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Es el Estado el que tiene que pagar a la ARMH por la exhumación de Timoteo Mendieta

Ascensión Mendieta. F.S.

Si a Ascensión Mendieta le hubieran contado hace unos años que iba a tener que cruzar el charco en busca de justicia, quizá no se lo habría creído. Pero así ocurrió. Si hace unos años le hubieran dicho que finalmente iba a encontrar a su padre, Timoteo Mendieta, gracias a una jueza argentina, quizá tampoco se lo habría creído. Pero así ocurrió. Y si hace también muchos años le hubieran explicado que el Estado le iba a pasar una factura por recuperar los restos de su padre, es muy probable que tampoco se le hubiera pasado por la cabeza. Pero una vez más, así ocurrió. Así ha ocurrido.

El Ayuntamiento de Guadalajara, gobernado por el PP, pide a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), que ha llevado a cabo los trabajos de exhumación, 2.057 euros en concepto de tasas funerarias en el cementerio municipal. La ARMH ha explicado en una nota de prensa que no va a pagar esa cantidad principalmente por dos motivos: porque la exhumación se ha realizado dentro de un procedimiento judicial –iniciado por la justicia argentina– y porque, además, el consistorio aprobó una moción para eximir de este impuesto a las exhumaciones de las víctimas de la represión franquista.

Existe un tercer motivo, que es en realidad el único por el que la ARMH no tiene que pagar un céntimo. No es la ARMH –que ha costeado, además, todos los trabajos que ha implicado la exhumación– la que tiene que pagar al Estado. Es el Estado, España, el que tiene que pagar a la ARMH por estar haciendo lo que el Estado, España, no está haciendo y debería hacer: dar justicia, reparación y verdad a las víctimas del franquismo y sus familiares. Exhumar todas las fosas que agujerean este país.

La actuación del Ayuntamiento de Guadalajara no es solo una ofensa –ahora que están tan de moda las ofensas– para las víctimas. Es la prueba de que el Estado, España, todavía no ha asumido que los más de 100.000 desaparecidos de la guerra civil y la dictadura franquista son sus desaparecidos. La prueba de que el Estado, España, no ha entendido aún que estas víctimas son también sus víctimas. La prueba de que hay que tener mucha cara dura, poca dignidad y poca vergüenza para querer cobrar, encima, por escabullirte de tus responsabilidades. Y la prueba, otra más, de que Ascensión Mendieta ha hecho lo que tenía que hacer.

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Cuando la prensa se ausenta

prensa

Cuando el martes 19 de enero de 2016 llegué al cementerio de Guadalajara me costó muchos minutos asimilar lo que allí me encontré: periodistas, fotógrafos, camarógrafos de decenas de medios de comunicación estaban situados en la primera fila ante la tumba número 2, donde se suponía que se encontraban los restos de Timoteo Mendieta, ejecutado en noviembre de 1939. Llevaba más de siete años asistiendo a exhumaciones de víctimas de las ejecuciones extrajudiciales ocurridas a lo largo del Estado español durante la guerra civil y en los primeros años del franquismo y nunca antes había visto tantos periodistas al borde de una fosa. De hecho, casi nunca había periodistas como tampoco había políticos locales, diputados nacionales o autonómicos, sindicalistas, jueces o fiscales, historiadores o profesores con sus alumnos asistiendo a una clase en directo de la triste historia de nuestro país.

Me alegré mucho por Ascensión Mendieta y sus hijos. Pensé que en aquella mañana helada el calor de los focos iba a hacer más llevadera las muchas horas que tendrían que transcurrir entre la primera palada y el encuentro con los primeros huesos de los fusilados. Sentí que esa pequeña gran mujer, que personifica la dignidad con mayúsculas, podría repetir a diestro y a siniestro las razones por las que llevaba décadas intentando exhumar a su padre para darle una sepultura decente, la misma que todos queremos para nuestros seres queridos. Podría explicar con palabras sencillas y cálidas que su único sueño era ser enterrada junto al padre que le arrancaron cuando ella apenas tenía 13 años, once meses y quince días.

