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Es el Estado el que tiene que pagar a la ARMH por la exhumación de Timoteo Mendieta

Ascensión Mendieta. F.S.

Si a Ascensión Mendieta le hubieran contado hace unos años que iba a tener que cruzar el charco en busca de justicia, quizá no se lo habría creído. Pero así ocurrió. Si hace unos años le hubieran dicho que finalmente iba a encontrar a su padre, Timoteo Mendieta, gracias a una jueza argentina, quizá tampoco se lo habría creído. Pero así ocurrió. Y si hace también muchos años le hubieran explicado que el Estado le iba a pasar una factura por recuperar los restos de su padre, es muy probable que tampoco se le hubiera pasado por la cabeza. Pero una vez más, así ocurrió. Así ha ocurrido.

El Ayuntamiento de Guadalajara, gobernado por el PP, pide a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), que ha llevado a cabo los trabajos de exhumación, 2.057 euros en concepto de tasas funerarias en el cementerio municipal. La ARMH ha explicado en una nota de prensa que no va a pagar esa cantidad principalmente por dos motivos: porque la exhumación se ha realizado dentro de un procedimiento judicial –iniciado por la justicia argentina– y porque, además, el consistorio aprobó una moción para eximir de este impuesto a las exhumaciones de las víctimas de la represión franquista.

Existe un tercer motivo, que es en realidad el único por el que la ARMH no tiene que pagar un céntimo. No es la ARMH –que ha costeado, además, todos los trabajos que ha implicado la exhumación– la que tiene que pagar al Estado. Es el Estado, España, el que tiene que pagar a la ARMH por estar haciendo lo que el Estado, España, no está haciendo y debería hacer: dar justicia, reparación y verdad a las víctimas del franquismo y sus familiares. Exhumar todas las fosas que agujerean este país.

La actuación del Ayuntamiento de Guadalajara no es solo una ofensa –ahora que están tan de moda las ofensas– para las víctimas. Es la prueba de que el Estado, España, todavía no ha asumido que los más de 100.000 desaparecidos de la guerra civil y la dictadura franquista son sus desaparecidos. La prueba de que el Estado, España, no ha entendido aún que estas víctimas son también sus víctimas. La prueba de que hay que tener mucha cara dura, poca dignidad y poca vergüenza para querer cobrar, encima, por escabullirte de tus responsabilidades. Y la prueba, otra más, de que Ascensión Mendieta ha hecho lo que tenía que hacer.

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El amor a un padre que amó la justicia, la libertad y la República

Ascensión Mendieta. F.S.

OLIVIA CARBALLAR // La familia de María Ibarra era de derechas. La familia de Timoteo Mendieta, de izquierdas. Ambos se casaron y la madre de María nunca más volvió a hablar a su hija. Estaban enamorados hasta el tuétano. Tuvieron tres hijas: Pepa, la mayor; Ascensión, la segunda y Paz, la tercera. Una cuarta, María, murió a los diez meses. También tuvieron cuatro hijos varones. La guerra, el hambre, la dictadura apretaban. Timoteo amaba a su mujer, a sus hijos, a la libertad y a la justicia. Y su amor por la República lo llevó a la muerte. Miembro de UGT, fue detenido y asesinado el 16 de noviembre de 1939. María le guardó luto hasta su muerte, en 1988. Nunca más volvió a reír, ni siquiera cuando el tío Paco, el marido de Paz, a la que le pusieron el nombre a conciencia, le cantaba en broma: “Tres, eran tres las hijas de Elena / Tres, eran tres y ninguna era buena”. María se ponía de los nervios y todos los demás se partían de la risa. Ella no, nunca. Fue como si hubieran muerto juntos.

Cuando detuvieron a Timoteo, María se trasladó con sus siete hijos a vivir con su suegra a una habitación del puente de Vallecas, en Madrid. El pequeño dormía encima de la tapa de un baúl. Su madre nunca la ayudó. Fue su suegra, la madre de Timoteo, ese hombre de izquierdas que amaba amar, quien la trató como si fuera una hija. Timoteo le hizo prometer que nunca llevaría a sus hijas e hijos a verlo a la cárcel. Lo único que le pidió es lo que le dieron a ella cuando Timoteo ya no estaba: la foto con todos ellos en una latita. Hoy esa foto la guarda Ascensión, que tenía 12 años cuando mataron a su padre, que tiene 91 cuando al fin ha logrado enterrar sus restos, hallados en una fosa del cementerio de Guadalajara.

