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Apuestas, testosterona e internet

Máquinas tragaperras. Foto: Bernd.

En su último artículo publicado, el compañero Antonio Maestre radiografiaba a través de su barrio de toda la vida una realidad que se extrapola a todo el territorio nacional y que ha acabado por convertirse en un problema tan serio como poco analizado.

Pertenezco a una generación que pasó la adolescencia viendo cómo aparecían de la nada los primeros locales de apuestas deportivas. Hasta entonces, lo más parecido era la mítica quiniela que echaba, como es mi caso, cada sábado con mi padre. Recuerdo la primera sala de apuestas. Hacía esquina en un pequeño centro comercial de mi vecindario. A pesar de ser una actividad no permitida para menores de edad, ese no era un impedimento si mostrabas interés. Podías pedirle al colega de turno que fuera mayor de edad que apostara por ti o, si tu apariencia te lo permitía, entrar tu mismo e intentar que no te pidiese el DNI confiando en que tu aspecto de persona ya adulta le resultara suficiente. Todos mis amigos y conocidos iban allí casi a diario de manera religiosa. Al principio solo apostaban sobre fútbol o baloncesto, que es lo que conocían. Más tarde, ya daba igual la modalidad o el tipo de deporte, lo importante era jugarse unos euros para conseguir unos cuantos más. Al final, yo también caí. Tenía 17 años. Si veías que tus amigos ganaban dinero con tanta facilidad y encima parecían pasárselo bien, ¿por qué no ibas tú también a formar parte de eso? No duró mucho mi idilio con el azar, motivado más bien por la curiosidad, pero suficiente para darme cuenta cuán poco saludable era. Actualmente, la mayoría de mis amigos no han abandonado el hábito. Apuestan varias veces a la semana y, aunque no consideran tener un problema con el juego, sí reconocen que les produce un constante estado de tensión.

Lo ves anunciado en la tele y en Internet, lo escuchas en la radio cantado por tus locutores deportivos favoritos. Tenemos más que interiorizada la causa –apostar- pero ni mucho menos las consecuencias que de ellas derivaban. El estudio Percepción social sobre el juego de azar en España 2016 VII refleja que son los menores de 25 años quienes más juegan y que es la clase media-baja la que más frecuenta estos sitios. Una realidad que podemos comparar con el consumo de alcohol. Se empieza desde muy joven porque se ve como un juego más y me recuerda a la estampa típica de la barra de un bar, donde solo se respira testosterona por los cuatro costados. En España, según datos de la Encuesta sobre uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias en España en jóvenes de 14 a 18 años, los adolescentes empiezan a consumir alcohol a los 13,8 años de promedio. Datos que dejan claro la necesidad de señalar ambas cuestiones como grandes lacras de este siglo que tiene como denominador común la pronta edad de sus usuarios, así como su normalización.

Por otra parte, ela irrupción de la era de lo digital está provocando que no sea necesario visitar estos lugares físicos. Ya no hace falta moverse ni de casa ni del sillón para ver esfumarse tu dinero. Son decenas las aplicaciones de apuestas que puedes descargarte en el móvil para, a través de unos pocos clics, poner tu dinero en manos de unos desconocidos que no son conscientes ni les importa cuánto dinero has depositado a cambio de sus actos. Una especie de fast food del azar más enfermizo.

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150 metros de azar y asfalto

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El centro de Fuenlabrada no difiere del de cualquier otro de cualquier suburbio o población humilde de la periferia de una gran ciudad. Edificios de ladrillo naranja con decenas de años construidos al albur del crecimiento de las grandes urbes que acogían a inmigrantes de Extremadura y Andalucía. Huían del campo para llegar a las nuevas fábricas y ahora han sido sustituidos en número por senegaleses, magrebíes u orientales que intentan ganarse el sustento dando servicio a esos antiguos emigrados. Un barrio obrero más de calles mal iluminadas y asfalto plomizo con las aceras mordidas por el descuido y la desidia institucional que, conocedora de que en esos barrios les votan poco –en ocasiones ni derecho tienen– y pagan siempre, prefiere mirar hacia otros barrios.