Hace una semana finalizó el calvario que ha durado casi 80 años. El funeral fue cubierto por decenas de medios de comunicación. La llegada de Ascensión Mendieta al cementerio fue recogida por múltiples cámaras y sus palabras recorrieron todos los rincones de nuestro país (a pesar de TVE, esa televisión pública dirigida por impertérritos y pusilánimes funcionarios sin atributos ni sentimientos). Estoy seguro de que Ascensión pensó en su madre, María Ibarra, que nada más enterarse del fusilamiento, se personó en el registro civil de Guadalajara para solicitar la exhumación del cuerpo de su marido, aunque le petición le fue denegada. También se acordaría de su hermana Paz que le acompañó en la larga batalla judicial hasta que falleció en 2013.

En los últimos días he retuiteado y compartido en Facebook decenas de reportajes emotivos sobre el funeral celebrado hace una semana. A pesar de que estaba a miles de kilómetros, en Mozambique, he sentido la emoción de estar en directo, ya que el domingo 2 de julio pude seguir el funeral por Twitter desde una aldea mozambiqueña, a cuarenta kilómetros de la capital Maputo, donde apenas había teléfonos hace solo cinco años.

Podríamos asegurar que el comportamiento de la prensa (salvo TVE) ha sido excepcional. Ha acompañado a los familiares de una víctima en los momentos más emotivos de su vida y ha dado a conocer la lucha de Ascensión Mendieta, una mujer valiente que se rebeló hace años contra el silencio judicial omnipresente en nuestro país y consiguió que una jueza argentina ordenase la apertura de la fosa donde había sido tirado su padre después de ser ejecutado. Podríamos decir que la prensa ha estado a la altura de sus obligaciones: relatar a los ciudadanos una historia de pundonor y valentía que ha tenido un feliz desenlace: los restos de Timoteo Mendieta exhumados después de quince meses de búsqueda en dos fosas distintas, identificados y enterrados donde su hija quería.

Pero si pasamos revista a los últimos cuarenta años, la búsqueda de los desaparecidos y las víctimas de las ejecuciones extrajudiciales apenas han suscitado el interés de los medios de comunicación españoles. En los años ochenta solo la revista Interviú se atrevió a realizar un seguimiento de algunos casos y publicó reportajes interesantes. El muro de silencio impuesto por los políticos, orquestado por los dos partidos mayoritarios y seguido con atroz servilismo por los minoritarios, fue mantenido a rajatabla por la inmensa mayoría de los medios de comunicación, encargados de sepultar cualquier atisbo de  esperanza por parte de los familiares de las víctimas. Podríamos decir que tanto la prensa conservadora como la progresista, seguro que por razones distintas pero con objetivos similares, impuso el mutismo y el desinterés que deseaban los partidos conservadores y progresistas. Hubo equidistancia de intereses ya en los ochenta y en los noventa entre los empresarios de prensa y los dirigentes políticos de la época.

Quieren pruebas: a la hemeroteca me remito. Busquen declaraciones de Felipe González, Alfonso Guerra, José Maria Aznar, Julio Anguita, Jordi Pujol, Carlos Garaikoetxea, José Antonio Ardanza, Heribert Barrera, que hablen de la necesidad de consensuar una solución al drama de los desaparecidos. No las encontrarán. Como tampoco encontrarán ningún debate sobre esta tragedia en los medios de comunicación. La conclusión es sencilla: la prensa se mantuvo servil al silencio impuesto por los políticos. 

Siempre me he preguntado por qué son más valientes los guatemaltecos, los bosnios, los colombianos que los españoles. Sus guerras fueron tan brutales como la nuestra. Sus transiciones tan complejas como la nuestra. Sus políticos tan viciados por el olvido y la comodidad como los nuestros. Pero ellos han avanzado y nosotros seguimos empantanados. Y lo más grave: nos permitimos  utilizar el drama de otros como arma arrojadiza. 

No sé si tuvo que debatirse en plena transición. Pongamos que no era el momento. Busquemos, entonces, el mejor momento en los 41 años que han transcurrido desde la muerte del dictador: 1982, 1986, 1990, 1995, 2000. Hace 35, 31, 27, 22 o 17 años. Elegida la mejor fecha, los grupos políticos tenían que haber negociado una salida constructiva al problema, estableciendo un protocolo de acción coherente y con el máximo presupuesto, llamarlo de una manera aceptable para la mayoría y articularlo como una ley modélica. Y hoy estaríamos más cerca del final del túnel y no a años luz. 