[caption id="attachment_3209" align="alignright" width="331"] Timoteo Mendieta.[/caption]

Después de la primera búsqueda fallida, a petición de la jueza argentina que investiga los crímenes del franquismo, Ascensión suspiró y dijo: “Qué le vamos a hacer, lo hemos intentado”. A los diez minutos, hablando como con ella misma pero en voz alta, añadió algo que nunca antes había pronunciado: “Fui yo la que les abrió la puerta cuando lo vinieron a detener”. Fue la expresión del pesado sufrimiento con el que ha cargado toda su vida. Ascensión y sus hermanas sintieron devoción por su padre, que nunca empezaba a comer sin haber repartido la comida a sus hijos. Uno de aquellos días de calamidades murió una niña en una familia donde no tenían ni para una caja de madera. Timoteo mandó a varios compañeros a su casa para que recogieran la bancada de la entrada y, con ella, construir la caja en la que introdujeron el cuerpo para ser enterrado con dignidad.

Sufría cada vez que veía a las niñas cargando cántaros de agua de la fuente para los ricos por un cachito de pan. Él prefería que sus hijos pasaran hambre antes de enfrentarse a aquella escena infame. “Mis hijas no van a trabajar para nadie”, decía. Ascensión, que se hizo sastra, cuenta que su deseo era ponerles una panadería. Quién no lo podía querer. Quién pudo matarlo. Era solidario, justo y llevó su amor hasta sus últimas consecuencias. “Sin haberlo conocido, yo quiero muchísimo a mi abuelo. Y mira que yo quería a mi padre, pero como mi madre ha querido al suyo… eso es imposible”, cuenta Chon Vargas Mendieta, cuyo testimonio ha permitido construir este relato. “Mi abuelo Timoteo fue un virtuoso del amor”, concluye.

Artículo publicado en #LaMarea50, a la venta aquí. Actualizado el 2 de julio de 2017.

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El amor a un padre que amó la justicia, la libertad y la República

Ascensión Mendieta. F.S.

La familia de María Ibarra era de derechas. La familia de Timoteo Mendieta, de izquierdas. Ambos se casaron y la madre de María nunca más volvió a hablar a su hija. Estaban enamorados hasta el tuétano. Tuvieron tres hijas: Pepa, la mayor; Ascensión, la segunda y Paz, la tercera. Una cuarta, María, murió a los diez meses. También tuvieron cuatro hijos varones. La guerra, el hambre, la dictadura apretaban. Timoteo amaba a su mujer, a sus hijos, a la libertad y a la justicia. Y su amor por la República lo llevó a la muerte. Miembro de UGT, fue detenido y asesinado el 16 de noviembre de 1939. María le guardó luto hasta su muerte, en 1988. Nunca más volvió a reír, ni siquiera cuando el tío Paco, el marido de Paz, a la que le pusieron el nombre a conciencia, le cantaba en broma: “Tres, eran tres las hijas de Elena / Tres, eran tres y ninguna era buena”. María se ponía de los nervios y todos los demás se partían de la risa. Ella no, nunca. Fue como si hubieran muerto juntos.

Cuando detuvieron a Timoteo, María se trasladó con sus siete hijos a vivir con su suegra a una habitación del puente de Vallecas, en Madrid. El pequeño dormía encima de la tapa de un baúl. Su madre nunca la ayudó. Fue su suegra, la madre de Timoteo, ese hombre de izquierdas que amaba amar, quien la trató como si fuera una hija. Timoteo le hizo prometer que nunca llevaría a sus hijas e hijos a verlo a la cárcel. Lo único que le pidió es lo que le dieron a ella cuando Timoteo ya no estaba: la foto con todos ellos en una latita. Hoy esa foto la guarda Ascensión, que tenía 12 años cuando mataron a su padre, que tiene 91 cuando intenta localizar sus restos en una fosa del cementerio de Guadalajara (que acaban de ser hallados).

Timoteo Mendieta.

Después de la primera búsqueda fallida, a petición de la jueza argentina que investiga los crímenes del franquismo, Ascensión suspiró y dijo: “Qué le vamos a hacer, lo hemos intentado”. A los diez minutos, hablando como con ella misma pero en voz alta, añadió algo que nunca antes había pronunciado: “Fui yo la que les abrió la puerta cuando lo vinieron a detener”. Fue la expresión del pesado sufrimiento con el que ha cargado toda su vida. Ascensión y sus hermanas sintieron devoción por su padre, que nunca empezaba a comer sin haber repartido la comida a sus hijos. Uno de aquellos días de calamidades murió una niña en una familia donde no tenían ni para una caja de madera. Timoteo mandó a varios compañeros a su casa para que recogieran la bancada de la entrada y, con ella, construir la caja en la que introdujeron el cuerpo para ser enterrado con dignidad.

