Una historia de indiferencia y esoterismo

Coca Cola, Fuenlabrada I La Marea

Sábado por la noche, ciudad de Nueva York. Un cocinero de 36 años llamado Jared Neid coge el metro después de acabar su turno de trabajo. Nota algo raro en las caras del resto del pasaje, pronto advierte lo que ocurre. El vagón del suburbano está lleno de pintadas nazis y cruces gamadas. Una mujer, sentada bajo una de ellas, al percibir su estupefacción le mira y dice en alto lo que piensa: “Son absolutamente horribles. ¿Crees que las podríamos borrar de alguna forma?”. Neid recuerda que en la pizarra donde apuntan las comandas borran lo escrito con toallitas higiénicas y pide al resto del pasaje que miren en sus bolsos y abrigos. Al instante la mayoría de los viajeros se ponen manos a la obra y en un par de minutos las pintadas han desaparecido. El suceso es fotografiado por otro ciudadano que vuelve a su casa tras cenar con unos amigos. Esa noche lo sube a sus redes sociales. A la mañana siguiente medio millón de personas lo han compartido. El lunes la noticia es recogida por los grandes medios estadounidenses.

Es difícil saber cuánto tiempo llevaban esas pintadas en el vagón de metro. Imaginemos que un par de horas, tiempo suficiente para que varios cientos de personas tomaran ese transporte y las vieran. Posiblemente a la mayoría no le gustaron, pero nadie hizo nada. Tomaron una actitud indiferente respecto a las mismas, hicieron como que no existían, miraron para otro lado. De hecho, los mismos viajeros que procedieron a borrarlas iban por el mismo camino. El cambio, el impulso civilizatorio, llegó de la mujer y el cocinero que decidieron romper su indiferencia, que supieron ponerse del lado de la dignidad. Dos elementos tomaron parte en su actitud. El primero fue compartir la idea común de que aquellas pintadas no eran admisibles, el tener claro un consenso básico en torno a una irrupción que no esperaban pero a la que hicieron frente. El segundo fue el convertirse en individuos políticamente activos, al menos en ese momento, cosa que quizá no habían hecho nunca.

Lo político, es decir, las acciones conscientes que tomamos en la vida en sociedad, tiene lugar constantemente pero rara vez es percibido como tal. La política ha quedado reducida a una doctrina esotérica, a una sección en el informativo, a un ejercicio retórico en un edificio custodiado. Se limita lo que es de todos a una liturgia sacerdotal, que como todas está pensada para impresionar pero para que resulte incomprensible, hermética y exclusiva. Sucesos como el del metro de Nueva York se tienden a tratar desde una perspectiva ética, apelando a la valentía o cobardía del individuo, a su compromiso con una serie de valores. Pero rara vez se enfocan desde el punto de vista de la ruptura entre el dejarse hacer y el hacer, entre el cambio que supone pasar del mero espectador de la violencia cotidiana a tomar el libreto y escribir las líneas de diálogo necesarias para combatirla.

La separación entre representantes y representados, entre expertos y legos, entre profesionales de la cosa pública y sus administrados no es una cuestión técnica, procedimental, un mero problema de posiciones. Fue paradójico ver cómo en 2011, en pleno trayecto de la indiferencia a la acción, muchos debates giraban en torno a las técnicas para hacer la política más accesible. Mientras que ya se estaba haciendo política se pensaba en cómo se iba a hacer lo entendido exclusivamente como política en un futuro, porque la separación, la costumbre, mediaba poderosa entre los congregados en las plazas, y lo que era un pleno ejercicio ciudadano, cívico, pasaba a tomar la etiqueta de protesta, en un juego mutuamente aceptado entre los que eran señalados y los que señalaban. Por eso, entre otras cosas, hoy las plazas están vacías y la participación tecnófila sirve para elegir las plantas de los parterres en los ayuntamientos del cambio.

El gran triunfo de la reacción conservadora que se inició a finales de los 70 del pasado siglo no fue librar un combate de ideas donde por mayor pertinencia o acierto práctico ganaron las suyas. Eso nunca sucedió. El gran triunfo fue separar la política de la vida diaria de las personas, haciendo coincidir sus intereses con un mero ejercicio de supuesta gestión y las resistencias de los gobernados con actos de radicalidad que venían a turbar el normal devenir de la vida en sociedad. Una forma determinada de hacer política, aquella que favorecía los intereses de unos pocos, pasaba así a ser la única forma de hacer política, de ser políticos. Una semilla de totalitarismo que asumía de forma exitosa las formas electorales convirtiéndolas en un proceso de resultado controlado, que cerraba la sociedad a su propio fin último, la vida común consensuada, para convertirla en un conglomerado de recursos, transacciones y algoritmos.

Por eso, y no por una maldad intrínseca de un individuo, el pasado sábado en el metro de Nueva York alguien escribió en un vagón que los judíos pertenecían al horno. Por eso, cuando la afición del Rayo Vallecano rechaza que su equipo fiche a un jugador declaradamente nazi, se les sitúa como los que alteran el orden razonable de las cosas y no como unas personas actuando de manera cívica ante unas ideas que atentan contra la civilización. Por eso cerrar una empresa, aun dando beneficios, para especular con el trabajo es una inteligente diversificación de sus activos y la resistencia de los empleados por proteger el trabajo, que es suyo pero de todos, es la necia actitud de quien no quiere evolucionar con los tiempos. Por eso al director de cine que tiene un ojo atento con el presente se le dice que es un cineasta comprometido y a quien está comprometido con los valores hegemónicos tan sólo factura películas de entretenimiento sin carga ideológica alguna. Por eso ustedes leen prensa alternativa mientras que su jefe lee prensa a secas. Por eso echar a la gente de sus casas es un suceso cotidiano y tratar de impedirlo un acto radical. Por eso si las mujeres son asesinadas por su pareja tan sólo mueren y si se deciden a volverse políticas, esto es, feministas, pasan automáticamente al ámbito de lo despreciable.

A menudo se discute el cómo hacerlo, el cómo cambiar aquello que a muchos nos resulta intolerable. Y en el proceso se llegan a unos grados de especificidad de la propuesta que alcanzan el absurdo. No se discute sobre ideología en términos de un gran relato, que parece desaparecido y huidizo, sino de tácticas que no acaban siendo más que el refugio de identidades frágiles cuando no de intereses mezquinos. No es una cuestión de falibilidad de los dirigentes, de conspiraciones palaciegas, de miras demasiado cortas y siempre excluyentes, no en último término. Lo es sobre todo de ese proceso en el que la política vuelve a donde creemos, ya por costumbre, que debe estar. No en la acción diaria sino en el sumidero de palacio. Quien entre en política con ánimo de revolucionarla no puede contentarse con reproducirla, con fotocopiar las instrucciones de uso que ya estaban dentro de la máquina.

No esperen permisos, oportunidades, grandes ocasiones. No esperen que las grandes avenidas se llenen para sumarse. Desde que ponen un pie en la calle, cada mañana, forman parte de algo más grande que las fronteras de su propio yo. De algo sobre lo que tienen una responsabilidad para que no permanezca por más tiempo secuestrado. No sean indiferentes o perderán incluso la posibilidad de serlo.

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