La prensa podría haber estimulado el debate. Haber acompañado a los familiares de las víctimas durante su larga andadura. Haber derribado los muros de silencio. Haber ofrecido el marco ideal para un debate abierto en la sociedad que permitiera encontrar soluciones a una tragedia que se agravaba con el paso de los años con la muerte de los testigos oculares de los crímenes y los familiares de primer grado de las víctimas. Pero la prensa prefirió mantener tres bochornosas décadas de silencio. Hubo que esperar hasta el 26 de diciembre de 2007 para que la Ley de Memoria Histórica, aprobada durante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, abriera una compuerta de luz y algunos medios, vinculados a la estrategia mediática organizada alrededor del presidente, convirtiera la búsqueda de los desaparecidos en tema de la agenda permanente. 

De nuevo, la prensa a remolque del interés político aunque al menos, en esta ocasión, con gran beneficio para los familiares de los desaparecidos que empezaron a ver las páginas de algunos medios inundadas de historias proclives a mostrar su sufrimiento permanente y reconocerles sus derechos históricos. Hay que reconocer que esta agenda común entre el gobierno Zapatero y sus medios afines nacidos al calor proselitista obligó a medios prosocialistas más clásicos nada propensos a romper el muro de silencio a cambiar su estrategia mediática y a informar, por fin, sobre la búsqueda de los desaparecidos, provocando el efecto dominó en la prensa española hasta finales del segundo mandato de Zapatero en diciembre de 2011.

Tras varios años de silencio durante el primer gobierno de Mariano Rajoy, el caso Timoteo Mendieta ha vuelto a poner en la portada de los medios digitales (en el papel ha habido abulia) el drama de los desaparecidos y ha vuelto a demostrar que la cobardía de la totalidad de la clase política española, la indiferencia de los sindicatos, la indecente actuación de los tribunales  y la desidia de la prensa ha provocado un retraso histórico en la solución del mayor drama pendiente de la guerra civil española y vamos camino de que en julio de 2036, cuando se cumpla el primer centenario de su inicio, haya todavía miles de fosas desparramadas por el Estado español repletas con decenas de miles de víctimas.

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El amor a un padre que amó la justicia, la libertad y la República

Ascensión Mendieta. F.S.

OLIVIA CARBALLAR // La familia de María Ibarra era de derechas. La familia de Timoteo Mendieta, de izquierdas. Ambos se casaron y la madre de María nunca más volvió a hablar a su hija. Estaban enamorados hasta el tuétano. Tuvieron tres hijas: Pepa, la mayor; Ascensión, la segunda y Paz, la tercera. Una cuarta, María, murió a los diez meses. También tuvieron cuatro hijos varones. La guerra, el hambre, la dictadura apretaban. Timoteo amaba a su mujer, a sus hijos, a la libertad y a la justicia. Y su amor por la República lo llevó a la muerte. Miembro de UGT, fue detenido y asesinado el 16 de noviembre de 1939. María le guardó luto hasta su muerte, en 1988. Nunca más volvió a reír, ni siquiera cuando el tío Paco, el marido de Paz, a la que le pusieron el nombre a conciencia, le cantaba en broma: “Tres, eran tres las hijas de Elena / Tres, eran tres y ninguna era buena”. María se ponía de los nervios y todos los demás se partían de la risa. Ella no, nunca. Fue como si hubieran muerto juntos.

Cuando detuvieron a Timoteo, María se trasladó con sus siete hijos a vivir con su suegra a una habitación del puente de Vallecas, en Madrid. El pequeño dormía encima de la tapa de un baúl. Su madre nunca la ayudó. Fue su suegra, la madre de Timoteo, ese hombre de izquierdas que amaba amar, quien la trató como si fuera una hija. Timoteo le hizo prometer que nunca llevaría a sus hijas e hijos a verlo a la cárcel. Lo único que le pidió es lo que le dieron a ella cuando Timoteo ya no estaba: la foto con todos ellos en una latita. Hoy esa foto la guarda Ascensión, que tenía 12 años cuando mataron a su padre, que tiene 91 cuando al fin ha logrado enterrar sus restos, hallados en una fosa del cementerio de Guadalajara.

