Jocelyn Bell, la astrofísica que desafió al machismo

La astrofísica Jocelyn Bell, en sus tiempos de estudiante.

Jocelyn Bell era estudiante de doctorado en la Universidad de Cambridge cuando, en 1967, con tan sólo 24 años, realizó uno de los hallazgos más importantes en el campo de la astrofísica del siglo XX: los púlsares. Aquel descubrimiento recibió el premio Nobel de Física en 1974. Pero el reconocimiento no fue para ella, sino para Antony Hewish y Martin Ryle, director de su tesis y del grupo de investigación de radioastronomía, respectivamente.

Bell había participado de manera activa en la construcción del telescopio con el que captó la señal del primer púlsar conocido, clavando postes de madera en el suelo e instalando el cableado durante dos años. Al revisar la gran cantidad de datos impresos (unos 29 metros de papel cada 24 horas), a la joven estudiante le llamó la atención una señal muy rápida y regular. Después de descartar que fuese una interferencia y convencer a sus profesores, todo el equipo se volcó en investigar aquella anomalía.

El descubrimiento, que recibió gran atención por parte de la comunidad científica y la prensa, era tan extraordinario que se barajó seriamente la idea de que proviniese de una civilización extraterrestre. A pesar de ello, Hewish intentó disuadir a su pupila de que virase el tema de su tesis hacia el nuevo fenómeno. Ni siquiera la invitaban a las reuniones en las que los investigadores, todos varones y mayores, debatían sobre cómo hacer público el hallazgo.

La decisión de reconocer con el Nobel a sólo dos de las cinco personas que firmaron el primer artículo y excluir a quien había registrado inicialmente el fenómeno generó mucha polémica. Al principio, Bell le restó importancia. La joven se mostró de acuerdo con el reconocimiento al director de la investigación, y no de todos los estudiantes que participaron en la misma. Sin embargo, tiempo después, admitió las dificultades a las que se enfrentó por el hecho de ser mujer. “Descubrí que la gente era más proclive a felicitarme por mi matrimonio que por mi descubrimiento astrofísico”, recordó en el año 2000.

Bell ha merecido numerosos reconocimientos por su labor como investigadora, profesora y divulgadora científica. Desde 1999 ostenta el título de Comandante de la Orden del Imperio Británico, y en 2007 fue ascendida a Dama de dicha institución. En 2014 se convirtió en la primera mujer en presidir la Royal Society de Edimburgo en sus más de dos siglos de historia. Además, se ha volcado en impulsar el papel de las mujeres en los campos de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas.

Su compromiso con la igualdad hunde sus raíces en sus orígenes familiares. Se crió, junto con otras dos hermanas y un hermano, en una familia cuáquera que concedía gran importancia a la educación y la igualdad. A mediados de los años 50, la escuela de su zona, en Irlanda del Norte, separaba a chicos y chicas en la asignatura de Ciencias. Mientras los primeros iban al laboratorio a recibir nociones de física y química, las segundas aprendían costura y cocina. La futura astrofísica protestó y, apoyadas por sus familias, ella y otras dos compañeras asistieron a la clase de Ciencias el resto del curso.

Enseguida empezó a destacar en estas materias y, en 1965, obtuvo el título de graduada en Física por la Universidad de Glasgow. Durante toda la carrera, Bell fue la única alumna y tuvo que soportar la tradición por la que, cada vez que entraba en el aula, todos sus compañeros golpeaban las mesas y el suelo al compás mientras silbaban. Nada de esto la hizo cejar en su objetivo: convertirse en astrofísica.

Artículo publicado inicialmente en La Marea 43. A la venta aquí.

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