No existen demasiados locales que permitan hacer barrio y la calle está solitaria y desapacible. El día no acompaña por la llegada de la borrasca Ana y si hubiera que acompañar la descripción con una emoción que inunda el ambiente sería la de tristeza. Entre la penumbra y el ambiente gélido, un establecimiento llama la atención sobre el resto de edificaciones por su diseño y estética. En un chaflán, presidiendo el cruce y erigida como centro neurálgico del barrio, asoma una gran casa de juegos con el apellido de su dueño: Orenes. Una tienda de apuestas deportivas y casinos online propiedad de Eliseo Orenes Baños, un empresario murciano que ha hecho fortuna con el juego y que ubica locales en barrios deprimidos, con mucho paro y que son propicios para captar clientes que puedan caer en la ludopatía.

La estrategia no es novedosa, no es más que un calco de un negocio que comenzó en Inglaterra con la proliferación del llamado “crack del juego”. Aquellas máquinas de la ruleta denominadas Fixed odds betting terminal, FOBT por sus siglas en inglés, que son una verdadera pandemia para las clases más depauperadas que ven el juego como única salida a su situación. Un estudio de la ONG Fairer Gambling recogido en The Guardian y realizado en 50 distritos concluyó que en las zonas con más desempleo había 1.251 casas de apuestas, mientras que en las que el paro había golpeado con menos dureza tan solo había 250. Una estrategia deliberada de las casas de apuestas para atraer a los olvidados de la clase obrera

En la puerta de la casa Orenes dos adolescentes se lían unos cigarros después de haber apostado y perdido 20 euros a que el Atleti empataba con el Betis. Entre calada y calada despotrican por su mala suerte y el puto Oblak. Camino calle arriba y solo me cruzo con un grupo de hombres con chilaba que andan con prisa; una joven fuma en la puerta de un bar completamente vacío regentado por una mujer oronda con unas rastas coloridas. Mira al suelo con cara cansada en un local en el que solo se oye la música de la televisión. Los pocos establecimientos abiertos salpican de luz un caminar en el que las farolas apenas alcanzan a iluminar mis pasos. El locutorio Washim, un súper de productos latinos con una pareja china tras el mostrador y una tienda de parafernalia de smartphones son las únicas que no respetan el descanso dominical de la calle ni de sus trabajadores. Las tiendas que viven por, para, y gracias a la precariedad, son las que dominan el espacio público del barrio. Locales de compraventa de utensilios de segunda mano que permiten a los trabajadores vender sus escasas pertenencias para subsistir se agolpan en escasos metros. Cash converters, Super chollos y T-Lo-Compro adornan las fachadas con sus carteles apagados pero de colores muy llamativos.

Doblo la esquina y me encuentro un cartel de otro local que me anima a apostar con neones intimidantes. Esta vez se llama Sportium, un establecimiento que ocupa casi la fachada entera de una manzana y en el que entro a tomar un café que atenúe el frío que se ha apoderado de mis dedos al escribir las notas. Todos los clientes de la barra hablan en un inglés identificable por ser el propio de alguna antigua colonia británica de África. Beben cerveza y comentan su esperanza en la derrota del Barcelona para cambiar la suerte que por ahora les ha sido esquiva. Una máquina que simula una ruleta con una multitud a su alrededor es la protagonista del local. Es una de las temidas FOBT que ya han llegado a nuestro país. Voces y quejas son las protagonistas de la algarabía. Todos hombres, excepto la camarera y una chica muy joven con cara de no comprender qué está haciendo al observar cómo juega a las máquinas su novio adolescente.

Con premura y un fuerte golpe en la puerta entra un chico de no más de 18 años. No oculta una cartera de mano de piel que parece una mala imitación de Loewe. De ella saca un fajo considerable de billetes pequeños de cinco euros mientras camina con prisa a la máquina de la ruleta. El gesto casi verbaliza la ansiedad del muchacho por jugar. En la puerta, mientras, espera un grupo de amigos, menores, a que su compañero mayor de edad haga la apuesta de todos. Apuro el café y salgo de la casa de juegos. Nada más encarar la calle adyacente me encuentro otra sala de apuestas, esta vez del grupo Codere, a la que me asomo para ver que los feligreses tienen las mismas características que en los anteriores locales. Solo 150 metros separan tres casas de juegos de la competencia, todas llenas, buscando los pocos recursos de quien solo tiene la esperanza del azar para cambiar su precaria existencia. Un domingo cualquiera en otro barrio obrero.

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