajo, reservado para sudaneses, eritreos, etíopes y otros desesperados del escalafón inferior. Quienes proceden de Siria o Iraq deben afrontar precios más altos, pues las mafias presuponen que disponen de más riqueza.

A la segunda fue la vencida. Sehia, Kamal y el resto de subsaharianos fueron rescatados por una embarcación de salvamento marítimo que los condujo hasta Lampedusa. Desde ahí fueron enviados a la Italia continental, donde con paciencia y discreción pudieron colarse en los trenes hasta alcanzar Milán, y después Lyon, Lille y finalmente Calais. Cuenta Sehia que los revisores e incluso la policía hacían la vista gorda, conscientes de que ninguno de aquellos africanos de mirada limpia tenía intención de quedarse.

En octubre del año pasado el gobierno francés desmanteló la llamada Jungla de Calais, pero hasta entonces miles de refugiados se aglutinaban en sus lodos y plásticos a la espera de un milagro que les permitiera llegar a Inglaterra, al otro lado del Canal de la Mancha. Entre ellos se encontraban Sehia y Kamal, diestros en la lengua de Shakespeare, además del árabe y cuatro lenguas autóctonas de Darfur. Los emigrantes de Calais, un número marginal comparado con la cifra total de refugiados llegados a Europa, creían que su dominio del inglés les facilitaría la vida en Reino Unido. Otros simplemente soñaban reencontrarse con familiares que habían logrado entrar.

En uno de sus intentos por llegar a Liverpool a bordo de un camión, Sehia fue aprehendido por la policía. Kamal logró cruzar y, al ser menor de edad, pasó a tutela del gobierno británico, que lo entregó a una familia de acogida en Manchester. Ahí empezó la verdadera pesadilla de Sehia: sabía que su hermano estaba bien, pero se contagió de la intranquilidad de su madre. Casi nadie duerme en Calais, sea por el ruino de sirenas o por el insomnio fruto de los traumas de la guerra. A Sehia lo que le quitaba el sueño era aquella promesa incumplida.

Sehia junto a otros refugiados en la Jungla de Calais, al norte de Francia. Foto: José Bautista.

Durante cinco meses y noche tras noche, Sehia trató de saltar la valla de espino que rodea el puerto de Calais y colarse en los camiones que se detenían a repostar. Siempre en vano. La policía lo descubría y lo repelía a golpes, igual que a otros refugiados, empujándolo de vuelta al frío húmedo de la Jungla. Sehia cayó enfermo y se planteó permanecer en Francia, pero aquellos golpes eliminaron esa posibilidad. Un amigo sudanés presume de recordar dos palabras en español -desconoce su significado- que escuchó a un conductor: “están detrás”. Un día Sehia se coló en una camioneta de productos congelados y durante varias horas permaneció atrapado a 18º bajo cero junto a otros polizones, hasta que una inspección de la policía les salvó la vida.

Tras dos años de viaje, en junio Sehia logró entrar en Inglaterra. Con ayuda de amigos de otros países, pudo pagar cuatrocientos euros a los traficantes para que cerraran a sus espaldas las compuertas de un camión estacionado en Hazebrouck, a 70 kilómetros de Calais. El 23 de diciembre las autoridades británicas le concedieron el estatus de refugiado y desde entonces Sehia es uno de los miles de emigrantes anónimos que caminan por las calles de Manchester. El gobierno le concede una cama y una paga semanal de 36,95 libras, pero no está autorizado a trabajar.

Conocí a Sehia en la Jungla de Calais en enero del año pasado. Durante varios días él y sus amigos sudaneses me brindaron techo, arroz blanco y café con jengibre. Aquel mensaje de audio de WhatsApp en la víspera de Noche Buena fue un regalo que no esperaba. Detrás de su sonrisa hay algo más que infortunio y drama. Sehia terminó 2016 de la misma forma que ha empezado 2017: recordándome que ahora es muy, muy feliz.

Más en lamarea.com

Read More