[caption id="attachment_3209" align="alignright" width="331"] Timoteo Mendieta.[/caption]

Después de la primera búsqueda fallida, a petición de la jueza argentina que investiga los crímenes del franquismo, Ascensión suspiró y dijo: “Qué le vamos a hacer, lo hemos intentado”. A los diez minutos, hablando como con ella misma pero en voz alta, añadió algo que nunca antes había pronunciado: “Fui yo la que les abrió la puerta cuando lo vinieron a detener”. Fue la expresión del pesado sufrimiento con el que ha cargado toda su vida. Ascensión y sus hermanas sintieron devoción por su padre, que nunca empezaba a comer sin haber repartido la comida a sus hijos. Uno de aquellos días de calamidades murió una niña en una familia donde no tenían ni para una caja de madera. Timoteo mandó a varios compañeros a su casa para que recogieran la bancada de la entrada y, con ella, construir la caja en la que introdujeron el cuerpo para ser enterrado con dignidad.

Sufría cada vez que veía a las niñas cargando cántaros de agua de la fuente para los ricos por un cachito de pan. Él prefería que sus hijos pasaran hambre antes de enfrentarse a aquella escena infame. “Mis hijas no van a trabajar para nadie”, decía. Ascensión, que se hizo sastra, cuenta que su deseo era ponerles una panadería. Quién no lo podía querer. Quién pudo matarlo. Era solidario, justo y llevó su amor hasta sus últimas consecuencias. “Sin haberlo conocido, yo quiero muchísimo a mi abuelo. Y mira que yo quería a mi padre, pero como mi madre ha querido al suyo… eso es imposible”, cuenta Chon Vargas Mendieta, cuyo testimonio ha permitido construir este relato. “Mi abuelo Timoteo fue un virtuoso del amor”, concluye.

Artículo publicado en #LaMarea50, a la venta aquí. Actualizado el 2 de julio de 2017.

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El ADN dice no tras 80 años de búsqueda: “Me voy sin saber”

Tras 80 años buscando a su padre y a su madre, las pruebas de ADN han dado negativo. “Me voy sin saber”, le respondió este jueves Luis Vega, de 89 años, a su hijo, Juan Luis, cuando este le informó de que ninguno de los restos hallados en la fosa de Paterna de Rivera, en Cádiz, coinciden con las muestras aportadas por los familiares. Visto así, podríamos estar ante la historia de un fracaso, con un final muy distinto al que hace unas semanas llenó de alegría a Ascensión Mendieta, a quien la ciencia sí confirmó que los huesos encontrados en la fosa de Guadalajara eran los de su padre. Pero dice Juan Luis que su abuelo y su abuela, a quienes asesinaron los falangistas en 1936 cuando su padre tenía solo siete años, le enseñaron a no rendirse nunca: “Yo sé lo que es tener un padre y una madre, sin ellos no somos nada. Y puede que mi padre no haya encontrado a los suyos, pero yo no voy a parar hasta que un presidente del Gobierno o un jefe de Estado le escriba en una carta: ‘Luis, lo siento’”. Por tanto, no hay tiempo para fracasos. La lucha sigue.

El proceder de Juan Luis Vega hasta ahora da una idea de esa entereza incansable. Denunció públicamente los crímenes del franquismo en un pleno del Ayuntamiento, que desde entonces apoyó la exhumación. Luis relata así cómo vivió el momento en que lo separaron de su madre: “A mi madre se la llevaron delante mía. La llevaban por los brazos, con las piernas a rastras por la escalera. La apuntaban con una pistola como si fuera una fiera. Mi madre lo único que gritaba era: mis niños, mis niños, mis niños… Nos quedamos como el nido al que le dan con una escoba”, recoge el periodista Juan Miguel Baquero en Que fuera mi tierra. Catalina Sevillano Macho tenía 34 años y estaba casada con Francisco Vega García, activo cenetista que había logrado escapar. A la vuelta, lo mataron, resume el historiador José Luis Gutiérrez.

“Después denuncié los crímenes ante la Guardia Civil y no vino nadie”, prosigue Juan Luis. Mientras la justicia no se pronunciara, la exhumación no podía comenzar. Así que se plantó en el juzgado y dijo que de allí no se movía hasta ver al juez. No logró hablar con él, pero el juez terminó firmando el archivo de la denuncia. “Fui humillado judicialmente –admite– pero al menos podía seguir buscándolos”. Al principio quiso costear la exhumación con actuaciones benéficas, entre otras, de sus amigos cantaores de flamenco. Finalmente, la Junta financió los trabajos, que ha asumido también, como establece la nueva ley de memoria andaluza, la identificación genética a través del Instituto Genyo de Granada.