Sufría cada vez que veía a las niñas cargando cántaros de agua de la fuente para los ricos por un cachito de pan. Él prefería que sus hijos pasaran hambre antes de enfrentarse a aquella escena infame. “Mis hijas no van a trabajar para nadie”, decía. Ascensión, que se hizo sastra, cuenta que su deseo era ponerles una panadería. Quién no lo podía querer. Quién pudo matarlo. Era solidario, justo y llevó su amor hasta sus últimas consecuencias. “Sin haberlo conocido, yo quiero muchísimo a mi abuelo. Y mira que yo quería a mi padre, pero como mi madre ha querido al suyo… eso es imposible”, cuenta Chon Vargas Mendieta, cuyo testimonio ha permitido construir este relato. “Mi abuelo Timoteo fue un virtuoso del amor”, concluye.

Este reportaje está incluido en el Especial Amor de #LaMarea50

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Ascensión Mendieta localiza a su padre 80 años después de su asesinato

“Identificado por ADN el padre de Ascensión Mendieta. Pidió ayuda a Argentina porque los gobiernos españoles no la escucharon. Nunca se ha rendido”. Así ha anunciado el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), Emilio Silva, el hallazgo de los restos de Timoteo Mendieta. En la primera búsqueda, la primera que ordenaba la jueza argentina que instruye la causa contra el franquismo, no hubo rastro de sus huesos. Pero su hija, con 91 años, continuó a pie de fosa sin darse por vencida. Timoteo ha sido finalmente localizado en el cementerio de Guadalajara en el segundo intento. Miembro de UGT, fue detenido y asesinado el 16 de noviembre de 1939.

Los trabajos de exhumación -que incluye la búsqueda de medio centenar de personas más- están siendo desarrollados por la ARMH, que está haciendo lo que debería hacer el Estado. Ascensión representa la lucha de miles de ciudadanos que pelean por encontrar los restos de sus familiares para poder darles un entierro digno. Ella misma cruzó el charco, hasta Argentina, para pedir justicia. Así recordaba su entereza Paqui Maqueda, también familiar de víctimas, que realizó el mismo viaje:

La señora Ascensión Mendieta se pasea nerviosa entre cámaras de fotos y curiosos que la rodean continuamente. Es hija de Timoteo Mendieta, asesinado el 16 de noviembre del 1939 en las tapias del cementerio de Guadalajara. Su cuerpo se encuentra en la fosa común de este cementerio. Bastó para su condena que fuese miembro de UGT y presidente de la Casa del Pueblo. Ni los 77 años transcurridos desde la finalización de la guerra, ni los 10.000 kilómetros de distancia que separan nuestro país de Buenos Aires ni los 88 años que recién ha cumplido le han impedido realizar este largo viaje para declarar ante la jueza argentina y solicitar justicia en nombre de su padre”.

Puedes leer la historia de Timoteo Mendieta en #LaMarea50, titulada El amor a un padre que amó la justicia, la libertad y la república

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Las mujeres que fueron arrojadas al mar desde el acantilado de Cabo Peñes

XIXÓN // El 2 de junio de 1938, los cuerpos de Rita, Rosaura, y María, junto con los de otras diez personas, fueron arrojados al mar desde los acantilados de Cabo Peñes (Gozón) por parte de los falangistas locales del cercano pueblo de Candás. El crimen que cometieron estas trabajadoras de las conserveras Albo y Alfageme era el de colaborar con el Socorro Rojo, ser familia de sindicalistas o pertenecer a la UGT de sus fábricas de conservas. Algunos cadáveres, devueltos por el mar tras ser arrojados a las frías aguas del Cantábrico, han sido rescatados del olvido por la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) de una fosa del cementerio de Bañugues (Gozón), para que el aniversario de su muerte pueda conmemorarse con la dignidad que sus restos merecen.

Los crímenes de Cabo Peñes

Anselmo “El Rondón” era una de los grandes objetivos del Negociado de Orden Público del Ayuntamiento de Carreño, cuando comenzó una redada en mayo de 1938 para reprimir a todos los afectos al Frente Popular. La lista negra incluyó a 52 nombres de Candás, cerca de Xixón. Anselmo no pudo escapar cuando cayó el frente y tuvo que regresar a su casa. Se escondió en un zulo debajo de la cama en su propio hogar, fue uno de los “topos” que intentaban sobrevivir en la oscuridad. Un descuido de un familiar con problemas psíquicos acabó con su vida. Al ir a comprar vino, la mujer dijo que era “para Anselmín”. Los falangistas acudieron a su casa y se produjo una huida que acabó con un tiroteo en el que “El Rondón” resultó herido y uno de los falangistas murió por fuego amigo.

