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El deseado apocalipsis (it’s a hard rain’s a-gonna fall

Tormenta solar. Foto: NASA

No podemos imaginar el mundo sin su final. Somos, al parecer, la única especie consciente de su finitud, consciente de la muerte. Y esa conciencia se aplica a lo que nos rodea. En un rato, en un año, en mil, en uno o cien millones de años, todo se acabará. Pero al mismo tiempo somos incapaces de imaginar la nada, lo que hay (no hay) después de la destrucción completa. Nos resulta más fácil visualizar el proceso de la destrucción, y ante una destrucción tan completa, ante una explosión de energía tan descomunal, durante mucho tiempo se necesitó la poesía para expresarla. El Apocalipsis de San Juan es un texto poético, lleno de imágenes y metáforas. También lo son los textos del milenarismo: confrontados con la imposibilidad de expresar lo que significa el apocalipsis, lo transformamos en poesía o en espectáculo. Y ese proceso, paradójicamente, lo vuelve atractivo, apasionante. También las penas del infierno se habían convertido en excitante espectáculo en los frescos y en los textos medievales. Gore para el pueblo.

Hay un placer innegable en la destrucción, en parte catarsis y en parte venganza: no soy yo solo el que sufre, todo perecerá. Y mi impotencia se ve compensada por mis fantasías de omnipotencia al imaginar un mundo arrasado. En palabras del Comité Invisible (A nuestros amigos): “Nada es más viejo que el fin del mundo. La pasión apocalíptica no ha dejado de obtener, desde tiempos muy remotos, el favor de los impotentes”.

La proliferación de fantasías apocalípticas, resulta casi banal decirlo, depende de lo arraigado que esté el miedo en una sociedad. Miedo al futuro, no sólo a la desaparición, a la propia obsolescencia, también al sufrimiento con el que el futuro nos amenaza. Hay algo de hipocondría en ese miedo, que en ciertos momentos se vuelve hipocondría social: observamos los síntomas de la enfermedad en nuestro entorno, en las instituciones, en las formas de vida, e imaginamos una enfermedad mucho más grave de lo que podemos discernir, una enfermedad que afecta ya, a escondidas, a todo el organismo.

I’ve seen the future, brotther
it is murder;
things are going to slide,
to slide in all directions,
canta Leonard Cohen.

El futuro es, desde hace tiempo, el horror. La palabra “porvenir” se ha quedado obsoleta; labrarse un porvenir, tener un gran porvenir, ya nadie usa esas expresiones. Lo por venir parece que sólo puede ser peor. Por eso lo que importa hoy es el presente. Entonces, como el futuro es ya siempre apocalíptico, la única manera de evitarlo es que no pase el tiempo. Los mundos virtuales ofrecen un sucedáneo de detención de los cronómetros. La simultaneidad es una manera de negar la cronología: si puedo estar en varios lugares a la vez (aquí, donde está mi cuerpo y de forma simultánea en todas mis pantallas), eso significa que el tiempo, tal como lo entendíamos, no existe. Soy eterno. Soy indestructible. Como también lo demuestran todos esos juegos que me permiten empezar una y otra vez el mismo trayecto, con los mismos obstáculos, en los que el game over nunca es definitivo; los juegos tradicionales en los que interviene el azar y que siempre entrañan algún tipo de variación no podían darnos ese poder; tampoco las novelas. La novela niega el futuro: absorbe la conciencia en una historia que ya está concluida de antemano, nos salimos del tiempo natural para adentrarnos en un tiempo artificial ya concluido. Pero ese tiempo y ese espacio paralelos son finitos e irrepetibles. Y ni siquiera los ritos tribales para renovar el mundo lo consiguen del todo: el burdo eterno retorno que nos ofrece la reiteración inevitable de la liga de campeones o las olimpiadas no va unido a una fe –como sí lo estaba en algunas religiones- en la renovación del mundo. Su constancia nos tranquiliza, pero no nos consuela de la pérdida por llegar.

Y aunque lo digital nos haya abierto el camino a ese espacio utópico de la reproductibilidad y la simultaneidad perfectas que antes nos estaba vedado, reconocemos el espejismo. Nuestra mente puede perderse en los laberintos de lo virtual pero nuestro cuerpo envejece, se consume, se deteriora. La mano que mueve el joystick nunca es la misma, sus células mueren a millones.