La fosa fue exhumada hace casi dos años en el cementerio de la localidad y fueron localizados los restos de 10 personas –ocho hombres y dos mujeres – con evidentes muestras de violencia. Poco antes de realizar las pruebas, el antropólogo forense encargado de los trabajos, Juan Miguel Gujio, avisaba de que lo que ha ocurrido podría ocurrir: “Este es un punto importante, dar a conocer las distintas posibilidades pero no engañar prometiendo paraísos que pueden no aparecer. Se debe atender, escuchar, informar y abordar vías de participación con las familias y colectivos y a veces no se podrá ir más allá y en otras ocasiones se logrará la identificación. Nunca más se los debería ignorar”.

Catalina Silva, con más de cien años, también aportó su muestra de ADN. Residente en Francia, busca a su hermana María Silva, Libertaria, superviviente de la matanza de Casas Viejas y asesinada por los golpistas en agosto de 1936. Su hijo, Juan Pérez Silva, logró que un juzgado declarara su fallecimiento legal en un auto fechado el 22 de junio de 2011, que ordenaba la inscripción de su muerte en el Registro Civil. Juan lo llevaba pidiendo desde 2008. La decisión suponía un reconocimiento moral para las familias de miles de desaparecidos en la guerra civil y la dictadura, que sufrieron una doble muerte, la real y la de esfumarse de la historia. Cuando mataron a su madre, que estaba embarazada, él tenía solo 13 meses. “Es un gran paso, estoy muy contento y muy agradecido con todas las personas que me han ayudado, pero me da pena que se haya producido tan tarde”, explicaba entonces en declaraciones a Público. Tenía 78 años. Juan murió al año siguiente.

“Es en estas situaciones, cuando el dolor se hace insoportable, la tristeza infinita y la rabia sube por el cuerpo, cuando, más que nunca, hay que decir que lo ocurrido no se puede considerar un fracaso. No puede serlo cuando se trata de una acción destinada a reparar tanta ignominia consentida durante tantos años. Al contrario, es un día para, a pesar de todo, sentirse orgullosos. Hoy, los familiares que se empeñaron en la búsqueda de los suyos, pueden sentirse satisfechos porque, gracias a ellos, Paterna es más digna que ayer”, reflexiona el historiador Gutiérrez sobre el proceso. “No sabremos sus nombres, ni sus familias que ahora, por fin, gracias al tesón de sus compañeros, ya no serán pisoteados y están enterrados, ahora sí, dignamente. Porque la dignidad, las víctimas nunca la perdieron”, concluye. 

Estas son las personas asesinadas en Paterna: María Arias Pantoja, Francisco Arillo Barroso, Miguel Barroso Becerra, Miguel Caballero Torrejón, Antonio El Chopo, Juan Cobelo Menacho, Francisco Coca Santos, Diego Dávila Barrios, Juan Dávila Barrios, Julián Galvín Candón, Bartolomé García Arias, Miguel García Lozano, Antonio García Orihuela, Rafael González, Pedro Hernández Pérez, José Jaén Benavides, El Cabezalero Mata, Martín Menacho Díaz, Francisco Menacho Villegas, Fernando Morales González, María Antonia Moreno Becerra, Francisco Morón Velasco, Juan Orihuela Mota, Miguel Pérez Cordón, José Pérez Muñecas, Francisco Pérez Velasco, Antonio Piñero Barroso, Juan Ramos Sánchez, José Rojas de la Vega, Antonio Rosado Moreno, Enrique Rubio Cabrera, Juan Rubio Cabrera, Catalina Sevillano Macho, María Silva Cruz, Antonio Traverso Fernández, Juan Valverde Colón, Pedro Valle Román, Francisco Vega García, José Vega García y Domingo Velasco Panal.

La historia vuelve a poner en evidencia lo que viene reclamando el colectivo memorialista hace años: la necesidad de agilizar las exhumaciones de unos restos en la mayoría de los casos deteriorados, lo que complica la identificación genética. “Yo llevo 39 años luchando por esto. La vida es así, nos ha golpeado fuerte. Nunca voy a actuar desde la venganza ni desde el rencor. Esto me ha hecho más fuerte y voy a seguir peleando”, finaliza Juan Luis, que dice que su padre está hoy un poquito mejor. 