Las autoridades acusaron a Anselmo de ser el responsable de la muerte del falangista. En una recreación del vía crucis, los miembros de Falange arrastraron y golpearon a Anselmo por todo el pueblo. Al final del camino esperaba “Casa Genarín”, el lugar habilitado para las torturas de la Brigada de Investigación y Vigilancia. Los días posteriores se produjeron detenciones masivas de todos aquellos incluidos en la lista de los 52. Los arrestos incluyeron a familiares, con la intención de que los fugitivos pudieran salir de sus escondites. En los interrogatorios se cometieron toda clase de actos atroces y torturas: las violaciones a las mujeres fueron norma, a otra de las detenidas le rompieron las dos piernas, a otra le clavaron una estaca en la espalda. El procedimiento habitual contra los rojos para que hablaran.

Rita “La Camuña”, conservera y responsable del Socorro Rojo Internacional, Rosaura Muñiz, conservera en la factoría Alfageme, y María “La Papona”, encargada de la fábrica de Conservas Albo y de UGT, se encontraban entre las detenidas. Fueron conducidas en un camión junto al resto de arrestados el día 2 de junio de 1938 hacia el Cabo Peñes, un lugar idílico que fue testigo de la tragedia. Lo último que vieron los ajusticiados fue el inmenso y vasto paisaje de las aguas del Cantábrico. Fueron asesinadas y arrojadas por el acantilado.

El mar, como si fuera consciente de la barbarie, devolvió los cuerpos a su terruño para que pudieran ser enterrados por sus familias o amigos. Los cuerpos de las asesinadas fueron apareciendo en las playas de la zona en un goteo de dramas irreconocibles: los días 2 y 3, en la playa de Bañugues; el día 4, en la playa de Las Botadas; el 7, en Muniello. A Rosaura la identificaron por el mandil en el que conservaba el número de identificación de la conservera en la que trabajaba. Los hallazgos causaron una conmoción tremenda. Los cadáveres fueron enterrados en prados cercanos o en fosas habilitadas por los vecinos..

En el cementerio de Bañugues sólo queda una cruz humilde con un ramo de flores marchito. La tierra removida días después de los trabajos de exhumación es evidencia silenciosa de un nuevo acto de recuperación de la dignidad por parte de la ARMH. Una mujer entra en el camposanto y suspira enojada al ver al periodista agachado mientras mira fijamente a la fosa e intenta reconstruir las vidas de las conserveras de Candás. La mujer, que va a poner un ramo en la tumba de algún ser querido, muestra de forma clara y sin disimulo su indignación hacia las familias de los represaliados en Cabo Peñes. Que algún día ellos puedan depositar un ramo de flores en el nicho de las víctimas, como hoy hace ella, le molesta.

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La Defensora del Pueblo rechaza defender a las víctimas del franquismo por el discurso de Felipe VI

MADRID// La oficina del Defensor del Pueblo ha respondido a la queja presentada el pasado 24 de diciembre por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) contra algunas afirmaciones del rey Felipe VI, en su discurso de navidad, asegurando que no procede “la intervención de esta institución sobre la cuestión planteada”.

En la pasada nochebuena, el monarca pronunció un argumento que repiten sectores de la derecha contra las demanda de las víctimas de la dictadura franquista: “Son tiempos para profundizar en una España de brazos abiertos y manos tendidas, donde nadie agite viejos rencores o abra heridas cerradas”, dijo. La queja del colectivo, que desde hace 16 años busca e identifica desaparecidos, expresaba que una jefatura de Estado no electa debe ser especialmente meticulosa en su deber de representar a toda la ciudadanía y en especial a aquellos que demandan en cumplimiento de los derechos humanos.

Por esa razón, y sin saber dónde llevar a cabo una queja, la ARMH decidió dirigirse al Defensor del Pueblo, solicitándole que en sus recomendaciones se dirigiera a la jefatura del Estado para reclamarle el respeto que merecen las familias de los 114.226 desaparecidos de la dictadura y quejándose, además, de la discriminación que sufren las víctimas del franquismo con respecto, por ejemplo, a las del terrorismo, a las que el Jefe del Estado se ha dirigido siempre con el máximo respeto y a las que jamás les diría que no agiten viejos rencores ni heridas cerradas.

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