Así que no podemos negar la conciencia de la destrucción, individual y colectiva. El fin está cerca, como nos recuerdan regularmente sectas de alucinados (por cierto, el próximo fin del mundo está vaticinado para el 23 de septiembre de este año).

Hasta no hace tanto, el apocalipsis pertenecía al dominio de la religión, porque exigía un poder sobrenatural: sólo estaba en manos de Yahvé, de Zeus, de Shiva. Y con frecuencia su furia destructora no se debía al capricho de la divinidad, sino que era Dios quien nos castigaba por nuestros pecados. De la misma manera que no podemos imaginar la vida sin la muerte, tampoco podemos hacerlo sin darle un sentido, así que el miedo al final –y el placer provocado por la destrucción- se cargaba de significado y los profetas podían regocijarse con el castigo a la maldad humana.

Hoy, que no necesitamos dios alguno para destruir el mundo –la energía atómica y el cambio climático pueden ocuparse de esa engorrosa tarea- hemos heredado esa concepción moral del fin. Pero nuestros miedos son en parte independientes del contexto real, que sólo sirve para darles forma. Hay numerosas novelas recientes que muestran las consecuencias globales de un sistema de producción depredador (el último que he leído, Algo, ahí fuera, de Bruno Arpaia, que prevé un mundo destruido por el cambio climático y el fanatismo). Y no es que debamos minimizar su carácter premonitorio, pero el miedo al apocalipsis es más difuso y las causas concretas son sólo la percha de la que colgamos nuestros temores. Por eso hay escritores que imaginan un apocalipsis causado por algo inasible, casi una abstracción (la Intemperie, en la novela El año del desierto, de Pedro Mairal, el Mal, en Quema, de Ariadna Castellarnau, la Nada, en La historia interminable, de Michael Ende).

Como toda construcción del imaginario social, el apocalipsis tiene una utilidad. En la superficie, siempre ha servido para dar rienda suelta a nuestras fantasías destructoras; a un nivel más profundo se ha usado como ancla ideológica de los reformadores sociales –y religiosos-: el fin del mundo creado por la mezquindad, la estupidez o la avaricia humanas se relatan y se convierten en mensaje en la pared para advertir de lo que nos aguarda si no recapacitamos. Pero su uso principal ha sido el de soporte ideológico a la represión: si de todas formas va a llegar la lucha definitiva contra el mal, ¿por qué no anticiparnos y sumarnos a ella antes del último momento? De hecho, las fantasías apocalípticas del milenarismo llevaron a decenas de millares de personas a perpetrar saqueos, incendios, asesinatos, violaciones… en el nombre del Dios de los ejércitos.

En nuestra época descreída el apocalipsis (la amenaza de apocalipsis) sigue gozando de buena salud, en el cine, en la literatura, en la vida política. Demos otra vez la palabra al Comité Invisible: “…la apocalíptica ha sido íntegramente absorbida por el capital, y puesta a su servicio… la fantasía apocalíptica… solo es enunciada para exigir los medios que puedan conjurarla, es decir, en la mayoría de los casos, la necesidad de gobierno.” Y el miedo (a los judíos, a los moros, a los comunistas) siempre fueron buenas herramientas de gobierno. También el miedo al apocalipsis. El primer gran programa medioambiental donde se habla de la necesidad de detener la destrucción del planeta se lo debemos a la administración Nixon, que lo usó (y la prensa se lanzó con entusiasmo a secundarlo) para unir al país, es decir, para proponer una tarea casi planetaria en la que todos lucharían con el mismo fin. Olvidemos los conflictos sociales, olvidemos las injusticias, por supuesto la lucha de clases y la explotación racial, porque tenemos una tarea más urgente: la salvación del mundo. Ante el apocalipsis todas las demás tareas se vuelven secundarias. Y no es que sea erróneo luchar contra la destrucción de la capa de ozono, contra la extinción de las especies, contra la contaminación de las aguas, contra todas esas formas de apocalipsis que nos acechan, pero con la conciencia de que son síntomas, y que lo que hay que combatir son, sobre todo, las causas. Porque el Mal, la Intemperie, la Nada, están ya entre nosotros, en muchos espacios que ni siquiera miramos porque estamos fascinados por un futuro supuestamente aterrador.

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