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Retrato de Rafa Hernando, el desprecio y sus complejos

MADRD// Irene Montero fue la indiscutible protagonista de la moción de censura a Mariano Rajoy. Su discurso de más de dos horas no tuvo momentos de oscuridad, siempre con ritmo, contundente, con una tremenda dureza, con momentos demoledores que obligaron al presidente del Gobierno a escuchar lo que siempre evita hacer. La podedumbre de su partido. Un trabajo brillante que significó la consolidación de una parlamentaria que hasta ese día no había mostrado un excesivo protagonismo, ni talento. La parlamentaria, y encima millennial, enseñó su valía y, además de poner nervioso al PP, activó todos los complejos que cualquier machista tiene en lo más interno y que constantemente lucha por ocultar en una tribuna pública.

Rafael Hernando, portavoz del PP en el Congreso, al final de su intervención, dijo: “Hay quien dice que estuvo mejor la señora Montero que usted, pero no diré nada porque no sé qué voy a provocar en esa relación”. La frase intentó ser una crítica a Pablo Iglesias, pero como todo machista no se dio cuenta de que para eso utilizó uno de los complejos más prototípicos de este ejemplar patrio. Utilizar el orgullo herido del macho por la excelencia de su compañera además de desdeñar la valía de Irene Montero insinuando que tiene que estar siempre por debajo de su ‘poseedor’. El desprecio a Montero solo revela los complejos de un pobre hombre que se sabe inferior en su oratoria a la capacidad de su contrincante y no puede soportarlo. Su comentario es delator de lo que no es capaz de asumir, es peor que Irene Montero, es muy inferior en sus capacidades a una mujer de 29 años. El ego dolido del machito español. Su porte de falangista de los 40, de cadenero de Fuerza Nueva de la transición, no es capaz de soportar tamaña humillación.

Sus debilidades argumentales son de tal porte que tiene que usar su cáncer en el debate para defender a Amancio Ortega. No hay familia en esta España que no haya tenido que pasar por el sufrimiento que provoca esa enfermedad, y eso, no aporta legitimidad a su servilismo. La única diferencia entre quien critica al estado por nutrirse de donaciones de millonarios y de quienes loan a millonarios es que los que nos oponemos no manoseamos nuestros dramas familiares para dar emoción y epatar al receptor del mensaje. No quiera dar pena, señor Hernando. Para eso tendría que haber mostrado un ápice de humanidad en el pasado, no solo miseria y crueldad.

La calaña de que la está hecha el señor Hernando la demuestra en cada intervención. Utilizar de forma política la última víctima española del terrorismo fue solo una muestra más. La instrumentalización de las víctimas que pueden servir a sus intereses y olvidar e insultar a todas aquellas víctimas que molestan a su relato de indignidad. No solo Irene Montero es mejor que usted, señor Hernando. Le voy a poner otro ejemplo de mujer con una dignidad y enormidad que jamás alcanzará. Se llama Ascensión Mendieta. Es una de esas personas que usted, señor Hernando, insultó y despreció cuando aseveró que las víctimas del franquismo solo se habían acordado de sus padres para desenterrarlos cuando había subvenciones. La actitud de un miserable quedó una vez más en evidencia esta semana, Ascensión Mendieta recuperó el huesito de su padre sin subvención y eludiendo el desprecio actual de los herederos de quien dejaron a su padre 80 años bajo tierra. Irene Montero y Ascensión Mendieta son el ejemplo de dos mujeres que con su dignidad dejan al desnudo los complejos de Rafael Hernando. Contra su desprecio, vuestro orgullo.

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“Ascensión Mendieta lo ha conseguido con 91 años. Sí se puede, Felisa”

ascensión mendieta fosas sevilla memoria histórica

Felisa González firma a las puertas del Ayuntamiento de Sevilla un papel en el que solicita información sobre la posible exhumación de los restos de las fosas del cementerio. En una de ellas probablemente esté enterrado como un perro su padre. “Esto es muy difícil”, dice casi con resignación a sus 80 años. Y en esas Paqui Maqueda, presidenta de la Asociación Nuestra Memoria, le cuenta la historia de Ascensión Mendieta. “¿Que ha encontrado a su padre?”, pregunta Felisa con sobresalto. “Sí, Felisa. Abrieron una fosa y no estaba. Y ahora han abierto una segunda y una de las personas localizadas era su padre. Ascensión lo ha conseguido con 91 años. Sí se puede, Felisa”, responde Paqui con la misma energía con la que va recogiendo solicitudes.

