La idiotez

Van a dar las siete de la tarde de este jueves 2 de noviembre cuando aparece Inés Arrimadas en la pantalla de mi televisor rodeada de micrófonos. La jueza Lamela de la Audiencia Nacional ha decretado prisión incondicional para Oriol Junqueras y siete exconsellers. Aquí y allá hablan de riesgo de fuga, destrucción de pruebas, etc. de un Govern que, de hecho, ya fue cesado hace unos días por el Gobierno de España.

Las frases manidas que recorren radios, periódicos y televisiones van desde “la Justicia es igual para todos” hasta “quien la hace la paga”. Y entonces aparece Arrimadas. Conecta desde una universidad catalana. Pasa, como acostumbra, por el “respetamos las decisiones judiciales” y similares, pero hace especial hincapié en un argumento que últimamente cunde demasiado. “En Catalunya hay familias y amigos que ya no se hablan”, lamenta.

Cada vez que oigo “el drama” de los amigos que antes cenaban juntos los viernes y ahora no pueden y que, si por fin se animan a hacerlo, no se atreven a tocar “el tema”, cada una de las veces trato de buscar el momento de nuestra historia en el que nos volvimos idiotas. Siempre hay un primer momento. Por ejemplo, yo sé que cuando Aznar aseguró, sin despeinarse, que en Iraq había armas de destrucción masiva y los medios lo publicaron como si tal cosa, algo se quebró. Y como ese, busco el primer momento en el que no solo aceptamos un argumento idiota, sino que un político lo hizo suyo y lo utilizó públicamente. Como si no fuera idiota (el argumento, se entiende) o sin ser consciente de su idiotez.

Lejos de mí desear el mal a familias y amigos y lejos de mí también celebrar las cenas silenciosas. Sepa la señora Arrimadas que lamento muchísimo lo suyo, si es el caso, o lo de sus allegados, pero de ahí a convertirlo en un argumento para justificar que una jueza encarcele a medio gobierno democráticamente elegido después de que otro gobierno, el central, los haya cesado me parece una muy preocupante muestra de debilidad narrativa. Y el problema de usar ese tipo de argumentos, de la debilidad narrativa, es que contagian y empobrecen. Arrimadas dice “las familias no se hablan” (snif) y una legión de tertulianos repite “las familias no se hablan” (bua), de tal modo que entre la población queda admitido que el hecho –difícil de comprobar, por otra parte— de que las familias no se hablen es suficiente para que se cese a un gobierno y se encarcele a sus miembros.

Y por supuesto que no es así, que las razones del cese y encarcelamiento son muchísimo más complejas, tanto que no sé si aquellos entristecidos por las cenas familiares alcanzan a vislumbrarlo. Sin embargo, usar “las familias no se hablan” como forma de explicar la crisis catalana evidencia la falta de talla política de quien lo usa, su poca consideración hacia los ciudadanos y un empeño en empobrecer el nivel del discurso político.

Un detalle para finalizar, porque a veces olvidamos el lugar que ocupan aquellos que dejan caer sus argumentitos: Arrimadas es la “jefa de la oposición” en el Parlament de Catalunya. Y sus “familias rotas”, una muestra del nivel en “lo de Catalunya”.

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