Hoy es 14 de junio de 2017, el primer día oficial en 81 años dedicado a recordar y homenajear a las víctimas del franquismo en Andalucía. Es la fecha establecida en la recién creada Ley de Memoria Histórica y Democrática, que hace referencia a la primera exhumación que se hizo de manera pública en la comunidad, en el verano de 2003 en Lecrín (Granada). Agustín Góngora buscaba a su hermano, pero falleció sin encontrarlo. Supuestamente, la tumba está debajo de una autovía. Felisa no sabe qué ocurrió los 14 de junio de otros años. Un 14 de junio nació el Che Guevara. Otro 14 de junio murió Jorge Luis Borges. Sí sabe –dice– lo que ocurrió el 14 de abril. Paqui hace notar esta “rareza” en la elección de la fecha –hubiera preferido, por ejemplo, el 18 de julio– pero apenas pierde unos segundos en destacarlo. Aprovecha el día como cualquier otro para seguir reclamando la razón de ser del movimiento memorialista: verdad, justicia y reparación.

ascensión mendieta fosas sevilla memoria histórica

“Son historias de familias a las que un día se les rompió la vida”, señala Luna Martínez, que acompaña a su padre, Antonio, a la concentración. Él tenía cinco meses cuando mataron a su padre, el abuelo de Luna. Su caso, como el de tantos otros, lo está investigando la jueza argentina que instruye la causa contra el franquismo. “Estuvieron a punto también de fusilar a mi madre y a mis dos hermanos mayores”, prosigue Antonio. Ninguno de ellos fue al colegio. Ninguno de ellos sabía ni leer ni escribir. Él aprendió mientras trabajaba de botones en un bar en el que atendía “a los mismos que asesinaron” a su padre. Tenía seis años cuando empezó. “Mi padre no estaba afiliado a ningún partido. Era jornalero y defendía los derechos laborales”, explica. Supuestamente, también está enterrado en una fosa del cementerio de Sevilla.

La Ley de Memoria incluye la creación de un protocolo para dignificar las fosas comunes en los cementerios, en algunos casos destruidas por la desidia o por negligencia de las autoridades. Según las exhaustivas investigaciones del historiador Pepe Díaz Arriaza, en el de Sevilla hay ocho. Este 14 de junio, las fotos de 40 víctimas presiden la fachada del consistorio, colocadas una a una por los familiares. Una pancarta indica que son más de 4.500 las personas fusiladas. Según el Ayuntamiento, está pendiente de licitación el contrato para la señalización. “Sinvergüenzas, vividores”, grita una mujer que pasa de largo sin mirar a la cara a las personas allí reunidas. Paqui continúa recogiendo solicitudes.

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El amor a un padre que amó la justicia, la libertad y la República

Ascensión Mendieta. F.S.

La familia de María Ibarra era de derechas. La familia de Timoteo Mendieta, de izquierdas. Ambos se casaron y la madre de María nunca más volvió a hablar a su hija. Estaban enamorados hasta el tuétano. Tuvieron tres hijas: Pepa, la mayor; Ascensión, la segunda y Paz, la tercera. Una cuarta, María, murió a los diez meses. También tuvieron cuatro hijos varones. La guerra, el hambre, la dictadura apretaban. Timoteo amaba a su mujer, a sus hijos, a la libertad y a la justicia. Y su amor por la República lo llevó a la muerte. Miembro de UGT, fue detenido y asesinado el 16 de noviembre de 1939. María le guardó luto hasta su muerte, en 1988. Nunca más volvió a reír, ni siquiera cuando el tío Paco, el marido de Paz, a la que le pusieron el nombre a conciencia, le cantaba en broma: “Tres, eran tres las hijas de Elena / Tres, eran tres y ninguna era buena”. María se ponía de los nervios y todos los demás se partían de la risa. Ella no, nunca. Fue como si hubieran muerto juntos.

Cuando detuvieron a Timoteo, María se trasladó con sus siete hijos a vivir con su suegra a una habitación del puente de Vallecas, en Madrid. El pequeño dormía encima de la tapa de un baúl. Su madre nunca la ayudó. Fue su suegra, la madre de Timoteo, ese hombre de izquierdas que amaba amar, quien la trató como si fuera una hija. Timoteo le hizo prometer que nunca llevaría a sus hijas e hijos a verlo a la cárcel. Lo único que le pidió es lo que le dieron a ella cuando Timoteo ya no estaba: la foto con todos ellos en una latita. Hoy esa foto la guarda Ascensión, que tenía 12 años cuando mataron a su padre, que tiene 91 cuando intenta localizar sus restos en una fosa del cementerio de Guadalajara (que acaban de ser hallados).

Timoteo Mendieta.

Después de la primera búsqueda fallida, a petición de la jueza argentina que investiga los crímenes del franquismo, Ascensión suspiró y dijo: “Qué le vamos a hacer, lo hemos intentado”. A los diez minutos, hablando como con ella misma pero en voz alta, añadió algo que nunca antes había pronunciado: “Fui yo la que les abrió la puerta cuando lo vinieron a detener”. Fue la expresión del pesado sufrimiento con el que ha cargado toda su vida. Ascensión y sus hermanas sintieron devoción por su padre, que nunca empezaba a comer sin haber repartido la comida a sus hijos. Uno de aquellos días de calamidades murió una niña en una familia donde no tenían ni para una caja de madera. Timoteo mandó a varios compañeros a su casa para que recogieran la bancada de la entrada y, con ella, construir la caja en la que introdujeron el cuerpo para ser enterrado con dignidad.

Sufría cada vez que veía a las niñas cargando cántaros de agua de la fuente para los ricos por un cachito de pan. Él prefería que sus hijos pasaran hambre antes de enfrentarse a aquella escena infame. “Mis hijas no van a trabajar para nadie”, decía. Ascensión, que se hizo sastra, cuenta que su deseo era ponerles una panadería. Quién no lo podía querer. Quién pudo matarlo. Era solidario, justo y llevó su amor hasta sus últimas consecuencias. “Sin haberlo conocido, yo quiero muchísimo a mi abuelo. Y mira que yo quería a mi padre, pero como mi madre ha querido al suyo… eso es imposible”, cuenta Chon Vargas Mendieta, cuyo testimonio ha permitido construir este relato. “Mi abuelo Timoteo fue un virtuoso del amor”, concluye.

Este reportaje está incluido en el Especial Amor de #LaMarea50

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Ascensión Mendieta localiza a su padre 80 años después de su asesinato

“Identificado por ADN el padre de Ascensión Mendieta. Pidió ayuda a Argentina porque los gobiernos españoles no la escucharon. Nunca se ha rendido”. Así ha anunciado el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), Emilio Silva, el hallazgo de los restos de Timoteo Mendieta. En la primera búsqueda, la primera que ordenaba la jueza argentina que instruye la causa contra el franquismo, no hubo rastro de sus huesos. Pero su hija, con 91 años, continuó a pie de fosa sin darse por vencida. Timoteo ha sido finalmente localizado en el cementerio de Guadalajara en el segundo intento. Miembro de UGT, fue detenido y asesinado el 16 de noviembre de 1939.

Los trabajos de exhumación -que incluye la búsqueda de medio centenar de personas más- están siendo desarrollados por la ARMH, que está haciendo lo que debería hacer el Estado. Ascensión representa la lucha de miles de ciudadanos que pelean por encontrar los restos de sus familiares para poder darles un entierro digno. Ella misma cruzó el charco, hasta Argentina, para pedir justicia. Así recordaba su entereza Paqui Maqueda, también familiar de víctimas, que realizó el mismo viaje:

La señora Ascensión Mendieta se pasea nerviosa entre cámaras de fotos y curiosos que la rodean continuamente. Es hija de Timoteo Mendieta, asesinado el 16 de noviembre del 1939 en las tapias del cementerio de Guadalajara. Su cuerpo se encuentra en la fosa común de este cementerio. Bastó para su condena que fuese miembro de UGT y presidente de la Casa del Pueblo. Ni los 77 años transcurridos desde la finalización de la guerra, ni los 10.000 kilómetros de distancia que separan nuestro país de Buenos Aires ni los 88 años que recién ha cumplido le han impedido realizar este largo viaje para declarar ante la jueza argentina y solicitar justicia en nombre de su padre”.

Puedes leer la historia de Timoteo Mendieta en #LaMarea50, titulada El amor a un padre que amó la justicia, la libertad y la república

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